Part 6
Y sintió que sus párpados se llenaban de lágrimas. Después levantó la frente para verles marchar. Proseguían su camino indiferentes á cuanto les rodeaba; ella, titubeando las caderas, feliz bajo la vigorosa caricia del brazo varonil que la oprimía. Aquello era algo muy hermoso; un poema pasional recitado á través de los campos; el prólogo de una posesión, el amor omnipotente que pasaba empujando á sus elegidos hacia los lugares secretos...
Pedro continuaba persiguiéndoles con los ojos: la brisa soplaba mansamente, los pajarillos se arrullaban entre el boscaje, de la tierra ascendía un vaho afrodisíaco que excitaba los nervios. ¡No, Kempis, al proclamar el triunfo de la muerte, no tuvo razón!
De pronto, Pedro volvió en sí: el libro había resbalado de sus rodillas y yacía en el suelo; con los ojos abiertos y los dientes apretados convulsivamente, Pedro, inmóvil, yerto y pálido como la imagen del dolor, se retorcía las manos con desesperación, renegando de su destino, y lloraba... lloraba...
LA CADENA
--Soy fatalista--prosiguió Enrique,--y creo que cuanto el Destino escribió en el libro que rige el porvenir de los hombres y de los mundos, se cumple aquí abajo, sin que nada, ni aun la misma muerte, pueda evitarlo...
--¿Y qué?--preguntó Gabriela, clavando en los ojos del joven los suyos, penetrantes como la punta de un bisturí.
--Que nuestra separación estaba prevista desde há tiempo en el índice de los destinos, y que la hora de la emancipación ha llegado.
--¿Serás capaz de abandonarme?
--Sí.
--¿Sin dolor?
--¡No!... Con gran dolor y quebranto gravísimo de mi alma. ¡Pero te dejo!...
--¿Para siempre?
Le miraba fijamente, traspasándole con una de esas miradas desesperadas con que los moribundos se despiden de la luz: él, al principio, sostuvo aquel mudo escrutinio; luego, desconcertado, bajó los ojos. Después, haciendo sobre sí mismo un gran esfuerzo, murmuró:
--Sí, para siempre...
Ella lanzó un grito estridente, cual si la arrancasen á túrdigas las entrañas, y se desplomó en una silla, echándose de bruces sobre una mesa, ocultando el rostro entre las manos. Escenas como aquella ocurrieron muchas veces, pero nunca, hasta entonces, tuvo la visión neta, desgarradora, de que la separación iba á cumplirse. El quedó en pie, las manos metidas en los bolsillos, inmóvil y rígido dentro de su gabán abrochado. Hubo un largo silencio. Hasta aquella pobre boardilla suspendida en el espacio bajo el declive de un tejado, los ruidos de la calle ascendían confusamente: el viento gemebundeaba en la chimenea; de las paredes enjalbegadas pendían cromos y viejos retratos de parientes muertos; sobre la cabeza despeinada de la mujer jadeante de dolor, un quinqué vertía á raudales su luz fría... Todo ello hablaba á la imaginación del amador, con la voz dulcemente conmovedora de los recuerdos: la cómoda, en cuyos cajones las ropas de ella y las suyas yacieron reunidas varios años, los retratos de todas aquellas personas muertas, cuya sencilla historia de gente plebeya él conocía; el ramo de flores secas suspendido en el ángulo de un espejo y que recordaba un día feliz... Y revivió las dulces noches de invierno pasadas bajo la luz serena del quinqué, leyendo el mismo libro de amor con las cabezas juntas, enajenando sus almas en el mismo deseo... Entre las cuatro paredes de aquella casa y á trueque del corazón que le dieron, Enrique reconocía haber dejado el suyo en rehenes; sin embargo, urgía destruir de una vez el vergonzoso pasado, crearse una posición respetable, echar los cimientos de un porvenir tranquilo y decoroso: para lograr tanto, iba á casarse con una linda joven, algo patricia, que le traía en dote medio millón de pesetas.
--Me voy--repitió Enrique;--hora es ya de romper la cadena que nos une: devuélveme mi retrato y mis cartas.
Gabriela levantó la cabeza mirándole con ojos brillantes, inyectados en sangre, que la rabia y el dolor inmovilizaban.
--Mañana te los daré.
--¡No; ahora mismo!... Los necesito ahora, en el acto.
