De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 10
Del mismo modo, en cuanto un novel logra estrenar una obra, ya deja de ser considerado como novel por sus mismos compañeros de la víspera, ya empieza á ser combatido como un consagrado. Cuando todos los noveles dignos de ser conocidos llegaran á serlo, siempre quedarán los que se creen tan dignos de serlo como los otros. Siempre habrá descontentos y mal avenidos. Todo ello, sin duda, es necesario para la mejor armonía del mundo, formada, en apariencia, de discordancias, como gran parte de la música moderna. Tal vez todo no sea más que música en el mundo, hasta llegar á la suprema armonía del silencio infinito.
Cuando el espíritu en hora de serenidad ha llegado á penetrarse de ese gran silencio, ladridos y vocinglerías suenan á cánticos celestiales.
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No hay duda que, sin los rebeldes, el mundo no hubiera progresado gran cosa. Todo el que ha hecho algo de provecho en el mundo se ha visto precisado á perturbar la tranquilidad de su familia, tal vez la de su patria, tal vez á toda la humanidad.
Los mismos santos perturban la vida familiar á la misma Iglesia en ocasiones. Recuérdese los graves disgustos que San Francisco de Asís ocasionó á su padre. El mismo Jesús tuvo en continuo sobresalto á su amantísima Madre, desde que, muy niño aún, se perdió y fué encontrado en el templo, entre los doctores, hasta el trance doloroso del Calvario.
La rebeldía tiene precedentes gloriosos; no es extraño que se vea con simpatía.
En España han sido muchos los príncipes rebeldes, y todos ellos perduran en la historia con resplandores de leyenda. Hermenegildo, santificado; Sancho el Bravo, el príncipe de Viana, el príncipe D. Carlos, tan esclarecido por historiadores, poetas y autores dramáticos, que entre él y D. Juan de Austria se han llevado toda la claridad del reinado de Felipe II, y para este rey sólo ha quedado la sombra más tenebrosa. Hasta Fernando VII, cuando era príncipe de Asturias, tuvo su hora de poesía como rebelde.
Entre príncipes extranjeros abundan también los poéticos ejemplos, desde la antigüedad hasta nuestros días.
En estos últimos tiempos, feministas por excelencia, las princesas se han llevado la palma en la historia, que no es todavía más que crónica escandalosa, de las rebeldías.
Han sido muchas y muy ilustres las princesas que han lanzado su diadema por encima de los molinos.
Los periodistas republicanos, los caricaturistas, los autores de cancioncillas y de revistas de París, ya se relamían de gusto con la esperanza de haber hallado un tema con que remozar sus inspiraciones.
Por fortuna, pocas veces fué la actualidad tan efímera.
En lo que tiene de actualidad el asunto, los comentarios serían ya irrespetuosos. Contra lo que creen los avanzados en ideas políticas, una mujer no es menos respetable por ser princesa.
Y en nadie son tan disculpables los errores como en los príncipes. Nadie les dice la verdad. Los amigos celebran sus equivocaciones por adulación; los enemigos por conveniencia.
Pero hay un modo seguro de acertar para los príncipes, y quizá para todos: hacer siempre lo contrario de lo que sería nuestro gusto. Al principio molesta, después acaba por agradar, y entonces es ocasión de volver á contrariarnos; porque hasta la virtud, cuando empieza á agradarnos, está en camino de no ser virtud. Es doctrina de nuestros místicos, tan provechosa, por lo menos, como la filosofía de Kant, aunque adorne menos.
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En menos de un año han dado cima los hermanos Quintero á su noble y generosa empresa de levantar en Sevilla un monumento á Bécquer.
Yo no sé si esta obra de los aplaudidos autores será también discutida. Todo es de esperar en los tiempos de confraternidad que corren.
Ya sé que algunos escritores de provincias suponen que aquí tenemos establecida una Sociedad de bombos mutuos. No será una, sino varias, y en oposición constante; porque yo no sé que seamos más de tres ó cuatro los escritores que nos profesamos franca y leal amistad, y no somos ciertamente los que más andamos elogiándonos unos á otros.
