Curiosidades antiguas sevillanas (serie segunda)
Part 7
«Esta cantiga fizo el dicho Alfonso Aluarez por alabança e loores de la rredundable cibdat de seuilla e presentola en el cabildo e fizogela cantar con juglares delante los offiçiales e ellos mandáronle dar en aginaldo cient doblas de oro por esta cantiga e dende enadelante de cada año por cada cantiga otros ciento» y cuya primera estrofa dice:
ffuente de grand marauilla jardyn de dulce olor morada de Enperador ríca fermosa baxilla digan esto por seuilla trobadores e poetas pues que synos e planetas lo sostienen sin mansilla
Síguen otras tres cantigas que de igual modo que esta, cantaron juglares ante el Concejo en los días de Navidad de tres años siguientes, por las cuales recibió el poeta sendas cien doblas.
En 1442 moraba en la collación de San Miguel el juglar pedro Rodríguez, según consta del Padrón de Contias de los vecinos de dho. barrio del año 1442 y por último en otro Padrón, también del siglo XV, de la collación de Santiago se cita á Pedro Alonso, juglar pobre y por último no olvidaremos á Juan Canario, que con un compañero suyo fué en la procesión del Corpus del año 1454, imitando ó entonando coplas probablemente el canto de los pájaros[97].
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Siendo el ejercicio de las armas en los pasados siglos el más noble, la profesión de casi todos los españoles, por decirlo así, dominando en las clases sociales el espíritu caballeresco, no es extraño que á la enseñanza del manejo de las armas se hubieran dedicado muchas personas.
De los esgrimidores que vivieron en los siglos XV y XVI apenas si se nos han transmitido noticias, y de estos, precisamente, hemos reunido una porción de curiosos documentos, que nos proponemos dar en breve, á la estampa en libro aparte. Sin embargo, para demostrar el auge en que estuvo esta afición, hoy tan en desuso, nos concretamos á consignar ahora los nombres de los Maestros esgrimidores sevillanos de que tenemos noticia:
Maestre Rodrigo 1498 Maestre Anton Zapata 1500 Alonso de Vargas 1515
Maestre Andrés Carbonero } Maestre Francisco Román } 1523 Cristóbal Martínez }
Diego Bernal de Heredia 1526
Maestre Fernando de Algarbe } Gabriel de Contreras } Maestre Juan de Milla } 1528 Maestre Pedro Sigüenza } Maestre Tomás }
Maestre Fernando } Juan de Pérez } 1529 Juan de Triana }
Juan de la Cámara 1533
Juan de Carmona } Maestre Cristóbal[98] } 1534 Romanes } Antón Ruiz Zapata[99] }
Benito de Zafra 1548 Maese Andrés de Espinosa 1553 Maestre Alonso 1555 Maese Vella 1556 Cristóbal Hernández 1563 Martin de Castro 1569 Juan Dominguez 1639 Diego Raio 1669 Baltasar de los Reyes 1675
Juan de Roxas } 1677 Blas de Navarrete }
D. Manuel Sánchez de Morante} 1683 Juan Caro de Montenegro }
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Ya impresas las noticias referentes á curanderas, hemos hallado el memorial que en 1550 dirigió á la Ciudad la curandera Antonia Sánchez de que hacemos cuenta en la página 135, que dice así:
«muy illustre señores: Antonia Sánchez mujer de Juan Gutiérrez Hidalgo vecina de la villa de Lebrixa beso las manos de vra. señoría y digo que a mucho tiempo que en la dicha villa e curado y curo de quebraduras de braço y piernas y el ldo. lvayza ynformado desto me mandó que curase y abrá mes y medio que el ldo. Rojas teniente del señor asistente en la tierra de vra. señoría me mandó que no curase diciendo que no estaba desaminada y sobre ello me prendió y á ruego de ciertas personas me soltó a vra. señoría suplico me haga merced de ¿mandar? que de aquí adelante ningunas ¿justiçias? pueda pedirme cosa alguna y me dexe libremente hazer mi ofiçio porque sí de otra manera ¿pasa? no lo vzar mas.[100]
LA CASA SEVILLANA
EN LOS SIGLOS XIV, XV Y XVI
Conjunto tan bello como genuino de elementos artísticos, que á pesar de sus diversos orígenes, fueron peregrina y hábilmente combinados por el talento de nuestros obreros mudéjares y cristianos de pasadas centurias, elocuente expresión del refinado gusto de peritísimos artífices, fehacientes testimonios de la cultura general alcanzada que llegó á resplandecer en todas las esferas, produciendo originales construcciones ataviadas con el más depurado gusto decorativo, tales fueron las suntuosas moradas que edificaron los magnates y favoritos de la fortuna, en aquellos dias gloriosos, en que pudieron decir algunos de nuestros monarcas, que en sus dominios no se ponía el sol.
