Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)

Chapter 7

Chapter 74,207 wordsPublic domain (Wikisource)

De pronto, ella observó que faltaba el hilo del mismo color que el vestido: “Esto es muy fastidioso, dijo ella, ya estamos lejos de Sait-Flour; pero debemos regresar; si mi vestido no se cose con el hilo verde, eso me traerá una desgracia”.

Estaban ya en la Baraque-d-l’enfer, en lo alto de la colina, pero se decidió regresar a la ciudad, pensando que ya que no se ha tenido buena memoria, es obligado tener buenas piernas.

Los dos futuros esposos habían dado apenas unos pasos cuando Jeanneton encontró, en el centro del camino, un ovillo de hilo del color de su vestido: “Qué suerte, dijo, este hilo me vendrá muy bien. En la ciudad no habríamos encontrado nada tan bonito y de tan bello color”. Y los dos jóvenes regresaron a sus casas.

A la mañana siguiente, la más habilidosa costurera del país hizo el vestido; estaba bien de ancho, bien de largo y no tenía una arruga. Al final todo el mundo coincidió en reconocer que ese vestido estaba muy bien y que la recién casada sería la más bonita el día de sus esponsales. El hilo era de un verde muy bonito y muy coordinado con el color del vestido.

El día de la boda llegó. Se había invitado a más de cincuenta parientes y a un gran número de chicas y chicos jóvenes de los alrededores. Todos dejaron la casa para irse hacia la iglesia. Hacía buen tiempo, Las campanas resonaban en el aire, y la gaita, delante de los invitados a la boda, creaba un ambiente divertido.

Dos niños la seguían cantando:

Se llega a la puerta de la iglesia; se entra, pero en el momento en que la futura esposa ponía sus dedos en el agua bendita, su vestido verde se deshizo en treinta pedazos. No había ni un solo hilo del mismo color que la tela.

El ovillo de hilo encontrado en medio del camino el día que Jeanneton no había hecho su oración por la mañana, ese ovillo de hilo, era lou Dra. (el drac) que se había convertido en ovillo de hilo.

Todos los invitados se retiraron espantados, la pobre Jeanneton, vestida a medias, no sabía dónde esconderse, y la boda no tuvo lugar.

Jovencitas, cuando vayáis a comprar vuestras cosas para la boda, no olvidéis hacer vuestra oración antes de salir. Temed al drac.

(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. II)

XLIV.- El ovillo de lana (Puy-de-Dôme)

La madre Miente (Marie) del pueblo de Maisse, era tan avara, tan avara, que habría cortado un huevo.

Con su rueca en la mano, ella seguía a sus vacas al campo de Aubespi (las bellas espigas) cuando encontró en el centro del camino un gran ovillo de lana, del color del animal. Se agachó rápidamente para recogerlo y tan rápido, tan rápido, que no pensó un minuto que había perdido la hiladora. Ella vio que el gran bolsillo de su mandil se abría tanto como para que cupiera.

Sin embargo, ella no pudo coger el ovillo. Corría, corría delante de ella, y la madre Miette, para cogerle de una vez, dejó a toda prisa su rueca al borde del camino. Sus dos manos libres tendían ávidamente hacia el ovillo para cogerlo. Pero nada; ¡se movía una y otra vez!

La madre Miette olvidó su rueca al borde del camino, sus dos bonitas vacas que, por costumbre, se iban solas tranquilamente al pasto y he aquí que ella corría como una loca detrás del ovillo que iba delante de ella. Parecía una loca: cuanto más le perseguía, tanto más la adelantaba; pero se le escapaba siempre. Ella cruzó jadeando las praderas de la aldea, subió sin darse cuenta la cuesta e Châtel-Guizon.

Parecía querer seguir al misterioso ovillo de lana al fin del mundo. Al final, renunció a seguir el ovillo, excepto una hebra de lana que ella llevaba.

Se puso a cogerle primero con sus dedos, y poco a poco se formó un magnífico ovillo. El otro ovillo no disminuía nada, sino que estaba corto, cada vez más corto, tirando de la vieja madre Miette.

