De carne y hueso; cuentos

Part 1

Chapter 13,836 wordsPublic domain

DE CARNE Y HUESO

EDUARDO ZAMACOIS

DE CARNE Y HUESO

(CUENTOS)

BARCELONA

CASA EDITORIAL SOPENA

Provenza, 95

Imp. y estereotípia de la casa editorial Sopena.--BARCELONA

INTRODUCCIÓN

Los astrónomos, al lanzar una mirada escrutadora á las profundidades del espacio, vieron que la Divinidad se empequeñecía y reculaba indefinidamente ante el poderoso objetivo de los telescopios, como los histólogos, analizando los elementos atómicos de los tejidos, desesperaron de poner jamás al alcance de sus escalpelos el espíritu humano: los astrónomos dudaron de Dios cuando el telescopio fracasó en el cielo, y los médicos dudaron del alma cuando el microscopio descompuso el nervio sin descubrir la X devorante de la vida; y es que el alma es la eterna quimera del individuo, como Dios es la quimera irresoluble del Cosmos.

Si es verdad, como dice Moleschott, que la inteligencia es un movimiento de la materia y que el hombre, como ser pensante, es producto de sus sentidos; y si es cierto, como afirma Taine, que «el pensamiento y la virtud son productos como el vitriolo y el azúcar,» ¿qué resta del espíritu, esa inmortal mariposuela voladora que la consoladora filosofía mística supone aleteando á través de las inmensidades siderales, en busca de su castigo ó de su salvación perdurable, después del último convulsivo estertor de la carne agonizante?...

Nada...

El alma no está en el vientre, como suponían los cartesianos, ni en la sangre, ni en el cerebro, y los que antiguamente se denominaron fenómenos psíquicos, son manifestaciones de la materia; vibraciones magnéticas de la carne omnipotente que ama, que desea, que sufre...

Eso es lo que la ciencia halló en el hombre: huesos que se mueven obedeciendo á órdenes musculares, y músculos que se contraen bajo el imperio de los nervios, que vibran sensaciones... ¡Materia, en fin, por todas partes! Materia que impresiona, materia que vibra, que se contrae y que obedece con la pasividad de lo inerte...

Y eso son los hombres: figurillas de barro; tristes polichinelas de carne y hueso, galvanizados unas veces por el amor, que les une; otras por el odio, que les separa; ó por la codicia, que les consume, ó por sus ilusiones ó sus desesperanzas... pero rindiendo siempre pleito vasallaje á la sensación, el inexplicable resorte propulsor de la vida.

Por eso titulo esta colección de artículos, así: De carne y hueso.

En estos cuentos, escritos al correr de la pluma en noches de trabajo mortal, he procurado describir matices diversos del complicado ramillete de las pasiones, y siempre, aun en el fondo de lo más metafísico y conceptuoso, encontré la huella de la sensación omnipotente, uniendo al espíritu y á la materia con cadena de eslabones inrompibles. Por todas partes ví lo mismo: huesos, sangre, carne y nervios... Pero el alma, la feliz mariposuela de la inmortalidad, no la he visto nunca...

¡Ah!... ¡Y si yo pudiese expresar cuánto he sufrido al convencerme de que sólo hay en nosotros carne y huesos...

ODIO MORTAL

--No seas testaruda, Julia, y satisface mi curiosidad sin ambajes ni pleguerías retóricas importunas. ¿Por qué tus cartas las secas con ceniza y no con arenilla azul ó roja, que es el color emblemático de las pasiones ardientes?...

Ella se encogió de hombros.

--Es un capricho.

--Capricho del cual debes corregirte--repuso Daniel Montoro entre seriote y risueño;--porque yo hago con tus cartas lo que Werther con las de Carlota; besarlas... y me hace poquísima gracia mancharme los labios de ceniza. ¿Por qué ensucias con esa basura los pliegues de tus billetitos perfumados?...

Hubo un momento de silencio; Julia, apoltronada en su butaca, miraba al amado sin responder.

--No sé cómo explicar ese humorismo de tu temperamento artístico--añadió él:--á veces creo que con esa ceniza quieres expresar el fuego devorador de tu cariño, que todo lo calcina; otras, que te mofas de tus propios juramentos espolvoreando ceniza sobre ellos, como significándome, con ese recato delicioso de las mujeres ladinas, que tu pasión es antojo vano, fingimiento... humo y cenizas...

