Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)
Part 8
Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar, resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez: «Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»
Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un instante de Cloe.
Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese, un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»
Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor, quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón, el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco, orando y haciendo penitencia.
Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre adoptivo de Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses. Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos. No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico, sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó; habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.
Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa, estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte: «Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe. Tal vez halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé dichoso. Yo no viviré.»
Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis, acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él. La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo: «¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe. Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las cabras!»
Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo, se fué con ellos y con Gnatón á casa de Lampis con tal diligencia y prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró fugarse.
Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla. Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas, alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también estas prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas, y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día digna consorte de Dafnis.»
No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó atentamente las razones del viejo.
Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo.
Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él.
Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura, porque Cloe, bien vestida, graciosamente peinado y trenzado el cabello, y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza. Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale.
Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta, zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con Dafnis.
Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes, buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron, por último, á Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de caballos.
Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido; pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres, para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera. Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan hermosa.
Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto de Himeneo.
Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los señores principales.
Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes á Dafnis, que yo también la tenga.»
Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola yo á su cuidado. Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»
Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo: «Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos, y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han salvado.»
Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y Rodé á Napé.
Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda.
Megacles consagró á su hija Cloe á las Ninfas, y suspendió como ofrenda en la gruta, á más de otros objetos ricos, las prendas de reconocimiento. Á Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dió para completar diez mil.
Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de rústicos, todo allí fué al uso campesino y labriego. Cantaron unos el cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse. Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la función, lo cual no era muy grato á los de la ciudad. Dafnis las llamaba por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y las besaba.
Y esto no fué sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo, porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando á los dioses y profesando especial devoción á Pan, á Amor y á las Ninfas. Aunque llegaron á ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y á la criatura segunda, que fué una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le pusieron por nombre Filopoemén, y á la niña Ageles. Así vivieron largos y felices años. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar á Amor pastoril; y á Pan, en vez de la copa del pino á cuya sombra estaba, le edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador.
Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada la noche, cuantos estaban allí llevaron á los novios al tálamo. Unos tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas. Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban, sino que arañaban pedruscos con almocafres.
Dafnis y Cloe, á pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como lechuzas. Y Dafnis hizo á Cloe lo que le había enseñado Lycenia; y Cloe conoció por primera vez que, todo lo hecho antes, entre las matas y en la gruta, no era más que simplicidad ó niñería.
Madrid, 1880.
FIN
NOTAS
I. El título de la obra, en griego, es Λόγγου ποιμενικῶν τῶν κατὰ Δάφνιν καὶ Χλόην βίβλοι (λόγοι) τέσσαρες, que puede traducirse: _Los cuatro libros de las pastorales de Longo, ó Dafnis y Cloe_. Á fin de seguir el gusto y el estilo modernos, hemos invertido y modificado los términos del título. Ponemos por título principal de esta novela _Dafnis y Cloe_, y añadimos luego _Las pastorales de Longo_, para indicar el género á que pertenece la obra y el nombre, verdadero ó supuesto, de quien la compuso.
De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano.
En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones. Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley, 1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger y Passow, en 1765, 1803 y 1811.
Tenemos también una traducción sobrado libre de _Dafnis y Cloe_, hecha en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al célebre Antonio Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de Nápoles.
Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, _revue, corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L. Courier_.
En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original ambas traducciones.
En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones: algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres, sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos.
Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado en llamar _fabla antigua_ esto es, en el castellano del siglo XIV ó del siglo XV. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro de inventar una _fabla antigua_, que jamás se hubiese hablado. Para Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en nuestra traducción.
II. Dice el proemio: _y habiendo buscado á alguien que me explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros_. P. L. Courier traduce: _si cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le tout entendu, en composai ces quatre libres_. Yo empleo quince palabras, y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el autor griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada, diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien _qui me les donna á entendre par le menu_, no se contentó con buscarle, sino que también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de su cosecha, _et ayant le tout entendu_. En otras ocasiones añade también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien porque halla alguna frase que le parece bonita. Yo he procurado evitar tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier.
La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia. No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras. Traduce Courier: _peut remettre en memoire de ses amours celui qui autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore point été_. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: _recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca_. Son diez y siete palabras.
III. _Á unos doscientos estadios de Mitilene_, yo traduzco deὅσον ἀπὸ σταδίων διακοσίων; en latín, _stadia circiter ducenta_. _Estadio_ es palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone: _environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène_. En este caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de _dracmas_, dinero, y traduce Courier _escudos_. Yo prefiero poner _dracmas_, y no traducir _escudos_, _ducados_, _reales_ ó _pesetas_, que entonces no había. Hay palabras que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir _peplo_, _clámide_, _estola_ ó _coturno_, por prendas de vestir parecidas y en uso en nuestros días.