De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)

Part 3

Chapter 33,872 wordsPublic domain

Lo cierto es que ha de estar uno siempre pendiente de estos utilísimos Códigos de la buena crianza, que, con los títulos de _El modo de vivir en sociedad_, _El perfecto caballero_, _La verdadera gran dama_, _El arte de servir la mesa_, _La educación y las buenas maneras en sociedad_, _Las buenas formas en el cine_, y otros por el estilo, más ó menos afrancesados, como á toda fiel traducción corresponde, nos impiden estar en ridículo ante las nuevas generaciones. Ya debe uno entrar con los guantes puestos en un salón, ya debe uno quitárselo; ya debe uno besar la mano á la señora de la casa, ya no debe besarse nada; ya está bien ofrecer el brazo á las señoras, ya es una ridiculez de mal tono; ya deben presentarse unas á otras todas las personas reunidas en un salón, ya no debe presentarse á nadie para no imponer nuestras relaciones, aunque el sistema de la abstención es muy peligroso. ¡Cualquiera empieza á murmurar de nadie en una reunión donde la mayoría de las personas nos son desconocidas! A lo mejor suelta usted su murmuración y se hace un silencio de hielo; mira usted á su alrededor y todo son risitas mordidas para no soltarlas; sólo ve usted dos caras muy serias: la de la señora de la casa y la de otra señora. No hay duda: se ha metido la pata. Y si la murmuración se dificulta, ¿de qué se habla en sociedad? El tema teatral se agota pronto. ¿De toros? No es conversación para señoras y pueden hallar alusiones molestas en lo más inocente. Yo creo que, no sólo se debía presentar á todo el mundo, sino que todos debiéramos llevar colgado un pequeño cuadro de nuestra genealogía: profesión, opiniones religiosas y políticas, asuntos de que se puede hablar en nuestra presencia y asuntos que no deben mentarse. En toda reunión está siempre pendiente la plancha de Damocles, pronta á caer sobre la cabeza del primer indiscreto.

¿Y las comidas? Cualquiera se sienta hoy á una mesa de etiqueta sin llevarse muy aprendido el destino y aplicación del sinnúmero de utensilios de diferente forma indispensables en toda mesa de buen tono. Pinzas, garfios, tijeras, cuchillos de mil formas: unos para comer los espárragos con pulcritud; otros para triturar con gracia los cangrejos; un chisme para cada cosa, y viceversa. ¡El ideal feminista! Una mesa moderna parece el aparador de un dentista, con su imponente colección de instrumentos relucientes. Y ya se estila adornar la mesa; ya es de mal gusto recargarla de adornos; y hoy no es de buen gusto comer mucho pan; y mañana se debe comer tostado... Hay para llenar una existencia con el estudio de estas que no pueden considerarse menudencias, pero que á lo mejor deciden de nuestra suerte en la vida.

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Publicación muy interesante y muy digna de que se solicite atención para ella es la nueva revista _Archivo de Investigaciones Históricas_. Por el contenido de los números publicados puede apreciarse su importancia. Seguramente su editor no aspirará á enriquecerse con ella; ya se contentará con no empobrecerse, de dinero y de ilusiones, que también valen algo. En España no hay gran afición á los estudios históricos documentales, y mucho menos á enfrascarse en la lectura de documentos auténticos. Estudiamos la Historia; mejor dicho, nos la dan estudiada, si estudiar puede llamarse á esto, por grandes síntesis. Las grandes síntesis son de una gran comodidad. Con decir: «La Historia se divide en tres edades: antigua, media y moderna»; con atribuir á cada una de ellas un carácter general, según las opiniones políticas del historiador, ya estamos al cabo de la calle y de los siglos. Y es lástima, porque sólo por el conocimiento de la Historia puede formarse la verdadera conciencia de un pueblo. Si la verdadera ciencia de gobernar consiste, como la ciencia del agricultor, en el conocimiento del terreno que ha de cultivarse, sólo el conocimiento de la Historia puede enseñarnos cómo puede cultivarse el espíritu de los pueblos para no exponerse á sembrar en terreno estéril ó á malograr cosechas por no conocer el terreno y lo que en él puede sembrarse con esperanza de buen fruto. Aquí sembramos á tontas y á locas; allá van leyes y allá van proyectos; esta ley de Francia; aquélla de Inglaterra; sin cuidarse si en esta tierra española podrán tener buen arraigo y floración lucida.

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Un libro raro también entre los libros recientemente publicados: _Mundo interior_, de un escritor joven: García Martí, que se nos presenta en su libro con esa serenidad espiritual que sólo la fe religiosa ó la fe en nosotros mismos pueden asentar en nuestro espíritu. Si esa serenidad fuera literatura, aun sería estimable el libro; mas tengo razones para creer que llegó al libro después de luchas muy hondas. Aun llora la resignación en esas páginas; aun se percibe el fragor del combate. Lo que pudiera parecer inspiración de otros escritores, es aquí como nueva emoción, acrecida por las palabras de un amigo que supo acertar con el secreto de nuestra alma. Y así llega también á nosotros este libro, como un buen amigo que todo lo comprende y lo perdona todo y con la serenidad de sus palabras viene á poner calma en nuestro corazón atormentado.

Y un saludo para un libro de cuentos: _La Serafina_, del veterano escritor Sr. Tusquets, no tan conocido como debiera serlo; pero sí muy estimado de cuantos le conocen. Escritor que no vivió atento á veleidades de modas literarias; que emprendió su camino por la novela naturalista, cuando apenas se hablaba del naturalismo en España. Otros, con menos merecimientos, lograron más ruidosos aplausos. Olvidamos demasiado pronto. No es el Sr. Tusquets, el autor de _La hembra_, de los que deben ser tan injustamente olvidados.

X

A nadie como á los políticos y á los escritores conviene, de cuando en cuando, descentralizarse. ¡Unos y otros son tan inclinados á creer que es todo el mundo el pequeño mundo que les rodea! Y en el mundo hay más, siempre hay algo más. Sólo alejándonos de nuestro medio, que es alejarnos en parte de nosotros mismos, podemos apreciar el verdadero valor de nuestra obra. Nuestra vida, como nuestra obra, sólo á distancia parecen lo que son en realidad. De aquí la conveniencia de los viajes para políticos y escritores. Al observar cómo nos juzgan los espectadores lejanos, aprendemos á juzgarnos mejor nosotros mismos. Tanto más ganará nuestra conciencia cuanto más castigada quede nuestra vanidad.

Convienen también los viajes para curarnos de nuestra impertinente superioridad de madrileños. Hay en provincias más reposado ambiente de intelectualidad; el tacto de codos no llevó hasta sus Círculos literarios la complicidad de las admiraciones ó de los odios. Se juzga con menos pasión, porque se sabe más de las obras y menos de las personas. Justo es que desde Madrid correspondamos con nuestra atención y nuestra simpatía á los que trabajan en provincias, con mayor desinterés que en Madrid se trabaja, por un noble ideal de cultura.

Mi saludo al Ateneo de Badajoz que, con sus propios recursos, bien escasos, organiza Exposiciones de pintura, Certámenes literarios, Conferencias científicas y artísticas. Mi saludo á los poetas y escritores premiados en los Juegos florales; sus poesías y sus cuentos en prosa no eran las acostumbradas vulgaridades que tanto han desacreditado estos tradicionales concursos. Luis Bardaje, Antonio Teixeira, Montero, Enrique Segura, son poetas y cuentistas superiores á la flor natural y á los objetos de arte, obligado premio en estos Certámenes.

No vea nadie en mis elogios obligación del agradecimiento. Es justo pago á la verdad. Mi corazón no paga con tan poco.