--Te engañas; ese capricho mío no obedece á los enrevesados intríngulis psicológicos que supones; es... una venganza. ¿Tú has odiado alguna vez?...

--Nunca--contestó Daniel Montoro, admirado;--imagino que es mucho más fácil amar que odiar.

--Tan difícil y tan exquisitamente agradable es lo uno como lo otro. Amar es vivir en el ser amado, discurriendo con su cerebro, sintiendo con su carne; en él hallamos lo mejor: las zarzas nos parecen flores, fausto la miseria y, bajo los mayores rigores de la suerte, nuestra alma goza paz y quietud dulcísimas... ¡Pero odiar!... Es no poder soportar la presencia ni el recuerdo torcedor del ser odiado, que nos roba el aire y empozoña el agua que bebemos... Créeme; ¡hay venganzas crueles que regocijan hasta los tuétanos como si fuesen un deleite!...

Movida por la exaltación de su discurso, se había incorporado mirando á su amante con ojos grandes y negros de apasionada; luego añadió, un poco más serena:

--No maldigas de esas cenizas con que seco mis cartas, pues envuelven un amuleto misterioso que asegura la firmeza de mi amor hacia ti...

--No comprendo, habla...

--¿Y si después de saber este secreto trágico no me quieres? Me has sorprendido en uno de esos instantes de femenil debilidad en que no puedo rehusarte nada. Pero temo hablar y que me desprecies; los que odian como yo se exponen á ser odiados de igual manera. Mi secreto es algo satánico, inaudito, casi repugnante... Daniel, amado de mi alma, no me arranques esta confesión sin antes jurar que me quieres mucho, que me querrás siempre...

* * * * *

Estaban sentados junto á la ventana: ella en una butaca de elevado respaldar; él á sus pies, sobre una silla baja, medio arrodillado, acariciando y besando las blancas manos de la adorada.

Era una tarde lluviosa de invierno; por el cielo gris pasaban grandes masas de nubes exprimiendo una llovizna compacta y menudita que caía sin ruido; los faroles de la calle, agitados por el viento, lanzaban haces de luz rojiza que penetraban por la ventana tiñendo los objetos de la habitación con reflejos sanguinolentos. Las puertas de aquel gabinete espacioso y bien alfombrado estaban cubiertas por opulentos cortinajes de terciopelo negro; sobre el fondo obscuro de las paredes rielaban los cristales de algunos armarios y perfiles marmóreos de estatuas que se bocetaban tímidamente en la penumbra, como espíritus livianos de personas muertas; los clavos dorados de la sillería salpicaban la obscuridad de puntos metalescentes; sobre la mesa colocada en medio de la habitación, un magnífico estuche de oro cincelado, terso y pulido, parecía brillar con luz propia.

Los cuerpos de Julia y de Daniel Montoro, colocados delante de la luz, se recortaban sobre el techo con perfiles monstruosos, deformados según las leyes de la óptica; cabezas puntiagudas, narices gigantescas, brazos largos terminados en manos que huían moviendo los dedos, cual si fuesen arañas enormes.

En el comedio de la habitación, silenciosa y anegada en tinieblas, el soberbio estuche de oro cincelado brillaba con reflejos glaucos de sol poniente...

* * * * *

--Las cenizas con que seco mis cartas--dijo Julia,--las tengo encerradas ahí, en ese estuche de oro...

Una ráfaga misteriosa de viento atravesó el gabinete lanzando un quejido agónico semejante al aleteo de un pájaro nocturno. Julia continuó:

--Voy á confesártelo todo, concisamente y de plano, porque estos secretos tan íntimos se dicen pronto ó no se dicen nunca. Ya sabes que me casé á los veinte años, y que á los veintisiete enviudé; pero ignoras cuán funesto fué aquel hombre para mí. Eso no lo sabe nadie, pues la sociedad condena á la mujer á honrar el apellido del esposo que la vejó y afrentó, como exige al condenado á muerte bese la mano del verdugo que va á ejecutarle.

Su voz temblaba de emoción y por su semblante pálido de hembra nerviosa, rodaron dos lágrimas.

--¡Oh, Daniel--añadió, he sufrido tanto... tanto!... Yo, cuando le conocí, era una niña sin mancilla, con el corazón abierto á todos los seductores mirajes de la pasión... Él ajó mi juventud, desvaneció mis ensueños de opio y secó los fecundos raudales afectivos de mi alma con sus intransigencias y sus celos de macho brutal; yo servía de dócil recreo á sus caprichos; siempre me tenía encerrada creyendo que iba á traicionarle; me obligaba á jurar todas las noches que le amaba, que no le engañaría nunca, y como mi carácter altanero se rebela contra semejantes complacencias, el miserable me maltrataba...

Creo que me quería, pero á su modo; con pasión rabiosa de fiera que me hizo sufrir infinitamente. El ruido de sus pasos me daba frío de cuartana: en cuanto llegaba me cogía por las muñecas para interrogarme: «¿Quién ha venido? ¿Por qué estás tan peinada?...» Miraba debajo de las camas, detrás de las puertas: me olfateaba los labios, creyendo que olían á tabaco; examinaba mis dedos para ver si los tenía manchados de tinta... Como recuerdo haberte referido en otras ocasiones, él padecía ataques epilépticos que le dejaban exánime durante dos y tres días... El temor de ser enterrado vivo le obligó á recomendarme que, después de muerto, le incinerasen... y yo satisfice su deseo...

Daniel Montoro tembló violentamente; acababa de comprender.

--Luego esas cenizas...--murmuró.

--Sí, acertaste, son las suyas... las guardo en ese estuche de oro...

Hubo otra pausa: la cabeza de la joven se dibujaba en el techo de la habitación con un perfil quimérico, y otra vez murmuró por la estancia el quejido del viento, tenue como el aleteo de un pájaro herido.

--Por eso le odio tanto--añadió ella incorporándose,--y me vengo del muerto, ya que mi débil constitución de mujer me impidió vengarme del vivo. Yo le odiaba con ardor sin límites; no sólo aborrecí aquellas manos y aquellos labios groseros que me insultaron, sino que cifré en cada uno de los miembros de su cuerpo un odio particular: odié sus ojos, su frente... ¡odié sus cabellos, uno por uno!... Artemisa amó tanto á Mausoleo que se bebió sus cenizas; yo, en cambio, gozo secando con las cenizas de aquella vil armazón de materia las cartas que te escribo, y con que tú las insultes también llevándotelas á los labios...

Luego prosiguió:

--Es una venganza cruelísima, superior á cuantas ejecutan los ángeles precitos en los círculos del infierno dantesco. Si es cierto que tras esta vida efimera hay otra y que los muertos tienen la capacidad de espiar á los vivos... la venganza que ahora tomo de él, es digna secuela del martirio que de él recibí. Gozo imaginando que su alma vaga en torno mío, que se asoma por encima de mi hombro para leer las cartas que te escribo, que llora entre los pliegues del mosquitero que abriga el lecho donde me entrego á ti... Sí, odié todo su cuerpo, miembro por miembro, átomo por átomo... y ahora el polvo de sus huesos calcinados lo empleo en secar las cartas donde te cito, llamándote «luz de mis ojos... sangre de mi sangre...»

Calló,..

Daniel Montoro se puso de pie, horrorizado; ella también se levantó y sus dos cuerpos abrazados se recortaron sobre el fondo iluminado de la ventana.

--No me odies por eso--murmuró Julia muy quedo y cubriendo á su amante bajo una mirada de inextinguible pasión;--la mujer que odia como yo, también sabe amar infinitamente.

AGONIA

Les había visto juntos muchas veces y siempre me inspiraron esta curiosidad que enciende la intuición de los grandes secretos.

_El_, blandengue y ahilado, con los débiles hombros muy altos, el tórax deprimido, la mirada cobarde de los enfermos de la médula y la frente angosta de los tontos sobre quienes la imbecilidad descargó su primer mazazo. Su mirada era fría; sus ademanes desmañados, sus piernas caminaban con paso incierto, cual si avanzasen por un terreno húmedo...

_Ella_, su mujer, era alta y hermosa, con esa hermosura mate de los temperamentos ardientes; el talle largo y esbelto, el semblante vivificado por la expresión inolvidable de sus ojos: ojos de calenturienta, con mucho negro y mucha luz en la pupila...

Al principio parecióme inverosímil que aquel macho débil fuese dueño de hembra tan poderosa: después fuí muy amigo de los dos: él logró conmoverme con su melancólico empaque de niño enfermo; ella, por el contrario, me sugestionó con sus apasionamientos y sus criminales ardores de hermosa bestia encelada; terrible como Pandora y, como ésta, fuerte y adorable.

* * * * *

--No, no le quiero--me dijo con voz vibrante de rencor;--pocos días después de casarnos, ya no le quería. Es insignificante, es débil, es vulgar... y mi temperamento salvaje de artista odia lo pequeño. Yo anhelaba un esposo como Nana-Saib, no un habitante del Liliput...

Me había recibido en el despacho, para que mi presencia no fuese sospechosa á la servidumbre, y desde el sitio donde me hallaba veía claramente su rostro pálido iluminado por la luz del quinqué colocado sobre la mesa.

Yo estaba sentado en un sillón; ella delante de mí, devorándome con sus rasgados ojazos negros en los que bullía el turbulento silabario de los amores ardientes.

--Le odio--continuó;--á su lado siento frío, ese frío repulsivo que inspiran los anfibios; y cuando sus labios me besan ó sus manos yertas me acarician, mi cuerpo vibra como si sobre él se deslizase un caracol...

Tras un momento de silencio, agregó:

--Di, ¿me crees?

Había tanta ansiedad en su interrogación, que depuse toda reserva.

--Sí, te creo--dije--porque necesito creerte para vivir. Necesito saber que eres mía en cuerpo y alma, que vives para mí, que te engalanas tanto, para gustarme más, que soy el amante de tus pesadillas...

Sugestionada por las zozobras que en mi corazón producían los tormentos del suyo, manifestóse tal cual era, revelándome el gran secreto, el misterio criminal de su existencia de mujer casada; y lo dijo deprisa y con extraños barboteos, cual si una mano invisible la apretase fuertemente el cuello.

--Quiero ser tuya completamente--prosiguió;--para ello necesito enviudar... y, créeme... enviudaré muy pronto...

Y como yo hiciese un gesto de horror, exclamó sonriendo con su espantosa risa adorable de sirena:

--No te figures que soy una de esas criminales adocenadas que emplean el cuchillo ó el veneno. ¡Nunca! ¡yo no soy vulgo!... El beleño por mí empleado no cabe en ninguna fórmula química; es intangente. _El_ morirá y morirá entre mis brazos, sus yertos labios apoyados sobre los míos, bendiciéndome... ¡Morirá de amor!... Todas las noches, aunque no quiera, le sirvo una buena dosis de dulce veneno. La muerte viene á pequeñas jornadas, pero viene... y ten por cierto que del tremendo drama no quedarán rastros...

Así habló ella, la adorable fiera sobre cuyo seno iba quedando exangüe aquel horriblemente bufo polichinela del matrimonio...

* * * * *

Otro día conversé con él...

Tan débil, tan lacio, con sus labios anémicos, su mirada incierta y su cráneo desdibujado de idiota. Me habló de ella.

--Me quiere mucho--dijo;--durante el día, no bien estamos solos, acude á sentarse sobre mis rodillas, me estrecha la cabeza entre sus manos, me adormece con las palabras más suaves, me besuquea en los labios..... ¡Oh, unos besos muy fuertes, muy duraderos, que si bien me hacen muy feliz, también me causan infinito daño!...

Calló para destoser con esa tosecilla seca, entrecortada, de los tísicos; luego continuó:

--Por las noches su cariño se exacerba más aún. Ahora, como estoy tan delicado, no voy al teatro casi nunca; además, si alguna vez me acomete el antojo de ir al café, ella me lo quita de la cabeza. Pues bien; ella es quien me da el brazo para ir desde el comedor al dormitorio, quien me desnuda, quien me tibia el lecho acostándose antes que yo... Y ya ensabanados, ¡con qué esmero me abriga y sube el embozo, echándome los brazos al cuello y cosiéndose á mi como niña miedosa!... ¡Ay! ¿Qué quieres? Reconozco que estos excesos de cariño me son fatales, pero ella me quiere tanto que no sabe reprimirse... y yo tampoco acierto á regatearla mi amor.

