De carne y hueso; cuentos

Part 9

Chapter 93,820 wordsPublic domain

Brito, afectando cierta insensibilidad artística, que juzgó del mejor tono, procuró demostrarles que jamás había estado _tan_ bien. Para el hombre vulgar, la prisión es un martirio; para el inteligente, para el pensador, es un refugio. Allí, en la paz del siniestro edificio donde los reclusos viven como los microbios en los poros de los cuerpos muertos, el espíritu puede reconcentrarse, el entendimiento y la imaginación se exaltan, se trabaja mucho mejor, se lee con más provecho...

--En esta celda--añadió,--prometo escribir dos libros por lo menos.

Aquellas afirmaciones que, á no ser falsas, acusaban un espíritu varonil, inaccesible al dolor, fueron recibidas de distinto modo; algunos admiraron la fortaleza de Norberto, otros sonreían incrédulos; Paulina y Pedro Rico escuchaban amablemente, pues de algo necesitaban hablar, pero sin emoción, sabiendo cuánto artificio había en el fondo de todo aquello.

A la tarde siguiente, ocurrió lo mismo; Brito habló del día de su excarcelación como de algo problemático y remoto; los amigos le embromaron delicadamente, recordándole su estado de forzosa viudez; Pedro Rico miró á Paulina mordiéndose los labios: ella reía impávida: era una mujer delgada y pequeña, con unos ojos glaucos y fríos, de una frialdad cínica. Norberto, manteniendo su empeño de parecer raro y fuerte, tornó á asegurar que jamás sospechara la cárcel tan hospitalaria y agradable. Esta escena, con ligerísimas variantes, se repetía diariamente: Brito siempre aparecía impasible, moviéndose tras los barrotes de la ventana como un pájaro extraño; su cuerpo, sin embargo, sufría la doble acción debilitante de la quietud y de la sombra, y sus manos iban resfriándose: las manos, por el contrario, de sus compañeros, que gozaban la vida de la libertad y del sol, estaban calientes.

La cárcel ocupa en el plano de Madrid una situación excéntrica, y los caminos que á ella conducen, no obstante ser hermosos y bien soleados, padecen la huella ó impresión de algo triste. Lentamente, los amigos de Norberto comenzaron á cansarse de visitarle todos los días: primero faltó Antonio, quien achacaba su alejamiento á perentorios quehaceres; luego Jaime...

Ante aquella deserción, Brito, siempre estoico y magnánimo, se cruzaba de brazos; la humanidad es ingrata.

--Lo raro sería--agregaba parodiando á Heine,--que los amigos nos acompañasen en la desgracia.

Pasó el verano y el otoño iba ya de vencida; el viento era frío, las nubes encharcaron las calles; la cárcel, vista desde arriba, con su enorme mole obscura, debía de parecer un galápago gigantesco, muerto sobre el barro.

Los presos políticos pueden ser visitados todas las tardes hasta las cuatro. Dos redactores de _El Terremoto_ que aun iban diariamente á cambiar con Brito un apretón de manos, se aburrían de aquel dilatado homenaje amistoso: la celda, con su locutorio atravesado por un largo banco de vieja gutapercha, llegó á parecerles una oficina donde nada inesperado ni agradable podía aguardarles. Siempre experimentaban impresiones idénticas; sus pisadas resonaban bulliciosas bajo la altiva rotonda de la escalera; los espesos muros trasudaban hielo y pesadumbre; los empleados de la penitenciaría examinaban á los visitantes de extraño modo como maravillándose de que aun tuvieran valor y constancia para ir hasta allí, aconsejándoles también con aquella mirada, que no sostuvieran tal empeño, pues todo sacrificio era inútil.

Arriba, en el locutorio K, las conversaciones no variaban: Brito, siempre recibía á sus compañeros del mismo modo: en pie, agarrado á los barrotes de la ventana, aparentando una entereza de ánimo que la flacidez y tristura de su rostro desmentían. A veces hablaban de los amigos que ya no concurrían allí tildándoles de ingratos; pero todos, íntimamente, les envidiaban, admirando su despreocupación para emanciparse de aquel vano y enojoso deber social.

Una tarde de Diciembre salían de la cárcel Paulina, Daniel y Pedro Rico.

--¡Qué pocos vamos quedando!--exclamó Pedro;--el mal tiempo y la distancia han reducido los amigos de Norberto á monos de la mitad.

--Así es--repuso Daniel.

Luego se despidió, subiendo precipitadamente á un tranvía que pasaba. Paulina y Pedro Rico continuaron andando lentamente, callados, la vista fija en el suelo, como se sigue á los muertos. Sobre las calles húmedas, desde el cielo sembrado de nubecillas blancas, un sol de invierno vertía su luz amarilla.

--Estoy triste--dijo ella;--¿quiere usted acompañarme á dar un paseo?

El repuso estremeciéndose:

--Vamos por donde usted guste.

La adoraba en silencio; con los ojos se lo dijo muchas veces; ella lo sabía y también le amaba. Fué aquel un paseo muy dulce, lleno de voluptuosidades exquisitas y nuevas. Paulina habló de Norberto: era un hombre frío que la acarreó con su humillante despego disgustos innúmeros; ella necesitaba cariño y reverdecer su juventud, procurándose una pasión, una gran pasión que saciase las ambiciones del codicioso pensamiento. Pedro asentía acercándose á ella, disfrutando la vecindad de aquel cuerpo fácil. Tan agradable paseo lo repitieron en los días sucesivos; las tardes eran tibias, el sol caía á plomo sobre los caminos poblados de chiquillos y niñeras, con delantales blancos. Daniel Bala había escrito á Norberto asegurándole hallarse enfermo de cuidado y rogándole imputase á esto, que no á indiferencia ó censurable olvido, su ausencia y eclipsamiento.

Ella apretó más las ligaduras que ya unían á Pedro Rico con el preso: Norberto reconocía que su compañero era un hombre de corazón y un camarada excelente, ya que en el hospital y en la cárcel, según el adagio, es donde se conocen los amigos buenos. De esto habló con su mujer varias veces; la joven afirmaba levemente moviendo la cabeza, pensando que si los otros se marcharon fué porque ella no les retuvo.

Todos los días, al salir de la cárcel, Pedro y Paulina, seguros de su impunidad, paseaban los campo de la Moncloa. Una tarde regresaron á Madrid casi de noche, y él estaba muy pálido y ella muy roja... y con los cabellos manchados de tierra. La primavera volvía; los árboles comenzaban á cubrirse de brotes nuevos; de pronto, en la lejanía del nebuloso horizonte, apareció la cárcel, imponente tras sus altos murallones de ladrillo.

--Allí está--murmuró la joven.

Rico repuso:

--No mires, déjale...

Y siguieron adelante, oprimiéndose las manos.

Aquel íntimo enredo de amor pasó; Norberto Brito nada supo, y cuando habla de Pedro, la emoción más sincera nubla su voz.

--Jamás olvidaré sus favores--dice;--cuando estuve preso, no dejó de ir á verme ni un solo día. Es mi mejor amigo.

EN PRESIDIO

El acusado, sentado en el fatal banquillo por donde pasan los que un arrebato de codicia ó de cólera puso fuera de la ley, escuchaba el terrible informe acusatorio del fiscal con los ojos fijos en la tierra, que le atraía como reclamando ya la inmediata posesión de aquella pobre carne condenada al patíbulo. Era un mozo de veintiocho á treinta años, moreno, con cejas fuertes y pupilas brillantes y sangrientas como brasas; la cabeza cuadrada y terca, los hombros anchos, las manos cortas y gruesas de matador que no tiembla al herir...

El fiscal terminaba su discurso pidiendo para Gerardo López la pena capital. El crimen del acusado era una de esas terribles hazañas que, de cuando en cuando, rompen la uniformidad de la vida diaria, calofriando la sociedad con un estremecimiento de horror. La tarde del crimen, Gerardo llegó á su casa inopinadamente, cuando todos le creían en la fábrica; la puerta estaba entornada; aquello le sorprendió... Dentro, en la pequeña habitación que servía simultáneamente de gabinete y comedor, resonaban las confusas voces de un hombre y una mujer. El marido avanzó cautelosamente sobre la punta de los pies, conteniendo el aliento... Al llegar al término del pasillo, reconoció á los que con tanta vehemencia y misterio discutían: eran su mujer y don Cleto, el casero, á quien adeudaban tres meses de alquiler: él, sofocado por el torvo deseo carnal que le oprimía la garganta, jadeaba asegurando que todo aquello tendría fácil arreglo si ella era complaciente... La esposa le rechazaba enérgicamente, sintiendo que aquella innoble proposición flagelaba su rostro como un látigo. Entonces don Cleto arremetió á la joven empujándola hacia un sofá. Este fué el momento elegido por Gerardo López para perpetrar su crimen: sin pensar que á la generosidad de su víctima debía haber dormido bajo techado aquellos tres últimos meses, cayó sobre ella derribándola al primer mazazo de sus manos hercúleas; luego le cogió por el cuello, arrastrándole, magullando su ensangrentada cabeza contra los muebles y, finalmente, le mató arrojándole á la calle desde la altura de un cuarto piso...

El fiscal allegaba y zurcía malévolamente cuantos puntos eran más ó menos hostiles al acusado; pues Gerardo estaba seguro de la fidelidad de su mujer, sus celos no tenían disculpa ni explicación legítima: López, en vez de ceder á la ira, debió limitarse á despedir al casero y presentar contra él la oportuna denuncia; para algo vivimos en una sociedad civilizada y bajo el amparo de códigos sabiamente compuestos...

El abogado defensor comenzó su discurso coronándolo con párrafos brillantes y ampulosos enderezados á conmover la honrada sensibilidad del Jurado.

Gerardo López no era un criminal, sí un hombre de arrestos y de honor: examinó sus antecedentes sin tacha y su existencia metódica, consagrada al trabajo y al cariño de aquella mujer que era todo su bien, su familia, su consuelo y su esperanza; y luego pintaba con frases cortadas y duras, como golpes de escoplo, el trágico cuadro de la lucha: al propietario, crapuloso y obsceno, invocando, para vencer la honrada resistencia de la pobre obrera, sus títulos de acreedor, y cayendo después bajo los puños de Gerardo López, que defendía lo suyo, la mujer que era para él deleite y arrimo, compañera santa en sus fieros combates por el pan, consoladora como un amigo, bondadosa como una madre...

Al llegar cierto momento en que el abogado invocaba el derecho indiscutible que su defendido tenía para hacer lo que hizo sin acordarse del Código que, como todo lo reglamentado, es muerto y frío, Gerardo López, fuera de sí, le interrumpió para exclamar:

--¡Sobre todo, antes que hombres civilizados... somos... hombres!

No supo decir otra cosa, pero él se entendía; su defensor también le comprendió y aquella interrupción le sugirió una improvisación elocuente. Gerardo, sin más luz que la de su buen instinto, había dado en el hito: «antes que hombres civilizados... somos... hombres;» seres que saben sentir intensamente, y querer hasta el sacrificio heroico y odiar hasta el crimen; de poco sirven los códigos cuando la pasión se revuelve y estalla. En los trances supremos, el instinto independiente y dominador del macho primitivo despierta; ¿qué hombre, viendo amenazados el honor ó la vida de su madre ó de su esposa, podría reprimir el impulso vengativo de todos sus nervios para invocar fríamente el socorro de la ley?...

El fiscal se levantó á ratificar; su despiadada inspiración tuvo párrafos de terrible y abrumadora elocuencia; el Jurado se declaraba en su favor; Gerardo López fué condenado á cadena perpetua.

* * * * *

Pasaron muchos años; don Víctor, el fiscal que envió á Gerardo á presidio, se había retirado del foro para casarse y dar á los últimos años de su vida algún reposo.

A pesar de sus cincuenta y cuatro años, don Víctor se conservaba fuerte y erguido dentro de su levita negra, amplia y larga; vivía en un hotelito, cerca del Hipódromo, en medio de su vasto jardín con callejas enarenadas y frutales que la primavera cubría de flores; Joaquina, su mujer, que apenas contaba veinte mayos, parecía adorarle y su temprana juventud le prometía herederos robustos que, por ciertos indicios inequívocos, no tardarían en llegar.

Muchas noches don Víctor, sentado ante su mesa de trabajo y rodeado de estantes atiborrados de libros, recordaba aquel pasado de luchas que iba alejándose, como algo que se hunde en una noche sin fin; á veces Joaquina le acompañaba, leyendo una novela bajo la luz del quinqué. Don Víctor, sumido en delicioso emperezamiento, comparaba su existencia actual, tranquila y feliz, con las luchas de otros días. A su alrededor, dormidos en la penumbra de los estantes, reposaban los centenares de volúmenes que guardaban cuanto acerca de las injusticias y derechos humanos se ha escrito, y en los cuales él aprendió el ingrato arte de mandar gente á presidio ó al patíbulo: á ratos, evocando los bizarros extremos de su verbo brillante y frío como la cuchilla de una guillotina, le asaltaba el temor de haber sido cruel, y reconstituía escenas: el reo sentado en el banquillo, con la cabeza caída sobre el pecho, cual si la oratoria implacable del fiscal le patease el cráneo; y él en pie, empujando sañudamente hacia el castigo la conciencia de los jueces. Pero no; él siempre fué justo; él nada legisló; se había circunscripto á ser el representante de la legalidad, la encarnación del Código, la voz temerosa de aquellos libros cerrados. Sí; él fué justo y bueno: sin esto no se concebía que el Destino recompensase sus afanes pretéritos rodeándole ogaño de tantos agasajos: aquella mujer joven, dulce y bonita, aquel hotel que en las noches estivales dormía bajo la luz blanca de la luna, entre un bosque de frutales y sobre un odorante tapiz de flores era el condigno premio á sus esfuerzos en pro de la humanidad honrada.

Y don Víctor creía que su felicidad sería eterna, como el suplicio de los condenados á cadena perpetua.

Transcurrieron doce años; el anciano fiscal, embebecido en el cariño de su mujer y la crianza de su hijo único, no visitaba á sus viejos compañeros, que también le habían olvidado; su antiguo prestigio era agua pasada.

Un día, al regresar á su hotel á hora desusada, le impresionó dolorosarnente oir en su gabinete un murmullo indefinible de conversaciones y de risas: don Víctor subió las escaleras de puntillas; Joaquina hablaba con un hombre á quien el fiscal procuró inútilmente reconocer por la voz: don Víctor se deslizaba lo largo del pasillo, y al llegar á la puerta de su despacho se detuvo y aplicó el oído... Oyó una frase amor, luego otra... y sus mejillas ardieron con el incendio de la vergüenza y de la ira. Fuera de si allanó la habitación, babeando, agitando los brazos, como un oso herido que zarpea. El amante cobarde huyó, saltando por la ventana, Joaquina, abnegada y heroica, protegió su fuga, colocándose tras él, defendiéndole con su cuerpo. Don Víctor, se arrojó sobre ella, la derribó al suelo, pateó su vientre, sus entrañas traidoras, oprimió su garganta hasta estrangularla. Después se levantó aturdido, pero satisfecho de sí mismo, pareciéndole respirar mejor, y paseó en torno suyo una mirada estúpida, sin comprender el mudo lenguaje de aquellos centenares de volúmenes que le acusaban recordándole que la venganza de todas las afrentas, como él tantas veces había dicho, no estaba nunca entre las manos del ofendido, sino en los tribunales de justicia... Pero, pasados algunos minutos, don Víctor creyó oir aquella voz que llenaba su juventud, y por primera vez el anciano fiscal tembló, reconociéndose injusto y frió y cruel...

Don Víctor fué preso; sus antiguas relaciones no le favorecieron; el día de la sentencia el representante de la ley le atacó furiosamente y la defensa fué mala. Don Víctor fué condenado á tres años de presidio.

La noche en que el viejo fiscal llegó á la penitenciaría, le impresionó un semblante moreno, de ojos ardientes y grandes y poderosas cejas, al que estaba seguro de haber visto otra vez...

--¿Es usted Gerardo López?--preguntó.

--Sí, señor.

El antiguo recluso, á su vez, reconoció en aquel viejecillo á quien la fatalidad parecía haber encorvado repentinamente, al fiscal que le condenó.

--Y usted--dijo,--¿es don Víctor?...

Don Víctor comprendía entonces lo que jamás pudo entender; y las palabras con que el obscuro presidiario había querido defenderse volvieron á su memoria.

--Aquí estamos los dos--exclamó el viejo magistrado;--tenía usted razón al decir que, antes que hombres civilizados... somos... hombres. Sí, fuí injusto con usted; no me guarde por ello rencor. Deme usted la mano...

LA CARTA

La anciana penetró en el despacho caminando ágilmente, con paso infantil, alocado y ligero.

--Esta era la habitación favorita de mi pobre esposo--dijo;--todo está según él lo dejó: la mesa de escribir, los estantes cargados de libros que nadie ha vuelto á manosear desde entonces, la chimenea ante la cual solía sentarse cuando ya estaba enfermo, á calentarse los pies; el sillón Voltaire donde dormía las siestas, y la panoplia con las espadas y los floretes que el generoso Ricardo descolgó tantas veces para defender propios y ajenos errores. ¡Oh, no puedo recordar sin pánico aquellas mañanas en que, tras una noche de ausencia, le veía llegar muy pálido y con los puños de la camisa salpicados de sangre!...

En el testero principal de la habitación, y sobre un diván, había un retrato al óleo de Ricardo Valdés. La pátina del tiempo había obscurecido la pintura, y la cabeza, de color terroso, surgía del fondo negro, con su frente ancha, su nariz aguileña, su bigote donjuanesco, retorcido y largo, como los que cortan el rostro de los guerreros de Velázquez; los ojos grandes, desencantados y burlones... Aquel retrato recordaba al turbulento aventurero de antaño, procaz, enamorado, vagabundo, que después de casarse huyó de Madrid poniendo el porvenir de sus hijos y la felicidad de su mujer á los pies de una bailarina... Rápidamente pasó por mi memoria la silueta de aquel hombre cuya historia fué unida á la mía durante muchos años, y luego imaginé sus últimos momentos terribles de cardíaco, pasados allí, bajo el rayo de sol que ahora calentaba inútilmente el sillón vacío, junto á la esposa que presenciaba la catástrofe desesperada, jadeante de dolor, después de perdonarle todas sus culpas.

--Sí, fué bueno--dijo Teresa, que sin duda iba leyendo en mis ojos mis pensamientos;--¡pobre mío!... Nunca podré absolverme de los remordimientos que, bien involuntariamente, le causé... Ricardo, con sus locuras, me atormentó mucho, pero también mis penas le herían de soslayo, y estos sufrimientos que al fin le restituyeron á mis brazos, aceleraron su muerte...

Después añadió con el atolondrado regocijo del niño que va á enseñarnos una caja de juguetes nuevos:

--Venga usted: aquí, en esta gaveta, conservo varios recuerdos suyos: retratos, pañuelos y una carta... carta deliciosa, que me escribió desde París, poco antes de volver á España, herido ya mortalmente por la enfermedad que había de robármele. Nadie sería capaz de quitarme este papel; en sus renglones vive el alma de Ricardo, á veces impetuosa, sentimental á ratos, siempre generosa y noble. ¿Quiere usted leer?...

Y me alargaba un pliego de papel escrito con una tinta que ya pardeaba: carta dulce y triste, de arrepentimiento y de amor, que había recibido muchos besos y sobre la cual se derramaron muchas lágrimas...

Decía así:

París, Mayo 18...

«Pronto hará cinco años que nos separamos, y durante este largo espacio de tiempo, apenas si se han cruzado entre nosotros una docena de cartas.

«¡Oh mía, mía!... ¿Crees que te he olvidado?...

¡No!... En medio de mis viajes y del abominable catálogo de mis locuras, tu recuerdo vivía en mí inspirándome la dulce confianza de que hay entre nosotros algo muy grande, indestructible, que nada, ni aun el mismo Destino, puede romper. ¡Ah!... ¿Por qué no decírtelo, cuando estas verdades crueles pueden servirte de infinita consolación?... ¡Sí, quiero que lo sepas!... Siempre había en la voz de mis queridas una inflexión que recordaba la tuya: ésta tenía tus ojos, ardientes y melancólicos de abandonada; aquélla tus cabellos negrísimos, estotra tus labios y tus dientes; y por las noches, cuando me hallaba á solas en mi lecho después de gozar una alegría que siempre tuvo algo de postizo, tu imagen amadísima volvía á mi memoria poco á poco, acariciándome con el suave perfume de tiempos lejanos, como una de esas sencillas oraciones que aprendímos siendo niños y que nunca se olvidan... Y aquella oración decía que tú me amabas también, que tus labios y tus brazos siempre estaban abiertos para mí...

»¿Me engañaré? ¿Será posible que el recuerdo de las horas felices que disfrutamos juntos haya muerto en tu alma? Estoy enfermo, mía; el corazón me duele mucho; me ahogo... ¡Déjame volver á ti!...

»Te escribo desde un café del boulevard; son las diez de la mañana y estoy solo; por la puerta entornada penetran ráfagas de aire tibio, bocanadas alegres, vigorizadoras, de la primavera que vuelve; el sol de Mayo ha disipado las nubes, convirtiendo el suelo en un charco de añil.

»¡Te quiero, mía!... Este último invierno, con sus días de nieve y sus bacanales nocturnas, pasadas en los comedores reservados de las fondas, dejó en mi memoria una impresión tristísima: recuerdo las mesas, con sus manteles salpicados de vino, la silueta de los camareros silenciosos, que salían llevándose los platos sucios y cerrando la puerta con el pie, y las figuras de mis amigos: ellas tumbadas sobre los divanes, con los corpiños entreabiertos y los cabellos desrizados, caídos sobre la frente; ellos muy blancos, muy pálidos, con esa palidez cadavérica que agranda los ojos, levantando en alto sus copas de _champagne_, brindando y riendo, con alegría fúnebre de Pierrot... todo ello moviéndose en el nimbo gris de las pesadillas.

»Pero aquéllo pasó, la primavera está ahí, y con la nueva sangre torna á circular por mis venas el ardiente deseo de volver á ti: deseo tu alma, hermana gemela de la mía, y codicio tu cuerpo, que á través de los años y de la distancia, surge otra vez ofreciéndome el hechizo de las ilusiones insaciables.

»¡Mía... deja que te llame así!... Necesito acariciar la esperanza de volver á retratarme en tus ojos y que éstos sabrán mirarme sin tristeza ni reproches; que tus manos jugarán con mis cabellos, que tus labios húmedos espantarán de mi frente los malos pensamientos, que sentiré sobre mi rodilla el peso y el dulce calor de tu cuerpo amadísimo; ¡oh, la muerte no me asustará si, cuando llegue, me encuentra dormido entre tus brazos!

»Adiós, mía; perdona el mal que te hice y ámame. Tengo sed de ti.»

Cerré la carta doblándola por los mismos antiguos dobleces que ya tenía, y se la devolví á Teresa. Ella dijo:

--Separada de mis hijos por la distancia y de mi marido por la muerte, esta carta constituye mi única consolación, la flor de mi juventud, la voz adormecedora del ayer, el amuleto con que Ricardo borró todo el daño que me hizo...

Mientras hablaba, los ojos de la pobre anciana brillaban en el fondo de sus cuencas iluminados por un regocijo extraño; y yo la veía animarse, sonreir desde el desamparado invierno de su vejez á la lozana juventud perdida.

--¿No es cierto--añadió,--que esta carta es muy hermosa?

--Sí--repuse,--muy hermosa; consérvela usted...

* * * * *

Sólo yo conozco el secreto de aquella carta que quince años antes Ricardo Valdés había escrito delante de mí.

Aquella mañana Ricardo redactó dos cartas; una cariñosa y ardiente, para la bailarina amada de su alma; y otra correcta, fría, plagada de lugares comunes, para su esposa. Luego incurrió en la distracción, harto frecuente, de cambiar los sobres. Yo, que había sorprendido el engaño, se lo advertí.

--De todos modos--contestó Ricardo sonriendo,--ninguna de las interesadas hubiese podido sospechar mi equivocación, pues acostumbro á no llamarlas nunca por sus nombres...

--En tal caso--exclamé--no deshagas el engaño; deja que la casualidad realice sus planes. De todo esto puede resultar un gran bien.

Hubo una pausa.

--¡Quién sabe!--murmuró Ricardo pensativo;--¡acaso tengas razón!...

Y el trueque quedó hecho.

¡Pobre Teresa! Si ella hubiese sabido...

DECLARACION