Reclamaba lo suyo tan perentoriamente, comprendiendo que, si volvía, ya no sabría marcharse: ella, sospechándolo así, procuró traerle de nuevo á su casa, para aprisionarle en el hechizo de aquellas paredes y de aquellos buenos muebles familiares, y vencerle.
--¿Temes volver?--preguntó Gabriela.
--¿Temor? ¿Y á qué?... Además, no pienso volver. Todo lo que pido puedes enviarlo á mi casa.
Ella comprendió que la cobardía de su amante le quitaba el último refugio, la última esperanza, y sus ojos se anegaron en lágrimas.
--Bien está--dijo:--todo se hará según tu deseo.
--Pues... adiós.
--Adiós.
Sin sacar las manos de los bolsillos para despedirse, atravesó la habitación con paso tácito, hundiéndose en la obscuridad de una puerta: ella le siguió con los ojos asombrados del morfimano que asiste al mudo desfile de un cortejo fantástico... Enrique llegó al recibimiento, abrió la puerta y salió cerrando tras sí. Al ruido que hizo la puerta, contestó la abandonada con un grito agudo...
Ya en la calle, Enrique echó á andar camino de su casa: en su atolondrado pensamiento sólo esta idea se agitaba:
«Mi pasado ha muerto: ella no me llamará; yo tampoco puedo ir á verla. ¡Todo ha concluído!...»
Y mientras andaba, aquella frase, horriblemente desoladora, volvía á sus labios:
«¡Todo ha concluído!...»
Hay una memoria, que los psicólogos llaman sensitiva, en virtud de la cual, los músculos, obedeciendo el impulso primero de la voluntad, nos llevan adonde pensamos, aun cuando la cascabelera imaginación esté preocupada y distraída con otras fantasías. En Enrique, la intensidad de su preocupación y de su dolor, borraron hasta las últimas manifestaciones de esta memoria orgánica, y concluyó por no saber adónde iba ni por dónde andaba...
--¿Qué barrios son estos?--pensó;--¿qué vengo á buscar aquí?...
Y, sin embargo, andaba, andaba... con perfecta inconsciencia de tiempo y de la distancia, arrastrando la cadena que creyó rota.
Ya era muy tarde; los transeuntes escaseaban, los tranvías habían dejado de circular; en los quicios de algunas puertas insinuábase la silueta borrosa de un sereno dormido: al atravesar una plaza desconocida, Enrique oyó la voz de una mujer que vendía café caliente.
--Debe de estar amaneciendo--pensó.
Prosiguió andando lentamente, á través de la inmensa ciudad dormida bajo un manto de nieblas... El recuerdo de Gabriela llenaba su memoria, enloqueciéndole: «Ella me quiere, yo la adoro... y no obstante... ¡todo ha concluído entre nosotros!... ¡Todo!...»
Empezaba á clarear. De pronto Enrique se halló en una calle que conocía y delante de una casa que le era muy familiar y muy querida: la casa de Gabriela: sus piernas, que le condujeron allí tantas veces, le habían llevado una vez más. Era algo fatal, como el concierto de los astros... El sereno acudió á abrirle la puerta.
--Buena madrugada, señorito. Hoy se retira usted muy tarde... La señorita estará impaciente.
Enrique, sin responder, cruzó el zaguán, subió las escaleras y llegó al cuarto de Gabriela. Ella, que había reconocido sus pasos, salió á abrir sin darle tiempo á llamar: en su semblante la desesperación y la alegría pintaban una máscara extraña.
--¿A qué vienes?--preguntó.
Rendido á la Fatalidad, poderosa como la muerte, Enrique, con la voz velada de los sonámbulos, repuso:
--¿No lo ves?... Como siempre... A dormir contigo...
POR UNA ERRATA
Desde muy joven su imaginación soñó amores difíciles: las novelas del viejo Lamartine, los versos de _Otello_, las cartas de _Werther_, deslizaron en la sangre de Julio Riego su ponzoña suicida; cualquiera mujer le apasionaba con pasión loca que no hubiese dudado ante el atropello ó violación de lo más santo; tenía el doble anhelo de lo sublime y de lo raro y envidiaba á Safo más que á Paón; á Safo amante, ganando la inmortalidad con la trágica elipse que describiera arrojándose al mar desde el promontorio Léucades.
--¡Morir!--pensaba Julio,--¿qué importa morir, si muriendo perpetuamos nuestro recuerdo en la memoria del ser desdeñoso y adorado?