La voz doliente de aquella pobre víctima explicando y disculpando las crueldades de su verdugo, era altamente conmovedora.

--Y tú, ¿la quieres?--pregunté.

--¿Yo? ¡Con toda mi alma! No tengo padres, ni hijos; mi único bien es ella. Si ella me faltase, me moriría...

Habló de sus proyectos, de sus ambiciones. En cuanto llegase el verano iría á baños; luego, si lograba restablecer un poco los descalabros de su salud, emprendería algún negocio.

--Y esas expediciones, ¿las harás con ella?

--¿Cómo no--repuso,--si ella es mi cielo y mi tierra... todo?...

Aquellos diálogos no pueden borrarse de mi memoria. La temible catástrofe no ha ocurrido aún, pero puede suceder hoy, mañana... cualquier día. _El_ decae visiblemente; sus piernas se arrastran por el suelo; sus ojos se cierran, la fiebre estremece sus labios descoloridos... _Ella_, en cambio, es la hembra alta y poderosa de siempre, con su rostro marfileño y sus ojos fulgurantes de loca: nunca le deja y á todas partes le lleva trabado del brazo.

¡Oh, la quiero mucho, mucho!... Con una de esas pasiones bravías que sólo saben inspirar los malos; mas, no obstante, me repugnan su crimen y la estúpida candidez del mártir, y me acometen tentaciones de descubrir á éste el peligro que corre.

Pero, ¿para qué? Es inútil; la sentencia que le condena á morir es irrevocable: sin ella, le mataría la pesadumbre; con ella, le matará el deleite...

Que siga, pues, así.

¡Es tan dulce morir soñando!

AGUAFUERTE

La embarcación rompía suavemente el agua dejando tras sí una estela brillante como reguero de menudos cristales; las primeras sombras crepusculares invadían el espacio; sobre el mar inmenso, el lucero vespertino derramaba su resplandor frío; las olas, que encrespó la caricia del viento, se hundían al llegar junto al frágil esquife que pasaba sobre ellas como una caricia, amasándolas; las gaviotas huían enderezando hacia la playa el vuelo.

Federico y Daniel, sentados el uno delante del otro, remaban á compás; se habían quitado la camisa, y bajo sus elegantes camisetas de seda temblaban los músculos pectorales, los biceps vigorosos y ágiles, y toda su enérgica complexión de aristócratas aficionados á los duros ejercicios de la gimnasia y de la esgrima.

Desde popa, donde iba llevando las cuerdas del timón, Elisa Dantín envolvía á los dos hombres en una mirada extraña. Representaba veinte años: tenía el rostro pálido y un dejo de vaga pesadumbre embellecía sus labios; sus ojos negros eran crueles y fríos; bajo el talle esbelto, sus caderas amplias de mujer sensual dibujaban una doble curva firme y armoniosa.

--¿Quieres que emprendamos el regreso?--preguntó Federico.

--No--repuso ella,--sigamos; el tiempo es muy hermoso.

El bote continuó avanzando hacia alta mar, moviendo sus remos que hendían las olas sin ruído, como un gigantesco insecto de cuatro patas. Las costas, ya distantes, recortaban bajo el cielo una silueta negra y borrosa; las luces palidecían en la niebla rodeadas de un nimbo glauco; allá, los mástiles de los buques anclados formaban una especie de bosque escueto y triste; las estrellas iban encendiéndose poco á poco, y su luz bruñía la blanca cresta de las olas. Elisa Dantín miraba á los remeros.

Aborrecía á Federico, su marido, que la adoraba. Elisa no era responsable de aquel odio que vanamente procuró domeñar; que los cariños y los desvíos son como plantas parásitas que nacen donde quiera, sin necesidad de que la mano cuidadosa del jardinero las siembre ni agasaje. ¡Y qué tormento aquel de vivir unida á un hombre cuyo trato iba siéndola insoportable de día en día! Fingiéndole amor, complaciendo sus deseos, ofreciendo sus labios á sus besos, acariciando lo que hubiese querido herir... Y así siempre, una noche y otra, para luego, á la mañana siguiente, volver á representar ante el mundo el papel, tristemente cómico, de una felicidad perfecta.

--¿Hay nada más horrible--pensaba Elisa--que ser amada por un hombre odiado?

Y hubo, en el callado curso de sus meditaciones, una pausa que parecía responder al silencio augusto del mar y de los cielos en calma. Daniel preguntó:

--Elisa... ¿quiere usted que volvamos á tierra?

Ella le miró duramente, con rencor; después, hablando en voz muy baja, como soñando, repuso:

--No, no... sigamos, sigamos...

La embarcación continuó en línea recta, rompiendo las olas. A la izquierda se erguía el faro, con su luz triste, bienhechora como la sombra de los eucaliptos; más allá estaba el Océano, negro, impenetrable, reposando sobre abismos donde nunca penetró el sol. Elisa Dantín reanudó su soliloquio.

Sí, hay algo peor que ser amada por quien se aborrece--pensó,--y es querer á un ingrato...

Miró á Daniel, tan joven, tan apuesto, tan falaz, que parecía esquivar el relampagueo de sus ojos mirando á otra parte... Daniel y Federico se querían como hermanos; le conoció poco después de su matrimonio; él regresaba de una larga excursión por Oriente; volvía alegre, sediento de emociones, codicioso de referir las aventuras que corrió por aquellos lejanos países del sol. Daniel fué enamorándola con atenciones y palabras: después la declaró su pasión, que ella rechazó indignada; pero su protesta era tardía; cuando quiso olvidarle ya no pudo y fué suya... Meses después Daniel la olvidaba por otra mujer.

Bajo el calor bochornoso de aquella tarde de Junio, Elisa Dantín sentía que todas sus malas pasiones se exasperaban. Veía á Daniel decidor, impúdico, riendo feliz entre los brazos de sus nuevas queridas, y el odio que encienden los celos nublaba el pensamiento de la desdeñada. Por él traicionó á su marido, y burlándose supo aborrecerle; por él aprendió el camino del adulterio y de la mancebía. ¿Y para qué?...

--Le odio tanto como á Federico, acaso más... pues me quitó el consuelo de ser honrada...

Elisa comprendía que su pobre espíritu estaba sometido á las dos grandes torturas, límite de todos los sufrimientos pasionales: querer al que desprecia, odiar al que nos ama... Ella, por tanto, padecía toda suerte de sufrimientos: el amor que negaba á Federico, nadie lo quería; su honor era como rosa marchita, caída en un camino; ¿qué podría disculpar su adulterio?... Una idea que hasta allí anduvo vagando por los más ocultos escondrijos y desvanes de su pensamiento, surgió de pronto aterradora, fría, centelleante, como el zig-zag de una arma blanca.

--¿Y si yo me deshiciese de los dos?

Tembló y procuró pensar en otra cosa; pero la idea terrible resurgía tentadora, irresistible... Aquellos hombres estaban á merced suya; en ella convergieron los voraces apetitos de los dos; aquel deseo podía convertirse instantáneamente en odio; bastaba un gesto... una sola palabra de sus labios... para precipitar al uno sobre el otro y obligarles á reñir hasta despedazarse, ¿Para qué sufrir? ¿Acaso no valía la muerte del amante la vida del marido?... Muertos ambos, ella quedaba libre: la destrucción es santa; no se puede edificar donde hay ruínas; la piqueta debe preparar el campo á la paleta y á la plomada... ¡Y tanto bien, podría alcanzarlo con sólo querer!...

Elisa Dantín sonrió satisfecha, como reirían los viejos tiranos. Federico preguntó:

--¿Volvemos?

Ella repuso distraída:

--Me es indiferente; como queráis...

Ellos viraron la embarcación; Elisa Dantín volvió á pensar:

--¡Si yo hablase!...

Pronto, antes de una hora, llegarían á tierra; la tierra era para ella la esclavitud, el disimulo, el secreto martirio de todas sus horas... ¿Por qué no hablar?

--Una frase... menos aún, una palabra... una sola palabra mía... bastaba...--repitió Elisa.

Miraba á Federico y á Daniel para aumentar el caudal de su odio; evocó recuerdos crueles: su caída, sus remordimientos, sus celos, su abandono; recompuso escenas repugnantes... La medida estaba bien colmada; aun tuvo vagos titubeos; luego habló; fué como una basca...

--Daniel--dijo,--¿me quieres?...