Chapter 3
Deja, pues, de prohibir a los filósofos las riquezas, que nadie condenó a la sabiduría a que fuese pobre. Podrá el filósofo tener grandes riquezas; pero serán no quitadas a otros, ni manchadas con sangre ajena: tendrálas, y serán adquiridas sin injuria de otros y sin ganaricias suyas, y en él será igualmente buena la salida, como lo fue la entrada. Ninguno, sino el envidioso, gemirá por ellas; y por más que las exageres de que no son grandes, has de confesar que son buenas: pues habiendo en ellas muchas cosas que todos desearan fueran suyas, no se hallará alguna de que se pueda decir que lo es. El sabio no apartará de sí la benignidad de la fortuna, y no se desvanecerá ni se avergonzará con el patrimonio adquirido por medios lícitos, antes tendrá de que gloriarse, si haciendo patente su casa, y dando lugar a que en ella entre toda la ciudad, pudiese pregonar que cada uno lleve lo que conociere ser suyo. ¡Oh varón grande, justamente rico, si conformaren las obras con el pregón, y si después de haberlo pregonado le quedaren todos los bienes que antes tenía! Quiero decir, si con toda seguridad, habiendo admitido al pueblo al escrutinio de sus riquezas, no tuviere quien halle en su casa cosa de qué poder echar mano. Este tal con osadía y publicidad podrá ser rico; como el sabio no ha de permitir entre por los umbrales de su casa un maravedí adquirido por malos medios, así tampoco repudiará ni desechará las grandes riquezas que fueren dádiva de la fortuna y fruto de la virtud. ¿Qué razón hay para que él mismo envidie el verlas colocadas en buen lugar? Vengan, pues, y sean admitidas, que ni hará jactancia de ellas, ni las esconderá, que lo primero es de ánimo ignorante y lo otro de tímido y corto, como el del que tiene encerrado en el seno un gran tesoro: no conviene, pues, echarlos de su casa. Porque para hacerlo, ¿qué les ha de decir? ¿Diráles por ventura: «Idos porque sois inútiles, o porque me falta capacidad para usar de vosotras»? Sucederále lo que al que teniendo fuerzas para hacer su viaje a pie, holgaría más de hacerle en un coche. Así el sabio, si pudiere ser rico, holgará de serlo, pero tendrá las riquezas como bienes ligeros y que con facilidad se vuelan, y no consentirá que para sí ni para otros sean pesadas. ¿Qué dará? ¿Alargasteis las orejas para oírlo, y desembarazasteis el seno para recibirlo? Dará, pero será a los buenos o a los que pudiere hacer buenos. Dará con sumo acuerdo, y para dar elegirá los más dignos, como aquel que sabe ha de dar cuenta de lo recibido y de lo gastado. Dará por causas justificadas, conociendo que las dádivas mal colocadas se cuentan entre las torpes pérdidas. Tendrá la bolsa fácil, pero no rota: de la cual saldrá mucho, sin que se caiga nada.
Capítulo XXIV
Yerra el que piensa que el dar es acción fácil: mucho tiene de dificultad el dar con juicio, y no derramar acaso y con ímpetu. Con las dádivas granjeo a éste, pago al otro: a éste socorro, de aquél me compadezco, al otro adorno, haciendo que la pobreza no le destruya ni le tenga impedido. A algunos dejaré de dar, aunque les falte, conociendo que por mucho que les dé, les ha de faltar: a otros les ofreceré, a otros colmaré. No podré en esto ser descuidado, porque nunca con mayor gusto hago obligaciones que cuando reparto dádivas. Dirásme: pues ¿qué haces en eso, si das para volver a recibir, y nunca para pedir? Aunque la dádiva se ha de poner en parte que no se haya de volver a pedir, hase de poner donde ella pueda volver. Colóquese el beneficio como el tesoro escondido en parte secreta, que no le saques sino es cuando la necesidad te obligare. ¡Qué gran cosa es ver la casa de un varón rico! ¡Cuántas ocasiones tiene de hacer bien! ¿Quién llama liberalidad la que sólo se hace con los togados? La naturaleza manda que ayudemos a los hombres: pues ¿qué importa sean esclavos o libres, nobles o libertinos y que éstos lo sean, o por justa libertad, o por la dada entre amigos? Dondequiera que hay hombre, hay lugar de hacer beneficio. Podrá también distribuir su dinero dentro de su misma casa, y ejercitar en ella su liberalidad: la cual no se llama liberalidad, porque se debe a los hombres libres, sino porque el dar sale siempre de ánimo libre; y nunca la ejercitan los sabios con personas torpes e indignas, ni jamás se halla tan agotada que, si llegare algún benemérito, deje de manar como si estuviera llena. No hay, pues, para qué sintáis mal de lo que virtuosa, fuerte y animosamente dicen los amadores de la sabiduría, y ante todas cosas, advertid que es diferente el ser amador de la sabiduría, o haberla ya conseguido. El primero te dirá: «Yo hablo bien; pero hasta ahora estoy envuelto en muchos males: no me pidas que viva conforme a mi doctrina, cuando estoy formándome y levantándome para ser después un grande dechado: si llegare a conseguirlo, como lo he propuesto, pídeme entonces que correspondan los hechos con las palabras.» Pero el que ya llegó a conseguir la perfección del bien humano, tratará contigo de otra suerte, y te dirá que ante todas cosas no te tomes licencia de juzgar a los mejores que tú. Diráte asimismo: «A mí ya me ha tocado el desagradar a los malos, que es argumento de que no lo soy; pero para darte razón de cuán poca envidia tengo a ninguno de los mortales, escucha lo que te prometo, y lo que a cada uno estimo. Niego que las riquezas son bien, porque si lo fueran, hicieran buenos; y como no se puede llamar bien el que asimismo le tienen los malos, niégoles este nombre.» Pero tras todo eso confieso que se han de tener, y que son útiles, y que acarrean grandes comodidades a la vida.
Capítulo XXV
¿Pues qué razón hay para no ponerlas entre los bienes? ¿Y qué cosa les atribuyo más que vosotros, pues todos convenimos en que es bueno tenerlas? Oíd: ponedme en una casa muy rica, y en ella mucho oro y plata para igual uso. No me estimaré por estas cosas, porque aunque están cerca de mí, están fuera de mí. Llevadme asimismo a pedir limosna a la puente de madera, y apartadme entre los mendigos, que no me desestimaré por verme sentado entre los que extienden la mano al socorro. Porque al que no le falte la facultad de poder morirse, ¿qué le importa que le falte un pedazo de pan? Pues ¿qué culpa hay en desear más aquella casa rica, que la miseria de la puente? Ponedme entre alhajas resplandecientes y delicadas, que no por eso, ni porque mis vestidos sean más suaves, ni porque en mis convites se pongan alfombras de púrpura me juzgaré más feliz, ni al contrario me tendré por desdichado si reposare mi cansada cerviz sobre un manojo de heno, o sobre lana circense, que se sale por las costuras de los viejos colchones. Pues ¿qué hay en esto? Que quiero más mostrar mi ánimo estando vestido con ropa pretexta, que no con las espaldas desnudas. Para que todas las cosas me sucedan conformes a mis deseos, vengan unos parabienes tras otros, que no por eso tendré más agrado de mí. Múdese al contrario esta liberalidad del tiempo, y por una y otra parte sea combatido el ánimo, ya con varios acometimientos, sin que haya un instante sin quejas; que no por eso, metido entre miserias, me llamaré desdichado, ni maldeciré el día: porque yo tengo hecha prevención para que ninguno me sea nublado. ¿Cómo ha de ser esto? Porque quiero más templar los gozos que enfrenar los dolores. Diráte Sócrates estas razones: «Hazme vencedor de todas las gentes y desde el nacimiento del Sol, hasta Tebas, me lleve triunfante el delicado coche de Baco: pídanme leyes los reyes de Persia, que con todo eso, cuando en todas partes me reverenciaren como a Dios, conoceré que soy hombre.» Junta luego a esta grande altura una precipitada mudanza, diciendo: «Que he de ser puesto en ajeno ataúd, habiéndome de despojar de la pompa de soberbio y fiero vencedor; que no por eso iré más desconsolado, asido al ajeno coche, de lo que estuve en el mío; pero tras todo eso deseo más vencer que ser cautivo. Yo despreciaré todo el reino de la fortuna; pero si me dieren a escoger, elegiré lo mejor de él. Todo lo que en mi poder entrare, se convertirá en bueno. Pero con todo eso, quiero venga lo más suave y más deleitable, y lo que ha de dar menor vejación al que lo hubiere de pasar.» No juzgues que hay alguna virtud sin trabajo, si bien hay algunas que necesitan de espuelas, y otras de frenos: al modo que el cuerpo cuando baja algunas cuestas se ha de ir deteniendo, y cuando las sube se ha de impeler; así hay unas virtudes que bajan las cuestas, y otras que las suben. ¿Podráse dudar que suben, forcejean y luchan la paciencia, la fortaleza la perseverancia, y cualquiera otra virtud de las que se opinen a las cosas ásperas y huellan a la fortuna? Y por ventura, ¿no es igualmente manifiesto que caminan cuesta abajo la liberalidad, la templanza y la mansedumbre? En éstas detenemos el ánimo para que no caiga; en las otras le exhortamos e incitamos. Arrimaremos, pues, a la pobreza las virtudes más valientes, y las que acometidas son más fuertes; y a la riqueza, las más diligentes, y las que poniendo el paso deteniendo, sustentan su peso.
Capítulo XXVI
Hecha esta división, querría yo más para mí aquellas virtudes que puedo ejercitar con mayor tranquilidad, que no las otras cuyo trato es sangre y sudor. Luego yo (dirá el sabio) no vivo de diferente manera de la que hablo: vosotros sois los que entendéis lo contrario de lo que digo: porque a vuestros oídos llega solamente el sonido de las palabras, y no inquirís lo que significan. Dirásme, pues: ¿qué diferencia hay de mí, que soy ignorante, a ti, que eres sabio, si entrambos codiciamos tener mucho? Que las riquezas que tuviere el sabio estarán en esclavitud, y las que tuviese el ignorante en imperio. El sabio no permite cosa alguna a las riquezas, y ellas os permiten a vosotros todas las cosas. Vosotros os acostumbráis y arrimáis a ellas, como si hubiera alguno que os hubiera concedido su perpetua posesión. El sabio, cuando se halla en medio de las riquezas, medita más en la pobreza. El capitán general jamás confía tanto de la paz, que no se prevenga para la guerra: que si ésta no se hace, está por lo menos intimada. A vosotros os desvanece la hermosa casa, como si no pudiera quemarse o caerse. A vosotros os hacen insolentes las riquezas, como si estuvieran exentas de todos los peligros, y como si fueran tales que faltaran fuerzas a la fortuna para consumirlas. Vosotros, estando ociosos, jugáis con vuestras riquezas, sin prevenir los riesgos de ellas; sucediéndoos lo que a los bárbaros, que encerrados en sus murallas e ignorantes de las máquinas militares, miran perezosos el trabajo de los que los tienen sitiados, sin entender a qué se encamina lo que tan lejos se previene. Lo mismo os sucede a vosotros, que os marchitáis en vuestras cosas, sin atender a los varios sucesos que de todas partes os amenazan, para llevarse muy presto los más preciosos despojos. Al sabio, cualquiera que le quitare sus riquezas, le dejará todos sus bienes, porque vive contento con lo presente, y seguro de lo futuro. Ninguna otra cosa es la que Sócrates, y los demás que tienen el mismo derecho y potestad sobre las cosas humanas, dicen, sino éstas: «Heme resuelto a no sujetar las acciones de mi vida a vuestras opiniones: juntad de todas partes vuestras acostumbradas palabras, que yo no me daré por entendido que me decís injurias, sino que como niños cuitados lloráis.» Esto es lo que dirá aquel a quien cupo en suerte el ser sabio, aquel a quien el ánimo libre de culpas le obliga a reprender a los otros, no por odio, sino por remedio. Diráles: «Vuestra estimación, no en mi nombre, sino en el vuestro, es la que me mueve; porque el aborrecer, y ofender a la virtud, es un apartamiento de toda buena esperanza. Ninguna injuria me hacéis, como no la hacen a los dioses en sus personas los que derriban sus altares, aunque muestran su mala intención y su mal consejo donde no pueden hacer ofensa. De la misma manera sufro vuestros errores, como Júpiter Óptimo Máximo sufre los disparates de los poetas: uno de los cuales le puso alas, otro cuernos, otro lo introduce adúltero y trasnochador: otro lo hace cruel contra los dioses, otro injusto con los hombres, otro arrebatador, y violador de nobles, hasta en sus propios parientes: otro matador de su padre, y conquistador del ajeno y paterno reino. Los cuales en esto no cuidaron de otra cosa mas que de quitar a los hombres la vergüenza de pecar, con creer que habían sido tales sus dioses. Mas aunque todas estas cosas no me hacen lesión, con todo eso por lo que os toca, os amonesto que admitáis la virtud: creed a los que la han seguido mucho tiempo, y dicen a voces que han seguido una cosa grande, y que cada día descubre ser mayor. Reverenciadla como a los dioses, y estimad como a prelados los profesores de ella: y siempre que hicieren mención de letras sagradas, ayudad sus lenguas, y hasta en palabra ayudad; no digo que les deis favor, sino encomendaos en ella el silencio, para que se pueda celebrar dignamente lo sagrado, sin que haya alguna mal voz que lo interrumpa.»
Capítulo XXVII
Y esto es más necesario encargároslo, para que siempre que de aquel oráculo saliere algo, lo oigáis atentos y con silencio. Cuando alguno, tocando el pandero, os miente por ser mandado; y cuando algún artífice de herirse en las espaldas, ensangrienta con mano suspensa los brazos y los hombros; y cuando alguno, caminando de rodillas por las calles, aúlla; y cuando el viejo, vestido de lienzo, sacando en medio del día el laurel y la luz, da voces, diciendo que alguno de los dioses está enojado, concurrís todos, y le oís, y guardando un mudo pasmo, afirmáis que es varón santo. Veis aquí a Sócrates, que desde aquella cárcel (que la purgó con entrar en ella, y la hizo más honrosa que los insignes palacios) clama diciendo: «¿Qué locura es ésta? ¿Qué inclinación tan enemiga de los dioses y de los hombres es infamar las virtudes y con malignas razones desacreditar las cosas santas? Si lo podéis acabar con vosotros, alabad a los buenos, y si no, por lo menos dejadlos. Y si tenéis intento de ejecutar esa mala inclinación, embestíos unos a otros: porque cuando os enfurecéis contra el cielo, no os digo que hacéis sacrilegio, sino que perdéis el trabajo. Alguna vez di yo a Aristófano materia de entretenimiento, y toda aquella caterva de poetas cómicos derramó contra mí sus venenosos dicterios y donaires; y mi virtud se ilustró con lo que ellos pretendieron herirla, porque le está muy a cuento el ser desafiada y tentada; y ninguna conocen cuán grande sea, como los que desafiándola experimentaron su valentía. Ninguno conoce tan bien la dureza del pedernal, como el que le hiere. Yo me entrego a vosotros, no de otra manera que un peñasco destituido y solo en bajo mar, que le están continuamente combatiendo las olas por todas partes alteradas, y no por eso le mueven de su puesto, ni con sus continuos acometimientos en tantos siglos le deshacen. Acometed y asaltad con ímpetu, que con sufriros os he de vencer. Todo aquello que se encuentra con las cosas firmes e insuperables, prueba con daño suyo sus fuerzas: y así buscad alguna materia blanda y sujetable en que se claven vuestras flechas. ¿Halláisos por ventura desocupados para inquirir los males ajenos, y hacer censura de cada uno, diciendo: ¿por qué este filósofo tiene tan grande casa, por qué come tan espléndidamente? Miráis los ajenos lobanillos estando vosotros llenos de llagas: como el que estando atormentado de lepra se ríe de las verrugas o lunares de los cuerpos hermosos. Objetad a Platón que pidió dineros, a Aristóteles que los recibió, a Demócrito que los despreció, a Epicuro que los gastó; y objetadme a mí las costumbres de Alcibíades y Fedro, que cuando llegáredes a imitar nuestros vicios seréis dichosos. Pero mayor inclinación tenéis a los vuestros, que por todas partes os hieren: los unos os cercan por defuera, y otros están ardiendo en vuestras entrañas. No están las cosas humanas en estado (aunque conocéis poco el vuestro) que haya tan sobrado ocio que os dé tiempo para desplegar las lenguas con oprobio de otros.»
Capítulo XXVIII
«Vosotros no entendéis estas cosas, y mostráis el rostro diferente de vuestra fortuna: como sucede a muchos, que estando sentados en el coso, o en el teatro, está su casa con alguna muerte, sin que haya llegado el mal a su noticia. Pero yo mirando desde alto veo las tempestades que amenazan, y poco después han de romper en lluvias tan vecinas, que si se acercaren más, han de arrebatar a vosotros, o a vuestras cosas. ¿Qué diremos de esto? Por ventura, aunque sentís poco, ¿no es un cierto torbellino el que trae en rueda vuestros ánimos, poniéndoos estorbos cuando huís, y arrebatándoos cuando buscáis las mismas cosas, ya levantándoos en alto, y ya derribándoos a los abismos? ¿Por qué, pues, nos abonáis los vicios con el común consentimiento?» Aunque no intentemos cosa alguna que no sea saludable, con todo eso es conveniente el retirarse cada uno en sí mismo, pues retirados seremos mejores. ¿Por qué, pues, no ha de ser lícito allegarnos a algunos varones buenos, y elegir algún buen ejemplar por donde encaminar nuestra vida? Entonces se podrá conseguir lo que una vez agradó, cuando no interviniere alguno que ayudado del pueblo tuerza la inclinación, que está débil; y entonces podrá continuar la vida, que la desmembramos con diversísimos intentos. Porque entre los demás males, es el más pésimo el andar variando de vicios, con lo cual aun nunca nos sucede perseverar en la culpa conocida: un mal nos agrada, y nos fatiga por otro; con lo cual nuestros juicios, no sólo son malos, sino mudables. Andamos siempre fluctuando, y asiendo de unas cosas y de otras; dejamos lo que pretendimos, y pretendemos lo que ya dejamos, andando en continuas mudanzas entre nuestros deseos y nuestro arrepentimiento; y esto nace de que estamos pendientes de ajenos pareceres, y tenemos por bueno aquello a que vemos hay muchos que aspiran y muchos que lo alaban, y no aquello que debiera ser pretendido y alabado; y no juzgamos si el camino que seguimos es bueno o malo, sino por la cantidad de las huellas, sin que en ellas haya alguna de los que vuelven. Dirásme: ¿Qué haces, Séneca? ¿Apártate de tu profesión? Ciertamente nuestros estoicos dicen: Nosotros hasta el último fin de la vida hemos de trabajar, sin dejar de cuidar del bien común, y de ayudar a todos, y de socorrer aun a los enemigos, y de obrar con nuestras manos. Nosotros somos los que a ninguna edad damos descanso, haciendo lo que dijo el otro varón discretísimo, que cubrimos las canas con el morrión. Nosotros somos los que hasta en la muerte no tenemos descanso: de tal manera que si pudiese ser, aun la misma muerte no será ociosa. ¿Para qué nos dices los preceptos de Epicuro en los principios de Zenón? Respóndote, que antes tú con harta diligencia, si te arrepientes de seguir una doctrina, huyes de ella sin hacerla traición. ¿Quieres por ventura más de que yo procure imitar a nuestros capitanes? ¿Pues qué se seguirá de esto? Que iré, no adonde me enviaren, sino adonde me guiaren.»
Capítulo XXIX
Con esto te pruebo que yo no me aparto de los preceptos de los estoicos, ni ellos se apartan de los suyos: y con todo eso estaría excusadísimo si no siguiese su doctrina, sino sus ejemplos. Dividiré lo que digo en dos partes: lo primero, para que cada uno pueda, aun desde su primer edad, entregarse todo a la contemplación de la virtud, y buscar el camino de vivir, siguiéndolo en secreto. Después para que hallándose ya jubilado en la edad cansada, pueda con buen derecho hacer y pasar los ánimos de otros a otras acciones, al modo que las vírgenes Vestales, las cuales, dividiendo sus años en las ocupaciones, aprenden sus cosas sagradas, y después las enseñan.
