Chapter 6
El té servido por Francisco, el criado viejo que acompañó al poeta desde que lo vio nacer, interrumpió la lectura por unos instantes.
¡Tres tazas de té has bebido, tres tazas!, le gritó Sáenz a Fernández, sin poderse contener al verlo llenar por tercera vez la frágil tacita de porcelana y agitar el aromático licor con la cucharilla. ¡Fernández, sigue!, dijeron en coro Cordovez, Sáenz y Pérez, mientras que Juan Rovira se levantaba para despedirse diciendo...
Soy una bestia... Nadie te quiere como yo. Me encanto al oír a los inteligentes recitar tus versos y llamarte gran poeta; de repente se me antoja oírte leer algo como esta noche; pongo toda la atención que Dios me dio, y mi palabra de honor que me quedo a oscuras de la mayor parte de lo que oigo... ¡Qué tiene que ver todo eso que nos has leído, con el nombre de la quinta, con el cuadro de la galería ni con la marca de los libros empastados en cuero blanco!... Soy una bestia... Mañana te mandaré las parásitas que llegaron hoy del cafetal.
¿Las odontoglosum ?..., preguntó Fernández, usando el nombre técnico de la planta por hábito adquirido al hablar de botánica con el inglés que cuida el invernáculo.
No entiendo eso, las que querías, mandaron un mundo... Mañana las tendrás... Y después de apretar las manos de los amigos, en la suya grande, dura y tostada, salió refunfuñando entre dientes. Decididamente no entiendo nada de eso, ¡soy una bestia!...
¡José, sigue!, dijo Cordovez con impaciencia al ver caer la portiere roja sobre las espaldas del gigante.
Y Fernández leyó así a la luz de la lámpara:
Interlaken, 25 de julio
Borracho de ideas y cansado de pensar salí de mi escondite hace ocho días a gastar las fuerzas que la quietud, los baños helados y el ejercicio habían acumulado en mí, y desde esa mañana hasta esta noche ha sido una orgía de movimiento incesante, de paisajes recorridos, de escaladas vertiginosas de montañas y de incansables caminadas por valles frescos llenos de verdura nueva. ¡Neveras, ventisqueros, altas cimas donde el pulmón se llena de aire purísimo, los ojos de claridades imprevistas, el cerebro de grandiosas ideas; donde la sangre se vivifica y se enriquece mejor que con la higiene más cuidadosa observada en una ciudad! Nunca experimentada sensación de vigor ardiente y de fuerza muscular inagotable que gastar en nuevos ejercicios, me ha hecho sentir todo el vigor que encierra mi cuerpo a pesar del que he derrochado en los últimos meses, y en todos los momentos he meditado en los pormenores de mi plan. Ni un deseo, ni una imagen sensual me han perseguido; las tentaciones enfermizas se respiran con el olor de cocina y de perfumería, de polvos de arroz y de mujer que flotan en el aire, cargado de efluvios de lascivia y de gérmenes de enfermedades mentales, de la Babilonia moderna.
¡Naturaleza, bendita seas!
... ¡Tus espectáculos vistos en soledad completa, sin oír una voz humana que turbe nuestra meditación, son como un bromuro eficaz y calmante para las almas insomnes!
Antier estaba en un ventisquero, todo blanco, claro, diáfano el suelo, las lejanías llenas de niebla, donde reverberaba el sol matinal, el cielo luminoso. Los guías se habían quedado atrás. Destapé el frasco plano, lleno de chartreuse verde que llevaba en la cintura y sorbí un trago largo que me quemó el paladar con el sabor de las plantas aromáticas diluidas en el alcohol sutil, y me hizo correr calor por todo el cuerpo helado por el ambiente glacial. Pensé en la Orloff, en las sábanas de raso negro sobre las cuales extiende las curvas del cuerpo ambarino perfumado de magnolia; en la tina de cristal rosado llena de agua tibia que se opaliza con los vinagres aromáticos preparados por Lubin, y al sentirme libre de sortilegio carnal, en que viví envuelto por seis meses, solté una carcajada, una carcajada vibrante y poderosa que resonó como un disparo en el silencio blanco del ventisquero; una carcajada de salvaje, después de que ha roto en mil pedazos el fetiche que lo asustaba. ¡Adiós, sensualidades de bizantino, a vivir vida de hombre!
