Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)
Part 12
Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas, montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado, fértil y de suavísimo clima.
Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas, esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000 años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades de Piedra y de Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas, y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa.
La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000; Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en algunas.
De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente con el estudio de la historia. La _Historia Universal_, publicada en Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios, como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo titulado _La Tierra y el Hombre_, obra del ilustre Alfredo Maury, miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de los historiadores, en cierto modo, es otra.
Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de algún animal, como el _Bos priscus_, el _Ursus spelæus_ ó el _Rhinoceros tichorinus_, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los terrenos llamados _pliocenos_, y dejar así abierto y despejado un inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que la historia pueda extenderse por él; pero la verdadera historia no empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el estudio de las más antiguas religiones y _mythos_. Este último estudio tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un _evhemerismo_ exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la Era Cristiana.
En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant, ni Weber; ni ningún otro de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários, 3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000; todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana, el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un _mytho_ ó una alegoría.
Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así, Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los orientales han convertido en rey de los Genios.
Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa. Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le pierde, porque los personajes _mythicos_ ó semi _mythicos_ viven siglos y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona.
Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su _Historia de los Persas_, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores clásicos. Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que tiene ya algo de seguro.
Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío, dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al mismo tiempo lo que crean y afirmen sus héroes, cuando les hagamos entrar en agradables coloquios.
No se echen á temblar nuestros lectores juzgándose amenazados de una obra interminable. Sin duda en mil ochocientos años caben novelas y leyendas infinitas; pero nosotros somos infecundos y perezosos, y más pecaremos por escribir pocas novelas ó leyendas para justificar este prólogo ó introducción, que por escribir demasiadas. Todavía escribiremos menos si no gustan las primeras que escribamos. Por último, cada una de nuestras leyendas será breve de por sí, y no entraremos en las menudencias y prolijidades en que entran y caen los que escriben novelas de tiempos más cercanos á los nuestros, como de la Edad Media ó aun de época más moderna, de los cuales tiempos nada se ignora, y aun la historia que no tiene el recurso de imaginar, va siendo ya harto prolija y algo pesada, contándonos hasta los ápices al parecer más insignificantes. Por esto precisamente, deseando dar vuelo y rienda suelta á nuestra fantasía, nos hemos refugiado en el antiguo Oriente. Barante, por ejemplo, ha llenado con la historia de seis Duques de Borgoña más volúmen de lectura que el que forman acaso todos los historiadores griegos y latinos que aún quedan, y donde se refieren los acontecimientos de miles de años, y el principio, crecimiento, decadencia y caída de una multitud de imperios, repúblicas y monarquías. Si Barante, limitándose á lo histórico, escribe tanto sobre seis Duques de Borgoña, ¿á dónde iríamos á parar, si sobre lo histórico quisiésemos recamar, bordar y completar con la fantasía? Por esto, repetimos, nos vamos al antiguo Oriente. Allí donde la ciencia no llega, es donde la imaginación y la poesía deben volar.
Otra razón nos impulsa también á escribir estas leyendas. Deseamos divulgar un poco la literatura oriental antigua y empezar á emplearla en nuestra moderna literatura española. En Francia y en Inglaterra y en Alemania, el renacimiento oriental, de que hemos hablado, deja, tiempo ha, sentir su influjo en el arte y en la poesía. En España aún no se nota nada de esto.
En Alemania, el Mahabarata, el Ramayana, el Shah-nameh, los Vedas, ó han sido traducidos en verso, ó han inspirado ya bellas poesías. En Francia, desde los lindos cuentos de Voltaire, el antiguo Oriente ha dado asunto feliz á muy amenas narraciones. ¿Por qué hoy, que se conoce mejor el antiguo Oriente, no hemos de aspirar á algo semejante en España? Se me contestará que carecemos del ingenio de Voltaire, y que _El toro blanco_, _Zadig_ y _La Princesa de Babilonia_, son inimitables. Procuremos, con todo, aproximarnos á esos modelos. De tiempos antiguos se han escrito en Francia últimamente muy primorosas novelas, como _La Momia_ y _La Corte de Merodac-Baladan_, de Teófilo Gauthier, y _Calirhoe_, de Mauricio Sand. Sírvanos esto de estímulo.
De Grecia y Roma, mientras duró el impulso que imprimió el Renacimiento clásico en la moderna literatura, se escribieron novelas, poesías y leyendas, algunas muy eruditas, agradables y celebradas, como los _Viajes de Antenor_ y los _Viajes de Anacarsis_. Algo parecido pudiera con general aplauso escribirse del antiguo Irán, de Asiria, de Babilonia, de Media ó de Persia. Pero no presumimos de ser capaces de tanto. Nuestro propósito es escribir una obra de mera imaginación sobre el fundamento de un escasísimo saber, que sólo es necesario para que sirva como de pauta y cañamazo á nuestros fantásticos bordados. Tal vez, si en algo acertamos, se animen otros á escribir con más tino, discreción y conocimiento del asunto.
Éste, no sólo es vasto, sino seductor y apetitoso. La rapidez con que en los libros sagrados y antiguos poemas aparecen ciertos personajes, y se fijan en nuestra mente de un modo indeleble, como si los hubiésemos conocido y tratado, y luego se pierden y se desvanecen, sin que se sepa más de ellos, induce y solicita á buscarlos con la fantasía y hasta en sueños, á fin de completar y acabar la historia de su vida.
Sin citar para ejemplo más que á algunos personajes de la Biblia, por ser más conocidos de todos, ¿quién no siente curiosidad de saber cómo se llamaba la mujer de Putifar y qué fué de su vida después de aquella terrible pasión y de aquel cruelísimo desaire que recibió de Josef el Casto? ¿Pues, y la Reina Vastí? ¡Apenas si interesa la Reina Vastí! ¿Qué fué de ella, después que la repudió el Rey Asuero, por demasiado pudorosa; por no querer presentarse á lucir su hermosura, delante de todos aquellos Príncipes y Sátrapas borrachos y libertinos, que su marido, borracho también, tenía congregados en su gran palacio de Susa? Del Rey Asuero nadie ignora que, después de repudiada Vastí, hace reunir de todas las provincias del Imperio las más gallardas doncellas, las cuales van entrando una á una en su cámara, no sin pasar antes un año en lavatorios, sahumerios, unciones con bálsamos y pomadas y otros cien mil preparativos para que estuviesen bien adobadas y lustrosas, y de todas estas doncellas, previo un examen profundo, elige por reina á Ester: pero de la pobre Vastí, nadie vuelve á acordarse. Díganme si no es este un asunto para una novela sentimental, que mejor pudiera llamarse lastimosa, si no temiésemos el equívoco. Más bello asunto sería aún, si cabe, el de los amores de Salomón con la discreta y bella Reina de Sabá, que vino á verle con tanta comitiva y séquito, que le propuso tanta pregunta difícil, y que tan enajenada quedó de la sabiduría de Salomón y de la magnificencia y esplendor de su corte. Como todo esto sólo está indicado y dicho en brevísimas palabras en la Biblia, se siente un vivísimo deseo, al menos nosotros le sentimos, de acudir á las inscripciones y á las tradiciones, ó de pedir á Dios segunda vista histórica para adivinar los pormenores que faltan, empezando por el nombre propio de la Reina de Sabá, y para escribir las relaciones que tuvo con el hijo de David, y demás casos ocurridos entonces. Lo propio que decimos de los personajes bíblicos, puede decirse con no menos razón de los personajes que figuran en las historias y poemas arios. Mucho nos han interesado hasta aquí Agamenón, Ulises, Aquiles, Temístocles y Epaminondas: mucho nos han encantado los poetas griegos, pero más nos interesan hoy los personajes arios y más los cantos de las Vedas. Se diría que por el espíritu están más cerca de nosotros. Los vemos tan bien y tan íntimamente, que se siente uno inclinado á creer en la metempsícosis y á recordar la vida que tuvo en Ariana Vaega, ó en los tiempos de Djemschid ó de Feridum. Agni, Indra ó Aura-Mazda, nos parecen más divinos que Vulcano, Júpiter ó Saturno. Todo el desenvolvimiento ulterior de la civilización moderna europea se nos presenta como en germen en aquella primera civilización oriental. No se extrañe, pues, que hayamos elegido este asunto de las leyendas del antiguo Oriente, ni se tilde de difusa la introducción. Antes bien, se nos quedan no pocas cosas por decir: pero todo lo que aun queda irá saliendo en las leyendas, las cuales aparecerán poco á poco en esta _Revista de España_, y más tarde, si Dios nos da salud y si el público no nos desdeña, formarán dos ó tres volúmenes separados, quizá de nada ingrata lectura. Bueno es que España contribuya también, aunque sea pobre y modestamente, ya que no á lo que hemos llamado y debe llamarse Renacimiento oriental, al influjo de este renacimiento en la literatura y en la poesía de la moderna Europa.
Vamos á retroceder con el espíritu hasta las edades primeras de la humanidad que la historia ilumina algo con sus fulgores, y vamos á pintar, sin embargo, portentosas civilizaciones y á presentar personajes, no inferiores en nada, tal vez superiores á los del día. Ya hemos explicado cómo comprendemos el progreso. Le comprendemos por el caudal acumulado por herencia y por la difusión y divulgación del saber y de la moralidad en mayor número de personas, familias, tribus y naciones. Mas creemos asimismo que, para que el progreso se realizase, las razas civilizadoras, y singularmente los Arios, desde el principio y más que nunca en el principio, debieron estar y sin duda estuvieron dotados de extraordinarias facultades y de una poderosa iniciativa; prendas que habían de resplandecer más en ellos, mientras permanecieron en toda su pureza y no se mezclaron con otras castas plebeyas é impuras. Pero el mezclarse con estas castas, el no despreciarlas, el bajar un poco hasta su nivel para elevarlas hasta ellos, y el amalgamárselas para fundar la humanidad una, era su misión providencial, era su salvación y su destino. Los que faltaron á esta misión, degradando y envileciendo cada vez más á las castas ó razas inferiores, acabaron por envilecerse y degradarse ellos mismos. Los que hicieron lo contrario realizaron el progreso. El sacerdote egipcio se ha confundido con el felah, y el bramín con el sudra, mientras que el último hombre de nuestros pueblos de Europa se ha elevado.
LULÚ, PRINCESA DE ZABULISTÁN
(FRAGMENTO)
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LULÚ,
PRINCESA DE ZABULISTÁN
I.
Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran. Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas emigraciones.
Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados en toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia, tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental.
Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media, esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando pausadamente hacia el ocaso.
Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido motivadas por una violenta é imperiosa necesidad. Los pueblos, por nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas. Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa, movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen en China.
Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego. Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados, pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El audaz linaje de Japet, esta gente europea está dotada de una fuerza de aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora. Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito, ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos? Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania, con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones, ametralladoras y fusiles de aguja de nada nos servirían. Ellos los tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros.