De microbios y otras pestes

Chapter 2

Chapter 23,988 wordsPublic domain (Wikisource)

Encima de mí, como penumbra hinchada, siento la asfixia de todos esos que se retuercen por sus oficios anfibios de tanto soportar el lodo que los estira hacia soportes tensos con que se ahorcan por no tener el canto entre sus muecas, la voz entre sus muelas y una garganta para mascar cadenas. Amordazados para que callen y no den más cuenta de lo que traman con sus dolencias de lo que piensan bajo sus tuercas, de lo que roban sobre sus fuerzas de lo que matan entre sus letras de lo que engañan tras de su trata de lo que mienten entre la cuenta de lo que infectan.

-No hay un amor siempre feliz-

Burda omnisciencia acuchillada por un sustrato de sutil cadencia que se resbala como sangre vieja por mi sustancia ruda, rajada protesta de jauría que me desarma años añicos desparramados en los cajones de un mausoleo donde me quedo insomne cubierto el esqueleto de gusanos que abortan sus inquinas ante el marfil de mi osamenta clara incorruptible y no les queda más que como yo tragarse el polvo…

Las dos y treinta y seis… y cabeceo con un sopor tan denso que parezco muerto.

LAS TRES…

Sigo despierto en mi semiosis inclemente y una rala libertad me inclina a seguir por el torrente de microbios que me empuja fantasías de azufre y me incita a morder los edredones, a enredarme las cobijas trémulas a besar mis almohadas de algodones y a sentirme el omega de otro tiempo que no se ancla en las miserias de la cuenta…

-Cierra los ojos habladores de tu cerebro febril-

No es tu causa descubrir los vericuetos de las huellas… ni comprender las cenizas de los hornos ni enmascarar con sonrisas los disturbios.

-No más amoratadas iras-

Suspendo los torrentes de mis sañas

-borbotones de insolencias-

y decido ceder a los sensatos sus decires, a los necios sus pensares a los turbios sus deseos a los bandos sus obrajes a los cuerdos sus relojes a los narcos sus retretes a los fuertes su espionaje a los listos sus artesas, a los sabios sus anteojos y a los tontos sus reflejos.

-Esencia mensurable en estadísticas-

Libre de mí, ahíto de todos, alzo mi copa de catastro

–finiquito–

y clausuro las absurdas competencias de tantos intrínsecos microbios que han vivido estorbándome las alas -El éxito te espera-

y tentándome en hogueras con vestidos de sedas publicistas, con canciones de nómina infinita, con envidias de musas sin cabezas, con la furia de nieblas putrefactas, con lujurias de prisas controladas, con penes verticales a los aires, con vaginas engrasadas para un dedo, con estirpes de empinados machos, con ubicuas proles consumistas, con alcurnias de discretas putas, con manjares de glotones asnos y otras pestes.

Me siento adormecer… en el jadeo de la irreverencia y me pierdo…

Nada sé.

Sólo un sosiego que me inunda el peso de la carne y la hace piragua en un río donde navego sin atuendos que no piensan en vestirse de payasos sino de alboradas.

Escucho los zumbidos… del silencio y un sopor me va invadiendo su desmayo inobjetable…

Me adormezco… flotandero en un espacio imperturbable donde todo se esfuma como un clic… que me apa- ga… los dese- os…

INSOMNIO TERCERO

LA UNA Y NO SÉ QUÉ…

Otra noche es media noche… altísima noche de desvelo y yo despierto... otra vez… nueva vez tan vieja como el miedo ladrando encantamientos a las sombras multiformes de siluetas truculentas.

La una y no sé qué…

Pocos minutos concilié los sueños promisorios de olvidarme los desvelos…

-Nada es eterno-

Despojados mis ojos de sus párpados no se clausuran y en un dolor de vida se flagelan al esbozo -subrepticio desencanto- de lo incierto. Un cielo convexo me camina… y su espacio sin fin me va horadando las efigies de horóscopos burlones que traslucen vaticinios desprendidos de mi soñar a cuestas.

-Todos nadan en la misma purulencia-

Me levanto a la ventana paralítica y veo el tumulto de nubes que embalsaman las atmósferas de estrellas oscilantes y en la inconsciencia celeste que se mece con su risa de vacío, me succiona indiferente el hoyo fantasmal de los destinos negros. Noche despiadada e inconmovible loca distiende su asfixiante cabellera y me absorbe en mi plegaria cercenada por la nada.

LA UNA Y SEIS…

Dos ojos sin rostro me contemplan -pedazos de galaxias sobrias- con su brillar sereno -glacial- como si nunca vieran pasar los silabarios de un pregón despierto que se hunde en su terror de siglos al sentirse caer en el agobio de ser libre en la estulta prisión de los microbios

-Hediondez intermitente de milenios-

y tener que sucumbir en estas horas al delirio de sentirse inoculado, atado a las rejas usureras de una cama, cabecera de cadenas, king size de mis desiertos irresolubles a los sueños abandonados al cierzo de la mirada -arenal- que sólo ve su divagar -como siempre- de espectros cáusticos.

Esclavo de voraces minuteros -¡qué me importan!- no callo los conteos y los vuelvo alaridos silenciosos de las inquisiciones que me taladran el cuerpo y me revientan la mente, como cada noche patibularia, a golpazos de ignominias, a vilezas de perjurios, a blasfemias de caricias, a injusticias de soberbias, a dobleces de ambiciones, a diezmos de hipocresía, a juegos de deslealtades, a imposturas de poderes y a confesiones falaces que se vuelven transparencias oligarcas en mi democracia corroída.

El corazón se me derrumba en náuseas mientras circula en el espejo roto el vértigo de mi conciencia que me devela usurera la intermitencia de siglos en mi historia… historia total de vilipendios de amor que me duelen como míos, que me marcan como propios, que me aúllan somos tuyos… y aunque no quieras, rellenamos los cimientos de tu hastío…

-Demasiado humano-

LAS UNA Y CUARENTA…

Y fluye el tiempo; quién sabe cuánto tiempo ni el mismo tiempo lo sabe… estúpido segmento que solo nuestro cuerpo mide hasta desaparecer arrugado de tantos inútiles minutos con sus trémulas manos de segundos que se duermen para siempre.

-Eternidad, ábreme bien los brazos-

Y yo despierto… celdas de convento ateo envueltas en los lienzos de mi desnudez erecta me revuelven en la grava, me revuelcan entre piedras y me arrojan al cascajo de una ausencia…

Siento el ansia de pulsar el arpa del recuerdo túrgido, -era tan bello penetrar su cuerpo y sentir la humedad de sus respuestas, pero los ángeles insomnes me acorralan el incendio y lúcido, sin aprensión ni riesgo me dejo transcurrir por los recuerdos hoteleros que otra vez me sorrajan espantajos olvidados en su revolotear de estrépitos. Desfile de cuerpos tesoneros en su virtud desnuda -avanzando inconscientes a su muerte- desflorados por el alma en pena que nunca encontró la hondura de saciarlos en su oferta.

Senos volcánicos de leche, cinturas mínimas ante el corsé de mis manos, nalgas sibaritas en mi vientre y de frente selva triangular que me recibe en la succión de un beso jugoso y celeste malabarista.

Enloquecido de pasión la tierra me devora férvida y un nido de serpientes me acurruca en el rocío de la vendimia que envenena mis destrozos gota a gota -testimonio de mis grietas- y en trance de arácnidos nacientes su parto me devora. Fetos de amoríos ególatras hacinados en mis ojeras con su mentira de ilusiones prominentes, confunden la conjura absurda de ser trueno y volcán, nube, plumaje, prodigio alado que tendido en su jergón -dragón- no vuela.

Preso de mí, liberto esclavo, -como todos- me vuelvo polvo de antiguas montañas y en el contagio de mi era enferma, la fiebre muerde mis puños salvados con su idilio fétido que me pierde desvanecido en mi teocali débil

-Mi voluntad sin voluntad me roe, me aniquila-

y sucumbo al paro de los protozoarios que en sus ruidos de erosiones parias rebuznan sus teorías del eros para hipnotizarme de lujurias.

-El amor es breve cápsula de arsénico-

Y en el ludibrio de sus tragos falsos ebrio caigo a su inercia visionaria donde distingo los festines púbicos que prepararon los robotes doctos para acabar con las simientes sanas y acumularlas de virus falsos.

