Part 8
--Sí, me importa... y hasta lo siento. Pero no olvides que, cuando más, lo siento tanto como tú.
--¿Qué quieres decir?
--Que si tienes valor para despedirme... ¿cómo han de faltarme bríos para dejarte?
--Acaso no tardes en arrepentirte de haber hablado así.
--¡Oh!, si no retiras tus desdenes, yo... ¡créelo!... no retiro los míos.
Matilde sintió que el dolor y la ira arrasaban sus ojos en lágrimas y dió media vuelta para marcharse.
--Adiós--dijo.
--Adiós--repuso Latorre;--¿hasta cuándo?
Ella tuvo un momento de vacilación: luego murmuró:
--Hasta nunca.
Y se fué.
Adolfo permaneció inmóvil, estrujando nerviosamente una servilleta entre sus manos, reconociendo que las palabras de Matilde habían mortificado bastante su amor propio de hombre que se cree muy querido. Después se levantó, salió del comedor y fué al recibimiento en busca de su sombrero. Al pasar por delante del dormitorio de Matilde, oyó llorar á ésta. La puerta de la habitación estaba cerrada; Adolfo acercó los labios á la cerradura.
--Me voy...--dijo.--¿Quieres que hagamos las paces?...
Ella replicó colérica, dando firmeza á su, voz:
--No, hemos concluído. ¡Vete!
--¿Para siempre?
--Sí, para siempre... ¡Adiós!...
--¡Tú lo quisiste!--repuso Latorre;--acaso no pueda vivir sin ti, pero, no importa; adiós... ¡hasta nunca!...
Después mientras bajaba la escalera encendiendo un cigarrillo con aire tranquilo, pensó:
--¡Bah, cosas de mujeres! Estoy seguro de que mañana viene á buscarme para que almorcemos juntos...
Aquella noche de Agosto la pasó Adolfo Latorre muy alegremente: primero en los jardines del Buen Retiro, después en Fornos, cenando con amigos de buen humor. Volvió á su casa á las tres de la madrugada. Entretanto la pobre Matilde, transida de dolor, le había escrito una carta que empezaba diciendo:
«Perdona mis arrebatos; estoy loca, no puedo vivir sin ti...»
Al llegar á su casa, Adolfo Latorre se puso en mangas de camisa y salió al balcón: el calor era sofocante; bajo un cielo acribillado de estrellas, Madrid dormía el sueño letárgico de las noches estivales: en el fondo de la calle que avanzaba en zig-zag, algunos faroles parpadeaban, ejerciendo sobre Latorre atracción siniestra. Era inexplicable el hechizo que tenían las piedras del regajo, vistas desde la altura de aquel piso tercero. Adolfo, algo mareado por los vapores de la cena, permanecía acodado sobre la barandilla del balcón, é inconscientemente iba adelantando el busto más y más... como atraído por un imán diabólico. De pronto perdió el equilibrio y cayó al espacio, haciendo una contorsión trágica. Su cuerpo fué á estrellarse sobre las piedras de la acera con un ruido seco; el sereno y algunos transeúntes que acudieron á socorrerle le hallaron inmóvil, con el cráneo deshecho...
Al día siguiente los periódicos publicaron el sangriento fin de Adolfo Latorre bajo el epígrafe: El suicidio de anoche. Para el público aquella noticia no tenía importancia y la olvidó pronto; Latorre era uno de tantos desdichados que se suicidan sin decir por qué...
La desesperación, en cambio, de Matilde, no tuvo limites.
--«¡Yo le maté!...»--pensó.
Un remordimiento sombrío embargó su alma; horrorizada de sí misma renunció al mundo, vistió de luto y gastó su hacienda en obras caritativas.
Pasaron veinte años.
Un día los guardas del cementerio la encontraron muerta, sobre la tumba de Adolfo Latorre, con un ramito de flores en la mano...
NOCHE
La locomotora lanzó un silbido autoritario y el tren echó á rodar cachazudamente, estremeciéndose con un sacudimiento lento y suave, como un desperezo; luego aceleró su marcha, los coches pasaron veloces unos tras otros, con sus ventanillas iluminadas, por las cuales se abocetaban perfiles borrosos de viajeros, y al fin el expreso desapareció en su vuelta del camino derramando esa tristeza indefinible que deja tras sí todo lo que huye...
Allá lejos, sepultada en la inmensidad tenebrosa de la noche, quedaba la estación con sus cuatro paredes renegridas por el humo de las máquinas, su flaca techumbre de pizarra y su miserable andén de apeadero provinciano, iluminado por una linterna colgada junto á un reloj.
Dentro, en el saloncillo destinado á la carga y descarga de los equipajes, había un hombre y una mujer. Ella, acurrucada contra el muro, entre un maletín de viaje y un lío de ropas, permanecía inmóvil, el rostro inclinado sobre el pecho, procurando conciliar el sueño: él, menos fatigado ó más impaciente, paseaba de un extremo á otro, con las manos metidas en los bolsillos de un viejo gabán que casi le llegaba á los talones. Al otro extremo del salón, un empleado dormitaba embozado en su bufanda. Fuera resonaban los silbidos del viento y el murmujeo de los árboles que agitaban en la sombra sus ramas escuetas.
De pronto el individuo del gabán interrumpió sus paseos parándose delante de la mujer que dormía.
--¿Sabe usted--dijo--á qué hora pasa la diligencia para Almería?
Ella levantó la cabeza: era una vieja con un semblante que acaso fué hermoso, pero que los años estropearon, dejándolo marchito y enjuto como un bagazo.
--Creo--repuso--que sale de aquí á las cinco. La diligencia que yo he de tomar parte á la misma hora.
El no contestó y reanudó su paseo, andando á largas zancadas, pisando recio para ahuyentar el frío que le atería los pies. Era un viejo de mediana estatura, con rostro simpático y un continente imperativo y desembarazado de gran señor, que parecían protestar de la horrible estrechez que acusaban la raridad y el mal pelaje de sus vestidos.
Pasaron algunos minutos y el desconocido tornó á prender la hebra con la viajera. Hablaban lentamente, como á la fuerza, cual si de todos los males que sufrían el de la conversación fuese el menor. El iba á Lucainena de las Torres; ella á Lubrín.
--¿De dónde viene usted?--preguntó la vieja.
--De Buenos Aires.
--Allí he vivido yo algunos años... Ahora vengo de Madrid... He viajado mucho...
--Yo, también.
Hablando, hablando, vinieron en conocimiento de que la suerte les había llevado casi por los mismos derroteros: los dos estuvieron en París, en Londres y en América... y aquellas coincidencias provocaron entre ellos una repentina corriente simpática.
--En la fecha á que usted se refiere--decía él--yo trabajaba en el teatro Español con don José Roldán.
Ella lanzó un grito de sorpresa.
--¡Cómo!--exclamó--¿usted conocía á Pepe?
--Muchísimo; fué mi maestro.
--¿Y á Rosario Molina?
--También. ¡Pobrecita!... Murió estando yo en París...
La viajera se había levantado y miraba á su interlocutor azorada.
--Claro es--dijo tras una breve pausa,--que si conoció usted á Rosario, conocería también á su íntimo amigo Daniel Santana, el pintor...
--¿Cómo no?...--interrumpió el anciano admirado de que aquella vieja tan mal traída por la suerte le hablase de tantas personalidades ilustres;--Daniel y yo nos quisimos como hermanos...
Contempláronse perplejos, agradeciéndose el inesperado bienestar y suave contento que mútuamente se proporcionaban.
--Indudablemente--exclamó ella,--nosotros nos conocemos; usted se llama...
--Mariano Guzmán.
--¡Mariano Guzmán!--repitió la anciana cruzando las manos;--¡oh, sí!... Hemos hablado muchas veces en el estudio de Daniel... Mas... ¿cómo conocerle á usted después de tantos años?
Le miraba maravillándose de encontrarle en aquel sitio y tan viejo, con su gabán raído y salpicado de manchas, sus zapatos desgobernados y su rostro de hombre muy vivido, macilento y triste... El la observaba también adivinando sus pensamientos.
--¿Y usted--preguntó--quién es?...
--Elisa Marcial, la modelo que tuvo Daniel para sus cuadros _Safo_ y _Venus dormida_, premiados con medalla de oro en la Exposición de París...
Poseído de verdadera emoción, Mariano Guzmán se aproximó á su interlocutora para examinarla mejor.
--¡Elisa, Elisa!--repetía;--¡ah, que cambiada está usted!... ¡Usted es la mujer más hermosa que he conocido!...
Hablando así la cogió familiarmente por los hombros, admirado de verla tan vieja, con su frente rugosa, sus ojos hundidos y su semblante alargado y marchito por el sufrimiento...
--No hable usted, Mariano--repuso ella en voz baja,--de mi antigua belleza, ya que ahora sólo soy la caricatura lamentable de lo que fuí: los años crueles trocaron mi gentileza en fealdad, mis ilusiones en desencantos, y en miseria mi fastuosa opulencia de otros tiempos. ¡Oh!... de Elisa Marcial ya no resta nada, nada... ¡Ni el recuerdo!
El viejo actor alzó los hombros.
--¡Ni un recuerdo!--murmuró;--dice usted bien... ¡Tampoco se acuerda nadie de mí!...
Continuaron hablando, repitiendo nombres de camaradas muertos y evocando sus efímeros triunfos de viejos ídolos abandonados.
Sin hogar, sin familia, sin otra esperanza que la de hallar en sus pueblos algún pariente que les amparase hasta que viniese para su desvalida vejez la hora del eterno descanso, olvidaban su porvenir hambriento y desnudo para mejor evocar aquel pasado luminoso, tan fértil en aventuras y en ilusiones, que llenaba su vida.
Mariano Guzmán, cuyo nombre figuró en las páginas más brillantes de nuestro teatro, era una especie de dios caído. Hubo un tiempo en que la fortuna le acarició y encumbró como á hijo predilecto; los mejores dramas fueron estrenados por él; los actores imitaban sus actitudes, su voz, sus gestos, y rindió á muchas mujeres prendadas de su gallarda apostura y altos merecimientos artísticos... Después, la estrella de sus aventuras empezó á eclipsarse: vinieron los disgustos con compañeros poderosos que le envidiaban, las malas contratas, las excursiones provincianas que tanto gastan y achabacanan á los buenos artistas, los viajes á América, los amores desgraciados que exprimen el alma... Insensiblemente fué quedándose sin figura, sin memoria y sin voz; ya no hallaba aquellas exaltaciones trágicas, aquellos gestos sublimes conque antaño vencía la silenciosa hostilidad de las muchedumbres; su genio declinaba. Cuando regresó á Madrid, el público no quiso reconocerle y tuvo que marcharse. Desde entonces, la vida fué para Mariano Guzmán el descenso humillante de un Calvario interminable; siempre rodando de un lado á otro, siempre bajando; hoy un poquito, mañana un poco más... Y al fin, cansado de tan largo combate, sin dinero, sin hijos, volvía al miserable pueblecillo de donde cincuenta años antes le sacó su ambición, con la vaga esperanza de hallar un hermano labrador á quien nunca había escrito...
Mientras el anciano hablaba, su interlocutora hacía con la cabeza signos melancólicos de asentimiento.
Ella también había luchado y contribuído eficazmente á la elaboración de muchas preclaras reputaciones artísticas.
Elisa Marcial fué una de las mujeres más hermosas de su época: la copia de los cuadros que su guapeza inspiró se vendieron á millares, y no hubo aficionado para quien el cuerpo de la célebre modelo tuviese secretos: arrogante y esbelta como la Duval, de Gérome; voluptuosa y sensual como aquella Adriana, que el genio de Rallí ha legado desnuda á la posteridad: con sus hombros redondos, sus pechos duros de virgen salvaje, su talle anillado y sus caderas amplias y mórbidas de mujer ardiente... Elisa recorrió las principales ciudades europeas, luego fué á América, en brazos de un millonario brasileño, y cuando regresó á Madrid, muchos años después, comprendió que la brillante novela de sus triunfos terminaba.
Había menos luz en sus ojos cansados, menos frescura en sus labios, menos gallardía en su cuerpo. Varios de sus amantes eran muertos; otros la trataban con cierto aire de compasiva protección, como á una vieja amiga con quien sólo puede hablarse de lo pasado; algunos, cuando la encontraban en la calle, miraban á otra parte, esquivando el trabajo inútil de saludar á una mujer fea...
--El tiempo--agregó Elisa Marcial--había dispersado la alegre comparsa de mis amigos y era inútil querer reconquistarles. En ese Madrid, testigo de mis triunfos gloriosos, quise morir; pero la miseria no me permite satisfacer este último capricho y regreso á mi pueblo, donde me espera una sobrina de quien guardo algunas cartas...
No dijo más y aquellos dos náufragos ilustres á quien el espantoso vendaval de la vida arrojaba sobre la misma playa, se contemplaron en silencio; un silencio elocuente, lleno de confesiones. Después, él preguntó:
--¿No tiene usted hijos?
--No.
--Yo tampoco...
Sus amores, como sus triunfos artísticos, fueron estériles. Aquello parecía una maldición.
--No nos queda nada--agregó Guzmán;--nada... ¡Ni siquiera un hijo que nos recuerde!
Permanecieron mudos, pensando en aquel Madrid lejano que aplaudió sus victorias y encumbramientos, y que al verles viejos les arrojaba lejos de sí. Los escritores pueden holgarse de haber compuesto un libro que perpetúe su nombre; pero, ¿qué resta de los actores muertos, y qué de las modelos á quienes el tiempo privó de encantos?
--Todo ha concluído para nosotros--murmuró Guzmán.
--¡Todo--repitió Elisa!
Hablando así, aquella mujer á quien un millonario brasileño sedujo en París envolviéndola en pieles de marta, tiritaba bajo sus viejos vestidos agujereados. De repente se oyó ruido de caballos y de coches que se acercaban.
--Ahí están las diligencias--dijo el actor,--vámonos.
Y salieron. En la penumbra indecisa del amanecer aparecía la carretera que se alejaba serpeando hacia el horizonte neblinoso. A la izquierda quedaba la vía férrea sepultada entre dos ribazos, semejante al cauce de un enorme torrente seco. Las diligencias sólo se detenían allí algunos instantes, los indispensables para recoger las cartas que hubiese. Los dos ancianos se contemplaron con angustia, deplorando separarse después de haber reverdecido tantos recuerdos. Sin embargo, era preciso.
--Adiós, Mariano--dijo ella,--hasta otra vez...
Sus ojos brillaban cubiertos por un velo de lágrimas. El apretó convulsivamente entre sus manos la mano flaca y yerta de su interlocutora y se alejó sin responder, avergonzado de que le viesen llorar. Cada uno parecía llevarse el pasado del otro. Cuando las diligencias partieron en opuestas direcciones, los dos viejecitos, asomados á las ventanillas de sus vehículos, agitaron sus pañuelos dándose el último adiós, dejando tras sí esa melancolía inexplicable de todo lo que huye...
LO INCONFESABLE
Fué una de esas conversaciones inolvidables, vibrantes, casi trágicas, que la emoción parece grabar en la memoria á golpe de martillo y de cincel.
Hablaban de amor; de los que se casan por cariño ó por interés, de los hombres que traicionan á sus mujeres, de las esposas que burlan á sus maridos... Esta última variante del diálogo sugestionó la atención de Luis; su turbulento corazón enamorado y celoso fué exaltándose, y tras algunas pleguerías y circunloquios retóricos, que procuraron velar la salvaje vehemencia de los sentimientos, exclamó:
--Dime, ¿tú serías capaz de engañarme?
Ella, riendo, le echó los brazos al cuello.
--¡Yo! ¿Engañarte yo?...--exclamó;--¿has perdido el juicio?...
Luis hizo un gesto vago de hombre experto á quien el mundo enseñó a dudar de todo.
--¡Oh, no te rías!--dijo--la vida ofrece miríadas de peligros que una locuela como tú no puede prever, y lazos y añagazas sin número... No creas que pongo puertas á tu virtud... Pero advierte que si alambicásemos la historia íntima de los mejores matrimonios, acaso hallásemos en todos algún secreto horrible; un capitulo inconfesable, una de esas páginas que no pueden leerse sin rubor... No, Fernanda, todo no se sabe... Hay muchos adulterios que se conocen, pero también hay otros que quedan ignorados perpetuamente, crímenes fortuitos, sin poesía y sin fecha, cuyo afrentoso secreto baja al sepulcro con los criminales.
Y agregó, anhelando obtener un juramento, una promesa, algo, en fin, que aquietase aquella roedora comezón de su espíritu.
--Responde, Fernanda: si andando los años la fatalidad te colocase en una de esas situaciones supremas en que el deber perece á manos de la fuerza, ¿me lo dirías? ¿Tendrías valor para decírmelo?...
Hubo una pausa; la joven, cuyo espíritu inocente se mecía muy lejos de los siniestros linderos de lo inconfesable, murmuró con ese valor temerario de los niños:
--Sí, lo diré todo... ¿Por qué no?... Te lo juro.
* * * * *
Mucho tiempo después, Fernanda llegaba al apogeo de su vida y de su belleza: alta, gruesa y majestuosa como una deidad pagana, con pomposas caderas desarrolladas por la maternidad y grandes ojos ardientes.
Hasta entonces Fernanda, tanto por cariño como por costumbre, no tuvo secretos para su marido; había hecho de él su madre, su confesor, hasta que una vez... conoció lo incomunicable, lo que no puede decirse.
Felipa Godoy, la mejor amiga de Fernanda, tenía un amante á quien sólo veía de tarde en tardo y á trueque de innúmeros peligros, y necesitaba una compañera que la sirviese ante su familia de pretexto ó escudo de salidas. Aquel asunto los dos amantes lo discutieron minuciosamente, y convinieron en que Fernanda era la única mujer que, por su reserva y varonil discreción, podía ayudarles.
--Tú la confiesas nuestro secreto sin ambajes--dijo él,--y conmuévela describiendo la inmensidad de nuestro cariño, los obstáculos que nos separan, tus sufrimientos... Di también que lo único que solicitamos de su amistad es que te acompañe alguna que otra vez...
Prosiguió sonriendo con gesto burlón.
--Más adelante y á fin de que estos paseos no la aburran, buscaré algún muchacho que la acompañe.
Felipa Godoy, que conocía la virtud austera y sin mácula de la joven, protestó:
--No digas tonterías, no la conoces; Fernanda es incapaz.
--¡Oh, quién sabe!...
--Quiere mucho á su marido.
Pero él continuó refutando victoriosamente aquellas objeciones: era preciso ser egoísta para triunfar: Fernanda podía cansarse de ayudarles ó reñir con ellos, en cuyo caso quedaban á merced suya: convenía, por tanto, tenderla un lazo; así las dos lucharían juntas, movidas por el mismo interés y el cuerpo de la una garantizaría la salud de la otra.
Felipa Godoy empezó á ejecutar hábilmente todo aquel plan: refirió á su amiga los secretos pormenores de su pasión, se apoderó de su alma, la conmovió, la hizo llorar.., y obtuvo cuanto guiso. Fernanda se ofreció á protegerla: realmente, ella también deseaba estudiar por sí misma aquel mundo de los amores criminales que sólo conocía de referencias. Luego vió al amante de Felipa y le pareció simpático y muy galán... Y de este modo, la inocente casada fué abandonándose por la pendiente seductora de lo prohibido.
Pocos meses bastaron para que los tres fuesen muy buenos compañeros, y entre tanto Luis no sabía nada, porque Fernanda no quiso amargar aquellas escapatorias rompiendo el hechizo del misterio.
El desenlace de aquel enredo, preparado con tanta calma y tan diestramente, llegó de pronto.
--Mañana por la tarde--dijo Felipa Godoy á su amiga,--Claudio y yo merendaremos en la Bombilla; probablemente nos acompañará un amigo suyo y, como supondrás, me aburriré horrorosamente, ¿Quieres venir?...
Fernanda vacilaba.
--No seas perezosa--insistió Felipa;--reiremos mucho, bailaremos y luego, al atardecer, á casita. ¿Qué te detiene?
Aquello, en efecto, dicho así, no era grave; Fernanda prometió ir... Y fué...
Julián, el amigo de Claudio, era muy ladino, habilísimo conversador, buen bailarín; hablaron mucho, bebieron copiosamente... Desde los primeros momentos Fernanda sintió que algo invisible agarrotaba sus manos y sus pies, y empezó á perder la confianza en sí misma... Se ahogaba: en aquel gabinetito tan perversamente aparejado para el amor, no había bastante aire respirable... A los postres Felipa y Claudio se besaban sin reserva, y Julián, sentado junto á Fernanda, la hablaba de amor apasionadamente. Esta, entontecida por los primeros vahos de la borrachera, se arrojó entre los brazos de su amiga:
--Por Dios--decía sollozando,--no me abandones, no me dejes sola, sácame de aquí...
Claudio la miró guiñando un ojo picarescamente.
--¿Qué tienes?--preguntó besándola.
--No sé...
--¿Estás enferma?
--No, pero me ahogo... tengo miedo, mucho miedo de quedarme sola... Vámonos...
Ella ignoraba que las mejores páginas de las novelas amorosas las escribe el Destino así, muy deprisa. Luego Fernanda y Julián salieron al patio, á bailar; el aire cálido de aquella tarde de Junio y los rayos caliginosos del sol, concluyeron de trastornarla. El, entretanto, la requebraba de amores; ella, con la enloquecida cabeza apoyada en su hombro, le escuchaba sin comprender...
Cuando volvieron al gabinete, la joven apenas podía moverse; estaba idiotizada.
--Quédense ustedes aquí--dijo Felipa;--Claudio y yo vamos á bailar...
Fernanda hizo un gesto desesperado, llamando á su amiga; pero Julián cerró violentamente la puerta y ella quedó á merced de aquella bestia encelada, terrible, que hablaba de amor...
* * * * *
¡No, jamás tornó á ver al hombre que en un momento de embriaguez la robó la honra y el sosiego! Pero aunque fué frágil, contra su deseo y la fuerza disculpaba su caída, Fernanda, batallando á solas con su remordimiento, no podía disculparse.
¡Ya no era la misma! Había ocurrido algo enorme, lo ignorado, ¡lo inconfesable!... Recordando la promesa que un día hizo de decírselo todo á su marido, quiso revelarle también aquello para dar treguas á su delirante obsesión, y no pudo; un frío mortal paralizaba su lengua: los conceptos se cristalizaban en el cerebro... Estaba delante de lo incomunicable, de lo que no puede decirse, de lo que nadie sabe decir...
Y muchos años después, cuando las tres únicas personas poseedoras de aquel secreto habían muerto, Fernanda, ya vieja, aun no estaba curada de su remordimiento. La costumbre de fingir la tornó pusilánime, suspicaz y recelosa; temía que algún accidente imprevisto revelase el criminal misterio de su vida, y cuando su marido la miraba fijamente, ó cuando veía á su hija engalanarse para ir al baile, la pobre madre, condenada voluntariamente al obscuro papel de hembra pasiva, bajaba los ojos confusa, avergonzada, murmurando:
--¡Dios mío... si lo supieran!...
EL AMIGO
Norberto Brito fué paladín esforzado de la libertad: defendióla en la prensa, desde la tribuna y, más de una vez, á mano armada, blandiendo un garrote ó tremolando una bandera á la cabeza de los motines populares, y por ella vió confiscados sus bienes y padeció injusticias, destierros, persecuciones y otros fieros reveses y malandanzas.
A consecuencia de un violentísimo artículo publicado en el tercer número del semanario _El Terremoto_, Norberto Brito fué detenido y llevado en una cuerda de presos, como salteador de caminos ó solapado hurtador de relojes, á la Cárcel Celular de Madrid. Al día siguiente, Paulina, su mujer, y los ocho amigos que con él fundaron y redactaron _El Terremoto_, acudieron á verle. Brito ocupaba en el departamento de los políticos la letra K. Era una celda rectangular, con las paredes estucadas y un amplio portalón abierto sobre una galería bien soleada por donde iban y venían, la cabeza baja y las manos cruzadas atrás, otros dos reclusos; el mobiliario lo componían un lecho y un lavabo de hierro, una mesita y un sólido butacón canongil de elevados brazos y ancho respaldo.
Allí estaba Brito, de pie, las manos metidas en los bolsillos del pantalón: á través de la ventana abarrotada del locutorio, aparecía su silueta elevada, triste y enjuta; rígido dentro de su largo _chaquet_ como un signo admirativo: los negros cabellos cubrían la frente, llorando sobre el rostro cetrino, aviejado por la desilusión.
Norberto besó las mejillas de su mujer por entre dos barrotes; luego estrechó las manos de sus compañeros, Daniel Bala, Pedro Rico, Jaime, Antonio... todos estaban allí mirándole con ojos dilatados por el interés y la curiosidad. Los más ingenuos quisieron consolarle, exhortándole á tener resignación y buen ánimo.