De la constancia del sabio

Chapter 2

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Pues hemos tratado de la primera parte, pasemos a la segunda, en la cual refutaremos la afrenta con algunas razones propias y con otras comunes. La contumelia es menor que la injuria, y de ella nos podemos quejar más que vengarla, y las leyes no la juzgan digna de castigo. La humildad mueve este afecto del ánimo que se encoge por algún hecho o dicho contumelioso. No me admitió hoy Fulano, habiendo admitido a otros, o no escuchó mis razones, o en público se rió de ellas; no me llevó en el mejor lugar, sino en el peor, con otros algunos sentimientos de esta calidad, a los cuales no sé qué otro nombre poder dar sino quejillas de ánimo mareado, en que siempre caen los delicados y dichosos; porque a los que tienen mayores cuidados no les queda tiempo para reparar en semejantes impertinencias. Los entendimientos que de su natural son flacos y mujeriles y que con el demasiado ocio lozanean, como carecen de verdaderas injurias, se alteran con éstas, cuya mayor parte consiste en la culpa de quien las interpreta. Finalmente, el que se altera con el agravio hace demostración que ni tiene cosa alguna de prudencia ni de confianza, y así se juzga despreciado; y este remordimiento no sucede sin un cierto abatimiento de ánimo, rendido y desmayado. El sabio, de ninguno puede ser despreciado; porque, conociendo su grandeza, se persuade a que nadie tiene autoridad de ofenderle; y no sólo vence éstas, que yo no llamo miserias, sino molestias del ánimo, pero ni aun las siente. Hay otras cosas que aunque no derriban al sabio, le hieren, como son los dolores del cuerpo, la flaqueza, la pérdida de hijos y amigos y la calamidad de la patria abrasada en guerras. No niego que el sabio siente estas cosas, porque no le doy la dureza de las piedras o del hierro, pero tampoco fuera virtud sufrirlas no sintiéndolas.

Capítulo XI

Pues ¿qué es lo que hace el sabio? Recibe algunos golpes, y en recibiéndolos los rechaza, los sana y los reprime: mas estas cosas menores no sólo no las siente, pero aun no se vale contra ellas de su acostumbrada virtud habituada a sufrir, antes no repara en ellas, o las juzga por dignas de risa. Demás de esto, como la mayor parte de las contumelias hacen los insolentes y soberbios y los que se avienen mal con su felicidad, viene a tener el sabio la sanidad y grandeza de ánimo con que rechaza aquel hinchado afecto, siendo esta virtud tan hermosa que pasa por todas las cosas de esta calidad como por vanas fantasías de sueños y como por fantasmas nocturnos, que no tienen cosa alguna de sólido y verdadero; y juntamente se persuade que todos los demás hombres le son tan inferiores, que no han de tener osadía a despreciar las cosas superiores a ellos. Esta palabra contumelia se deriva del desprecio; porque ninguno, si no es el que desprecia, la hace, y ninguno desprecia al que tiene por mayor y por mejor aunque haga algo de aquello que suelen hacer los despreciadores. Suelen los niños dar golpes en la cara a sus padres, y muchas veces desgreñan y arrancan los cabellos a sus madres, escúpenlas, descúbrenlas en presencia de otros y dícenlas palabras libres, y a ninguna acción de estas llamamos contumelia. ¿Cuál es la razón? Porque el que lo hizo no pudo despreciar; y por esta misma causa nos deleita la licenciosa urbanidad que los esclavos tienen para con sus dueños, cuya audacia y dicacidad puede atreverse a los convidados cuando empezó en su señor; porque al paso que cada uno de ellos es más abatido y ridículo, es de más osada lengua; y para este efecto se suelen comprar muchachos ingeniosos cuya libertad se perfeccione con maestros que les enseñen a decir injurias pensadas; y nada de esto tenemos por afrenta, sino por agudezas.

