Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)
Part 14
Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid, emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga. Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á Gobineau en su _Historia de los Persas_, quien hace que viva y reine Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.
Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo nuestra historia.
II.
Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa ciudad, cuyas casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales. En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.
Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á Grecia llevasen los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños. Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, _pozos fínicos_. Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo _para sí_, porque en realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos, como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y hacían, por último, el comercio.
Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix, que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto, cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh, aunque exponiéndose á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres de arimaspes, grifos y gorgones.
Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea. Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún etimologista ingenioso se atreva á sostener, en confirmación de lo dicho, que la palabra _colcha_ viene de Colcos ó de Colchida, puesto que las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.
Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos, pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos. Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid, llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de los _pelavanes_, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían guarnición asiria ó árabe.
Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio, pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro, al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin; su capital, Zibay; Behek su monarca.
La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia y por la ley pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios, caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.
Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.
De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios, descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.
Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo procuro y procuraré siempre ser muy breve.
Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir. Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro, y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas estaban separadas unas de otras por arbolado y jardines. Fuera del recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para los bueyes.
En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora, la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y convocaba á los guerreros.
Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.
En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes los padres de familia. El rey, como Melquisedec, era el primero de todos.
El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien, le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.
El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.
Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos, flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á pie, ya á caballo, y constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de peligro.
El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas, y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas, despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.
Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones. Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos y de osos ornaban los muros.
En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó _gineceo_. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas bellas esclavas.
El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había casado nunca y carecía de sucesión legítima. Un hermano suyo debía heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y libres vasallos.
Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo, aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo entrañable.
Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una melancolía profunda, misteriosa, invencible.
Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.
En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia. Preguntábanse unos á otros:
--¿Qué tendrá el rey?--pero nadie daba contestación satisfactoria.
III.
La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo, como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que no es este fin parece vanidad y miseria.
La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general en el día, estriba en una mera figura retórica: en el _eufemismo_. El que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y sublime del Rey Tihur. Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de su hastío y desesperación _byroniana_, ya con un empleo, ya con unas cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el _genio_ y de la estupidez y ruindad del vulgo para con él.
No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de buena ley, y, por consiguiente, incurables.
Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo, pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.
Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.
Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente coloquio.
Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del aspecto y traza de ambos interlocutores.
Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas, Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.
Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba en las orejas zarcillos, y en la vestidura, hasta la misma fimbria ú orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón, sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy respetable y encumbrado, llamándole _un señor de muchas campanillas_. Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y patriarcas.
La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro, corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último, elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil, muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron posteriormente _esceptuco_ en la corte de los acheménides.
Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas, describió lo que llaman en sánscrito un _pradakshina_, ó dígase trazó un círculo ó arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se paró silencioso enfrente de su amo.
Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los músculos, cuerdas y tendones.
Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la cabeza, bien proporcionada y hermosa.
Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y majestuoso, como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente del Júpiter de Fidias.
Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió el silencio de esta suerte:
--Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.
Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.
El rey prosiguió: