De carne y hueso; cuentos

Part 3

Chapter 33,797 wordsPublic domain

Y se acometieron: Gluck paró la cuchillada de su rival con el brazo; Nemo la paró con el corazón, y cayó muerto.

Horrorizado de sí mismo, Gluck el Inimitable, echó á correr; iba con los ojos fuera de las órbitas, anhelante de fatiga, chorreando sangre, y aquellos hilillos rojizos se coagulaban formando sobre su pecho y sus hombros desnudos, extraños arabescos. Al llegar al corredor, todos los artistas que por allí andaban retrocedieron espantados, mientras Gluck les miraba estúpidamente, buscando un rostro que no hallaba. En aquel momento reapareció Adriana, que volvía de la pista sonriente y cargada de flores: Gluck, al verla, corrió hacia ella lanzando un grito de macho vencedor. Adriana palideció hasta la lividez, y bajo la acróbata viril que levantaba nueve arrobas con los dientes, reapareció la hembra, dulce y tímida.

--¡Sólo mía!...--exclamo Gluck;--¡más valiente que Nemo, más fuerte que Alsini!...

Y repitió varias veces:

--¡Sólo mía!...

Después, sujetando á Adriana fuertemente por las muñecas, murmuró con ese acento de rencorosa satisfacción del hombre que puede vengarse devolviendo ojo por ojo.

--Ahora, dime; ¿sirvo?...

La herencia de un gran hombre

Ella le amaba mucho, locamente, con ese cariño sumiso, idolátrico, que las mujeres sencillas profesan á los hombres de genio.

El matrimonio fué para Luisa una negación de sí misma; Pablo la empequeñecía y eclipsaba como el sol obscurece el brillo de los planetas que de él reciben luz y calor: cuantas personas visitaban su casa preguntaban por él... de ella nadie se acordaba: ella sólo era la mujer del gran hombre, una cifra sin valor, una compañera fiel que, después de introducir á los visitantes en el despacho de su marido, se retiraba discretamente cerrando la puerta. Y, sin embargo, aquella negación, aquel olvido, constituían, sus mayores orgullos, pareciéndola que su infinitesimal pequeñez era lo que mejor acreditaba la pasmosa altitud y endiosamiento del esposo.

Tan idolátrico fué aquel amor, que Luisa nunca sintió su pobreza; pues conviene advertir que su marido era muy pobre, con pobreza tan supina, tan solemne, como su mismo genio. Pablo tenía humorismos de loco: á veces el dinero que guardaba para gastos indispensables lo invertía en comprar un cuadro ó cualquier otro objeto artístico, pero inútil; ó bien regalaba á su mujer un traje de seda, sin acordarse de que no tenía zapatos. Mas á pesar de estos desequilibrios que solían ponerles en extremados aprietos, Luisa era feliz, con esa felicidad rotunda de los espíritus cándidos.

Así vivieron hasta que Pablo publicó un artículo violentísimo contra cierto crítico que le había censurado rudamente: aquel artículo provocó otros varios, y todos un desafío en el que Pablo recibió una estocada mortal.

Luisa, de pronto, se encontró viuda y sin otro cariño que el de un hijo pequeño. La muerte de Pablo fué tan repentina que ni siquiera tuvo el consuelo de poder llorarle; su pena no la arrancó ni un solo grito y sus lágrimas corrieron por dentro mientras sus ojos permanecían tristes y enjutos: fué un dolor mudo como el de los pajarillos á quienes el vendaval dejó sin nido en la época mejor de sus amores.

Al principio la joven fué lanzada en el torbellino de una existencia febril que no daba espacio á la reflexión: en pocos días recibió centenares de telegramas que había de contestar inmediatamente, y hallóse solicitada y perseguida por individuos que acudían á darla el pésame, y por periodistas que deseaban publicar el retrato y la biografía del ilustre finado: los actores la hablaban del último drama que estaban ensayando; los editores de la última novela: todos querían algo, todos pedían algo... y Luisa les veía pasar creyendo que aquella grave y ceremoniosa procesión de sombras enlutadas, no concluiría nunca.

Esta solicitud, no obstante, fué disminuyendo, la casa del gran artista iba sumiéndose en el silencio tétrico de las cosas olvidadas, y al fin Luisa se encontró sola en un hogar pobrísimo cuya frialdad y desnudez no había reparado hasta entonces.

Así permaneció varios meses: por la mañana le enseñaba á leer á su hijo en una novela de su padre, y leyendo aquellas páginas que ella vió escribir, lloraba copiosamente; por las tardes permanecía brazo sobre brazo, no sabiendo cómo emplearse ni qué hacer para conjurar la miseria.

Ella había vivido tan ajena á toda suerte de negocios y Pablo dejó sus asuntos tan embrollados, que la joven no pudo cobrar nada de los libros ni de los dramas de su marido: los editores decían que ninguna de aquellas obras estaba registrada y el abogado que se ofreció á poner en claro todo aquel laberinto, empezó exigiendo algunos centenares de pesetas para sufragio de los primeros gastos.

Luisa, acobardada, renunció á todo y vendió algunos manuscritos de Pablo para seguir viviendo; y entretanto, el prestigio del gran hombre muerto menguaba mucho más de lo que Luisa creía.

Llegó momento en que la pobre viuda, vendidos todos sus muebles y empeñadas todas sus alhajas, cayó en una situación precaria. En la cajita donde guardaba sus secretillos de esposa feliz, conservaba todavía un artículo de Pablo: ¡el último artículo!

Luisa dudó mucho antes de resolverse á vender aquel manojito de queridas cuartillas: era un cuento muy bonito, muy tierno, que había leído muchas veces. Pero era preciso decidirse y se decidió, constreñida por el apremio brutal de la necesidad.

Aquella misma noche, vestida con un modesto trajecillo negro y llevando á su hijo de la mano, la viuda se encaminó á la redacción del periódico que su marido dirigió algunos años y, durante el trayecto, pensaba en aquellas cuartillas que oprimía nerviosamente contra su seno dolorido, dándolas un romántico adiós, apasionado y mudo. Cuando subía las escaleras de la redacción, un ordenanza le salió al encuentro.

--¿El señor director?--preguntó Luisa.

Está ocupado.

--Dígale que la viuda de don Pablo de Tal..... desea verle.

El ordenanza se fué y luego reapareció murmurando:

--Pase usted.

Luisa penetró en un despacho decorado con elegante sobriedad: la sillería era de cuero, el piso estaba alfombrado y los huecos de las ventanas disimulados por densos cortinajes de color obscuro. Ante una mesa había un individuo que escribía febrilmente, con el pálido semblante bañado en la penumbra melancólica de un quinqué con pantalla verde. Al ver á Luisa, aquel caballero se levantó con afectada solicitud y la ofreció una silla. Después hablaron un poco del ilustre muerto; los ojos de Luisa se humedecieron; su interlocutor también pareció muy conmovido; luego la invitó á que explicara el objeto de su visita...

--Le traigo á usted un artículo.

--¿Un artículo?

--Sí, señor; de Pablo...

--¿Para qué?

Luisa se detuvo dolorosamente, sorprendida por la pregunta del que fué antiguo compañero de su marido.

--Por si lo quiere usted--repuso tras una breve pausa;--no puedo cobrar nada de lo que empresarios y editores me deben, y ahora tengo compromisos...

Sus mejillas echaban fuego; no podía hablar.

--¡Oh!... Comprendo; pero, ahora, un artículo de Pablo... no tiene oportunidad... ¡Si hubiera sido cuando él murió!...

Luisa rompió á llorar.

--Tiene usted razón--murmuró;--pero éste es su último artículo, el último... y yo no quería venderlo.

--Vaya, no se aflija usted, aquello pasó... Siento que el periódico no pueda pagar lo mucho que valdrán esas cuartillas; pero, en fin, ¿cuánto quiere usted?

Lo que ella deseaba era concluir pronto y escapar de allí; el precio ya no la importaba.

--¿Pondremos... cuarenta pesetas?

--Bien, bien...

Aquello era un suplicio inacabable; una especie de limosna que la ofrecían bajo recibo... Después, mientras salía de la redacción, escuchando el argentino tintineo de las monedas que llevaba en el bolsillo, pensaba en la bancarrota suprema de todas sus ilusiones. ¿Qué quedaba de los ruidosos triunfos de Pablo? De tantos aplausos, de tantas brillantes polémicas, de tantos ensueños ambiciosos, ¿qué quedó?... Sus amigos le habían olvidado; sus discípulos ya no le respetaban: era un maestro enterrado, un ídolo caído...

--¿Dónde fué aquel mundo de doradas quimeras?--pensaba Luisa;--¿qué resta de todo aquel glorioso poderío que me deslumbró?...

Y las monedas recién cobradas, tintineando en su faltriquera, parecían responder:

--«Cuarenta pesetas; la herencia de un gran hombre...»

A OBSCURAS

Mercedes, una amiga que ignoraba los lazos de cariño habidos, desde muy antiguo, entre la hermosa cortesana y el célebre poeta, les presentó mutuamente.

--Don Pedro Equis... Antonia, mi mejor amiga.

Ella y él se inclinaron ceremoniosos, aparentando no conocerse, sintiendo que aquella inocente superchería les hermanaba en la penumbra del disimulo.

Sentáronse en el mismo sofá, cuidando inconscientemente de que sus rodillas no tropezasen, distrayendo sus miradas con los cuadros de alegres y pujantes colorines, las plantas y los disecados pajarillos que adornaban las paredes y ángulos del saloncito. Mercedes dijo jovialmente:

--Pues, sí: aquí tienes á mi amigo don Pedro, el gran cantor de los amores, cuyos versos no hay hombre, medianamente ilustrado que, en los momentos de borrachera sentimental, no sepa repetir de memoria.

--Así es.

--Bien recuerdo--prosiguió Mercedes riendo por la franqueza de la mujer que sabe tener la boca bonita--que cierto actor, conocido de todos, me sedujo recitándome versos de nuestro poeta.

...Y el poeta, escuchando la evocación de aquellas deliciosas locuras, sonreía melancólico, reconociendo que la misión de los pobres artistas que de nada disfrutan y que todo lo cantan, es triste como la de los sacerdotes, obligados á bendecir los placeres de un amor vedado á ellos eternamente. Mercedes, que salió un instante, volvió mostrando un telegrama que acababan de traer y la forzaba á marchar á la calle.

--Quedan ustedes en su casa--dijo;--empero no dudo sabrán ser juiciosos y tratarse con respeto.

Al verse solos, Antonia y el poeta volvieron los ojos al pasado.

--¿Te acuerdas?

--¡Cómo no!--repuso ella;--¿y quién pensara que íbamos á tropezamos aquí, después de tanto tiempo?...

Más de quince años fueron pasados desde entonces, y, en la neblina de la distancia, el recuerdo de aquellos amores castos, nacidos en edad demasiado temprana, pintaba un ramalazo de alegre y suave color.

--¿He cambiado mucho?--preguntó él.

Ella no hubiese querido disgustarle, pero la realidad se imponía con tal fuerza, que su generoso sentimiento quedó vencido.

--Bastante--murmuró.

Aunque colocada en los linderos últimos de la segunda juventud, se conservaba hermosa y por todo extremo fresca y deseable, habiendo pasado la vida por ella como la brisa sobre las flores, sin marchitarla; para él, en cambio, la exístencia fué huracán fortísimo que apagó la lumbre de sus ojos y aró su frente y quebrantó los resortes de la ya desgobernada voluntad. Y aquel desvalimiento lo revelaban el arco desilusionado de sus labios y su mirada fría, como la de los viejos que presenciaron la desaparición de todo lo amado.

