Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)

Part 15

Chapter 154,069 wordsPublic domain

--Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios, pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro día?

--Lo que pasa después de la muerte es un misterio,--respondió Amrafel;--pero lo natural en el hombre es creer en una existencia ulterior é imperecedera.

Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y castas, y todos creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de diverso modo.

--¿Te satisface alguna de esas explicaciones?

--Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia; más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es la voluntad.

--Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca. Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en qué consiste este no sé qué?

--Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.

--Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de algún modo, comunicar con ellas?

--Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y energía maravillosas.

--¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la evocación de las sombras?

--No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.

--¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?

--Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración; pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.

--De suerte--dijo el Rey Tihur,--que si sólo por estilo grosero y rudo pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables, sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?

--Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las estaciones.

--Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran.

--Son, en efecto, pavorosos.

--¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida?

--Lo ignoro.

--Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres?

--No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuo nos circundan. En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario, poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino.

--¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos obedezcan y sirvan?

--Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas.

--Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertido en las tumbas el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses, á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes, de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste; veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco más? ¿No valgo más?

--No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte. Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán entonces.

--¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco de ese fin grande y sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los espíritus no podrán leerle en ella?

--Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su sobrehumano auxilio.

Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:

--Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose; quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido, para que mi entendimiento se satisfaga.

--¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en lo que anhelas?

--No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi propia ventura pienso en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra; iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los solitarios é iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.

La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.

--¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan largas y peligrosas peregrinaciones?

--Á mi hermano Arioc--contestó el Rey Tihur.--Tú prepara lo conveniente, pues hemos de partir mañana, al rayar el día.

--¿Quién irá contigo?

--Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que mañana despunte la aurora.

Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:

--Tu voluntad será cumplida.

Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.

IV.

En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura, podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar, pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras. Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya empezó á ser difícil el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser apaleado, herido ó muerto.

En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos, pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil empresa.

Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había que recelar entonces hasta llegar cincuenta _parasangas_ ó leguas al Sur de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo. El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.

Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara, célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara, caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso, hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase, pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños preparativos.

Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla decidido el rey.

Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en balde.

Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que llamaríamos ahora Regente del Reino.

Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes de Vesila-Tefeh, entre quienes el rey era idolatrado, dieron muestras del más vivo y doloroso sentimiento.

Las esclavas del _gineceo_ se afligieron también; pero se resignaron pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella alma que ardía en sed de lo sobrehumano.

La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su dueño, que sin duda la aguardaba.

Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un sueño, dijo maquinalmente:

--¿Quién es?--aunque bien sabía que era ella.

--Soy yo; tu sierva Peridot--respondió una voz argentina.

Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava. Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del rey.

Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los _izeds_, _anses_, _amschaspands_, _apsaras_, _peris_ y _genios_, hubiera nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente. Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la luz y el fuego del cielo.

Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas, dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de brazaletes de oro. Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar, no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.

Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo, prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora; y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las apsaras.

En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal vez olvidó el Rey Tihur su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime, su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como el _a b c_ del habla celestial.

Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:

--¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me abandonas?

--Así lo quiere mi destino,--respondió el Rey Tihur.

--¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo? ¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que inventó un traje elegantísimo, un traje guerrero y viril que le sentaba lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.

--No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender. El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto que esperarme tranquila.

--¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y los celos me abrasarán el alma?

--¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales? Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te pertenezco. Por este amor no soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener celos del objeto vago é inexplicable de este amor?

--Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma; para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre. Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás una esclava.

Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios los labios de que salían.

Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa: