Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)
Part 7
Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla; quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla. Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo:
«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las Horas divinas: árbol fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.»
Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un beso más rico que la manzana de oro.
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LIBRO CUARTO
Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina; sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.
El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles: manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía sus frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno, como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos, separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores, que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba: rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas, corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma, sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de Baco; el ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna, dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios; los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades.
Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias. Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo.
Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar á pacer las cabras apenas amanecía, y en volver al aprisco tarde. Dos veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y, descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan hermosas.
Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo y tuviesen cierta idea de la vendimia.
Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos regalillos podían esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados, un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis.
Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe, porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor, de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si el amo estuviera allí y pudiera verlos.
En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía á talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche, saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin que le viesen.
No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer, acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor, hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su incesante susurro.
Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos, arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes. Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces? ¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»
Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.
Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado, pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en hacerlo así.
Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo, en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre, pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo, desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto, colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres, como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al campo á disfrutar de nuevos placeres.
Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse, y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos, haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así: Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe, dejando el hato en abandono.
Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto, sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres. Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.
Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.
Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba. Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste ¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos, y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen todo.»
Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.
Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies. Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba, dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón; vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo, jugando y burlando, como es tu costumbre.»
No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia, contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora. Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no nos la roban y se la llevan al cielo.»
Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre que le diese á Dafnis para criado.
Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste, pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón, llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de nuevo en la habitación.
Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería á servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre, llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis, en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último, dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor, que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»
Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón, envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues, no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.
Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las hubo mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras; son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que guarda tus cabras.»