Chapter 2
Moles inmensas de nubes veíanse tendidas y como superpuestas en la dilatada extensión del horizonte; sobre aquella gradería aérea se condensaban grupos de nubes formando árboles, arcos, pirámides, cabezas de monstruos con garras y alas, caballos, columnas, ancianos de profusa barba y dragones gigantescos: de las extremidades de ese horizonte amplísimo colgaban cortinajes caudalosos de púrpura, que se revolvían o se derramaban sobre las gradas: el sol, primero apareció como en el centro de un pórtico fantástico y fue descendiendo tras la gradería, trasparentándola, tiñéndola de escarlata, bordando de oro los cortinajes, circuyendo de ráfagas, árboles, arcos y columnas, dejando como en la sombra, rocas, ancianos y monstruos; descendió más y el globo inmenso de fuego tornó en raudalosas cataratas de llama las gradas, apareciendo el astro rey ahogándose en el infinito de luz que reproducían las aguas como incendiándose, en tanto que vislumbraba la luna en Oriente como inundada en lágrimas al presenciar la agonía de su hijo, el padre del día.... El cuadro, aunque desnaturalizado por mi pluma, era magnífico, la tripulacion entera asistia á él, ébria de deliciosa admiración. Yo estaba aislado, y como digo, declamando no sé cuantos disparates.... sentí á mi espalda un ruido y era el pasajero que me decia:
—Continúe vd., señor.... continúe vd., yo rezaba también como vd.
El pasajero es amigo del Sr. Pedrines, vecino de la Baja California, con quien por tal motivo contraje relación.
—Allí tiene vd. mi casa, esa es la Baja California, yo poseo unos ranchos cerca de San José. Cierto es, continuó, que la Baja California no tiene los tesoros que la Alta; pero es opulentísima, son innumerables los ganados que sustenta, de sus minas tienen vdes. noticias bastante exactas por los escritos de los Sres. Esteva y Castillo, el comercio de la orchilla podría hacerse fecundísimo, la pesca de la ballena es ramo que ha producido cuantiosas ganancias y no tengo noticia de que se haga la pesca de la perla, que produce cuarenta y cincuenta mil pesos anuales, en mejores condiciones que aquí.
Sobre todo, hay islas no explotadas que encierran inmensas riquezas. ¿Vd. no tiene conocimiento del proyecto del Sr. D. Guillermo Andrade para enlazar por medio de comunicaciones rápidas, Guaymas, es decir, Sonora, la Baja California y San Francisco ó mejor dicho, para comunicar varios pueblos por el Golfo de Cortés?
—No, señor; pero debe ser de importancia, porque el Sr. Andrade es hombre calculador y audaz para los negocios.
—No sé los pormenores del Proyecto, aunque anda impreso en varias manos; pero sé que se reduce a pedir subvención para las comunicaciones frecuentes entre esos puntos que a vd. digo, por medio de vapores que conduzcan pasajeros, carga y correspondencia.
Como complemento del Proyecto se pide la habilitación como puerto de altura al de la Libertad, hoy solo de cabotaje, y el de San Felipe en la Baja California, cercano a los valles de la Trinidad, Santa Catarina y los placeres de oro que ahora se tienen que surtir de San Diego, con perjuicio de los intereses nacionales.
—De solo harina, continuó uno de los que estaban cerca de mi amigo, se consumirían más de 50,000 pesos al año. La harina de California, puesta en San Rafael, cuesta de cuatro a cinco pesos quintal, o sean de doce a quince pesos carga; abierto el puerto de San Felipe, tendríamos carga de harina del Altar, por ocho pesos.
Lo propio que digo de la harina podría decirse del azúcar, manteca, jabón, tabaco, aguardiente, sal, maíz, frijol y otros artículos.
—Tiene vd. razón; yo he oído decir que artículos nacionales, como panocha, mezcal, sombreros, sillas de montar, zarapes, etc., tienen primero que ir á San Francisco, donde pagan derechos, y después venirse a vender a la Baja California.
Esa tendencia a unirse una parte de Sonora en intereses con San Francisco, depende de las pésimas disposiciones fiscales, y el gobierno protegería con solo no oprimir al trabajo.
Medio de oro hubiese yo dado a mis vencedores los proteccionistas de México, porque hubieran aprovechado las lecciones sabias del Sr. Pedrines, a quien apedrearían sin duda los capataces de nuestros buenos y crédulos artesanos.
