Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)
Part 16
--La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé estimar, pero no pagar. Las puertas del _gineceo_ están abiertas para tí. Eres libre; válete de tu libertad.
Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.
--Yo soy tu esclava--prorrumpió;--yo quiero ser y seré siempre tu esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con inmortal cariño.
Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que pendían al cuello del Rey Tihur.
--La hiedra--dijo--es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga. Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de males y que te recuerde mi afecto.
El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán; y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró no amar á otra mujer más que á ella.
En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y sobrevino el alba.
Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será decirlo ahora.
Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.
El momento de despedirse de Peridot era llegado. La despedida fué tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.
Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta por donde había entrado.
Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.
V.
Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas, donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde reposar aquella noche.
En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra historia.
Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.
Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la orilla, y esperaron el alba para pasar el río.
Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa de fieras ó de bandidos.
Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á prepararlo todo para el paso del río.
Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos, mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el rey. Amrafel y doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente, iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas, tiraban de ellas nadando.
El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se volcasen.
El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar distaba aún otra media legua del punto de desembarque.
Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:
--Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre aquellas enormes jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses, que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras embarcaciones.
No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce guerreros que en la misma balsa venían.
Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros que habían venido nadando.
El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y precioso estaba con el Rey Tihur.
Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase la sospecha.
El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.
VI.
En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas veces.
En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.
Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.
En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.
Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos infecundo, y se alzaba el bosquecillo ó matorral donde Amrafel habría creído percibir el movimiento de gente emboscada.
No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.
Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras, que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á nuestros caminantes.
Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.
El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso, que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de _sarabaras_.
Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo modo iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo, en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los caballos.
Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido, aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la caravana pasase.
Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.
Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio. Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre ellos.
--Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;--dijo Amrafel al rey.
En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido recatándose acababan de salir como unos cincuenta hombres, que con arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.
--¡Á ellos!--exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel, Samec y los demás le seguían.
Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los bandidos.
Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las _sarabaras_. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas, cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.
En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo, habíanse puesto á bastante distancia.
Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. Los romanos la llamaron _sica_, de donde proviene el nombre de _sicario_. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.
El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo, comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las piernas de los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe, empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:
--Es preferible la muerte.
Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:
--¡Todos á pié, agrupados en torno mío!
No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle. Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud maravillosa. Sueltos los caballos todos, se lanzaron á galope hacia el punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro, las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos, excelentes flecheros.
Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos; pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas. Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey Tihur.
Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea, quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los costados.
De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le segó la garganta.
Lo más recio de la pelea era en el vértice del ángulo, donde estaba el Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.
El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo, destrozándole y sacándole las entrañas.
Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se acercaban.
Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin deshacerse hacia los fugitivos.
Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos.
Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon, ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas y de piedras.
Al ver los de los cuchillos ó _sicas_ que sus compañeros, con los arcos y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron inultas.
En silencio admirable, sin una voz, sin una queja, sin una imprecación, seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y luenga cabellera rubia.
No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada, vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur creyó sentir entonces que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.
--No ha de quedar bandido vivo;--exclamó.--Es menester que todos mueran. Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos de ladrones.
Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes, alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada, exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel instante.
Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos ya con los otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó arrastrándose como serpientes.
El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron el polvo cinco vesilianos más.
Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos, cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda, más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir ó matar.
Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno, aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.