Inmóvil, con la mirada en ascuas, los bacilos paralizan oratorias y descompuestas, las aguas me acumulan sus desechos en el largo precipicio donde imploro un beso...

Intento huir, pero no puede mi piel excitada dar un salto de acróbata y recaigo estrepitoso, arrobado de tersos temblores, en un diluvio de fruiciones, alimento de voraces muertos -amores cabalgados- que me fajan que me rajan y me ultrajan. Me subo a la esperanza de ser cielo, y sol, estrella, galaxias, Universo, anidados en mi estatua de marfil que se remonta, mas no puede moverse en el vaivén de tantos bálanos y seduce mis alientos férvidos a ser pulsión de la común euforia que se para…

-Dios está en el orgasmo-

¡Cuán grande maravilla es Dios en su magistral fineza!

MINUTOS MÁS, MINUTOS MENOS…

Las horas pasan su cansancio tónico y me dan vuelcos los desfiles de rostros insistentes que conozco y no sé si los conozco; que devanan sus cuerpos en sobrantes de carnes fatigadas de ser carnes; que revuelven peripecias de columpios que se van y que regresan solitarios.

Me explico y no me entiendo.

Yo mismo contradigo lo que siento me mato y me revivo en un momento y luego de asesino me pretendo labrador de luz.

¡Qué pensamiento!

Quisiera esclarecerme y no comprendo.

El flujo de palabras insonoras que no grito me aplasta en su tumulto de murmullos y su cúmulo de ardides; distorsiona con redes los sentidos de mis párpados abiertos donde vagan respuestas sin respuesta dormitando pesadillas…

Con tanta soledad enmascarada en este lecho de disturbios cerebrales un bullicio de fantasmas tiesos, -ojos concretos- -indiscretos- me revelan agonías serenas: en un infierno de voraces explosivos que me estallan sus atuendos proxenetas para retarme el alma... sin saber la apuesta.

Intento dormir bajo metrallas de tantas metralletas meretrices que persisten en tumultos reviviéndome la cuenta, pero no puedo…

Risueñas paranoicas van pariendo ideas en sus marañas de discursos huecos -tantas me amaron y tanto amé- y gritan los ayeres mustios de cobardes semijueces que cayeron en su lecho preferido por no pagar con rejas y prefirieron morir por sus ideas en lentos incendios.

-No se puede dormir con tanto ruido interno-

Qué tontería de bandazos truculentos, si hasta el silencio es un trozo de palabra rota resquebrajada fónica entre tantos torrenciales léxicos, donde navega el propósito deshecho de mi universo... diluvio de vocablos que me ahogan explicando los enlaces de mi duelo en las tinieblas…

En qué rincón podré depositar mis huesos si no existe el cementerio amplio para soñar en paz, -dormir eterno- sin agrandar mi encierro, y solamente se me asoma el nexo de alguna voz que me cava su diseño disyuntivo y disonante en un sigilo que me aturde de tanto soportar su estruendo.

Dónde dormiré, -es lo que quiero- en qué tálamo de marfil tan blando encontrará el reposo lo que queda de mí. Dónde sepulto y durmiente venerado como el cuento de que fui un cerebro más de fugados monasterios; sin más ayer que el olvidado cierzo que cayó sobre el árbol donde ahogándome colgaron el erotismo de mi cuerpo.

Qué ocasión azarosa me sabrá a descubrimiento; en qué soledad se atrofiará la hoguera de mis hervores y en qué tálamo se esfumarán los goces que me sedujeron; en qué desazón me rasgará el encuentro de un futuro que no pienso pero siento… que no busco en los horarios extintos de las brújulas, aunque lo espero en este navegar estrecho e insondable que tan arduamente me arde y no responde más a los vocablos magos, -juglares del ensueño- que más no tengo. Si cayó mi primavera deshojada por máquinas cobardes y marchita por sus pestes refractó mis voluntades delirantes en el recuento de mis epitafios -en este preciso momento de mis días- arrodillado el cuerpo, sollozo por mis labios despeñados a los sordos; por mis brazos truncos al ejemplo; por las mismas cinturas que escaparon al prejuicio sin permitirme saber si era, centauros o sirenas, mi osadía de larva sin capullo.

Y un sollozo me corroe el delirio de animal solemne sin un lloro y la estatua se doblega ante el salitre de mi sitiado epílogo. Enfermo de pasiones tumultuarias renuevo mi antigua vestimenta -amar sin miedos- y hecho trizas mi vestuario sórdido que encarcelaba mi llagada carne -desnudo- sin cruces que me abracen, sin espinas que me besen, herido de placeres tan flagrantes, se escurre por mis huecas osamentas y se alivia mi cuerpo alebrestado entre pedazos de semen que revientan.

De mi cráneo escapa una luz... que me abanica y tiemblo…

No duermo y miro el hongo donde todos volamos por los aires hechos trizas de amor sin desamores.

Caído del árbol una vez solo me enrosco ante mi estruendo sin fruto ni mujer alucinada pagando atrevimientos. Erecto, retorno al Edén, Adán recién dotado, con todos los costales de frutos y fragancias, para tapujar el foso donde sucumbí, -creo… ¿o soñé?- equilibrando destiempos de microbios traicioneros e hipócritas… como aquellos que siempre han sucumbido por este desvarío de sierpes demoniacas que aprisionan las blancuras de las luces -que nadie vea- y las atan para hacer su festín de llamaradas falsas a escondidas.

Libre de parálisis esquivas no me agito, ni me muevo… mis pasos estancados de intemperies solo reptan la memoria del olvido, culebra en mi hoyo, con la opción única de morder su propia cola que ya no me desangra y en el círculo de inicio renace la meta… acogerme a la tierra prometida y adorarla como diosa que satisfecha me dará el regozo y el regazo de madre buena... que me arrulla aunque no duerma.

Quedo en dilatada lasitud como vacío… ¡Qué languidez perfecta de la nada…!

LAS DOS Y TREINTA…

Desarmo el techo donde la eternidad se queda y ni un ángel se pasea; le invento a su llanura de cabezas, vómito barroco, figuras truculentas, volcánicas, cangrejas satánicas, funestas, inútil roschard de la afrenta que me proyecta en la burda desnudez de mi desolación perversa, maldita como nunca, mirando búhos que me sospechan, y arpías que me violentan y rostros que me agrietan; harto de bocas ladradoras, hociconas de sospechas, y ojos que me espían las carnes para masticar su venta. Rumio en mi lecho -crascito, crotoro, maúllo- todo el cansancio de un mundo que se gasta en apariencias de trabajos rudos para renovar la nada -animal- y solo se cobijan en pretextos turbulentos para sobrevivir sin más aliento sobre los demás. -los que se dejan- Mierda sin fe… de amores o de sexos, mi vanidad corroe la repugnancia de saberme atosigado por hongos represores que recorren los instantes pulcros de la suciedad en orden para embarrarse en ellos; trebejo de apariencias largas para psicoanalistas locos con su Lacan al hombro… -que rasguen su maternal ejido-

Yo me duermo…

INSOMNIO CUARTO LAS CINCO SUENAN…

como un robot abro los ojos programado sin campanas de alboradas promisorias, sin madrugadas de bullentes pájaros, sin la casta ensoñación amodorrada del amor… sin la cadencia de dormir el alma: estoy despierto.

Otra noche de desvelo me amordaza la mañana que no llega y las sombras que asedian sin luz esta caverna, me corroen de ansias… y en las turbias horas de mi cataclismo insomne sólo circulan como siempre las palabras -moscas alardeando escorias- enrejadas en mi mente que no calla su lenta grabadora cómplice y repite los mismos esperpentos de mi piel alerta y muda…

Has pasado la vida haciendo cuentos como un dios mal cuentista o buen cuentero que sabiendo construir la trama tantas veces la ha deshecho en variables azarosas que terminan en lo mismo, en los mismos, en abismos de cinismos, a pesar de duendes prófugos que no querían más cuentos, sino copular con el harem

…pero Sherezada es inmortal por más condenas que la muerdan.

Hoy ha enterrado al gran Shariar -su incesante acosador- y a todo su Bagdad de arena se lo ha llevado el viento, mas ella prosigue -rítmico vientre sin fin- a pesar de los fangos petroleros que la cambian de cienos y altaneras ambiciones descastadas que la filman.

-Las mujeres siempre ganan-

Su cuento divaga en sus sinuosas caderas sempiternas que hablan y hablan, bailarinas de arábigos sustentos que convencen continuar para no morir de rancias.

-Los pobres hombres pequeñitos atan su rabia-

Las abuelas cuenteras ya no existen como en antes… Olvidaron las agujas y no tejen más arrugas; hoy se operan el insulto de ser viejas para darles al espejo los despojos de las cremas sin más canas y erigir su poder de madres buenas haciendo chocolate sin iglesias.

Torbellinos de presencias -qué locura de filminas- insisten en abrir mis párpados asilándome al pasado y machacan el relato que retorna ante mis ojos tapizados de crepúsculos.

…porque mi abuela no era de esas, sino dura como el sufrimiento, humillada de amor por las cartas escondidas que jamás llegaron -intermediarias de los celos, homicidas de la espera- y mi padre nació como santo niño -güerito lindo- Desamor relatado sin una lágrima pétrea que no sonaba a cuento sino a leyenda. -Tuve que parir como una vaca en un corral reseco, sin reyes magos sin pastores ni cometas y rechazar el fruto de mis odios pero cedí al verlo…- LAS CINCO Y CINCO

Mi existencia se ha esculpido en el redil de los embustes -revolución de traidores- donde contextos impuros me azotaron los pretextos de excavar el mundo...

Todos braman por ser jefes: Generales Licenciados Presidentes Y una noche de petardos asesinos, fraudulentos encumbrarse el nuevo reo intransigente de la manumisión.

Inventos cerebrales de mi mente maquinal me destazan en un cuento que no existe, -tan breve que ni cuenta se dio de estar extinto- pero imaginan en la oquedad de su espectro el despilfarro de la vida.

Mil noches y una noche sin un sueño se han acostado en mi cuarto y los murmurios resuenan en sus condenas de arsénico.

Dichoso de encontrar mi manicomio, feliz de hallarle sentidos al desierto oyendo los rumores de motores que se acercan y se alejan convertidos en dragones que combaten a pétreos ofidios de concreto y esculpen su aventura de cilindros en los caños laterales de un castillo, -mi castillo- sonrío ante la mueca de las hienas… la sordidez de los chacales, la cobardía de los buitres, los hurtos de las ratas y otros microbios que me sitian con su fragor de estropajos para limpiarme las venas.

Intento dormir entre el tiroteo de sus putas amenazas que me cobran la vendimia de su mierda -vociferaciones tácitas- y me figuro en uno de sus filmes de cartón y de hojalata.

En su infierno de voraces bombas los hechizos de ultramundo se deslizan para hacerme desvelar ante lo incierto y perversas ocurrencias brotan derramando lazos. Posesos de tirrias urden tentáculos para estrangularme con silencios compulsivos entre retorcidos ecos -que nadie lo oiga- y al grito de sus uñas que intentaban -Erinias- desgarrar mi cuerpo encadenado a calabozos alienantes -aíslenlo- con mis brazos en candado fracturo sus lobregueces.

Y me percibo príncipe sin duelos -Hércules redivivo- resistente a castigos de odios ruines -silicios, potros, latigazos- que me quieren despojar de nuestros reinos -fantasía, poesía, imaginación- y entre tormentos, -tecnócratas de las demencias- revivir los legajos de archiveros que arrastraron desde lejos su Medievo, santa inquisición diabólica que divina en su maldad se cree maestra enseñándole a desnudas mártires su vocación de orgía.

Para convencerme -vencerme- hetairas aciagas de sexo desnudan sus pechos, sus piernas tortuosas, sus nalgas en llamas, sus vulvas chupantes y su culo estrecho mas mi escudo de cemento duro, colchón sin besos fríos, funda sin almohada en cabecera purulenta, permanece rala… -No caigo en sus tretas-

Y las hadas hechiceras turbulentas hadas -arcón de hologramas que salieron ciertos…- caen desvencijadas en mi cama solar como vampiras diluyéndose y las denigro por mentirosas, como a los reyes por embusteros, como a las brujas por mitoteras, como a los ogros por cotidianos, como a los príncipes por deleznables, como a los jueces por engreídos, como a empresarios por insaciables.

