Chapter 16
Usted sueña en eso porque tiene músculos de jayán y nervios de artista del Renacimiento; a todos estos parisienses les parezco vulgar, de fijo; para ellos la distinción consiste en ser flaca y pálida. Los dos deberíamos ser más íntimos, porque nos parecemos mucho; ambos somos paganos, me dijo, quemándome con sus miradas de fuego y mareándome con su olor perverso y sugestivo.
Esa intimidad depende de usted. Si usted viniera a verme el jueves por la mañana, nos sentiríamos paganos hasta las médulas de los huesos; le leería unos versos y le mostraría unas aguafuertes de Felicien Rops, que usted no conoce, porque son dignas del Museo Secreto de Nápoles...
Si estoy loca por verlas, me dijo, con la cara iluminada por la alegría y estrechándome el brazo contra el seno de diosa. Vendré a las ocho. Musellaro no se levanta nunca antes de las doce.
Y un beso selló el tácito pacto que contenían aquellas frases; un beso dado detrás de la cortina, a que le volvían las espaldas los concurrentes, empeñados en ver a Sarasate, q
ue se levantaba para comenzar a tocar el violín, al que le arrancaba misteriosos quejidos.
¿Donjuanismo? ¿Seducción?... Respecto de Consuelo, tal vez, en quien toqué las más ocultas fibras del sentimiento al recordarle nuestros infantiles y dulcísimos amores; no con las otras dos, viciosas, coleccionadoras de sensaciones, aleccionadas por quién sabe qué predecesores míos, corrompidas por el arte y la literatura y empeñadas cada una de ellas en ver en mí el personaje que les han mostrado como ideal los librejos ponzoñosos que han leído sin entenderlos. ¿Seducción? No; si nadie seduce a nadie. Si es la idea del placer la que nos seduce... Tan ardiente era el deseo en ellas como en mí; dentro de unos años no recordarán la aventura, y si la recuerdan, les parecerá a ambas tan inocente como me parece a mí ahora.
¿Y esto llaman crimen los moralistas severos, que predican su moral en dramas de tres actos? ¿Crimen? ¡Halagar a una mujer, idealizarle el vicio, ponerle al frente un espejo donde se mire más bella de lo que es, hacerla gozar de la vida por unas horas y quedarse sintiendo desprecio por ella, asco de sí mismo, odio por la grotesca parodia del amor y ganas de algo blanco, como una cima de ventisquero, para quitarse del alma el olor y el sabor de la carne!
Musellaro me llamó la otra noche en el Círculo, donde le habían limpiado los bolsillos la víspera, y con mil zalamerías serviles y poniendo por las cumbres mis conocimientos de arte, me habló de un cofrecito de plata, cincelado por Pollaiuolo, que vendía un amigo suyo en Florencia.
Vale siete mil francos, me dijo. Al momento en que supe que lo vendían, pensé en avisárselo a usted, seguro de que se quedará con él. Mi amigo no quiere que se sepa su nombre. Es un objeto que ha pertenecido a su familia desde hace trescientos años, y del cual se desprende, obligado por las circunstancias. Usted sabe cómo van las cosas en Italia.
De sobra. Telegrafíele usted a primera hora diciéndole que lo ha colocado y que me lo envíe, le respondí. Le enviaré a usted el cheque mañana mismo.
¡Me río del cofre cincelado por Pollaiuolo! Recibiré algún chirimbolo recién salido del molde. ¡Lo que va a reírse de mí el afortunado marido de la admiradora de Petronio!
El de Olga, el barón alemán delgaducho y triste, que tiene la manía de las estampillas de correo y las colecciona con entusiasmo de colegial, acaba de salir de aquí para pedirme un favor especial. Quiere el Busto del Libertador, una condecoración que da el Gobierno de Venezuela; y al efecto, desea que hable con el simpático mozo autor de Espirales de humo, que representa a aquella nación en París y con quien sabe que me ligan relaciones de amistad. Dentro de unas semanas tendrá su medalla y se la colgará al uniforme para que luzca al lado de las siete con que lo engalana al llevarlo, y recibirá una estampilla de mi colección.
