De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)

Part 2

Chapter 23,913 wordsPublic domain

Yo no sé si se ha escrito--la erudición no es mi fuerte;--pero de no haberse escrito, debiera escribirse un libro de las procesiones de Semana Santa en España. Decía un gran actor francés, maestro de actores, que el verdadero actor debe aprovecharse, en primer lugar, de sus buenas cualidades, y, en segundo lugar, de las malas. Este buen consejo puede hacerse extensivo á toda persona, cualquiera que sea su condición social, y á todos los pueblos, cualquiera que sea su estado de civilización. Cuando no se puede sobresalir por adelantados, se debe procurar sobresalir por el atraso; el caso es sobresalir de algún modo. Esto de las procesiones no es precisamente como la aviación ó la telegrafía sin hilos; pero es mucho más pintoresco y mucho más castizo y, bien anunciado, pudiera ser de una gran atracción para los extranjeros, curiosos de algo típico, cada vez más escaso, por culpa de la civilización, tan niveladora de costumbres como desniveladora de peculios. Sólo las procesiones de Sevilla han conseguido lo que ahora se dice reputación mundial. Sin rebajar nada de su bien ganado renombre, hay muchas otras que merecen ser conocidas. Las de Murcia, con sus imágenes de Salcillo, el Murillo de la escultura española, y, con él, una de las pocas notas de dulzura en el Arte español; con aquel ángel de la Oración del Huerto, bello como los de Rafael, símbolo artístico, al erguirse en su pagana belleza sobre la postración dolorosa del Nazareno, de todo el Renacimiento, protestante en nombre de la vida triunfadora y del Arte embellecedor de la vida.

Las procesiones de Cartagena, con pasos de Montañés, de Salcillo, comparación interesante. Las de Lorca, de primitiva ingenuidad, con sus escenas bíblicas y evangélicas, representadas por personajes de carne y hueso; reñidas competidoras en propiedad y en lujo. Y en poblaciones más humildes, en pueblos ignorados, ¡qué tesoros de observación para el curioso! Las legiones de armados, los nazarenos, el pretorio con sus trompetas destempladas... Y sobre la devoción y la austeridad y las tinieblas en el templo, y las Siete Palabras en el púlpito, y los siete cuchillos clavados en el corazón de la Dolorosa, y sobre la Cruz redentora y el Santo Sepulcro, miradas y palabras y silencios de amor y de deseos que van encendiéndose por la boca y por los ojos de hombres y mujeres... Y la vida triunfa sobre toda tristeza, como el ángel murciano en la Oración del Huerto.

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Las Sociedades de aficionados protestan contra el aumento en los derechos de representación de las obras teatrales exigido por la Sociedad de Autores. Todo el que conozca la organización íntima de esas Sociedades ha de estar conforme con la protesta. No se comprende que pueda haber animadversión contra ellas por parte de los autores, de los actores ni de los empresarios. Para estos últimos, las Sociedades de aficionados son una saneada fuente de ingresos; los actores no deben, sin ingratitud, mirarlas con malos ojos; casi todos se dieron á conocer en alguna de esas Sociedades, que vienen á ser las novilladas del arte dramático. En cuanto á los autores, por ellas ven popularizadas sus obras y por ellas ven representarse obras de repertorio olvidadas por las empresas. Las Sociedades apenas cubren gastos; de su desinterés no cabe sospechar. Son un interesante ensayo de socialismo aplicado al fin de proporcionar honesto recreo á muchas familias que no pueden pagar el lujo del teatro, si barato en Madrid, comparado con otras grandes capitales, muy caro en comparación con la riqueza de esas capitales y la madrileña.