Interlaken, 26 de julio
¡El conjunto cosmopolita de estas mesas redondas de los grandes hoteles y los contrastes disparatados de todas ellas! El menú francés parece un exotismo dada la composición heterogénea de la del Hotel Victoria, donde vivo... ¡Oh, personajes que me divertís al observaros y dais a mi imaginación fantaseadora ocasión de forjarme vuestra vida mientras engullo los manjares; grueso agente viajero alemán, oloroso a cerveza, que cuentas tus groseras aventuras de taberna y de burdel, entremezclándolas de carcajadas sonoras; gomoso parisiense, corbateado de rosa, de los zapatos y los bigotes puntiagudos y de la inteligencia roma, que estropeas lamentablemente los términos de sport ingleses al adaptarlos a tus pronunciaciones guturales; español cuyo perfil regular y cerdoso bigote negro van precedidos de inevitable pitillo infecto y que a todas horas sigues con ojos de lujuria a la criada suiza coloradota y fresca; brasileños amarillosos y enclenques, que exhibís inverosímiles diamantes pajizos montados en los botones de la camisa, y tiritáis de frío como oistitís del trópico en las noches invernales de Londres; aventurero ruso de la rizada barba castaña que sientes la nostalgia de la ruleta y las carpetas verdes de Montecarlo; viejas inglesas, secas unas veces como sarmientos, desbordantes otras como informes paquetes de carne linfática, que recorréis la Europa entera, con el Baedeker en una mano y la Biblia en la otra, pronunciando el mismo beautiful, beautiful charming, quite charming, ante los fiords glaciales de Noruega, los nevados y los lagos azules de la Suiza heroica, los ardientes sitios de Castilla la Vieja, llenos de nobles fiebres y los paisajes sonrosados del litoral del Mediterráneo; viejas que atravesáis los países que os atraen bebiendo el mismo té tibio, devorando los mismos asados sanguinolentos y escribiendo en vuestra clara cursiva las mismas cartas de diez hojas, con las espalda vuelta a paisajes adorables; canonesa alemana de los catorce cuarteles en el escudo, que paseas por sobre la asistencia la insípida mirada incomprensiva de tus ojuelos grises y melancólicos; pareja de renteros franceses a quienes alguna agencia de viajes traslada de lugar en lugar para que admiréis sin comprenderlos, los sitios y los edificios designados por la guía Johanne a vuestros entusiasmos de inofensivo turismo; honorable Mr. Woodding, que haciendo propaganda por cuenta de la secta trinitaria, con un ejemplar de los evangelios debajo del brazo, azotas con los faldones de tu larga levita negra, las madreselvas florecidas por la primavera y paseas tu prole las cuatro chiquitinas rubias que parecen salidas de un álbum de Kate Greenway por todos los caminos planos de cerca a todos los hoteles donde cuesta la asistencia diez francos por día; enorme conde valaco o rumano de la melena rizada a la caracalla y de los ojos bovinos y apagados; príncipe italiano, cuyo palacio secular, donde habitaron tus antepasados gloriosos, vendieron los acreedores cansados de cobrarte; ¡oh, muestras de la calidad corriente de la especie humana, fabricadas de prisa por el Gran Hacedor, sin hinchazones de músculos y sin afinamientos de nervios, lectores de Ohnet,
adoradores de Gaboriau y de Montepin que consideráis como lo supremo del arte los cuadros en que sonríen las venus de pomada rosada pintadas por Bouguereau, que os pasmáis oyendo las musiquillas italianas de hace treinta años y las idiotas pornografías de los cafés conciertos y a quienes dejan fríos las dulces ingenuidades de los pintores prerrafaelistas, las sutilezas del arte japonés, las grandiosas sinfonías de Wagner, los dolorosos personajes que atraviesan la sombra gris de las novelas de Dostoiewsky, las extraterrestres creaciones de Poe; admiradores de lo mediocre y de lo fácil a quienes Max Nordau presentaría como prototipos del perfecto equilibrio, todos vosotros engullís la misma sopa de fideos cosmopolita, los mismos asados sospechosos, rociados con el mismo Medoc químico, absorbéis la misma compota de negras ciruelas pasas con que los amables propietarios de los hoteles suizos nutren vuestras hermosas personas en las temporadas de veraneo! ¡Leves os sean esos manjares indigestos y conviértanse en sangre de vuestra sangre y en hueso de vuestros huesos y ayude a peptonizarlos y a facilitar vuestras difíciles digestiones la acción de gracias que articulan los labios enjutos y la bendición que esparcen en el aire los dedos flacos del abate Pazavillini, sentado a la cabecera de la mesa, en que lucen ahora el queso de Camembert de coloración cadavérica, el Roquefort delicuescente y la decocción de chicoria amarga con que creyendo que absorbéis el café aromático, el licor de Voltaire y de Balzac, finalizáis vuestros pantagruélicos almuerzos!
