De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)

Part 4

Chapter 43,790 wordsPublic domain

Alguien dirá que Méjico debía alguna gratitud á D. Porfirio, y que los mejicanos acaso debieron respetar su ancianidad, dejándole morir en su sitio. Los mejicanos responderán que también D. Porfirio debió respetar la mayor edad de Méjico. Es error de padres severos creer que los hijos son siempre niños. No aprendemos á calcular por nuestra edad la edad de los que hemos visto nacer. La dictadura había envejecido; el pueblo había dejado de ser niño. Esperemos que, en pleno uso de su razón, sepa justificar que puede gobernarse por sí solo.

En cuanto á D. Porfirio, bien pueden quedarle muchos años de vida para meditar en la realidad lo que no supo aprender en la Historia.

* * * * *

En una casa del mejor tono se celebra una suntuosa fiesta. De pronto, uno de los invitados se acerca al señor de la casa, dando muestras del mayor disgusto.

--Yo no hubiera querido decirle á usted nada; pero es tan horrible... Usted no puede saber quién es todo el mundo; recibe á tanta gente... Pero debe usted saberlo: aquel caballero, al parecer, tan distinguido...

--¿Qué?

--Acaba de quitarme el reloj.

--¿Qué me dice usted? ¿Está usted seguro?

--Sí, señor, sí; lo he visto, no me cabe duda; ha sido él.

--Descuide usted. Tendrá usted su reloj. Voy yo mismo...

--De ningún modo. Yo sólo quería advertirle á usted... pero no le diga usted nada; sería una escena violenta, desagradable.

--Déjeme usted, déjeme usted.

Al poco rato el señor de la casa vuelve y entrega su reloj al invitado; el invitado se deshace en excusas.

--¡Por Dios! Yo deploro... ¡Cuánto siento!... ¡Qué disgusto!... ¿Habrá sido una escena horrible?... ¿Qué le ha dicho usted? ¿Qué ha dicho él?... He debido callarme...

Y el señor de la casa, imperturbable:

--No se preocupe usted. Se lo he quitado sin que se enterara.

XIII

Las verbenas, excelente pretexto para que los retrógrados del Arte nos cantaran todos los años las gracias de chisperos y majas, han perdido todo carácter popular. El pueblo ya no es nada bullanguero; la misma baja chulería, que nunca debe confundirse con el verdadero pueblo, no está tampoco por exhibirse gratuitamente en romerías y verbenas. El público de estas fiestas, actor y espectador á un tiempo, es el de la última sección de los teatrillos alegres; señoritos todos, que ya es lo único alegre, lo único chulo y lo único castizo que nos va quedando.

Las clases populares ¿quién lo dijera? se han hecho cosmopolitas. Estas fiestas tradicionales no les dicen nada. La aristocracia, como sabe que ya no es querida ni respetada, ni siquiera admirada, por el pueblo, huye de mezclarse con él. Acabaron las pintorescas aventuras de duquesas y toreros. El señorito es el único que alegra estas fiestas tristes, con la artificial alegría de los teatros y de las novelas; alegría de literatura. ¿Alegría espontánea, verdadera alegría?... Esa alegría es para los pueblos fuertes y ricos, de los que sabemos burlarnos también. Esa alegría sólo es posible cuando se ha trabajado mucho y hemos visto justamente recompensado nuestro trabajo... Pero ¡esta pobre alegría nuestra, es como borrachera de olvido!... Tirar los cinco duros que sobran porque no llegan para nada. Ni con ellos se ha de comer mejor, ni se ha de pagar al casero, ni al sastre... ¿Puede hacerse cosa mejor con ellos que gastarlos en olvidar alegremente? Por eso parece que hay tanto dinero de sobra en España, precisamente porque falta para todo. ¿Qué hago yo con un duro? Tomar un décimo de la lotería. ¿Qué hago yo con dos pesetas? Gastármelas en el teatro... Es lo único que se puede comprar con poco dinero: un poco de ilusión y un poco de olvido. Las realidades son muy caras.

* * * * *

Aunque él no lo crea, yo siento una gran admiración por D. Miguel de Unamuno. Aquí donde cada escritor ha decidido no leerse más que á sí propio y, salvo el caso de alguna cooperativa de bombos, nos dedicamos á espantarnos el público los unos á los otros, ya puede significar la atención á lo que otros escriben, tanto como en otras partes significa la admiración. Ya es bastante que nos atiendan, aunque sea, como vulgarmente se dice, para hacernos polvo. Lo triste, lo malo es que, casi siempre, los pulverizadores son los que no se han tomado la molestia de leernos. Váyase por los que admiran con el mismo motivo. Entre esos dos viciosos extremos, ha de labrarse penosamente la reputación del escritor en España. Y, en resumidas cuentas, con ser la envidia gran defecto nacional, como aun es mayor la pereza, todavía es más fácil ser admirado que atendido. Conste, de una vez para siempre, que yo atiendo y admiro á D. Miguel de Unamuno.

Acabo de leer su libro último: _Rosario lírico de sonetos_. Bien puede ser que estos sonetos no resistan una lectura pública, ni los chistosos comentarios de un grupo de amigos... Son para leídos á solas, en intimidad con lo más intenso de nosotros mismos. Como fueron pensados y sentidos, como fueron escritos. ¿Han de ser siempre estimables cualidades de la poesía la dulzura y la suavidad? ¿No ha de haber también poesía amarga y poesía áspera? Si á lo que más puede aspirar la poesía es á llegar á lo más hondo de nuestra alma, ¿no se entrarán más adentro estas asperezas, que las suavidades resbaladizas? Leed el libro: al principio tal vez sonriáis un poco; ya os iréis poniendo serios. Quizás al terminar su lectura no quede un solo dulce verso en vuestra memoria, pero sí más graves pensamientos en vuestra conciencia.

De esta áspera, rocosa calidad, eran los versos de Wordsworth, tan admirado por Unamuno. También su poesía fué donosamente comentada por algunos críticos. _A sonnet is a moment's monument_, definía Rossetti. El soneto es un monumento elevado á la memoria de un instante, pudiera traducirse. No diré yo que todos los monumentos elevados en estos sonetos sean igualmente admirables; pero sí que todos los instantes del espíritu de D. Miguel de Unamuno tienen un gran valor. Los más grandes poetas no son los que aciertan á contenerse en la más perfecta forma, sino los que no caben en ninguna.

* * * * *

_Vida interna_ es otro libro de poesías, de Rafael Torromé, autor dramático, á quien nunca perdonará el teatro español desvíos ó desalientos injustificados. Precédele un sabroso prólogo, donde se ponen las cosas muy en su punto respecto á la frondosidad de nuestra poesía lírica, que tan poco tiene de lírica, hasta llegar á tiempos muy cercanos y... aún, aún. Hemos sido siempre muy de exterior, para que la cuerda lírica sonara entre nosotros. En esta misma _Vida interna_ de Rafael Torromé, parece, á pesar suyo--y no lo digo como censura,--más el autor dramático que el poeta lírico... No es un lirismo egoísta el suyo, antes muy objetivo; más de tristezas y dolores de todos, que de melancolías cultivadas en un espíritu reconcentrado. Poesía de generosa expansión, poesía á lo Schiller, que también era autor dramático y por eso tampoco fué lírico del todo en sus poesías líricas, con ser tal vez demasiado lírico en sus obras dramáticas. Por fin de cuentas: ¿qué importa esta confusión de géneros? _Vida interna_ es un libro de un buen poeta y, lo que más importa, de un poeta bueno.

