De Sobremesa; crónicas, Cuarta Parte (de 5)
Part 1
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Nota del Transcriptor:
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De sobremesa
CRÓNICAS
Cuarta serie
Jacinto Benavente
De sobremesa
CRÓNICAS
_CUARTA SERIE_
MADRID PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA SUCESORES DE HERNANDO Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33 1912
ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS
Artes Gráficas MATEU.--Paseo del Prado, 30.--Madrid.
[Ilustración]
De sobremesa
I
La obra de Gregorio Martínez Sierra _Canción de cuna_ es una de las más bellas comedias estrenadas en estos últimos años. Fuí de los primeros en conocerla y en predecir su triunfo. Aunque el aplauso del público y los justos elogios de la crítica no hubieran sido en esta ocasión tan unánimes, en nada hubiera rectificado mi juicio. Además... ¡esperaba desde hace tanto tiempo esa comedia! ¿Os acordáis, mi querido Gregorio, de aquella Redacción del _Madrid Cómico_, y de aquel vuestro primer libro, y de vuestra timidez, que es el pudor de las inteligencias honradas; timidez y pudor que hoy desconocen tantos jovenzuelos osados que aun no escribieron una línea y ya creen haber conquistado el mundo?
A cualquiera podrá haberle sorprendido el triunfo de ahora, el que muchos llaman definitivo, ¡haber llegado! A mí no podía sorprenderme: no es Gregorio Martínez Sierra de los que se revelan de pronto. ¡Dios nos libre de las revelaciones! Si esta obra es una cifra brillante en su haber literario, no vino por un golpe de audacia ó de fortuna; es la suma de muchos sumandos que ya indicaban la riqueza acumulada por un trabajo constante, progresivo, bien intencionado siempre. Gregorio Martínez Sierra no es de los que aciertan una vez á sorprender con relámpagos ó fuegos artificiales; la luz de su entendimiento es calor de hogar permanente, porque es calor de corazón...
Y ahora, mi amigo de siempre, cuando yo sé que alguna vez juzgasteis tibieza de mi amistad el no haberse representado antes alguna de vuestras comedias, ¿lo deploráis ahora? ¿No veis cómo todo llega á su tiempo? ¿No veis cómo todo viene encadenado en la vida, y cuando á distancia vemos los años pasados, tan necesarias como las alegrías son las tristezas para armonizar el destino de nuestra existencia? Hora por hora procuramos huir del dolor que nos sale al paso y se levanta ante nosotros como obstáculo entorpecedor; al cabo de los años nos parece que algo hubiera faltado en nuestra vida si aquel dolor nos hubiera faltado.
Y era cuanto yo quería decir en el día del triunfo, que yo no llamo definitivo, al autor de _Canción de cuna_. Y sabed, mi amigo de siempre, que una buena lágrima que tal vez visteis asomar á mis ojos al abrazaros después del estreno de vuestra obra, venía de más lejos que de la emoción causada por la obra misma: venía de muchos recuerdos, de muchas palabras calladas, de aquel vuestro primer libro, de aquella vuestra timidez de niño, y, ¿por qué no decirlo?, del orgullo de que, cuando para muchos se estrenaba en aquella noche _Canción de cuna_, para mí se había estrenado hace mucho tiempo.
* * * * *
Persona respetable y bien enterada me asegura que los restos de D. Manuel Bretón de los Herreros, sepultados en el antiguo cementerio de San Nicolás, caerán en la fosa común en breve plazo si nadie se presenta á pagar los gastos de traslación. Creo que bastará con la noticia, sin lamentaciones ni comentarios, para que la Sociedad de Autores, ó la de Escritores y Artistas, ó el Ateneo, ó la Academia Española, ó todos juntos, ó el primer buen español que tenga unas pesetas sobrantes, se apresuren á evitar esa... pequeña vergüenza. ¡Ojalá pudieran evitarse á tan poca costa otras mayores! La persecución de mujeres por esas calles, sin ir más lejos. Cualquier medida que tomen las autoridades para ello, la más arbitraria, la más draconiana, será bien recibida. Hasta la de obligar á esos hombres valientes, insultadores de mujeres, á vestir las faldas-pantalones que tanto les indignan. Si entre las mujeres hubiera verdadera solidaridad, ellas son las que debieran correr por esas calles á esos varones sin otra apariencia de ello que el traje masculino. Aunque, bien mirado, hay para compadecerlos. ¿Qué mujeres tendrá ó habrá tenido en su casa el que no sabe que toda mujer es tan respetable en la calle para todo hombre como si fuera mujer de su propia familia? Pero, es claro, hay caballero que se echa á la calle, harto de haber insultado con mil groserías á las de casa. ¿Qué no hará con las extrañas? El hombre, como el caracol, lleva siempre su casa á cuestas. El que insulta á una mujer en la calle, es que le sobraron insultos de los que acostumbra á dirigir á su señora. O que devuelve los que su señora le ha dirigido, y no se atrevió á contestar, y ¡el pobre hombre no ha de quedarse con ellos!
* * * * *
Las modernas indagaciones de la crítica artística llevan la alegría por barrios. Cuando un Museo ó un coleccionista están más ufanos con un Velázquez ó con un Rafael ó con un Greco, sale un señor crítico de Arte aguándoles la fiesta con decirles que, lo que se creyó original, es copia, ó alegrándoles el duelo con la afirmación contraria. Nadie sabe ya lo que tiene. Es para creer en todos los cuadros viejos y para no creer en ninguno.
El Museo del Louvre se ufanaba de poseer la verdadera _Gioconda_; nosotros mirábamos despectivamente la de nuestro Museo del Prado. Se volvieron las tornas; durante unos cuantos años la verdadera _Gioconda_ será la nuestra. Aunque bien pudieran serlo las dos, y aun no serlo ninguna. Esta _Monna Lisa_, tan traída y llevada con el enigma de su sonrisa, quiere, por lo visto, ser enigmática en todo. Leonardo de Vinci era artista minucioso hasta el resobado, y es lo más probable que las dos _Giocondas_ fueran, en su intención, estudios y apuntes para una tercera, que acaso parezca el día menos pensado. Mucha importancia concedía Leonardo al fondo de sus figuras, y hasta procuraba infundirle algún simbolismo apropiado. Por esta consideración más parece la _Gioconda_ definitiva la del Louvre. Pero también pudo ser que, para mayor enigma, le pareciera mejor fondo el fondo indeterminado de la _Gioconda_ de Madrid. ¡El demonio de la señora! Nada, que se ha propuesto dar que hablar por los siglos de los siglos. Bien dijo su pintor y presunto enamorado: «Bella forma mortal passa é non d'arte». Ya sé yo cómo resolvería este pleito uno de nuestros chulos castizos; diciendo de una vez. «¡Vaya una tía _Gioconda_!» Sólo que, al pronunciarlo mal, estaría en lo cierto.
II
La comedia novelada de D. Eugenio Sellés, _Icara_, con satisfacer plenamente en la lectura, deja, no obstante, en nuestro espíritu el sinsabor que deja una vida truncada que nos pareció encaminarse á muy otro destino. No quiere esto decir que la serenidad del libro convenga menos, para una obra de serio y noble arte, que el bullicio de los teatros. Obras hay, en forma dramática, que nada ganarían al afrontar las luces de la batería: muchas de Byron; los admirables poemas de Browning; algunas comedias, quizás las mejores, de Musset. Pero _Icara_, no; se advierte, desde luego, que nació para el teatro, y todo en ella pide la expresión vigorosa que sólo en la representación escénica puede lograr la verdadera obra dramática. _Icara_ se malogra en el libro. Y cuando público, crítica y empresarios se lamentan de que faltan autores y obras en consecuencia, ¿qué razones hay, que la razón no alcanza, para que _Icara_ no haya sido representada? Descontemos la razón de méritos: tiene la obra muy sobrados, literarios y teatrales. Interesante asunto, de una importancia social que se sobrepone á lo que pudiera parecer de efímera actualidad. En cuanto á los papeles, razón suprema muchas veces para la admisión de una obra, nada dejan que desear al lucimiento de los actores. ¿Atrevimientos? Es el autor de _Icara_ bien probado señor de la pluma, para temer groserías de pensamientos y de lenguaje en obra suya. ¿Por qué, entonces, _Icara_ no ha sido representada? No ha muchos días nos ofreció una espléndida empresa minuciosa estadística de las obras representadas por su compañía; todo ello para blasonar, á más de un trabajo constante, de una amplitud de criterio que sería laudable si estuviéramos seguros de que era sincera. Lo cierto es que, sin contar las que han dejado de escribirse, en la seguridad de que no hubieran sido admitidas por ninguna empresa, acaso las mejores obras dramáticas de estos últimos años impresas andan sin haber logrado el favor de ese amplio criterio. Díganlo las tragedias bárbaras de Valle-Inclán _Aguila de blasón_ y _Romance de lobos_; dígalo _Icara_; díganlo, del teatro extranjero, las verdaderas obras de arte: unas, traducidas para ser publicadas; otras, no traducidas por no perder el tiempo; mientras las empresas se desviven por traernos cualquier «comedieta» sin importancia ó cualquier dramón, al que se ha concedido demasiada. No es que me parezca mal, y cada uno en su casa es muy dueño de hacer lo que mejor le parezca y más crea que le conviene; pero no se pretenda darnos plaza de tontos, haciéndonos creer, cuando sólo se atiende á los legítimos ingresos de la contaduría, que se piensa, sobre todo, en los altos intereses del Arte.
* * * * *
El batallador obispo de Jaca, él pelea en Madrid y la diócesis á la puerta, se opone, en nombre de la religión cristiana, á la cremación de los cadáveres. No sabemos en qué texto sagrado podrá fundarse. No será, ciertamente, en el bíblico de la destrucción por el fuego ¡ay, Teresita! de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra. Si fuere, por dificultarse con la cremación, el prodigio final de la resurrección de la carne, grave ofensa de la divinidad, nos parece suponer que ha de serle más difícil resucitarnos de unas pavesas que de un montón de huesos. El que nos hizo de la nada, aun de la nada volverá á sacarnos, y, francamente, no valía la pena de molestarse.
No era preciso que el señor obispo de Jaca tronara desde tan alto contra la cremación. Sin consideraciones religiosas de tanto peso, ya basta contra ella la natural y humana repugnancia á desaparecer de modo tan terminante. Queremos aferrarnos á la vida hasta en la muerte; de ahí esa vanidad de monumentos funerarios, los epitafios rimbombantes, las esculturas que perpetúen nuestra forma mortal. Los más descreídos en la imperecedera existencia del alma creen todavía en lo imperecedero de la materia al través de transformaciones; acaso creen que aun han de renacer, con los jugos de la tierra, en la flor, en la mariposa; que su «yo», su soberbio «yo», ha de existir por siempre, aunque algo desperdigado. ¿Cómo es posible que al morir se anule por siempre tanta grandeza? ¡Perderse así nuestras opiniones políticas, nuestros entusiasmos artísticos, nuestras preocupaciones sociales! ¡Saber que nuestro juicio particular sobre los más notables contemporáneos no significará ya nada en la armonía universal! ¡Que habremos oído el vals de los besos de _El conde de Luxemburgo_ para no recordarlo en toda una eternidad! ¿Qué significaría entonces esta vida nuestra? No es cosa de perder, por una medida de higiene y de estética como la cremación, las posibles transformaciones de nuestro cuerpo miserable. No defraudemos á los gusanos. ¡Es tan numerosa la fauna de los sepulcros! Hay libros muy interesantes en que se estudia. Hay gusanos especialistas de cada parte de nuestro apetitoso individuo: unos, para el corazón; otros, para roernos los sesos; otros, los más golosos, tienen á su cargo, como los del romance, «donde más pecado había». Tienen nombres distintos, nombres científicos, sonoros y expresivos. ¡Oh, es muy curioso! ¡Animalitos! ¡Hermanos gusanos!--como diría San Francisco.--La cremación sería una estafa para ellos. Dejemos á la Naturaleza completar su obra; sólo ella es sabia, sólo ella sabe lo que nos conviene. De este modo, las cenizas de Alejandro podrían tapar un barril de cerveza, como razona Hamlet en el cementerio. ¡Pobre príncipe! Aunque al morir sólo desea el silencio, como suprema paz para su espíritu, antes había soñado para sus cenizas la posible utilidad de tapar barriles. Todo, menos desaparecer del todo y para siempre.
He aquí por qué la cremación tiene tan pocos partidarios. Entre una sepultura en la tierra y una pequeña urna en poder de nuestros allegados... La tierra nos ofrece mayor seguridad. La familia puede que perdiera la urna en una mudanza.
III
El señor obispo de Jaca es de incesante actualidad. Los cronistas le deben un homenaje de gratitud. Su último grito es un llamamiento á las plumas ociosas--no confundirlas con las ociosas plumas; de dormir son éstas, y aquéllas de no dormirse.--El señor obispo tiene por lema: «A Dios rogando y con la pluma dando». Si en su mano estuviera proponer alguna inusitada advocación, en todas las iglesias de la cristiandad tendría especial culto Nuestra Señora de la Rotativa. Es de agradecer este singularísimo aprecio á las letras periodísticas. Pero ¡ay! en vez de tocar llamada á las plumas, ¿no fuera más pertinente llamar á los bolsillos? ¿A qué están las plumas? No, no es: «¡El que sepa escribir, que escriba!», lo que hay que gritar. «¡El que pueda pagar, que pague!» Ahí está el toque, el verdadero toque de llamada. Todos nos lamentamos de la indiferencia general, nadie se apasiona por una idea, todas ellas están indefensas: las religiosas, las antirreligiosas, las políticas y las artísticas. Y es que ¡está todo tan mal pagado! La literatura, en general; la periodística, en particular, no halla mejor recompensa que la de ser retirado de ella para ocupar algún puesto oficial. No hay mejor premio para los que valen; de donde resulta que los premiados, son baja por ascenso; los que quedan, baja por inútiles, y los postergados por la soberbia ajena ó la modestia propia, baja por desilusión y desmayo, por falta de esa interior satisfacción tan necesaria en todo militante. Si el periodismo fuera por sí mismo un buen fin, y no un medio para otros fines, nadie cambiaría su puesto de honor en el combate por otros puestos que han de quedar indefensos al faltar los mejores para defenderlos. Entre los que van de pasada, con la ambición más alta, y los que á nada pueden aspirar, ya desesperanzados, las ideas quedan á merced del enemigo, abandonadas como impedimenta. Menos cargos políticos y mejores sueldos. Así habrá menos impaciencias y menos desfallecimientos. ¡El que pueda pagar, que pague! Veremos entonces cómo todo el que sepa escribir, escribe. Procure, procure el señor obispo de Jaca conmover el bolsillo de los fieles, funde un periódico, pague á los periodistas con sueldo de obispo y verá leones defendiendo los obispados. Con 25 ó 30 duros al mes, ¿qué ha de hacer el redactor del periódico más piadoso sino ayudarse y defenderse escribiendo algún entremés para el Salón Madrileño, sin licencia del ordinario? Y ¿qué ha de hacer el redactor del órgano más revolucionario más que escribir los gozos á unas monjitas, si se los encargasen? ¡Felices los que ignoran lo que pueden pesar 25 pesetas sobre nuestras convicciones más íntimas y nunca hicieron traición á una idea por menos de dos ó tres millones!
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Las tiples han dado en fugarse. Es el modo más delicado de participarnos su efectuado enlace, que no sería bien anunciar más claramente. Hoy todo se anuncia, hasta las defunciones de la virtud; para las que está más indicado que en ninguna otra el: «Se suplica el coche».
¡Y hay quien cree que en el teatro todo es libertad! Ya ven que no es así, cuando las tiples necesitan fugarse para poder amar libremente. Hay muchas señoritas de buena casa que, para mucho más, no pasan de la escalera. Verdad es que unas piensan en el contrato matrimonial, al que nada favorecen los anuncios previos, y las otras en la contrata artística, á la que favorece cualquier reclamo, aunque sea de codorniz y tan redoblado como el de las «verdecillas» del sainete. Ya se pagará á las tiples por fugas; siempre es una garantía de buenas formas y hasta de algún conocimiento musical, á falta de otros. Con todo esto, los perjudicados son el público y los empresarios; no porque se fuguen, sino porque vuelven.
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Algunos escritores de provincias claman contra nosotros los de Madrid porque, según ellos, tenemos establecido un _trust_ de los bombos y nos pasamos la vida en batalla de flores: elogio va, elogio viene; siempre entre los mismos del corro. Y ¿qué se le va á hacer si el corro es tan reducido? Pero ¡lo que son las cosas y qué difícil es contentar á todos! Aquí, aun de los del corro, hay quien se queja si no se le cita á cada paso y se deja pasar sin referencia la comedia, el libro, la crónica ó el artículo. Claro está que sería preferible fuera el público quien nos diera á cada cual lo nuestro y nosotros lo suyo al público; pero con público tan indiferente y distraído, ¿no será obra meritoria la de bombearnos los unos á los otros? Ya procuramos destruir el efecto de las caricias públicas con los arañazos y mordiscos privados. ¡Pues sí que reina la paz entre los príncipes cristianos! Da gusto discurrir por cualquier Círculo literario.--¿Has leído la imbecilidad que publica hoy Fulano?--Nunca leo esas latas.--¿Has leído lo que dice de ti el idiota de Mengano?--Esto cuando se trata de un elogio, para darle todo su valor.
Y se habla mal de todo lo que se lee, y peor de lo que no se lee; y todo es tabarra, todo es lata, ¡tan vaporosos estamos que todo nos pesa! Y nada es original y todo está dicho, ¡tan enterados estamos de todo!
Dejad, dejad que funcione el bombo mutuo; es cuanto queda de agrado y cortesanía en nuestras relaciones literarias. ¿Será mejor que nos destrocemos los unos á los otros y los artículos sólo sirvan para alabanza de los políticos y de los _sportsmen_, de las marquesas viejas y de los toreros; las críticas de teatros para celebrar las decoraciones y el rumbo de los empresarios y la belleza de las espectadoras, y que todos suban, triunfen y medren sobre nuestras costillas, molidas por nosotros mismos? ¿Para todos hemos de guardar el secreto y entre nosotros no hemos de guardarlo? ¿Vale el público más que nosotros, para que le debamos la verdad? La verdad es para los iguales. El que quiera saberla, que llegue con la inteligencia ó con el corazón. Y si aun hablando bien unos de otros no engañamos al público sobre nuestro mérito, ya que nos crea malos escritores que nos crea siquiera buenas personas.
IV
Todos los años nieva en primavera y todos los años reaparece el invierno por Abril ó por Mayo, con un frío, según frase consagrada, impropio de la estación. Todo esto no tiene nada de particular; lo particular es que, sucediendo lo mismo todos los años, todos los años nos produzca la misma sorpresa, como algo fuera del orden natural.--¿Ha visto usted qué frío se nos ha echado encima? Aquí todo se nos echa encima: la nieve, como la revisión del proceso Ferrer, como el problema de Marruecos. Nada se aprende de un año para otro. En el año próximo volverá á nevar en primavera y volverá á parecemos que la Naturaleza padece graves trastornos y volveremos á sorprendernos del frío impropio de la estación.