Con la subida de los derechos sólo se conseguirá, como siempre, que la autoridad se excede, que el favor solicitado con recomendaciones se sustituya á la justicia, y, como el favor no es nunca equitativo ni desapasionado, todo parará en intrigas, desigualdades y molestias para ambas partes beligerantes: Sociedades dramáticas y Sociedad de Autores. De nada sirve el general acuerdo si, después, unos autores ofrecen rebaja en sus derechos, y otros, por el contrario, exigen montes y morenas y anticipos y un número fijo de representaciones, cuando de obras estrenadas con aplauso se trate. Todo ello sólo sirve para que medren los que están en el secreto y hagan el tonto de la pantomima los que se atienen á la letra de los reglamentos. Lo mejor sería dejar á cada uno en libertad de estipular sus derechos con las empresas y con las Sociedades. Y ya que todo sea comercio, libertad de comercio y competencia libre. Es el sistema inglés, y hemos convenido en que Inglaterra es el mejor modelo para todo.

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El prefecto de Atenas ¡oh, cuán poco ateniense! ha dado á rajatabla la orden de que todas las artistas extranjeras que se exhiben en los teatrillos y salones--cines en griego--sean sometidas--¡oh, manes de Friné! ¿dónde hallar aticismo para expresar el ultrajante concepto?--á una inspección facultativa, muy relacionada en verdad con algunos dioses de la Mitología: la diosa del Amor y el dios del Comercio; pero, hasta ahora, nada relacionada con Apolo, dios de las Artes, á no ser por parte de hijo, ó sea Esculapio, dios de la Medicina.

Las ofendidas han puesto el grito en el Olimpo, y mientras, de allí vienen los rayos, en sus Embajadas y Consulados respectivos. Sí que hay para una intervención. Por lo pronto, en la primera ojeada han resultado dos virtudes sin detrimento. No es mal reclamo, con certificación facultativa y todo. Pero el que luzcan dos virtudes no es razón para deslucir las de otras señoritas. Siempre se dijo que las comparaciones son odiosas. Aparte de que es ocasionado á errores localizar la virtud en estos tiempos, y la ciencia no ve el fondo de los corazones.

Lo malo será que algún prefecto de por acá se sienta helenista y quiera traducir al ateniense. Cierto que hay escenarios por esos teatros que más parecen aceras, y aun arroyos; pero, en fin, aunque en ellos el Arte no sea ni su sombra, todavía debe amparar con su nombre á las pobres mujeres que en él buscan sagrado. Y, en todo caso, la inspección no debiera aplicarse sólo á las artistas, sino á los espectadores, especialmente al cerebro. Puede que no se encontrara uno sin tacha, como la virtud de esas dos chicas, en Atenas.

VI

Por los que hacen ostentación de lo superfluo cuando lo más preciso escasea, se dijo: «Gran tocado y chico recado». Nuestra vanidad de hidalgos ha cambiado los términos, y ahora, con el monumental evacuatorio de la Puerta del Sol, bien puede decirse de nosotros lo contrario: «Chico tocado y gran recado», con la significación que la palabra _recado_ tiene en Andalucía.

Si las _preciosas_ ridiculizadas por Molière poetizaban, denominando _Le superflú de la boisson_, á lo que tiene más bajo nombre, los madrileños hemos puesto una superfluidad al servicio de esas superfluidades.

El suntuoso evacuatorio vendrá á ser, como el mondadientes paseado por aquellos hidalgos del siglo XVII: más para engañar la curiosidad ajena que el estómago propio.

Todo quiere principio, y bueno es empezar por algo, aunque se empiece por el final; como en este caso se ha procedido, en el orden de las funciones digestivas.

Lo que no me parece tan bien es el emplazamiento; pues si Madrid es el centro de España y la Puerta del Sol el centro oficial de Madrid y de ella ha venido á ser ornamento principal, con perjuicio del ministerio de la Gobernación, ese precioso evacuatorio, véase lo que viene á ser el centro de España. Esperemos que no haya confusión en tiempos de elecciones y cada asunto se despache en su departamento adecuado.

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Un periódico de París, en cariñoso saludo de despedida á Mlle. Sorel, la pronostica un gran triunfo entre nosotros y nos dice de paso que, gracias á la bella _socia_ de la Comedia Francesa, podremos aquí admirar esos monumentos de la literatura francesa que son: _Demi-monde_, _Antony_, _L'Aventuriere_, etc.

De ayer por la tarde fué cuando D. José Valero representaba el _Antony_, de Dumas padre, y también de hoy por la mañana cuando la Virginia Marini, en italiano, y María Tubau con Emilio Mario y Sánchez de León, en castellano, nos dieron á conocer el _Demi-monde_, de Dumas hijo. En cuanto á _L'Aventuriere_, representada en el teatro de la Comedia, de Madrid, por Coquelin, admirable de todo punto en el papel de D. Aníbal, el rufianesco hermano de doña Clorinda, había sido representada muchos años antes, en excelente traducción, no recuerdo ahora si de doña Gertrudis Gómez de Avellaneda ó de doña Carolina Coronado. De modo que si no es por mademoiselle Sorel, nos quedamos tan ignorantes.

Algo hubiera ganado la distinguida actriz con seguir cultivando nuestra ignorancia y dejarnos la impresión de su elegante silueta en la favorable y lejana irrealidad de las postales y de las cajas de cerillas, poetizada por ese encanto en que París envuelve á sus artistas, siempre hermosas, siempre jóvenes, siempre espirituales, siempre vestidas de armiños y de encajes, siempre cubiertas de perlas y diamantes... ¡Oh presencia, presencia, destructora de encantos! Ayer fué la Cleo de Merode, hoy es la Sorel... Los adolescentes ilusionados que os vieron de cerca, ya no volverán á extasiarse ante las postales y las cajas de cerillas. ¡Oh princesas lejanas, como la de Rostand! ¿Por qué os acercasteis nunca para decirnos que no sois como érais?

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Los tripulantes de un barco, en mares de Australia, han presenciado la más descomunal batalla imaginable. Treinta y seis ballenas machos luchando por una sola hembra, Elena de esta _Iliada_ entre cetáceos. Ya no es sólo por las calles de Madrid por donde no puede andar una señora sola. Cierto que los batalladores cetáceos tenían en su disculpa la enorme desproporción entre el género masculino y el femenino. ¡Treinta y seis para una! ¡Pobre ballena, que no encontraría en tal apuro ni á un pez espada para defenderla!

Este suceso es el que ha determinado, sin duda, la formación de una Liga contra la pornografía. Todos los días no puede uno hacerse cargo de todo; así es que cada cuatro ó cinco años nos hacemos cargo de una cosa. Ahora que va decayendo la pornografía, conseguiremos que vuelva á tomar incremento con dedicarnos á combatirla.

Parece ser que el medio indicado es el _sport_. ¿De veras? ¿No será el exceso de _sport_ y el de los ejercicios físicos lo que haya embotado las inteligencias para goces más espirituales y más artísticos? Adviértase quiénes son los que gozan en el teatro con las groserías y las marranadas; no son los que han leído á Ibsen: suelen ser los que se aburren con la representación de cualquier obra de verdadero arte. ¿Quiénes son los que leen las novelas pornográficas? Los que no leen ninguna otra, porque nada dice á su inteligencia.

Bueno está fortalecer los músculos; pero no estará de más fortalecer el cerebro. Un error lamentable de educación tiende á suprimir todo esfuerzo mental en el estudio, ya nadie quiere calentarse la cabeza; queremos que todo sea agradable, fácil, ligero; ya todo el _lata_ para el vaporoso cerebro moderno.

Es preciso que la inteligencia tenga también su gimnasia; porque si durante todo el día no hemos hecho más que correr, saltar y darnos de puñetazos, ¿cómo vamos á entender por la noche _La vida es sueño_ mejor que unas canciones por todo lo bajo y un garrotín por todo lo alto?

Yo sé que en los tiempos de mi juventud nos obligaban á estudiar con trabajo, y todo el _sport_ era algún marro, jugado en algunos sabrosos novillos; pero sé que llegaba un domingo por la tarde y preferíamos gastarnos los cuartos de nuestro pobre peculio de estudiantes, en admirar á Elisa Boldún y á Rafael Calvo en alguna obra del teatro antiguo. Y los mozos de ahora se van al _cine_ á relinchar como potros, á insultar á las pobres mujeres, y cuando van á un teatro serio, por moda, no por gusto, creen que es todavía el _cine_. Pues estos mozos son los que, por higiene, tienen seis horas de gimnasia, de _sports_, de armas, y media hora de estudio ligero, muy ligero, no se caliente el niño la cabeza. No; más vale que se le rompa por fuera de un golpe ó de un batacazo, que no se le caldee por dentro al chocar de dos ideas.