Pero á tal extremo hemos llegado que, no ya de bombos mutuos, de justa y legítima defensa, habrá que formar Sociedades.
En esta ocasión, no es que nadie haya censurado á los hermanos Quintero. ¡No faltaba otra cosa! Pero hay silencios tan malignos como las censuras. Callar del bien es mil veces peor intencionado que decir del mal.
XXXVIII
Que el concepto de la moralidad varía con las latitudes y los tiempos, ya lo sabíamos. Sobre todo, siempre que por moralidad se entienda algo que no pasa de ser conveniencias sociales, y justamente por lo que tienen de _conveniencias_, la sociedad ha querido elevarlas á preceptos morales. La verdadera moral está sobre estas conveniencias.
Lo que nos desconcierta un poco es que el concepto de la moralidad varíe de un distrito á otro, sin más imperativo categórico que el criterio de un delegado ó inspector. Y esto es lo que sucede con los salones de variedades y teatros del género chico.
En unos se prohibe lo que en otros se consiente. Aquí se escandaliza la autoridad por todo y más allá no se escandaliza por nada. Los empresarios, los directores y los artistas no saben á qué moral quedarse.
El autor de la parodia de _Lirio entre espinas--Chumbo entre jazmines_--ha tenido la mala suerte de estrenar su obra en uno de los distritos comprendidos en la zona moral más rigurosa. Su obra ha padecido persecuciones sin cuento y, por fin, ha desaparecido de los carteles.
El autor apela á mi testimonio en defensa de su obra. Como para mí no hay nada más injusto que la justicia desigual, digo y declaro que nada vi ni oí en dicha parodia que justifique ese rigor excepcional.
Pero es posible que yo esté equivocado. En un periódico de los que celebraron siempre cualquier obra en que frailes ó curas salieran malparados, he leído la más enérgica protesta contra la obra. En cambio, un periódico de los más conservadores y respetuosos con la clerecía, se limitaba á celebrar la gracia de la parodia sin la menor protesta. Es para perder los papeles de la moralidad, y no es extraño que los delegados no logren ponerse de acuerdo en punto en que discrepan los filósofos.
Desde ahora habrá una moralidad en el Centro, otra en la Latina, y así en cada distrito y aun en cada calle.
Un empresario dirá á una cupletista:--¡Mucho cuidado con lo que se canta, que aquí no está usted en el Hospicio!--Y otro dirá:--Aquí cante usted lo que quiera, que estamos en la Inclusa.
¿Dónde hallar el definidor que nos unifique el concepto de la moralidad?
Mal ha de ser mientras sean los delegados y no el público los que hayan de definirla.
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Pues no es tan triste que la moralidad vaya por distritos, como que la piedad, fundamento de la moral, según Schopenhauer, vaya por partidos políticos.
Y parece ser, como la libertad se hizo en tiempos conservadora, que la piedad se ha hecho ahora revolucionaria.
Aunque lo que se ha hecho más que nada, en esta ocasión, es inoportuno. Verdad es que tan inoportunos como los compasivos han estado los crueles, y ni éstos han debido azuzar á la justicia para que fuera inexorable en su fallo, ni aquéllos conmover su serenidad con llamamientos que, en ciertos casos, pueden parecer amenazas. Todo ello es perturbar el ejercicio de las leyes. Unos y otros han debido callar mientras la justicia sentenciaba. La compasión y la crueldad, disfrazadas con sed de justicia, han sido por igual indiscretas. Ante todo, ha debido respetarse á los jueces.
Después, era llegada la hora de unirnos todos en la compasión, que debe alzarse siempre majestuosa: por algo es el más alto atributo de los reyes sobre la justicia de los hombres.
No hay delito, por horrible que sea, en que no tengamos todos una parte de responsabilidad; volvamos algo de esa justicia inexorable sobre nosotros mismos, para corregir en lo que podamos nuestra vida, y vaya toda nuestra compasión al delincuente; pero como sentimiento de humanidad, no como idea política. Que al decir al que delinquió: «Te perdono», vea en nosotros al hermano, no al correligionario.
Que las manos que se tienden implorantes no parezca que se alzan amenazadoras, porque, ante la amenaza, hasta el perdón pudiera parecer cobardía, y bien está que la justicia ceda á la compasión, pero no al miedo.
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La empresa del teatro de Romea ha dignificado por unas horas el género de variedades. Una sesión entera sin groserías. Tórtola Valencia con sus danzas, graciosas evocaciones de arte. Música selecta, vistas cinematográficas agradables, público... público que lo llevó todo con paciencia, menos la Quinta sinfonía de Beethoven. No se puede cargar la dosis en la primera toma. Pero todo se andará. El género ínfimo puede y debe dignificarse. Sobre todo ahora que los teatros de género chico van perdiendo todo su atractivo: el de ser baratos y el de que sus obras fueran chicas. Profundo error del que volverán pronto las empresas. Como volverán pronto del abuso de obscuridad. Es mucha obscuridad. Esta noche que Wágner impuso en su teatro, y que el _snobismo_ universal ha aceptado como condición indispensable para admirar, empieza á ser ridícula y sigue siendo perjudicial para la vista. No sé por qué ha de escucharse á Wágner á obscuras--¿será un símbolo?--cuando á Beethoven y á Bach se les escucha á toda luz en los conciertos. Y pase con Wágner, aunque ya es pasar toda una ópera atormentando la vista para brujulear lo que pasa en la escena; pero como hasta los gatos quieren zapatos, ya no hay piececilla ni esperpento que no pretenda fijar la atención del espectador con este recurso.
Los oculistas y los ópticos deben de estar en grande con los espectáculos modernos.
XXXIX
Las tiendas de juguetes son en vísperas de Reyes el verdadero paraíso de los niños. Todos se aprestan para recibir la visita de los Reyes Magos, los reyes de leyenda y de ensueño, que vienen de tierras lejanas con su cabalgada de dromedarios cargados de juguetes y golosinas por tesoro.
De todas las leyendas piadosas ninguna tan arraigada en nuestro espíritu. Los padres más racionalistas y librepensadores la respetan en sus hijos, y al poner los regalos de misterio en la ventana, tal vez los padres estén más ilusionados que á la mañana los niños al descubrirlos.
Y ¿quién no espera toda la vida y cada día la llegada de los Reyes Magos?
El prosaico cartero es el mago de Oriente. A cada carta de letra desconocida, pensamos al abrirla, trémulos de ilusión y de esperanza: ¿Será el amor? ¿Será la riqueza? ¿Será nuestra felicidad?
Nuestro corazón está siempre en la torre, como la hermana Ana en el cuento de Barba Azul, y sin cesar le preguntamos:--¿Qué ves? ¿Quién llega por el camino? Y hasta la hora de morir esperamos, y cuando llega la muerte, acaso esperamos todavía que sea la felicidad.
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Entre los libros de estrena--esta palabra, traducción exacta de los êtrennes franceses, fué muy usada por nuestros clásicos Lope de Rueda, Mateo Alemán y otros,--se destacan por su elegante y graciosa presentación los libros ingleses. Maestros en las artes tipográficas, grandes artistas ilustrados, todos los años nos presentan nuevas ediciones de sus autores clásicos y de sus poetas, los primeros del mundo.
En libros para niños ofrecen maravillas de buen gusto, libros educadores, aunque sólo fuera por su artística presentación.
Las ilustraciones de _Rackam_ en _El sueño en noche estival_, de Shakespeare; la trilogía de Wágner, los cuentos de Grimm y Peter Pan, son admirables obras de arte.
De inspiración japonesa, unen á la más graciosa espontaneidad, la ejecución minuciosa. Parecen acotaciones ligeras, apuntadas, como por juego, al hojear el libro, y nos muestran, como profundo estudio crítico, el espíritu de la obra ilustrada. Ilustrar de ese modo, bien puede llamarse ilustrar.
En España son raras las ediciones de libros ilustrados. ¿No hay editores de ellos por falta de ilustradores, ó no hay ilustradores por falta de editores? Este es uno de tantos problemas nacionales en que es difícil precisar cuál sea la causa, cuál sea el efecto. ¿No hay oferta porque no hay demanda ó no hay demanda porque no hay oferta?
España, tierra de grandes pintores, no lo ha sido de grandes dibujantes. Nuestros artistas consideran el arte de la ilustración como un arte inferior; sólo obligados por la necesidad consienten en rebajarse hasta él, y siempre con cierta displicencia, que no es la mejor disposición de espíritu para producir obras de arte.
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Mucho bueno creemos que puede hacerse en la Escuela del Hogar, proyecto y realización muy laudables del ministro de Instrucción pública, hombre muy de su tiempo.
Podrá decirse que la mejor escuela del hogar debiera ser el hogar mismo, pero como lo cierto es que la mayoría de los hogares no pueden ser escuelas, preciso es que haya escuelas que parezcan hogares.
Mas, como no sólo en el hogar vive el hombre, no como protesta, ni en oposición, todo lo contrario, como complemento, algo así como las clases de adorno en los colegios, yo sé que algunos señores de buen humor se proponen fundar otra escuela que pudiera llamarse... el nombre es difícil; vamos, algo así... lo que no es hogar... Ya me entienden ustedes.
Aunque con la buena enseñanza de la escuela oficial es seguro que disminuirá el número de solterones, todavía quedarán algunos recalcitrantes que tienen derecho á la vida, sin contar con los muchos casados de alternativa y algunos eclesiásticos.
En todos ellos han pensado los fundadores de la escuela, que pudiéramos llamar libre, para prevenirles una existencia placentera en que, sin el calor un poco atufante del hogar doméstico, no les falte nunca una agradable calefacción.
También han pensado en las innumerables jóvenes distinguidas, sin vocación de vestales de hogares, que ven malogradas sus aptitudes por falta de una esmerada enseñanza, que no siempre pueden dar las madres, aunque haya casos excepcionales.
Se organizarán cursos teóricos y prácticos de asignaturas muy interesantes. Las alumnas podrán ser matriculadas ó libres, aunque siempre serán preferidas las segundas á las primeras.
Las faltas de asistencia serán dispensadas, siempre que la alumna las justifique con haber repasado en su casa la asignatura ó haber salido de prácticas.
En el claustro de profesores y de profesoras figurarán personas muy poco respetables, verdaderas autoridades en las asignaturas cuya explicación les ha sido confiada.
Algunas distinguidas escritoras fluctúan entre ocupar una cátedra en la Escuela del Hogar ó en esta nueva escuela. Hay algunas que estarán con un pie en cada una y su actitud parecerá naturalísima á todo el mundo. No hay la menor incompatibilidad. Ni en la comida casera dice mal algún plato de fonda, ni en la comida de fonda algún plato casero.
A las señoras de su casa les convendrá matricularse en alguna clase de adorno, aunque sólo apliquen las enseñanzas á las necesidades domésticas; como á las otras les convendrán algunas asignaturas de la Escuela del Hogar, porque el mundo da muchas vueltas, y hay hombres tan de hogar que, cuando dejan uno, es para buscar otro, y son los que compran á pares los pares de zapatillas alfombradas, y quieren encontrar en todas partes las mismas cosas en el mismo sitio. No varían, continúan. Son fieles hasta en las infidelidades.
XL
Si en torno á los reos de Cullera sólo hubieran disputado bandos políticos contrarios por la vida ó la muerte de los condenados á la última pena, tal vez, en este caso, no fueran los compasivos los que tuvieran razón.
Mas pasada la turbia que estas revueltas aguas de la actualidad traen de origen consigo, los espíritus desinteresados, los que no pierden nunca la noble serenidad inteligente, comprenderán, aunque por algo del momento se apasionaran unos y otros, que algo sobre la actualidad, con aspiración á lo definitivo, se eleva sobre las discusiones apasionadas.