Ella estaba contenta. Ella tenía no sólo en sus manos, sino también en sus brazos, un enorme ovillo de lana: pensaba hacer un vestido o unos bradzes (pantalones) para su marido, una falda para ella y ya verá con el resto. ¡Qué suerte! No sentía cansancio. Y de pronto, no pudo devolver el hilo de lana al ovillo por lo que se convirtió en uno enorme. Le daba pena, pero se resignó a romper el hilo.

¡Eso es lo que hizo Miette con un suspiro de pesar! Pero, de repente, el ovillo que ella había codiciado tanto, desapareció en un salto fantástico, y al mismo tiempo el bonito ovillo de lana que ella había obtenido con tanto esfuerzo, se escapó de sus brazos, sin poder hacer nada por retenerle.

Y he aquí que la vieja estaba corriendo de nuevo detrás del ovillo. Ella cogió incluso el hilo de lana. Veinte veces comenzó el mismo trabajo y veinte veces obtuvo el mismo resultado. Se la vio el mismo día en Mont-Redon, en Chastres, en Oursières, por todas partes, desaforada, casi sin aliento, extenuada, corriendo siempre detrás de un ovillo que ella devanaba frenéticamente.

Su marido entró a las vacas en Aubespi, la rueca al borde del camino, pero como el Judío Errante, la vieja madre Miette no paró en su carrera y ella corre aún.

Cuando encontréis ovillos de lana, del color del animal, recogedlos; pero con la intención de dejarlos a las hilanderas que los han perdido.

(Céline Mazier, Revue des Traditions populaires, t. I,p. 117).

XLV.- Los diablillos (Puy-de-Dôme)

El Tsoutsu (prensador) es un diablillo que llega por la noche para ahogaros, acostándose sobre el pecho: es así como él hace desaparecer a muchos de los jóvenes. En general tienen señales de manos delante del estómago, sobre los costados y el cuello. Se dice que son las almas de los abuelos sufriendo en el purgatorio, que vienen a ahogar a estos pequeños inocentes que, una vez en el cielo, liberan con sus oraciones a aquellos que están en el purgatorio a aquellos que les han asfixiado (Gerzat).

La pesadilla se produce por una bestia llamada el Retsousu, que llega a subirse al pecho de la gente y les asfixia lentamente. Si se despertaban, él desaparecía. Para impedirle que viniera, hace falta extenderse a las cenizas de su camino.

Para impedir al diablillo de ir a caballo durante la noche, hace falta poner la ceniza delante de la puerta; el diablillo está obligado de contar la ceniza antes de entrar.

En la noche, una pequeña bestia, equipado con un cascabel, iba y venía en la cueva de la granja de Pérou y hacía un gran estrépito. El muchacho, los sirvientes, los granjeros se levantaron y se pusieron a perseguir al animal. No pudieron conseguir atraparle; se refugió bajo un montón de madera que se puso de pronto a deshacer; pero cuando las gavillas se levantaron, se le pudo ver bien, pero no le vieron.

El diablillo es a veces un conejo blanco que se encuentra en la noche por los caminos: se le persigue, se deja que se le acerquen, pero no se le puede coger.

Ese era el tiempo de los señores: un campesino iba con frecuencia a la caza por la noche. Mató una liebre que se apresuró a meter en su cesto, y tomó lo más rápido que pudo el camino hacia su casa, pues entonces la caza era severamente prohibida. Pero a medida que se acercaba, la carga pesaba mucho más sobre sus hombros.

Cuando entró en su casa soltó el cesto y se fue a dormir. Cuando despertó a la mañana siguiente, en lugar de la libre, no encontró más que una bola de fuego.

El souffle es un pequeño animal que vive en los pozos, los mares y sobre las piedras húmedas. Si él te ve primero, su aliento te mata. Si se le ve primero, no hay problema. Eso es lo que se cree en Châteaugay. en Vimenet, el souffle es la salamandra; si el animal os ve, da miedo.