XIV

La revista _Je Sais Tout_ abrió concurso para conceder un premio al más elegante ó al más práctico figurín de traje masculino. El resultado del concurso no ha sido muy brillante. La inventiva, ninguna. En el capítulo de las elegancias, todo es volver á la moda del año 30; en el capítulo del trapillo diario, no salimos de los modelos generalmente adoptados para campo, caza, automóvil, canoa ó aeroplano. De donde se deduce que la moda, tanto femenina como masculina, no es algo caprichoso que puede imponerse por dictadura: es producto de elaboración social; á la que todos contribuímos. Obra de evolución; nunca de revolución. En la moda, más que en nada, se observa el serpenteo, avance y retroceso alternados; que es el andar de la humanidad, según la escuela positivista.

La fantasía de un sastre, el humor de un _dandy_, no cambiarán la tendencia niveladora del traje masculino en nuestro tiempo. La aspiración social es la confusión de clases. Va desapareciendo el sombrero de copa, que ha venido á quedar en algo así como prenda de uniforme honorario, para lucirlo sólo en determinadas solemnidades. La levita sigue la suerte de su inseparable aditamento el sombrero de copa. Desaparece también la capa, y el sombrero flexible, intermedio entre la gorrilla y el hongo, iguala al artesano con el artista y al obrero con el empleado.

Por desgracia, la nivelación va también por dentro, y si desnivel hubiere, no está la mayor altura por lo más alto. Es posible que, si os volvéis en la calle al escuchar alguna palabrota, os encontréis con un señorito. El alcoholismo disminuye por días entre las clases populares; en cambio, ¡hay cada manga aristocrática en todas las aristocracias, y en la intelectual las más holgadas! Si hoy viviera Horacio, tendría que rectificar lo de: _pauperum_ tabernas.

Mucho preocupa á las clases directoras cualquier huelga de obreros, al fin pasajera... ¡Si fueran á preocuparse por la constante huelga de señoritos! ¡Y quién sabe cuáles son más perturbadores de la vida social! ¡Y si holgaran sólo los incapaces, los verdaderamente inútiles! Al fin esos no pueden rendir mejor tributo al bien general, que el de consumir lo más pronto posible su hacienda y su vida. Pero ¡cuánta capacidad, cuántos buenos ingenios malogrados en esa huelga de voluntades pobres con inteligencias ricas! Cierto que el ambiente moral en nada favorece ni alienta al luchador; que es tierra la nuestra en que todo se le perdona al ocioso y nada al que trabaja. Pero ese ambiente ¿es causa, ó efecto? ¿No sería un lucido _sport_, no tan arriesgado como la aviación, el de sobreponerse á ese ambiente?

* * * * *

El Congreso Eucarístico va á presentarse muy bien. Esas tramoyas á lo divino requieren mucho gasto. Por fortuna, entre los fieles católicos figura la gente más adinerada. Convendría saber si tienen dinero por haber sido fieles católicos, ó si son fieles católicos porque tienen dinero. Yo no sé si continuará siendo más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos; pero un camello cargado de dinero entra por todas partes. Si el reino de los cielos se gana también por violencia, según textos sagrados, ¿no ha de producir su efecto amenazador, así en la tierra como en el cielo, ese alarde de número y de numerario, ese recuento de fuerzas con que nos asombrarán los buenos católicos? No, no están solitos, como los gallegos del cuento. Aunque el día en que les faltara el dinero puede que no estuvieran tan acompañados. Acaso faltarían los figurantes, parte la más lucida del espectáculo. Nos presentarán sus carrozas de gala, sus automóviles, su servidumbre, hasta sus colonos y sus guardas jurados y tal vez sus pastores, como en Belén. Hay que movilizar todas las fuerzas, como en un día de elecciones reñidas.

¡Pobres ilusos! Con estas aparatosas exhibiciones creen haber puesto el mejor pararrayos sobre el tinglado social que les cobija. ¡La Fe los salve!

* * * * *

La Exposición de perros y gatos será durante unos días, y desde el punto de vista de los perros y de los gatos, exposición de personas distinguidas. Si los perros y los gatos tienen un poco de imaginación, ¿por qué no han de creer que son ellos los espectadores, y señoras y caballeros los expuestos?--¡Qué amable es toda esta gente!--pensarán tal vez.--Se molestan en venir para que los veamos.