Imposible es, atendidas las formas mezquinas y vulgares que desde hace más de un siglo se emplean en las casas sevillanas por los constructores contemporáneos (con rarísimas excepciones) formar concepto aproximado de lo que fueron aquellas grandiosas viviendas, que ya en los puntos más céntricos, como en los más apartados de la ciudad, alzábanse para atestiguar la esplendidez de sus dueños, los cuales hicieron de Sevilla una de las mas famosas ciudades del mundo; y apenas, si juzgando, en vista de los pocos testimonios que al presente se conservan, podemos formar acabado concepto del carácter artístico que en ellas dominaba, de los diversos ornatos que las embellecían, de los mil objetos que atesoraban, constituyendo cada una de ellas inapreciable Museo, en que lo mismo las Bellas Artes, que las obras artístico-industriales lucían en toda su plenitud.
Más para venir en conocimiento de lo que fueron y para apreciarlas en todo su valor, hay que tener en cuenta, precisamente, las exigencias de aquellas costumbres, el aspecto general de la edificación, la traza y proporciones de sus calles; y contando ya con estos antecedentes y con los datos que nos suministran los papeles viejos, podremos intentar, una casi restauración de la antigua ciudad, á partir del siglo XIV, que estimamos ha de aproximarse no poco á la verdad.
Reconquistada Sevilla en 1248, no hay que pensar que en un siglo hubiese experimentado una, ni radical ni apreciable transformación; por oponerse á ello circunstancias tan atendibles, como fueron las de haber continuado morando en ella parte numerosisima del vecindario musulman que prefirió la condición de mudejar al abandono de sus casas y haciendas y al ejercicio de sus profesiones. El hecho del truhan Pajas narrado en la Crónica de San Fernando, así lo confirma. Además, en épocas de turbulencias, de inquietudes y de militares empresas, cuando no podían gozarse todavía las ventajas de la paz, no era posible pensar en la realización de obras públicas, que ni las costumbres exigían ni los ciudadanos particularmente demandaban. La Sevilla de tiempos de Don Alonso X tuvo que ser la misma, ofreció el mismo aspecto, que la de los monarcas sucesores, hasta llegados los comienzos del siglo XVI.
¿Y cómo fue? Veámoslo.
Dentro del grandioso recinto de sus murallas, parecíase una red de callejuelas estrechas, tortuosas y sombrias, que formaban verdadero laberinto, en que abundaban los callejones sin salida, con alguna que otra plazoleta á que decian «barreras,» (ejemplos las de Alvar Negro y de los Marmolejos que ahora recordamos) las cuales formábanse delante de las casas más principales para desahogo de estas.