Interlaken, 5 de agosto, por la noche
Nini Rousset, la divetta de un teatro bufo del Boulevard, Nini Rousset, la que vestida con una guirnalda de hojas de parra enloqueció una sala de prostitutas y de vividores, exhibiendo desnudas las curvas de estatua y las frescuras túrgidas de su cuerpo de Venus, en una revista del año pasado, Nini Rousset a quien mandé ramos de gardenias y un par de diamantes sin lograr más que una mueca de burla y una frase grosera el día en que quise hacerla mía, Nini Rousset por quien habría dado un mes de vida antes de tropezar con la Orloff, acaba de salir de mi cuarto, dejándome en él su olor de Chypre y en los nervios la vibración de una violenta sacudida de placer. Llegó hace una hora, con seis baúles llenos de sombreros y de vestidos y tres perros falderos y al encontrar mi nombre en el registro del hotel, después de instalada en su cuarto, se vino al mío y entrándose en puntas de pies se me acercó por detrás y me cerró con las manecitas blandas y suaves los ojos que leían en ese momento una página de la ética de Spinoza... ¡Adivina quién es, adivina quién es, rastaquoère poeta, especie de animal, adivina quién es, gritaba besándome y mordiéndome la nuca con la boca olorosa a menta! Como un sátiro borracho de sexo, la levanté del suelo con los brazos al desprenderme de su abrazo lascivo, y la provocación comenzada con su chanza infantil, acabó, unos minutos después, en un doble maullido salvaje de voluptuosidad, sobre el diván de la alcoba.
Antipatizo con ella con todas mis fuerzas. Es una encarnación auténtica de toda la canallería y de todo el vicio parisiense. El Gil Blas contó una vez, en un suelto, el antojo que tuvo al ver en una feria a un jayán que medio desnudo levantaba pesos de a diez arrobas, y la seducción del Hércules hecha por ella al terminarse el espectáculo y la llevada de éste entre su coche, y el encierro con él durante dos días y dos noches en la alcoba por donde han pasado todos los que han tenido modo de disponer de unos cuantos billetes de a mil francos para pagarse ese capricho por una noche. Es una Mesalina comprable; grosera como una verdulera y hermosa como una venus griega... Se ha ido ahora a arreglar el modo de pasar la noche en mi departamento sin que la vean los criados y a mandar helar unas botellas de champaña. La orgía será digna de mis cincuenta días de abstinencia y de estudios estúpidos...
Ginebra, 9 de agosto
Acabo de levantarme, después de pasar cuarenta y ocho horas bajo la influencia letárgica del opio, del opio divino, omnipotente, justo y sutil, como lo llama Quincey, que pagó con la vida su amor por la droga funesta, bajo cuya influencia se embrutecen diariamente millones de hombres en el Extremo Oriente. Ha sido un absurdo pero no podía hacer otra cosa después de la escena horrible. Quería huir de la vida por unas horas, no sentirla.
Cuando rendidos ambos de lujuria y de cansancio, borrachos de champaña helado, la Rousset comenzaba a adormecerse con la hermosa cabeza sobre los almohadones blandos, una furia inverosímil, una ira de Sansón mutilado por Dalila, me crispó de pies a cabeza, al pensar, con toda la excitación del alcohol en el cuerpo, en los insultos groseros que nos habíamos prodigado en la hora anterior, entremezclándolos de caricias depravadas y en mis planes de vida racional y abstinente, deshechos por la noche de orgía. Un impulso loco surgió en las profundidades de mi ser, irrazonado y rápido como una descarga eléctrica y como un tigre que se abalanza sobre la presa cerqué con las manos crispadas, sujetándola como con dos garras de fierro, la garganta blanca y redonda de la divetta. ¡Ahogarla ahí, como un animal dañino contra las almohadas de plumas! Dio un grito horrible al despertarse, asfixiándose, me clavó los ojos, con las pupilas dilatadas, como una expresión de terror sobrehumano, y al adivinar mi intención asesina, mientras que seguía estrechándola con las manos, gritó con voz ronca, ¡loco! ¡loco! ¡está loco! y sacudiéndose con la agilidad de un venado perseguido por la jauría, huyó medio desnuda a encerrarse en su cuarto, llorando de miedo.
No me habría atrevido a verle la cara al día siguiente. A la madrugada llamé al criado que había venido de París con mi equipaje, le di órdenes para venirme a buscar aquí, y al llegar unas horas más tarde al hotel me acosté y tomé una violenta dosis de opio. Bajo su influencia estuve cuarenta y ocho horas. Al asomarme al espejo ayer para vestirme me he quedado aterrado de mi semblante. Es el de un bandido que no hubiera comido en diez días; represento cuarenta años; los ojos apagados y hundidos en las ojeras violáceas, la piel apergaminada y marchita. Tengo la voz trémula y vacilante el paso. Las visiones que me produjo el opio fueron aterradoras, pero no creí nunca que los estragos de la noche de orgía y de la droga venenosa me dejaran en la postración en que me siento...
El delirio de la abuelita moribunda, la locura a lo lejos, ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios de mi infancia, si existes, sálvame!... ¿Dónde están la señal de cruz y el ramo de rosas blancas que caerán en mi noche como símbolo de salvación?...
Ginebra, 11 de agosto
¿Por dónde empiezo? No sé. Es tan delicado, tan dulce, tan extraño, tan aterrador lo que siento, que temo al querer decir la impresión con palabras, destrozar su frescura, como se destrozaría el esmalte de luz de una mariposa de Muzo, al quererla fijar con un clavo de hierro. Fue ayer tarde en un comedorcito reservado que tiene vista sobre el jardín del hotel, y por cuyos balcones abiertos venía con la brisa del lago, el olor moribundo de las madreselvas que lo enmarcan. Comía solo, deseoso de evitar las promiscuidades y el ruido de la mesa común, y leía las Soledades, de Sully Prudhomme, a la luz de las bujías del candelabro. Un criado, entreabrió la puerta, encendió las de otro, puesto en la mesita vecina, colocó sobre ella un menu del día y volviendo a la puerta entreabierta, doblado en dos pronunció un pus pouvez entre Mosié, pus pouvez entré, Mademuasell..., con su más puro acento alemán. Entraron ella adelante, él atrás, correspondieron la venia que les hice levantándome y desembarazada ella del abrigo de viaje y del sombrero que le daba cierto parecido, por su forma extraña, con el retrato de una princesita hecho por Van Dyck, que está en el Museo de La Haya, se sentaron a comer.