Para el perro y el gato de lujo la sociedad elegante es muy conocida. Los perros y los gatos son los que mejor viven en ella. Los criados lo saben: antes que á los señores hay que tener contentos al perro ó al gato favoritos.

Pero los perrazos de campo ¿qué pensarán de nuestra sociedad? ¿Volverán á sus soledades monteses llevando el germen de una revolución social? En adelante ¿no mirarán con más simpatía al lobo? ¿Y el día en que los perros se unieran á los lobos?... ¡Bah! Todavía quedarían los pastores, que, aunque dejaran de ser perros, no sabrían ser lobos.

XV

Que el hombre es un animal social, aunque haya muchos insociables, lo sabíamos desde muy antiguo. Tan social, que no satisfecho con formar parte de la sociedad civil que, por nacimiento y consiguiente inscripción en el Registro le corresponde, todavía se desvive por ingresar en otras muchas Sociedades, Círculos, Corporaciones, Cofradías ó Logias; que hay designaciones para todos los gustos. Esta natural tendencia del hombre á la agrupación, parece que debiera facilitar el triunfo del socialismo en breve plazo. Mas ¡ay! una cosa es la Sociedad grande, donde el individuo se encuentra disminuído, y otra esas Sociedades pequeñas, donde cada uno se crece y se refuerza y se envalentona, hasta adquirir un carácter que él mismo no se conocía.

A mi juicio, esto es lo más interesante que puede observarse al paso de una procesión religiosa ó de una manifestación laica: el aire altivo, enérgico, arrogante, con que se nos muestran muchos buenos señores y pobres hombres, conocidos por tales en su vida y costumbres particulares y casi desconocidos en aquella transfiguración procesional. Hay cofrade que, con su cetro en mano ó su cordón de estandarte, su medalla al cuello y su levita cívico-religiosa, parece que desafía al mundo entero, una vez metido en procesión:--¡Eh! ¿Qué tal?--nos va diciendo á cada solemne paso.--Creo que somos una fuerza.--¡Habrá que verle en casa, zarandeado por la señora y las niñas, ó en la oficina, burro de carga de todos sus compañeros!

Por eso los Gobiernos no deben temer nunca esas manifestaciones colectivas. De cuando en cuando hay que contarse; miedosos que se dan valor unos á otros. El peligro está en los que van solos por el mundo. Por fortuna, van quedando pocos. ¡Es tan caro andar solo! ¡Es tan conveniente andar en procesión!

* * * * *

El demonio lo enreda--no hay nadie más enredador que el demonio.--El primer contragolpe de la supresión de los consumos ha ido á dar sobre las corridas de toros. ¡Ahora que estábamos en pleno renacimiento de la afición, tal vez á consecuencia de cómo anda la afición! Nunca es tan fácil contentar á un público como cuando se contenta con poco. ¡Si Lagartijo y Frascuelo, y Guerra, después, á quien se le denostaba muchas tardes por faenas de las que ahora valen orejas y salidas triunfales; si Fuentes y Machaquito y Bombita, en tiempos más recientes, hubieran gozado de un público tan amable y tan consecuente, como dicen los chulos! No hay duda, las costumbres se dulcifican. Ya es hora de que el público se haga cargo de la dificultad y del riesgo en la lucha con brutos, bravos ó mansos, y no sea tan exigente. Cuatro mantazos, pegadito el torero al costillar del toro, muy abierto de piernas y sacudiendo el trapo como unos zorros, es lo que ahora se llama y se aplaude como verónicas. A que el toro pase por debajo de la muleta, como pasaría por la Puerta de Alcalá, se llama pase de cabeza á rabo. A cualquier cosa se le llama quiebro y á cualquier estocada volapié. Asistimos, en efecto, á un renacimiento de la afición. Como que los únicos que ya no van á la Plaza son los verdaderos aficionados.

Es que, renacimientos así, son peor que la irrupción de los bárbaros.