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Como casi todo el año, aunque no nos demos cuenta como ahora, hemos estado viviendo en el aire. Nuestra imaginación, de suyo perezosa, aunque tenga, por meridional, fama de lo contrario, ha volado por esta vez siguiendo, y aun adelantándose, al vuelo de los aeroplanos. Como actores, no es cosa lo que nos lucimos en estas emocionantes luchas por la conquista del aire; pero ¡como espectadores!, aquí nos las den todas, en un día de sol, entre buenas mozas y con una buena merienda. Este, éste es nuestro papel: contemplativos y algo escépticos, hasta que llegue el día en que podamos aprovecharnos de lo que otros inventaron y trabajaron para nosotros. ¡Sí, que somos primos! Cuando el invento esté bien perfeccionado y no haya riesgo que temer ni peligros en que aventurarse, el volar será para nosotros un divertido _sport_. Entretanto, bien estamos de espectadores. Nuestro terreno es la Teología y la Mística, según D. Miguel de Unamuno. Ya es bastante que nos dignemos admirar. ¡Y vaya usted á saber, si de la admiración se quita la bulla del viaje y las buenas mozas y la merienda y la juerguecita, lo que quedaría para el valor de los voladores y el triunfo de sus máquinas! Como decía Cromwell, al ver la multitud agolpada para aclamarle: «La misma gente habría si me llevaran á ahorcar.» No digo yo la misma; pero alguna más sí hubiera acudido, si en estas corridas aéreas no estuviera comprobado que el «hule» suele alcanzar también á los espectadores. Y que, alguna vez, como en París ahora, los viajeros no son de tercera, como, según el comentario de un periódico, lo fueron, afortunadamente, todas las víctimas de un descarrilamiento.

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Como algunos críticos le hubieran acusado de plagiario, lamentábase Bernardo Shaw de la triste idea que dichos críticos tenían de la mentalidad inglesa, que, apenas daban con una obra sobresaliente, ya no podían creer que en cerebro inglés hubiera sido concebida. Si de los críticos y del público inglés se quejaba Bernardo Shaw, ¿qué podremos decir en España, donde todo lo de casa está siempre en entredicho y nadie cree en la capacidad intelectual de nadie, y así andamos todos de acobardados y desconfiados de nuestras propias fuerzas? ¿Quién piensa aquí en acometer empresa alguna si, en vez de alientos y esperanzas, sólo ha de oir el cubrefuego que paraliza su resolución? ¿Qué va á hacer ese hombre? ¿Ha visto usted qué atrevimiento? Y si alguien da con una idea original, todos se preguntarán: ¿De dónde la habrá copiado? Y cualquier atrevimiento parece desvergüenza, y cualquier resolución, osadía y falta de respeto. ¡Admirable país, en que sólo los holgazanes y los ociosos viven tranquilos y respetados!

Pensaba yo todo esto viendo al actor italiano Caravaglia representar _Hamlet_. No es que estuviera mal del todo; pero yo pensaba qué se hubiera dicho de un actor nuestro si se hubiera atrevido á una mitad de las cosas raras y de mal gusto á que el actor extranjero se atreve en la interpretación de la obra de Shakespeare. Y á la mayoría de los espectadores estaba á punto de parecerles todo aquello algo maravilloso y de un soberano arte. Risa para todo el año hubiéramos tenido con uno de casa. ¿No tomamos á broma á Tallaví porque se atrevió á representar _Los espectros_, de Ibsen, después de Zacconi? ¿Era tan gran osadía? ¡Ah! ¡Si Tallaví hubiera sido extranjero! Pero nuestros actores no pueden atreverse á nada; los queremos discretos, muy discretos, medrositos y respetuosos siempre; les pedimos que ni se molesten ni nos molesten demasiado; nada de gritos, ni de gestos, ni escenas mudas, ni desplantes; á decir su papelito, y á salir del paso; aquí nos conocemos todos; ya sabemos todos de lo que somos capaces. Los extranjeros, ya es otra cosa; ya pueden atreverse á todo; es otra cosa, sobre que no se entiende lo que dicen si no hacen algo raro...

Y no es que Caravaglia sea un mal actor; al contrario, es demasiado actor; no hay modo con él de olvidarse de que estamos en el teatro. Pero, la verdad, como Hamlet era algo más que un comediante, y Shakespeare algo más que un autor de teatro... ¡Oh, la _Cleopatra_, toda humanidad, de Eleonora Duse! ¡Oh, el _Hamlet_ de ensueño de Sarah! ¡Y cómo el teatro dejaba de ser teatro al encanto de las dos divinas intérpretes de Shakespeare!

XI

Aunque la supresión del impuesto de Consumos en nada favoreciera al contribuyente, aunque sólo cambiara la forma del cobro, ya sería de agradecer y de estimar la supresión. Como hay una Ética, debe haber una Estética en el arte de gobernar, y el impuesto de Consumos no puede negarse que era de lo más antiestético. Ese registro del viajero, que tal vez llega angustiado por tristes preocupaciones, tal vez todo ilusiones y esperanzas, y, como anticipo de hospitalidad, se le ofrece la mirada hosca del vigilante, á quien tampoco hay que culpar demasiado, expuesto siempre á desconfiar cuando menos debiera ó á dejarse engañar cuando mejor le engañan.

Ya se necesita ser conservador para obstinarse en conservar el lindo impuesto. Ojalá pudiera suprimirse tan fácilmente el registro y el pago en las Aduanas. Todo sería caminar deprisita hacia la civilización. Los dos impuestos, por la forma del cobro, recuerdan la dulce manera con que los señores de horca y cuchillo ponían á contribución, en especie ó en dinero, á todo viandante que pasara por sus dominios. Ya que todo venga á parar en sacarnos el dinero, que se nos saque con buenas formas, que es como ponen á contribución las mujeres, y á ver si hay quien se dé mejor arte para sacar dinero.

Mientras lo mejor de nuestras clases directoras anda preocupado con la supresión de dicho impuesto, y lo más mejor con el Congreso Eucarístico, cuya perentoria necesidad se dejaba sentir desde los comienzos del siglo XX, no sale uno á esparcirse un poco por esas calles que no vea uno, dos, tres... ¿quién puede contarlos? entierros de niños, con sus cajitas blancas, como de juguete, cubiertas de flores algunas, otras muy pobres, sin adorno alguno. Detrás, si el entierro no es de niño rico, van dos ó tres simones; la gente va sin pena. ¡Angelitos al cielo!

La muerte de los niños sólo es tristeza para los padres, para los más allegados; los demás... ¡pensamos tantas veces lo bien que nos hubiera sido morir apenas nacimos; mejor, no haber nacido! Todo el pesimismo y toda la tristeza de nuestra vida caen, como gran consuelo, sobre esas cajitas blancas, como de juguete; un juguete que nos trajeron por equivocación, y vuelve á su destino.

Y en esas cajitas blancas, como en esas otras grandes cajas, que también tienen algo de ataúd, los barcos de emigrantes, tal vez se va lo mejor de España. No son los fríos del invierno, son las heladas de primavera las que deshojan la flor que había de ser fruto sazonado. Procuremos que nada muera prematuramente. No miremos con indiferencia esos barcos grandes ni esas cajas pequeñas. Miremos en la flor el fruto, y pongamos todos más solicitud, más cariño en defenderla de esos hielos, que son la miseria y la ignorancia de muchos entre la indiferencia de casi todos. Y los menos indiferentes suelen ser de la raza de los poetas, que ni han gobernado nunca el mundo, ni han conseguido nunca hacerse oir de los que lo gobiernan.

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La representación de _El rey Lear_ ha renovado la discusión sobre la teatralidad de las obras de Shakespeare; esto es: si son mejor para leídas que para representadas. Desde muy antiguo, los admiradores literarios de Shakespeare están contra la representación. Carlos Lamb, uno de los mayores idólatras del gran autor, se lamentaba del deplorable efecto que le había producido la representación de este mismo _Rey Lear_, representado ahora en Madrid por Garavaglia. «La figura del rey Lear no cabe en la escena--decía;--sus proporciones son demasiado gigantescas.» Ceguedad de idólatra; porque yo creo que jamás obras dramáticas fueron tan obras de teatro como las de Shakespeare. Lo que hay es que pesa demasiada crítica literaria sobre ellas, y que cualquier auditorio moderno, al juzgarlas, como cualquier actor de nuestros días, al representarlas, se empeña en buscarles, como suele decirse, tres pies al gato. Las obras de Shakespeare siguen siendo lo que fueron en su tiempo: obras para un público popular, un público de emoción. La literatura apenas tiene que ver con ellas. Los asuntos de todas sus obras son como cuentos populares, á los que no es difícil hallar correspondencia en todos los tiempos y en todos los países. Esta historia del rey Lear, ¿no es el eterno cuento de las tres hijas de un rey; las mayores, perversas, y la menor, dechado de perfecciones; la menor, perseguida por la maldad de sus hermanas, hasta que triunfa, al fin, por el poder de sus virtudes? Tragedia para los corazones más que para las inteligencias. Tragedia que lo mismo comprende el rey que haya dividido sus Estados entre sus hijos, que el pobre labriego que les haya repartido sus tierras y después padezca la ingratitud y el abandono de sus hijos.

En cuanto á la decantada psicología de los personajes de Shakespeare, ¿puede haber nada más sencillo, más infantil? Son los actores los que se empeñan, según frase del mismo Shakespeare, en dorar el oro, en pintar la azucena y en endulzar lo dulce. Actores ingenuos que se limitaran á decir su papel, con la natural emoción en algunos momentos, obtendrán mayor efecto que estos críticos alambicadores actores modernos. La Duse era la sencillez misma en _Cleopatra_, y quien la recuerde en esta obra ¿no cree recordar á la misma reina de Egipto?

La crítica literaria tampoco se ha fijado en _El rey Lear_ más que en un solo aspecto del drama: la ingratitud de las dos hijas mayores del rey. Por eso les parece esta tragedia de un pesimismo desolador. Pero adviértase que la ingratitud de las dos hijas del rey Lear es justo castigo de su injusticia al repartir su reino. Como el viejo rey, todos somos alguna vez injustos en nuestra generosidad y en nuestro cariño. Hallamos siempre buenas razones para recompensar á quien nos halaga, y la verdad de un sincero afecto nos parece falta de cariño.

En pocos dramas resplandece la idea de justicia tan alta como en _El rey Lear_. Solo que la justicia de Shakespeare no es la de un autor de melodramas ó de folletines; no es tampoco justicia de directora de colegio que premia con dulces ó estampistas, y castiga privando del recreo; es justicia como la de Dios: la muerte es igual para todos; para todos es igual el dolor. Nuestra conciencia es la que dice que no es igual morir como Regania y Gonerila que morir como Cordelia. Y el que diga «¡qué atrocidad! Todos mueren lo mismo: los buenos y los malos...», ese ni puede comprender á Dios ni puede comprender á Shakespeare.

XII

A la carta abierta que me dirige _Caramanchel_ sólo he de contestar que, al referirme á la crítica, tratándose de _El rey Lear_, no me refería á la crítica de actualidad, sino al conjunto de críticas referentes, á las obras de Shakespeare. En todas ellas la excepción, por ser excepción, confirma la opinión general, se considera al rey Lear como víctima de sus dos hijas mayores, sin tener para nada en cuenta la desconsiderada conducta del rey con su hija menor, Cordelia. Regania y Gonerila son odiosas; pero es mucho cuento que sobre ellas caiga toda la culpa de las desdichas de su padre. Yo siempre he sentido cierta simpatía por Judas y por Pilatos cuando, en los sermones de Semana Santa, caen sobre ellos, desde esos púlpitos, los mayores improperios y los más terribles anatemas. No puedo por menos de considerar que si todo lo que sucedió en la Pasión y Muerte de Jesús estaba así ordenado; si Jesús sabía de antemano que Judas había de venderle y Pilatos entregarle al pueblo judío, Judas y Pilatos fueron víctimas del papel que les había tocado en suerte, y no hay para qué insultarlos cuando, sin su intervención, no hubieran podido cumplirse las Escrituras. Y ahí es nada; siendo Escrituras y cosa del pueblo judío, ¿cómo habían de dejar de cumplirse? Buenos son los judíos para no hacer cumplir sus escrituras. Del mismo modo Regania y Gonerila me inspiran compasión en fuerza de verlas tan maldecidas.

En cuanto á que nada nuevo puede decirse de Shakespeare y de sus obras, la crítica universal es buena demostración de lo contrario. Continuamente se publican estudios biográficos y críticos que aportan nuevos é interesantes datos al copioso caudal de la literatura shakespiriana.

Lo del carácter infantil y la sencilla psicología de los personajes de Shakespeare no lo dije como reproche, antes como excelencia de sus obras. Pero ¿hay nada más sencillo que la psicología de Otello? ¿Nada más infantil que su credulidad ante las burdas maquinaciones de Yago? ¿Hay nada más infantil que la conducta de Yago? Un malvado que nos avisa él mismo de que es un malvado. ¿Hay nada más infantil que Romeo y Julieta? Ni sería bien que fuera de otro modo. El mismo Hamlet, considerado como prototipo de la complejidad psicológica, ¿hay nada más ondulantemente rectilíneo, valga el contrasentido? No soy en nada opuesto, antes muy partidario, de las polémicas literarias, cuando se entablan sin animosidad personal y con la cortesía que _Caramanchel_ no olvida nunca aun en sus críticas más apasionadas.

Respecto á Garavaglia, yo sólo quise hacer constar que si un actor español hubiera representado el _Hamlet_ tan desdichadamente como el actor italiano, la rechifla hubiera sido soberana. Aparte las mutilaciones y alteraciones del texto, no justificadas por conveniencias escénicas, dígase qué momento de acierto tuvo Garavaglia en toda la obra. Falsa y en oposición con el texto su llegada á las murallas del castillo de Elsingor, cuando viene á esperar la aparición de su padre. Se presenta poseído ya del mayor espanto, y el texto indica, por lo contrario, que Hamlet, natural ó forzadamente, habla de cosas triviales como para distraer su pensamiento. Con el modo de entender Garavaglia la situación, además de tener que mutilar el texto, el momento de la aparición pierde toda su terrible grandeza.

Además, dado el carácter de Hamlet, que, aun después de ver y de oir al espectro de su padre, duda de la realidad de la aparición, debe llegar á las murallas del castillo creyendo que el espectro no ha de aparecerse; por eso mismo es mayor su espanto al verle aparecer.

Por este orden, pudiera citar caprichosas interpretaciones en cada situación de la obra. Sin duda Garavaglia estudió esta obra más cuidadoso de producir un efecto momentáneo de originalidad, de sugestión sobre el público. Si valiera mi consejo, yo le diría á Garavaglia con toda lealtad que, por algún tiempo, debiera dejar de representar el _Hamlet_ y estudiarlo de nuevo, más atento al texto original que á los efectismos teatrales. Así hizo Talma muchas veces cuando creyó haberse equivocado en la interpretación de una obra.

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Si los tiempos fueran de creer en presagios y en agüeros, bien podía dar qué pensar á los mejicanos la espantosa sacudida de terremotos que ha sucedido á la caída de D. Porfirio «Imperator». Quiera Dios, y quieran también los mejicanos, que esos materiales terremotos no sean anuncio de otras sacudidas en el orden público, económico y político de la que fué de nombre gran República y ahora puede serlo de nombre y de hecho. Aun no es llegado el día en que la fiel balanza de la Historia pueda pesar los méritos y las culpas de D. Porfirio. Como todos los grandes tiranos, fué la paz á su hora. Achaque es de todos los tiranos no conocer la hora en que ha de empezar á ser la justicia. Llegan á la suprema dictadura en momentos de perturbación de la conciencia pública; impone el orden, más que su propia fuerza, la misma fuerza del desorden, que ha llegado á ser intolerable, y no aciertan á darse cuenta como Chantecler, de que ellos sólo fueron el gallo que cantó á la hora de salir el sol, pero el sol no estaba sujeto á su quiquiriquí. La eterna historia de todos los tiranos; pero mala maestra debe ser la Historia cuando ninguno aprovecha sus avisos ni sus enseñanzas.