Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos)
Part 10
Por lo demás, Baco y su historia tienen grandes variaciones, por ser este dios uno de los más simbólicos y misteriosos que en Grecia se adoraron, y por representar á la vez no pocas cosas. Por una parte, proviene este dios del naturalismo: es la fuerza vegetativa de las plantas. De aquí que tantas le estén consagradas, como la hiedra, la higuera y la vid, y que le llamen γενεσιουργὸς τῶν καρπῶν, engendrador de los frutos, y que sea también padre de Príapo.
Representa, además, á un héroe conquistador y civilizador del mundo, y su leyenda, bajo este aspecto, toma mucho de la de Osiris egipcio, y de la de Melkarh ó Hércules tirio. Como Hércules, Baco erigió sus columnas en el extremo de las tierras y mares hasta donde llevó su expedición triunfadora.
Representa, por último, Baco la fuerza y virtud del licor fermentado, que inspira á los hombres una especie de delirio, que se tenía á veces por sagrado. En este sentido, Baco trae su origen de Soma, dios de los Vedas, dios-bebida, dios-libación, dios que se consume en la llama del sacrificio; hijo de Indra, como Baco es hijo de Júpiter. En este sentido, Baco recibió muchos títulos ó sobrenombres entre los griegos y latinos. Llamóse _Musagetes_, conductor de las Musas; _Pirigenio_, nacido del fuego; _Melpómeno_, celebrado en himnos; _Leneo_, de ληνός, lagar; _Líber_, por la libertad que el vino engendra, y _Taurokeros_ ó _Tauromorfos_, porque tomaba cuernos y forma de toro, á causa del furor, osadía y violencia que adquiere quien se embriaga. De aquí que Horacio dijese á Baco:
_Tu spem reducis mentibus anxiis_ _Viresque et addis cornua pauperi._
Dice Longo, _encadenado Licurgo_. Era éste un rey de Tracia que se opuso al culto de Baco, por lo cual sufrió un gran castigo del dios.
_Despedazado Penteo._ Esta aventura es de las más famosas de la historia de Baco, por haber dado asunto á un drama de Esquilo, ya perdido, que llevaba por título _Penteo_, y á la tragedia de Eurípides, que se conserva y se titula _Las Bacantes_. Parece que el culto de Baco, con sus frenéticas orgías, vino á Grecia desde Tracia y Macedonia, y halló en Grecia al principio grande oposición. Penteo en Tebas se opuso á este culto, y fué despedazado por las bacantes furiosas, entre las cuales se hallaba Agave, su madre.
_Ariadna dormida._ Prescindimos, por no ser prolijos, del valor y significado alegórico é histórico que puedan tener los amores de Ariadna, hija de Minos, con Baco. La general opinión, esto es, la fábula más conocida, junta en una las dos historias de los amores de Ariadna con Baco y con Teseo. Abandonada por este príncipe en la isla de Naxos, después que le ayudó á vencer al Minotauro y á salir del laberinto, Baco se le aparece enamorado, y se la lleva en triunfo. Los hermosísimos versos de Catulo, en el epitalamio de Tetis y Peleo, describen admirablemente, así el furor de Ariadna abandonada, como su triunfo inmediato, y la pompa báquica en toda su extraña locura:
_At pater ex alia florens volitabat Iachus, Cum thiaso Satyrorum et Nysigenis Silenis, Te quærens, Ariadna, tuoque incensus amore; Qui tum alacres passim lymphata mente furebant Evoe, bachantes, evoe, capita inflectentes. Horum pars tecta quatiebant cuspide thyrsos, Pars e divolso raptabant membra fuvenco: Pars sesse tortis serpentibus incingebant; Pars obscura cavis celebrabant orgia cistis Orgia quæ frustra cupiunt audire profani; Plangebant alia proceris tympana palmis. Aut tereti tenues tinnitus ære ciebant; Multi raucisonos efflabant cornua bombos, Barbaraque horribili stridebat tibia cantu._
Como se ve, el asunto del triunfo de Ariadna, de las bacanales y de la historia del hijo de Semele, rodeado siempre de bacantes, sátiros y silenos, se prestaba mucho á la pintura, y desde los tiempos más antiguos se han empleado en este asunto los pintores.
Pedimos perdón á los eruditos de habernos extendido demasiado en esta nota, pero ya se harán cargo de que escribimos también para el vulgo, el cual tal vez ignora lo que ellos tienen olvidado de puro sabido. Para no prolongar más la nota omitimos mucho que, con ocasión de Baco, se pudiera decir sobre el origen de la tragedia, que nació en sus fiestas, y sobre otras cosas, curiosas para quien no las sabe, y tal vez cansadas para los doctos, que las saben más fundamentalmente que yo.
XXXIV. _Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era correr._ Es evidente que en lo antiguo los nombres y los apellidos debieron de ser apodos, que denotasen oficio, condición, virtud, defecto ó calidad de la persona á quien se daban. Y esto en todos los países é idiomas. Lo que ocurría primero en la realidad de la vida se conservó después en Grecia y Roma, en las ficciones poéticas, sobre todo en comedias y cuentos, donde aparecen personajes imaginarios, y no históricos. El nombre de cada uno de estos personajes designa ya su carácter, empleo ó menester. Así, por ejemplo, en las comedias de Terencio se pone al principio lo que llaman _ratio nominum_, ó sea una explicación de por qué los personajes se llaman como se llaman. Allí vemos que una nodriza se llama Canthara, del cantarillo ó vaso de la leche; un soldado fanfarrón, Thraso, de θράσος, audacia; un joven alegre, Fedro, de φαιδρός, alegre; una meretriz desenvuelta, Bacchis; un criado, Parmeno, porque está ó permanece cerca de su amo, etc. Eudromo, pues, el buen corredor, se llamaba así porque corría.
XXXV. _...Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron á Marsyas._ Marsyas no fué sólo ahorcado, sino también desollado, como dice Ovidio en los Fastos.
_Provocat et Phœbum, Phœbo superante, pependit;_ _Cæssa recesserunt a cute membra sua._
Se cuenta de este Marsyas que fué un sátiro de grandísimo ingenio, que inventó muchas cosas, pero que se puso tan soberbio, que quiso competir con el propio Apolo en la música, de lo cual salió tan mal parado como queda dicho. Las Ninfas, de quien Marsyas era muy estimado, le lloraron y le convirtieron en río, cuyas aguas riegan la Frigia. Esto sucedió cerca de la ciudad de Celenas, por donde corre el río Marsyas. Así es que Xenofonte, cuando pasó por allí con los diez mil, acompañando al joven Ciro, dice que «se contaba que allí desolló Apolo á Marsyas cuando le venció en la contienda que con él tuvo sobre la música, y que colgó el cuero de él en una cueva de donde nacen las fuentes.» Xenofonte no dice con todo que Marsyas se convirtió en río, sino que por eso, por dicho lance, se llamó el río Marsyas.
XXXVI. _...en compañía de su parásito, Gnatón._ Gnatón viene de γνάθος, boca, quijada. Tal vez salga de este vocablo griego la palabra española _gaznate_. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del _Eunuco_ de Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines.
XXXVII. _Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte..._ Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya.
XXXVIII. _...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de afecto que á todas las muchachas de Mitilene._ Esto tiene tal vez en el original cierto sentido que, en virtud del _arreglo_ hecho por mí en el libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da á la frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo. Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:
_Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,_ _Nec blandos licet æstimes amicos:_ _Illis, dum calet olla, amor calebit;_ _Frigebunt cito, si culina friget._ _Non te, sed tempidum colunt cæminum:_ _Illis fumus ubi est, ibi est amicus._
Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:
Á los que representan vida buena En el teatro de una y otra cena Lisonjeros buscones, y testigos De la mesa, no estimes por amigos; Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve) Mientras hierve la olla el amor hierve. Y tienen con hastío, Si helada la cocina, el pecho frío. Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas, Sólo aman las calientes chimeneas, Y para éstos, en fin, con ardor sumo, Allí el amigo está donde está el humo.
En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor que le convida; otro es apaleado casi de diario; otro está á punto de morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de Guillermo Guizot, titulado _Menandro ó la comedia y la sociedad griegas_. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más famosos.
XXXIX. _Vaquero fué Anquises_, etc. Esta parte del discurso de Gnatón está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.
XL. _...se desembarazó de la capa_ ῥίψας θοιμάτιον, dice el original; _abiecto pallio_, la traducción latina. La mejor traducción de esto en castellano es _capa_, si bien el _pallium_ era más bien una manta ó una pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto por lo común al cuello por un broche, _fibula_, πόρπη, tomaba diversos nombres, según el modo de llevarle puesto.
XLI. _No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo hice._ Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en _El Prevenido engañado_, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece. Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo á decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J. Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.
XLII. _...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña Ageles._ Filopoemen vale tanto como _amigo de los pastores_ ó _de la vida pastoril_, de φίλος, _amigo_, y ποιμήν, pastor. Ageles significa _rebaño_, _manada_, ἀγέλη.
XLIII. _Las pastorales de Longo_ han sido anotadas y comentadas por muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison, Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.
Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.
Huet (_De l’origine des romans_) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero, «autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice: «El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que no deleite.»
Dunlop (en su _History of fiction_) discurre por extenso sobre nuestra novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos frecuentes y largos episodios que en la _Diana_ de Jorge de Montemayor y en la _Astrea_ de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos característicos de la vida rural están borrados, sino que procura agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los campesinos... Esta _pastoral_ está en general muy bellamente escrita. El estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más puro de la lengua griega en aquel último período. Las descripciones de las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo, sino la paz y el reposo de los campos.»
No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios pasajes.
Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en ella para el _Aminta_; pues si bien no se publicó edición alguna de Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último, Dunlop, que ni Montemayor en la _Diana_, ni D’Urfé en la _Astrea_ imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el _Gentle Shepherd_, Marmontel en _Annette et Lubin_, y más felizmente que todos, el alemán Gessner en sus idilios.
Villemain dice: «No se puede negar que _Dafnis y Cloe_ ha servido de modelo á _Pablo y Virginia_. Á pesar de los cambios de costumbres, creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su obra una de las más encantadoras producciones de los tiempos modernos. Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan en _Pablo y Virginia_. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor francés es casto y apasionado.»
Chauvin (en _Les romanciers grecs et Latins_) dice: «_Dafnis y Cloe_ es una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra, y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las novelas griegas: la obscenidad de ciertos pormenores y de las pinturas voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»
Más severo Chassang con _Dafnis y Cloe_, conviene, no obstante, en que esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de ella Bernardino de Saint-Pierre en _Pablo y Virginia_, y veremos lo que una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de _Dafnis y Cloe_ es de gran sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes. ¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang, encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante, distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»
Humboldt, en el _Cosmos_, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y de su expresión entre las diversas razas humanas, vista la rapidez con que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p. 14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo IV, vemos con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.»
FIN DE LAS NOTAS
[una barra decorativa]
LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE
[una barra decorativa]
LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE
El recuerdo de la gran civilización greco-romana, ya gentílica, ya transfigurada más tarde por el Cristianismo, no dejó de columbrarse hasta en los siglos más tenebrosos de la Edad Media. Los pueblos de Europa siguieron avanzando á la luz de aquel recuerdo, y pronto volvieron al verdadero camino de la civilización, del cual no cabe duda que se habían apartado. Y no es esto negar la marcha constantemente progresiva del humano linaje. Un caminante se pierde por la noche en una intrincada y obscura selva: atraviesa espesos matorrales, breñas confusas y medrosos precipicios; tal vez rodea mucho; tal vez gasta más tiempo y se fatiga más de lo que debiera; pero vuelve al cabo á hallarse en el buen sendero, más adelante del punto en que se perdió, y más cerca del término á que aspira. No de otra suerte comprendemos el retroceso aparente de la civilización del mundo, en ciertos períodos históricos.
Importa, además, tener presente, que cuanto por la intensidad se menoscaba, suele compensarse en difusión. Más alumbra acaso una lámpara, suspendida en la bóveda de un pequeño santuario, que la luna esparciendo sus rayos por el espacio profundo de los cielos. Y, sin embargo, el fulgor de la luna es infinitamente mayor que el de la lámpara. Lo mismo ha podido afirmarse de la civilización, cuando se ha encerrado dentro de los límites de un solo pueblo, ó tal vez ha iluminado sólo á una casta de hombres superiores, ó por naturaleza ó por institución religiosa, civil ó política. La suma del saber extendida por el mundo todo en el siglo X de la Era cristiana, por ejemplo, era mayor sin duda que la suma del saber que había en el mundo en el siglo IV antes de dicha Era. En balde se buscará, no obstante, en todas las regiones y entre todas las razas de hombres, en el siglo X, un florecimiento artístico, poético y filosófico, como el que hubo en el siglo IV antes de la venida de Cristo, en una pequeña comarca de Europa, cuyo centro fué Atenas.