De mística y humanismo

Chapter 2

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De estos despeñaderos mórbicos salvó uno y á otro el humanismo, la modesta ciencia de trabajo, la voz de los siglos humanos y de la sabiduría lenta de la tierra. El misticismo italiano, la religión del corazón, se humaniza en el Dante, nutrido de sabiduría antigua, que intenta casar la antigüedad clásica con el porvenir cristiano. En España penetró tanto, como donde más el soplo del humanismo, el alma del Renacimiento, que siempre tuvo altar aquí. Desde dentro y desde fuera nos invadió el humanismo eterno y cosmopolita, y templó la mística castellana castiza, tan razonable hasta en sus audacias, tan respetuosa con los fueros de la razón. El ministro por excelencia de su consorcio fué el maestro León, maestro como Job en infortunios, alma llena de la ardiente sed de justicia del profetismo hebraico, templada en la serena templanza del ideal helénico. Platónico, horaciano y virgiliano, alma en que se fundían lo epicúreo y lo estoico en lo cristiano, enamorado de la paz, del sosiego y de la armonía en un siglo « de estruendo más que de sustancia ». Es en él profundísimo el sentimiento de la naturaleza tan raro en su casta (lo cual explica la pobreza de ésta en ciencias naturales). Consonaba con la campiña apacible y serena, la tenía en las entrañas del alma, en sus tuétanos mismos, en el meollo de su corazón. En el campo los deleites parecíanle mayores por nacer de cosas más sencillas, naturales y puras; « en los campos vive Cristo », en la soledad de ellos la fineza del sentir. Retirado á la Flecha, rincón mansísimo á orillas del Tormes, gustaba tenderse allí á la sombra, rompiendo, como los pájaros, á cantar á la vista del campo verde. En aquel quieto retiro, gozando del frescor en día sosegado y purísimo, tendido en la hierba, deleitábase con sus amigos en diálogos platónicos sobre los « Nombres de Cristo ». Este sentimiento de la naturaleza concertábase y se abrazaba en él con su humanismo platónico; era aquella á su mente reflejo de otro mundo ideal, la tierra toda « morada de grandeza, templo de claridad y de hermosura », espejo el campo del cielo, del « alma región luciente, prado de bienandanza ». Como en lago sereno se pinta la celeste techumbre temblando las estrellas á las caricias de la brisa al agua casta, así para él espejaba la campiña, « escuela de amor puro y verdadero », la paz eterna. « Porque los demuestra á todos (los elementos) amistados »entre si, y puestos en orden y abrazados, como si dijésemos, unos con otros, y concertados en armonía grandísima, y respondiéndose á veces, y comunicándose sus virtudes, y pasándose unos en otros, y ayuntándose y mezclándose todos, y con su mezcla y ayuntamiento sacando de contino á luz y produciendo los frutos que hermosean el aire y la tierra. » Como en el campo, veía en el arte un dechado del concierto ideal de las ideas madres, de los elementos espirituales. La música de Salinas que serenaba el aire vistiéndole de hermosura y luz no usadas, hacía que el alma á su divino son tornara,

« … á cobrar el tino Y memoria perdida, De su origen primera esclarecida »,

y á las notas concordes del arte envía consonante respuesta la música ideal é imperecedera, fuente de la humana, y se mezcla entre ambas á porfía armonía dulcísima en un mar de dulzura en que navega á anegarse el alma. Usado á hablar en los oídos de las estrellas, levantaba á éstas su mirada en las noches serenas anhelando « luz purísima en sosiego eterno », ciencia en paz, salud en justicia, imanes de sus deseos. La ciencia es salud, la justicia paz. ¡Ciencia! Ciencia humana anhelaba, el día en que volar de esta cárcel y en que « el mismo que junta con nuestro ser agora se juntará con nuestro entendimiento entonces », expresando así, cual mejor no se puede, cómo es el fin de aquélla traer á conciencia lo que ésta lleva velado en su seno. Con la vista en el cielo suspiraba « contemplar la verdad pura » y ciencia humana, saber cosas acerca de las cuales no sería examinado en el día del juicio, como ver las columnas de la tierra; el por qué tiembla ésta y se embravecen las hondas mares; de dónde manan las fuentes; quién rige las estrellas y las alumbra; dónde se mantiene el sol, fuente de vida y luz, y las causas de los hados. Sed de saber puro, no enderezado, como la unión carnal, á sacar á luz un tercero, sino saber que dé paz de deleite, unión para « afinarse en ser uno y el abrazarse para más abrazarse ». El Cristo del Maestro León es el Logos, la Razón, la humanidad ideal, el Concierto, « según la Divinidad la armonía y la proporción de todas las cosas, mas también según la humanidad, la música y la buena correspondencia de todas las partes del mundo». Su Cristo es Jesús, Salud, y « la salud es un bien que consiste en proporción y en armonía de cosas diferentes, y es una como música concertada que hacen entre si los humores del cuerpo ». Su Cristo es una de las tres maneras de unirse al hombre Dios, que crió las cosas todas para con ellas comunicarse por Cristo, que « en todo está, en todo resplandece y reluce », « tiene el medio y el corazón de esta universidad de las cosas », aun de las que carecen de razón y hasta de sentido, recriando y reparando con su alma humana el universo, renovando al alma con « justicia secreta », haciendo de los hombres dioses. Del mundo de las cosas, por su trabazón, subimos á la Ley; en la Ciencia se coyunta esta con nuestra mente y vivifica nuestra acción para que, naturalizados, humanicemos la naturaleza. Así el Maestro León sube de las criaturas á Dios, muestra el ayuntamiento de éste con la Humanidad en Cristo, y de Cristo, el Verbo, nos enseña desciende á deificar al género humano. El Verbo, la Razón viva, es Salud y Paz. En aquella sociedad de aventureros de guerra que se doblegaban al temor de la ley externa, aborrecía el Maestro León la guerra y mal encubría su animadversión á la ley, lex. De natural medroso, veía en Cristo la guarida de los pobrecitos amedrentados, el amparo seguro en que se acogen los afligidos y acosados del mundo ». Su Dios no es el de las batallas. Cristo, Brazo de Dios, « no es fortaleza militar ni coraje de soldado... Los hechos hazañosos de un cordero tan humilde y tan manso... no son hechos de guerra... Las armas con que hiere la tierra son vivas y ardientes palabras... Vino á dar buena nueva á los mansos, no asalto á los muros... á predicar, que no á guerrear ». En hablando de esto dice que se metía en calor y al parar mientes en que las Escrituras emplean términos militares, encogíase en sí, pareciéndole uno de los abismos profundos de los secretos de Dios. En aquella sociedad de nuestra edad del oro que corriendo tras la presa movía guerras con color religioso, consideraba el Maestro León como el pecado enorme y originario de los judíos su adoración al becerro de oro, que despeñándoles de pecado en pecado les llevó á esperar un Mesías guerrero. «Esclavos de la letra muerta, esperan batallas y triunfos y señoríos de tierra... no quieren creer la victoria secreta y espiritual » sino « las armas que fantasea su desatino... ¿Dónde están agora los que engañándose á si mismos se prometen fortaleza de armas, prometiendo declaradamente Dios fortaleza de virtud y de justicia? » ¡Qué de cosas se le ocurrieron en condenación de la guerra en el seno de aquel pueblo cuya callada idea denunciaba el indiscreto Sepúlveda al tratar De convenientia disciplinae militaris cum christiana religione! Repugnaba el estado de guerra y el de lex que de él brota. Sometíase á ésta como á dura necesidad en nuestra imperfecta condición, mas sintiendo en vivo con Platón que « no es la mejor gobernación la de leyes escritas » que « el tratar con sola ley escrita, es como tratar con un hombre cabezudo por una parte y que no admite razón, y por otra, poderoso para hacer lo que dice, que es trabajoso y fuerte caso ». ¡Con qué ahincada complacencia despliega las imperfecciones de la ley externa y le opone la de gracia! Es el grito de los caballeros contra la bárbara ley del honor, pero racionalizado. Soñaba en el reino espiritual, el de la santa anarquía de la fraternidad hecha alma del alma, en el siglo futuro, cuando « se sepultará la tiranía en los abismos y el reino de la tierra nueva será » de los de Cristo. Entonces regirá ley interna, concierto de la razón y la voluntad en que aquélla casi quiere y ésta casi enseña, ley « que nos hace amar lo que nos manda », que se nos encierra dentro del seno y se nos derrama dulcemente por las fuerzas y apetitos del alma, haciendo que la voluntad quede hecha una justísima ley. En aquel reino del siglo futuro, en que los buenos, posesores del cielo y de la tierra, sentirán, entenderán y se moverán por Dios, será el gobierno pastoril, « que no consiste en dar leyes, ni en poner mandamientos sino en apacentar y alimentar á los que gobierna »; que « no guarda una regla generalmente con todos, y en todos los tiempos; sino en cada tiempo y en cada ocasión ordena su gobierno conforme al caso particular del que rige.., que no es gobierno que se reparte y ejercita por muchos ministros ». Su Rey ideal es manso y no belicoso; llano, hecho á padecer, prudente y no absoluto. Sobro todo, ni guerrero ni absoluto. « Cumplía que en la ejecución y obra de todo aquesto... no usase Dios de su absoluto poder, ni quebrantase la suave orden y trabazón de sus leyes; sino que yéndose el mundo como se va, y sin sacarle de madre, se viniese haciendo ello mismo... ¿Usó de su absoluto poder? No, sino de suma igualdad y justicia... En la prudencia lo más fino de ella y en lo que más se señala es el dar orden cómo se venga á fines extremados y altos y dificultosos por medios comunes y llanos, sin que en ellos se turbe en lo demás el buen orden. » Su Rey ideal no es capitán general educado para la milicia, es la Razón viva y no escrita. En su reino los súbditos son « generosos y nobles todos y de un mismo linaje »; que « ser Rey propia y honradamente es no tener vasallos viles y afrentados ». ¡Cuán lejos de esto la realidad en que vivía! Los gobernantes de entonces apenas imitaban ni conocían tal imagen, y « como siempre vemos altivez y severidad, y soberbia en los príncipes, juzgamos que la humildad y llaneza es virtud de los hombres ». Cuando el buen Sancho perdonaba cuantos agravios le habían hecho y hubieran de hacer, Don Quijote, molido por los yangüeses, habría querido poder hablar un poco descansado y dar á entender á Panza el error en que estaba adoctrinándole en cómo el que gobierna ha de tener « valor para ofender y defenderse en cualquier acontecimiento », doctrina caballeresca, levantadora de imperios y « lo que ha levantado y levanta estos imperios de tierra es lo bestial que hay en los hombres. » ¡Qué soberano himno entona el Maestro León á la paz en los « Nombres de Cristo », alzando los ojos al cielo tachonado de estrellas! Es la paz reflejo del concierto del mundo y no la lucha ley de la vida. ¡Hueras utopías para aquellos á quienes lo bestial que hay en los hombres les ha enredado en la monserga del struggle for life, impidiéndoles ver la paz hasta en las entrañas del combate! ¡Cuán extrañas sonarían las doctrinas del Maestro León á oídos atontados por el estruendo de tambores y mosquetes! Penetró en lo más hondo de la paz cósmica, en la solidaridad universal, en el concierto universal, en la Razón hecha Humanidad, Amor y Salud. No entabló un solitario diálogo entre su alma y Dios. Vió lo más grande del Amor en que se comunica á muchos sin disminuir, que « da lugar á que le amen muchos, como si le amara uno solo, sin que los muchos se estorben ». Espíritu sano y equilibrado, atento á vivir conforme á la razón, porque « el ánimo bien concertado dentro de sí, consuena con Dios y dice bien con los demás hombres », identificó la salud y la paz, y la justicia y la ciencia. Encarnó la filosofía del cordero en una sociedad de lobos en que sufrió bajo « la forma de juicio y el hecho de cruel tiranía, el color de religión, adonde era todo impiedad y blasfemia ». Clasicista y hebraizante, unió al espíritu del humanismo griego el del profetismo hebraico, sintió en el siglo XVI lo que un pensador moderno llama la fe del siglo XX, el consorcio de la pietas de Lucrecio, el « poder contemplar el mundo con alma serena », con el anhelo del profeta, « que la rectitud brote corno agua y la justicia como un río inagotable ». Oprimido por el ambiente, vivió el Maestro León solitario y perseguido, sin que su obra diera todo el fruto de que está preñada. A la presión externa se le añadió la interior, su cobardía misma; le faltó algo del coraje que vituperaba. Con el perfume, aspiró el veneno horaciano. Guiado por el humano sentido de la paz y la salud, expresó, cual condensación de su doctrina, lo más hondo de la verdad platónica en palabras eternas: « Consiste la perfección de las cosas en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto, para que por esta manera, estando todos en mí y yo en todos los otros, y teniendo yo su ser de todos ellos y todos y cada uno dellos el ser mío, se abrace y eslabone toda aquesta máquina del universo, y se reduzca á unidad la muchedumbre de sus diferencias, y quedando no mezcladas se mezclen, y permaneciendo muchas no lo sean: y para que extendiéndose y como desplegándose delante los ojos la variedad y diversidad, venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo. » Palabras que encierran la doctrina de todo renacimiento.

IV

La mística buscó la mayor plenitud personal por la muerte de las diferencias individuantes, pero por camino individual. El franciscanismo, la gran marea religiosa del siglo XIII, fué la mística popular, una internacional religiosa y laica, especie de estado de conciencia europeo, que borró fronteras (1). Un pueblo perfecto ha de ser todos en él y él en todos, por inclusión y paz, por comunión de libre cambio. Sólo así se llega á ser un mundo perfecto, plenitud que no se alcanza poniendo portillos al ambiente, sino abandonándose á él, abriéndose lleno de fe al progreso, que es la gracia humana, dejando que su corriente deposite en nuestro regazo su sustancioso limo sin falsearlo con falaces tamizaciones, entregándonos á ella sin quererla dirigir. El ciénago mismo se trocará en mantillo. ¡Cosa terrible la razón raciocinante de todas las castas, definidora de buenas y malas ideas, que en nombre de una pobre conciencia histórica nacional pretende trazar el arancel de la importación científica y literaria y construir cultura con industria de protección nacional! No dentro, fuera nos hemos de encontrar. Cerrando los ojos y acantonándose en sí se llega al impenetrable individuo atómo, uno por exclusión, mientras se enriquece la persona cuando se abre á todos y á todo. De fuera se nos fomenta la integración que da vida, la diferenciación sola empobrece. El cuidado por conservar la casta en lo que tiene de individuante es el principio de perder la personalidad castiza, y huir de la vida plena de que alienta la Humanidad, toda en todos y toda en cada uno. Todos los días se repite maquinalmente el tópico de « ama á tu prójimo como á ti mismo », y á diario se dice que un pueblo es una persona, pero el « ama á otro pueblo como al tuyo mismo » parece despropósito ridículo. La ley del egoísmo y de la carne, hipócritamente celada en el individuo, se formula en la comunidad colectiva para que nos sirva de apoyo. Adversus hostem aeterna auctoritas, sólo es prójimo el de la misma tribu. Todo lo demás son utopías, cosas de ninguna parte, fuera de espacio, única realidad de los que creen en lo macizo y de bulto y que la patria es el terruño. Nos aturden los oídos con eso del reinado social de Jesucristo, y apenas lo entienden sus pregoneros. No se sueña apenas en el reinado del Espíritu Santo, en que el cristianismo, convertido en sustancia del alma de la Humanidad, sea espontáneo. Por no serlo hoy tiene órganos concientes y se razona sobre él tan en demasía. Parece locura que llegue á ser moral pública cuando no se ha hecho jugo del individuo. Se han dado apologistas de la guerra que, sin saber de qué espíritu eran, se llamaban cristianos, como el monstruoso De Maistre. Son legión los que sólo conocen al Cristo-Júpiter de Miguel Angel, y legión de legiones los que no dejan caer de los labios lo del derecho de legítima defensa, sérvate ordine, etc.

