De carne y hueso; cuentos

Part 7

Chapter 73,761 wordsPublic domain

Beltrán se acercó á ella temblando violentamente, como potro picado del tábano.

--¿Qué has dicho?--gritó;--¿recurrir á don José? ¿Qué es eso?... ¿Has perdido el sentido ó perdiste el honor?... La sola idea de que le hayas insinuado algo me vuelve loco...

La había cogido por un brazo, apretándoselo entre sus dedos como en un torno.

Matilde bajó sus ojos anegados en lágrimas; en el silencio resonaba el isócrono jadeo del moribundo; aquella respiración anhelante de viajero que va muy cansado. Beltrán callaba, comprendiendo que era necesario optar entre el presidio y la mancebía. De pronto se decidió.

--¡Bien está!--dijo;--ya sé qué he de hacer; venga la receta... no perdamos tiempo.

--¿Tardarás?--preguntó Matilde.

--No... volveré pronto... antes de una hora...

Salió precipitadamente, palpándose debajo de la blusa, cerciorándose de que la navaja estaba en su sitio.

* * * * *

Beltrán anduvo largo rato buscando las calles solitarias; ya no dudaba: robaría, pues era preciso, y hasta se hallaba propicio á hacerlo sin vergüenza ni empacho.

El herrero, recatado en la sombra de una puerta, esperó... esperó...

Los transeúntes eran escasos: todas las circunstancias parecían favorecerle; la calle estaba desierta, los portales cerrados, el sereno dormía en un punto distante.

Al principio, Beltrán juzgaba la lucha inevitable; el asaltado se defendería, pediría socorro y sería necesario taparle la boca, arrojarle al suelo, matarle, tal vez... Luego, según iba apreciando el valimiento y legitimidad de los móviles que le arrastraban á perpetrar aquel despojo, llegó á creer que su conducta era irreprochable y que el primer caballero á quien se dirigiese, no bien supiera de qué se trataba, se apresuraría á favorecerle: todo aquello se le antojaba á Beltrán tan natural, tan noble, tan conmovedor...

De pronto apareció un individuo solo, bien vestido; llevaba botas de charol, iba embozado y caminaba lentamente. Beltrán salió á su encuentro, cruzando la calle: el desconocido se detuvo y miró al herrero, desconfiando.

--Caballero--dijo Beltrán, haciendo con la cabeza un leve saludo;--perdone usted mi atrevimiento... pero... mi padre está agonizando.

El interpelado, ya repuesto, murmuró:

--Dios le ampare, no llevo nada.

Beltrán le miró confuso, y sus mejillas, coloreadas hasta entonces por la vergüenza, palidecieron: había dicho lo más grave, lo más grande, lo más terrible que puede confesar un hijo; que su padre se muere... y el individuo que le oía, lejos de asociarse á su dolor, le escuchaba impasible, encogiéndose de hombros... La ira cegó sus ojos.

--No--gritó,--yo no pido limosna.

--¿Entonces?...

--Quiero que me de usted cinco pesetas que necesito para pagar una receta... ¡Lo quiero... son para salvar á mi padre!

Hablando así, zarandeaba á su interlocutor agarrándole por el embozo; el agredido, irritado por una exigencia que juzgó intolerable, le rechazó vigorosamente.

--¡Ladrón!--murmuró.

Entonces Beltrán se abalanzó sobre su enemigo, procurando derribarle; mas el otro, que era mozo y valiente, le echó los brazos al cuello, mientras procuraba sacar un revólver que sin duda llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Espoleadas por el coraje, las fuerzas de Beltrán se centuplicaron, y cogiendo al desconocido por la cintura, le arrastró hacia un callejón vecino.

--¡Miserable, miserable!--repetía.

El asaltado, viéndose perdido, quiso gritar, pero Beltrán le tapó la boca, y, asiéndole por el cuello, le derribó en tierra: cayó de bruces, los brazos presos bajo los pliegues de la capa. En aquel momento Beltrán oyó ruido de pasos; sin duda venían á prenderle... ¿Qué hacer?... Si huía, su enemigo correría tras él pidiendo socorro... y se vió atado codo con codo, y á su padre muerto, y á su hermana, bonita y en la calle... Fuera de sí, requirió la navaja, y asestó un golpe á su víctima en la nuca, después otro y otro... muchos... para que no hablase; luego registró precipitadamente los bolsillos de su chaleco, cogió una moneda, un duro... ¡uno solo!... y echó á correr desalado.

En el fondo de la calle resonaban voces extrañas que repetían:

--¡A ese... á ese!...

Beltrán corrió mucho tiempo; cuando penetró en una botica llevaba los labios lívidos y cubiertos de espuma; el terror y el cansancio de la lucha y de la fuga, dilataban sus ojos.

--A ver--murmuró;--despácheme usted, en seguida... en seguida...

El boticario dejó el periódico que estaba leyendo y se acercó al mostrador tranquilamente.

--¿Qué es ello?

--Tome usted.

El farmacéutico cogió la receta y la leyó poco á poco, informándose bien del nombre de las medicinas.

--¿Tardará usted en despacharme?--preguntó Beltrán suplicante;--el caso es gravísimo.

Le aterraba la idea de que le prendiesen antes de ver á su padre.

No--repuso el boticario,--estas medicinas están hechas.

Marchóse y volvió trayendo dos frasquitos.

--¿Qué valen?--preguntó Beltrán.

--Cuatro pesetas con cincuenta céntimos.

--Cóbrese.

Y arrojó el duro sobre el mármol del mostrador.

El boticario cogió la moneda, la miró atentamente, la hizo resbalar entre sus dedos, volvió á sonarla...

--Este duro--dijo--es falso...

MARCELA

Desde el quicio de su puerta, Juan Antonio avizoraba todas las tardes á Marcela, que volvía de la fuente con el pesado cántaro sobre la cabeza, erguido el talle, las manos en los cuadriles, aumentando con su corto y menudo andar el picante titubeo de sus caderas poderosas. Juan Antonio reía embelesado viéndola acercarse: ella pasaba indiferente, plegando los rojos labios con un depresivo mohín desdeñoso, como si las sonrisas y las ardientes miradas y todo el apasionado embobamiento del mozo no fuesen otras tantas pruebas de amor quemadas, á guisa de incienso, en honor de su perfecta gentileza y bizarría; y cuando se alejaba orgullosa, inaccesible, pisando corto, y diciendo no, no... con las caderas, los ojos de Juan Antonio chispeaban de rencor, un estremecimiento doloroso mordía su carne, y el pliegue trágico de las venganzas cortaba su frente.

Una tarde, Juan Antonio, no pudiendo dominar las furiosas acometidas de su pasión, salió del pueblo y fué á sentarse junto á unos bardales por donde Marcela solía pasar de vuelta de la fuente. La conversación fué breve, decisiva, como las conversaciones que preparan los duelos á muerte. Ella empezó diciendo que no le quería y que jamás podría traicionar á Fermín, su esposo, á quien estaba unida por los vínculos del cariño y del deber; Fermín era su Dios, su rey; á él se lo debía todo: la casa que habitaba, las ropas que cubrían su cuerpo...

Y agregó:

--¿Y ahora quiés deshacer el lecho que yo toas las mañanas tiendo y mullo pa él? ¿Y quiés gozar del cuerpo que él viste y alimenta y agasaja con tóo lo que tiene?... ¡Vamos, Juan Antonio, que no me conoces!... No sólo no te quiero, sino que te odio... ¡ya ves!... Que eres mu chico, mu ruin... ¿sabes?... y que tiés el alma mu fría, cuando no entiendes lo que digo...

Poco á poco, á tropezones, sofocado por la pasión que le extrangulaba, Juan Antonio procuró explicar sus celos y los tormentos de aquellas luchas íntimas que fueron enajenándole hasta obligarle á exigir de Marcela una explicación definitiva. El no era malo, ni ruin, ni tenía aquella frialdad de corazón que ella tan injustamente le reprochaba.

--Mi única desgracia consiste--dijo--en haberte conocío mu tarde, cuando tu libertad y tu corazón y tu cuerpo amadísimo, eran de otro...

Ella le escuchaba impasible, frunciendo el sobrecejo con aire aburrido. Luego repuso, dando media vuelta y poniéndose otra vez en jarras, dispuesta á marchar.

--Tóo es inútil, Juan Antonio; yo no quiero, y no hay poderes en el mundo capaces de torcer mi voluntad... Y no me persigas, no me aburras; porque si la gente advierte tu cariño y da en murmurar, soy capaz de contárselo tóo á Fermín, pues antes que deshonrao, quieo verle andando camino de la horca ó del presidio. No digo más.

* * * * *

Las primeras horas de aquella noche las pasó Juan Antonio entre los matorrales de un altozano, desde donde se atalayaba un extenso paisaje. La luna trepaba hacia el cenit anegando las silenciosas extensiones siderales con los efluvios de su luz plateada: una paz augusta descendía del cielo sobre los campos dormidos; en el valle blanqueaban las casas del pueblo, con sus paredes irregulares y sus ventanas, por algunas de las cuales se filtraba un hilillo de luz; varios caminos vecinales seguían direcciones diversas, retorciéndose como sarmientos á través de los campos de labranza, subiendo, bajando, según los altibajos del terreno; y cerrando el horizonte, casi perdidos en las sombras de la noche, ondulaba una larga serie de cerros, con sus panzas enormes y sus altísimas crestas, semejantes á abortos monstruosos de una quimera geológica.

Juan Antonio, casi echado en el suelo, no apartaba los ojos de la casa de Marcela, situada mucho más allá, junto al río. Un proyecto diabólico le había conducido allí. Fermín, que era guardabosque, salía de ojeo todas las noches entre doce y una de la madrugada, y aquella ocasión era la por Juan Antonio espiada para deslizarse sin peligro hasta Marcela; las consecuencias anexas al logro de sus propósitos, no le interesaban. Durante largo rato permaneció inmóvil, mirando, mirando... con la mirada angustiosa y fija de los que murieron ahogados. Luego se estremeció, oyendo resonar en la serena extensión de los campos las doce campanadas de un reloj lejano.

Entretanto Fermín, sentado sobre un viejo taburete, se calzaba sus recias botas de campo, disponiéndose á salir.

Marcela le observaba desde el lecho con ojos que el sueño va cerrando.

--¿Te vas?--preguntó.

--Sí.

--No tardes mucho... la noche está fría.

--Ya lo sé. No haré más que llegar al cementerio y volver.

Se había ceñido la cartuchera; después embozóse en una manta, se caló su ancho sombrero de guardabosque y salió terciándose el fusil á la bandolera. La llave de su hogar la dejó, según costumbre, junto al quicio, debajo de la puerta, en previsión de que Marcela quisiera salir hallándose él ausente; y esta circunstancia era la que había de facilitar á Juan Antonio el triunfo de sus deseos.

Marcela se había quedado profundamente dormida; de pronto sintió que abrían la puerta y entre sueños supuso que era su marido quien volvía: luego oyó unos pasos quedos que se acercaban y entreabrió los párpados; la obscuridad era completa y tornó á cerrar los ojos.

--Fermín... murmuró.

El lecho crujía: Marcela, medio despierta, repitió balbuceando sin miedo.

--¿Eres... tú?...

Al sentir que unos brazos la estrechaban por el talle, agregó.

--¡Qué frío vienes!...

El repetido contacto de unos labios que oprimían los suyos y la presión de unas manos que la sobajeaban con ansia brutal, concluyeron de despertarla.

--¡Fermín, Fermín!...

Entonces sintió que la dejaban; alguien saltó del lecho y resonaron los pasos precipitados, inseguros, de un hombre que huía. Marcela se incorporó en la cama, impulsada por un presentimiento horrible.

--¡Juan Antonio!--gritó.

Y se ratificó en esta creencia al oir que el fugitivo deslizaba suavemente la llave bajo la puerta, como para borrar con aquella precaución el rastro de su delito.

Largo rato Marcela permaneció alelada, temblando de rabia y de miedo; después sintió que abrían la puerta.

--Fermín... ¿eres tú?--preguntó.

--Sí, yo soy...

Mientras él se desnudaba, ella añadió:

--¿Has venido antes?

--¿Cuándo?

--Después de marcharte.

--No. ¿Por qué lo preguntas?

--Por nada; me había parecido...

Al día siguiente, domingo, Marcela y Juan Antonio se encontraron en la iglesia, junto á la pila del agua bendita: ella le miró de hito en hito, los ojos retadores, como desafiándole á hablar; él se acercó con aire insolente y satisfecho, murmurando:

--¿Me encontraste frío anoche?...

Marcela no pudo responderle y se marchó llorando. Aquel día y los sucesivos los pasó acongojadísima, no sabiendo si devorar su humillación ó pedir á su esposo el justo castigo de tamaña ofensa; unas veces pensaba vengarse por sí misma, dando la muerte como ella había recibido la deshonra, á traición; otras temía que lenguas extrañas enterasen de lo ocurrido á Fermín, y que éste, interpretando mal el silencio de su mujer, juzgase criminal complacencia lo que fué sorpresa y forzamiento...

Al fin optó por confesarse á su marido, refiriéndoselo todo... ¡todo!... Pues como ella decía: «antes que en ridículo, quieo verle andando camino de la horca ó del presidio...»

* * * * *

Aquella tarde Fermín y Juan Antonio se vieron en un claro del bosque.

--Estaba esperándote--dijo Fermín.

--¿Pa qué?

--¿No lo presumes? ¿No está diciéndotelo ese corazón que quieo arrancarte á mordiscos?...

Fermín era ágil, fuerte y más alto que su enemigo, pero Juan Antonio era recio de cuerpo y tenía hombros cuadrados y brazos membrudos. Los dos hombres se miraron friamente, midiéndose con los ojos, buscando un sitio en donde herir: luego, simultáneamente, sin detenerse á sobreexcitar su enojo con vanas palabras, se arremetieron. Durante algunos momentos lucharon rabiosamente, sin que las piernas de ninguno de ellos flaqueasen; luego se separaron y antes de que Juan Antonio pudiese hurtar el golpe, Fermín se abalanzaba sobre él, traspasándole el cuello con una faca. El mozo giró sobre sí mismo, dió algunos pasos vacilantes, y cayó al suelo de bruces, muerto...

Fermín, fuera de sí, echó á correr hacia su casa: Marcela; al verle entrar demudado y con las manos teñidas de sangre, lanzó un grito y corrió á su encuentro, mirándole con ojos donde había una pregunta desesperada.

--Sí--repuso el guardabosque:--le he matao.

Y añadió extendiendo el brazo con gesto trágico:

--Allí está; allí le tienes, frío... ¡Más frío que nunca!... ¡Frío pa siempre!...

EL BUEN PARECER

La noticia circuló rápidamente por los cafés y las tertulias que cómicos y autores forman en los saloncillos de los teatros.

A Felisa _la Loba_ la habían matado. Los testigos de la escena aseguraban haber visto á Felisa bajar de un coche en la calle Peligros, delante de Fornos; entonces brotó del hueco de una puerta la sombra de un hombre que, sin duda, estuvo en acecho, esperándola, y que instantáneamente se arrojó sobre ella; la joven lanzó un grito y cayó hacia atrás, abriendo los brazos: el matador huyó velozmente, revelando en la fuga la audacia y el vigor sobrehumanos que demostró en la agresión, y segundos después los que le vieron herir sólo percibieron su silueta cobarde esfumándose como un capricho antropomórfico en las sombras de la noche bajo la rojiza luz incierta de los faroles...

Desde luego se trataba de un crimen pasional. Al principio creyóse que el asesino era un organillero; luego, por lo que varias amigas de Felisa dijeron, se supo que era un estudiante...

Enrique y _la Loba_ se conocieron en el arroyo una noche de invierno muy cruda, muy triste, en que el aburrimiento de ella y la melancolía y desamparo de él los sugirió, simultáneamente, el capricho de pernoctar juntos; ella le quiso porque se parecía á un amante que la dejó por otra: él porque estaba muy solo, muy pobre, y en las horas de desvalimiento los temperamentos sentimentales padecen, más que el hambre, la necesidad de la mujer que abriga, que consuela, hablando de recuerdos dulces y frívolos... Ella era una chula, una verdadera hembra, apasionada y bravía, enamorada de la fuerza y del valor masculino, de los machos crudos que parecen ir por el mundo caminando siempre de cara al presidio: él, mesurado en las palabras y firme en la acción, era también un valiente persuadido de que cuando dos hombres riñen, uno de ellos, el más débil, tiene pena la vida.

--¿Tú serías capaz de pegarme en la cara?--solía preguntarle Felisa.

--No--contestaba Enrique;--en la cara note pegaré nunca; si alguna vez me engañases te rompería el corazón. A las mujeres, los hombres de honor no deben pegarlas más que una vez...

Pero Felisa no cuidó de tales amenazas y le engañó: y el estudiante, que había puesto en aquella mujer toda su alma, cumplió lo ofrecido...

Y allí quedó _la Loba_, tumbada en el arroyo, inmóvil. Los ojos cerrados, mostrando entre sus labios entreabiertos los dientes menudos y blancos que crispó la agonía, y por los pliegues de su pañuelo manchado de sangre, aquella garganta blanca y mórbida que se había ofrecido al deseo tantas veces...

A última hora, en los corrillos del Casino de Madrid, La Peña y otros Círculos aristocráticos, los padres de la patria, los generales retirados, los príncipes de la banca, los valetudinarios representantes de las familias más nobles, comentaban en voz baja, con aire indiferente y cansado, la trágica muerte de Felisa.

El intenso calor de las estufas de gas quedaba preso en los poros de las alfombras; sobre la superficie inmóvil de los espejos, las lámparas eléctricas vertían luz lechosa; alrededor de las mesas de tresillo, junto á la chimenea adornada por un reloj de bronce, ó reclinados perezosamente sobre los divanes, los concurrentes habituales del Círculo comentaban el crimen; y lo hacían poco á poco, con lentitud hipócrita, entre grandes bocanadas de humo.

--¿Ha oído usted hablar, marqués, del crimen de esta noche?--preguntaba el veterano general X.

--No; los periódicos nada dicen. Además, no leo la crónica de sucesos; es una sección repugnante.

--Los periódicos no relatan el hecho porque éste ocurrió entre ocho y nueve de la noche.

--¡Ah!... ¿Se refiere usted al crimen de la calle de Peligros?

--Sí.

--Algo oí decir. Creo que la víctima fué una muchacha de vida airada...

--Eso me contaron también... no sé donde--añadió el vizconde Z.

Otros dos graves caballeros que ostentaban en el ojal de sus levitas una cinta roja, hicieron un vago signo afirmativo, demostrando hallarse al tanto de lo ocurrido.

Bajo la luz fría de las lamparillas eléctricas, sobre el respaldo rojo de los divanes, aquellas cinco cabezas envejecidas por el tiempo y las luchas asoladoras de la ambición y del vicio, formaban un cenáculo extraño de caretas fúnebres.

--¿Y quién era esa desdichada?--preguntó K. al marqués.

--Felisa.

--¿Felisa?... ¡No recuerdo!

--Sí... una moza alta, no mal parecida... á quien llamaban _la Loba_...

--¿Pero usted la conocía, marqués?--interrogó el general.

Y todos los circunstantes, sorprendidos, miraron al marqués, cuya vida de orgías no era un misterio para nadie.

--No--repuso el interpelado;--yo no la conocí; supondrán ustedes que mi posición me prohibe tratar á cierta clase de mujeres... Pero he oído hablar mucho de ella á mi primo Claudio, que fué un gran libertino.

--Dicen que era muy guapa.

--¡Mucho!

--¿Morena?

--Creo que sí; tenía los ojos expresivos, la boca un poquito grande, pero de labios frescos y rojos.

--¡Acierta usted!... Ahora recuerdo haberla visto varias veces.

--Si es la que sospecho, también la conocía yo, así... de vista.

Siguieron hablando, procurando recomponer entre todos la terrible escena. Uno de ellos preguntó:

--¿Y quién es el criminal?

--Dicen que un organillero.

--A mí me han asegurado que el matador fué un estudiante.

--¿Le prendieron?

--No.

El vizconde de N., que pasaba por la calle de Peligros á tiempo que el asesino huía, añadió á la información interesantes detalles. El matador era un muchacho de regular estatura, decentemente vestido; representaba tener veinticuatro años.

--¡Pobre inocente!...--exclamaron varios;--¿á quién se le ocurre perderse por una mujer así?...

Hasta el saloncillo alfombrado, caldeado por las estufas de gas, el recuerdo de aquel hombre huyendo á través de la noche y de la pobre muerta con sus carnes yertas anegadas en sangre, penetró como una corriente de aire frío...

* * * * *

Era una tarde de invierno; sobre las orillas del Manzanares la noche derramaba tristeza infinita, los árboles enderezaban sus ramas escuetas hacia el cielo gris; por una parte, cerrando el horizonte, aparecían la Puerta de Toledo y Madrid, con sus millares de cúpulas y de tejados perdidos bajo la niebla; en el silencio de los campos, como voz misteriosa de aquella naturaleza agonizante, resonaban las vibraciones lentas de una campana.

A la izquierda del puente, junto á un camino húmedo por donde los chirriones pasan dejando surcos profundos, está el Depósito de cadáveres: una casita blanca muy triste, con paredes renegridas por el polvo y la lluvia, que huelen á muerto.

Aquella tarde, casi á la misma hora, llegaron al Depósito dos coches con portezuelas blasonadas; después, otros dos, luego otro... Y de aquellos vehículos bajaban caballeros graves, metidos en largas levitas abrochadas: el general X., el vizconde Z. y el barón K...

--¡Usted por aquí... don Juan!

--¡Y usted, don Luis!... ¡Qué casualidad!

--¡Hola, general!

--¿Viene usted á ver á la pobre Felisa?

--Sí... la curiosidad...

--Pues, entremos.

--Pase usted.

--No, usted.

--¡Oh, muchas gracias; es igual!...

Y, con el sombrero en la mano, todos aquellos viejos libertinos, hipócritas, iban entrando, andando de puntillas, alargando el cuello, reconcentrando una mirada estúpida de terror sobre aquel cuerpo que habían ungido con sus besos, recordando con cierta vergüenza que toda aquella pobre carne había pasado bajo sus labios...

Felisa, echada boca arriba sobre una mesa de mármol, mostrando su cuello ensangrentado, parecía escucharles. La luz que caía de un alto ventanal, bañaba su rostro lívido, proyectando sobre la pared húmeda, cubierta de verdina, un perfil inmóvil...

REMORDIMIENTO

--¿Saldrás esta noche?--preguntó Matilde secamente.

--Sí--repuso Adolfo Latorre con aire distraído;--debo ir al Círculo; necesitamos elegir nuevo presidente y varios amigos presentarán mi candidatura...

--¿Y luego, dónde vas?

--Al café.

--¿Y después?

--¡Qué sé yo!

La conversación desmayaba. Matilde, despechada y celosa, miró á su amante de hito en hito, queriendo ofenderle, deseando reñir; y Adolfo, en virtud de misteriosos magnetismos, sentía la intención agresiva de aquellas miradas. Él también experimentaba deseos de disputar, por pasar el rato. Hay momentos en que los amantes antiguos no tienen nada nuevo que decirse, y el mutismo y las miradas interrogadoras del uno, parecen acusaciones dirigidas á la discreción y cariño del otro; entonces conviene hablar para romper el encanto siniestro del silencio: en amor hay silencios más ofensivos que una bofetada.

Estaban concluyendo de cenar; la criada acababa de marcharse después de servir el café; la lámpara suspendida en el comedio de la habitación recortaba un círculo luminoso sobre la mesa, con sus botellas de vino á medio vaciar, sus platos sucios y sus copas que los labios mancharon de grasa. Adolfo y Matilde continuaron hablando, excitándose mutuamente á la pelea, poniendo cada vez más acrimonia y torcida intención en sus palabras: con la diferencia que ella disputaba de buena fe, y él frívolamente, por decir algo y no aburrirse.

--¿Por qué--preguntó Matilde,--cuando salgas del Círculo no vuelves aquí?

--Porque saldré muy tarde y á esas horas no hay tranvías. Supongo que no querrás traerme á pie...

--Hace dos años venías todas las noches, sin que la distancia, ni el frío, ni la nieve, te importasen un ardite.

--¡Tú lo has dicho!--exclamó Latorre riendo;--¡hace dos años!

Ella levantó la cabeza bruscamente; sus mejillas palidecieron hasta la lividez; en sus ojos grandes y negros chispeaba el rencor. Adolfo Latorre sostuvo impasible aquella mirada, lancinante y fría como un saetazo. De pronto la joven, obedeciendo á un indomable movimiento impulsivo de todos sus nervios, se levantó, derribando su taza de café.

--Según eso--gritó,--creo que debemos concluir.

Estaba erguida, con una mano apoyada sobre la mesa y el ceño adusto, en la actitud de una reina absoluta que da órdenes. Adolfo, molestado por aquella acometividad, repuso fríamente:

--Como gustes.

--¿No te importa reñir conmigo?