En mi lecho se reacomoda el insomnio lavando lo terrorífico y quedo encantado queriendo soñar un cuento de buenas hadas.

LAS CINCO Y DIEZ…

Hubo una vez un niño solo triste y soñador al vuelo de palomas y campanas que nació en las azoteas del antiguo Calmecac arropado y creció frente a una plaza exacta donde largos escribanos inventaban su avaricia con cuentos del amor y las tristezas: termina con mi angustia y vuelve -les dictaban- o quítame esta angustia y vete o ven con la angustia de siempre y ahógame de angustia, inventando otras variantes de la misma música.

Cuentos de risa que se muere para no llorar de tanta afrenta…

-Lobeznos del hombre- los perros… -son jóvenes déjalos- burdas parodias libertarias de estudiantes perturbados triturando bajezas corroen las calles -lo recuerdo- con atados Cuasimodos paseando sus vergüenzas entintadas con plumas de oro negro y en lugar de Notre-Dame, Santo Domingo campaneante los ve desgañitar sus jugarretas desde la esquina chata y en mustias primaveras disfrazadas con la iglesia topan sus protestas levantando el trono de la reina enharinada para darle entre circos regalados a la gente de siempre agachada y facilona la ilusión moderna de la libertad… -malévolo anatema del siniestro profanador de espigas-

Hipnótico de cuentos se cierra el corazón, no tiene prisa, el tiempo es infinito en esta espera de lo que nunca llega… sueño de lo que acaso vino -revoluciones congeladas- un día en ensoñación de huertos y no estuvimos para recibir su fuerza de lo que pasó sin darnos cuenta y a ciegas nos perdimos en un plantón sin vetas…

Harto de cortar la misma lengua, mía, pero no mía; extranjera mudez que se despierta en mi cansancio lírico… me distiendo como alfombra enrollada que se va abriendo al camino de los pasos engreídos del horario transitorio que los envanece.

Y me tatúo de efemérides… manía de recordar la inexistencia y no alcanza mi piel para saciar las fechas.

Me he pasado la vida haciendo cuentos, esclavo de cuenteros truculentos sin siquiera sospechar que en tanto tiempo me convertí en un era… un hace mucho… había una vez … un hubo… cuento de ficción científica tan largo que creerlo y recrearlo nada cuenta -El día que paralizaron la tierra- pues de pronto entre galaxias rojas -El mundo en peligro- la naves invasoras se alebrestan -El monstruo del mar- y en lugar de hacerle daño a las estrellas -Tarántula- me pierden con su laser entre cuentas -El monstruo de la laguna negra- y hacia atrás de los ceros se regresan sus conteos para hollar en mi vigilia los rápidos deslices de un espacio nítido donde divago los distantes regocijos de mi historia…

-¡Qué películas de asombro me renacen de esa infancia que aún me vive y me circula ingenua!-

Y no duermo…

LAS CINCO VEINTE…

La historia me estremece -mía y no mía- por todos los sentidos que abarcan sus reventas donde enredados los héroes por calendarios ficticios -no sólo los de ficción- usufructúan con sus moldes, los herederos recónditos de sus pilares -nadie sabe para quién se mata- y en estrofas rutinarias, desfasadas, -dísticos que asfixian sus colores turbulentos con habladas epilépticas- las verdades hieren con sus púas los trebejos del agobio épico de lo que no existe.

-Los microbios lo devoran-

Lejos de mis centros empedrados -Tezcatlipoca me recuerda- arrancaron la huella de mi casa -ayer truncado- y entre risas de las glorias demagogas del comercio la llevaron a peñascos prostitutos, eruptos del Xitle, donde una crápula de larvas y dineros los huecos hijos de Malinche levantaron sus exóticos recintos hechos de jardines poderosos al borde de insurgentes que detentan angelinos credos robando a la ciudad… -barrio estudioso- su centro de amor… fragancia librera de las tardes escolares.

Todo cerebro allá se fue sin poder alcanzarlo aunque vestido de hombre.