Chapter 1
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, Ministerio de Cultura La España Moderna. Núm. LXXVII. Mayo de 1895 Páginas 29 a 52.
I
Así como la doctrina que forja ó abraza un hombre suele ser la teoría justificativa de su conducta, así la filosofía de un pueblo suele serlo de su modo de ser, reflejo del ideal que de si mismo tiene. Segismundo, lanzado al trono desde su cueva de solitario, pronuncia que la vida es sueño, más se ase de ella diciendo: ...................soñemos, alma, soñemos otra vez; pero ha de ser con atención y consejo, de que hemos de dispertar deste gusto al mejor tiempo …………………………………………………………… ……………………….que estoy soñando y que quiero obrar bien, pues no se pierde el hacer bien aún en sueños, ……………………………………………………………… Acudamos á lo eterno, que es la fama vividora donde ni duermen las dichas, ni las grandezas reposan.
Tras esto eterno se fué el vuelo del alma castellana. La ciencia una, á cuya cumplida organización tienden de suyo como á fin último, aunque inasequible, las ciencias todas, tal es lo que trata de construir en la filosofía el hombre, el blanco á que endereza sus esfuerzos desde los datos de experiencia. Va á la par la realidad, por su parte, depositándose en silencio en el hondón del espíritu, y allí á oscuras organizándose. Ya de este hondón donde está su reflejo vivo y espontáneo, ya de la realidad misma conocida á luz de conciencia se quiere sacar filosofía. El espíritu castellano al sazonar en madurez buscó en un Ideal supremo el acuerdo de los dos mundos y el supremo móvil de acción; revolvió contra sí mismos sus castizos caracteres al procurar dentro de sus pasiones y con ellas negarlas, asentar su individualidad sobre la renuncia de ella misma. Tomó por filosofía castiza la mística, que no es ciencia sino ansia de la absoluta y perfecta hecha sustancia, hábito y virtud intrasmisible, de sabiduría divina; una como propedéutica de la visión beatífica; anhelo de llegar al Ideal del universo y de la humanidad é identificar al espíritu con él, para vivir, sacando fuerzas de acción, vida universal y eterna; deseo de hacer de las leyes del mundo hábitos del ánimo, sed de sentir la ciencia y de hacerla con amor sustancia y acción refleja del alma. Corre, tras la perfecta adecuación de lo interno con lo externo, á la fusión perfecta del saber, el sentir y el querer; mantiene el ideal de la ciencia concluida, que es acción, y que, como Raquel, moriría de no tener hijos. Casta la castellana de conquistadores, mal avenidos al trabajo, no se compadecía bien á interrogar y desentrañar la realidad sensible, á trabajar en la ciencia empírica, sino que se movían á conquistar con trabajos, sí, no con trabajo, una verdad suma preñada de las demás, no por discurso que se arrastra pasando de cosa en cosa, ni por meditación que anda y cuando más corre, entendiendo una por otra, sino por gracia de contemplación que vuela y desde un rayo de visión se difunde á innúmeros seres, por contemplación de fruto sin trabajo, contemplatio sine labore cum fructu, que decía Ricardo de San Víctor. Pobres en el cultivo de las ciencias de la naturaleza, ejercitaron lo agudo de su ingenio en barajar y adelgazar textos escritos, más en comentar leges que en hallar leyes. No construyeron filosofía propia inductiva ni abrieron los ojos al mundo para ser por él llevados á su motivo sinfónico; quisieron cerrarlos al exterior para abrirlos á la contemplación de las « verdades desnudas », en noche oscura de fe, vacíos de aprehensiones, buscando en el hondón del alma, en su centro é íntimo ser, en el castillo interior, la « sustancia de los secretos », la Ley viva del universo. No parte la mística castellana de la Idea abstracta de lo Uno, ni tampoco directamente del mundo de las representaciones para elevarse á conocer invisibilia Dei per ea quae facta sunt. « Ninguna cosa criada ni pensada puede servir al entendidimiento de propio medio para unirse con Dios... Todo lo que el entendimiento puede alcanzar antes le sirve de impedimento que de medio si á ello se quisiese asir. » (San Juan de la Cruz.) Arranca del conocimiento introspectivo de sí mismo, cerrando los ojos á lo sensible, y aun á lo inteligible, á « todo lo que puede caer con claridad en el entendimiento », para llegar á la esencia nuda y centro del alma, que es Dios, y en ella unirse en « toques sustanciales» con la Sabiduría y el Amor divinos. Los místicos castellanos glosan y ponderan de mil modos el « conócete á ti mismo» y aún más el « conózcame, Señor, á mi y conocerte he á ti» de San Agustín. Las obras de Santa Teresa son autobiografías psicológicas de un realismo de dibujo vigoroso y preciso, sin psicologiquería alguna. Robustísima en ellos la afirmación de la individualidad (cosa muy distinta de la personalidad) y del libre albedrío, grandísima la cautela con que bordean el panteísmo. Y es tan vivo en esta casta este individualismo místico, que cuando en nuestros días se coló acá el viento de la renovación filosófica post-kantiana nos trajo el panenteísmo krausista, escuela que procura salvar la individualidad en el panteísmo, y escuela mística hasta en lo de ser una perdurable propedéutica á una vista real que jamás llega. Y es tan fuerte el individualismo este, que si San Juan de la Cruz quiere vaciarse de todo, busca esta nada para lograrlo todo, para que Dios y todo con El sea suyo. Como no fueron al misticismo por hastío de la razón ni desengaño de ciencia, sino más bien por el doloroso efecto entre lo desmesurado de sus aspiraciones y lo pequeño de la realidad, no fué la castellana una mística de razón raciocinante, sino que arrancaba de la conciencia oprimida por la necesidad de ley y de trabajo. Es sesuda y sobria y sin manchas de ignorancia grosera. Santa Teresa, penetrada del valor de las letras, no se complace en relatarnos apariciones sensibles, ni que baje el Esposo á charlar á cada paso con ella, revelándole vaticinios impertinentes y avisos de gaceta; sus relaciones místicas, sea cual fuere la idea que de ellas nos formemos, fueron serias, sin segunda intención ni tramoya alguna. La casta de la reformadora será fanática, no supersticiosa. No cayó en el desprecio de la razón ni de la ciencia por abuso de ellas. Buscaban libertad interior bajo la presión del ambiente social y el de sí mismos, del divorcio entre su mundo inteligible y el sensible en que los castillos so convierten en ventas; libertad interior, desnudarse de deseos para que la voluntad quedara en potencia respecto á todo. « Y considerando el mucho encerramiento y pocas cosas de entretenimiento que tenéis, mis hermanas..., me parece os será consuelo deleitaros en este castillo interior, pues sin licencia de las superioras podéis entraros y pasearos por él á cualquier hora. » Esto decía á sus hermanas la mujer llena de espíritu de libertad y santa independencia. Oprimidos por la ley exterior buscaron el intimarla en sí purificándola, anhelaron consonar con su suerte y resignarse por el camino de contemplación liberadora. Había ya dicho Ricardo de San Víctor, que de haber los filósofos conocido esta ciencia mística, jamás habrían doblegado su cerviz ante los hombres, nunquam creaturae collum inclinassent. Corrían tras ciencia de libertad obtenida sin trabajo, sine labore cum fructu. Habríales parecido, de seguro, atroz blasfemia aquello de Lessing, de que no es la verdad que posee ó cree poseer un hombre lo que constituye el valor de éste, sino los esfuerzos leales por alcanzarla, y que si Dios, teniendo en su diestra la verdad y en la izquierda no más que el siempre vivo instinto de perseguirla, aun añadido á éste condena á permanente error, le dijera: ¡escoge!, se abalanzaría humilde á su izquierda, diciéndole: Padre, dame este instinto, la verdad pura es para ti sólo. Buscaban por camino de oración, anhelos y trabajos, ciencia hecha y final, contemplativa, no de meditación ni de discurso; buscaban por renuncia del mundo posesión de Dios, no anegamiento en él, buscaban « entender [el alma] grandes secretos, que parece los ve en el mesmo Dios, ni aun digo que ve, no ve nada: porque no es visión imaginaria, sino muy intelectual, adonde se le descubre como en Dios se ven todas las cosas, y las tiene todas en sí mesmo » (Santa Teresa); « acto de noticia confusa, amorosa, pacífica y sosegada en que está el alma bebiendo sabiduría, amor y sabor... Quedándose en la pura desnudez y pobreza de espíritu, luego el alma ya sencilla y pura se transformaría en la sencilla y pura Sabiduría divina..., porque faltando lo natural al alma ya enamorada luego se infunde lo divino sobrenaturalmente; que Dios no deja vacío sin llenar » (San Juan de la Cruz). Ciencia pura, absoluta, final y contemplativa, visión de la divina Esencia por amor. ¿Es que puede conocerse algo sin amarlo? Conocer es querer y recriar. La mística buscaba el fondo en que las potencias se funden y asientan, en que se conoce, quiere y siente con toda el alma, no ya ver las cosas en Dios, sino sentir ser todas en El, decía San Juan do la Cruz. ¡Por amor! Lo idealizaron, el amor al Amor. Las comparaciones de desposorio y matrimonio espiritual les ocurren á cada paso. Casi todos los místicos han sido pareja castísima. En todos tiempos ha servido el amor de núcleo vivo de idealizaciones; en Beatriz ha encarnado en Ideal, porque la ciencia vive de sus raíces, y la inteligencia arranca de la vida de la especie. Dios no dice á Adán y Eva, « estudiad y conoced las razones de las cosas », y la ciencia misma es viva en cuanto acrecienta y multiplica la vida de la especie. La mística idealizó, no lo eterno femenino, ni lo eterno masculino, sino lo eterno humano; Santa Teresa y San Juan de la Cruz, nada hombruna aquélla, nada mujeril éste, son excelentes tipos del homo que incluye en sí el vir y la mulier. Por ciencia de amor buscaban posesión de Dios, sin llegar á la identidad entre pensar á Dios y ser Dios del maestro Eckart. Aun cuando hablen de perderse en El, es para encontrarse al cabo de El posesores. Para venir á poseerlo, á saberlo y á serlo todo, no quieras poseer, saber, ni ser algo en nada, enseña San Juan de la Cruz. Esta sed de supremo goce de posesión, sabiduría y ser por conquista amorosa, les llevó en aquella edad al anhelo del martirio, á la voluptuosidad tremenda del sufrimiento, á la embriaguez del combate espiritual, al frenesí de pedir deliquio de pena sabrosa, á que el alma hecha ascua se derritiera en amor, desgarrándose la urdimbre de espíritu y cuerpo y corriendo por las venas espirituales mares de fuego, y por fin llegaron algunos, rompiendo con la ortodoxia, á pedir la nada. El punto que en nuestro misticismo separa la ortodoxia de la heterodoxia, es verdadero punto y no muy fijo, es, sobre todo, la protesta de sumisa obediencia á la Iglesia. Negar que ese punto sirviera de transición es querer apagar la luz solar amontonando escombros paleontológicos, echando á los ojos tierra de erudición, con noticias complacientes.
II
Si oprimidos por la ley aspiraban á penetrar en la viva del universo, era para hacer de ella ley viva de su conciencia y que obrara en justicia y amor, dentro del alma, moviendo sus actos, olvidada ésta de sí y atenta sólo á las cosas de Dios para que Dios atendiese á las suyas. El provecho de la visión intelectual en que vemos todo en Dios y con todo nos vemos en El, es sacar de idea de nosotros mismos humildad y resorte de acción. La contemplación de la sabiduría de Dios vuelve el entender y el obrar humanos en divinos, nos enseñan. La ley moral es, en efecto, la misma de la naturaleza, y quien lograra acabada comprensión del organismo universal viendo su propio engrane y oficio en él, su verdadera valía y la infinita irradiación de cada uno de sus actos en la trama infinita del mundo, querría siempre lo que debiera querer. Si la ciencia y la conciencia aparecen divorciadas es porque su ayuntamiento se celebra allá, en el hondón oscuro del alma, cuya voz ahogan y ensordecen los ecos mismos que de él nos devuelve el mundo. Una verdad sólo es de veras activa en nosotros cuando, olvidada, la hemos hecho hábito; entonces la poseemos de verdad. La ciencia y la acción, María y Marta, habían de servir juntas al Señor, la una dándole de comer, contemplándole y perfumándole la otra. Marta trabajó, es cierto, pero « hartos trabajos » fueron, dice Santa Teresa, los de María al irse por esas calles y entrar donde nunca habla entrado y sufrir murmuraciones y ver aborrecido su Maestro. Ciencia de amor sin trabajo, repito, de trabajos; no el heroísmo difuso, oscuro y humilde del trabajo, sino los trabajos de la conquista. Conquistar para el alma la ley sometiéndose á la disciplina ordenancista de la externa y escrita, á la que