Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)

Part 2

Chapter 23,822 wordsPublic domain

Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral á ser escrita, y perdiendo el ritmo ó forma de la poesía, vino á ponerse en prosa, la ficción, ó dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y populares sus teorías y sistemas. De aquí las fábulas de Platón sobre la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro.

Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar á innumerables _utopias_; esto es, á tierras incógnitas ó muy remotas, donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta, según el gusto de quien transmitía ó inventaba la ficción. Así nacieron, y se pusieron en diversos sitios, reinos ó repúblicas de amazonas, de pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero.

De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos primitivos, donde á veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales, la fantasía tejía y bordaba mil prodigios.

Para dar autoridad á alguna doctrina religiosa ó filosófica, casi se forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris ó la de Zamolxis, y, por el contrario, para glorificación de un personaje real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio, y la de Proclo por Marino. Hasta para dar una explicación racionalista á la historia divina, para traer á la tierra á los númenes que el vulgo adoraba, y reducirlos á la condición y proporciones humanas, se inventan fábulas no menos increibles y absurdas que la misma religión que tiraban á destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta hoy, sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes, y sobre todo, el autor de un libro titulado _Dios y su tocayo_, donde se pretende probar que Jehováh era el emperador de la China, y Adán un súbdito rebelde, expulsado del Celeste Imperio.

Es evidente que al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y á grandes rasgos, y no podemos ceñirnos á la cronología, ni marcar con precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos á afirmar que hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que ahora podemos llamar _novela de costumbres_. Toda ficción es sobre algo que toca ó interesa á la vida pública, ya religiosa, ya política, ya filosófica. La novela de casos domésticos estaba en gérmen y reducida al cuento oral, que hasta muy tarde no empezó á coleccionarse.

Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibares y de Chipre, y eran á menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro, ó posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo.

Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la libertad de la democracia ateniense, olvida lo político, y se emplea en representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia nueva, aparece la verdadera vida interior doméstica, y se pintan caracteres y pasiones de personajes privados.

En la novela, lo que responde á la comedia nueva en el teatro, esto es, lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar _novela de costumbres_, vino mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es posterior á la era cristiana.

No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de decadencia ésta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el siglo de oro de las letras griegas fué el de Pericles; pero autores eminentes hubo en épocas distintas, y nuevos períodos de florecimiento y nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió Grecia su cultura; ora con la aparición y difusión del cristianismo y el gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de decadencia en una literatura aquéllas en que florecen poetas como Teócrito, Bion y Calímaco; prosistas como Polibio, Plutarco y Luciano; filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan profundos como tantos y tantos Padres de la Iglesia.

En esta última época, á saber, desde el primero al quinto ó sexto siglo de la era cristiana, es cuando escriben los principales novelistas griegos de la novela propiamente dicha, ó dígase de la _novela de costumbres_, ó más bien de la novela de amor y aventuras ya que las costumbres no se pintaban entonces con la exactitud de ahora; no se empleaba lo que hoy llamamos ó podemos llamar _color local y temporal_, sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día, porque los hombres creían sin gran dificultad, por donde era llano ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas filosóficas, religiosas, geográficas é históricas.

Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la _Eubea_, de Dion Crisóstomo; el _Asno_, de Lucio de Patras; _Las Efesiacas_, de Jenofonte de Efeso; _Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro; _Leucipe y Clitofonte_, de Aquiles Tacio, y _Las Pastorales_, de Longo, ó _Dafnis y Cloe_, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor de todas, ya que el _Asno_, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la _Eubea_, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de Europa durante la Edad Media; ya en leyendas y cuentos; ya en poemas y libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y después, como sucede, por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro, el poema de Alejandro y las historias troyanas.

Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya á pasión de traductor, _Dafnis y Cloe_ es la mejor de todas estas novelas; la única quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo tiempo.

Contra los ataques que se han dirigido á su poca moralidad y decencia, ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que haya críticos juiciosos que se la atribuyan: la de la intervención milagrosa de Pan para salvar á Cloe, á quien llevaban robada. Lo extraño es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que, desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los pastores, belicoso á veces y tremendo.

Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacen de ellos para un caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su rara hermosura á pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido tan sencillos é inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos censuren el milagro de Pan para libertar á Cloe, y no censuren los demás milagros ni se paren en ellos.

Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es fuerza ponerse en lugar del vulgo gentílico que en un tiempo dado (todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades. Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano.

Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes, contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es _shocking_, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto, hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil, etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é insufrible.

La novela de _Dafnis y Cloe_ es, pues, lo que debe y puede ser, y tal como es, es muy linda.

Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente, y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.

_Dafnis y Cloe_, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún, _mutatis mutandis_, no sólo á _Pablo y Virginia_, sino á muchas preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español, pocos años há, cierto amigo mío, con el título de _Pepita Jiménez_.

De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso, tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande, cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos modelos de tal género de composición, en nuestros días, son _Hermann y Dorotea_, de Goethe, y _Evangelina_, de Longfellow. Algunos de nuestros mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó seis años. Así Campoamor, en los que llama _Pequeños poemas_, y Núñez de Arce, en otro que titula _Idilio_.

Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman _el gramático_ ó _el escolástico_, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la novela en verso de _Hero y Leandro_, que es un idilio por el estilo de los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un _pequeño poema_ precioso. Ganas se le han pasado al traductor de _Dafnis y Cloe_ de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de sus muchas faltas.

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PROEMIO

Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas y á ver la pintura.

Parecíanse en ella mujeres de parto, otras que envolvían en pañales á los abandonados pequeñuelos, cabras y ovejas que les daban de mamar, pastores que de ellos cuidaban, mancebos y rapazas que andaban enamorándose, correría de ladrones y algarada de enemigos. Otras mil cosas, y todas de amor, contemplé allí con tanto pasmo, que me entró deseo de ponerlas por escrito; y habiendo buscado á alguien que me explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros, que consagro al Amor, á las Ninfas y á Pan, esperando que mi trabajo ha de ser grato á todos los hombres, porque sanará al enfermo, mitigará las penas del triste, recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca; pues nadie se libertó hasta ahora de amar, ni ha de libertarse en lo futuro, mientras hubiere beldad y ojos que la miren. Concédanos el Numen que nosotros mismos atinemos á contar, sanos y salvos, los amores de otros.

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LIBRO PRIMERO

Ciudad de Lesbos es Mitilene, grande y hermosa. La parten canales, por donde entra y corre la mar, y la adornan puentes de lustrosa y blanca piedra. No semeja, á la vista, ciudad, sino grupo de islas.

Á unos doscientos estadíos de Mitilene, cierto rico hombre poseía magnífica hacienda, montes abundantes de caza, fértiles sembrados, dehesas y colinas cubiertas de viñedo: todo junto á la mar, cuyas ondas besaban la arena menuda de la playa.

En esta hacienda, un cabrero llamado Lamón, que apacentaba su ganado, halló á un niño, á quien criaba una cabra. En el centro de un matorral, entre zarzas y hiedra trepadora, y sobre blando césped, reposaba el infantico. Allí solía entrar la cabra, de suerte que desaparecía á menudo, y abandonando su cabritillo, asistía á la criatura. Lamón notó estas desapariciones, y se compadeció del cabritillo abandonado; pero un día, en el ardor de la siesta, siguiendo la pista de la cabra, la vió deslizarse con cautela entre las matas, á fin de no lastimar con las pezuñas al niño, el cual, como si fuera del pecho materno, iba tomando la leche. Maravillado Lamón, que harto motivo había para ello, se acercó más, y vió que la criatura era varón, bonito y robusto, y con prendas más ricas de lo que prometía su corta ventura, porque estaba envuelto en mantilla de púrpura con hebilla de oro, y al lado había un puñalito, cuyo puño era de marfil. Lo primero que discurrió Lamón fué cargar con aquellas alhajas, y abandonar al niño; pero avergonzado luego de no remedar siquiera la compasión de la cabra, no bien llegó la noche, lo llevó todo, niño, cabra y alhajas, á su mujer Mirtale, á la cual, para que se le quitase la aprensión de que las cabras parieran niños, le contó lo ocurrido; cómo halló á la criatura, cómo la cabra la amamantaba y cómo él había tenido vergüenza de dejarla morir. Y siendo Mirtale del mismo parecer, ocultaron las alhajas, prohijaron al niño y encomendaron á la cabra su crianza. Á fin de que el nombre del niño pareciese pastoral, decidieron llamarle Dafnis.