* * * * *

Después de las mudanzas propias, nada hay tan molesto como las mudanzas de los vecinos. Hasta que nuestros simpáticos cuanto suspicaces vecinos los portugueses no se hallen instalados á satisfacción en su nuevo régimen, habrá que conllevar amablemente sus reclamaciones, desconfianzas y alarmas, ante el temor de que se les entre por la vecindad lo que ellos mismos serán los primeros en desear algún día. Pero aun es pronto, y el derecho á la experiencia propia no debe negársele á nadie.

El día en que Portugal comprendiera su verdadero interés nacional, no miraría con recelo á nuestra frontera; borrada quedaría de tal modo, que no volviera á saberse dónde empezaba Portugal y dónde acababa España. Cosas son éstas en que el tiempo trabaja más que los hombres. Ni es justo pedir, aunque para bien de todos sea, que ellos sólo sean á enmendar errores que fueron nuestros.

* * * * *

En rigor, es fuerte cosa para una empresa, aun á cambio de positivas ventajas, exigirle el contrato de determinados artistas, entregándola, así, atada de pies y manos á sus exigencias. Con muy buen acuerdo, el Ayuntamiento se ha limitado á recomendar, sin imposición, el contrato de una primera actriz para la compañía del teatro Español.

Bien están las estrellas y los luceros, y aun los soles; aunque en el cielo teatral es difícil ver una ordenada república de estrellas, como decían los autores del siglo de oro.

Astros de primera magnitud no faltan en la compañía. Todos sabemos lo que vale Borrás. Los que no lo saben aún, se enterarán de lo que vale Codina. Hay otros actores muy estimados por el público madrileño. Entre las actrices... todas son estrellitas. Alguna hay de quien yo espero mucho, si le dan ocasión y mimbres. No he de nombrarla. El público no la conoce en todo su valor. Téngola por una de las más discretas actrices españolas. ¿Discreta, es poco? ¡Ay, señor; si las eminencias fueran discretas, ya nos contentaríamos! ¡Ser discreto, según va el mundo--diremos, parafraseando á Hamlet,--es como ser elegido uno entre mil.

XVI

Bien mirado, había que agradecer á los franceses el trabajo que se toman por la conquista de Marruecos, como antes se lo tomaron por la de Argelia. De ellos puede decirse: _Sic vos non vobis_... Porque si el verdadero y magno problema de Francia es la disminución constante y progresiva en el nacimiento de ciudadanos franceses, ¿para qué diablos querrá aumentar la extensión de sus territorios?

Si se considera también el espíritu poco aventurero de los franceses, su apego á Francia--dicho sea en honor de ella,--su mal arte para comerciar fuera de su casa, ¿no les vendrá á suceder, después de darse tan malos ratos y de indisponerse, sin necesidad, con estos pobres vecinos y, necesariamente, acaso con otros de más campanillas, que, cuando dueños en absoluto del Imperio marroquí, puedan exclamar: ¡Al fin, solos!, tan solos sea que, como en Argelia, la agricultura y los oficios vengan á ser de los españoles, y el comercio, como en todo el mundo, de los alemanes? Sin contar con los indígenas, que seguirán reproduciéndose, como si hubieran leído _Fecundidad_, de Zola, que no se escribió para ellos, precisamente. Y, hay que desengañarse, el porvenir será de quien más hijos tenga; aunque sean muy brutos; tiempo habrá de educarlos.

Lo que no sabemos es si es preferible vivir de brutos ó morir de civilizados. Hay quien piensa que lo importante es vivir, aunque se viva mal. Es decir, los brutos no suelen vivir mal; lo desagradable es que no dejan vivir bien á los inteligentes. Entre el contador de las gentes civilizadas y el caño libre de las incultas, siempre llevarán las de perder los civilizados. A mí me asusta pensar que, si á muchas personas de regular posición, se les dijera: ¿Por qué no tiene usted un perro danés en su casa?, la mayor parte contestaría: ¡Hombre! Porque un perro de ese tamaño se come lo menos dos pesetas diarias. Y esos mismos que tasan la alimentación del perro en lo justo, con la mayor inconsciencia se llenan de hijos, que, por lo visto, cuestan menos de mantener que los perros.