Nada sería el perdón de hoy si no significara la abolición de la pena de muerte en España. Esa pena, que es vergüenza en toda sociedad civilizada, y si la civilización se enorgullece con el nombre de cristiana, no es ya sólo vergüenza, es crimen y es pecado.
La pena de muerte es la negación de la Justicia: es la pena bárbara del Talión, es la venganza que el propio ofendido se tomaría por su mano, sin necesidad de que unos jueces togados se interpusieran para dilatar fríamente la ejecución, cuando quizás los propios ofendidos han perdonado.
Pena que nada remedia y nada evita. Cuando más se aplicaba, más numerosos eran los crímenes. Hasta en delitos de imaginación, como en los brujos y posesos, puede comprobarse: cuanto más arreciaba el rigor en los suplicios, más se recrudecía el contagio, y eran en mayor número los que á sí mismos se acusaban de practicar diabólicas artes.
¿Ejemplaridad? No debe ser mucha la de una pena que todos los modernos legisladores creen más conveniente rodear en su ejecución de misterio y hasta se ha consignado, al término de largas discusiones en Congresos penitenciarios, la conveniencia de que la Prensa periódica se abstenga de publicar detallados relatos de toda ejecución capital. ¿Por qué todo esto, si de tan provechoso aviso y ejemplo fuera la pena de muerte? ¿No es todo esto palmaria confesión de que tan contagioso es el crimen como la pena, cuando se iguala al crimen en el procedimiento?
Ya es sobrada concesión que los hombres podamos juzgarnos unos á otros, pero nunca de un modo irreparable. Porque andamos individualmente sueltos por el mundo, nos creemos desligados unos de otros, y hay un espiritual cordón umbilical que á todos nos une como á un solo organismo humano.
En toda gloria de la humanidad tenemos todos nuestra parte de gloria, y en todo crimen, nuestra parte de culpa.
¿Por qué ante las hazañas de nuestros soldados, ante los triunfos de nuestros grandes artistas, algún buen hombre, ajeno á todo valor y á todo arte, exclama con orgullo: «¡Somos muy valientes! ¡Somos muy artistas!» Hay quien ante las gallardías de un torero se ufana de ellas, como si fueran propias, y dice muy orgulloso: «¿Han visto ustedes cómo hemos quedado en Méjico?» ¿Por qué no se considera del mismo modo solidario de crímenes y errores?
¿Quién sabe de dónde cayó la piedra propulsora de las ondas sociales? ¿Quién sabe de qué baja bestialidad llegó la inspiración al artista? ¿Quién sabe de qué alta inteligencia luminosa llegó la negrura del crimen á un alma de tinieblas?
Los pueblos tienen sus héroes y sus artistas y sus grandes hombres, como tienen sus criminales. En todos hay algo de todos.
No lo olvidemos al juzgarlos. Por todo esto, ya veis si un Gobierno español tiene siempre razón para perdonar, y todos para agradecerle que perdone. Es como si nos perdonaran á todos y todos nos perdonáramos unos á otros.
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Persona, al parecer eclesiástica, me escribe muy indignada porque yo he dicho que los santos en vida no fueron muy bien mirados por la Iglesia. ¿Habré de recordar á persona tan docta los muchos santos que anduvieron en opinión de herejes y padecieron persecuciones y entredicho? ¿Bastará con recordar á San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús? ¿No tiene el primero que pasar los imposibles hasta ver aprobados los Estatutos de su Orden? ¿No padecieron los de casa persecuciones de la Inquisición y de sus superiores? ¿No llamó el Nuncio de Roma fémina inquieta y andariega á Santa Teresa?
No es que á mí me parezca mal; todo ello es naturalísimo. Los espíritus superiores, en cualquier esfera de actividad, son una perturbación.
Parafraseando un refrán algo brutal, bien puede decirse: «El grande hombre muerto, y el apio en el huerto».
Digan ustedes á cualquier familia de un grande hombre: «¡Qué orgullosos estarán ustedes!» Y por vergüenza no se atreverán á decirlo; pero, ¡vaya si lo piensan!: «Lo que estamos es... que no le podemos aguantar.»