Dos años después, otro pastor de los vecinos campos, cuyo nombre era Dryas, halló y vió algo semejante cuando apacentaba su rebaño. Había una gruta consagrada á las Ninfas, gran roca, hueca por dentro, y en lo exterior redonda. En esta gruta se veían figuras de Ninfas, hechas de piedra, los pies descalzos, los brazos desnudos hasta los hombros, los cabellos esparcidos sobre la espalda y la garganta, el traje ceñido á la cintura, y una dulce sonrisa en entrecejo y boca; todo el aspecto de ellas, como si hubiesen bailado en coro. En el fondo de la gruta se levantaba un poco el terreno, y de allí manaba una fuente, cuyas aguas se deslizaban formando manso arroyo, y alimentando en torno un prado amenísimo, de copiosa y blanda grama cubierto. Allí se veían suspendidos tarros, colodras, flautas, pífanos y churumbelas, ofrendas de antiguos pastores. Á este templo de las Ninfas acudía una oveja que había ya criado corderos, y el pastor Dryas sospechaba á veces que se le había perdido. Queriendo, pues, corregirla y traerla de nuevo á su antiguo y tranquilo modo de pacer, tejió con sutiles varitas de mimbre verde uno á modo de lazo, y entró en la gruta á fin de coger la oveja; pero no bien llegó cerca, vió lo que no esperaba: vió á la oveja que, con ternura verdaderamente humana, daba su ubre, para que de ella sacase abundante leche, á una criaturita, la cual, con avidez, pero sin llanto, aplicaba la boca pura y limpia, ya á una teta, ya á otra, y cuando se había hartado de mamar, la oveja le lamía la cara. Esta criatura era una niña, y tenía pañales y otras prendas para poder ser reconocida; toquillas y chinelas bordadas de hilo de oro, y ajorcas de oro también.

Considerando divino tal hallazgo, y enseñado por la oveja á compadecer y amar á la niña, Dryas la tomó en sus brazos, guardó aquellas prendas en el zurrón, y rogó á las Ninfas que le dejasen criar con buena suerte á la que se había puesto bajo su amparo. Y como ya era tiempo de llevar la manada al aprisco, volvió á su cabaña, contó á su mujer lo ocurrido, le mostró á la niña y la exhortó á tomarla por hija, ocultando cómo había sido hallada. Napé, que así se llamaba la pastora, amó desde luego á la niña como madre, recelosa de que la oveja no la venciese en ternura; y en prueba de que la niña era su hija, le puso el nombre pastoral de Cloe.

Pronto crecieron los niños. Su hermosura distaba mucho de parecer rústica. Cuando él cumplió quince años y ella dos menos, Dryas y Lamón tuvieron idéntico sueño en una misma noche. Pensaron ver que las Ninfas, las de la gruta donde estaba la fuente y donde Dryas había encontrado á la niña, ponían á Dafnis y á Cloe en poder de un mozuelo gentil á par que arrogante, con alas en los hombros y armado de arco y flechas pequeñitas, el cual, hiriendo á ambos con la misma flecha, les mandó que fuesen pastores: á ella, de ovejas; á él, de cabras. No poco afligió á los viejos este sueño, que destinaba á sus hijos al oficio de guardar ganado, porque hasta entonces habían augurado mejor suerte para ellos, fiándose en las prendas halladas, por lo cual los habían criado con el mayor regalo y les habían hecho aprender las letras y cuanto en el campo hay de bueno. Resolvieron, no obstante, obedecer á los dioses, cuya providencia había salvado á los niños. Y después de comunicarse mutuamente el sueño, y de haber hecho un sacrificio, en la gruta de las Ninfas, al mozuelo de las alas (cuyo nombre no acertaban á adivinar), enviaron á los mozos á cuidar del hato, enseñándoles el oficio pastoril: de qué modo ha de apacentarse antes del medio día, de qué modo después de pasada la siesta; cuándo conviene llevar al abrevadero, cuándo al aprisco; en qué ocasión debe emplearse el cayado y en qué ocasión basta la voz. Ellos se alegraron de esto en gran manera, como si los hubieran hecho príncipes, y amaron á sus cabras y corderos más que suele el vulgo de los pastores, porque ella recordaba que debía la vida á una oveja, y él no había olvidado que una cabra le cuidó y alimentó en su abandono.

Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en la montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba, Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras, y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas dispersas que á Dafnis y Cloe separados.

En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los campos próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis estuvo á punto de perderse.