Las casas, no tenían más que uno ó dos pisos sin balcones ni ventanas, ni más huecos á la calle, que algunas estrechas aspilleras y ventanillos, ó ajimeces, palabra, cuya significación no era entonces la misma que se le dá hoy pues llamamos ajimez al vano gemelo, cuyos arcos se apoyan en una columna central; y entonces, los antiguos nombraron así á los vanos de cualquier forma, ocultos por un cierro, formado en sus lados y frente por tupidas celosias de madera, con su tejaroz, apoyado en canes de bastante vuelo, que proyectaban grandes sombríos batientes en aquella especie de caja calada, tras de la cual podíase ver sin ser visto, como actualmente existen en muchas ciudades orientales. Aparte de estos pequeños respiraderos, abiertos al exterior, como hemos dicho, ni el más insignificante detalle distraía los ojos en aquellos sucios ó blanqueados paredones, que remataban en tejados con enormes aleros y en su mayor número en azoteas. Confirma este concepto el hecho siguiente:
Cuando se recibió en Sevilla la nueva de la toma de Málaga, en Cabildo celebrado á 24 de Agosto de 1487, dispuso la Ciudad la celebración de grandes fiestas, y para conocimiento de los vecinos se mandó pregonar en las Gradas y en las Plazas de San Francisco y de la Alfalfa, la parte que á aquellos correspondía tomar en el público regocijo, diciendo así el pregonero: «asymismo mandan (los señores del Concejo) questa noche e mañana sábado en la noche todos los que pudiesen fagan fogueras y pongan fachones encendidos por sus açoteas y ventanas y candelas encendidas a sus puertas e fagan grandes alegrias por manera que se muestre el plazer de la vitoria que dios ha dado al Rey nro. Señor y á toda la xpitiandad lo cual todo fagan y cumplan sopena de dos mill mrs. á cada vno que lo contrario fiziere.»
Nótese bien que para nada se habla de balcones. En cambio del pobre aspecto, que imaginamos, las casas más humildes tenían entonces sus desahogos de corrales, huertos y jardines, por encima de cuyas tapias erguíanse balanceando sus elegantes ó melancólicas copas las palmeras y los cipreses, ó bien embalsamaban el aire con el perfume de sus azahares los naranjos y limoneros.
A raiz de la reconquista estableciéronse en Sevilla numerosas comunidades monásticas de ambos sexos, muchas de ellas no tardaron en construir sus casas y templos, y otras por lo pronto, adaptarían á sus necesidades los edificios que los monarcas les donaran. Unos y otros ofrecieron el mismo aspecto exterior que las edificaciones urbanas: altos y desmantelados paredones: y cuando aumentaron sus necesidades y adquirieron casas y edificios situados al opuesto lado de la calle, los arquillos y pasadizos facilitaron el tránsito de una parte á la otra, repitiéndose este caso frecuentemente aun entre los particulares. Así pues, el aspecto de la población con la estrechez laberíntica de sus calles, la pobreza exterior de sus casas y de tanto edificio religioso, con los densos batientes que proyectaban los arquillos, y los volados aleros y los ajimeces, debió ser lóbrego y triste, sobre todo, desde que el crepúsculo de la tarde comenzaba á envolver la ciudad en las sombras precursoras de la noche. En cuanto al tránsito por las calles, ya entrada aquélla, corríanse serios riesgos, contando con los montones de basura, con los grandes hoyos y con los cantos rodados que salían al paso.
Así nos figuramos «mutatis mutandis» á la Sevilla de los siglos XIV y XV, en cuanto al exterior de sus edificios, porque aquellas frías y desmanteladas viviendas, interiormente no debían serlo. Algunos restos que aun se conservan de casas de aquella época en Toledo y en Granada, leves vestigios en las de Córdoba y Sevilla, y sobretodo, el conocimiento general que nos ofrece la historia del arte, comprobado por la lectura de los documentos de la época y el de las costumbres de entonces, así como los caracteres generales que distinguieron á aquella sociedad, mitad cristiana y mitad sarracena, nos dan la clave para reconstituir también el interior de sus casas. El criterio que acerca de este punto ha tiempo abrigábamos, vímoslo comprobado en una excursión que hicimos á Tánger y á Tetuán.
Cuando dimos vista á ambas ciudades, cuando recorríamos aquellas sucias, estrechas y terrizas callejas, cuando penetramos en algunas de sus casas, á cada paso, á cada momento nos afirmábamos más y más en que lo mismo que aquellas ciudades, debió ser la nuestra, hasta que el renacimiento italiano comenzó á ejercer su influencia en la Península.