Los santos y los genios no tienen vista más que á muchos siglos de distancia, cuando ya no les queda ni descendencia; porque hay descendientes que, sin ser santos ni genios, abusan del nombre del antecesor ilustre para seguir molestando.
XLI
En literatura destinada á los niños hemos sido, por mucho tiempo, importadores de libros extranjeros. El _Juanito_ de nuestra niñez, el admirable _Corazón_, de Amicis; los cuentos de Grimm, de Andersen, no tienen en España equivalentes. Las mismas fábulas de Samaniego, la más castiza lectura en nuestros tiempos de colegiales, al través de Esopo y de Fedro, llegan á España por el francés La Fontaine, tan odioso á Lamartine como educador. En efecto, la moral de las fábulas es algo sanchopancesca, rastrera, y el gran poeta tenía sobrada razón para abominar de ellas como libro iniciador de poesía en el espíritu del niño.
Los cuentos de Perrault, por su asunto, serán eternamente encanto de los niños, aunque su erudito autor, al contarlos, puso en ellos cierta socarronería, como para las damas y cortesanos de colmillo retorcido, en quienes pensaba al escribirlos más que en los ingenuos lectores infantiles.
Las _Mil y una noches_, por mucho que se expurgen, no son de lectura muy conveniente para niños. Trascienden á sensualidad oriental y perturban la imaginación.
Nuestro _Don Quijote_, fuerza es confesarlo, es de incomprensible y aburridísima lectura para chicos. Es libro para leerlo después de los treinta años. Por eso hay tan pocas mujeres que lo hayan leído.
En publicaciones periódicas para la infancia tampoco hemos sido muy fecundos. La mejor, sin duda, fué _Los Niños_, periódico fundado y dirigido por D. Carlos Frontaura, de grata memoria, y sus artículos y cuentos más amenos traducciones eran también casi siempre.
En colaboración con D. Teodoro Guerrero publicó el mismo D. Carlos Frontaura unas cuantas comedias para niños, de moral un tanto sensiblera, pero muy bien intencionadas; y una entre todas, titulada _Una lección de historia_, muy bien compuesta para grabar en la imaginación de los niños gloriosas páginas de la Historia de España.
Otro distinguido escritor, Segovia Rocaberti, publicó también una colección de obritas teatrales infantiles. Hoy día publica también una el Sr. Espasa, en Barcelona. De Buenos Aires recibí, poco tiempo ha, otra numerosa colección.
De Fernán-Caballero tenemos una Mitología, explicada á los niños, verdadera obra maestra de discreción y de buen gusto.
Para niños de librepensadores y racionalistas es obra muy apreciable _Ponos ó La Comedia Humana_, de D. Melitón Martín, obra injustamente olvidada, á mi entender; tal vez famosa en todo el mundo si no fuera española.
Como nuestra enseñanza, cuando no es de una estrechez de miras clerical, es de una pedantería filosófica aún más estrecha, la obra de D. Melitón Martín ha padecido bajo el natural desvío de los unos, que no quieren que nadie sepa de nada, y de los otros, que se lo saben todo.
Entre la infinita ignorancia y la infinita sabiduría, extremos, sin término medio, de la mentalidad española, ó no nos enteramos de nada, ó sólo de Kant para arriba. O en el zaguán ó en el quinto cielo. Y en el quinto cielo de un salto, sin tomarnos el trabajo de subir por las escaleras.
Género muy difícil de literatura es un género en que ha de olvidarse el escritor de toda literatura; cosa muy difícil para el verdadero literato y cosa imposible al que no lo es: que se acuerde de toda la mala literatura á la hora de escribir.
Para escribir un buen cuento de niños hay que tener alma de madre. Lo que es lo mismo, ser un gran artista, verdadero artista. El alma del Arte es alma de madre, como el alma de la Naturaleza.
Género de arte en que debieran triunfar las mujeres, si no fuera que la mayoría de las mujeres escritoras tienen muy poco de femenino.