--Aquellos tiempos--exclamó Pedro cerrando los ojos para mejor rendir su espíritu al dulce columpio del recuerdo,--forman en mi memoria una acuarela de sencilla composición y regocijados tonos.

Antonia suspiró.

--A pesar de los años transcurridos--dijo,--no he podido olvidarte y, siempre que leía tu nombre, el ayer renacía...

Le contemplaba atentamente, doliéndose de hallarle tan viejo, tan caído, tan feo... con su calvo cráneo limado por el insomnio, su semblante que marchitó el hastío, sus labios cansados de besar y de mentir pasiones...

Dos días después, en la misma casa, tornaron á verse; y tras aquel encuentro vino una cita, y luego otra... Citas honestas de amigos, de verdaderos amigos, que hallan, charlando juntos, sabroso pasatiempo.

--¿Cómo estoy?--preguntaba ella.

--Mejor que antes, más mujer, más hecha: diríase que los años te perfeccionaron, trazando curvas, puliendo angulosidades, corrigiendo, en fin, gallardamente, lo que la impaciente juventud dejó mal concluído.

Mientras el poeta hablaba, la gentil cortesana se estremecía mordida por un capricho; raro capricho que iba definiéndose, sojuzgando su ánimo bajo una fuerza invasora incontestable. Sin saberlo, adoraba á Pedro; le admiraba, hubiese querido pasar la vida pendiente de sus labios elocuentes... y pertenecerle, para ahuyentar sus penas.

--Su alma es hermosa--pensaba Antonia, exaltándose.

Mas inmediatamente después, la voz implacable de su buen sentido, respondía:

--¡Pero es tan feo!... ¡Tan feo!...

Y para escucharle, miraba al suelo, hallando grato aquel apartamiento de la realidad desconsoladora.

...Fué otra tarde en aquel mismo coquetón saloncillo. Pedro callaba, considerando imposible la reconquista de su antigua amada, que languidecía en el silencio; silencio augusto, cargado de recuerdos que desbordaban su amor. Mercedes había salido.

--¿Por qué ese mutismo?--preguntó Antonia.

--¿Qué puedo decir?... ¡Estás tan lejos de mí! ¡Tan lejos!...

--¡Oh!... No lo creas. Vivo muy cerca de ti, tan cerca como antes, acaso más vecina que nunca... Porque mi espíritu, instruído por la experiencia, comprende mejor los raros méritos del tuyo. ¡Háblame... háblame!

--¿De qué?

--¡Ah, no sé!... No sabría decírtelo... Pero, habla... la corrección de tu discurso y tu voz, que nubló la tristeza, aturden mi razón dulcemente, como el vaho aromoso de los pebeteros. Sí, por lo más santo... no me niegues el favor de escucharte. Háblame de amor... evoca lo pretérito; jura, como sólo tú sabes hacerlo, que no me has olvidado todavía... ¡Habla!

Y él habló... friamente al principio, como viejo actor que representa; después con fuego, sintiendo caldearse sus nervios bajo la viril sacudida de su propia inspiración.

--Antonia... ¿te acuerdas?...

Hablaba cogiéndola las manos, envolviéndola en una mirada ardiente, dejando que su aliento acariciase la frente de la amada. Y reconociéndose elocuente, se entregaba contento á este juego de gestos y de palabras, con la doble alegría del amante y del artista que espera ser aplaudido. Y proseguía:

--En vano intentas sustraerte á ti misma; me quieres, lo sé, me consta... Si así no fuese, ¿á qué esa turbación? ¿A qué ese humillar la cabeza y bajar los ojos?... Oyeme, soy yo... tu Pedro... quien te llama; soy tu pasado, tu juventud primera, que vuelven conmigo.

Ella balbuceaba, entregándose al hechizo de la ficción.

--¡Pedro mío!... ¡Pedro!...

--Antonia, mi Antonia... adorada de mi alma... ¿Es posible que después de separación tan dilatada, volvamos á estar juntos?... Hace mucho tiempo, juré amarte, y mi fe cumplió lo jurado sin que ni la distancia ni los frívolos placeres mundanos quebrantasen el hierro fortísimo de mi juramento. Te conocí siendo niña, nos amamos: yo entonces ganaba lo suficiente para no morir, pero estudiaba sin desmayos, sabiendo que el estudio y el trabajo son las únicas carabelas que pueden conducirnos derechamente á las playas de la dicha, y en aquellas playas remotas tú esperabas.

Trastornada por el fuego de esta romántica peroración, la joven abrió los ojos que hasta allí tuvo cerrados, queriendo gustar la contemplación del hombre que tantas y tan lindas cosas decía, y no pudo; vió su frente sombría que arrugaron los años, su boca triste, su tez marchita, su cuerpo encorvado, sus ojos sin luz... ¡Y no pudo!... El beso se heló en sus labios y volvió á cerrar los ojos. ¡Era tan feo!...

--Lo pasado ha vuelto... ¡oh, Antonia!... No dejes que esta felicidad torne al pasado otra vez.

Ella, sintiendo que en la obscuridad su ilusión renacía, contestaba, sin abrir los párpados, meciéndose nuevamente en la música de aquel fingimiento adormecedor:

--Pedro mío, yo te amo, pero mi historia, sembrada de errores, imposibilita nuestra unión; yo soy una desgraciada; tú, en cambio, puedes ser feliz aún.

--¡Yo! ¡Yo dichoso!... ¿Sin tí?... Nunca. Ahora mi nombre llena tu memoria y esa convicción, acaso presuntuosa, me consuela. Pero más adelante, cuando nos separemos, cuando no te vea, cuando la casualidad que acaba de unirnos no exista... y mi recuerdo vaya empequeñeciéndose en tu espíritu con el tiempo, como la imagen de todo lo que pasa, de todo lo que huye... Entonces, ¿quién se acordará de mí... del vencido?...

--Me sofocas como sofocan las pesadillas.

Contestó sin abrir los ojos, pareciéndola que en aquella obscuridad la voz cariñosa del poeta venía de muy lejos. Pedro prosiguió:

--Es el ayer, que te ahoga. Tú pasarás también, Antonia, y tu ocaso será muy triste...

--¡Sigue, sigue!...

--Será muy triste; y entonces, ¿quién te amparará? ¿Quién podrá consolarte del bien perdido?... Mientras que, viviendo juntos, no padecerías el tormento de la soledad, y tus últimos años serían dulces y tibios como los crepúsculos estivales...

Hubo otra pausa. Antonia, con la cabeza caída hacia atrás y los hermosos ojos cerrados, preguntó:

--¿Quieres apagar la luz?

--¿Para qué?...--repuso el poeta.

Y sin sospechar la triste razón que justificaba el capricho de su amiga, dijo:

--Estamos mejor así.

Luego continuó:

--Nos veo viejecitos, examinando juntos y sin pena el panorama de lo vivido, confortando con mi aliento tus manos trémulas, espantando con mis besos los pesares de tu vieja frente... ¡Antonia, mi Antonia!...

La emoción ahogó la voz de su garganta. Ella murmuró:

--Apaga la luz.

--No... necesito verte... déjame...

--Pedro...

--¡Eres tan hermosa!... Ven, más cerca, así... tus manos en mis manos... nuestros pechos muy juntos, más...

--¡Oh, adorado mío!... ¡Qué dulzura, qué persuación la de tus palabras!...

Iba á abrir los párpados, pero recordó con miedo las trazas lamentables de su amador, y volvió á cerrarlos.

--Antonia--el poeta repetía,--¿me quieres?

Como eco de la callada habitación, la joven contestó:

--Mucho.

--¿Con toda tu alma?

--Sí... con toda mi alma.

--¡Oh, placer!... Dilo, dilo otra vez para consuelo mio... ¡Repítelo muy alto!...

--Te quiero... te quiero... ¡Y nada me consolará de los años que viví sin amarte!

Otra vez sus ojos se abrian, poseídos del ansia de mirar, pero se contuvo. Pedro, murmuraba:

--Ven...

Ella sintió sobre la fresa de sus labios, los labios calenturientos del poeta, y su aliento, cálido como el jadeo de las fieras. Entonces se levantó y sin entreabrir los cerrados párpados, se dirigió á tientas hacia la mesa y apagó el quinqué; la habitación quedó á obscuras, en las tinieblas los objetos perdieron su forma; el hechizo de la conversación estaba salvado.

--¿Qué haces?--preguntó Pedro sorprendido.

Ella repuso:

--Acercarme á tí...

LA OCASIÓN

(Cuento representable)

ESCENA PRIMERA

(=Gabinete bien amueblado, con diván, marquesitas, etc. Al fondo, la puerta del dormitorio. A la izquierda del actor, otra puerta. A la derecha, una ventana. Es de noche.=)

CASTA.--(=En traje de calle y asomando la cabeza por la puerta de la izquierda, que estará entornada=). ¡Granuja, granuja!... ¡Poca vergüenza!... (=Pausa, como si alguien contestase á sus palabras desde dentro.=) ¿Qué dices? (=Pausa.=) ¡Me tiene sin cuidado! (=Gritando furiosa.=) Puedes venir cuando gustes, ó no venir... me es indiferente. Si quieres, pasa la noche donde pasaste la de ayer, y la otra... ¡y la otra!... (=Cerrando la puerta, como temiendo que su amenaza llegue á oídos del esposo, que se va.=) Pero no te admires, si, en llegando _la ocasión_... hago lo que tenga por conveniente. Eso es, ni más ni menos: lo que me dé la gana, mi real gana; aquello que ordene mi gusto... (=se quita el sombrero y va y vuelve por el escenario, dando señales de agitación y despecho vivisimos.)= ¡Linda conducta la de mi esposo!... Está cincuenta y tantas horas sin venir por aquí, metido... ¡sabe Dios dónde!... Y hoy reaparece, después de almorzar, con las manos y los dientes muy limpios y su cara de Pascua, repitiéndome la viejísima historia del amigo que, saliendo del teatro, enfermó repentinamente, y á quien fué necesario subir á un coche, llevarle á su casa, meterle entre colchas, darle tisanas... etcétera. Yo fingí dar crédito á todo aquel hilvanamiento de burdas mentiras, y repuse:--Bueno, ¿quieres llevarme esta noche al teatro?--¿Por qué no?--dijo. Mi señor marido es un caballero que no tiene palabra mala ni hecho bueno. Como le conozco, insistí.--Conque, ¿me llevarás?--Sí, mujer.--¿De verdad?--De verdad.--¿No vendrás á última hora con alguna de las tuyas?... ¡Cómo se puso el muy hipócrita! ¡Qué protestas, qué extremos de cariño!... Era preciso creerle. Total: me dejó convencida y se marchó. ¡Es que las mujeres nacimos tontas!... (=Pausa.=) Por eso, mucho antes de cenar ya estaba yo vestida. Y dan las siete de la tarde, y las ocho... ¡y Mariano sin venir! (=Pausa.=) Cené sola, con el alma dada á todos los diablos, comprendiendo que, al fin, me quedaría compuesta y en casa. ¡Así fué!... A los postres reapareció mi señor; volvía para buscar dinero y decirme que tenía un asunto urgente... un negocio de minas... ¡No quiero recordarlo! (=Furiosa.=) ¡Pillo, granujón!... ¡Si supiera que otros adoran lo que él desprecia!... Su amigo Ricardo, por ejemplo, me corteja desde que empezó el verano: ¡y es tan dulce, tan insinuante, tan delicado... tan guapo!... (=Suena un timbre.=) ¡Cómo! ¿Gente á estas horas? (=Pausa.=) ¿Quién será?...