Tal era su credo: los desaires de la fortuna robustecieron su opinión; iba cruzando por el mundo como en éxtasis, el busto rígido, los ojos esclavizados en la ilusión paradisíaca del supremo amor, alzándose despreciativamente de hombros bajo la befa de la humanidad miserable que puede olvidar.
El no sabía hacer esto; por nada hubiese cambiado de ídolo ni de fe; antes que destruir su altar, era preferible, acabar, como Sansón, entre los escombros del templo: sólo así lograría la veneración de aquellos escogidos que erigieron el amor y la fidelidad en religión. Fortalecido por este criterio, miraba serenamente al tiempo que todo lo trueca y desune: él no sería uno de tantos; él moriría antes que renegar de su fe. ¿Qué queréis? El romanticismo ha matado más gente que el arsénico. La figura de Julio Riego traducía su carácter fielmente: era un tipo sentimental, delgado, alto y nervioso; el mirar reposado y penetrante, la frente triste, aguileña la nariz; sus largos cabellos negros se abullonaban sobre las orejas de su rostro pálido, con palidez mortuoria, como anegado en la aureola de un martirio previsto: su voz calmosa, sin timbre, como velada por un suspiro que tuviese atravesado en la garganta, parecía venir de muy lejos ó de muy hondo.
Pasados tres ó cuatro años de relaciones íntimas, Julio y Mariana Paredes riñeron. Ella era tiple de zarzuela; un cuerpo hermoso informado por un espíritu sano y fuerte, enamorado del mundo, que gustaba de reir á carcajadas bajo el alegre Sol, padre de la Vida. Durante los primeros meses, la melancolía de Riego interesó su imaginación; la nostalgia es misterio, porque toda alma triste parece ocultar algo, y el misterio atrae: después continuó tolerándole por miedo, temiendo que su desvío le indujese al suicidio; más tarde, la callada presencia de aquel espíritu tétrico mordido por todas las Furias de la desconfianza, la desesperación y los celos, llegó á serla intolerable y decidió romper con él. Aquella vez no ocurriría lo que otras; estaba resuelta á recobrar su libertad antigua; reñirían para siempre: sus palabras tendrían autoridad inapelable.
Algo desusado hubo de sugerir á Julio Riego la certidumbre cruel de quedar despedido irrevocablemente. Fué una mañana, poco antes del almuerzo, tras una noche que ella pasó durmiendo tranquila de cara á la pared, y él con un codo apoyado sobre las almohadas y los ojos, llenos de lágrimas, de par en par abiertos ante las tinieblas de la alcoba; alcoba triste como nido roto caído al pie del árbol... Se separarían; Mariana lo acordó así en uso de su voluntad libérrima; ella necesitaba nuevas impresiones, otra vida, otro hombre... En pie cerca de la puerta, con el sombrero en la mano, dispuesto ya á marcharse, Julio repuso con su voz enturbiada por la pena:
--No lo tendrás; ese hombre que deseas no será nunca tuyo. Yo lo impediré, matándome; no podrás olvidarme; entre él y tú dormirá todas las noches mi recuerdo; ante tus ojos, el hilo sangriento que brote de mi herida correrá eternamente.
Mariana Paredes se encogió de hombros; sus vehementes anhelos de tornar á ser libre endurecían su corazón.
--Puedes hacer tu gusto--murmuró;--cada cual obra según su criterio.
* * * * *
Se despidieron: él iba resuelto á matarse; lo había prometido y los hombres no deben renegar de su palabra: además, aquel era el único medio de castigar á la ingrata, lanzando sobre su frívolo vivir la noche ineluctable del remordimiento. Mariana quedó tranquila, segura de que Julio Riego no cumpliría su amenaza. Aquella noche, sin embargo, la joven leyó los diarios atentamente, buscando alguna noticia relacionada con su amante. No halló nada.
--¡Bien decía yo!--murmuró.
Y de pronto sintióse un poco triste, humillada y como pesarosa de que aquel hombre no la hubiese amado lo bastante para matarse por ella.
Pasó otro día; Mariana Paredes iba adormeciéndose en la confianza de la impunidad; aquella era una historia casi olvidada. Por la noche, de vuelta del teatro, se acostó y cogió un periódico; el sueño comenzaba á pesar sobre sus párpados; no obstante ojeó los telegramas, una Crónica de bastidores, otra de política general...
En la sección de noticias, vió la siguiente:
«Ayer se suicidó, disparándose un tiro en el pecho, un joven decentemente vestido, llamado Julio Pérez.»
