De carne y hueso; cuentos

Part 2

Chapter 23,810 wordsPublic domain

Y sus ojos soportaron impasibles el choque de las miradas atónitas que sobre ella lanzaron los dos hombres: los remos quedaron suspendidos en el aire, goteando.

--¿Qué decía usted?--preguntó Daniel.

--¡Oh, no disimules!--repuso la joven, cuyo cuerpo parecía haber adquirido súbitamente la rigidez de las estatuas; estoy cansada de fingir; te quiero... y tenía ganas de decirlo así... en voz alta.

Federico lanzó un grito y se puso de pie.

--¡Elisa... Elisa!... ¿Qué... qué has dicho?...

Ella, siempre inmóvil, replicó lentamente, como presa de un vértigo tranquilo:

--¡Bah!... Dije... lo que saben muchos; que Daniel es mi amante...

Este, fuera de sí, se había levantado, murmurando:

--¡Ah, miserables!... Sin duda urdisteis este plan para asesinarme...

Bajo los nerviosos pies de los dos hombres, la lancha comenzó á oscilar violentamente. Aquel inesperado desbordamiento de cólera fué como uno de esos rayos que durante los calurosos crepúsculos estivales rasgan la extensión del espacio azul.

Federico vacilaba, pasándose por la frente sus manos de remero, morenas y duras. De pronto exclamó, cual si la luz hubiese brotado repentinamente en su cerebro:

--¡No, yo no!... ¡Vosotros!... ¡Miserables, vosotros, que me engañábais!...

Abrió los brazos precipitándose sobre Daniel, que le esperaba con los suyos abiertos, y se estrecharon frenéticamente, magullándose, con las caras y los pechos juntos. Elisa Dantín, sin dejar su asiento, les contemplaba con la mirada impasible de las esfinges. Federico, más bajo que su enemigo, tras una finta hábil logró afianzarle por la cintura y levantarle en alto, pero Daniel le cogió fuertemente el cuello entre los dientes y pudo desasirse, cayendo de pie: el bote retembló y un golpe de mar lo salpicó de agua.

Súbitamente Elisa tuvo miedo, miedo á que uno de los dos sobreviviese á la lucha; ella anhelaba la libertad, la dulce libertad absoluta; ni amar ni ser amada...

Casi ahogado, como en un rugido, Daniel murmuró:

--Ven.

Asió á su rival por las piernas y quiso lanzarle por la proa; Federico, ya en el aire, puso un pie sobre una borda, la embarcación osciló y Daniel, perdiendo el equilibrio, cayó hacia atrás, en el mar, arrastrando á Federico. Sobre aquellos dos cuerpos las aguas se cerraron formando grandes círculos concéntricos; un turbión de burbujas ascendió á la superficie. Elisa Dantín, aterrada de su obra, se había levantado, mirando al abismo: transcurrieron pocos segundos... Los dos luchadores reaparecieron abrazados, mordiéndose, queriendo arrancarse algunos instantes de vida que ya no merecían el trabajo de ser defendidos: sus cabellos mojados colgaban sobre sus frentes; tornaron á hundirse... La joven esperó; las olas seguían pasando unas tras otras, enarcando sus lomos sobre la tumba recién abierta...

Transcurría el tiempo; la luna ya iba muy alta; Elisa miró á su alrededor: las barcas pescadoras se hallaban lejos y sus tripulantes nada podían haber visto; el faro, luciendo en la serenidad de los cielos, mostraba el camino de la salvación y de la paz; el pasado, el horrible ayer, quedaba sepultado allí, bajo el misterio impenetrable de las olas. Satisfecha de sí misma y del porvenir, Elisa cogió los remos y bogó lentamente.

LA MUERTA

Aquella caseta de peones camineros fué puesta por orden de la Compañía al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda, abierta por una convulsión geológica entre dos cerros graníticos muy altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubrían de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los jarales, los grillos cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol, las águilas volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo, adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...

Allí vivía Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en la mano el banderín verde que da á los trenes paso franco, y los ojos fijos en los túneles abiertos en las vertientes de los dos cerros fronteros...

Por aquellos agujeros, que en invierno aparecían sobre el fondo blanco del paisaje nevado como las cuencas orbitarias de un enorme esqueleto soterrado, entraba y salía continuamente, y como á borbotones, un flujo inagotable de vida que las locomotoras, en su eterno pasar y repasar, traían y llevaban de hora en hora.

Desde muy lejos, rompiendo el silencio de la angosta cañada dormida como una serpiente bajo la nieve, se oía el afanoso trepidar de los trenes que atravesaban los túneles. Entonces Martina dejaba su labor, cogía el banderín de señales y acudía á colocarse junto á los rieles. El cerro vibraba con un estremecimiento sordo, íntimo, como un hervor: era un gemido gigante de dolor que crecía, anunciando un parto monstruoso; hasta que del fondo del negro agujero, de aquella cuenca orbitaria perteneciente á un esqueleto ciclópeo perdido, aparecía el tren, avanzando en desaforada carrera: la locomotora, incontrastable y fatal como el Destino, se acercaba jadeando, arrastrando un largo rosario de vagones, paseando su panza ardiente sobre las llanuras heladas; y un minuto después desaparecía por el túnel del lado opuesto, con un estertor que menguaba, como algo moribundo que se despide hundiéndose...

La uniformidad de estas impresiones machacaban el espíritu de Martina: los trenes mixtos, con sus series interminables de vagones cerrados, no la emocionaban; eran coches mudos, sin alma, cargados de objetos muertos: en cambio, los expresos la impresionaban fuertemente, entristeciéndola: por las ventanillas de los coches veía cabezas que la miraban con curiosidad; cabezas siempre diferentes, que formaban legión y dejaban en su ánimo el recuerdo mareante de las multitudes. Otras veces, de noche, las ventanillas solían estar vacías; pero en cambio veía sombras fantásticas que se recortaban sobre los techos iluminados de los vagones. Una voz estaba segura de haber sorprendido las siluetas de una mujer y un hombre abrazados.

El tren que Juan conducía, Martina lo esperaba con más impaciencia. En cuanto la locomotora salía del túnel, el maquinista echaba el busto fuera de la plataforma para ver á su esposa desde lejos, y ella reía feliz. Era una ilusión fantástica, inapresable, de aquelarre.

--¡Adiós!

--¡Adiós!

La velocidad del tren no permitía otro saludo más expresivo, y Juan llegaba y se iba como una sombra: al principio parecía ser él quien arrastraba y regía la marcha de los vagones; luego diríase que el tren le empujaba... Y Martina, alta, fuerte, con su rostro moreno y sus grandes ojos pensativos de murciana, le veía alejarse permaneciendo inmóvil como una estatua de bronce, en medio de la nieve.

Aquel sempiterno tragín de trenes en marcha, aquel ir y venir de individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte, aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos de los vagones reservados, despertaron en la guardavía el deseo de lo desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve desprendidos del cielo gris.

Y por eso, una noche de soledad y de supremo aburrimiento, Martina oyó embelesada las palabras de Pedro, el fogonero que acompañaba á Juan en sus viajes, y que siempre, al pasar, la arrojaba desde el _tamdem_ una mirada de hambriento deseo. Pedro la ponderó su amor, aquel amor criminal que había de hallar satisfacción cumplida cuando ella se determinara á fugarse, siguiéndole á una ciudad lejana... Y Martina le creyó y le quiso...

Desdo aquel día el exprés tuvo para ella un doble encanto: cuando Juan la saludaba, Pedro saludaba también, y su alma se estremecía con inquieto gozo viendo sobre el atezado semblante del fogonero, sus dientes que desnudaba la risa; aquellos dientes agudos y blancos que la habían mordido...

Pasaron muchos meses, y el ansiado día de la emancipación y de la fuga no llegaba; Pedro, aburrido de la guardavía, dejaba de verla alegando motivos y ocupaciones que nunca tuvo, y tan evidentes fueron las pruebas de su ingratitud, que Martina llegó á comprender...

Un remordimiento íntimo, creciente, devorador, como la carrera trepidante de los trenes bajo el túnel, se apoderó de la abandonada. Hasta allí la había servido de consuelo la conciencia de su virtud; pero al saberse burlada se apreció más sola, más triste, más insignificante que nunca, como bagazo humano despreciable arrojado junto á la vía por aquellas multitudes honradas que llevan los trenes.

Con la llegada del exprés siempre venía el saludo de Juan, que la miraba echando el cuerpo fuera del tandem:

--¡Adiós!

--¡Adiós!...

Pedro ya no saludaba, sonreía... con esa sonrisilla burlona con que suelen corresponder los hombres al saludo de las mujeres que engañaron.

Viéndose sola, completamente sola, con la soledad de los astros muertos que ruedan por el vacío, reconociéndose despreciada del amante é indigna del esposo, atormentada por la voz de su conciencia que murmuraba á todas horas en sus oídos un reproche interminable, atraída siniestramente por la perspectiva de los trenes que se acercaban ofreciéndola un medio instantáneo de liberación y de descanso, Martina pensó morir.

Y lo hizo como lo pensó.

Fué una tarde, á la puesta del sol. De pie, junto á la vía, con el banderín verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno del exprés. Ella, que conocía muy bien todos los ruidos, sabía que el tren iba pasando un puente, situado más allá del cerro; luego comprendió que había entrado en la montaña; el estrépito, que al principio tornóse sordo y como opaco, fué creciendo, más, más... hasta convertirse en alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la locomotora. Juan, según costumbre, asomaba la cabeza para saludar. Martina le miró y miró al cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente, se arrojó de bruces sobre los rieles, tapándose los oídos para no oir... y el tren pasó...

* * * * *

Una cruz de piedra indica el sitio donde murió la guardavía. Alguien dijo que se había suicidado por celos y que su marido fué un mal hombre. Los maquinistas, cuando pasan por aquel sitio, se descubren siempre.

DISCRETEOS

JACINTA.--Te aseguro que Enrique me gusta. Es bueno, es rico... es amable...

ADRIANA.--¡Oh, gustarte, gustarte!... Eso es muy vago, porque no hay hombre que sea absolutamente antipático.

J.--Es verdad.

A.--Te gusta Enrique como á mí me agrada Luis: un poco.

J.--No, mucho.

A.--Ea, pues mucho. Pero entre querer mucho y querer locamente, hay un pantano, donde naufragan las mejores ilusiones de la juventud soñadora. Antes de resolvernos á vivir con un hombre toda la vida, debíamos cerciorarnos de si le amamos con toda el alma.

J.--Dices bien.

A.--¡Mira que renunciar á la humanidad masculina por un esposo que, dos ó tres años después de la boda, puede parecernos el más insignificante de los hombres!...

J.--Es absurdo.

A.--Es horrible entregar toda nuestra hermosura á un feo sin talento.

J.--Sí, horrible y ridículo. No obstante, importa casarse. El mundo es vulgar, hipócrita... y conviene sacrificarse al buen parecer y satisfacernos con una modesta medianía.

A.--¿Luego, no quieres á Enrique?

J.--¡Oh!... Sí le quiero.

A.--¿Un poco?

J.-Como tú á Luis.

A.--Y como quieren á sus novios las tres cuartas partes de las mujeres que se casan. Porque ya conocerás algunos hombres mejores que tu futuro esposo...

J.--¡Conozco muchos!

A.--Yo, también: casi estaba por decir que mi novio es de los muchachos menos simpáticos que me han cortejado. Pero, en fin; urge decidirse y nosotras somos dos mujercitas discretas que saben poner los puntos sobre las íes y arreglar su porvenir. Enrique y Luis tienen sobre los demás hombres la inmensa ventaja de ser galanes propicios al casorio. ¡Cuán lejos están ellos de presumir que al otorgarles nuestra mano consumamos una venta! Porque, fíjate: la inacabable comedia del amor convierte á la sociedad en un gran mercado: los hombres compran; las mujeres se venden. Todas nos vendemos, todas... Las meretrices, por dinero; las honradas, por una bendición...

J.--Eres muy mordaz.

A.--No, soy muy justa. Nosotras, que dada nuestra posición social no osaríamos tener un amante, nos entregamos sin protesta á cualquier advenedizo que se case, cediéndole cuanto poseemos á trueque de su apellido. ¿Comprendes?... El matrimonio es el mercado donde se tasan y se venden las mujeres honradas.

J.--_(Con tristeza)_ Es cierto.

A.--Y lo más famoso es que nosotras somos las principales autoras de nuestra desgracia: nacimos cobardes, tenemos demasiada prisa en casarnos, temiendo quedar solteras, y en vez de luchar por rendir la voluntad de esos calaveras contumaces que tanto gustan, nos abandonamos fríamente entre los brazos de cualquier individuo adocenado que se case. Queremos ser felices en seguida, sin combate, sin afanes, y la felicidad que no cuesta trabajos y lágrimas, no puede ser larga ni valedera. Pongamos un ejemplo. ¿Tú serías dichosa con Juanito Pantoja?

J.--¡Oh! ya lo creo.

A.--Lo reune todo: la gentileza, la donosura de entendimiento, la verbosidad apasionada de los hombres ardientes. Podrá mentir cuando habla de amor, seguramente miente... pero, ¡qué bien lo hace!... Es el suyo un embuste bellísimo que vale una realidad.

J.--_(Reflexiva.)_ Cierta noche me dijo que se moría por mí.

A.--También á mí me juró algo igual. Es un hombre encantador, que se muere por todas. Confieso que me agrada infinitamente más que Luis.

J.--¡Toma!... Y también vale mucho más que Enrique.

A.--Ahí tienes. Comprendo que una mujer resbale y caiga con hombres como Juanito Pantoja; pero no concibo que ninguna se pierda ni por Enrique ni por Luis.

J.--Yo tampoco.

A.--¿Cualquier novio sirve para marido?

J.--Cualquiera.

A.--Pero ¡qué pocos novios merecen ascender á la categoría de amantes!

_(Pausa)_.

J.--Pantoja es un conversador irresistible.

A.--Sí: ¡cuánto habla y qué bien lo dice todo!

J.--La mujer que logre rendirle será feliz.

A.--¡Oh, sí!... ¡Muy dichosa!...

J.--Debo de ser altamente halagador eso de poder decir: mi marido es el más gentil, el más valiente, el más ingenioso, el más seductor de los hombres... Y en sus mocedades fué una mala cabeza, un gran perdido, que burló á muchas incautas y que yo sólo pude rendir...

A. _(Suspirando)_.--Sí... la fábula de doña Inés inocente, rindiendo al Tenorio libertino, es el bello ideal de todas nosotras. ¡Y pensar que dentro de algunos meses nos casaremos con Enrique y con Luis!...

_(Las dos amigas permanecen pensativas, acariciando mentalmente la dulce quimera de su felicidad fugitiva.) _ J.--Aunque estoy cierta de que Pantoja es un botarate, creo que siempre me saluda con especial cariño.

A.--Y á mí.

J.--Recuerdo que su declaración la formuló en términos tan apasionados, tan vehementes...

A.--A mí también me dijo algo que no he olvidado... _(Pensativa.)_

_(Pausa)_.

J.--_(De pronto.)_ Vaya, vaya... Juanito es un hombre diabólico que sólo sirve para amante.

A.--Y en esos galanes tan seductores, tan apuestos, que sólo sirven para amantes...

J.--No hay que pensar.

A.--Es lo mejor.

J.--_(Riendo.)_ Hasta después que estemos casadas.

GLUCK, EL INIMITABLE

--Desengáñate, pobre Gluck, yo no puedo deslumbrarme con las hiperbólicas ofertas de un hombre vulgar... La mujer que, como yo, levanta nueve arrobas con los dientes, no se apasiona por ningún calzafraque sin corazón. El dueño y señor de mi albedrío será más fuerte que yo, más valiente que yo.

--¡Adriana!--murmuró el payaso ruborizándose.