Capítulo XXX
Haré demostración de que estas cosas agradan también a los estoicos; y no será por haberme puesto ley de no haber de emprender cosa alguna contra la doctrina de Zenón o Crisipo, sino porque la misma materia permite que yo siga su opinión: porque el que se arrima siempre a la doctrina de uno, mira más a bandos que a la vida. Ojalá se manifestasen todas las cosas, y la verdad estuviese sin velo, y sin que alterásemos algo de sus secretos. Ahora andamos buscándola con los mismos que la enseñan. En esto disienten las dos grandes sectas de los epicúreos y estoicos, aunque la una y la otra encaminan al descanso por diferentes vías. Epicuro afirma que el sabio no se ha de allegar a la república si no es con alguna ocasión forzosa; Zenón dice que se allegue, no habiendo causa precisa que se lo impida. El uno busca el descanso en el intento, y el otro en la causa. Pero la causa tiene mucha latitud, como es cuando la república está tan perdida y tan enviciada en males, que no puede ser socorrida; y entonces no ha de porfiar en vano el sabio, ni se ha de consumir en lo que no ha de aprovechar, faltándole autoridad o fuerzas: o si conociere que la república no le ha de admitir, o si se lo impidiere su poca salud; y al modo que no echaría al mar la nave rota, ni se asentaría a la milicia faltándole fuerzas, así tampoco se arrimará a la vida a que no fuere suficiente. Aquel, pues, cuyas cosas están enteras, sin haber experimentado las tormentas, podrá hacer pie en lo firme y seguro, entregándose desde luego a las buenas artes, y procurando aquel dichoso ocio; siendo reverenciador de aquellas virtudes que pueden ser ejercitadas aun de los más retirados. Lo que se pide al hombre es que aproveche a los hombres: si pudiere, a muchos, y si no, a pocos; y si no pudiere a pocos, que sea a sus más cercanos, y si no, a sí mismo: porque cuando se hace útil para los demás, hace el negocio común; y cuando se hace malo, no sólo se daña a sí, sino también a todos aquellos a quien, siendo bueno, pudiera aprovechar. El que vive bien, con sólo eso es útil para otros, porque los encamina a lo que les ha de ser provechoso.
Capítulo XXXI
Consideremos en nuestro entendimiento dos repúblicas, una grande y verdaderamente pública, en la cual son comprendidos los dioses y los hombres, donde no miramos a esta o aquella parte, sino antes medimos con el sol los términos de nuestra ciudad; la otra es aquella en que nos puso el estado de nuestro nacimiento, como el ser ateniense, o cartaginés, o de otra cualquiera provincia que no pertenezca en común a todos los hombres, sino a pocos en particular. Hay algunos que a un mismo tiempo sirven a entrambas repúblicas, mayor y menor; otros a sola la menor, y otros a sola la mayor, y a ésta podemos servir en el ocio; y pienso que mejor en él, para poder averiguar qué cosa sea la virtud, y si es una sola o son muchas, y si es la naturaleza o el arte la que hace buenos a los hombres, si es uno lo que comprende el mar y las tierras y lo contenido en las tierras y en el mar, o si esparció Dios muchos cuerpos de esta calidad. Si la materia de que son engendradas todas las cosas es una; si es continua y llena o dividida; si lo inane y vacío está mezclado con lo sólido; si mira Dios sus obras sentado; si las trata y cerca por defuera o asiste interiormente en ellas; si el mundo es inmóvil, o si se ha de contar entre las cosas caducas que nacieron para tiempo limitado. El que contempla estas cosas, ¿qué es lo que da a Dios? Dale el que tantas y tan soberanas obras salidas de sus manos no estén sin testigos. Solemos decir que el sumo bien es vivir según los preceptos de la naturaleza, y ésta nos engendró para acción y contemplación: hagamos ahora evidencia de lo que al principio propusimos.
Capítulo XXXII