VII

Debe de ser un encanto gobernar un país, como ser jefe de una familia en que reine de continuo la mayor unanimidad de pareceres. Si el Gobierno no se ha enterado todavía de la verdadera opinión nacional en los asuntos de Marruecos... Unos que: «Vamos allá, que para luego es tarde, que allí está nuestro porvenir». Otros que: «Nada tenemos que hacer allí, que Marruecos es como los amores y las zarzas, donde, según el refrán, quien en ellos se metiere entrará cuando guste, mas no saldrá cuando quisiere».

Hay señor, de los expansivos y belicosos, que, como caballero particular, le basta con un piso muy reducido, con habitaciones de un metro en cuadro, para todas sus expansiones; pero, como ciudadano español, teme ahogarse entre las fronteras naturales y le parece que le va á faltar aire si, por abajo, no llegamos hasta Tetuán y, por arriba, hasta qué sé yo dónde; como si, por mucho que se dilaten las fronteras, no vinieran á parar al fin en vecindades más ó menos molestas y peligrosas. El Imperio universal está muy desacreditado, por aquello de: «Quien mucho abarca, poco aprieta». Y nadie abarcó ni apretó más que nosotros, y no es cosa lo que nos ha lucido el pelo.

Otros lo toman por lo agrícola, y como en España ¡á Dios gracias! ya no queda sitio para plantar una mata de habas, se extasían considerando las siembras y plantaciones que podemos extender por los territorios conquistados. Por aquí, tabaco; más allá, pimientos; detrás, unas coles, y, entre col y col, lechugas. ¡Qué porvenir, qué riqueza!

A todo esto, la verdadera opinión, que, como siempre, es la que nada dice, y hace mal, como siempre, piensa que: del lobo un pelo, y de la hermosa Dulcinea de esos andantes caballeros, que no andan, un retrato, siquiera tamaño como el blanco de una uña; como pedían los mercaderes á Don Quijote, para proclamar, con algún fundamento, la soberana beldad de su dama.

Lo cierto es que, de América, con todos los errores y todas las torpezas, se sacó algún provecho, y aun colea; pero de Africa no sacamos más que romances; muy heroicos, pero nada prácticos. Las guerras modernas van por otros caminos. Los ejércitos son hoy avanzadas de los viajantes de comercio. Pero es muy triste cosa que, cuando un ejército se haya cubierto de gloria y pueda decirnos: «Aquí está todo este territorio que os hemos conquistado», haya que responderle: «¿Y qué hago yo con esto?»

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¡Dichosos tiempos éstos en que, por cada pierna que podemos mover, y aun echar por alto, tenemos una liga que nos sujete y nos impida andar en malos pasos! Hay ligas femeninas, hay ligas masculinas, las hay de ambos sexos; las hay para todo y contra todo. Esta de ahora, contra la pornografía, promete ser de las más batalladoras. ¿Será verdad que estamos tan encenagados? ¿Se escriben y se publican más libros pornográficos que en otros tiempos? ¿El teatro es más inmoral que lo ha sido nunca? ¿Se escandaliza por esas calles como en ningún otro período histórico?

Yo creo que no; lo que yo creo es que ahora, como nunca, le ha dado á todo el mundo por enterarse de todo y por hablar de todo, y... ¡oye uno á señoras y señoritas, niñas y niños, tratar de unos asuntos! Sucede como en esos países de clima templado en que las casas están mal acondicionadas para el invierno: cuando quiere uno estar abrigado, hay que echarse á la calle. Lo mismo es con la pornografía moderna. La calle está á mejor temperatura que las casas.

Ciertos libros, ciertos teatros, solicitan á un público especial. ¿Qué culpa tienen ellos de que todo el público los busque? Los que se indignan con la literatura pornográfica, ¿están seguros de haber dispensado su protección á la literatura honesta? Los que protestan contra las obras inmorales en el teatro, ¿están seguros de no haberse aburrido en la representación de alguna comedia moralísima?