Tomando por base la estructura y disposición interior de las viviendas africanas, y las mismas que ofrecen todavia las nuestras en las ciudades andaluzas, y estudiando los vestigios que en éstas han podido salvarse de la destrucción, no puede caber duda que unas y otras fueron y son hermanas, pudiendo completar y restaurar las sevillanas con poco temor de incurrir en graves errores.
Franqueadas las siempre pequeñas puertas de ingreso, que más bien llamaríamos postigos, y el zaguán de dimensiones proporcionadas con el resto de la vivienda, penetramos en el patio, constituido por galerías altas y bajas con arcos inscritos en sendo arrabaes, bien de ojiva tumida ó de medio punto peraltados, que volteaban, ora sobre pilares de ladrillo agramilado ó de planta exagonal ú octogonal ora sobre fustes de mármoles de distintos diámetros, y á veces, hasta de desigual altura; diferencia que se salvaba, enterrando los fustes hasta dejarlos al nivel del piso, pues, importaba poco á los constructores que tuviesen ó no basas, así como que los capiteles correspondiesen á un mismo orden ó estilo, porque aprovechaban todo material que se les ofrecía sin el menor escrúpulo. Precisamente, en un monumento de la importancia de nuestro Alcázar, hallamos numerosos ejemplos de estas libertades constructivas.
Siguiendo el gusto sarraceno debió ser frecuente festonear los arcos con adornos lobulados ó angrelados de yeso ó estuco así como los intradoses y enjutas, todo ello labrado á lo «musayco» (que así llamaban á lo morisco) en finas yeserías. Las maderas de las techumbres de estas galerías bajas, lo mismo que las de las altas, serían de parihuelos apoyados en un friso ó arrocabe pintado más ó menos ricamente, según el lujo de los dueños y con dorados racimos estalactíticos en los ángulos de los corredores. Ancho friso, también de yesería, con bellas combinaciones geométricas, limitados en sus partes superior é inferior con inscripciones africanas ó cúficas, rodearían las galerías por bajo del arrocabe y análogo decorado serviría de marco ó arraba á los vanos de las puertas y á los de las ventanas ó á los ajimeces que daban luz á las «tarbeas» ó salas, las cuales, cuando tenían ciertas dimensiones, llamábanlas «palacios.»
Si decoraron los zócalos de las citadas galerías bajas, hiciéronlo, seguramente, con azulejos de mosáico, primer procedimiento con que se manifestó esta parte tan bella, de la industria cerámica.
En cuanto á los suelos, puede afirmarse que emplearon peregrinas combinaciones de ladrillos y azulejos, ya formando labores geométricas de estrellería polícroma incrustada en aquellos, ya de los pequeños ladrillos cuadrados, conocidos con el nombre de olambres ú olambrillas, ya finalmente, de azulejos tan solo. En medio de los patios había tazas de marmol muy estendidas y de poca altura, de la cual brotaba alegre surtidor de agua. A veces el centro del patio estaba terrizo, en forma de jardín, con sus bojes, mirtos y arrayanes, sus árboles frutales, sus cipreses y palmeras, jazmínes y granados y en el verano la odorífera albahaca.
El interior de las estancias nos lo figuramos decorado con zócalos de azulejos, frisos de yeserías y techumbres de alfarje ó de policromadas vigas y los muros blanqueados con cal, cubiertos de sargas, de guadameciles ó de tapicerías, según la fortuna de los dueños.
En cuanto al portage, debió ser, ya de maderas taraceadas, ya con clavazón de hierro ó ya con adornos pintados de vivos colores.[101]
Las galerías altas, generalmente, estaban formadas por pilares de madera con grandes zapatas que recibían el tejado de gran vuelo, y con barandas ó antepechos también de madera, de mármol ó de ladrillo, siendo muy análoga la decoración de las salas altas con las de la planta baja.
Como ejemplos de los últimos podrían citarse los patios de Sta. María de la Rábida y de San Isidoro del Campo.