Entre el exceso de previsión á la francesa y la imprevisión de otros pueblos y de otras razas, ¿no habría un buen término medio? La Iglesia católica no sabe de ellos. O aconseja la castidad absoluta ó, una vez en faena matrimonial, cuantos más cristianitos, mejor. La potestad civil también está por que se aumente el número de ciudadanos, sea como sea; todos son buenos, los legítimos y los naturales. Por leyes económicas y por otras muchas leyes restrictivas del matrimonio, se diría que más favorece el nacimiento de los naturales. En cuanto á la Naturaleza, ¡tan maestra, tan sabia! ¡Oh! Ella sabe más que todos.

Recuerdo de una gata que tuvo de una vez siete gatitos. La más vulgar precaución aconsejaba que se le quitaran tres ó cuatro, por lo menos. Pero, ¡eran todos tan lindos y traían tantas ganas de vivir! Y ¡era tan cruel sentirse Providencia y decidir entre unos y otros!

Alguien dijo:--¿Por qué no dejarlos todos? Por algo han nacido. No hay que enmendar á la Naturaleza.

A los ocho días todos los gatitos habían muerto y la madre también, extenuada. En efecto; no hay que enmendar á la Naturaleza; ella sola se basta para enmendarse.

* * * * *

¡Oh, mi querida y amable lectora! Al protestar contra alguna ligera broma que me he permitido alrededor del Congreso Eucarístico, me dice usted que, hablar mal de la Religión, no es de buen gusto. No lo crea usted, según como se habla. Además, conozco demasiado esa tecla del buen gusto, para saber lo que significa tocada por ustedes. Y, si por no tomarles á ustedes en serio, he de pasar por persona de mal gusto, desde ahora me declaro cursi y hasta ordinario, como ustedes prefieran. Ya sé yo que esto del descreimiento no está muy bien visto, ni le coloca á uno en sociedad, como en otros tiempos, cuando los descreídos se llamaban Voltaire y Federico el Grande, y las más bellas y nobles damas se prendían graciosamente con un tanto de volterianismo.

Pero nada tema usted; las bromas ligeras de las cuatro personas de mal gusto que nos las permitimos, poniéndonos á mal con nuestros intereses, no perturban en lo más mínimo el espíritu de los creyentes.

Al que más y al que menos le va un sueldo ó una prebenda. ¡Valladar inexpugnable contra la duda!

Pero, ¡son ustedes de tanto cuidado y conviene tanto no perderles de vista! Ahora mismo, entre el furor de sus preces, ¿no han deslizado ustedes, mansamente, no sé que proposiciones de leyes, derechamente torcidas, como todas sus intenciones, contra la libertad de la Prensa y la libre emisión del pensamiento?

¡Sí que son ustedes para dejarles de la mano!

En los asuntos mismos de Marruecos: ¿no convendría poner en claro hasta dónde el interés patriótico y dónde empiezan otros intereses de algunas Ordenes religiosas, que, como Calipso, de la partida de Ulises, no pueden consolarse de la pérdida de las Filipinas, y acaso sueñan con que les conquistemos otras para su particular disfrute? Y eso no, mi querida y amable lectora; sea lo que podamos obtener ó conquistar en Marruecos, del soldado, del agricultor, del comerciante, del doctor Maestre, que bien se lo habrá ganado y otros lo gobernarían peor... Pero nada de frailes, en comunidad ni sueltos. Una cosa es continuar la Historia y otra repetirla.

XVII

Aquella _Theroigne de Mericourt_, intrépida amazona de la Revolución francesa, que, á consecuencia de una formidable azotina, administrada en público y á lo pajarero, se volvió loca de remate, bien parece un símbolo de lo que años después y por muy parecidos motivos había de sucederle á Francia.