De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 11
Cuando la mujer es mujer antes que escritora y mucho antes que literata, escribe, cuenta, mejor dicho, deliciosos cuentos de niños, todos de ingenua imaginación y candoroso sentimiento. Cuentos que pueden interesar á los niños de todos los tiempos y de todos los países; porque el alma del niño es siempre universalmente primitiva.
En cada niño nace la Humanidad. En cada nación, desde las capitales civilizadas, emporio de cultura, hasta las aldehuelas pastoriles, más que unidas, apartadas por senderos riscosos de las ciudades, puede estudiarse, mejor que en los libros, la historia de las razas y los pueblos en su más remota ascendencia. No son códices y monumentos, cronicones y sepulcros los que mejor nos hablan de edades pasadas; son seres vivos, hombres y mujeres, que viven hoy en el alma de otras edades, las más remotas, hasta la misma edad de piedra.
Los grandes escritores, cuya gloria perdura sobre los pueblos y los siglos, son los que acertaron á contar mejor esos eternos cuentos que interesa siempre al espíritu infantil de la Humanidad.
Todas las grandes obras de la literatura, si bien se advierte, son cuentos de niños. Obras que conmoverán eternamente lo que hay de niño en el alma de todos los hombres y de todos los pueblos.
Cuentos de niños, _La Iliada_ y _La Odisea_; cuentos de niños, _La Divina Comedia_, y nuestro _Romancero_, y _La Canción_, de Roldán, y los _Fabliaux_ franceses, y los cuentos de Chaucer, y las tragedias de Shakespeare, y los dramas legendarios de nuestro teatro...
Hoy, entre el espíritu del escritor y el espíritu del pueblo, el eterno niño, media una distancia que no basta á salvar una artificiosa sencillez toda de habilidades literarias. La sencillez no se imita con nada; con la bobería, mucho menos. Ni con místicos ó castizos vocablos.
Sin afectación, alegre, claro, limpio, llega un libro de cuentos para niños, _Cuentos de hechos_, de Gertrudis Segovia, libro de mujer, como yo quisiera todos los libros escritos por mujeres; libro que añade á nuestra pobre literatura infantil unas flores, más valiosas que joyas. Hay en él cuentos comparables en interés al delicioso del _Pájaro Azul_, de Mme. D'Aulnoy, y á _La Bella y la Bestia_, de Mme. de Beaumont. Son verdaderos cuentos para niños. Y doy fe de ello, porque sé de varios niños que los han leído con entusiasmo y sé de una señorita distinguida que se ha aburrido mucho. Una señorita distinguida es lo menos infantil que se conoce. Una señorita distinguida, si la dicen que puede tener hijos, suele exclamar: ¡Por Dios! Chiquillos, no. ¡Qué lata!
A señoritas de estas de ¡Qué lata! no hay que ofrecerles cuentos para niños. Con la conversación de algún joven, tan distinguido como ellas, tienen bastante pasto intelectual.
XLII
El príncipe de Mónaco es un príncipe dichoso. Su minúsculo Estado, el más pacífico del mundo. No agobian á sus súbditos contribuciones ni cargas. Su ejército es un elegante Cuerpo de Policía; sus barcos no son de guerra, son de paz, y su insignia, la más alta y más noble expresión de paz, la Ciencia.
En el _Princesa Alicia_ no van, con el noble príncipe de Mónaco, ni el conquistador, ni el colonizador, ni el aventurero, ni el viajante de comercio, ni el deportista; va el sabio explorador de tierras y mares, sin otro interés que el estudio mismo.
Al contrario de otros príncipes, para este afortunado, el gobernar es un descanso. Por eso puede hacer del estudio su deporte.
Contra siete vicios hay siete virtudes en este mundo. Pero en los felices dominios de este príncipe, contra innumerables virtudes hay un solo vicio.
Él es fuente de prosperidad y bienandanza, él costea las exploraciones científicas, él permite en Exposiciones universales, al minúsculo Estado, tan lucido papel como á muchas grandes potencias. El amor á la Ciencia de un príncipe sabio contrapesa, muy justamente, grandeza y poderío de otras naciones.
Con todo esto, ¿no pudiera escribirse algo muy interesante sobre la moral de lo inmoral?
Como toda la moralidad de un Estado no puede ser, en resumidas cuentas, más que hipocresía, en los Estados moralistas son los trabajadores y los honrados los que vienen á pagar y á sostener vicios y holganza.
El Principado de Mónaco, sin hipocresía, logra algo más justo: el vicio tributario y el trabajo exento.
No hay persecución capaz de exterminar un vicio, como el vicio sea de los arraigados en la naturaleza humana. La persecución infructuosa sólo conseguirá añadir al vicio del vicioso el delito del encubridor: más repugnante todavía, cuando tras de encubrir, delata.
En cuanto á que no hay nada tan elástico como la moralidad, ¿es preciso insistir? Yo confío mucho en la discreción de nuestras autoridades. Pero, ¿se imaginan ustedes el contraste, si en estos días se le ocurriera á un delegado sorprender alguna partidita de juego?
El Gobierno, que honra, agasaja, condecora y recibe como se merece al noble príncipe, soberano dichoso del más dichoso Estado, no podría consentir esa inconveniencia.
¡Envidiable suerte la de este príncipe! ¡Ay! Tanto como él la Ciencia, amaría yo el Arte, si se me permitiera explotar siquiera una ruletita con un par de ceros.
* * * * *
A los partidarios de la pena de muerte les ha parecido crisis de sentimentalismo y aun de histerismo el movimiento abolicionista determinado con ocasión de recientes indultos.
Si á histerismo fuéramos, también pudiera haberlo sanguinario, y siempre sería más expuesto que el filantrópico y sentimental. Pero, ¿á qué agraviarnos mutuamente? Siempre habrá dos conceptos fundamentales de la vida: conservador y liberal. En el más amplio sentido de estas palabras.
El sentido conservador considera la vida con escepticismo oportunista. La humanidad es mala de suyo y las sociedades constituídas por los hombres adolecen de sus mismas imperfecciones. Siempre ha sido lo mismo y lo mismo será mientras el mundo exista. Es inútil aspirar á mejoría ó perfección.
Contra los perturbadores del orden social no hay más defensa que... defenderse. Contra los malos, el castigo. ¿La enmienda? ¡Ilusión, utopía progresista!
Este sentido es muy respetable, y más lo sería llevado al extremo. Supresión radical de cuanto hay de inútil, perjudicial y parasitario. A defenderse del criminal como del apestado, del inútil como del vago, del loco como del imbécil.
¿Quién sabe si esta despiadada selección no sería el medio más eficaz de cultura?
Pero hay quien considera, tal vez ilusionado, que el espíritu humano es perfectible y perfectible la vida, y perfectibles las sociedades. La historia conocida de la humanidad es de muy poco tiempo y son días los siglos de que podemos tener noticias, y aun esos bastan para decirnos que es hacia el bien el lento caminar y hacia la perfección todo el camino. Poco á poco y despacio, eso sí. El efectivo avance apenas responde al aliento espiritual.
El poeta del premio Nobel, en este año, Maeterlink, lo dice: «Para realizar siquiera un bien pequeño en nuestras acciones, hay que soñar con las más altas y generosas empresas de bondad.»
En cuanto á la parte de responsabilidad social, de solidaridad, mejor, en virtudes y en crímenes, ¿no habéis leído _Resurrección_, de Tolstoi?
Antes de juzgar debemos juzgarnos. Será la mejor lección de todo delito.
Consideremos el caso de Cullera. Ya parece lejano, como un suceso histórico. No puede haber ofensa para la memoria del juez cruelmente asesinado. Doy por supuesto que era el juez más íntegro, más justo, más digno. Lo era. Pero, ¿es siempre así? El que haya vivido algún tiempo en un pueblo, ¿sabe de las injusticias, de las iniquidades, de las tropelías de la justicia al servicio de los caciques?
Los pueblos sufren años y años, y en un día, por fin, se cobran, con aparente injusticia, quizás cuando menos debieran y en quien menos mal hizo, todas las injusticias padecidas... Hicieron mal, no hay duda. Pero, ¿dónde empezó el mal?
Eranse dos amigos, de los cuales el uno en cuanto ponía mano prosperaba y juntó un cuantioso capital en poco tiempo. El otro era tan desdichado, que el negocio más seguro acababa para él en un desastre. Por si su mala suerte consistía en ser más honrado en sus tratos que el amigo, se dejó de escrúpulos y quiso imitarle, por ver si se desquitaba. Todo le salía mal del mismo modo.
Un día jugaban al tute los dos amigos, mano á mano, y el infeliz no lograba baza, mientras el otro no dejaba de acusarle las cuarenta, más veinte, y vuelta á lo mismo, y así toda la partida.
El perdidoso bramaba y para sus adentros iba repasando su historia y la de su amigo, la sinrazón de sus malos negocios y los buenos del otro, las pillerías que al amigo le habían enriquecido y á él sólo le habían traído pleitos y disgustos. Y al fin, cuando una vez más le acusaba el amigo las cuarenta, se levantó, rojo de cólera, tiró cartas, mesa, sillas y luces y la emprendió á golpes con el ganancioso, gritándole:--¡Ladrón! ¡Pillo! ¡Granuja! ¡Si toda tu vida has sido lo mismo!
