Chapter 2
Dirás que les irá mal, porque intervienen muchas cosas que les perturban el ánimo, y las opiniones entre sí encontradas les inquietan la mente. Confieso que esto es así, mas con todo eso, siendo ignorantes y desiguales, y sujetos a los golpes del arrepentimiento, reciben grandes deleites: de suerte que es forzoso confesar están tan lejos del disgusto cuanto del buen ánimo, sucediéndoles lo que a muchos que pasan una alegre locura, y con risa se hacen frenéticos. Pero al contrario, los entretenimientos de los sabios son detenidos y modestos, y como encarcelados y casi incomprensibles porque ni son llamados, ni cuando ellos vienen son tenidos en estimación, ni son recibidos con alegría de los que los gozan, porque los mezclan y entrometen en la vida como juego y entretenimiento en las cosas graves. Dejen, pues, de unir lo que entre sí no tiene conveniencia, y de mezclar con la virtud el deleite, que eso es lisonjear con todo género de males al vicio, con lo cual el distraído en deleites y el siempre vago y embriagado viendo que vive con ellos, piensa que asimismo vive con virtud, por haber oído que no puede estar separado de ella el deleite, y con esto intitula a sus vicios con nombre de sabiduría, sacando a luz lo que debiera estar escondido: con lo cual frecuenta sus vicios, no impelido de la doctrina de Epicuro, sino porque entregado a sus culpas, las quiere esconder en el seno de la filosofía, concurriendo a la parte donde oye alabar los deleites. Y tengo por cierto que no hacen estimación del deleite de Epicuro (así lo entiendo) por ser seco y templado, sino que solamente se acogen a su amparo y buscan su patrocinio, con lo cual pierden un solo bien que tenían en sus culpas, que era la vergüenza, y así alaban aquello de que solían avergonzarse, y gloríanse del pecado, sin que a la juventud le quede fuerzas para levantarse desde que a la torpe ociosidad se le arrimó un honroso nombre.
Capítulo XIII
Por esta razón es dañosísima la alabanza del deleite, porque los preceptos saludables están encerrados en lo interior, y lo aparente es lo que daña. Mi opinión es (diréla, aunque sea contra el gusto de nuestros populares), que lo que enseñó Epicuro son cosas santas y rectas y aun tristes, si te acercares más a ellas, porque aquel deleite se reduce a pequeño y débil espacio, y la ley que nosotros ponemos a la virtud la puso él al deleite, porque le manda que obedezca a la naturaleza, para la cual es suficiente lo que para el vicio es poco. ¿Pues en qué consiste esto? En que aquel (séase quien se fuere) que llama felicidad al abatido oficio, al pasar de la gula a la lujuria, busca buen autor a cosa que es de suyo mala; y mientras se halla inducido de la blandura del nombre, sigue el deleite; pero no es el que oye, sino el que él trae; y como comienza a juzgar que sus vicios son conformes con las leyes, entrégase a ellos, no ya tímida ni paliadamente, sino en público y sin velo, y dase a la lujuria sin cubrirse la cabeza. Así que yo no digo lo que muchos de los nuestros, que la secta de Epicuro es maestra de vicios, antes afirmo que está desacreditada e infamada sin razón: y esto nadie lo puede saber sin ser admitido a lo interior de ella. El frontispicio da motivo a la mentira, y convida a esperanzas malas. Esto es como ver un varón fuerte en traje de mujer: mientras te durare la vergüenza, estará segura la virtud, y para ninguna deshonestidad estará desocupado tu cuerpo; en tus manos está el pandero. Elíjase, pues, un honesto título y una inscripción que levante el ánimo a repeler aquellos vicios que al instante que vienen le enervan las fuerzas. Cualquiera que se llega a la virtud, da esperanzas de generosa inclinación: y el que sigue el deleite descubre ser flaco, y que degenera, y que ha de parar en cosas torpes, si no hubiere quien le distinga los deleites, para que conozca cuáles son los que le han de tener dentro del natural deseo, y cuáles los que le han de despeñar: que siendo éstos infinitos, cuanto más se llenan, están más incapaces de llenarse. Ea, pues, vaya la virtud delante, y serán seguros todos los pasos. El deleite, si es grande, daña; pero en la virtud no hay que temer la demasía, porque en ella misma se encierra el modo, porque no es bueno aquello que con su propia grandeza padece.
Capítulo XIV
Verdaderamente os ha caído en suerte una naturaleza adornada de razón: y así, ¿qué cosa se os puede proponer mejor que ella? Si os agrada el deleite, sea añadidura de la virtud; y si tenéis inclinación de ir con acompañamiento a la vida feliz, vaya delante la virtud: vaya detrás de ella el deleite, y siga como la sombra al cuerpo. Hubo algunos que, siendo la virtud cosa tan excelente, la entregaron por esclava al deleite. Al ánimo capaz no hay cosa que sea grande: sea la virtud la primera, lleve el estandarte, y con todo eso tendremos deleite si, siendo dueños de él, le templáremos. Algo habrá que nos incite, pero nada que nos compela; y al contrario, los que dieron el primer lugar al deleite, carecieron de entrambas cosas, porque pierden la virtud, y no consiguen el deleite, antes ellos son poseídos de él: con cuya falta se atormentan, y con cuya abundancia se ahogan: siendo desdichados si no lo tienen, y más desdichados si los atropella: sucediéndoles lo que a los que se hallan en el mar de las Sirtes, que unas veces se ven en la arena seca, y otras fluctuando con la corriente de las ondas: y esto les acontece, o por demasiada destemplanza, o por ciego amor de las cosas. Que al que en lugar de lo bueno codicia lo malo, el conseguirlo le viene a ser peligroso; como cuando cazamos las fieras con peligro y trabajo, y después de cogidas nos es cuidadosa su posesión, y tal vez despedazan al que las cazó. Así los que gozan de grandes deleites vienen a parar en grandes males, que siendo poseídos se apoderan del poseedor, y cuanto son ellos mayores es menor el que los goza, con que viene a ser esclavo aquel a quien el vulgo llama feliz. Quiero proseguir en esta comparación, diciendo que al modo que el cazador anda buscando las cuevas de las fieras, haciendo grande aprecio de cogerlas en los lazos, cercando con perros los espesos bosques para hallar sus huellas, y para esto falta a cosas más importantes, y desampara sus más legítimas ocupaciones; así el que sigue los deleites lo pospone todo, y desprecia su primera libertad, trocándola por el gusto del vientre; y este tal no compra los deleites, antes él mismo es el que se vende a ellos.
Capítulo XV
Diráme alguno: ¿qué cosa prohibe que no puedan unirse la virtud y el deleite, y hacer un sumo bien, de modo que una misma cosa sea honesta y deleitable? Porque la parte de lo honesto no puede dejar de ser juntamente deleitable, ni el sumo bien puede gozar de su sinceridad, si viere en sí cosa disímil de lo mejor, y el gozo que se origina de la virtud, aunque es bueno, no es parte de bien absoluto, como no lo son la alegría y la tranquilidad, aunque nazcan de hermosísimas causas: porque éstos son bienes que siguen al sumo bien, pero no le perfeccionan. Y así el que injustamente hace unión del deleite y la virtud, con la fragilidad del un bien, debilita el vigor del otro; y pone en servidumbre la libertad, que fuera invencible si no juzgara había otra cosa más preciosa: porque con esto viene a necesitar de la fortuna, que es la mayor esclavitud, y luego se le sigue una vida congojosa, sospechosa, cobarde, temerosa y pendiente de cada instante de tiempo. Tú que haces esto, no das a la virtud fundamento inmóvil y sólido, antes quieres que esté en lugar mudable: porque, ¿qué cosa hay tan inconstante como la esperanza de lo fortuito y la variedad de las cosas que aficionan al cuerpo? ¿Cómo podrá éste obedecer a Dios, y recibir con buen ánimo cualquiera suceso, sin quejarse de los hados? ¿Y cómo será benigno intérprete de los acontecimientos, si con cualesquier picaduras de los deleites se altera? ¿Cómo podrá ser buen amparador y defensor de su patria y de sus amigos el que se inclina a los deleites? Póngase, pues, el sumo bien en lugar donde con ninguna fuerza pueda ser derribado, y donde no tengan entrada el dolor, la esperanza, el temor ni otra alguna cosa que deteriore su derecho: porque a tan grande altura sola puede subir la virtud, y con sus pasos se ha de vencer esta cuesta: ella es la que estará fuerte, y sufrirá cualesquier sucesos, no sólo admitiéndolos, sino deseándolos: conociendo que todas las dificultades de los tiempos son ley de la naturaleza, y como buen soldado sufrirá las heridas, contará las cicatrices, y atravesado con las picas, amará muriendo al emperador por cuya causa muere, teniendo en el ánimo aquel antiguo precepto, Amar a Dios. Pero el que se queja, llora y gime, y hace forzado lo que se le manda, viene compelido a la obediencia: pues ¿qué locura es querer más ser arrastrado que seguir con voluntad? Tal, por cierto, como sería ignorancia de tu propio ser, el dolerte y lamentarte de que te sucedió algún caso acerbo; o admirarte igualmente, o indignarte de aquellas cosas que suceden así a los buenos como a los malos, cuales son las enfermedades, las muertes y los demás accidentes que acometen de través a la vida humana. Todo lo que por ley universal se debe sufrir, se ha de recibir con gallardía de ánimo; pues el asentarnos a esta milicia, fue para sufrir todo lo mortal, sin que nos turbe aquello que el evitarlo no pende de nuestra voluntad. En reino nacimos y el obedecer a Dios es libertad.
Capítulo XVI
Consiste, pues, la verdadera felicidad en la virtud: ¿y qué te aconsejará ésta? Que no juzgues por bien o por mal lo que te sucediere sin virtud o sin culpa, y que después de esto seas inmóvil del bien para el mal, y que en todo lo posible imites a Dios. Y por esta pelea, ¿qué se te promete? Cosas grandes, iguales a las divinas: a nada serás forzado, de ninguna cosa tendrás necesidad; serás libre, seguro y sin ofensa; ninguna cosa intentarás en vano: ninguna hallarás estorbo; todo saldrá conforme a tus deseos; no te sucederá cosa adversa, y ninguna contra tu opinión o contra tu voluntad. ¿Pues qué diremos? ¿Es por ventura la virtud perfecta y divina suficiente para vivir dichosamente? ¿Pues por qué no lo ha de ser? Antes es superabundante, porque ninguna cosa le hace falta al que vive apartado de los deseos de ellas, porque ¿de qué puede necesitar aquel que lo juntó todo en sí? Mas con todo eso, el que camina a la virtud, aunque se haya adelantado mucho, necesita de algún halago de la fortuna, mientras lucha con las cosas humanas, y mientras se desata el lazo de la mortalidad. ¿Pues en qué está la diferencia? En que los unos están asidos, presos y amarrados, y el que se encaminó a lo superior, levantándose más alto, trae la cadena más larga; y aunque no está de todo punto libre, pasa plaza de libre.
Capítulo XVII
Así que si alguno de éstos, que agavillados ladran a la filosofía, me dijere lo que suelen: «¿Por qué hablas con mayor fortaleza de la que vives? ¿Por qué humillas tus palabras al superior? ¿Por qué juzgas por instrumento necesario el dinero? ¿Por qué te alteras con el daño? ¿Por qué lloras con las nuevas de la muerte de tu mujer o de tu amigo? ¿Por qué cuidas tanto de tu fama? ¿Por qué te alteran las malas palabras? ¿Por qué tienes jardines con mayor adorno del que pide el natural uso? ¿Por qué no comes con las leyes que das? ¿Por qué tienes tan lucidas alhajas? ¿Para qué bebes vino de más años que los que tú tienes? ¿Por qué labras casas? ¿Por qué plantas arboledas para sólo hacer sombra? ¿Para qué trae tu mujer en sus orejas la hacienda de una casa rica? ¿Por qué das a tus criados tan costosas libreas? ¿Por qué has introducido que en tu casa sea ciencia el servir, haciendo que los aparadores se dispongan, no a caso, sino con arte? ¿Para qué tienes maestro de trinchar las aves?» Añade si te parece. «¿Para qué tienes hacienda en la otra parte del mar? ¿Para qué posees más de lo que conoces? ¿Por qué eres tan torpe o tan descuidado, que no tienes noticia de tus pocos criados, o vives tan desconcertadamente, que por tener tantos no es suficiente tu memoria a conocerlos?» Yo ayudaré y esforzaré después estos baldones que me das, y me haré otros muchos cargos más de los que tú me pones. Pero por ahora te respondo, no como sabio, sino para dar pasto a tu mala voluntad, y no lo yerro. «Lo que de presente me pido a mí, no es el ser igual a los mejores, sino el ser mejor que los malos. Bástame el ir cercenando cada día alguna parte de mis vicios, y castigando mis culpas. No he llegado hasta ahora a la salud, ni llegaré tan presto: busco para la gota, ya que no remedios, a lo menos fomentos que la disminuyan, contentándome con que venga menos veces, y que me amenace menos fiera: y así, comparado con la ligereza de vuestros pies, soy débil corredor.»
Capítulo XVIII
«No digo esto por mí, que me hallo en el golfo de todos los vicios, sino por el que tiene algo de bueno.» Dirásme que hablo de una manera, y vivo de otra. Esto mismo fue objetado por malísimas cabezas, y enemigas de los buenos, a Platón, a Epicuro y a Zenón, porque todos éstos hablaron, no como vivieron, sino como debieran vivir: «Yo no hablo de mí, sino de la virtud; y cuanto digo injurias a los vicios las digo en primer lugar a los míos. Cuando pudiere, viviré como convenga, y no me apartará de lo bueno esta malignidad teñida con mucho veneno, ni la ponzoñosa (que derramáis en otros, con que os matáis a vosotros mismos) me impedirá el perseverar en alabar la vida (no la que tengo, sino la que conozco debo tener), ni me hará dejar de adorar la virtud, ni de seguirla, aunque tras ella vaya arrastrando largo trecho. ¿He de esperar por ventura a que haya alguna cosa sin mezcla de malevolencia, de la cual no fueron reservados ni Rutilio ni Catón? ¿A quién no tendrán por demasiado rico los que tienen por poco pobre a Demetrio Cínico?» ¡Oh varón fuerte y guerreador contra todos los deseos de la naturaleza, y por esto más pobre que todos los cínicos!, porque con haberse prohibido el poseer se prohibió el pedir. Niegan que fue harto pobre, porque, como ves, no profesó la ciencia de la virtud, sino solamente la pobreza.
Capítulo XIX
Niegan que Diodoro, filósofo epicúreo (que en breves días puso con su propia mano fin a su vida), hizo por doctrina de Epicuro el cortarse la garganta. Unos afirman que aquella acción fue locura: otros que temeridad; y él, entre estas opiniones, dichoso y lleno de buena conciencia, se dio a sí mismo testimonio de la vida pasada y de su loable edad, puesta ya en el puerto y echadas las áncoras, y entonces dijo lo que vosotros oís contra vuestra voluntad: «Viví, y pasé la carrera que me dio la fortuna.» Disputáis vosotros de la vida de uno y de la muerte de otro, y como gozques cuando ven hombres no conocidos, ladráis a la fama de algunos varones señalados por excelentes alabanzas, porque os conviene que nadie parezca bueno, como si la ajena virtud fuese baldón de vuestros vicios. Comparáis envidiosos las cosas limpias con vuestras suciedades, sin atender con cuánto daño vuestro os atrevéis. Porque si decís que aquellos que siguen la virtud son avarientos, deshonestos y ambiciosos, ¿qué sois vosotros que aborrecéis el mismo nombre de la virtud? ¿Negáis haber quien ejecute lo que dice y que no viven al modelo de lo que hablan?; ¿de qué os maravilláis si dicen cosas valientes, grandes y exentas de las humanas tormentas, procurando desasirse de las cruces en que vosotros mismos habéis fijado vuestros clavos?, y cuando son llevados a la muerte, pende cada uno de sola una cruz; pero aquellos que se maltratan a sí mismos están en tantas, cuantos deseos tienen; y siendo mordaces, se muestran donairosos en afrenta ajena. Diérales yo crédito, a no ver que algunos de ellos, puestos en el suplicio, escupieron a los que los miraban.
Capítulo XX
No cumplen los filósofos lo que dicen; pero con todo eso no importa mucho lo que dicen, y lo que con sana intención conciben; porque si con los dichos igualaran los hechos, ¿qué cosa pudiera haber para ellos más feliz? Mientras llegan a esto, no es justo desprecies sus buenos consejos, ni sus entrañas llenas de pequeños pensamientos, que el tratar de estudios saludables premio merece, aunque no llegue a conseguirse el efecto. ¿De qué te maravillas si no llegan a la cumbre los que emprendieron cosas arduas? Considera que, aunque caigan, son con todo eso varones que no mirando a las propias fuerzas, sino a las de la naturaleza, intentan acciones grandes, emprenden cosas altas, concibiendo en el ánimo empresas mayores de las que pueden hacer aun los que se hallan dotados de espíritu gallardo. ¿Qué persona hay que se haya propuesto a sí las razones siguientes?: «Yo con el mismo rostro con que condenaré a otros a muerte oiré la mía. Yo fortificando el cuerpo con el ánimo, obedeceré a los trabajos por grandes que sean. Yo con igualdad despreciaré las riquezas presentes como las ausentes: no me entristeceré de verlas en otro, ni me desvanecerá el poseerlas. Yo no haré caso de que venga o se ausente la fortuna: miraré todas las tierras como si fueran mías, y las mías como si fuesen de todos. Y finalmente viviré como quien sabe que nació para los otros: y por esta razón daré gracias a la naturaleza, que con ningún otro medio pudo hacer mi negocio; pues siendo yo uno solo, me hizo de todos, y con eso hizo que todos fuesen para mí. Todo lo que yo tuviere, ni lo guardaré con escasez ni lo derramaré con prodigalidad; y juzgaré que ninguna cosa poseo mejor que lo que doy bien. No ponderaré los beneficios por el número o peso, ni por alguna estimación más que por la que tengo del que los recibe; y nunca juzgaré hay demasía en lo que se da al benemérito. No haré cosa alguna por la opinión, harélas todas por la conciencia. Creeré que lo que hago, viéndolo yo, lo hago siendo de ello testigo todo el pueblo. El fin de mi comida y bebida será para cumplir la necesidad de la naturaleza y no para henchir y vaciar el estómago. Seré agradable a mis amigos, suave y fácil a mis enemigos. Dejaréme vencer antes de ser rogado: saldré al encuentro a las justificadas intercesiones. Sabré que todo el mundo es mi patria, y que los dioses presiden sobre mí, y que asisten cerca de mí para ser jueces de mis hechos y dichos; y cada y cuando que la naturaleza volviere a pedirme la vida o la razón, la soltaré: saldré de ella, protestando que amé la buena conciencia y las buenas ocupaciones, y que a nadie disminuí su libertad, y ninguno disminuyó la mía.»
Capítulo XXI
El que propusiere, intentare y quisiere hacer esto, hará su camino a los dioses; y si no llegare a conseguirlo, caerá por lo menos de intentos grandes. Pero vosotros, que aborrecéis la virtud y a los que la veneran, no hacéis cosa nueva, porque los ojos enfermos siempre temen al sol, y los animales nocturnos huyen del día claro, y entorpeciéndose con su salida, se van a encerrar en sus escondrijos, metiéndose en las aberturas de las peñas, temerosos de la luz. Gemid, y ejercitad vuestra infeliz lengua en injurias de los buenos: instad y morded, que antes os romperéis los dientes que hagáis presa en ellos. Decís, «¿por qué siendo aquel amador de la filosofía, pasa la vida tan rico? ¿Por qué nos enseña que se han de despreciar las riquezas, y las retiene, que se ha de desestimar la vida, y la conserva, que no se ha de amar la salud, y la procura con tanto cuidado deseando la más robusta? ¿Por qué, diciendo que el destierro es un vano nombre, y que el mudar provincias no tiene cosa que sea mala, se envejece en la patria? ¿Por qué cuando juzga que no hay diferencia de la edad larga a la corta, procura (si no hay quien se lo impida) alargar la suya viviendo contento con vejez larga?» Respóndoos que estas cosas se han de despreciar, no para no tenerlas sino para que el tenerlas no sea con solicitud. No las desechará de sí, antes cuando se le fueren las seguirá seguro. Porque ¿en quién podrá depositar mejor la fortuna sus riquezas que en aquel que, cuando se las pidiere, se las volverá sin quejas? Cuando alababa Marco Catón a Curio y a Corruncano, y el siglo en que se juzgaba por crimen concerniente al Censor el tener algunas pocas medallas de plata, poseía él cuatrocientos sextercios: menos era sin duda de los que tenía Creso; pero mucho más de los que tuvo Catón Censor. Y si se hace comparación, se hallará que Marco Catón se aventajó en más cantidad a la que tuvo su abuelo, que en la que se aventajó a él Creso. Y si hubiera conseguido mayores riquezas, no las hubiera desechado: porque el sabio no se juzga indigno de cualesquier dádivas de la fortuna; y aunque admite las riquezas no pone en ella su amor; y no les da alojamiento en el ánimo, aunque se lo da en su casa: y después de poseídas, si bien las desprecia, no las desecha, antes las guarda, holgándose tener mayor materia para su virtud.
Capítulo XXII
¿Qué duda puede haber de que el varón sabio tendrá más ocasiones para mostrar su ánimo en las riquezas que en la pobreza? Porque en ésta hay un solo género de virtud, que es no abatirse ni rendirse. Pero las riquezas tienen un ancho campo en que poder esparcirse: en la templanza, en la liberalidad, en la diligencia, en la disposición y en la magnificencia. El sabio, aunque sea de pequeña estatura, no hará desprecio de sí, pero con todo eso se holgará ser de gallardo talle, y cuando sea flaco de cuerpo y tuerto de un ojo, se tendrá por sano; pero no obstante esto, deseará tener mayor robustez. Y este deseo será con tal templanza, que aunque sabe que puede haber mayor salud, sufrirá la mala disposición, codiciando la buena. Porque aunque hay algunas cosas que añaden poco a las sumas, y se pueden quitar sin daño del sumo bien, con todo eso aumentan algo al perpetuo contento que nace de la virtud. Aficionan y alegran las riquezas al sabio, al modo que al navegante el quieto y próspero viento, y el buen día, y el lugar abrigado para las lluvias y frío. ¿Cuál de los sabios (de los nuestros hablo, para los cuales la virtud sola es el sumo bien) negará que estas cosas que llamamos indiferentes tienen en sí algo de estimación, y que unas son mejores que otras? A unas de ellas se atribuye alguna parte de honor, a otras mucha. No yerres en esto, advirtiendo que las riquezas se reputan entre las cosas mejores. Dirásme: ¿por qué, pues, te burlas de mí, si ellas tienen cerca de ti el mismo lugar que conmigo? ¿Quieres que te desengañe de que no tienen el mismo lugar? Si a mí se me escaparen las riquezas, no me llevarán más que a sí mismas; pero si te huyeren a ti, quedarás atónito y juzgarás que has quedado sin ti. En mí llegarán a tener alguna estimación, pero en ti la suprema; y finalmente las riquezas serán mías, pero tú serás de las riquezas.
Capítulo XXIII