¿Siempre ha sido así, no es cierto?, preguntó, volviendo a mirarla, como fastidiado por mi solicitud.
Siempre, le contestó, tendida en la otomana y envuelta en los pliegues de la rosada bata de seda floja que huele a heliotropo blanco... Siempre, le contestó, sonriendo, con su dulzura de moribunda.
También es que no quiere salir; mira, Pepillo: tú que estás desocupado, paséala; a mí los negocios no me dejan un minuto libre; si lo tuviera, lo haría. Tú que sabes tanto de cuadros y de estatuas, llévamela a los museos; yo no tengo tiempo. ¿Por qué no vas al Louvre mañana con Fernández?, le preguntó... ¿No decías que tenías ganas de ir?
¿Iremos, no, José? Es que cuando uno no está acostumbrada a la vida de Europa, no se le ocurre salir con un amigo, ¿cierto? ...Y los ojos árabes me miraban con delicia, y la cabeza, recostada sobre los cojines blandos de la otomana, me ofrecía millones de besos para el día siguiente.
Es que las mujeres no malician lo que lo absorben a uno los negocios, continuó el otro. Tú que sabes la complicación de los míos, suponte si tendré tiempo para pasearla y distraerla como querría...
¿Y si lo tienes para jugar billar y bacarat en el club y para pasarte las semanas enteras con tus famosas horizontales e ir a cenar con ellas, grandísimo tarambana?, pensaba yo entre mí al oírlo.
¿De modo, Paco, que me autorizas formalmente para pasearla y distraerla?, le pregunté con una frialdad de viejo de setenta años.
Le vengo suplicando desde que llegó, que salga a conocer a París, ¡y maldito el caso que me hace!
Oiga usted, Consuelo: su marido me la entrega para que la haga pasear y la distraiga; después usted no alegue que no le ha dado permiso para ir a tal o cual parte.
No, llévala a donde quieras; ve con Fernández a donde te lleve, ¿oyes?... ¡Ah! las diez, dijo, sacando el reloj; tengo que salir; tú me excusas, ¿cierto? Tengo una cita con Amorteguí para un negocio importante.
Dizque al día siguiente le preguntó ella que si no hablarían los que nos conocen al vernos juntos en mi coche, y le dijo él soltando la carcajada:
No: si a Fernández lo conocen todos... ¿Tú sabes cómo lo llaman? El Casto José. No te afanes por lo que digan, que no dirán nada...
¡Y me lo contaba ella, riéndose con la boca carnuda y deliciosa, recostada en uno de los divanes de mi biblioteca! Me voy a pasar contigo los días enteros, si quieres, me decía; para que me consientas y me quieras; si no, me muero... Estoy muy enferma, ¿sabes? Tengo fiebrecita todas las noches, desde hace un año, desde que vine. No estudies tanto, agregaba, viendo los atlas, las cartas geográficas, los gruesos volúmenes abiertos sobre las mesas y los estantes enormes de la biblioteca; te matas si sigues estudiando así. Mira: vas a descansar paseándome; desde mañana le echo la llave a este cuarto de viejo y comenzamos nuestras excursiones...
Dicho y hecho. Como no quería que la vieran conmigo, los sitios predilectos fueron los alrededores de París, los pueblecitos rientes y llenos de verdura, las salas de los museos, las iglesias más distantes del centro.
Cluny no me gusta; hay allí tanto vejestorio, y aquello huele a sacristía; lo que me encanta es el Luxemburgo, que tiene cuadros nuevos, y esos jardines tan lindos, cerca. ¿Y esto es lo que ponderan?, me preguntaba, viendo los arcos de piedra renegrida y las misteriosas esculturas de las torres de Nuestra Señora.
¡Cuánto más linda San Francisco, que es nueva y tiene tantos dorados! Yo comencé una vez a leer una novela que se llama como esta iglesia, y no seguí porque no entendía nada. ¿Tú has oído hablar de ella?... Creo que es de Dumas.
Resucitó con mi amor. Dio en no querer que saliéramos y se pasaba los días envuelta en la rosada bata de seda floja, viendo dibujos a la sanguínea, aguafuertes, grabados en acero y acuarelas de los que guardan mis cartones; examinando los camafeos uno por uno. Mira esta pintura, me decía, mostrándomela y paseando por las salas desiertas sus miradas curiosas y la languidez dejativa y rítmica de su cuerpo delicioso, que ondula como las palmas de nuestra tierra, al soplo del viento del mar. ¿Hacerla comer algo que la alimentara?... No; golosinas y frutas, pastelillos rellenos de confituras, confites, caramelos y almendras de la casa Boissier y albérchigos y uvas moscateles, que destrozaba con sus dientes de azulosa blancura.
Te vas a morir de anemia, Consuelo, le dije una mañana, en que, sentados ambos en el comedor, no quería probar un ala de pollo que le ofrecía, suplicándole.
Pero si tú sabes que nunca como carne. Dame café negro; eso sí, y una copita de marrasquino, continuó tendiéndome la taza de Sevres y la frágil copa en forma de lirio. Dime: ¿a que tú no has pensado en esto?, ¿qué tienen aquí que sea tan bueno como lo que tenemos nosotros allá? Mira el café, el chocolate, las piñas, la vainilla, las esmeraldas, el oro, todo eso, que es lo mejor, viene de nuestra tierra. ¿Te acuerdas de las piñas del Guaimis?... Se las manda coger uno a los negros, y se las traen por montones... ¡Aquí sólo las comen los millonarios, los príncipes!... ¿De qué te ríes?, me preguntó, seria, al ver la sonrisa que no pude contener al oírla...
De pensar que a las mujeres que nacen allá no las consiguen ni los príncipes, le dije, aludiendo a la carcajada que le soltó al de Pontavento la noche del baile en que quiso besarle una mano.
No, ésas son para los que las conocen desde que nacieron y las consienten como tú a mí. Estas de aquí serán más lindas y más elegantes, dijo; pero no saben querer. Aquí nadie quiere a nadie. ¿Sabes tú lo que a mí me parecen las parisienses? Muñecas vivas... añadió, soltando una carcajada. ¿Tú crees que alguna de ésas es capaz de querer como queremos nosotras?...
Así se han ido tres meses casi, en diálogos de esos, en siestas dormidas en las dos hamacas, que hice colocar entre las palmas del invernáculo, en paseos de que volvíamos con los ojos llenos del color y el olor del campo, donde pasábamos las mañanas en rasguear una bandola que tenía yo en mi escritorio como adorno y hacer sonar en el aire de París las dejativas canciones de la tierra donde nacimos... Le he ofrecido ir a San Sebastián y a Biarritz, para donde se la llevó Paco a ver toros.
Oye: allá oiremos siquiera hablar español y no me llamarán Madame. Vamos a estar felices; vendrás, ¿cierto?
¡Me la has curado, Pepillo! Mírala cómo está de rosada y de gorda... Han sido los paseos contigo. No sé cómo agradecértelo. Si vieras el bueno humor que tiene ahora. Antes vivía suspirando. Ven a San Sebastián y allá completarás la obra. ¿Te esperamos precisamente? Instale tú, Consuelo, le decía el marido esta mañana, al dejarlos en la estación, donde cruzamos la última mirada, y le estreché la mano, que no volveré a sentir en las mías por mucho tiempo, porque, cansado de besos, de mimos, de enervamientos y de lascivias, me iré dentro de tres semanas a Nueva York a ver si los negocios a la americana y el hard work me curan del mal de vivir y del asco de la vida, que estoy sintiendo.
18 de septiembre
¡Y no me he ido! Si vuelve, le cerraré brutalmente la puerta y haré que alguien le sugiera al marido que no la deje salir sola, porque corre peligro de que se rían de él, si siguen viéndola conmigo. Desde su ida me he consagrado a revisar mi plan concebido en Suiza en el verano pasado, en los días en que viví en el picacho abrupto donde no llegaba ni el ruido de la canallería humana. Tranquilos los sentidos por los excesos de los meses pasados, he vuelto a vivir la vida verdadera y a sentir que me renacen las alas que me habían cortado las tres Dálilas, la lectora de Nietzsche, la sensual romana y mi sentimental y perezosa amiga, que no ha leído, a Dios gracias, ningún libro que le haya quitado del alma el perfume de sencillez que la hace adorable.
