Chapter 1
ANTONIO DOMÍNGUEZ HIDALGO
DE MICROBIOS...
Y
OTRAS
PESTES
Poemario en cinco insomnios y un epílogo durmiente…
OBRA POEMÁTICA COMPLETA. TOMO 14
{|width="100%" |Insomnio primero |- |Insomnio segundo |- |Insomnio tercero |- |Insomnio cuarto |- |Insomnio quinto |- |Epílogo durmiente |}
INSOMNIO PRIMERO
Las doce...
…Y YO DESPIERTO en esta noche cóncava donde ahumeantes espejos desintegran mis átomos floridos y me lanzan al abismo plano de mi conciencia…
-sistema de signos trepidantes y obsesivos-
no puedo dormir más ni soñar...
-Un escozor de bacterias me pululan la honestidad y el credo-
Translúcido me veo -desorbitados ojos- circular conclusiones abolladas -egocéntricas- que atascan mi engreído ensueño radiográfico de dar luz a las penumbras mancilladas… Hirsutos pensamientos me estallan de estertores entre tanta interferencia de microbios y otras pestes.
-Latrocinios reglamentarios, corrupción enmascarada, servilismos al piso alto-
Mis párpados alucinados, psicomaniáticos deprimidos levantan su noctámbula cortina para mirar la guerra de la metralla insomne que me agrieta.
Ojiabierto… en espera sin bostezos del indicio que me duerma, -piedra al agua compungida de mi espacio- infecto el centro de mi laberinto hastiado e insalubre, irradio telarañas que me apagan el ventanal de mi marchito tálamo como un astro en oclusión de rutas disolutas, perdidas de su ombligo, prisioneras de fingidas libertades -carceleras cósmicas- y me aletargo.
Medianoche..
Punzante la mirada seca, lacrimal evaporado, como acaso tantos otros ojos fueron abiertos al pensar y su deriva, lloro en el fluir de los fracasos mi imposible penetrar sobre el poder heroico de lo infinito y hecho desecho, algo de nada, nadie en el todo... aunque elemento de alguien, partícula de un ser que nunca he sido, imagino… -siempre imagino- imagino comprimirme en lo absoluto del quebranto para amordazarlo, para sofocarlo, para acuchillarlo…
y en mi delirio de dialécticas cruzadas, recurrentes… siento los corpúsculos de dioses enlatados que cruzaron mi vida con dictámenes de muerte y cegándome la espiga, con las aspas incesantes de mi mente licuadora, me envenenan de existencias diminutas, rebanadas, que cavan con insomnios imprevistos los pergeños humillados -conjeturo- de mi vigilia emponzoñada. Escucho el torrente de mi sangre, navegando en los mares del silencio, y floto… siento mórbido que floto, -vértigo encimoso- tras la sonrisa amarga que me enmascara calavera devorando -apurada- mis carnes resecas, mis músculos obscenos, el vapor que era mi plasma, las esquirlas de mis huesos y el polvo que me arrumba como si esto fuera fosa -catacumba- donde yace corrosivo mi cadáver resistente -embalsamado- momia sin pirámide funesta sombra… …desvelándose… …develándome...
LAS DOCE Y TRES MINUTOS…
Sin más sueños… las almohadas me divagan su experiencia de milenios: ya no hay sueño... -tanto sueño- de extender al universo la simple cuadratura de alados aposentos como antaño... cuando apenas un proyecto de caminos -erigido entre nocturnos- me arreciaba el paso cotidiano para salvar a las simientes sanas... -trasnochado semidiós- que se ahogaban infectadas por las estirpes lacras de la putrefacción… -siglo promotor de virulencias-
Y más despierto… como noche de tormenta en caserones de acechantes crímenes, -detective entre las claves- me confundo en los fantasmas de mis humos, contagiado de manchas difumadas por el fuego de la asfixia que me enlarva en capullos oxidados y ennegrece la vista que me inunda de pantallas desgarradas con iconos turbulentos, con antenas truculentas, con mensajes circulares, con visiones en magenta -agio de las hambres- proyectadas en los muros de mi cueva amortajada de rictus... alojada en los siniestros tabernáculos del llanto expansores de la peste tubular y sus microbios.
-Cómo ruge sus oficios el sillón grandilocuente que preside la violencia y se hace el gran patriota salvador de los nopales: aridez para venderla a gusto sin ríos contaminantes ni lagos infecciosos. Nunca más aguas inútiles. La tierra es el tesoro que se asoma… a quien la roba. Fraccionen tolvaneras revoloteando preventas. El horario que se imponga para dar salarios mínimos empujados por los extras.
-Engañifa del que manda en los mercados-
¡Ah mi ciudad paleolacustre cuánta miasma te ha ultrajado!
Energúmenos del hambre de poderes escurren sus imágenes informes y deformes en mi salud enferma... Y yo… despierto, envuelto entre las plagas de mi siglo revuelto -arrullos de asco- y su estigma subyacente… -famélicos del oro y sus dominios- me carcome la parálisis obtusa del recuerdo que remuerde que me muerde con sus odios silenciosos los vislumbres tremulantes del pasado. que vomito... Y sin impulsos de erigirme vasto -como antes- en la estrechez de mi tamaño mustio -como ahora- donde se agitan las bacterias ávidas de retener el tiempo y falsear eternidades... para relacrarme, me asilo en un sigilo vivo que parece yerto…
-el arte está atorado entre los sueños-
y dormito a plena vista de los censores del filme, sin más arrojos de explorar los cuerpos para encontrarles el espíritu espoliado como antes de las balas y revivirlo a coplas... sin más vigores de encender la escarcha y convertirla en fuego nuevo... sin más aceros, -carpeta rota sintiendo cómo el viento desparpaja mis despojos de hoja en la plaza y los pierde en basureros- solo, sólo miro cómo ruedo desfoliado por un virus que inocula -resentimientos- el tenaz golpeteo de sus imperios y en un rescoldo me vuelve residencia de sus gérmenes suicidas: dádivas lucradas, rencores pagados, envidias traslapadas, ambiciones sacras, calumnias noticieras, traiciones estatuarias,
-vorágine de Judas y Melitos-
y arrinconado en mi cobija absurda me derrito en lúgubres sudores, apestado, sin huidas ni salidas encubiertas, sin puertas criminales ni claraboyas deicidas, -hice tanto y nada hice- construyo escondrijos de mí mismo soterrados en sarcófagos de un siglo que me vela y me vigila como a un condenado a muerte que no escapa y en su escroto que destila de cinismo vira risotadas al sepulcro -huyo sin huir de mí-
donde caigo descarnado, convulso en mi osamenta de milenios que no puede alterar su calcio efímero en fósforo radiante de fulgores por sus primeros átomos
-Edén sin áspides-
de los ábsides donde moraba…
Desvanecido en las páginas insípidas de un título podrido, de una carrera curvada y de unos libros sin eco... callado entre inconscientes que me azotan su razón acerba me derramo de verdades mudas,
-el corazón en la espada-
me taladro las ganas de golpear al viento hervidero de podridos y me inoculo en la inercia de la horca donde me cuelgo para no contagiarme de corruptos.
LAS DOCE Y OCHO…
Noche alta… y más no duermo... Ahíto de moldear arcillas ínfimas me cansa el descanso de mis siete días erróneos -novenario de años huecos- y silenciando las músicas de mi locura proscrita ningún canto ya se esboza sobre mis labias resecas tras la sonata incorrupta de gritar que existo, que vivo en perspectivas de polilla que de astilla en astilla pulveriza mi madera inerte de pianoforte.
¡Está tan roto mi pulsar de cítaras!
Ya la guitarra no entreteje nardos ni más escalo vericuetos rústicos de algún teclado casto. No hay más alientos que concierten marchas impacientes para crear serviles.
Estoy cayendo…
Y mis metales se sucumben sordos entre cuerdas retorciéndose de huecas.
Nada da capo...
Finita la orquesta.
Burda la zambra.
Se acabó la feria.
Estoy callando…
No hay Cenicienta sin mácula ni más carruajes de hierba ni correteos de inocencia... y ni siquiera la zapatilla para saber que existe, que habrá la búsqueda que me reviva tras su apariencia intacta de virgen florida... sin medias lunas negras, sin ángeles a cuestas, sin los mantos estrellados de su mensaje de aguante.
Solo está el cuento y la leyenda rea... como el príncipe maldito en su torreón de angustia que lo narra; como el místico tameme que transpira santidad en su mentira.
-Convicto del pecado imaginario-
Así… solo en su cama. -Mi cama- Solo y sin miedo. -Mi miedo- Solo y sin cuerpo -aparición de mi mismo mí mismo- fatigado de abrazar los cuerpos que lo acompañaban -me acompañaban- fantasmagóricos. Solo y despierto… -disgregación de mi mismo mí mismo- ritornelo eterno me vengo de mí.
¡Qué hondo caerse a precipicios negros! …sin moverse del lecho.
…Y creerse venganza consumada.
LAS DOCE Y ONCE...
y sigo sin dormir en el bochorno de mis congelados escrutinios...
-cargo una culpa que no es mi culpa, pero lo es por el escarnio de la pavura-
Manecillas de insomnes persistencias me acribillan con insipientes estopas que me limpian los cristales empañados
-escalinatas abajo todos huyen de la plaza-
y salpican de erupciones el vasto imperio de mi sudario.
-Los ayes no son míos ni sus dolores, pero me impregnan de rabias-
Cunde la noche dimensiones húmedas en sus turgencias hendidas -reminiscencias- y entre las vísceras que me descargan pozos tapados
-botes de basura repletos de cadáveres-
un encuentro de sudores gélidos me harta de sombras que humedecen mis rencores.
-ruindad del alto mando-
Entumecido me acurruco fetal en mi aspaviento y tiemblo.
-No quiero perpetuar mis maldiciones-
Y hay tanto mutismo en mis baldíos que hasta en las murallas íntimas de mi coraza lánguida se me rebotan sólidos los altaneros tiempos de mi sangre inútil.
Siento el escándalo de tantos diástoles que se alebrestan por mis lentos sístoles y todo el aire me envenena en páramos donde la soga de un sutil tormento me va asfixiando de recuerdos lastres.
-Las calles en manadas de humos-
Esclavos disfrazados de terror,
-La sangre noticiosa de portadas-
tramposos mangoneando conveniencias,
-Los oscuros acuerdos del negocio-
falsarios con banderas de careta, me hunden de cólera mis ojos turbios ante torbellinos de injusticias que me envuelven y me retuerzo enfermo de un mal solitario tan solitario como socialismo que se inyecta enconos, que se acumula nauseas, que vomita cuerpos y voces… rezos y labios tras su fracaso.
-Rotonda hipócrita del mundo, traidores; carrusel del asco-
Desconectado del orbe, solo, me inundo en un vacío declamatorio que me murmura su pasión de insania y todo se hace explosión entre mis huesos: el tartamudo tictac de mi reloj impúdico amortaja incesantes Nagasakis corroyéndome de ciegas bombas que no lanzo. Pero pienso…
¡Malditos sean los poderosos de la nada que se creen perpetuos…!
Escucho creciente en las paredes los ecos de mi energumenia mientras la gota de agua que menstruando rompe su taciturna tubería de presa, me trepana.
Algún ladrido de envidiosos perros hocicones y babientos ladran las puterías del gato.
Y todo acrecienta su insolencia microscópica en mis disturbios íntimos; se me hace tan penumbra mi caverna -aterrado cromañón- que aunque vierta la mirada hacia la lumbre, las llamas me coagulan de toxinas y en un hondo gemir se abre el infierno para crujir con hielos fatuos mi cobardía de sapiens. LAS DOCE Y QUINCE…
y yo despierto.
Mis brazos extendidos bajo sábanas en dieta divagan buscando en mi catástrofe absoluta la esperanza paradójica de un límite sin fin y sólo encuentran en su afán de hallazgo
-cascada de insolencias-
alfombras calcinadas por hornillas de oro que perdieron en su magia de hadas las quimeras de anodinos héroes
-Guijos de la rasgada patria-
que de tanto planear a contra tiempo cavaron la agonía del mapa, tropezaron con escalas de cemento, toparon con bardas descaradas, hocicaron impostoras caminatas de alabastro, y solo pergeñaron defunciones para el negocio…
Roedores del cristal se me abalanzan corroyendo mis instintos de antigualla y destruyen los castillos pergeñados en mi infancia.
-Aún no sabía de colapsos asesinos ni de terremotos usureros-
Mi teatrino interior se me derrumba en la basca incontrolable de los trucos:
Caperuzas ultrajadas por las garras de bestias maquilladas clavan su percal a besos y en un grito de colmillos sabios saben corromper el rictus de las municiones torcidas por las bestias ínfimas en remolino de bosques sin entrañas donde cazadores vicarios sicarios se fingen salvadores de purezas.
Blancas Nieves enlodadas por el barro de intrépidos enanos que retaron -habladores altaneros- el furor de las manzanas tonsuradas -mordida original- y en maldito estertor de pesadillas tuvieron que matar la vida de la bondad cansada; dormida mujer sin más guardianes que el espacio diseñado a marros para algún forajido del escarnio que quisiera acomodarse a las siluetas de atrevidas pasiones embrujadas y las tendiera al gruñón dientes de fuera.
Bellas durmientes desveladas sin el tinte de oro de sus rizos, convertidas en mortaja escuálida, sin su antigua desnudez, de princesas gélidas, enclaustradas hoy en burdeles andantes y biológicos que aparecen en conteos perversos -agrandando reducciones- anunciando precios módicos, mientras muestran sus clítoris usados y senectos.
-Esclavas de poses sin reservas-
No más princesas tristes…
-¿Dónde están las princesas?-
Todas la gozan en los antros como muñecas en ganga…
LAS DOCE Y DIECIOCHO...
y vela el cuerpo su equinoccio tenso bajo la lluvia de minutos pálidos -afuera llueve- mientras destilo en cuatro ceras parcas la gota eterna que derrama insomne los agrios marcos de mi sol cavado.
-No puedo dormir entre este acero-
Atizona la asfixiada pala el rudo sarcófago de mi muerte viva -por nada- y me reptan hoscas risotadas burdas con su descaro de papel sellado
-Corrupción que abre las puertas-
sin más respeto a mi camastro en duelo donde me asfixian los escritos torvos… y harto de aguantes, mi arrogancia ronca, -Furia de amor entre la paz del odio-
reverbera en su álgida fogata y se ahoga en llantos que tal vez debieran -confusión de sentimientos y semánticas- despeñar sin miedo su nocturna afrenta y gritonear frente al palacio trunco, no se olvida; onda agotada de su andanza rúnica que nunca pudo en su espiral de jerga perpetrar las fauces secas del desacuerdo y se quedó en los bordes del martillo airado sin dejar el clavo en su madera exacta y en su festín de hoces enclenques buscó las tapias de poemas presos para esconder su cobardía de dientes y sin entrañas devorar despojos.
-Prometeo cobarde- -Atlas postrado-
Loco Job que añora su paciencia cruel; Quetzalcóatl de piedra que no puede huir ni apagarse tanta audaz fogata ni arrinconarse en un lugar del frío ni acurrucarse sin algún plumaje ni congelarse a sí mismo los incendios ni volar distante a ayeres náufragos ni silenciar a tantos labios prófugos que lo desnudan acres, sólo permanecer hecho pirámide diariamente pisoteada por la mugre que no asciende en la emoción del equilibrio ni se asombra en la armonía de las potencias... vasta irradiación del universo, insomne fogata veladora que a sí propia se genera
-maniático nocturno-
y se fermenta… incólume.
INSOMNIO SEGUNDO
LAS DOS Y NO SÉ CUÁNTOS...
segundos infinitos me atosigan dormir… encandilado y vago no me vencen. Soñar… perpetuidad a solas sin metáforas Amar… fantasmas del engaño cáustico Odiar… violencias circunspectas de los mínimos Vengar… rencor castrado de perdones insensibles Pensar… engreída entelequia del zoológico Sentir… cableado de los nervios en acecho…
Infinitivos de gramemas vastos que no se bastan, neutralizados sin saber dónde iniciaban, dialéctica promesa de un final que nunca llega a principiar; apóstata presente sin pasado en su futuro indefinido, antiguo porvenir de un copretérito cobarde hecho de pronto potencial que llegaría, si no fuera de inasible hilo intemporal tejido y en tanto lapso sin madejas desatado, tan solo a discurrir devoto en su conciencia que conjugó con el turno retrasado de otra época…
-Historia oficial de ocultamientos-
que ya no es mi tiempo altivo, sino martirio escolar de tantas páginas, inaprensible, inubicable, ultra indeleble, imperfectamente perfecto, perfectamente imperfecto, cuasi reflejo, reflexivo y recíproco. Lapidaria dictadura de los verbos que en el centro de mi voz encarcelada telarañas de oraciones comprimidas en cartuchos de tóxicos y sedas, aracnidez activa haciéndose pasiva... reciclan sempiternos los segundos de talar mis alfabetos, sin más solfear entre vocales tísicas ni agonizar en los delirios sobrios de consonantes atléticas e impudorosas ni derruir el templo de la virgen ebria en su pasión malabarista de ángeles -dormir no puedo- ni sucumbir en las arenas híbridas para escarbar verdades de harapientos gambusinos mudos ni continuar restauraciones sórdidas de palimpsestos sin código, donde el arreglo del dolor no cuenta -sólo el gusano verde- ni forjar los tañidos de campanas con que doblen taciturnos pospretéritos aquello de esperar en las esquinas de algún hoy transvestista de mañanas enredadas en ayeres de un gerundio derrotado ni proseguir por las arcaicas rutas de lo mismo, viciado círculo del infinito que devora, -dormir ya quiero- simple adjetivo que no agrega nada, apenas participio de un conjugar errado; supino loco, necia aspiración del nombre que no puede estamparse como héroe, sino morir entre dispersas hojas de su gramática ultrajada.
Infinito infinitivo sin más reglas que mis ojos manuscritos de vacío, bajo un techo de granúsculos siniestros, destilando telarañas de agonías, me leo sin más léxico entintado de patrañas que una torva sensación incalculable de ser letra descuidada en los estantes de una turbia biblioteca enratonada, temblorosa de saber bien que de pronto ya no pueda encontrarse una palabra donde quiera comprenderse como antes su intención articulada…
Calla voz de mi cerebro… Enmudece el griterío que me espanta con recuerdos…
Déjame dormir… … sin un disenso.
LAS DOS Y QUINCE...
Quince minutos dilatados entre símbolos transcurren como siglos en mi mente y acosan con sus diálogos amorfos el monólogo sin fin que me acorrala.
-En dónde mi barcaza encontrará un afluente-
Cansado de clavarme una cruz a cada día, fingida acaso, o real mentira, payasada mártir de un mesiánico suicidio que no implora lástimas ateas a mitad de su Gólgota asfixiado, se me reinicia el alba de las tristezas a plena noche ahogadas, sin más apoyo que un sollozo fiero en las mareas escuetas de mi ludibrio -antes canciones- y me desmorona el tiempo entre las risas de mis tardes petulantes de bufón en escenario encarnado que vuelca entre sus cantos su búsqueda frustrada de vanidades brutas y sangradas.
-Lucha esclava para nadie-
-El mundo es un gran teatro. Ya lo sé…-
Así burla burlando y al final burladas las pequeñeces del cansancio crecen como cadenas oxidadas que prolongan la derrota de seguir tras de los huesos escondidos en el rincón del miedo sin hallarlos y me aletarga el quiebre de salvar la escama acostumbrada de peces que tan a gusto nadan, -fonemas sin eco,- en su protoplasma, entidades químicas que no sospechan su inesperado cese de volutas accesorias…
Saturado me revuelvo en mi desvelo infecundo.
Fantasmagorías que pasan circulando ayeres en los presentes pergeñados entre el diseño de mis insomnios me socavan y me demuelo en los dispersos bríos de mi altitud infecta, irreverente ante todas las gamas del poder tajante, -que me aparecen lúgubres- con desprecios tan solemnes, que ufano me alborozo en cada mueca donde canto los rictus moribundos de mi propio ultraje.
Mas sensato en el escarnio, austero en el recelo de los tristes poderosos de lo efímero, exiguo en la confianza de los besos, menguado en el dolor de los torrentes, discierno pesadillas muy despiertas en mi dormitar amargo; caravanas de borregos orgullosos de su porte trasquilado a la moda del poder que mangonea con sus pelos de color a púas van sentándose en los bordes del gran circo
-Mi cama suntuaria de desvelos-
donde alhajas rebeldes encarcelan sus falsedades, víctimas de su atadura en venta y ya enjaulados, aunque parezcan leones melenarios o bengalas de tigres traidores o panteras acechantes, tan solo gatos son del gato mayor que les ordena lo que ordena el otro gato más grande que los gatos y así hasta el máximo gatuno que no es más que ratón en el comando que domina creyendo gozar su libertad de rueca siendo piernas embarradas de pantalones delincuentes disfrazados de hierbas y plateados maquillajes de misérrimas violencias derramadas como muecas.
Electricista me imagino electrón entre robotes y en su radiografía convicta, -celdas huecas- descubro animales tras la máquina perfecta y en su vida inconsciente traslapado la presiento muerta, degradada en tanta ciencia con base en los milenios programada de impudicias y bufando diabólicas pulsiones insurrectas me atosiga dictador el mandamiento con que magos de rudas conveniencias, con que rectos maestros obcecados o filósofos culeros y egoístas y hechiceras extirpadas a su infierno, los lanzaron de su molde envilecido a ser lumpen que no sabe que la luz -están tan ciegos- es para ver las cúspides, más lejos del olor y los sonidos, más allá de la piel y de contactos.
-La nariz mira adelante-
Un niño misterioso lo susurra entre brillos de magnéticas figuras, pero la urbanidad salvaje no se asombra. Sólo repite el accionar mecánico de programas filmados para el suelo de vacunar mercados donde giren las creencias de ser dueños de todo el aparato y su voz de fonógrafo envasado atiza aberraciones con los pies enarbolados al ritmo del monótono estribillo que rugen los sargentos del espanto: no romperás con el orden diseñado, títere hombre o mujer títere, nada más marioneta del destajo, esclavo de mentiras que le adulan los tatuajes del veneno.
-La elegancia y el dinero son tu atuendo-
Alfa de otro tiempo en mi desvelo me tejo y me destejo de silencios -aunque rabie- mientras pasan con sus ropas de esperpentos los ardientes esqueletos que prefieren conservar la lozanía de ser cachorros en brama cada hora, sumisos al deber de aguardar a cada día alguna noche, para cumplir la vida y renacer al alba. Felices invidentes de hojarascas que nada miran entre tanto vaho, pues si algo vieran de sus sepulcros acabarían enmarañándose al cadáver donde solo ladillas perpetúan su olor cotidiano a basurero vivo y mejor se callan todo el expediente exhibiendo solo notas refinadas de bien cumplidos al dictamen de la estulta hipocresía que los gobierna y los indulta a ser naturaleza arrinconada, siempre muy yerta, más muerta que en los cuadros bonachones que relucen apetencias en bodegas encubiertas por las pastas de archivos en fúnebres gavetas...
-¡Frívola estulticia no me toques!-
LAS DOS Y VEINTICINCO…
Me desbordo en el campo letal, total, de mi desierto ronco y sin aletas me voy hundiendo entre la arena bronca de mi penumbra tiesa.
Acorralado en mi poltrón de pánico vierto miserias amarillas en mis humores negros y me contagio con la envidia de no ser la tristeza de quien hiero y más deseo...
Contaminado me amortajo como un microbio más a rastras jamás a cuestas, y divago en esta noche corva las bilis de mi negro cuervo, ayer palomo, palomino, brabucón de las iglesias o torcaza pordiosera, entre las bestias. Tal vez gorrión de la altanera mueca o quizás águila de soles vaporosos o gavilán altivo de insolentes poses o cóndor lánguido y enmascarado o ave fénix de albas, ahora veneno y otras pestes.
Enfermo de mí mismo y de cautines que trazaron en mis ancas de arco la marca de una esbelta muchedumbre que me perdió entre su dolencia cursi los horizontes de nacer en ascuas, ardiendo de dolor por las pendientes que cayeron sobre el curso aderezado de los éxitos para tajarme a gritos, para ultrajarme a dientes, para morderme a coces y calcinarme en odios… me suspendo.
Porque otros tienen una estrella talada ante sus manos torpes y yo no tengo más que la tristeza por el bien enfermo -…pero no envidio- me conturbo.