Chapter 2
Las cosas prósperas suceden a la plebe y a los ingenios viles: y al contrario, las calamidades y terrores, y la esclavitud de los mortales, son propios del varón grande. El vivir siempre en felicidad, y el pasar la vida sin algún remordimiento de ánimo, es ignorar una parte de la naturaleza. ¿Eres grande varón? ¿De dónde me consta si no te ha dado la fortuna ocasión con que ostentar tu virtud? Viniste a los juegos Olimpios y en ellos no tuviste competidor: llevarás la corona olímpica, pero no la victoria. No te doy el parabién como a varón fuerte: dóytele como al que alcanzó el consulado o el corregimiento con que quedas acrecentado. Lo mismo puedo decir al varón bueno, si algún dificultoso caso no le dio ocasión en que poder demostrar la valentía de su ánimo. Júzgote por desgraciado si nunca lo fuiste: pasaste la vida sin tener contrario; nadie (ni aun tú mismo) conocerá hasta dónde alcanzan tus fuerzas; porque para tener noticia de sí es necesaria alguna prueba, pues nadie alcanza a conocer lo que puede sino es probándolo. Por lo cual hubo algunos que voluntariamente se ofrecieron a los males que no les acometían, y buscaron ocasión para que la virtud que estaba escondida resplandeciese. Dígote que los grandes varones se alegran algunas veces con las cosas adversas, no de otra manera que los grandes soldados con el triunfo. He oído referir que en tiempo de Cayo César, quejándose un soldado de las pocas mercedes que se hacían, dijo: «¡Qué linda edad se pierde! La virtud es deseosa de peligros, y pone la mira en la parte adonde camina y no en lo que ha de padecer, porque el mismo padecer le es parte de gloria.» Los varones militares se glorían de las heridas y ostentan alegres la sangre que por la mejor causa corre. Y aunque hagan lo mismo los que sin heridas vuelven de la batalla, con mayor atención se ponen los ojos en el que viene estropeado. Dígote de verdad, que Dios hace el negocio de los que desea perfectos siempre que les da materia de sufrir fuerte y animosamente alguna cosa en que haya dificultad. Al piloto conocerás en la tormenta, y al soldado en la batalla. ¿De qué echaré de ver el ánimo con que sufres la pobreza, si estás cargado de bienes? ¿De dónde el valor y constancia que tienes para sufrir la infamia, la ignominia y el aborrecimiento popular si te has envejecido gozando de su aplauso, siguiéndote siempre su inexpugnable favor, movido de una cierta inclinación de los entendimientos? ¿De qué sabré que sufrirás con igualdad de ánimo las muertes de tus hijos, si gozas de todos los que engendraste? Hete oído consolando a otros, y conociera que te sabrás consolar a ti cuando te apartaras a ti mismo del dolor. Ruégoos que no queráis apartaros de aquellas cosas que los dioses inmortales ponen como estímulos a los ánimos. La calamidad es ocasión de la virtud: y con razón dirá cada uno que son infelices los que viven entorpecidos en sobra de felicidad, donde como en lento mar los detiene una sosegada calma: todo lo que a éstos les sucediere les causará novedad, porque las cosas adversas atormentan más a los faltos de experiencia. Áspero se hace el sufrir el yugo a las no domadas cervices. El soldado bisoño con sólo el temor de las heridas se espanta; mas el antiguo con audacia mira su propia sangre, porque sabe que muchas veces después de haberla derramado ha conseguido victoria. Así que Dios endurece, reconoce y ejercita a los que ama; y al contrario a los que parece que halaga y a los que perdona los reserva para venideros males. Por lo cual erráis si os persuadís que hay algún privilegiado, pues también le vendrá su parte de trabajo al que ha sido mucho tiempo dichoso: porque lo que parece está olvidado, no es sino dilatado. ¿Por qué aflige Dios a cualquier bueno con enfermedades, con llantos y con descomodidades? ¿Por qué en los ejércitos se encargan las más peligrosas empresas a los más fuertes? El general siempre envía los más escogidos soldados para que con nocturnas asechanzas inquieten a los enemigos, o exploren su camino, o para que los desalojen; y ninguno de los que a estas facciones salen, dice que le agravió su general, antes confiesa que hizo de él un buen concepto. Digan, pues, aquellos a quien se manda que padezcan: «Para los tímidos y flojos son dignos de ser llorados los casos, no para nosotros, a quien Dios ha juzgado dignos de experimentar en nuestras fuerzas todo lo que la naturaleza humana puede padecer.» Huid de los deleites y de la enervada felicidad con que se marchitan los ánimos, a quien si nunca sucede cosa adversa que les advierta de la humana suerte, están como adormidos en una perpetua embriaguez. Aquel a quien las vidrieras libraron siempre del aire, y cuyos pies se calentaron con los fomentos diversas veces mudados, cuyos cenáculos templa el calor puesto por debajo o arrimado a las paredes; a éste tal cualquier ligero viento le ofenderá, y no sin peligro, porque siendo nocivas todas las cosas que salen de modo, viene a ser peligrosísima la intemperancia en la felicidad: desvanece el cerebro y atrae la mente a varias fantasías, derramando mucho de oscuridad que se interpone entre lo falso y verdadero. ¿Por qué, pues, no ha de ser mejor el sufrir una perpetua infelicidad que despierte a la virtud, que el reventar con infinitos y desordenados bienes? La muerte es menos penosa con ayuno, y más congojosa con crudezas. Los dioses siguen en los varones justos lo que los maestros en sus discípulos, que procuran trabajen más aquellos de quien tienen mayores esperanzas. ¿Persuadir a éste por ventura que los lacedemonios son aborrecedores de sus hijos, porque experimentan su valor con verlos azotar en público, y los exhortan estando maltratados a que con fortaleza sufran los golpes que les dan, rogándoles perseveren en recibir nuevas heridas sobre las recibidas? Siendo esto así, ¿de qué nos admiramos, si Dios experimenta con aspereza los ánimos generosos? ¿Es por ventura blanda y muelle la enseñanza de la virtud? Azótanos y hiérenos la fortuna: sufrímoslo; no es crueldad, es pelea, a la cual cuantas veces más fuéremos saldremos más fuertes. La parte del cuerpo que con frecuente uso está ejercitada, es la más firme: conviene que seamos entregados a la fortuna, para que por su medio nos hagamos más fuerte contra ella, y para que poco a poco vengamos a ser iguales. La continuación de los peligros engendra desprecio de ellos: por esta razón los cuerpos de los marineros son duros para sufrir los trabajos del mar, y los labradores tienen las manos ásperas, y los brazos de los soldados son más aptos para tirar los dardos. Los correos tienen los miembros ágiles: y en cada uno es fortísima aquella parte en que se ejercita. El ánimo llega con la paciencia a despreciar el poder de los males; y si quisieres saber lo que él podía obrar en nosotros, considera las naciones donde ha puesto sus límites la paz romana: quiero decir los alemanes, y las demás gentes que andan vagantes en las riberas del Danubio, siempre los oprime un perpetuo invierno y un anublado cielo: y sustentándolos escasamente el estéril suelo, y defiéndense por las lluvias en chozas cubiertas de ramas y hojas; bailan sobre las lagunas endurecidas con el hielo, y para sustentarse cazan las fieras. ¿Parécete que éstos son míseros? Pues ninguna cosa en quien la costumbre se ha convertido en naturaleza es mísera, porque poco a poco vienen a ser deleitables las que comenzaron por necesidad. Estas naciones no tienen domicilios, ni lugares de asiento más de aquellos que les da el cansancio de cada día; su comida es vil y la han de buscar en sus manos; y siendo terrible la inclemencia del cielo, traen desnudos los cuerpos, siendo esto que tú tienes por descomodidad la vida de tantas gentes. ¿Por qué, pues, te admiras de que los varones buenos sean vejados, para que con la vejación se fortifiquen? Ningún árbol está sólido y fuerte sino el fatigado de continuos vientos, porque con el mismo combate de ellos se aprietan y fortifican las raíces: y al contrario, los que crecieron en abrigados valles son frágiles. Según esto, en favor de los varones buenos es el ser muy versados entre cosas formidables, para que se hagan intrépidos, sufriendo con igualdad de ánimo las cosas que no son de suyo malas sino para el que las sufre mal.
Capítulo V
Añade que asimismo es bueno para todos (quiero decirlo así) que cada uno milite y muestre sus obras. El intento de Dios es persuadir al varón sabio que las cosas que el vulgo apetece y las que teme, ni son bienes ni males. ¿Conoceráse el ser bienes si no los diere sino a los varones buenos, y ser males si no los diere sino a los malos? La ceguera fuera detestable si ninguno perdiera la vista sino aquel que mereciese le fuesen sacados los ojos. Carezcan finalmente de luz Apio y Metelo. Las riquezas no son bienes, pues téngalas Eliorufian, para que cuando los hombres consagraren su mejor dinero en el templo, le vean también en el burdel. El mejor medio de que Dios usa para desacreditar las cosas deseadas es darlas a los malos y negarlas a los buenos. Bien está eso; pero parece cosa injusta que el varón bueno sea debilitado, herido y maltratado, y que los malos anden libres y afeminados. Si eso dices, también seria cosa inicua que los varones fuertes tomen las armas, y que pasen las noches en la campaña, asistiendo en el batallón con las heridas atadas, y que en el ínterin estén sosegados y seguros en la ciudad los eunucos que profesan deshonestidad. Y tampoco parecerá justo que las nobilísimas vírgenes se desvelen de noche para los sacrificios, cuando las mujeres de manchada opinión gozan de profundo sueño. El trabajo cita a los buenos, y el Senado suele estar todo el día en consejo, cuando en el mismo tiempo el hombre más vil deleita su ocio en el campo, o está encerrado en el bodegón, o gasta el tiempo en algún liviano paseo. Lo mismo, pues, sucede en esta gran República del mundo, en que los varones buenos trabajan y se ocupan, y sin ser forzados siguen voluntariamente a la fortuna, igualando con ella los pasos, y si supieran a donde los encaminaba, se le adelantaran. También me acuerdo haber oído esta fortísima razón de Demetrio: «De solo esto me puedo quejar, oh dioses inmortales, de que antes de ahora no me hayáis hecho notoria vuestra voluntad, para que hubiera venido primero a estas cosas a que ahora estoy pronto. ¿Queréis quitarme los hijos? Para vosotros los crié. ¿Queréis algún miembro de mi cuerpo? Tomadle: y no hago mucho en ofrecerle, habiendo de dejarlos todos muy presto. ¿Queréis la vida?; ¿por qué no la he de dar? Ninguna detención habrá en restituiros lo que me disteis. Todo lo que pidiéredes, lo recibiréis de mí, que con voluntad lo doy. ¿Pues de qué me quejo? De que quisiera darlo por voluntaria ofrenda, más que por restitución. ¿Qué necesidad hubo de quitarme lo que podíades recibir? Pues aun con todo eso no me habéis de quitar cosa alguna, porque no se quita sino al que la retiene. Yo en nada soy forzado, y nada padezco contra mi gusto, ni en esto os hago servicio: confórmome con vuestra voluntad, conociendo que todas las cosas corren por una cierta ley promulgada para siempre.» Los hados nos guían, y la primera hora de nuestro nacimiento dispuso lo que resta de vida a cada uno: una cosa pende de otra, y las públicas y particulares las guía un largo orden de ellas. Por lo cual conviene sufrir todos los sucesos con fortaleza, porque no todas las cosas suceden como pensamos: vienen como está dispuesto, y si desde sus principios está así ordenado, no hay de qué te alegres ni de qué llores, porque aunque parece que la vida de cada uno se diferencia con grande variedad, el paradero de ella es uno. Los mortales habemos recibido lo que es mortal: use, pues, la naturaleza de sus cuerpos como ella gustare; y nosotros estando alegres y fuertes en todo, pensemos que ninguna cosa de las perecederas es caudal nuestro. ¿Qué cosa es propia del varón bueno? Rendirse al hado, por ser grande consuelo el ser arrebatado con el universo. ¿Qué razón hubo para mandarnos vivir y morir así? La misma necesidad obligó a los dioses, porque un irrevocable curso lleva con igualdad las cosas humanas y las divinas. Que aquel formador y gobernador de todas las cosas escribió los hados, pero síguelos: una vez lo mandó y siempre lo ejecuta. ¿Por qué, pues, siendo Dios, no fue justo en la distribución del hado, asignando a los varones buenos pobreza, heridas y tristes entierros? El artífice no puede mudar la materia: ésta es la que padeció. Hay muchas cosas que no se pueden separar de otras por ser individuas. Los ingenios flojos y soñolientos, cuyo desvelo, parece sueño, están forjados de elementos débiles; pero para formar un varón que se deba llamar vigilante, es necesario hado más fuerte. Y éste no hallará camino llano, necesario es vaya cuesta arriba y cuesta abajo, y que padezca tormentas gobernando el navío en el mar alborotado; y teniendo todas sus andanzas encontradas con la fortuna, es forzoso le sucedan muchas cosas adversas, ásperas y duras para que él las allane. El fuego apura el oro, y la calamidad a los varones fuertes. Mira el altura a donde ha de subir la virtud, y conocerás que no se llega por caminos llanos. «La entrada del camino es ardua, y en ella por la mañana apenas pueden afirmar los pies los caballos por ser altísima, en medio del cielo, de donde el mirar las tierras y el mar me causa temor, palpitando el pecho con miedo. Lo mismo de él es cuesta abajo, y necesita de particular industria, y entonces la misma diosa Tetis, que me recibe en las sujetas ondas, suele recelar no me despeñe.» Habiendo oído estas dificultades aquel generoso mancebo, dijo: «Ese camino me agrada, subo en el carro. Es de tanta estimación hacer este viaje al que ha de caer, que no consiente que el ánimo se acobarde con miedo. Y para que aciertes el camino sin que algún error te desvíe, has de pasar por los cuernos del adversario Toro, y por los arcos Hemonios, y por la boca del violento León.» Después de esto le dijo: «Haz cuenta que te he entregado el carro. Con estas cosas, con que juzgas me atemorizo, me incito, porque tengo gusto de ponerme donde el mismo Sol tiene miedo: que es de abatidos y flojos emprender las cosas seguras: por lo arduo camina la virtud.»
Capítulo VI
¿Por qué permite Dios que a los varones buenos se les haga algún mal? No permite tal: antes aparta de ellos todos los males, las maldades, los deleites, los malos pensamientos, los codiciosos consejos, la ciega sensualidad y la avaricia, que anhela siempre por lo ajeno. ¿Hay por ventura quien pida a Dios que guarde también las alhajas de los buenos? Ellos le eximen de este cuidado, porque desprecian todo lo externo. Demetrio arrojó las riquezas, juzgando eran carga del entendimiento recto: pues ¿por qué te admiras si consiente Dios que al bueno le suceda lo que el mismo bueno quiere le suceda alguna vez? Pierden sus hijos los varones buenos: ¿qué importa, si alguna vez ellos mismos los matan? Son desterrados los buenos: importa poco si ellos voluntariamente se suelen desterrar de su patria, sin intento de volver a ella. Son muertos: ¿qué importa, si tal vez ellos mismos se quitan la vida? ¿Para qué, pues, padecen algunas adversidades?; para enseñar a otros a sufrirlas, porque nacieron para ser ejemplo. Sepan, pues, que les dice Dios: «Vosotros a quien agradan las cosas rectas, ¿de qué os podéis quejar de mí? A otros he dado falaces bienes, y unos ánimos vacíos: burléme de ellos como un largo y engañoso sueño: adornélos de oro, plata y marfil; pero en lo interior no hay cosa buena. Estos en quien ponéis los ojos como dichosos, si los miráredes, no por la parte que se manifiestan, sino por la que se esconden, veréis que son miserables asquerosos, torpes y feos; y finalmente, son como las paredes de sus casas adornadas solamente por defuera. Esta felicidad no es sólida y maciza, sólo tiene la superficie, y esa muy delgada. Finalmente, mientras les es permitido el estar en su dicha mostrándose en la forma que ellos quieren ser vistos, resplandecen y engañan; pero cuando sucede algo que los perturbe y que los descubra, entonces se conoce cuánto de verdadera y honda fealdad encubría el ajeno resplandor. A vosotros he dado bienes seguros y permanentes, y cuanto más los desenvolviéredes y los miráredes, los hallaréis por todas partes mayores y mejores. Heos dado valor para hacer desprecio de lo que a otros causa temor, y para tener hastío de lo que otros desean. No resplandeceréis por fuera, porque vuestros bienes están encerrados dentro. De esta misma manera el orbe desprecia lo exterior, porque está contento con la vista de sí mismo: todo el bien lo encerré dentro, y vuestra felicidad consiste en no tener necesidad de la felicidad. Diréis que os suceden muchas cosas tristes, y duras de sufrir. Por no reservaros de estas cosas, armé contra ellas vuestros ánimos, y en esta parte pasáis adelante a los dioses, porque ellos no pueden padecer males, y vosotros os halláis superiores a las pasiones de ellos. Despreciad la pobreza, pues nadie vive con tanto como la que tuvo cuando nació. Despreciad el dolor, pues o él se acabará u os acabará. Despreciad la fortuna, porque no le di armas con que pudiese ofender el ánimo. Despreciad la muerte, que os acaba o transfiere. Y ante todas cosas hice ley que ninguno os pudiese detener forzados, habiéndoos dejado patente la salida, y si no queréis pelear podéis huir. Y por esta causa entre todas las cosas que quise os fuesen necesarias, ninguna hice que fuese más fácil que el morir, puse el ánima en lugar dispuesto a entregarse. Atended ahora y veréis cuán breve y desocupado es el camino que os lleva a la libertad. No os puse tan largas dilaciones a la salida de la vida, cuantas a la entrada: porque de otra manera, si tardáredes tanto en morir como en nacer, tuviera la fortuna en vosotros un extendido imperio. En todo lugar os enseñé la felicidad que hay para renunciar a la naturaleza, volviéndole su dádiva. Aprended la muerte, mientras veis que entre los mismos altares y las solemnes ceremonias se deja la vida.» Los fuertes cuerpos de los toros caen de una pequeña herida, y los animales de grandes fuerzas los derriba el golpe de una humana mano, y con delgado hierro se rompe la nuca de la cerviz; y cuando el nervio que traba el cuello con la cabeza, se corta, cae aquel gran peso. El espíritu no está encerrado en hondo lugar, ni se ha de sacar con garabatos, ni es necesario revolver con nueva herida las entrañas, que más vecina está la muerte. No puse lugar determinado para estos golpes: por cualquiera está dispuesto a aquello que llamamos morir, que es cuando se despide el alma del cuerpo: es cosa tan breve que no puede conocer su velocidad, ora sea apretando un nudo a la garganta, ora impidiendo el agua la respiración, ora la dureza del suelo rompa la cabeza de los que caen, o las comidas brasas corten el curso del espíritu que vuelve atrás. Sea esto lo que fuere, todo ello corre aprisa. ¿De qué, pues, os empacháis y estáis tanto tiempo temiendo lo que se hace en un instante?
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