Capítulo XII

Pues ¿qué mayor locura puede haber como el deleitarnos y ofendernos de las mismas cosas, y el tener por afrenta lo que me dice mi amigo, teniendo por bufonería lo que me dice el esclavo? El ánimo que nosotros tenemos contra los niños, ese mismo tiene el sabio contra aquellos que, aun después de pasada la juventud y habiendo llegado las canas, se están en la puerilidad y niñez. ¿Han, por ventura, medrado algo éstos en quien están arraigados los males del ánimo? Y si han crecido, ha sido en errores, diferenciándose de los niños solamente en ser mayores y en la forma de los cuerpos; que en lo demás no están menos vagos e inciertos, apeteciendo el deleite sin elección y estando temerosos; y si se ven algún tiempo quietos, no es por inclinación, sino por miedo. ¿Quién, pues, habrá que diga hay diferencia entre ellos y los muchachos, mas de que toda la codicia de éstos es en tener algunos dados y alguna moneda de vellón, y la de otros es de oro, plata y ciudades? Los muchachos hacen también entre sí sus magistrados, imitando la garnacha, las varas y los tribunales que los hombres tienen; los muchachos hacen en las riberas formas de casas juntadas de arena. Los hombres, como si emprendiesen alguna cosa grande, se ocupan en levantar piedras, paredes y techos, que habiendo sido inventados para defensa de los cuerpos, se convierten en peligro suyo; iguales, pues, son a los muchachos, y si en algo se les adelantan en algunas cosas mayores, todo al fin es error; y así, no sin causa el sabio recibe las injurias de éstos como juegos, y tal vez los amonesta con el mal y con la pena como a muchachos, no porque él haya recibido la injuria, sino porque la hicieron ellos, y para que desistan de hacerla; al modo que cuando los caballos rehúsan la carrera, les da el caballero con el azote, y sin enojarse con ellos los castiga para que el dolor venza la rebeldía. Con lo cual juntamente verás que está disuelto el argumento que se nos pone, que el sabio no recibe injuria ni afrenta porque castiga a los que se la hacen; porque esto no es vengarse, sino enmendarlos.

Capítulo XIII

¿Qué razón, pues, hay para que no creas que tiene esta firmeza de ánimo el varón sabio, teniendo licencia de confesarla en otros, aunque no sea precedida de la misma causa? ¿Qué médico se enoja con el frenético? ¿Quién tiene por injurias las quejas de aquel a quien estando con la fiebre se le deniega el agua? Advierte que el sabio tiene el mismo oficio con todos que el médico con sus enfermos, sin que éste se desdeñe de tocar las obscenidades, ni mirar los excrementos, cuando de ello necesita el enfermo, y sin que se enoje de escuchar las palabras ásperas de los que, frenéticos, se enfurecen. Conoce el sabio que muchos de los que andan con la toga y la púrpura, aunque tienen buen color y parece que están fuertes, están malsanos; y así, los mira como a enfermos destemplados, y con esto no se ensaña, aunque desvergonzadamente se atrevan a intentar con la enfermedad alguna cosa contra el que los cura; y como hace poca estimación de los honores que el enfermo le da, tampoco hace caudal de las acciones contumeliosas: y como hace poco aprecio de que un mendigo le honre, tampoco tiene por injuria si algún hombre de los de la ínfima plebe, siendo saludado, no le pagó la cortesía; ni se estima en más porque muchos ricos le estiman: porque conoce que en ninguna cosa se diferencian de los mendigos, antes son más desdichados; porque los pobres necesitan de poco y los ricos de mucho; y, finalmente, no se sentirá el sabio de que el rey de los medos, o Atalo, rey de Asia, pase con silencio y con arrogante rostro cuando él le saluda: porque conoce que el estado de los reyes no tiene otra cosa de que se tenga envidia más que la que se tiene de aquel a quien, en una gran familia, le cupo el cuidado de regir los enfermos y enfrenar los locos. ¿Sentiréme yo, por ventura, si uno de los que en los ejércitos están negociando y comprando malos esclavos, de que están llenas sus tiendas, me dejó de saludar? Pienso que no me sentiré; porque ¿qué cosa tiene buena aquel en cuyo poder no hay alguno que no sea malo? Luego al modo que el sabio desprecia la cortesía o descortesía de éste, desestimará la del rey que tiene en su servicio esclavos partos, medos y bactrianos; pero de tal manera que los enfrena con miedo, sin atreverse jamás a aflojar el arco por ser malos y venales y que desean mudar de dueño. El sabio con ninguna injuria de éstos se altera; porque aunque ellos son entre sí diferentes, él los juzga iguales por serlo en la ignorancia: porque si una vez se abatiese tanto que se alterase con la injuria o contumelia, jamás podría tener seguridad, siendo ésta el principal caudal de un sabio, el cual nunca cometerá tal error, que vengándose de la injuria, venga a dar honor al que la hizo; siendo consecuencia necesaria el recibirse con alegría el honor de aquel de quien se sufre molestamente el agravio.

Capítulo XIV

Hay hombres tan mentecatos que juzgan pueden recibir afrenta de una mujer. ¿Qué importa que ella sea rica, que tenga muchos litereros, que traiga costosas arracadas, que ande en ancha y costosa silla, pues con todo esto es un animal imprudente, y si no se le arrima alguna ciencia y mucha erudición es una fiera que no sabe enfrenar sus deseos? Hay algunos que llevan impacientemente el ser impelidos de los criados guedejudos que los acompañan, y tienen por afrenta el hallar dificultad en los porteros y soberbia en el que cuida de las visitas o sobrecejo en el camarero. ¡Oh, cómo conviene despertar la risa en estas ocasiones!, ¡y cómo se debe henchir de deleite el ánimo cuando en su quietud contempla los errores ajenos! ¿Pues qué se ha de hacer? ¿No ha de llegar el sabio a las puertas guardadas por un áspero y desabrido portero? Si le obligare algún caso de necesidad, podrá experimentar el llegar a ellas, amansando primero con algún regalo al que las guarda como perro mordedor, sin reparar en hacer algún gasto, para que le dejen llegar a los umbrales; y considerando que hay muchos puentes donde se paga el tránsito, no se indignará de pagar algo, y perdonará al que tiene a su cargo esta cobranza, séase quien se fuere, pues vende lo que está expuesto a venderse. De corto ánimo es el que se muestra ufano porque habló con libertad al portero y porque le rompió la vara y se entró al dueño y le pidió que lo mandase castigar. El que porfía se hace competidor, y aunque venza ya se hizo igual. ¿Qué hará, pues, el sabio cargado de golpes? Lo que hizo Catón cuando le hirieron en la cara, que ni se enojó ni vengó la injuria, y tampoco la perdonó, porque negó estar injuriado: mayor ánimo fue no reconocerla, de lo que fuera el perdonarla. Y no nos detendremos mucho en esto: porque ¿quién hay que ignore que de estas cosas que se tienen por buenas o por malas hace el sabio diferente concepto que los demás? No pone los ojos en lo que los hombres tienen por malo y desdichado; porque no camina por donde el pueblo. Y al modo que las estrellas hacen su viaje contrario al mundo, así el sabio camina contra la opinión de todos.

Capítulo XV

Dejad, pues, de preguntarme cómo el sabio no recibe injuria si le hieren o le sacan los ojos; y que no recibe afrenta si le llevan por las plazas, oyendo oprobios de la gente soez; y si le mandan que en los convites reales coma debajo de la mesa con los esclavos de más bajos ministerios; y finalmente, si fuere forzado a sufrir cualquier otra ignominia de las que aun sólo pensadas son molestas a cualquier ingenua vergüenza. En la forma que éstas se aumentan, ora sea en número, ora en grandeza, serán siempre de la misma naturaleza; con lo cual, si las pequeñas no ofenden, tampoco han de ofender las grandes; y si no las pocas, tampoco las muchas. De vuestra flaqueza sacáis conjeturas para el ánimo grande; y cuando pensáis en lo poco que vosotros podéis sufrir, ponéis poco más extendidos términos al sabio, a quien su propia virtud le colocó en otros diferentes parajes del mundo, sin que tenga cosa que sea común con vosotros; por lo cual no se anegará con la avenida de todas las cosas ásperas y graves de sufrir, ni con las dignas de que de ellas huyan el oído y la vista; y en la misma forma que resistirá a cada una de por sí, resistirá a todas juntas. Mal discurre el que dice: esto es tolerable al sabio, y esto es intolerable, y el que pone coto y límite a la grandeza de su ánimo. Porque la fortuna nos vence, cuando de todo punto no la vencemos. Y no te parezca que esto es una aspereza de la doctrina estoica, pues Epicuro (a quien vosotros tenéis por patrón de vuestra flojedad, y de quien decís que os enseña doctrina muelle y floja, encaminada a los deleites) dijo que raras veces asiste la fortuna al sabio: razón poco varonil. ¿Quieres tú decirlo con mayor valentía, y apartar de todo punto la fortuna del sabio? Pues di: esta casa del sabio es angosta y sin adorno, es sin ruido y sin aparato: no está su entrada defendida con porteros, que con venal austeridad apartan la turba; pero por estos umbrales desocupados, y no guardados de porteros, no entra la fortuna, porque sabe no tiene lugar adonde conoce que no hay cosa que sea suya; y si aun Epicuro, que tanto trató del regalo del cuerpo, tuvo brío contra las injurias, ¿qué cosa ha de parecer entre nosotros increíble o puesta fuera de la posibilidad de la humana naturaleza? Aquél dijo que las injurias eran tolerables al sabio, y nosotros decimos que para el sabio no hay injurias.

Capítulo XVI

Y no hay para qué me digas que esto repugna a la naturaleza; porque nosotros no decimos que el ser azotado, el ser repelido y el carecer de algún miembro no es descomodidad; pero negamos que estas cosas sean injurias. No les quitamos el sentimiento del dolor, quitámosles el nombre de injurias, que éste no tiene entrada donde queda ilesa la virtud. Veamos cuál de los dos trata más verdad; entrambos convienen en el desprecio de la injuria. Pregúntasme: siendo esto así, ¿qué diferencia hay entre ellos? La que hay entre los fortísimos gladiadores, que unos sufriendo las heridas están firmes, y otros volviendo los ojos al pueblo, que clama, dan indicios de su poco valor; no mereciendo que por ellos se interceda. No pienses que es cosa grande en lo que discordamos; sólo se trata de aquello que es lo que sólo nos pertenece. Entrambos ejemplos nos enseñan a despreciar las injurias y contumelias, a quien podemos llamar sombras y apariencias de injurias; para cuyo desprecio no es necesario que el varón sea sabio, basta que sea advertido, y que pueda hacer examen, preguntándose si lo que le sucede es por culpa suya o sin ella; porque si tiene culpa, no es agravio sino castigo; y si no la tiene, la vergüenza queda en quien hace la injuria. ¿Qué cosa es ésta a que llamamos contumelia? Que te burlaste de mi calva, de mis ojos, de mis piernas o mi estatura. ¿Qué agravio es decirme lo que está manifiesto? De muchas cosas que nos dicen delante de una persona nos reímos; y si nos la dicen delante de muchas, nos indignamos, quitando la libertad a que otros nos digan lo que nosotros mismos nos decimos muchas veces. Con los donaires moderados nos entretenemos, y con los que no tienen moderación nos airamos.

Capítulo XVII

Refiere Crisipo que se indignó uno contra otro porque le llamó carnero marino. Y en el Senado vimos llorar a Fido Cornelio, yerno de Ovidio, porque Corvulo le llamó avestruz pelado: había tenido valor contra otras malas razones que le infamaban las costumbres y la vida, y con ésta es le cayeron feamente las lágrimas; tan grande es la flaqueza del ánimo en apartándose de la razón. ¿Qué diremos de que nos damos por ofendidos si alguno remeda nuestra habla y nuestros pasos o si declara algún vicio nuestro en la lengua o en el cuerpo? Como si estos defectos se manifestaran más con remedarlos otros, que con tenerlos nosotros. Muchos oyen con sentimiento la vejez y las canas a que llegaron con deseos; otros se ofendieron de que les notaron su pobreza, escondiéndola de los otros cuando entre sí se lamentan de ella. Según lo cual, a los licenciosos que con decir pesadumbres tratan de hacerse graciosos, se les quitará la materia si tú, voluntaria y anticipadamente, te adelantares a decirte lo que ellos te podrán decir: porque el que comienza a reírse de sí, no da lugar a que otros lo hagan. Hay memoria de que Vatinio, hombre nacido para risa y aborrecimiento, fue un truhán, donairoso y decidor, y solía él decir mucho mal de sus pies, y de su garganta llena de lamparones, con lo cual se libró de la fisga de sus émulos, aunque tenía más que enfermedades; y entre otros, se escapó de los donaires de Cicerón. Si aquél con la desvergüenza, y con los continuos oprobios con que se habituó a no avergonzarse, pudo conseguirlo, ¿por qué no lo ha de alcanzar el que con estudios nobles y con el adorno de la sabiduría hubiere llegado a alguna perfección? Añade que es un cierto género de venganza quitar al que quiso hacer la injuria el deleite de ella: suelen los que las hacen decir: «Desdichado de mí, pienso que no lo entendió»; porque el fruto de la injuria consiste en que se sienta y en la indignación del ofendido; y demás de esto, no hayas miedo que falte otro igual que te vengue.

Capítulo XVIII

Entre los muchos vicios de que abundaba Cayo César, era admirablemente notado en ser insigne en picar a todos con alguna nota, siendo él materia tan dispuesta para la risa; porque era tal su pálida fealdad, que daba indicios de locura, teniendo los torcidos ojos escondidos debajo de la arrugada frente, con grande deformidad de una cabeza calva destituida de cabellos, y una cerviz llena de cerdas, las piernas muy flacas, con mala hechura de pies; y con todas estas faltas sería proceder en infinito si quisiese contar las cosas en que fue desvergonzado para sus padres y abuelos y para todos estados; referiré sólo lo que fue causa de su muerte. Tenía por íntimo amigo a Asiático Valerio, varón feroz y que apenas sabía sufrir ajenos agravios. A éste, pues, le objetó en alta voz en un convite y una conversación pública, cuál era su mujer en el acto venéreo. ¡Oh, santos dioses, que esto oiga un varón! ¡Y que esto sepa un príncipe! ¡Y que llegase su licencia a tanto, que no digo a un varón consular, no a un amigo, sino a cualquier marido, se atreviese un príncipe a contar su adulterio y su fastidio! De Querea, tribuno de los soldados, se decía que por ser el tono de la voz lánguido y débil, se hacía sospechoso: a éste, siempre que pedía el nombre, se le daba Cayo, unas veces el de Venus, y otras el de Príapo, notando de afeminado al que manejaba las armas. Y esto lo decía andando él cargado de galas y joyas, así en los vestidos como en el calzado. Forzóle con esto a disponer con el hierro el no llegar más a pedirle el nombre. Éste fue el primero que levantó la mano entre los conjurados; él le derribó de un golpe la media cerviz, y luego llegaron infinitas espadas a vengar las públicas y particulares injurias; pero el que primero mostró ser varón, fue el que no se lo parecía. Y siendo Cayo tan amigo de decir injurias, era impaciente en sufrirlas, juzgándolo todo por injuria. Enojóse con Herenio Macro, porque saludándolo le llamó solamente Cayo. Y no se quedó sin castigo un soldado aventajado porque le llamó Calígula: siendo éste el nombre que se le solía llamar, por haber nacido en los ejércitos y ser alumno en las legiones. Y él, que con este apellido se había hecho familiar a los soldados, puesto ya en los coturnos de la grandeza, juzgaba por oprobio y afrenta que le llamasen Calígula. Seános, pues, de consuelo cuando nuestra mansedumbre dejare la venganza, que no faltará quien castigue al desvergonzado, soberbio e injurioso: vicios que no se ejercitan en solo uno ni en sola una afrenta. Pongamos los ojos en los ejemplos de aquellos cuya paciencia alabamos, como fue Sócrates, que tomó en buena parte los dicterios contra él esperados y publicados en las comedias: y se rió de ellos, no menos que cuando su mujer Xantipa le roció con agua sucia, e Iphicrates cuando se le objetó que su madre Tresa era bárbara respondió que también la madre de los dioses era de Frigia.

Capítulo XIX

No hemos de venir a las manos, lejos hemos de sacar los pies, despreciando todo aquello que los imprudentes hacen, porque tales cosas no las pueden hacer sino los que lo son. Hemos de recibir con indiferencia los honores y las afrentas del vulgo, sin alegrarnos con aquéllos ni entristecernos con éstas: porque de esta suerte dejaremos de hacer muchas cosas necesarias por el temor o fastidio de las injurias, y no acudiremos a los públicos o particulares ministerios y tal vez a los importantes a la salud, mientras nos congoja un afeminado temor de oír algo contra nuestro ánimo. Y otras veces, estando airados contra los poderosos, descubriremos este afecto con destemplada desenvoltura. Y si pensamos que es libertad el no padecer algo, estamos engañados, que antes lo es el oponer el ánimo a las injurias, y hacerse tal que espere de sí solo las cosas dignas de gozo, apartando las exteriores por no pasar vida inquieta, temiendo la fisga y las lenguas de todos. Porque ¿cuál persona hay que no pueda hacer una afrenta, si la puede hacer cada uno? Pero el sabio y el amador de la sabiduría usaran de diferentes remedios. A los imperfectos, y que todavía se encaminan a los tribunales públicos, se les debe proponer que su vida ha de ser siempre entre injurias y afrentas; los que las han esperado, todas las cosas les parecen más tolerables. Cuanto más aventajado es uno en nobleza, en fama y en hacienda, tanto con mayor valor se ha de mostrar, trayendo a la memoria que las más esforzadas legiones toman la avanguardia. Las afrentas, las malas palabras, las ignominias y los demás denuestos súfralos como vocería de los enemigos, y como armas y piedras remotas, que sin hacer herida hacen estruendo cerca de los morriones; súfrelas sin mostrar flaqueza y sin perder el puesto, las unas como heridas dadas en las armas y las otras en el pecho; y aunque te aprieten, y con molesta violencia te compelan, es torpeza el rendirte: defiende, pues, el puesto que te señaló la naturaleza. Y si me preguntas qué puesto es éste, te responderé que el de varón. El sabio tiene otro socorro diverso del vuestro, porque vosotros estáis en la pelea, y para él está ya ganada la victoria; no hagáis repugnancia a vuestro bien, y mientras llegáis al que es verdadero, alentad en vuestros ánimos esta esperanza, y recibid con gusto lo que es mejor, y confesad con opinión y con deseos el decir que en la república del linaje humano hay alguno invencible y en quien no tiene imperio la fortuna.

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