No pudo seguir leyendo; el cansancio cerraba sus ojos; el periódico resbaló de la cama al suelo.
No sucedió más.
Por una errata deslizada en aquel apellido, el sacrificio del pobre muerto no tendrá historia; las noches de Mariana Paredes no tendrán pesadillas...
¡Más vale así!
CREPÚSCULO
Cae la tarde; un vientecillo suave arrastra por el suelo húmedo las primeras hojas secas; las lejanías del paisaje desaparecen tras el vaho neblinoso que enceniza el cielo; los árboles, de donde huye la vida, levantan sus ramas con desesperado ademán y su gesto simula responder á la conciencia que tienen de que la muerte llegará fatalmente para ellos con la paralización de la savia; los herbazales que visten los recuestos también están tristes, amarilleando entre el lodo; á lo largo de las tapias algunas enredaderas alargan sus ramas escuetas; bajo el espacio triste la tierra toda se estremece en una convulsión agónica.
PERSONAJES: _Ella_; treinta años. Avanza rápidamente, mirando á todas partes con los hermosos ojos muy abiertos por la impaciencia de ver pronto al amado, que la espera. Viste sombrero redondo de fieltro y un gabán varonil, con cuello _Imperio_ y doble hilera de botones, que la llega á los pies: es alta, elegante y lamida de formas como una amazona inglesa.
_El_: treinta y cuatro años; gallardo y simpático; su delicado temperamento de sentimental lo reflejan la mirada distraída de sus ojos, ensombrecidos por el insomnio; su frente, abrillantada por el nimbo indefinible de los ensueños; la línea de sus labios que, habiendo gustado los amargores de la vida, quedaron algo tristes.
EULALIA.--(=Viendo, de pronto, al galán que entretiene su fastidio leyendo un periódico.=) ¡Niño, ya estoy aquí...!
FERNANDO.--(=Vivamente emocionado.=) ¡Ah, qué impaciencia tan cruel!... Si yo estudiase metafísica, para representarme el concepto de eternidad evocaría la duración de las horas que vivo sin ti.
(=Se dan las manos.=)
E.--(=Mirando á todas partes.=) No hay nadie.
F.--(=Mirando también.=) Nadie.
E.--Toma mis labios.
(=Se besan y caminan silenciosos bajo los árboles del paseo. Van cogidos del brazo, los hombros juntos; sus pies moviéndose acompasadamente, imprimen á sus cuerpos enamorados el mismo ritmo.=)
F.--(=Despertando bajo el recuerdo de la realidad, amenazadora siempre.=) ¿Y tu marido?
E.--En la Audiencia.
F.--¡Batallando, según costumbre, por enviar gente á presidio!
E.--No sé. Damián es un hombre terrible que, como las cadenas, parece fabricado exclusivamente para sujetar... para oprimir... Dominar es su ley; el deber frío y anguloso, su Dios: por vencerlo todo, creo que ha sofocado el natural amor á sí mismo; ¡no se ama!... (=Con volubilidad.=) Después de almorzar me fingí enferma, para quedarme sola.--«Bien--replicó él;--te acompañaré.» Fué morir; Pasaban las horas lentamente; yo pensaba en ti, en nuestra cita de esta tarde, que iba á fracasar... ¡Qué martirio! (=Fernando escucha acariciando entre sus manos una de las enguantadas manecitas de la joven. Ella continúa.=) De pronto salí del gabinete y momentos después reaparecí diciendo que hallándome mejor, necesitaba salir.--¿Dónde?--preguntó mi tirano.--A hacer algunas compras--repuse;--no hay manteles; además, á la doncella le prometí ayer una blusa y debo cumplir lo ofrecido.--Mejor sería--contestó,--que te vistieras bien y fueses á visitar á la vizcondesita Matilde, que está enferma. ¡Debemos cumplir con todo el mundo!... Acepté la proposición haciendo grandes esfuerzos para disimular mi alegría: aquel era un feliz pretexto que me facilitaba una hora más de libertad que dedicarte, mejor y más hermosa para mí, que un rayo de luz. En un santiamén me puse mi mejor traje y volví al gabinete; Damián, al verme se levantó.--«Vaya--dijo,--hoy, para mí, es día de asueto; te acompaño.» ¿Cómo rechazarle? Humillé la cabeza y eché á andar con la sombría resignación del que camina hacia el patíbulo. Cuando llegábamos al recibimiento, vibró el timbre de la escalera; abro la puerta... ¡Era un ordenanza que traía... no sé qué papelotes de la Audiencia! Un asunto urgentísimo.
F.--La causa de algún desgraciado á quién el Código tendrá deseos de apretar el cuello...
E.--Probablemente. Mas... ¡en fin!... gracias á eso, sea lo que fuere, estoy aquí. Es una entrevista que tal vez cueste una libertad, cuando no una cabeza.
(=Vuelven á besarse. Caminan pausadamente, cambiando saludos distraídos con algunos obreros que vuelven del trabajo. En la línea sinuosa y más distante del paisaje aparece Madrid, recortándose bajo el cielo entristecido por los reflejos crepusculares.=)
F.--Te quiero.
E.--No más que yo á ti.
F.--(=Enternecido.=) ¡Carne de mi alma!
E.--(=Con arrebato.=) ¡Alma de mi cuerpo!...
F.--Dame tus labios otra vez.
E.--Tómalos. ¿No son tuyos?... ¿A qué me los pides?...
F.--(=Rodeándola el talle con un brazo.=) ¡Oh!... ¡qué adormecedora, qué dulce es la canción de los amores!... ¡Cómo pesa sobre los párpados, con qué arpegios de ensueño roza los oídos!... Y simultáneamente penetra hasta mis tuétanos y calofría mi espalda con la suave caricia del terciopelo.
E.--¡Fernando... (=Entorna los párpados y su cabeza mareada por la rara espuma del contento, busca sobre el hombro del amante un punto de apoyo.=)
F.--Habla... necesito oirte... dí algo... arrúllame...
E.--(=Sin abrir los ojos.=) ¿Qué quieres que diga?
=Sus cuerpos, estrechamente unidos, tropiezan al andar, produciéndoles una á modo de trepidación carnal que les calofría de pies á cabeza. Caminan lánguidamente; diríase que la tierra benévola les atrae, incitándoles á caer de rodillas; al llegar á cierto paraje solitario, bajo un grupo de árboles, Eulalia y Fernando se detienen.=
F.--¿Quieres?... (=En voz muy baja.=)
E.--¿Aquí?
F.--Sí. Sentémonos.
E.--¡Oh, es imposible!
F.--¿Por qué?... Estamos solos.
E.--Sí, pero... ¿y mi traje?
F.--Extenderé sobre el suelo mi pañuelo para que no te manches.
E.--No basta. Y, mira... el piso está enfangado.
F.--(=Pensativo.=) Es cierto.
E.--Seamos juiciosos.
F.--¿Qué remedio?...
(=Se contemplan mezclando sus alientos, mirándose á los ojos ávidamente, con el vientre y las rodillas y los pies unidos.=)
E.--(=Deseando tranquilizar á su amante.=) Mira, cómo vengo.
(=Le enseña sus botas de tafilete, su magnífico traje de seda color salmón, su largo gabán de finísimo paño.=)
F.--(=Extasiado.=) ¡Como una reina! (=Pausa.=) Y, sin embargo... perder estos instantes... es un crimen.
E.--Ya lo sé, rey; pero, ¿qué quieres?... La fatalidad...
F.--¿Me amas?
E.--Más que á nadie.
F.--¿Eres muy feliz entre mis brazos?... (=Empujándola.=) Entonces... ¿Qué importa lo demás?...
E.--(=Resistiendo.=) Pero... ¿no comprendes?... Estamos en un lodazal.
F.--A tu marido le dices que te caiste; un accidente... un coche que pasaba... cualquiera cosa.
E.--Eso es lo de menos; un pretexto se busca fácilmente.
F.--Entonces...
E.--Es mi traje, mi sombrero, que representan un capital.
F.--(=Alzándose de hombros.=) ¿Qué vale todo eso, comparado con lo otro?... Un vestido que se mancha ó que se rompe, puede ser substituído; ¿pero quién recobrará el rato de felicidad que se pierde?
E.--No me vuelvas loca.
F.--Pronto nos separaremos y... ¿quién podrá consolarnos mañana de la hora feliz que hoy desaprovechamos?...
E.--(=Languideciendo.=) Déjame.
F.--El peinado que se deshace, como el sombrero ó el traje que se ensucian, constituyen pequeñas desgracias, fácilmente remediables; pero, ¿cuándo ni dónde rescataremos las dulzuras de un feliz momento perdido?... Dime; ¿en qué bazar podrían los pobres viejos desencantados, comprar los millares de horas negras en que no amaron?... Ven, ven... el placer como la alegría, duran poco.
* * * * *
Han pasado treinta años; Fernando ha muerto. Eulalia que, como todos los viejos, comprende mejor que antes el gran valimiento de la vida, conserva entre sus más preciosos recuerdos la imagen de aquella tarde otoñal, húmeda y callada, en que dió noventa duros por un rato de amor. ¡El amor!... Lo que no se compra...
LO HORRIBLE
Beltrán empujó la puerta suavemente y entró: era un mozo membrudo, con las manos y el rostro atezados por el calor de la fragua; vestía blusa azul y pantalón de pana; las botas eran de punta cuadrada, grandes y sólidas; tenía la mandíbula inferior ancha, el cuello grueso; bajo las cejas, sus ojos duros de perdonavidas miraban con insolencia y desvío.
Al oirle Matilde, su hermana, que parecía meditar junto á la mesa, á la luz de un quinqué, volvió la cabeza. Beltrán preguntó:
--¿Quién ha venido?
--Don José.
--¡Don José!... ¿Qué quería?
--Nada... saber cómo estaba padre: ni siquiera se sentó; no pasó de la puerta.
Beltrán clavó en la joven una larga mirada desconfiada y cruel; luego dijo:
--¿Y padre?
--Peor; apenas puede respirar.
El mozo levantó la cortinilla que cubría una puerta y quedóse inmóvil, abismando sus ojos en un dormitorio estrecho y obscuro dentro del cual resonaba rítmicamente el angustioso jadeo de un hombre que se ahogaba.
--¿Qué dice el médico? ¿Tiene esperanzas?
--No. Asegura que recurrimos á él demasiado tarde.
Beltrán se mordía los labios; Matilde lloraba en silencio, sin parpadear, como lloran las mujeres acostumbradas á sufrir: tenía el rostro inteligente y pálido, el pelo y los ojos negrísimos: era uno de esos nerviosos tipos meridionales, esclavos de la impresión y del momento, en quienes los ángeles del bien y del mal parecen luchar á brazo partido sobre un puente muy angosto.
--¿Recetó algo?--preguntó el herrero.
--Sí... mira.
Sacó del bolsillo un papel sembrado de signos que Beltrán leyó y releyó sin comprender.
--¿Cuánto costarán estas medicinas?
--Unas... cuatro pesetas.
--¡Cuatro pesetas!...
--¿De dónde sacarlas, hermano?
Y Matilde miraba á su alrededor; las paredes y los suelos desnudos, la casa toda, en fin, ahogándose de miseria y dolor bajo el declive rápido de los techos aboardillados Beltrán miró también, murmurando:
--No sé, no sé...
--Esas medicinas, sin embargo, hay que comprarlas en seguida, á todo trance.
Aquella receta era para ellos algo santo y precioso, como una promesa. Pero ¿dónde hallar dinero?... Matilde y Beltrán estaban sin trabajo y la enfermedad de su padre agotó sus pequeños ahorros; en pocas semanas todo fué saliendo camino de la prendería ó de la casa de préstamos; fué una venta infamante, vergonzosa, triste, como la venta de huesos humanos.
Beltrán alzóse de hombros; todas las puertas estaban bien cerradas; la miseria había tomado todos los caminos.
--¿Qué piensas?--exclamó Matilde;--¿se te ocurre algo?
--No... nada... ¿y á ti?
--Tampoco, pero es preciso discurrir... pronto... pronto... ¡padre se muere!
--Ya lo sé... ya lo sé... Espera.
Por su memoria desfilaban precipitadamente nombres de vecinos y de amigos: con ninguno debían contar; eran pobres, tan pobres como ellos, y los mejores ya les habían socorrido en diferentes ocasiones. El único que podía ampararles era don José, el propietario, quien, por amor á Matilde, no les presentaba los recibos de inquilinato desde hacía dos meses. Beltrán conocía aquella pasión; y la vergüenza de sus favores, aceptados por él bajo la presión feroz de la miseria, enrojecían su frente. Una idea negra, una especie de noche, nublaba el pensamiento de los hermanos, que veían pasar por entre sombras el hambre y el crimen: Beltrán y Matilde sabían que en los momentos de supremo desamparo los hombres roban, las mujeres se venden...
La joven, más franca que su hermano, preguntó:
--Si recurriésemos á don José...