ESCENA II

CASTA, LUEGO SUSANA

SUSANA.--(=Desde fuera.=) ¿Se puede?

CASTA.--Adelante.

S.--¿Cómo?... ¿Estás sola?

C.--Sí.

S.--¡Yo que no me atrevía á entrar, temiendo hallarte!...

C.--¿Dónde?

S.--En brazos del esposo.

C.--No me hables de Mariano.

S.--¿Está en casa?

C.--No.

S.--¡Me alegro! ¿Cuándo vendrá?

C.--Ni el diablo lo sabe. Mañana... pasado... ¡Ni me importa!...

S.--Mejor. Entonces...

C.--¿Qué?

S.--Vente conmigo.

C.--¡Chiquilla!

S.--Vente.

C.--¿Dónde?

S.--A la Bombilla.

C.--¡A la Bombilla! (=Horrorizada.=)

S.--Sí.

C.--¿Solas?

S.--¡Quiá!

C.--¿Con quién?

S.--Con mi amigo; ya le conoces... Federico...

C.--¿Estás loca?

S.--Sí, loca; loca y borracha, ¡pero no de vino, sino de alegría, de ilusión, de juventud!...

C.--¿Y tu marido?

S.--En Puente-Viesco, desde ayer, curándose el reúma. Vamos, ¿qué piensas?... Federico aguarda en la esquina.

C.--Imposible, no voy.

S.--¿Por qué? ¿Quién iba á enterarse?

C.--(=Pensativa y dudosa.=) Nadie...

S.--Entonces....

O.--Dudo, tengo miedo.

S.--¿A quién?

C.--No sé.

S.--¿No estás vestida?

C.--Sí.

S.--Pues, necia... sígueme. ¿A qué esperas?

C.--Sin embargo...

S.--¿Qué?

C.--¡Bonito papel representaría yo en vuestro dúo de amor!

S.--¡Psch!... Regular... (=Ríe.=)

C.--Si yo tuviese...

S.--¿Un amigo?

C.--Eso es...

S.--¡Naturalmente; un amigo! ¡Lo que tantas veces te aconsejé que debes procurarte!... Porque, mira: con los hombres debe hacerse lo que con los trajes: hay uno nuevo, para salir de día, ir al teatro, exhibirse en público... este es el marido. El amante es el traje modesto conque salimos de noche, por calles solitarias... ó al campo, para tendernos libremente sobre la hierba..!

C.--(=pensativa.=) ¡Si Ricardito supiera!...

S.--(=con gran interés.=) Oye, á propósito: ¿qué hay de eso?

C.--Nada nuevo.

S.--¿Te escribe?

C.--Todos los días... y me sigue... y no me deja á sol ni á sombra.

S.-¿Y tú?

C.--Desdeñándole.

S.--¿Y tu marido?

C.--Como los maridos de Bocaccio: en la higuera.

S.--¡Pobre Ricardo!

C.--Si leyeses su última carta...

S.--(=Con alegría.=) ¡A ver, á ver!...

C.--(=Sacando un papel del seno.=) Lee; me llama su cielo...

S.--(=leyendo, pero sin coger la carta.=) Y... su vida... Y te pide una cita...

C.--Sí.

S.--¡Pobrecillo!

C.--Mira, cómo se despide: «Te beso en los labios...»

S.--(=Leyendo.=) «En la nuca...»

C.--(=Leyendo.=) «Donde tú quieras..»

S.--¡Excelente muchacho!

C.--¿Te parece?

S.--Yo le protegeré.

=Pausa. Las dos interlocutores meditan.=

S.--Conque, ¿vienes?

C.--No me atrevo.

S.--Cobarde.

C.--No, no soy cobarde... pero, reconoce que la caída de las mujeres depende, más que del deseo...

S.--Sí, de la ocasión.

C.--Tú lo digiste.

S.--Del cuarto de hora...