He aqui á grandes rasgos, lector amigo, cómo he imaginado que serían las buenas casas sevillanas durante el siglo XIV hasta llegar á las postrimerías del XV; época en la cual, su aspecto exterior especialmente, varió por completo, pues así lo exigían la transformación de las costumbres y el radical cambio operado, lo mismo en las Bellas Artes que en las industrias artísticas, por la avasalladora influencia del Renacimiento italiano, que bien pronto hubo de dominar en el arte de la construcción.
Las relaciones íntimas que desde hacía tiempo, sosteníanse entre nuestra patria y aquella privilegiada región, cuna del arte, como consecuencias de gloriosas conquistas realizadas por nuestros capitanes, contribuyeron eficazmente á hacer extensivo dicho influjo, y así no es de extrañar, que magnates tan calificados como los Duques de Arcos y de Alcalá, los Marqueses de Ayamonte y de la Algaba, el Conde de Gelves, Don Fernando Colón, y otros más que sería prolijo enumerar, aceptando de buen grado dichas influencias, acudieran á artistas italianos, unos para que les labrasen las ricas portadas, fuentes y columnas de sus casas, otros sus sepulcros ó retablos para las capillas de que eran patronos, y todos ellos para que decorasen á la manera italiana las estancias y salones de sus palacios.
El gusto florentino, especialmente, se enseñoreó de nuestra ciudad, y entonces aquellos pobres y desmantelados muros de las casas del siglo XV fueron enriquecidos con monumentales portadas de marmol ó de piedra franca, con sus cuerpos arquitectónicos, con sus heráldicos escudos sostenidos por tenantes, con sus ricas pilastras y frontoncillos, y en suma, con todos los variados y espléndidos ornatos que caracterizan el llamado estilo plateresco.
En vez de mezquinos ventanillos con misteriosas celosias, distribuyéronse en las fachadas proporcionados vanos para balcones y ventanas, decorados con sendas pilastras y frontispicios arquillos con sus robustos y cincelados barandales de hierro, apoyados en labradas tornapuntas; las otras con magnificos herrajes enriquecidos con volutas y tarjas, flameros, geniecillos y pirámides; y las reglas eurítmicas más acomodadas á los principios del viejo clasicismo, aplicáronse á las nuevas casas, prestándoles un aspecto tan majestuoso como rico.[102]
Cierto, que en este periodo no olvidamos los sevillanos las antiguas tradiciones tan arraigadas entre nosotros; y sostenidas por tanto y tanto artifice mudejar como vivía aún en Sevilla, descendientes de aquellos «tornadizos» que si bien encubrían su nombre sarraceno bajo los más vulgares, y á veces ilustres apellidos cristianos, sus primorosas obras delataban á tiro de ballesta su origen muslímico; y así se comprende, que, al mismo tiempo que nuestros arquitectos, (que entonces se contentaban con ser llamados «maestros mayores de albañeria ó de cantería)» aceptaban sin escrúpulo las nuevas enseñanzas, no tenían empacho en que se manifestasen vivos los recuerdos del arte sarraceno, de lo cual resultó un estilo tan artístico como original el único verdaderamente genuino de Andalucía, que bien puede ser llamado «mudéjar plateresco,» del cual poseemos inapreciables ejemplares en las casas-palacios de los Duques de Alcalá, de Arcos, de Medina Sidonia y de Alba en las de los Marqueses de Ayamonte y de la Algaba, del Conde de Gelves, en las de los Jáureguis, Quirós, Arias de Saavedra, Marmolejos, Pinelos, Vazquez de Leca, Levanto, Mañara y otros, todas las cuales fueron suntuosas viviendas, en las cuales halla el curioso inequívocos rasgos que acreditan la fusión de los elementos decorativos platerescos, de filiación italiana, con los moriscos y ojivales, que de igual modo que en las viviendas, desplegaron su risueña y peregrina pompa en las edificaciones religiosas, en templos, monasterios y santuarios y ahí tenemos la mayor parte de los salones de la planta alta de nuestro regio Alcázar, edificados en los primeros tiempos del Emperador, que acreditan nuestro aserto, ofreciéndonos techumbres de traza sarracena con decoración plateresca de cuyo mismo gusto son los hermosos frisos de yesería que corren alrededor de los muros.