Nadie podía explicarse aquel arrebato; todos se lo afearon mucho. ¡Ponerse así porque le acusaban las cuarenta!
Pero, lo que él decía:--¡Señor! ¿Si creerán que ha sido por estas cuarenta de hoy? ¡Si es que toda su vida me las ha estado acusando y... ya no podía más, ea, ya no podía más!
Hay muchas cosas, inexplicables en un momento, que tienen su explicación en toda una vida.
XLIII
El Municipio de la opulenta Bilbao, al discutir sus presupuestos, acordó grandes economías en las subvenciones á las cantinas y á las colonias escolares.
Cuando en todos los países civilizados se concede la mayor protección, moral y espiritual, á estas instituciones, en el Ayuntamiento de Bilbao se alzan destempladas voces para protestar contra ellas.
Un edil dice que las colonias escolares no pasan de ser un recreo, una diversión para los niños. ¡Gran argumento! Y si no fueran más que eso, si no fueran salud y vida, ¿estaría tan mal empleado el dinero?
Otro dice que no hay para qué contribuir á la regeneración de los hijos de los borrachos. ¡Admirable argumento también! Y, ¡admirable espíritu de caridad cristiana!
Para ellos hacen y para sus hijos, al no hacer por los hijos de los demás, por borrachos que fueran.
A un hombre muy inteligente le oí yo decir muchas veces que, para tratar en cualquier negocio, si había de ser un pillo, le diera Dios pillos muy pillos, que éstos, al fin, por interés propio, atinaban siempre con el interés ajeno. No como el pillo bruto--mezcla detonante,--que por quererlo todo para sí, malogra las mejores empresas.
Del mismo modo, ya que sea el egoísmo primer móvil de las acciones humanas, seamos de veras egoístas, y, por verdadero egoísmo, comprenderemos la conveniencia del bien ajeno. Por nuestra salud, nos cuidaremos de la salud de los otros; por nuestra seguridad, de su honradez; por nuestra inteligencia, de su cultura; por nuestra riqueza, de su bienestar. No es lo malo que seamos egoístas, sino que lo somos malamente. Los grandes bienhechores de la humanidad han sido los grandes egoístas. Querían un mundo mejor para vivir mejor ellos.
A los que no son egoístas, cualquier cosa les está bien y viven tan á gusto en una pocilga. Esos no moverán pie ni mano por mejor cosa propia ni ajena.
* * * * *
Nada más gracioso y artístico que las danzas de Loie Fuller y sus discípulas. Loie Fuller, inventora de la famosa danza serpentina tan copiada y tan imitada después, ha comprendido toda la verdad de la máxima de D'Annunzio: Renovarse ó perecer. Y si es cierto que en la parte física no ha podido contrarrestar el irreparable ultraje de los años, como dijo el trágico, en la parte artística, ya que no renovado del todo, ha rejuvenecido su arte con artísticas variaciones sobre el antiguo tema: «Bella forma mortal passa, é non d'arte», que dijo Leonardo, y adoptó después por lema el mismo Gabriel D'Annunzio.
Loie Fuller, con sus vaporosos contornos de nube, de llamarada, de viviente flor, de mariposa, con sus combinaciones de luces y colores, ha sido una gran innovadora en arte. Con especialidad, en el arte decorativo llamado modernista. La moda femenina también ha encontrado en ella atrevidas inspiraciones coloristas.
En el arte de la danza, su influencia ha sido decisiva. Loie Fuller, según ella misma refiere, halló en la India la inspiración de sus bailes. Hoy todo el moderno arte del baile busca en la antigüedad ritmos de líneas y colores. Y son Isadora Duncan, Maud Allens, Regina Budet, Ida Rubenstein, la Truhanowa, Tórtola de Valencia, toda una pléyade de bailarinas, evocadoras de las antiguas danzas de Grecia y de la India, danzas religiosas, sacerdotales, de iniciación y de misterio.
Unas por instinto, otras por arte. La mujer es siempre vaso de elección, propicio al hervor del fuego sagrado.
El baile moderno ha dejado de ser acrobatismo. Hoy pueden danzar las bailarinas con los pies desnudos; las bailarinas más famosas de antes no hubieran podido mostrar sus pies, atormentados por el horrible ejercicio al bailar sobre las puntas de los dedos; pies que habían perdido su forma, ensangrentados muchas veces al cabo de horas y horas de ensayos mil veces repetidos para lograr fuerza y agilidad. ¡Las vueltas de cintura de la Pinchiara, los punteados de Rosita Mauri! Todo ello pasó para no volver, hasta que de puro viejo sea antiguo, que la antigüedad es la juventud de las cosas viejas.
* * * * *
Pero una de nuestras autoridades se ha propuesto cumplir con la ley de protección á la infancia y ha prohibido la presentación de las discípulas de Loie Fuller en el teatro.
De todos los trabajos que puede hacer un niño, ninguno menos penoso que el de estas danzas. Nada más parecido á un juego infantil. Nada en ellas da idea de pena ó de esfuerzo.
La directora ha protestado contra esa medida de la autoridad. Es que está mal acostumbrada. Viene de otros países donde no se concede la menor importancia á los niños. Aquí no habrá podido ver niños abandonados por las calles, ni vendedores de periódicos menores de trece años expuestos al frío en estas noches de invierno y alternando con golfos y golfas de la peor especie. Y si recorriera esos pueblos de Dios, no vería niños y niñas, al sol de Agosto, en las faenas del campo.
Como nada de esto ha podido ver, comprenderá lo justo de la determinación al prohibir ese espectáculo de unas niñas sanas y alegres que, seguramente, no lo habrán pasado mejor en su vida.
Pero nuestras autoridades no se enteran más que de lo que pasa en los teatros. Verdad es que, cuando no se encuentre á una autoridad por esas calles, ya se sabe dónde hay que buscarlas, en los teatros del distrito.
XLIV
Como los encendedores mecánicos han obtenido tan general aceptación, y es de suponer que lo mejor de su clientela se halle entre las personas más liberales, por lo que tienen de novedad y adelanto, ó entre gentes inquietas y viciosas, por lo que tienen de azaroso, la caja de cerillas, orgullo de la fabricación española, ha quedado relegada á los fieles espíritus tradicionalistas, donde toda virtud y toda moralidad se asientan.
Reducido el consumo de las cerillas retrógadas á esta noble y severa parroquia, no es extraño que los fabricantes de cerillas cuiden la honestidad de los envases, como empresa de teatro aristocrático la honestidad de las comedias.
¿No han reparado ustedes? En las fotografías de célebres y lindas artistas, ornamento de las cajas de fósforos, de algún tiempo á esta parte no se descubre descote ni desnudez pecaminosa. Hábiles retocadores lo han tapado todo. Ya con un chal, ya con una pañoleta, ya con un remiendo de la misma tela del vestido. No ha faltado más que poner un antifaz á los rostros, mientras se sustituye la emisión de retratos femeninos por una de santos varones de la cristiandad, ó de políticos conservadores, ó de coristas masculinos del teatro Real, ó cualquiera otra tan incombustible como éstas.
Entretanto se agotan las existencias de caras bonitas con las precauciones indicadas, no hay peligro de inflamación en las cerillas ni en el consumidor. Todo es economizar fósforo, y en esta parte hay que alabar el desprendimiento de los expendedores.
Según tengo entendido, la venta de cerillas corre ahora por cuenta del Estado, y vean ustedes cómo en tiempos de Gobierno liberal y democrático se moraliza y se honestiza. ¡Para que digan y murmuren luego cuatro viejas beatonas!
¡Oh, aquel empecatado Molière! Al presentarnos á su Tartuffe en escena, con pincelada maestra, le vemos encararse con la traviesa Dorina y decirle:
--Ah! mon Dieu! je vous prie Avant que de parler, prenez-moi ce mouchoir. ... Couvrez ce sein que je ne saurais voir. Par de pareils objets les âmes sont blessées, et cela fait venir de coupables pensées.
Como Tartuffe y como estos moralistas fosforeros de ahora, conocí yo un señor que, apenas veía uno de estos descotes de caja de cerillas, pedía tintero y pluma y lo emborronaba con presteza. Alguien le dijo un día:--¡Pues si fuera usted al teatro Real y viera usted á muchas señoras! ¿Qué haría usted?--A esas, ¡todo el tintero, hijo mío, todo el tintero!
Ahora, ¡alerta, diosas de Ticiano y de Rubens, maja desnuda de Goya! Estos moralistas de ahora pueden trataros un día como á fotografías de caja de fósforos, ya que la luz gloriosa del Arte vale para ellos tanto como una cerilla y menos que un pitillo.
Es gente que sólo ve la Belleza por donde, como se dice vulgarmente, ven los gigantones de Burgos. Y se figuran que todos la ven como ellos.