--No me supliques... tus súplicas me exasperan rebajándote á mis ojos, porque toda súplica reboza una debilidad. De los tres menguados que más decididos parecéis á molestarme con vuestras serenatas de amor, no quiero á ninguno. Nemo, el domador de leones, es valiente, pero tiene menos fuerza que yo y su apocamiento me disgusta... Parece un niño atrevido á quien podemos vapulear á telón alzado, si nos molesta. Los brazos de Alsini, el rey del trapecio, reconozco que son más vigorosos que los míos, pero Alsini es una bestia de carga, sumisa y cobarde. Le desprecio... En cuanto á ti, que pasaste la vida diciendo chistes, y que no tienes la fuerza del uno, ni diste muestras de atesorar la bravura del otro... A ti, mi pobre Gluck no quiero juzgarte... Adiós.

Así habló Adriana Carmezza, la orgullosa italiana que recibía sobre las espaldas una bala de cañón de treinta kilos arrojada desde una gran altura, y levantaba nueve arrobas entre sus dientecillos de osezno, pequeñines y blancos. Y Gluck, _el Inimitable_, permaneció de pie, los brazos cruzados sobre su robusto pechazo de atleta y los ojos muy abiertos, para no llorar.

Hasta los cuartos de los artistas llegaban los murmullos amenazadores del público que iba invadiendo las galerías: aquella noche Adriana Carmezza celebraba su beneficio y, como en obsequio á la beneficiada la empresa organizó un programa magnífico, la concurrencia era enorme. Cuando resonaron los primeros acordes de la orquesta, los artistas refluyeron hasta el callejón que conducía á la pista: la representación iba á empezar...

El único que, abstraído en sus imaginaciones, permanecía ajeno á todo aquel movimiento, era el payaso Gluck; Gluck el Inimitable... Estaba disfrazado de salvaje, la cabeza adornada por un vistoso penacho de plumas, las caderas ceñidas con un faldellín salpicado de relucientes lentejuelas, y las piernas y los brazos embadurnados de negro y adornados con sendos anillos de oro... Inmóvil, fuerte y mudo, como un picacho basáltico.

Casi todos los artistas que por allí pasaban, maravillados de su actitud, le dirigían alguna burleta ó le daban en el hombro un amistoso golpecito.

--¿En qué piensas, Gluck?... Gluck, ¿qué tienes?

Y Gluck, el Inimitable, les miraba sin responder. Luego, cuando vió pasar al atlético Alsini balanceándose sobre sus membrudas piernas de jayán, y á Nemo, aquel héroe que había puesto el pie sobre el lomo de tantos leones amansados, el payaso sintió que los celos le mordían el corazón y que sus mejillas echaban fuego. Después pasó Adriana.

--Adiós, Gluck--dijo.

En aquel momento el público aplaudía un ejercicio y todos los acróbatas se agolparon en un extremo del corredor, junto á la pista. Gluck y Adriana se hallaban en la sombra, tras unos bastidores. Ella vestía de negro: sobre el escote del corpiño se insinuaba el seno opulento y de marmóreas dureza y blancura; el cuello era grueso, el rostro expresivo, con una belleza varonil de amazona espartana; los ojos alegres y dominadores. El payaso se acercó á ella y cogiéndola fuertemente por una muñeca, la atrajo hacia sí.

--Adriana--repitió,--Adriana... ¡quiéreme!...

Lo dijo de golpe, sin preámbulos, con ese laconismo brutal de las pasiones supremas; laconismo que daba severidad y valimiento á su sencillo disfraz de salvaje. Ella sonrió desdeñosa.

--¿Otra vez?

--¡Cómo no... si eres mi vida, si cuando te alejas de mí parece que me arrancan el alma!... ¡Adriana, dame una esperanza y no consigas con esos desvíos que sea célebre esta noche de tu beneficio!... ¡Adriana, que me pierdes!...

Ella, irritada por la orden que envolvía aquella súplica, le rechazó vigorosamente.

--¡No!--dijo.

El payaso exhaló un grito agónico y llevóse ambas manos á la cabeza con ademán de trágica desesperación; pero Adriana, furiosa, no satisfecha con desesperanzarle, le insultaba.

--¡No me satisfaces!... Eres cobarde, eres débil. Los fuertes no mendigan lo que pueden obtener por sus puños, y tú suplicas... ¿Lo comprendes ahora? Me repugnas; me repugnas y te odio. Vete, vete, que no me sirves...