En prueba de lo dicho acerca de las diferencias que hubo entre las casas sevillanas del siglo XIV, y las del XVI véase lo que dice el historiador Morgado, en el capítulo que lleva el siguiente epígrafe «Del nuevo adorno exterior de las casas de Sevilla ... etc. Todos los vecinos de Sevilla «labran ya las casas á la calle,» lo cual da mucho lustre á la ciudad. Porque en tiempos pasados todo el edificar «era dentro del cuerpo de las casas, sin curar de lo exterior según que hallaron á Sevilla de tiempo de Moros. Mas ya en estos, hacen entretenimiento de autoridad tanto ventanaje con rejas y gelosias de mil maneras que salen á la calle.»
No puede ser más decisiva la confirmación que hace Morgado de los conceptos que venimos sosteniendo, pero véase también como aun los sevillanos no perdian la costumbre de las moriscas «gelosias».
En otro lugar de la misma obra añade: «Y assí no son las casas de Sevilla tan altas como las de Castilla la Vieja, porque de ser la ciudad tan húmeda y caliente, de industria las edifican sus moradores algo bajas, á fin de que las entren mejor los aires y desta causa abiertas y en Patios y Corredores. Lo cual también hacen por causa de las humedades porque mejor puede el sol bañar todas las calles y casas, que á no edificarse en esta forma, forzosamente fuera Sevilla de invierno más húmeda y fría y de verano más calurosa. Y así son de ver los admirables reparos para contra los calores, que hay en la mayor parte de las casas desta gran ciudad, por sus muchos jardines, con sus encañados revestidos de mil juguetes de jazmines, rosales, cidros y naranjos, de industria apanados que como los mirtos forman también grandes tablas y mesas muy llanas en todas las variedades de rosas y flores que se dan en Sevilla todo el discurso del año ... Los patios de las casas (que casi en todas las hay) tienen los suelos de ladrillos raspados y entre la gente más curiosa de azulejos con sus pilares de marmol etc.
Habla también Morgado de las fuentes de los patios con sus tazas de mármol y jaspe; así como de las macetas de diferentes hierbas odoríferas con que siempre fué costumbre adornarlos.
Al penetrar en algunas de las buenas casas sevillanas del siglo XVI, pasado el gran zaguan empedrado que servía para apeadero de carrozas y de caballos (ejemplo las casas de Alba, los Pinelos, Pilato etc.) sorpréndennos las hermosas proporciones de sus patios principales, con arquerías de medio punto peraltadas, sostenidas por columnas de marmol blanco de iguales dimensiones, con sus basas y capiteles ya platerescos, ya de los llamados sevillanos ó de moño, en su mayor parte procedentes de Génova; siendo de advertir que las arquerías no las vemos arrancar inmediatamente del ábaco del capitel sino que apoyan en un macizo de material de forma cúbica, que suelen ostentar en cada uno de sus frentes, sendos escudos de yeso ó de mármol, que aquí llamamos sota-capiteles. Dichas arquerías se ven, por lo general, adornadas en sus intradoses con yeserías, cuyos motivos, ó son de estilo de renacimiento ó mudéjares, como así mismo, los recuadros (arrabaes) en que cada uno de dichos arcos hállase inscrito. Zócalos de azulejos, no ya de mosaico (aliceres) sino de cuenca, guarnecían los muros hasta una altura conveniente, mientras que en la parte superior de los mismos corrian los indispensables frisos de yeso platerescos ó moriscos, siendo de advertir que en algunos de éstos, hechos ya á fines del siglo XVI, las inscripciones, africanas, por lo general, no son más que decorativas, sin valor fonético ninguno, prueba de que ya iban perdiéndose las tradiciones sarracenas.
Bellísimos adornos, también de yeso, guarnecían los vanos de puertas y ventanas: los primeros en forma de arrabáa, haciéndose extensivos á las enjutas, en cuyos centros lucían escudos familiares ó áureas con cabezas de damas y guerreros, mientras que en las segundas aparecen adornadas en forma de marco.