Chapter 13
Sólo una ventaja retiré de las entrevistas con el General des Zardes, con Mortha y con el obsequioso judío, que mi amor por Helena, de quien conozco ya la familia, la historia del padre y la inversión de la fortuna de éste, se haya dulcificado, sin disminuirse, pero humanizándose, por decirlo así. Sólo el amor comprende, Idolatrada, de quien por intuitiva adivinación sé hasta los más recónditos secretos de bondad y de nobleza; ¡sólo el amor comprende! Para el General des Zardes no existes, sólo vive en su imaginación la imagen de tu padre, tal como lo vio en los días de la funesta campaña; para el profesor Mortha eres un mozo ocupado en estudios de historia religiosa, el judío sólo sabe de ti el oro que recibirás al cumplir los veinte años! ¡Sólo el amor comprende! Charvet, a quien la práctica de su profesión no le ha endurecido el alma, como a tantos de sus queridos colegas, sabe la agonía del ser que te dio la vida, recuerda el horrible dolor de tu padre cuando el trágico suceso, y entrevió en tus ojos de niña el fulgor que tienen hoy, el fulgor terrible de santidad y de dulzura que alumbró mi alma en la noche de Ginebra. Sólo yo, que quiero buscar en ti la luz que me alumbre y el áncora que me salve, sé de ti todo cuanto saben ellos juntos y te adivino tal como eres... ¡Sólo el amor comprende!
Hoy hay dos lugares en la Tierra donde no se posan pies humanos. Envuelve sagrado silencio la atmósfera que en ellos se respira; son la estancia donde murió la santa de los cabellos de plata cuyo perfil sonríe a seis pasos de este sitio, en el cuadro de Whistler, y el cuarto, tomado en alquiler por diez años al hotelero suizo y cuya llave está en la caja de hierro cerca del camafeo; el cuarto por cuyo balcón me arrojó ella el ramo de rosas en la noche inolvidable.
13 de abril
Decía ayer que mi amor se dulcificaba, humanizándose... ¡Ah, sí!... ¡Sólo mi espíritu la reclamaba hace unos días, y ahora todo mi ser la reclama!... Antes de encontrarla no sabía lo que era el amor y había besado sólo con la imaginación, mis ideales de poeta, con mis labios de carne las bocas lascivas y entreabiertas de mis fáciles idolatradas. Ahora mi espíritu y mis labios sueñan con ella, y si en ella pienso vibra todo mi ser, como las cuerdas de un instrumento sonoro bajo el arco inspirado del artista que les comunica su alma.
Puesto que revestida de misterio y de más allá, entraste en mi vida, virgen inmaculada y dulcísima, nuestro amor será un éxtasis. Ennoblecidos por ti, los detalles de la existencia diaria se transfigurarán, y cada paso andado por los caminos de la tierra será un paso hacia lo alto. Por ti abandonaré los planes destinados a hacer pasar mi nombre a los tiempos venideros. ¡Qué más gloria que vivir arrodillado a tus pies sintiendo la caricia de tus manos y bebiendo en tus labios la esencia misma de la vida!
Oye: en la tierra que me vio nacer hay un río caudaloso que se precipita en raudo salto desde las alturas de la altiplanicie fría hasta el fondo del cálido valle donde el sol calienta los follajes y dora los frutos de una flora para ti desconocida. Las cataratas del Niágara, profanadas por los ferrocarriles y por la canallería humana que va a divertirse en los hoteles que las rodean, son un lugar grotesco cerca de la majestad de templo del agreste sitio, donde cae en sábana de espumas, atronando los ecos de las montañas seculares, el raudal poderoso. Cortada a pico sobre el abismo, donde la niebla se irisa y resplandecen las aguas a la salida del Sol, álzase ingente y rígida roca de basalto. Aquella roca es el lindero de una de mis posesiones.
Sobre ella construiré para ti un palacio que revista por fuera el aspecto de renegrido castillo feudal, con sus fosos, sus puentes levadizos y sus elevados torreones envueltos en verdeoscura yedra y grisosos musgos y que en el interior guarde los tesoros de arte que poseo y que animarás tú con tu presencia. Viviremos, cuando la vida de Europa te canse y quieras pedir impresiones nuevas a los grandiosos horizontes de las llanuras y a las cordilleras de mi patria, en aquel nido de águilas que por dentro será un nido de palomas blancas, lleno de susurros y de caricias. Habrá mañanas de sol en que nos verán pasar cabalgando en una pareja de caballos árabes, por los caminos que se extienden en la sabana,
y los rudos campesinos se arrodillarán al verte, creyendo que eres un ángel, cuando claves en sus cuerpos deformados por las rústicas faenas, la resplandeciente mirada de tus pupilas azules; habrá noches en que en el aire perfumado del cuarto, donde humea el té rubio en las tazas de China y alumbra el suntuoso mobiliario la luz de las lámparas, atenuada por pantallas de encaje, vibren las frases sublimes de una sonata de Beethoven, arrancada por tus pálidas manos al teclado sonoro y en que, desfalleciente de emoción contenida, te levantes del piano para contemplar desde el balcón de piedra la catarata iluminada por la Luna. ¡Apoyarás entonces la cabeza en mi hombro, me envolverán los rizos castaños de la destrenzada cabellera, volverás hacia los míos tus radiosos ojos azules, y la palidez sobrenatural de tu semblante, la mortal palidez exangüe de tus mejillas y de tu frente se sonrosará bajo los besos de mis labios!.
¡Helena! ¡Helena! Me corre fuego por las venas y mi alma se olvida de la tierra cuando pienso en esas horas que llegarán si logro encontrarte y unir tu vida con la mía!...
14 de abril
Ayer saltó otro edificio destrozado por una bomba explosiva, y la concurrencia mundana aplaudió en un teatro del bulevar hasta lastimarse las manos, La Casa de Muñecas, de Ibsen, una comedia al modo nuevo, en que la heroína, Nora, una mujercilla común y corriente, con una alma de eso que se usa, abandona marido, hijos y relaciones para ir a cumplir los deberes que tiene consigo misma, con un yo que no conoce y que se siente nacer en una noche como hongo que brota y crece en breve espacio de tiempo. Así a estallidos de melinita en las bases de los palacios y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marcha la humanidad hacia el reino ideal de la justicia, que creyó Renán entrever en el fin de los tiempos. Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo; cae el primer magistrado de Francia herido por el puñal de Cesáreo Santo, y escribe Suderman La dama vestida de gris, donde la abnegación y el amor a la familia toman tintes de sentimientos grotescos, sin que el final de cuento de hadas, agregado por el novelista a su obra, como un farmaceuta hábil, echaría jarabe para dulcificar una pócima que contuviera estricnina, alcance a disimular el acre sabor de la letánica droga.
Tórnase el arte en medio de propaganda antisocial, síntoma curioso que coincide con la tendencia negadora de la ciencia falsa, la única al alcance de las multitudes.
¡Mientras más pura es la forma del ánfora más venenoso puede juzgarse el contenido; mientras más dulce el verso y la música, más aterradora la idea que entrañan!
Moriste a tiempo, Hugo, padre de la lírica moderna; si hubieras vivido quince años más, habrías oído las carcajadas con que se acompaña la lectura de tus poemas animados de un enorme soplo de fraternidad optimista; moriste a tiempo; hoy la poesía es un entretenimiento de mandarines enervados, una adivinanza cuya solución es la palabra nirvana. El frío viento del Norte, que trajo a tu tierra la piedad por el sufrimiento humano que desborda en las novelas de Dostoievski y de Tolstoi, acarrea hoy la voz terrible de Nietzsche.