No me cansaré de decirlo; lo que llamais pornografía tiene su origen principal en la exagerada ñoñería. Por ñoñería cultivais la incultura, y ahí tenéis el fruto. Impedís que vuestros hijos y vuestras hijas afronten cara á cara, como la luz del sol, una verdadera obra de arte, y, es claro, como algo han de leer, leen á escondidas cualquier porquería; y como no tienen formado el gusto para saborear cosa mejor, les parece excelente.

Si no les permitís admirar las obras maestras de la escultura, ni los desnudos del Tiziano, ¿cómo no han de recrearse, á hurtadillas, con alguna colección de postales que sólo puede causar asco en quien más alta y más pura belleza haya contemplado?

Cuidad de vuestros hijos en casa y no os cuidéis tanto de la calle; que nadie sale á buscar en ella lo que le prohibieron que buscara, sino lo que le enseñaron á buscar.

VIII

En los Estados Unidos un matrimonio ha realizado, efectivamente, ese duelo á muerte que es todo matrimonio. La esposa, el adversario, según Capús, lo ha sido en este caso con todas sus consecuencias. Con mayor lealtad, al batirse á pistola con su marido, que tantas otras mujeres en ese duelo continuo á pinchazos, pellizcos y mordisquitos--morales, por supuesto--que tienen su campo de honor á todas horas, en la mesa, en el despacho, en el cuarto de costura, en el mismo tálamo, y por testigos, á parientes, criados, vecinos, visitantes y á la misma prole de los combatientes.

--Contigo no hay quien pueda. No haces más que tonterías. Ahí tienes á Fulano; ¡si fueras como él! ¿Por qué seremos tan tontas las mujeres honradas?--¡Oh, la perfecta comunicación de vidas! ¡Oh, mujer nuestra, nunca nuestra! Si sabemos alguna vez cuál es tu pensamiento, es porque piensas siempre lo contrario, y aun sabes burlar nuestras suposiciones, pensando en una distinta contrariedad contraria á cuanto pensamos. Tú eres la conciencia del hogar cuando, por la Patria ó por la Humanidad, sacrificamos conveniencias familiares, y eres la conciencia acusadora, en nombre de la Patria y de la Humanidad, si nos dejamos seducir por tu voz de sirena doméstica. Nos quieres mezquinos por ti, y nos quisieras después grandes á pesar tuyo.--Déjate de cuentos; sé como todos--nos dices antes.--Déjate de cuentos. ¿No ves cómo eres lo mismo que todos?--nos dices después.

¿De qué es tu cariño, que siempre nos quiere otros? ¡Oh, mujer nuestra; siempre dolorida; malograda siempre, y nunca nuestra!

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Al aficionado de sangre--no diremos á la sangre, por no ofenderle--no le basta con la lucha entre el torero y el toro; necesita que haya lucha también--en este caso se llama competencia--entre los toreros. Cuanto mayor y más enzarzada es la competencia, mayor brillantez logra el espectáculo. No hay duda; del toro puede huirse, pero ¿cómo huir del competidor que viene azuzando? En todos los órdenes de la vida es bueno que haya conservadores y liberales, y hasta revolucionarios á la expectativa, que son los no contratados, que de todo murmuran. ¡Pues digo si los que van llegando y los que están al llegar no empujaran á los que han llegado! ¿Qué sería de nosotros si Maura y Bombita, La Cierva y Machaquito se vieran dueños y señores del redondel? Por fortuna, las empresas comprenden sus intereses y avivan la competencia. El que quiera torear que no sea conservador... de su piel. Y el que quiera gobernarnos que no sea liberal... de la nuestra.

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Como nuestra buena amiga, la de Trafalgar, nos ha salido algo «cocota», pero de las prácticas, ahora hemos caído en la cuenta de que mejor nos hubiera estado poner nuestros amores y nuestra confianza en la señora Germania, que, aunque burguesota y carillena, es señora formal y de peso.