En las actuales circunstancias, la nieve ha sido tal vez la más elocuente manifestación de la opinión pública; el verdadero jarro de agua fría sobre el ardor, más ó menos sincero, de tantos acalorados discursos. La temperatura de la calle no ha correspondido con la del salón de sesiones. Verdad es que ¡tan pocas veces está á tono lo que se discute dentro con lo que se opina fuera!
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Los que se habrán tranquilizado mucho serán todos los que se hallan bien avenidos con el orden social, venga de donde venga y lo imponga quien lo imponga. ¡Si estarán convencidos de la apacible condición de nuestros revolucionarios! Para una vez que podían disputarse la gloria de haber intervenido en una revolución, chica ó grande, todos, por el contrario, han procurado á toda costa convencernos de que ni ellos ni sus amigos pudieron tener la menor intervención en ella. ¡No faltaba más! Ellos no están conformes con nada de lo existente, pero en el fondo son gente de orden. Con creyentes así poco hubiera prosperado el cristianismo. Al primer mártir sacrificado, en vez de ensalzarle por su fe, hubieran tratado de probar que era tan pagano como el primero y que su martirio... había sido una lamentable equivocación imperial; con lo cual el calendario hubiera perdido un santo y mártir y el emperador se hubiera quedado tan fresco. Yo no sé, pero me parece que siempre es más lucido ser mártir de las ideas propias que de las ajenas.
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Sin eufemismos de contaduría, Ivette Guilbert ha sido un fracaso ante nuestro público. ¿Por falta de ambiente? No puedo creerlo: el público que asistía á la presentación de Ivette Guilbert era justamente el público selecto para quien París y sus artistas no son una novedad ni una rareza. ¿Es que la artista ha perdido con los años? No, Ivette Guilbert ha ganado físicamente, y artísticamente, si nada podía ganar, porque en su arte llegó á la perfección hace mucho tiempo, nada ha perdido tampoco. Su repertorio es hoy más variado, más extenso; á las canciones canallescas y macabras, que eran su especialidad, ha unido canciones del siglo XVIII, ingenuas unas, como canciones de niñas al corro; galantemente picarescas otras. Ivette Guilbert es la Duse de este género, que, por ser muy de Francia, no es de un particularismo tal que no pueda interesarnos y justifique el desvío de nuestro público. No hay arte chico ni grande; hay artistas muy chicos y grandes artistas. Ivette Guilbert sabe hacer de una canción una comedia ó una tragedia; en su voz, en su gesto, en sus actitudes, viven, á cada estrofa, almas diversas. ¿No es todo un drama la canción _Le roi fait battre tambour_--escrita á la muerte de la famosa Adriana Lecouvreur?
El público de Madrid ha sido injusto en esta ocasión. Es ya tarde para reparar la injusticia. Se comprende que haya público para todo, y hasta me parecería mal que todo el público entendiera de todo, mientras haya clases; pero, la verdad, que precisamente cuando hay que admirar verdadero arte sea cuando falte el público, es algo triste.
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Gracias á los que se interesan por mi salud ó por mi estado de ánimo cuando falta una _Sobremesa_. Váyase por los que desearían que reventara de indigestión en una de ellas. Gracias también á los que creen que algunas, por impublicables, van al cesto de los papeles. Basta con que sepamos que no es así los que debemos saberlo. La verdad es que no ha de trabajar uno siempre para fuera y quizás escribe uno más cuando menos escribe, y aun en páginas más duraderas, y no siempre está uno para expansionarse, y más cuando se va para viejo, y rara vez rompería uno el silencio de oro sin apremios de plata. Conque ya lo saben todos los molestos ó contrariados con que uno escriba: no tienen más que organizar una suscripción, á unas pesetitas por molestia, y yo prometo no volver á tomar la pluma en mi vida, ni aun para agradecerles la mala voluntad de su buena obra. Con dinero se arregla todo.
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