V

Cuando España se recogió en sí entrando en el periodo llamado de decadencia, el de crisálida, la expansión de nuestro pueblo habla creado una vigorosa vida periférica, exterior é interior, y fomentado la vida de relación (2). Por el desarrollo de las funciones de relación progresan los vivientes, acrecentando y enriqueciendo su vida. De la periferia primitiva embrionaria, de los repliegues del exodermo brotan los órganos de la inteligencia, del interior el tubo digestivo, cuyo no enfrenado desarrollo convierte al viviente en parásito estúpido. Cosquilleos de fuera despiertan lo que duerme en el seno de nuestra conciencia. El que se mete en su concha, ni se conoce ni se posee. La misma diferenciación interior, no la externa, es efecto del ambiente, el mismo regionalismo, ministro de enriquecimiento íntimo, cobra fuerzas del aire extranjero, es el activarse la circulación y vitalidad de los miembros al ensancharse el pecho para recibir el aire ambiente. Las literaturas regionales suelen despertar con vientos cosmopolitas (3). El desarrollo del amor al campanario sólo es fecundo y sano cuando va de par con el desarrollo del amor á la patria universal humana; de la fusión de estos dos amores, sensitivo sobre todo el uno y el otro sobre todo intelectual, brota el verdadero amor patrio. Hay que mantenerse en equilibrio con el ambiente asimilándose lo de fuera; la mutualidad brota de suyo, porque necesariamente es recíproca toda adaptación. No hay idea más satánica que la de la auto-redención; los hombres y los pueblos se redimen unos por otros. Las civilizaciones son hijas de generación sexuada, no de brotes. ¡Pobre temor el de que perdiéramos nuestro carácter al abandonarnos á la corriente! Lleva el núcleo castizo de nuestra cultura un fuerte sentimiento de individualidad, un sentido sancho-pancino de las realidades concretas y de la distinción entre lo sensible y lo inteligible, de los hechos intuidos, no inducidos, y un quijotesco anhelo á ciencia final y absoluta, que si no acaba grandes cosas, muere por acometellas. Nuestro quijotismo, impaciente por lo final y absoluto, sería fecundísimo en la corriente del relativismo; nuestro sancho- pancismo opondría acaso un dique al análisis que destruyendo los hechos sólo su polvo nos deja. Pero lo castizo eterno sólo obrará olvidando lo castizo histórico en cuanto excluye. Hay que matar á Don Quijote para que resucite Alonso Quijano et Bueno, el discreto, el que hablaba á los cabreros del siglo de la paz, el generoso libertador de los galeotes, el que, libre de las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él pusieron su amarga y continua leyenda de los libros de caballerías y sintiéndose á punto de muerte quena hacerla de tal modo que diese á entender no había sido su vida tan mala. « Calle por su vida, vuelva en si y déjese de cuentos », dirá el engañado Sancho al pedirle albricias. « Los de hasta aquí, replicó Don Quijote, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. » « Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno! » El bachiller Sansón Carrasco, la razón raciocinante apoyada en el sentido histórico creerá incorregible á Don Quijote y siempre para su solaz la graciosa locura de éste. Así ha sido hasta hoy y así tiene que seguir siendo, hoy como ayer y mañana como hoy. Pero ¿es que la ley del cambio no está sujeta á cambio? ¿No hay ley del cambio de la ley? Lo único inmudable es el principio de continuidad. Un mezquino sentido toma por la casta íntima y eterna, por el carácter de un pueblo dado, el símbolo de su desarrollo histórico, como tomamos por nuestra personalidad íntima el yo que de ella nos refleja el mundo. Y así se pronuncia consustancial á tal ó cual pueblo la forma que adoptó su personalidad al pasar del reino de la libertad al de la historia, la forma que le dió el ambiente. Para preservarse la casta histórica castellana creó el Santo Oficio, más que institución religiosa, aduana de unitarismo casticista. Fué la razón raciocinante nacional ejerciendo de Pedro Recio de Tirteafuera del pobre Sancho. Podó ramas enfermas, dicen; pero estropeando el árbol. Barrió el fango... y dejó sin mantillo el campo.