nunca perdieron de vista ni proclamaron inútil; hacer de la lex gracia cumpliéndola; fe con obras, obedecer y cumplir. Magdalena fué perdonada, no precisamente porque amara, sino porque por haber amado creyó, creyendo sin entender, dice Juan de Avila. Cuando dicen, con San Juan de la Cruz, « no hay otra diferencia, sino ser visto Dios ó creído », se apartan de aquellos generosos esfuerzos de la edad heroica de la escolástica por racionalizar la fe, de aquel empeño por entender lo creído, del satagamus quae credimus intelligere, nitamur comprehendere ratione quod tenemus ex fide de Ricardo de San Víctor, formulador de la mística. En San Juan de la Cruz, que, marcando el punto culminante de la mística castellana, es el más cauteloso en su osadía, parece se fundieron el espíritu quijotesco y el sancho-pancino en un idealismo tan realista, como que es la idealización de la realidad religiosa ambiente en que vivía. Su mística es la de la « fe vacía », la del carbonero sublimada, la pura sumisión á quien enseña el dogma, más bien que al dogma mismo. Su « Subida al monte Carmelo » es en gran parte comentario de aquellas palabras de San Pablo á los Gálatas: si nosotros mismos ó un ángel del cielo os evangelizare en contra de lo que os hemos evangelizado, sea condenado. Preocupado, sin duda alguna, con la doctrina protestante de la revelación ó inspiración interiores y personales y de la personal y directa comunicación con Dios, todo se le vuelve prevenciones contra las revelaciones, visiones y locuciones sobrenaturales, en que como el demonio puede meter mucho la mano y falsificarlas, es lo prudente negarse á todas para mejor recibir el provecho de las divinas. « Dios quiere que á las cosas que sobrenaturalmente nos comunica no les demos entero crédito, ni hagan en nosotros confirmada fuerza y segura hasta que pasen por este arcaduz humano de la boca del hombre... Ninguna necesidad tiene (el hombre) para ser perfecto de querer cosas sobrenaturales por vía sobrenatural y extraordinaria, que es sobre su capacidad... de todas ellas le conviene al alma guardarse prudentemente para caminar pura y sin error en la noche de fe á la divina unión... para entrar en el abismo de la fe donde todo lo demás se absorbe... en que el entendimiento ha de estar escuro y escuro ha de ir por amor en fe y no por mucha razón... Cualquier alma de por ahí con cuatro maravedís de consideración… más bachillerías suele sacar é impureza del alma que humildad y mortificación de espíritu. » Estos individualistas eran profundamente antipersonalistas. La mística de San Juan de la Cruz es de sumisión y cautela. Poeta riquísimo en imágenes, enseña, sí, nos despojemos de ellas para mejor de ellas aprovecharnos; pero « advierte, ¡oh amado lector!, que no por eso convenimos ni queremos convenir en esta nuestra doctrina con la de aquellos pestíferos hombres que, persuadidos de la soberbia y envidia de Satanás, quisieron quitar de los ojos de los fieles el santo y necesario uso é ínclita adoración de las imágenes de Dios y de los santos». Libertad por sumisión y no por rebelión, intimando la ley colectiva externa, no volviéndose á si para proclamar la propia. El temor al Santo Oficio, ante el cual « lo cierto se hacia Sospechoso y dudoso », según el Maestro León, es explicación de corteza que no explica bien este carácter, por no ser éste efecto de aquel temor, sino ambos de la inquisición inmanente que lleva la casta en su alma, esta casta que obedece aun cuando no cumpla, que dará insurrectos, pero no rebeldes. Con esta fe, fides, fidelidad, obras que son amores, y las obras actos de sumisión, no de inspiración interior, actos que al degenerar acabaron por ser clasificados cual ejemplares mineralógicos en los « métodos de amar á Dios ». Partían de la realidad misma en que vivían envueltos tratando de idealizarla. Para llegar á cualquier punto que sea hemos de partir de aquel en que estamos, tomando aliento del aire ambiente (esto lo enseña Pero Grullo), pues quien quiera comenzar de salto y cerrando la boca se ahoga y se rompe la crisma, ó como Don Quijote en Clavileño, creyendo volar por las esferas, no se mueve, vendados los ojos, del suelo en que descansa el armatoste. ¿Por qué pretender rebelarse contra la ley sin haber llegado á sus raíces vivas? ¿Qué debe ser es el que no arranca de la razón de ser de lo que es? Sin penetrar en esta razón, ¿qué fuerza habrá contra los rémoras que, esclavos de la apariencia, resisten al impulso que nos lleva á lo que ha de ser y tiene que ser, mal que les pese? Y volviendo á la mística castellana, la ascesis que de ella brotaba era austera y militante, con tono más estoico que epicúreo, varonil. Santa Teresa no quería que sus hermanas fuesen mujeres en nada, ni lo pareciesen, « sino varones fuertes » y tan varoniles, que « espanten á los hombres ». Su caridad, en cuanto enderezada á los hombres, era, sobre todo, horror al pecado. Los milagros de dar salud al enfermo, vista al ciego, ó semejantes, « cuanto al provecho temporal... ningún gozo del alma merecen, porque, excluido el segundo provecho (el espiritual), poco ó nada importan al hombre, pues de suyo no son medio para unir al alma con Dios. » Aseguraban compadecer más á un luterano que á un gafo. Es la moral individualista de quien, poco simpático, incapaz de ponerse en el lugar de otro y pensar y sentir como este otro piensa y siente, le compadece porque no lo hace como él, ignorando en realidad cómo lo hace. Es la moral militante del Dios de las batallas, la de Domingo pidiendo á la Virgen valor contra sus enemigos. Resaltan los caractereres de la eflorescencia religiosa de España cuando se la compara con otra, la de Italia, por ejemplo. Siguió ésta á la renovación comunal italiana de los silos X al XII, brotando popularísima de la masa, mezclándose con ensueños apocalípticos de renovación social, de un reino del Espíritu Santo y del Evangelio eterno. Su flor fué el Pobrecito de Asís, de casta de comerciantes andariegos y alma de trovador, el alegre umbrío, no el macilento y triste en que se trasformó en España. No se mete en su alma, sino que se derrama fuera, amando con ternura á la Naturaleza, hermana de la Humanidad. Canta á las criaturas, y su Dios quiere misericordia más que sacrificio. Al solitario, monachum, monje, sustituye el hermano, fratellum, el fraile; salvando á los demás, se salva uno en redención mutua. No se encierra en su castillo interior, sino se difunde en la risueña y juvenil campiña, al aire y al sol de Dios. No se cuida apenas de convertir herejes. Su religión es del corazón y de piedad humana. El símbolo religioso italiano son los estigmas de Francisco, señales de crucifixión por redimir á sus prójimos; el castellano la transverberación del corazón de Teresa, la saeta del Esposo con que se solazaba á solas. Aquí era todo comentar el Cantar de los Cantares intelectualizado, allí pasaban del Evangelio al Apocalipsis; el uno es de sumisión y fe sobre todo, el otro, sobre todo de pobreza y libertad; regular y eclesiástico el uno, secular y laico el otro. Del italiano brotó el arte popular de las Florecitas y de los juglares de Dios, como Jacopone de Todi; el nuestro dió los conceptuosos autos sacramentales ó las sutiles y ardorosas canciones de San Juan de la Cruz. Giotto, Fra Angelico, Ghirlandajo, Cimabué, pintaron con las castas tintas del alba, con los arreboles de la aurora, el azul inmaculado del cielo umbrío y el oro del sol figuras dulcísimas é infantiles en campo diáfano; Zurbarán y Ribera dibujaron atormentados anacoretas, Velázquez su Cristo sombrío, Murillo interiores domésticos de sosegado bienestar y lozanas Concepciones. Cierto es que el misticismo italiano floreció en el siglo XIII y en el XVI el nuestro. Así como en los tejidos hipertróficos se ve de bulto y como por microscopio el funcionamiento fisiológico diferencial mejor que en los normales, así en las hipertrofias morales. Las del misticismo castellano fueron el quietismo egoísta del abismarse en la nada ó el alumbrismo brutal dado á la holganza y el hartazgo del instinto, que acababa en el horrible consorcio del anegamiento del intelecto en el vacío conceptualizado con la unión carnal de los sexos y en la grosería sensibilista de « mientras más formas más gracia », en el último extremo de lo que llama San Juan de la Cruz lujuria y gula espirituales. El italiano, por su parte, degeneraba en sectas de pobres llenos de ensueños comunistas de restauración social.
III