En estas conversaciones íbamos al frente del Cabo de San Lúcas: allí, en una humilde barca de pescadores, resuelto, y sin arrimo ni otra protección que la del cielo, ganó la playa nuestro caballeroso y leal compañero Antonio Gomez, que se separó de nosotros siguiendo la ruta que le marcó su sino. La sencilla y majestuosa celebración del domingo me conmovió profundamente.
Sin antecedente el más ligero, uno de aquellos caballeros, que en nada se diferenciaba de los demás, fue resultando sacerdote. Por supuesto que jamás le ví al lado de sobrinitas cariñosas de parecido perfecto del siervo del Señor; nunca le escoltaba un creyente de fisonomía humilde y estúpida; nunca manifestó esa superioridad del que por creerse en relaciones con el cielo, puede hacer de la tierra cera y pábilo.
El comedor se adicionó con una mesa cubierta con la bandera americana, y sobre la mesa un libro. Detrás de la mesa estaba el sacerdote: en las bancas, y al rededor de las mesas se sentaron los creyentes; niñas primorosamente vestidas, señoritas adornadas con elegancia extraña, jóvenes y caballeros entre quienes reinaba el silencio y la compostura.
Nada más sencillo que aquel cuadro; pero el recogimiento, la seriedad y el espíritu religioso preponderante, convirtieron en augusto templo aquel departamento del buque y dieron solemnidad al que á primera vista parecía trivial espectáculo.
En determinado momento, el sacerdote inició, y los circunstantes formaron coros tan acordes, tan llenos de majestad, que me encantaron; y cuando por las ventanillas del buque distinguía el hervor de las olas de oro que cortaba la proa, y cuando en los intervalos del canto se oia el respirar esforzado de la máquina titánica, domadora de las aguas: en algo de vago y de infinito, tendía sus alas el espíritu, sintiéndose como enaltecido y purificado por la manifestación del Hacedor Supremo en aquel desierto, en que como algas leves flotaban nuestras vidas en la inmensidad del Océano.
Después de los coros, pusiéronse los circunstantes en pie y el sacerdote hizo una invocación sublime, que conmovió profundamente.
Terminada la ceremonia, unas damas pasearon sobre cubierta, otras se refugiaron al salón, y yo, acurrucado en mi camarote, de pié y haciendo que una tablilla puesta sobre el colchón fungiese de mesa, improvisé... versos: ....
El amor irreflexivo de padre me hizo enseñar mis versitos, y cátenme vdes. en posesión de la más molesta, perjudicial y engorrosa para mí, de todas las reputaciones: la reputación de poeta. A ella debo que mis estudios más sesudos se hayan graduado de quimeras; de ello ha tomado pié la maledicencia para pintarme como un sér insustancial y soñador; por ella cualquier quídam me hace objeto de sus sátiras y soy el tema obligado de todas las detracciones y calumnias. Ella me hace la mina inagotable de las gracejadas de todos los necios, y el objeto predilecto para los desahogos de los pedantes y malvados.
Yo tengo aversión al título de poeta, entre otras cosas, porque no lo merezco: doy todos mis laureles por una gota de olvido de mi manía.
Pero no hubo remedio. Joaquín Alcalde y yo fuimos los poetas del buque; en menos que canta un gallo, se nos volvieron todas nuestras compañeras de viaje, literatas y sentimentales, llovieron álbums y aquello fue una gloria.
A persona tan circunspecta y retraída como Francisco Gómez del Palacio, le asediaban pidiéndole traducciones de nuestros versos, y este buen amigo pegaba el grito al cielo por la tarea que le imponían nuestra facundia y los deberes de urbanidad.
La fiebre poética se apoderó hasta del sexo fiero, y no faltó bigotudo que se hiciera conducir á mi presencia con su intérprete, diciéndome que cuánto podía bajarle en el precio de una pequeña cantidad de versos de tristeza y de amor.
Pero tal circunstancia estableció la confianza, menudeaban las confidencias, se hacia comunicativa la alegría y era de escucharse un palomo coreado por las lindas hijas de Guillermo Penn y de Washington, con sus medias lenguas.
La aurora del 25 de Enero nos saludó anunciándonos nuestro pronto arribo al puerto de California. El buque tenia más aseo y estaba más engalanado que de costumbre; los chinos, desde las tres de la mañana, habían hecho maniobrar sus bombas, y chorros y cataratas de agua habían dejado la embarcación como un espejo.
En todos los cuartos se hacían líos y se preparaban los objetos pertenecientes a cada individuo para su fácil trasporte, corrían los niños vestidos de lujo, por corredores, escaleras y cubierta, salieron a luz canarios, guacamayas y perritos falderos, y damas y galanes, guapos como para asistir a un baile, esperaban con sus sacos, bastones, paraguas y sombrillas al lado, el deseado momento del desembarco.
Solo el grupo de mexicanos, asaz tristes y derrotados, veían aquel que para los demás era término, como principio de desdichas y como confinación, algunos al destierro y acaso a la miseria. La navegación había sido un paseo, sin una sombra de peligro; el capitán se había hecho acreedor á nuestra sincera estimación y gratitud.
El mar estaba terso y reluciente con el sol, como un inmenso lago de acero y oro fundidos; comenzamos á percibir buques en todas direcciones, ya cruzando arrogantes por en medio de las aguas, ya en tragin perpétuo, cercanos a la costa. A los primeros se interrogaba con la vista: ¿cuál es tu rumbo? ¿qué destino te prepara el cielo? á los segundos se les veía como de casa, como la servidumbre de la entrada de los palacios, con la que se quiere uno informar de las costumbres de los amos y de las poridades de familia.
Los veteranos del mar, los conocedores de las costas, iban nombrando las rocas y designando los accidentes del terreno.... La bulla crecia, la tripulación de nuestro buque coronaba la cubierta y los corredores vestida de gala, viéndose en los balaustrados del exterior como orlas de rostros humanos, sorbetes y sombrillas de todos colores.
De un grupo de buques que parecía venir a nosotros se desprendió el práctico, sonaron los pitos de los vapores, como el relincho de dos caballos que se reconocen.
En semicírculo inmenso fueron desplegándose las rocas, los árboles y las alturas de la bahía. Por el centro del pórtico que parece formar al descubrirse, sobre olas de nácar y de llama, se distinguían bosques de mástiles, entre los que negreaban las chimeneas de los vapores, arrojando torrentes de humo blanco y negro que subía vago y se tendía dorándose con el sol. Cordajes y banderas de todas hechuras y colores, formaban redes en los aires, y surcando las aguas, se agitaban embarcaciones de todos tamaños con sus velas hinchadas y sus remeros alegres.
Forman gigantescos peñones como inmenso pórtico á la entrada de aquel mar interior que se llama la bahía de San Francisco, una de las más grandes y más bellas del mundo.
La bahía de San Francisco tiene grandiosidad sin ejemplo, porque es realmente una cadena de bahías, eslabonadas por las peculiaridades de un terreno cuyos accidentes forman una sucesión de prodigios.
El puerto es propiamente la Puerta de oro del Pacífico; dilatadas costas se extienden a sus lados, forman un estrecho promontorio de rocas, que parecen penetrar en las nubes, y enormes peñascos le forman pórtico y la decoran.
Islas, fuertes y montañas, forman el cañón de su entrada, y al extenderse como que aparta la tierra empujándola y se dilata diez y ocho leguas. Los bordes de esta inmensa bahía, tranquila y de limpias aguas, están decorados en uno y otro margen por pueblos, fábricas, molinos y estancias circuidas de árboles y por sementeras risueñas que casi tocan las olas.
Cuando uno cree que se terminó la bahía porque se tocaron sus confines, se interna y se percibe una isla que como que la limita; pero al trasponerse la isla, ve abrirse y dilatarse el panorama magnífico de la bahía de San Pablo, encerrada entre fertilísimas tierras, ceñida de árboles gigantes y circundada también de habitaciones de campo, que blanquean entre los trigales y al través de los sombríos emparrados. Ebria de tanta hermosura se quiere como reposar la vista, y entonces ve como partidas las montañas y que se precipitan a su espalda en ese cañón profundo, los ríos de San Joaquín y del Sacramento, trayendo en su corriente parvadas de embarcaciones que penetran por esa sucesión de bahías y se extienden y como que juegan en las aguas hasta dispersarse en la gran bahía, como una legión de aves acuáticas.
Y cuando se ven como perdidas en aquella inmensidad tres mil y más embarcaciones de todos los países, entonces parece trivial el cálculo de que aquellas bahías pueden encerrar la marina de todo el universo.
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Nota: Algunos acentos han sido modernizados
Categoría:EnsayosCategoría:Relatos de viajes Categoría:Siglo XIX Categoría:México