Oye, obrero que pasas tu vida doblado en dos, cuyos músculos se empobrecen con el rudo trabajo y la alimentación deficiente, pero cuyas encallecidas manos hacen todavía la señal de la cruz, obrero que doblas la rodilla para pedirle al cielo por los dueños de la fábrica donde te envenenas con los vapores de las mezclas explosivas, oye, obrero, ¿nada evocan en tu rudimentario cerebro las rudas sílabas de ese nombre germano, Nietzsche, cuando vibran en tus oídos?... Los ecos del Norte las repercuten, suenan ya en todo Europa y sus discípulos predican el evangelio de mañana. No lo creas parecido al evangelio que cuenta la historia del pálido Nazareno diciendo las consoladoras bienaventuranzas junto a las ondas azules del dormido lago de Tiberiades y expirando en lo alto de la cruz, con el cuerpo amoratado por los golpes y la pálida frente destrozada por la corona de espinas; es un evangelio que cuenta la historia de Zaratustra, en una cueva, meditando, entre el águila y la serpiente, en el reavalúo de todos los valores. ¿Nada le sugiere tampoco esa frase a tu obtuso entendimiento?... Es que la humanidad había estado recibiendo como verdaderas, nociones falsas sobre su origen y su destino, y el profundo filósofo encontró una piedra de toque en qué ensayar las ideas como se ensayan las monedas para saber el oro que contienen. Eso es lo que se llama reavaluar todos los valores. Lo que tú llamas conciencia, eso que te atormenta cuando crees haber cometido una falta, no es más que el instinto de la crueldad que puedes ejercer contra los otros, y que al no ejercerlo, porque la sociedad te lo impide encerrándote en la noción del deber, como a un león en una jaula de fierro, te atormenta como atormentarían sus inútiles garras al flavo animal si las hundiera en su propia carne al no poder destrozar los barrotes rígidos ni la presa deliciosa. Esos mismos deberes en que crees, no son más que la invención con que una raza potente y noble de hombres alegres que reían entre los incendios, los estupros, los asesinatos y los robos, sujetó a las razas de débiles vencidos, de que hizo sus esclavos. Los buenos entre los vencedores eran los más crueles, los más brutales, los más duros, y los esclavos inventaron como virtudes las cualidades opuestas a las que veían en sus amos: la continencia, el sacrificio de sí mismo, la piedad por el sufrimiento ajeno. En la revuelta de los esclavos, que tuvo lugar hace siglos, fue necesaria una víctima para que tuvieran una bandera que levantar, un hombre que juntara en sí todas aquellas falsas virtudes y muriera por afirmarlas, e Israel crucificó al Cristo, a ese que tú creías Dios, y triunfó la moral de los débiles, la que te enseñó tu padre, ésa sobre la cual está fundada la sociedad de hoy.
¿Tú no sabías nada de eso, obrero que con las manos encallecidas por el trabajo haces todavía la señal de la cruz y te arrodillas para pedir por los dueños de la fábrica donde te envenenan los vapores de las mezclas explosivas? Pues sábelo, y regenerado por la enseñanza de Zaratustra, profesa la moral de los amos; vive más allá del bien y del mal. Si la conciencia son las garras con que te lastimas y con que puedes destrozar lo que se te presente y coger tu parte de botín en la victoria, no te las hundas en la carne, vuélvelas hacia afuera; sé el sobrehombre; el Ubermensch libre de todo prejuicio, y con las encallecidas manos con que haces todavía, estúpido, la señal de la cruz, recoge un poco de las mezclas explosivas que te envenenan al respirar sus vapores, y haz que salte en pedazos, al estallido del fulminante picrato, la fastuosa vivienda del rico que te explota. Muertos los amos serán los esclavos los dueños y profesarán la moral verdadera en que son virtudes la lujuria, el asesinato y la violencia. ¿Entiendes, obrero?...
Así, a estallidos de melinita en las bases de las ciudades y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marche la humanidad hacia el reino ideal de la justicia que entrevió Renán en el fin de los tiempos. Nietzsche, Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo.
Allá en las más excelsas alturas de lo intelectual, noble grupo de desinteresados filósofos, indaga, investiga, sondea el inefable misterio de la vida y de las leyes que la rigen, y transforma sus pacientes estudios en libros que carecen de categóricas afirmaciones, que apenas anotan lo bien sabido, lo que cae bajo el dominio de la observación; en libros que muestran en el límite de la humana ciencia «las olas negras del océano del misterio para embarcarnos en el cual no tenemos ni barca ni brújula», al decir de la grandiosa frase de Littré. Coincide la impresión religiosa que esos grandes espíritus experimentan al considerar el problema eterno y expresan en sus obras, con el renacimiento idealista del arte, causado por la inevitable reacción contra el naturalismo estrecho y brutal que privó hace unos años. En vez de las prostitutas y de las cocineras, de los ganapanes y de los empleadillos que ganan cien pesetas al mes, deléitanse los novelistas en pintarnos grandes damas que se mueven en suavísimos ambientes, magas que realizan los prodigios de los antiguos teúrgos y sabios que poseen los secretos supremos. Tórnase la música de sensual modulación que acariciaba los oídos y sugería voluptuosas tentaciones, en misteriosa voz que habla al cerebro; pasan místicas sombras por entre el crepúsculo que envuelve las estrofas de los poetas y toman forma en los lienzos, las visiones del más allá. Los exploradores que vuelven de la Canaan ideal del arte, trayendo en las manos frutas que tienen sabores desconocidos y deslumbrados por los horizontes que entrevieron, se llaman Wagner, Verlaine, Puvis de Chavannes, Gustave Moreau.
En manos de los maestros la novela y la crítica son medios de presentar al público los aterradores problemas de la responsabilidad humana y de discriminar psicológicas complicaciones; ya el lector no pide al libro que lo divierta sino que lo haga pensar y ver el misterio oculto en cada partícula del Gran Todo.
¿Dudas todavía del renacimiento idealista y del neomisticismo, espíritu que inquieres el futuro y ves desplomarse las viejas religiones?... Mira: del oscuro fondo del Oriente, patria de los dioses, vuelven el budismo y la magia a reconquistar el mundo occidental. París, la metrópoli, les abre sus puertas como las abrió Roma a los cultos de Mitra y de Isis; hay cincuenta centros teosóficos, centenares de sociedades que investigan los misteriosos fenómenos psíquicos; abandona Tolstoi el arte para hacer propaganda práctica de caridad y de altruismo, ¡la humanidad está salvada, la nueva fe enciende sus antorchas para alumbrarle el camino tenebroso!
¡Ah, sí! ¿Pero tú no sabes, crítico optimista, que cantaleteas el místico renacimiento, y al ver esos síntomas cantas hosanna en las alturas y paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad, qué es lo que le llega al pueblo, a la masa, al rebaño humano, de todos esos fulgores que te deslumbran, del inarmónico coro que forman esas voces al rezar el «Padre nuestro que estás en los cielos», que es la oración a la moda, entre los intelectuales de hoy?... Pues voy a decírtelo: lo que el pueblo comienza a saber es lo que le enseñan los vulgarizadores de la falsa ciencia, la única vulgarizable, los Julio Verne de la psicología y de la doctrina evolucionista, es que el hombre tuvo por antepasado al mono y que el deber es sólo el límite de la fuerza de que disponemos. Hay voces que le gritan a las multitudes: «Mira: ese viejecito pálido, vestido de blanco, que se pasea prisionero por el Vaticano, es un farsante; ese muñeco que está allá arriba en la cúspide del edificio social, un imbécil». Y mientras los neomísticos inventan sus religiones para poetas, para venteros millonarios o para sabios purificados por el estudio, el populacho alza los ojos y mira. Así los alzaba hace ciento veinte años, para ver, entre la atmósfera de la corte, perfumada de mariscala, los tacones rojos de las favoritas, las empolvadas pelucas, las chorreras de encajes, las casacas de colorines de los cortesanos que rodeaban al sifilítico monarca. Voltaire no había reído aún; Rousseau no había llorado todavía. Oyó la fiera de repente la blasfemia y el sollozo, se sacudió del letargo en que dormía, clavó las garras en la presa dorada y el charco de sangre del Terror mostró el poder de sus garras y los destrozos de su ira sangrienta.
En los últimos años, al alzar las miradas hacia lo alto lo que el león ha visto es la cara imbécil de papá Grévy, y tras de ella el perfil judío de Daniel Wilson, que, como un ratero, se guardaba el oro, producto de la venta de gloriosas condecoraciones; lo que ha visto es al brave général, caracoleando en el negro caballo; lo que ha visto es el asunto de Panamá, aquella lluvia de lodo que salpicó las canas de Lesseps y las frentes de tantos de sus senadores ilustres.
¿Crees tú, crítico optimista que cantaleteas el místico renacimiento y cantas hosanna en las alturas, que la ciencia notadora de los Taine y de los Wundt, la impresión religiosa que se desprende de la música de Wagner, de los cuadros de Puvis de Chavannes, de las poesías de Verlaine y la moral que le ense ñan en sus prefacios Paul Bourget y Eduardo Rod, sean ca denas suficientes para sujetar a la fiera cuando oiga el Evan gelio de Nietzsche?... El puñal de Cesáreo Santo y el reven tar de las bombas de nitroglicerina pueden sugerirte la res puesta.
15 de abril
Una oleada poderosa de sensualismo me corre por todo el cuerpo, enciende mi sangre, entona mis músculos, da en mi cerebro relieve y color a las más desteñidas imágenes y hace vibrar interminablemente mis nervios al contacto de las más leves impresiones gratas. No es fuera de él, es en el fondo de mi espíritu donde está subiendo la savia, donde están cantando los pájaros, donde están reventando los brotes verdes, donde están corriendo las aguas, donde están aromando las flores, al recibir los besos tibios de la primavera. El amor ha hecho su nido en mi alma. ¡Músicas que flotáis en ella, líneas, colores, olores, contactos, sensaciones de fuerza desbordante, sangre que me enciendes las mejillas, sueños que aleteáis en la sombra, delectación morosa que traes ante mí el voluptuoso cuadro de los placeres pasados y me hostigas con el recuerdo de sus punzantes delicias, todos vosotros bailáis un coro báquico, una saturnal en que los besos estallan, y los cuerpos se confunden y caen entrelazados sobre el césped aromoso y blando! ¡Helena, Helena! ¡Tengo sed de todo tu ser y no quiero manchar los labios que no se posan en una boca de mujer desde que la sonrisa de los tuyos iluminó mi vida, ni las manos, impolutas de todo contacto femenino, desde que recogieron el ramo de rosas arrojado por tus manos! ¡Helena! ¡Ven, surge, aparécete, bésame y apacigua con tu presencia la fiebre sensual que me está devorando!
19 de abril
Ahí estaban en la tiendecita Bassot, situada en la calle de la Paz, deleitando los ojos con el brillo de las piedras aglomeradas ante mí sobre el vidrio del mostrador por las manos del aristocrático joyero. Del gran Balzac cuentan que, enamorado de los visos rosados de dos perlas gemelas, trabajó un año para adquirirlas; de Richelieu moribundo, que hundía las flacas manos en el cofre rebosante de pedrería y que al hacerlas brillar se le iluminaban los apagados ojos. Sírvame conmigo mismo de excusa tan ilustres ejemplos para disculpar mi pasión, superior a las de ellos por vosotros, misteriosos minerales, más sólidos que el mármol, más duros que el metal, más durables que las humanas construcciones, más radiosos que la luz que reflejáis, centuplicándola y colorándola con los matices de vuestra esencia. ¡Oh, piedras rutilantes, espléndidas e invulnerables, vívidas gemas que dormisteis por siglos enteros en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas! Los diamantes se irisan y brillan como gotas de luz; semejan pedazos del cielo del trópico en las noches consteladas los oscuros zafiros; tú, rubí, ardes como una cristalización de sangre; las esmeraldas ostentan en sus cristales luminosos los verdes diáfanos de los bosques de mi tierra; tenéis vosotros, topacios y amatistas que ornamentáis los gruesos anillos episcopales, coloraciones suaves del cielo en las madrugadas de primavera, son azulinas, sonrosadas y verde pálidas las llamas que arden entre tu leche luminosa, ópalo cambiante; crisoberilos: vosotros brilláis con áureo brillo, como los ojos fosforescentes de los gatos, y quién dirá la delicia que procuráis a quien os mira, ¡oh, perlas! ¡más discretas en vuestro brillo que las gemas radiantes, perlas que os formáis en el fondo glauco de los mares, perlas blancas de suavísimo oriente, perlas rosadas de Visapour y de Golconda, fantásticas perlas negras de Veraguas y de Chiriquí, perlas que adornáis las coronas de los reyes, que tembláis en los lóbulos de las orejas sonrosadas y pequeñuelas de las mujeres, y os posáis como un beso sobre la frescura palpitante de los senos desnudos! ¡Más artista y más crédula la humanidad de otros tiempos, os revistió con el sagrado carácter de amuletos y mezcló a la sensual delicia que esparcen vuestras luces la veneración por vuestros mágicos poderes, diamantes conjurados de las maldiciones y los venenos, zafiro que preservas de los naufragios, esmeralda que ayudas los partos difíciles, rubí que das la castidad, amatista que evitas la embriaguez, ópalo que te empalideces si la Idolatrada nos olvida! ¡Oh, piedras rutilantes, invulnerables y espléndidas, vívidas gemas que dormisteis por largos siglos en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas!
Ahí estaba en la tienda de Bassot, cuando, frente, en la puerta, se detuvo el coche de elegante y sencillo aspecto. Con movimientos ágiles y miradas de inquietud, como de venada sorprendida, bajó de él, caminó diez pasos, en que al través del vestido de opaca seda negra, ornamentada de azabaches, adiviné las curvas deliciosas del seno, de los torneados brazos y de las piernas largas y finas, como las de la Diana Cazadora de Juan Goujon, y vino a detenerse junto al mostrador donde estaban las joyas. Mi olfato aguzado percibió, fundidos en uno, el olor de pan fresco que emanaba de toda ella, un olor delicioso de salud y de vida y el del ramo de claveles rosados que llevaba en el corpiño. Husmeé el olor como un perro de cacería lanzado sobre la pista, y antes de que pronunciara la primera palabra, ya la habían desnudado mis miradas y le había besado con los ojos la nuca llena de vello de oro, los espesos y crespos cabellos oscuros de visos rojizos, recogidos bajo el gran sombrero de fieltro ornamentado de plumas negras, los grandes ojos grises, la naricita fina y la boca, roja como un pimiento, donde se le asomaba la sangre. Así, sonrosada y fresca, con su olor a levadura y a claveles, parecía una soberbia flor de carne acabada de abrir.
¿Tiene usted collares de diamantes blancos?..., preguntó al joyero, con el más puro acento yanqui y con una sonrisa infantil que le hizo brillar entre lo rosado de los labios el nácar de la dentadura.
Todo esto es demasiado valioso para mí, murmuró entre dientes al oír los precios, al tiempo que en su semblante súbita expresión de mal humor y de tristeza reemplazaba la excitación que le abrió los ojos y se le asomó a la boca al ver las costosas pedrerías.
No hay nada demasiado caro para usted. Esta joya estará en sus manos esta noche, si usted me permite presentársela, le dije, paso, en inglés, al oído casi, con voz ronca en que vibraba la tentación.
Es espléndido, dijo en el mismo idioma, que sonaba en su boca como una música, mirándome de pies a cabeza y viendo mi mano crispado sobre el estuche de seda negra. ¿Verdad?..., añadió clavando en los míos los ojos claros, y con toda la cara iluminada por una expresión de felicidad indescriptible, como jamás la he visto en ninguna fisonomía.