Lentamente, mientras examinaba yo la extraña figura del hombre, se quitó ella los guantes de Suecia y se frotó las manos, dos manecitas largas y pálidas de dedos afilados como los de Ana de Austria en el retrato de Rubens, con que se echó para atrás los bucles de la suelta cabellera castaña, rizosa y sedeña que donde la luz la hería de frente tenía visos de oro. La voz argentina y fresca sonó entonces discutiendo los platos de la comida... Para ti vino del Rhin y queso, no, papá, decía, para mí leche y fresas... El hombre, que podría tener cincuenta años, pero con la cabeza y la barba blancas de canas como un anciano, la miraba con dulzura paternal, que hacía más extraño contraste con la expresión dolorosa de las líneas de su fisonomía fina de noble o de artista, admirablemente modelada y cuya distinción aumentaban los cabellos crespos y la fina barba blanca cortada en punta y el verde desteñido de sus ojos apasionados. Vas a comer sola, le dijo, estoy ansioso por leer los detalles, y colocó sobre la mesa, doblado a lo largo un periódico impreso en caracteres alemanes... lee, contestóle ella, acercando el candelabro para que la luz cayera sobre la hoja.
Una simpatía irresistible me había ligado a ellos, en esos segundos, en que, olvidados de mi presencia, los examinaba con mi curiosidad insaciable. Sin duda habían querido huir de la vulgaridad de los comensales de la table d'hote, al refugiarse en el comedor reservado. Para que aquellas canas blanquearan sus sienes, para que las hondas arrugas de sufrimiento surcaran así su frente amarillenta de pensador, para que aquella indeleble expresión dolorosa le marcara así las facciones, debía él haber sufrido horriblemente, porque el vigor de su naturaleza se adivinaba en las líneas del cuerpo, moldeado por un vestido gris, de refinada elegancia y el perfil enérgico daba a pensar en un militar acostumbrado al mando y retirado del servicio. El otro perfil, el de ella, ingenuo y puro como el de una virgen de Fra Angélico, de una insuperable gracia de líneas y de expresión, se destacaba sobre el fondo sombrío del papel del comedor, iluminado de lleno por la luz del candelabro. Completaban su belleza los cabellos, que se le venían y le caían sobre la frente estrecha en abundosos rizos, las débiles curvas del cuerpecito de quince años, con el busto largo y esbelto, vestido de seda roja, las manos blanquísimas y finas. Al bajar los párpados, un poco pesados, la sombra de las pestañas crespas le caía sobre las mejillas pálidas, de una palidez sana y fresca como la de las hojas de una rosa blanca pero de una palidez exangüe, profunda, sobrenatural casi, y por la curva armoniosa de los labios rosados flotaba una sonrisa supremamente comprensiva. No le había visto los ojos y fascinado como estaba por la gracia de su figura ideal, por la impresión de frescura y de aristocracia que manaba de toda ella, como emana el aroma de una flor que se abre, soñaba en vérselos. De repente sacudió la cabeza hacia atrás, y agitando los sedosos bucles de la cabellera castaña, la volvió en la dirección de mi asiento y los clavó en mí mirándome fijamente, con expresión severa. Eran unos grandes ojos azules, penetrantes, demasiado penetrantes, cuyas miradas se posaron en mí como las de un médico en el cuerpo de un leproso, corroído por las úlceras, y buscaron las mías como para penetrar, con despreciativa y helada insistencia hasta el fondo de mi ser, para leer en lo más íntimo de mi alma. Por primera vez en mi vida bajé los ojos ante una mirada de mujer. Me parecía que, en los segundos que sostuve la suya había leído en mí, como en un libro abierto la orgía de la víspera, la borrachera de opio, y penetrando más lejos, la puñalada a la Orloff, las crápulas de París, todas las debilidades, todas las miserias, todas las vergüenzas de mi vida. Incliné la cabeza avergonzado como un chiquillo de escuela sorprendido en falta, buscando una estrofa del libro. Sentía que sus miradas se habían posado en él, que ya sabía que era un libro de poesías, de aquellas poesías de Sully Prudhomme dulces y penetrantes como femeniles quejidos... Con la mirada que le dirigí habría querido pedirle perdón por haberla contemplado con mis ojos que han visto la maldad humana y se han delectado en su espectáculo, porque la luz de pureza, de santidad que irradió en los suyos a la primera mirada que cruzamos, me había sugerido no sé qué extraña impresión de místico respeto irresistible... Al mirarla de nuevo me encontré con sus pupilas fijas en mí, y habría bajado las mías si no hubiera visto en el azul de las suyas, en la curva de los labios finos, en toda la dulce fisonomía una expresión, de lástima infinita, de suprema ternura, compasiva, más suave que ninguna caricia de hermana. Aquella mirada derramó en mi espíritu la paz que baja sobre un corazón de cristiano después de confesar sus faltas y de recibir la absolución; una paz profunda y humilde, llena de agradecimiento por la piedad divina que leía en sus ojos.
Si erré antes, fue porque no sabía que existieras sobre la tierra, criatura de pureza y de luz. Tóquenme otra vez tus miradas y mi alma será salva, decía en el fondo de mi conciencia entenebrecida una voz que vibraba como un canto de esperanza.
Descienda la paz sobre ti, pero no te alejes de mi camino, pobre alma oscura y enferma, yo seré tu conductora hacia la luz, tu Diotima y tu Beatriz, decían las pupilas azules.
Un coro de esperanzas resonó dentro de mí como una música mística en la semioscuridad de una iglesia abandonada. Realmente, la delicia que experimentaba al mirarla, con su misteriosa palidez mortal, sus cabellos de oro sombrío y sus radiosas pupilas azules clavadas en las mías, tenía algo del encanto con que me fascinan ciertas músicas, ciertas frases de Bach y de Beethoven, al vibrar en mis oídos.
Una expresión no ya de piedad misericordiosa sino de inefable ternura iluminó su semblante pálido, leve sonrisa que se dirigió hacia mí como un rayo de luz, arqueó la ingenua curva de sus labios y la fisonomía se humanizó sin perder su nobleza majestuosa y un ensueño de ternura divina se dilató dentro de mí, como la luz de la aurora entre la oscuridad de una madrugada tétrica disipando las sombras, llenándome el alma de claridades tibias, de temblores de savia, de frescuras de agua cristalina y de cantos de pájaros, que suben hacia el Sol, vencedor de la noche.
Los recuerdos de mis liviandades pasadas desaparecieron ahuyentados por la luz, la fuente de aguas vivas brotó del peñasco árido, y las imágenes de un idilio se desarrollaron y vivieron en el fondo de mi espíritu. Sería en el fondo del bosque, donde la sombra de las ramas cae sobre la alfombra de hojas secas y rojizas y sobre el césped blando. Vestida de blanco, sentada en musgosa roca, yo arrodillado a sus pies, con la frente febril apoyada en sus rodillas, acariciarían mi cabeza sus largas manos pálidas, y la caricia derramaría en mí, no la fiebre voluptuosa del amor humano, sino la calma luminosa del amor divino. Con la voz ahogada le diría que la había buscado por largos años, que mis labios, quemados por los cálidos borgoñas y los champañas ardientes de las orgías de la Tierra, tenían sed de su amor infantil y puro, como del agua de una fuente oculta donde se copian los helechos y se refleja el cielo. Las estrofas dulcísimas de Fray Luis de León, subían de mi boca hacia ella com
o un cántico:
Alma divina, en velo
De femeniles formas encerrada,
Cuando viniste al suelo
Robaste de pasada
La celestial, riquísim
a morada.
Volví a buscar las pupilas azules y sus miradas de misteriosa ternura me decían que consentía en mis sueños y una expresión de soberano amor esplendía de la pálida faz, vuelta hacia mí. Ante mi imaginación sobreexcitada y que había perdido la noción de la realidad, el oro de los cabellos sueltos, heridos por la luz de las bujías, revistió el brillo de una aureola que irradiaba sobre el fondo oscuro del comedor.
Al levantar los ojos verdosos del periódico que leía, el padre, dirigióle la palabra en italiano y rompió la fascinación. En las frases que en el mismo idioma le contestó ella, percibí los nombres de la Malloggia, de Silvaplana y de San Moritz entre las dulces sílabas cantantes de la lengua de Leopardi, que tomaban en su boca sonoridades de música.
Sírvanos usted el café en el departamento dijo al criado el hombre de la barba blanca, levantándose y pasándole el abrigo y ayudándole a fijar, con infinitas delicadezas como de madre, sobre los rizos castaños de la indómita cabellera la singular toca negra que atrajo mis miradas cuando entraron.