No es aquí todo antojos. Una ojeada al estado mental presente de nuestra sociedad española nos mostrará á la vieja casta histórica luchando contra el pueblo nuevo; veremos que no son palabras sólo lo dicho, que aún lo al parecer más impertinente, desatinado y extravagante de lo expuesto, es pertinente, atinado é intravagante á nuestro propósito. Aún resistimos á la gracia humana y tiene esta resistencia culto y sacerdotes. Resistimos abrirnos al ambiente y descender, desnudos de toda visión histórica, á nuestro profundo seno. Gracias á una virtus medicatrix sacietatis, se cumple la regeneración de todos modos, día por día, pero es deber de cada cual ayudar á la naturaleza y no meterse á poner carriles al progreso. Raspemos un poco y muy luego daremos en nuestra actual sociedad española con la Inquisición inmanente y difusa, vestida con formalismo de latísima formalidad, con la gravedad, nada seria, de la vieja morgue castillane.

(1) Véase la introducción la Vie de S. François d’Assise, de Pablo Sabatier. Llamo franciscanismo, al movimiento religioso que alcanza su culmen en San Francisco, aunque precediéndole en parte. (2) Es incalculable el efecto sobre nuestra cultura de haber activado la vida periférica de las costas el descubrimiento de América. Como la superficie crece á menor proporción que la masa, en el cerebro se repliega aquella para acrecentarse á medida que crece la complejidad y delicadeza, de sus funciones, razón por la que son mayores las circunvoluciones en el cerebro humano que en los de los demás animales y mayores en el del blanco que en el de razas inferiores. Y bien puede decirse que el tener el europeo más periférico el cerebro que el negro de Africa, es reflejo de tener Europa más perímetro de costa, seis veces más respecto al área, que el Africa. ¡Maravilloso cerebro el Mediterráneo, viejo cerebro de Europa, con su riquísima variedad de circunvoluciones geográficas, senos, escisuras, archipiélagos, golfos, cabos, ensenadas! Grecia, Italia, Inglaterra deben á sus costas, sobre todo, su cultura, Francia á ser el quïasma, el nodo de la inervación europea occidental, Alemania á la periferia interna de sus mil estadillos. (3) Un movimiento científico internacional ha despertado el estudio de los dialectos, de las costumbres y de la tradiciones locales; movimientos de carácter internacional despertaron las lenguas populares frente al latín, el franciscanismo al italiano, el luteranismo al alemán. Al movimiento protestante cabe la mejor parte del impulso dado a la lingüística; á los hechos que en comprobación de esto se citan (véase « Port-Royal » en La Vida de los Santos, de Renán). Podemos añadir el de que el libro más antiguo impreso en vascuence, excepción hecha de las Poesías de Dechepare, es la traducción del Nuevo Testamento del hugonote vasco-francés Juan de Leiçarrague. En España, un protestante, Juan de Valdés, inició la lingüística castellana.

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