A buena hora, mangas verdes; para que nos respondan con el ademán más adecuado á esa parte de la indumentaria. Bien que, para justificar nuestra conducta, podíamos recordar el cuento de aquella novia á quien, en vísperas de la boda, el novio apremiaba para la concesión de ciertos anticipos á cuenta, y como ella se resistiera bravamente, y después de todas las ceremonias nupciales el novio la dijera: «Anduviste muy discreta; si me haces el menor anticipo, no me caso contigo»; ella entonces, con la mayor inocencia: «Sí, ¡que soy yo tonta! Ya me había pasado dos veces».

De donde se deduce que para sacar marido ó aliado no conviene hacer el menor anticipo, sino estar á las resultas, que es la mejor proporción y acomodo.

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Max Rheinhardt, el primer director escénico de Alemania, ha obtenido un triunfo de alabanzas, de burlas y de discusiones en la representación, en la pista de un circo, del _Edipo_, de Sófocles, y el _Ricardo II_, de Shakespeare. La prueba es digna del inteligente director, y según sus admiradores incondicionales, en los tiempos modernos no se había logrado tan exacta presentación de la tragedia griega en toda su grandeza. El coro, verdadero protagonista en ella, recobra así toda su importancia, invadiendo la pista por diferentes partes, como verdadera masa popular, interviniendo en la acción á cada paso espectador y actor al mismo tiempo.

En cuanto al _Ricardo II_, de Shakespeare, como todos los dramas históricos del mismo autor, creo que sólo en un circo pueden hallar su verdadero escenario. Allí pueden evolucionar guerreros y caballos; allí pueden sucederse los varios episodios, todos interesantes y todos necesarios. Y, en efecto, las representaciones primitivas de esas obras, en tiempos de su autor, actor y empresario, más semejanza tenían con la representación de una pantomima de circo en nuestros tiempos, que con las representaciones de esas mismas obras en nuestros modernos teatros. Los actores pasaban á caballo entre el público; como aun hoy, por tradición teatral, puede verse en Granada, en las representaciones de la famosa Toma, y como era uso también en nuestros corrales; y actriz hubo, como la Bárbara Coronel, más celebrada por su arrogancia de amazona que por sus méritos de comedianta.

Todo vuelve á fuerza de buscar novedades, y el mayor progreso escenográfico está en volver á la sencillez de los teatros primitivos. El teatro vive, ante todo, de la imaginación, y á la imaginación, ó se la engaña con muy poco ó no se la engaña con nada. Hay algo con que se la engaña siempre: el interés y la emoción. Sófocles y Shakespeare no necesitaban de los ojos del espectador; con los oídos les bastaba.

IX

Después de leer el libro _L'art de bien tenir sa maison_, publicado en París por la biblioteca «Fémina», cae uno en la cuenta de cómo es preciso renovarse ó morir, según la frase de Gabriel D'Annunzio. Hay que renovar nuestra educación cada diez años, por lo menos, si no quiere uno caer en graves faltas de tacto y de buen gusto. Parece que esto de la urbanidad y del trato social debiera estar sujeto á leyes más permanentes; nada de eso; lo que ayer era exquisita cortesía, hoy es ordinariez; lo que ayer acreditaba á cualquiera como hombre de sociedad, hoy le pondría en el más lastimoso ridículo. La exacta observación de las famosas máximas del barón de Andilla podrá hacer del más zafio patán el más cumplido cortesano. ¡Eran tan claras, tan sencillas, tan aplicables! Ya por los tiempos de su publicación empezaba á desecharse tradicionales reglas de buena crianza. Dice el barón:

«Hoy, en la mesa principal, es uso servir trinchado ya: sistema ruso.»

Nadie ignora que allá en los años en que Larra escribía su _Castellano viejo_, nada acreditaba tanto á una persona de finura y cortesanía como su habilidad en el arte cisoria, mostrada al trinchar un ave entre la admiración y el aplauso de los comensales... Arte y habilidad perdidos, cuya tradición sólo conservan algunos cirujanos modernos, tal vez por atavismo, tal vez porque consideren, como el filósofo, que el hombre es un ave sin plumas.