¡Es una almita cerrada, inconsciente y fresca, que guarda todo su olor a montaña y a nido y a rosas como las parásitas del Guaimis, como las orquídeas rosa
das que le di la tarde en que la besé por primera vez!
1º de octubre
Camilo Monteverde, mi primo hermano, que está en París ahora, y yo no hablamos nunca de arte. En literatura se quedó en el naturalismo de Zola, que es para él la fórmula suprema. Sabe que lo considero de cuarto orden como escultor, a pesar de la fama de que disfruta en mi tierra, y no entiende mis versos, según confesión propia. Eso es música del porvenir, puro Wagner..., me dice cuando lee algo mío. Para mí el primer poeta contemporáneo de España es Campoamor... ése es claro y lo entiendo...
No hablamos de arte nunca. Hablamos de nosotros mismos, o mejor dicho, me habla él de él y de mí, dada la especie de pudor que me impide dejarle ver ciertos modos de sentir míos, de que se reiría. En cambio, exagera él un poco su cinismo; cuando me hace confidencias, toma la pose canaille, que diría un pintor, y me exhibe un personaje muy diferente del que conoce el público y muy parecido al que describe Luis Montes, que lo desprecia y lo odia con todas sus fuerzas y no le reconoce ni aun sus más positivos méritos.
¿Tú siempre cazando el pájaro azul?, me decía antier en el cuarto de fumar. Voy mil dólares de apuesta a que estás enamorado platónicamente y a que todo lo que he visto en tu casa lo has comprado y lo has pagado.
No conozco otro modo de hacerse uno a lo que desea, le dije. ¿Tú has encontrado otro?
Ya lo creo; se lo hace uno regalar o se lo lleva. Aquí en París debe ser difícil el procedimiento mío; pero en mi tierra me ha surtido resultado completo. Todos los tapices, los muebles antiguos, las armas y los cuadros que tengo han salido de los conventos y de las iglesias. ¿Cómo?, me dirás tú. Pues haciendo tales bajezas para tenerlos; diciendo tales cosas respecto de ellos, que el dueño o la dueña, viejo que lo conoció a uno de muchacho, o muchacho que lo admira y quiere tenerlo contento, a las pocas vueltas manda la pintura, el broncecito, el objeto histórico, diciéndose: «Esto aquí no luce mayor cosa y en cambio Monteverde contará que es regalo mío...». ¿Es que tú no eres práctico?..., continuó después de un silencio y como pensando en alta voz. Tú te entusiasmas con las cosas, te enamoras de las mujeres, haces locuras por ellas, tienes la manía de trabajar y de saber. ¿Qué ha sido hasta ahora de tu vida?... Una cacería al pájaro azul... Mira: el secreto es, con el menor esfuerzo posible, lograr el mayor resultado posible, sin moverse casi y a punta de imbecilidad de los otros y de las otras, de adulaciones de uno a los que no las esperan y de insolencia con los que las esperan. Así, comienza a lloverle a uno todo del cielo, amigos, fama, dinero y mujeres. ¡Mujeres!, siguió en su monólogo, apurando a tragos largos una copa grande de whisky que se había servido; ¡mujeres! todas incoherentes: Jorge Sand y Cora Pearl, Sarah Bernhardt y Juana de Arco; ¡todas deliciosas, todas asquerosas, y todas mujeres! ¿Tú conoces la taberna de Rousselot en Montmartre?... ¡Qué vas tú a ir allá!... ¡Tú, el soñador de aristocráticos idealismos!...
¿Y por qué me preguntas si la conozco?, le pregunté, riéndome...
Porque antenoche me encontré ahí una maravilla, una de las muchachas que venden la cerveza. Es deliciosamente estúpida y estúpidamente deliciosa. Tú no entiendes de eso. Tú vas soñando siempre en alguna Dulcinea, como el caballero de la triste figura; yo soy más práctico... Los dos somos del mismo árbol, los Andrade aquellos, ¿oyes?... con dos injertos diferentes, tú de Don Quijote... yo de Sancho; tú andas peleando con los molinos, soltando a los prisioneros, vistiéndote con el yelmo de Mambrino y buscando a Merlín, el encantador... Dime que no vives leyendo libros de caballerías...
Así llama a todos los que sean de ciencia un poco abstrusa, de novela psicológica, de poesía de alto aliento, de crítica sutil y personal.
Yo me voy ahora para Normandía a comprar unas vacas; después iré a Inglaterra a buscar unos toros Durham. ¿Tú crees en mi pasión por el arte?... La escultura me importa un comino. Vente conmigo a Inglaterra.
No puedo, le dije; tengo mucho que hacer.
¿Tú tienes mucho que hacer, viviendo en París, y a los veintisiete años, y con tus millones?... Pero entonces ya no tienes remedio...
Monteverde es un hombre práctico, indudablemente.
15 de octubre
En el aislamiento en que he vivido estas semanas, todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor, y la imagen de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vívida que nunca. Ayer, al abrir la puerta del cuarto donde están los retratos, la puerta cuya llave sólo tengo yo y que no había vuelto a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y nauseabundo me impidió entrar. Estaba oscura la tarde, y el tono sombrío del cuero de Córdoba que cubre las paredes, acrecentaba la oscuridad de la estancia. Sólo distinguí en ella la blancura de la túnica y del manto, destacándose sobre el fondo sombrío.
Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que entró con las bujías de un candelabro, encendidas para alumbrarme el camino. El nauseabundo olor era el de las últimas flores pedidas a Cannes, que al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos. Olía aquello a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de ramillos negros, de cálices duros los unos y acartonados como momias, podridos los otros por la humedad yacían en los floreros de Murano y en las jardineras sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa; las rosas desprendidas del tallo y negras casi, sugerían la idea de un cementerio de flores.
El criado abrió el balcón para renovar el aire pesado. Por él entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo y la llovizna fría, que sacudió las cortinas, melancólicamente. Un rayo de sol brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas blancas y tirité al sentir el soplo helado del aire del otoño.
Sobre los veladores de malaquita el polvo opacaba el verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes alitas y las rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado el marroquí blanco y los dorados de los libros que compré en Londres en el invierno pasado; y a la doble luz de las bujías del candelabro y del crepúsculo, que filtraba por el balcón su tristeza fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las alfombras de Oriente que cubren el piso.
Mi alma en ese momento estaba más sombría que el cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros manchados han ido a dar a mi biblioteca, y el pesado cofre de hierro de las joyas, a mi escritorio. La copia del cuadro de Rivington y el retrato pintado por Whistler están en mi alcoba. Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de plata y de la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y pienso a veces que si sobre la oscura tapicería que cubre las paredes hubieran estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de Rivas, ni la Musellaro, ni Olga, habrían entrado ni a mi vida, ni a mi alcoba.
25 de octubre
Han sido diez días de actividad loca, sin resultado alguno. Desde hace cinco hay un empleado mío en cada una de las capitales de Europa, sin más oficio que recorrer los hoteles y telegrafiarme. Por conducto de Marinoni y so pretexto de un negocio de grande importancia he logrado que la agencia Charnoz les transmita a sus corresponsales del mundo entero el nombre de Scilly, para que averigüen por él, y yo me paso las horas en mi escritorio esperando, minuto por minuto, la llegada de los partes telegráficos o de los telegramas. Empresa inútil; empresa inútil, y sin embargo, tengo la seguridad de encontrarla y de que algún día, al contarle mi impaciencia de estas horas, sus pupilas azules tengan un brillo más dulce al mirarme y se sonrían sus labios apenas rosados, animando con esa sonrisa la sobrenatural palidez exangüe de las mejillas enmarcadas por la rizosa e indómita cabellera castaña, que tiene visos de oro donde la luz la toca!
¡Helena! ¡Helena! Hoy no es el grotesco temor al desequilibrio, como lo era al escribir los ridículos análisis de Londres, lo que me hace invocarte para pedirte que me salves. Es un amor sobrenatural que sube hacia ti como una llama donde se han fundido todas las impurezas de mi vida. Todas las fuerzas de mi espíritu, todas las potencias de mi alma se vuelven hacia ti como la aguja magnética hacia el invisible imán que la rige... ¿En dónde estás?... Surge, aparécete. Eres la última creencia y la última esperanza. Si te encuentro será mi vida algo como una ascensión gloriosa hacia la luz infinita; si mi afán es inútil y vanos mis esfuerzos, cuando suene la hora suprema en que se cierran los ojos para siempre, mi ser, misterioso compuesto de fuego y de lodo, de éxtasis y de rugidos, irá a deshacerse en las oscuridades insondables de la tumba.
16 de enero
Estuve diez días sin saber de mí. Lo primero que vi al abrir los ojos, a la sombra de las cortinas de terciopelo de la cama y en la media luz artificial de la alcoba, fue la gran cabeza de Charvet inclinada sobre la mía. Me hundía en los entreabiertos ojos la mirada aguda y penetrante de los suyos, y los tenía tan cerca de los míos, que le veía una a una las pestañas grisosas.
¿Me conoce usted, Fernández?
Sí, maestro, articulé con dificultad y con voz apagada.
¡Está salvado!, oí que decía, y al volver a cerrar los ojos para hundirme en el pesado letargo, alcancé a ver dos cabezas de mujer que cuchicheaban en la sombra.
Después, nada, ni pensamiento alguno, ni imagen alguna que cruzara la inconsciencia en que estaba sumido. De cuando en cuando unas manos que me levantaban la cabeza, la luz de una bujía, el brillo de una cuchara de plata y el sabor de una droga que me quemaba la garganta; a veces un dolor que me cruzaba la cabeza de sien a sien, y por instantes la sensación de caer, como una piedra entre lo negro de una noche sin astros.
Cuando comenzó a dolerme todo el cuerpo, como magullado y herido, y las sensaciones externas fueron acentuándose, me quejaba como un niño y me debatía como un energúmeno para no tomar las cucharadas.
Eso es ya la mejoría; va volviendo, decía la voz acariciadora de Charvet; ya hay voluntad. ¡Si es una naturaleza de hierro!
Amigo mío, me dijo el primer día en que después de larguísimo sueño y de sentirme vivo al despertar, hice un esfuerzo para moverme, tiene usted enfermedades capaces de desconcertar al que más seguro esté de su ciencia. Ha estado usted entre la vida y la muerte; hubo un instante en que el corazón estuvo tan débil, que con el oído puesto sobre él esperé las últimas palpitaciones, y en que la temperatura bajó grado y medio
de lo normal. Ahora su corazón funciona bien y la temperatura acusa ligera fiebre. Ha sido el mismo accidente de hace un año, pero mucho más grave. Está usted hoy, com
o entonces, como si hubiera tenido una hemorragia copiosa. ¡Tenemos que hacer sangre, amigo mío!...
Y he hecho sangre, como dice él, en la convalecencia, que le ha parecido rápida y que me ha parecido interminable, porque no veía la hora de ponerme en movimiento; mi juventud y el vigor de mi organización, ayudados por sus sabias indicaciones, triunfaron de la horrible debilidad en que me dejó el vértigo.
Ahora acabo de pasearme por el hotel, que está vacío, completamente vacío, con las paredes y los pisos desnudos. Mis pasos repercuten en los salones desiertos y como agrandados por falta de muebles. Tiene todo él, alumbrado por el frío sol de invierno, la tristeza de los sitios donde vivimos, dejando algo de nosotros mismos, y que no volveremos a ver nunca. Mañana vendrá a habitar entre sus cuatro paredes otro, quizá menos desgraciado que el que lo abandona.