Sus palabras caían como mazos de batán sobre la cabeza de Gluck, que gemía sordamente. Después, cuando ya le juzgó bastante castigado y maltrecho, dió media vuelta y se alejó titubeando aquellas caderas amplias y firmes que parecían destinadas á engendrar una raza superior; Gluck, el Inimitable, quedó apoyado contra la pared, la cabeza sobre el pecho y flaqueándole las piernas, en la actitud de un salvaje herido.

Momentos después, cuando Adriana Carmezza salía á la pista pagando con sonrisas amables los aplausos del público, Nemo y Alsini reaparecieron, trayendo cada uno de ellos un gran ramo de flores. Al verles, volvió á resonar en los oídos de Gluck el apóstrofe de Adriana: «Vete, que no me sirves...» y, enloquecido, les cerró el paso.

--¿Para quién son esas flores?--exclamó con voz que el coraje tremolaba siniestramente:

--Para Adriana--repuso Nemo sin inmutarse.

Los tres hombres se miraron sañudamente: todos se odiaban desde que el Destino permitió que una misma mujer sirviese de norte á sus deseos, y en aquel momento casi se holgaron de tener un pretexto á qué asirse para dar vado á su antiguo rencor. Estaban en un carrejo obscuro abierto entre dos bastidores altos....

--A esa mujer--dijo Gluck,--nadie la obsequia más que yo.

--Quita, payaso--contestó Nemo subrayando la frase con dañina intención.

Pero Gluck, el Inimitable, se precipitó sobre él y arrebatándole el ramo de flores lo arrojó al suelo, despedazado.

--¡¡Al que dé un paso--gritó,--le parto el alma!!

Ni Nemo, el domador de leones, ni Alsini, podían luchar con Gluck, porque al primero le faltaba la fuerza y al segundo el valor; mas en aquel momento la furiosa acometividad del payaso les indujo á unirse en formidable alianza.

--Retírate, bruto--dijo Nemo.

--¡Atrás!--agregó Alsini á quien vigorizaba el esfuerzo temerario del domador.

Pero Gluck, fuera de sí, arremetióles sin contestar; su primer golpe fué para Nemo, el segundo para Alsini; dos puñetazos de titán celoso que resonaron con un sordo crujido de huesos. Entonces comenzó una lucha terrible: Nemo había caído al suelo, pero levantóse enseguida y arremetió al payaso; éste ladeó el cuerpo hurtando un golpe de su rival, contestó con otro y Nemo volvió á caer... Mientras, Alsini descargaba sobre la cabeza de Gluck su brazo de hierro. Era una lucha de colosos; la lucha formidable por la _posesión de la hembra_, de que habló Darwin.

Y entretanto, sofocando el seco estallido de aquellos golpes furibundos, llegaban hasta los combatientes, como ráfagas huracanadas de entusiasmo, los aplausos con que el público premiaba los ejercicios de Adriana Carmezza.

En momentos tales, Gluck el Inimitable, se revolvía con la agilidad y el denuedo del jabalí que hace frente á la jauría. Unas veces se agachaba prestamente para coger á su enemigo por la cintura y voltearle; ó se recrecía para herir desde arriba, ó brincaba para evitar un golpe, mientras su brazo, aquel brazo vengativo, negro y musculoso como el de un cíclope, giraba infatigable, machacando cráneos. Enardecido hasta el paroxismo por el furor de la pelea, Gluck el Inimitable valía por ciento: según los casos, ciaba, se cubría, se retrepaba, defendiéndose ó atacando, pero siempre incansable y terco, magullando á sus enemigos con recios golpes, y exasperándoles y aturdiéndoles con denuestos. Cada puñada, era un tiro; cada insulto, un salivazo.

De pronto Alsini y Nemo coincidieron en sus ataques y Gluck vaciló: por la nariz y por los oídos derramaba borbotones de sangre. En aquel momento Alsini cogió un martillo; Nemo un puñal; Gluck un formón.

Entonces la lucha fué breve: al primer choque Alsini rodó por tierra, moribundo, y Nemo y Gluck quedaron solos, retándose con la mirada:

--¡Sobra uno de los dos!--murmuraba el payaso;--¡uno, uno!...

--¡Tú!--repuso Nemo.