La labraude es una especie de gran lagarto negro y amarillo que respira una vez cada veinticuatro horas. Si se encuentra en ese momento cerca de una persona, de un árbol o de una planta, su aliento mata la planta, el árbol o la persona. Para salvarse, es necesario coger el animal, guardarla con uno mismo durante veinticuatro horas.

Cuando ella respire por segunda vez, coge la influencia mortal de su aliento y así es como uno se libera.

(Recogido por el Dr. Pommerol)

XLVI.- Los tesoros (Cantal)

En Trizac, los campesinos cuentan que en el bosque de Marlhiou, donde se encuentran muchos montones de tierra, restos de una ciudad gala, Cottenghe, de invisibles tesoros que han sido dejados al cuidado de las culebras. Un jueves santo, una pobre mujer, llamada Cattine Leybros, vio dos serpientes salir de esos escombros, llevando cada una un anillo de oro al cuello: evidentemente, eran dos genios.

La vieja, habiéndolas dejado que se alejaran, excavó justo en el punto donde las había visto antes y descubrió un gran vaso repleto de piezas de plata. Cattine llevó temblorosa este vaso a la iglesia y lo colocó sobre el altar. A la mañana siguiente, se encontró el tesoro intacto; pero las culebras, que habían intentado ir a recuperarlo durante la noche, fueron encontradas muertas cerca de la pila de agua bendita.

(Durif, p. 375)

XLVII.- La marmita de las piezas de oro (Puy-de-Dôme)

El jefe de una honrada familia de cultivadores poseía en la región de Routisses en Riom-ès-Montagnes, un pedazo de tierra que cultivaba con gran cuidado. Un día más temprano de lo habitual, había ido a su campo para dedicarse a sus trabajos habituales y vio sobre el borde de la fuente Saint-Georges tres culebras y al lado de ellas tres anillos de oro colocados sobre la hierba. Ahora bien, el buen hombre sabía perfectamente, como todo el mundo sabe en las montañas, que la custodia de los tesoros sepultados está encargado a las serpientes que llevan al cuello, como señal de su misión, un anillo de oro que ella suelen colocar con mucho cuidado sobre el borde de las fuentes, cuando vienen allí a quitarse la sed y tienen miedo de dejarlos caer; él no puedo dudar que ellas fueran las encargadas de velar por las riquezas escondidas bajo los escombros de Routisses. Pero lo difícil era descubrir sus escondites. Él quedó contento de poder escapar de su vigilancia, a base de tomar precauciones, y cuando ellas volvieron a coger sus anillos, les siguió y no tardó en verles desaparecer detrás de las ruinas de una vieja casa en ruinas.

Un tesoro estaba allí escondido bajo esas ruinas. Se puso manos a la obra y excavó. Sus esfuerzos no tuvieron éxito durante un buen rato. Al final descubrió unas grandes losas. Levantó una y dio un último golpe con el pico. Un sonido metálico golpeó sus oídos y pudo ver una pequeña marmita, un recipiente de estaño; ella contenía sin duda el tesoro. Eran unas piezas romanas y el se convirtió en un hombre rico.

(Deribier du Chatelet, t. V, p. 102) (Leyenda recogida por M. Robin, empleado)

XLVIII.- El señor impío (Puy-de-Dôme)

En una antigua casa solariega denominada el Château de Belle-ville, vivía hace tiempo un gran y poderoso señor que, como patrón de la iglesia de Dore, tenía grandes privilegios. No solamente el sacerdote debía ofrecerle el agua bendita y el incienso, sino que incluso la misa no debía comenzar hasta que llegara el señor de Bouchardot, que normalmente abusaba de su derecho señorial y llegaba muy tarde y a horas caprichosas, alegando que el viejo sacerdote, tenía el oficio de ayunar, mientras que los ricos, no valía la pena distinguirlos, y que, en cuanto al buen Dios, no se preocupaba de esperar.

Un día, el señor de Belle-Ville habiendo sobrepasado todas las medidas de sus costumbres, el cura comenzó la misa, pensando que el anfitrión del castillo no vendría.

¡De pronto, grandes rumores, imprecaciones y amenazas! Era el temible Bouchardot que entraba corriendo en la iglesia, furioso porque no había sido esperado. Se abrió un pasillo a través de la muchedumbre apesadumbrada y temblorosa y se lanzó al altar y apuñaló al santo padre que había comenzado a ofrecer el divino sacrificio. Se dice que la sangre del anciano salpicó la hostia y el cáliz.

Este crimen horrible no quedará impune. De repente, en ese mismo momento, un relámpago rasgó la nube, el rayo sonó y cayó al mismo tiempo sobre ese nuevo Heliodoro, que consumió su cuerpo y le redujo a polvo. Cosa maravillosa, eso fue en el mes de enero, el día de la Epifanía, que el formidable atropelló así al gran criminal.

Todo no terminó ahí, pues al salir de la iglesia, no hubo persona alguna que no viera el castillo de ese monstruo sacrílego devorado por el fuego del cielo. Nada se pudo salvar, excepto las puertas del castillo, con un trabajo de escultura bastante reseñable, y la hija de este malvado señor hizo llevar como voto expiatorio a la iglesia de Dore donde se puede ver aún.

(Abbé Grivel, p. 366)

XLIX.- La fuente que denuncia (Puy-de-Dôme)

Un señor de Couasse mató un día a su pastor, del que estaba celoso, y había tomado las mayores precauciones para que ninguna sospecha cayera sobre él.

Un pobre leñador fue acusado de esta muerte y se llevó delante del señor juez, que era el culpable. Fue condenado a muerte e iba a ser ejecutado cuando llegó un monje, que declaró haber visto al asesino irse a lavar las manos y su espada al arroyo vecino, y que él reconocía al señor de Couasse.

Como el señor ordenó prender al insolente, he aquí lo que le dijo:

- Hay un medio de limpiaros de toda sospecha: desenvainad vuestra espada, colocad la punta sobre vuestro escudo de armas y jurad que no lo habéis manchado con esta emboscada.

El señor obedeció, después el monje le pidió que llevara la punta de su espada sobre la cabeza del Cristo colocado sobre su escudo de armas. Cuando hubo hecho eso, tres gotas de sangre eran visibles sobre la cabeza del Cristo y sobre el escudo.

El monje le dijo entonces que fuera a la fuente del bosque de Couasse. Todo el mundo fue allí, y el monje hizo que vieran en el fondo de la fuente tres gotas parecidas a las que habían aparecido sobre la cabeza del Cristo y sobre el escudo de armas. A su joven hija, que estaba próxima, la espada del barón que tenía en la mano, rozó su vestido blanco, y tres gotas de sangre se pusieron sobre ese vestido. Una vez visto esto, el barón se hundió y cayó muerto.

Se asegura que durante ciertos días, la fuente del bosque de Couasse deja ver a través del cristal limpio de sus aguas tres gotas de sangre.

(Grivel, p. 354, abreviado)

L.- La Condesa Brayère (Puy-de-Dôme)

A un lado y al este del Pui-de-Chanat se veía no hace mucho tiempo aún, las ruinas de un castillo que había pertenecido a la condesa Brayère, que tenía un gusto muy pronunciado por la carne de los recién nacidos. Ella exigía de repente a los habitantes del pueblo de Chanat el sacrificio de algunos de sus hijos que se hacía llevar por su jefe de cocina. Un día, ese hombre, se abrumó por los remordimientos y resolvió hacer regresar a la condesa a unos sentimientos más humanos. Tomó un ternero recién nacido, lo colocó de la misma manera que los niños y se lo hizo servir en la mesa a la condesa, que quedó completamente engañada. Ella no había acabado su almuerzo aún cuando unos gemidos lastimeros se empezaron a escuchar en el corazón del castillo. Envió a alguien para que se enterara de qué pasaba y se le comunicó que lo que ella acababa de oír era los quejidos dolorosos de una vaca que la acababan de quitar su ternero y que, para buscar, había roto las cuerdas que la sujetaban en el establo. Cuando oyó esto, la condesa se emocionó, se compadeció del pobre animal, y dio orden para que se le devolviera su ternero; pero se le dijo que era imposible porque el ternero se le había servido en lugar de un niño.

Ante estas palabras, la condesa se asombró e hizo venir a su jefe de cocina, a quien pidió explicaciones por su conducta, y le hizo grandes reproches sobre su maltrato y su engaño. Él le respondió: “ Y usted, señora, ¿no tenéis nada que reprocharos? Usted ha llorado hoy por un pobre animal a quien se le ha arrebatado su ternero porque ha visto su dolor, pero ¿no está nada afectada por esas pobres madres a los que usted roba sus hijos? Usted no cree en sus lágrimas porque no las ha visto, pero usted hubiese sido testigo como yo, usted dejaría de exigir ese tributo de sangre”.

Ante esas palabra, la condesa gritó: “A partir de ahora, nada de más sacrificios de ese estilo, reconozco mis crímenes y los aborrezco amargamente y repararé mis errores”.

Ella cumplió su palabra y realizó piadosas fundaciones. Entre Menat y Montaigut, existen, o eso es lo que se cree, sobre un montículo, las ruinas del castillo de la condesa Brayère. Se puede ver en el arroyo que corre por abajo un hueco circular donde ella tenía la precaución de lanzar a los niños para lavarlos antes de alimentarse de ellos.

Muchas ciudades, muchos castillos, Issoire, Pontgibaud, Montferrand, Orcival, Olloix, Chanat, se disputan el alojamiento de la célebre condesa Brayère, fundadora de un magnífico templo en Issoire, de un monasterio en Montferrant, y cada uno tiene anécdotas que contar con su condado. En la montaña principal, donde los grandes veladas del invierno son empleadas para contar historias de aparecidos y hechiceros, la condesa juega siempre un gran papel.

(Bouillet, Album Auvergnat, p. 196)

LI.- El hombre lobo (Cantal)

En la ladera de una colina rodeada en su base por el Loire, que no era entonces más que un simple riachuelo, se encuentran las ruinas del castillo de Montsue, la sombra de cuyas torres dominaban hace mucho tiempo el país en veinte leguas a la redonda.

La tradición ha conservado el recuerdo de los señores de Montsue, las atrocidades que ellos cometieron, la dureza que tuvieron con las pobres gentes, y cuando los campesinos miran sus ruinas, no pueden dejar de estremecerse con el recuerdo de los señores que les sucedieron, y sobre todo con el último de ellos que, en castigo de sus crímenes, habría sido transformado en una bestia monstruosa. He aquí lo que cuentan las viejas mujeres, en tardes de veladas desde hace mucho tiempo, y hasta donde alcanza la memoria de los abuelos de sus abuelos que les habían contado a ellas.

Este señor chantajeaba a los viajeros y a los comerciantes, golpeaba a los campesinos, les hacía encarcelar sin motivo, por ejemplo, se decía, y se divertía a veces también tomando como punto de mira a mujeres o a niños, disfrutaba poniendo fuego en los pies de los individuos a los que él suponía con dinero, raptaba a las chicas jóvenes y las martirizaba. Su audacia y su brutalidad no cesaba ni siquiera delante de la nobleza más débil que él. Se dice que habiendo raptado a una joven chica de una noble familia de los alrededores (la familia vive aún en el país), la hizo agarrar por los cabellos y la dejó morir lentamente de agonía, para castigarla por su resistencia.

Un buen día, los habitantes de la región conocieron que el barón de Montsuc había desaparecido, pero a la vez se empezó a hablar vagamente del encuentro de un animal fantástico que se había lanzado sobre los rebaños y les había diezmado; incluso bastante gente afirmó haberle visto.

Era un animal más grande que un lobo, cuyos ojos lanzaban chispas y llamaradas y humo por la boca. Recorría grandes distancias con la velocidad del viento y había sido visto a la vez por individuos situados en muchos lugares. Pronto esta bestia, un hombre-lobo, se decía, asoló el país, matando y devorando a los hombres y a los animales, acosando sobretodo a las mujeres y a los niños, raptando a las jóvenes que guardaban sus rebaños. En el país se recurrió a novenas y a rogativas para liberar el país de esta calamidad. Ningún cazador osó enfrentarse al monstruo, sabiendo que sus balas no habrían podido alcanzar un ser sobrenatural, y mientras tanto en los siguientes años la bestia asoló el país. Su punto predilecto era una encrucijada en el centro del bosque denominado de la Vroussotte, atravesado por dos grandes caminos que aún se llama en el país La Crou-dé-Runa. Es allí donde él esperaba a los viajeros y a los campesinos retrasados.

Los leñadores más audaces que iban al bosque se encontraban miembros de niños diseminados bajo los árboles. Y la leyenda está aún tan viva en el recuerdo de los habitantes del país que se cuenta con tal claridad que en esa encrucijada se ha encontrado, ya sea carne despedazada, ya sean cabezas, un brazo o los trajes o una pierna de un niño, y se dice incluso el nombre de las familias afectadas por el monstruo.

Sin embargo, un viejo cazador, una tarde, regresando de su trabajo, oyó unos gritos desesperados que llegaban de la dirección de la choza donde él vivía. Se precipitó hacia allí y encontró una joven secuestrada por el monstruo que intentaba llevársela. Se lanzó y de un golpe de hacha destrozó los riñones del animal y le hizo una gran herida. Ahora bien, la leyenda enlazó los estragos cometidos por este monstruo a las atrocidades del barón de Montsuc, dice que la bestia, que no era un hombre-lobo, fue herido y se transformó de pronto en la persona del barón y que le dijo entonces al cazador con una voz agonizante: “Te agradezco que me hayas herido, pues en castigo de mis crímenes, fui condenado a errar bajo esta forma durante toda la eternidad. Necesitaba para liberarme que la mano de un cristiano hiciera correr mi sangre”. Y diciendo estas palabras expiró.

Pero los incrédulos, los espíritus fuertes, los “higanauds” (los hugonotes) consideran simplemente que el hombre-lobo herido por el cazador no era más que un viejo lobo que sobresalía por su fuerza y su audacia y cuyo coraje fue aumentado por el hambre que precedió a la Revolución.

(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires,T. v, P. 216)

LII.- El castillo de Baffie (Puy-de-Dôme)

Cuando Éléonore murió, todo el mundo vio y se apercibió como una paloma blanca como la nieve partía de la torre del castillo de Baffie, por el lado sur, donde ella hacía su vida, y se echó a volar para no regresar. Pero, en cambio, en el foso que rodeaba esta torre, se había visto, y se vio durante mucho tiempo, una enorme y fea labrune (salamandra), cuyo aliento era mortal tanto para los hombres como para los animales, y que ninguna persona había osado matar a la bestia inmunda puesto que ella inspiraba mucho miedo.

Cierto tiempo después de aquello, llegó un intendente que parecía disfrutar haciéndose detestar, y cuyos cabellos eran del mismo color que los de Judas. Su nombre, sin hablar de su presencia, hacía temblar y sirvió mucho tiempo después como fantasma para los niños de los alrededores, que por supuesto, detenía las alegres travesuras cuando se veían amenazados del Roux.

(Abbé Grivel, p. 145)

LIII.- El fantasma de los D’Amboise (Cantal)

Cuando en 1587, Jacques d’Amboise dejó Ambijoux para ir a encontrarse con la armada real, percibió en el patio del castillo un mendigo llamado Dreil, que le miraba tristemente. “Toma, le dijo d’Amboise, lanzándole una moneda”. El anciano respondió con este agradecimiento usado por nuestros montañeses: “ Que la mano que se abre se mantenga largo tiempo repleta”. Después él recogió el escudo de plata y, cuando el conde desapareció, se vio a Drevil derramar algunas lágrimas.

Interrogado sobre su tristeza, el mendigo explicó que esa misma mañana, en el momento en que el señor Jacques hacía, delante del altar de la capilla señorial, su oración de despedida, él Dreil, arrodillado en un rincón había visto el fantasma de los d’Amboise colocarse detrás del conde y quedarse allí silenciosos. Como esta aparición presagia siempre una muerte, tened por cierto, añadió Dreil, que el señor d’Ambijoux no regresará.

Dos meses después, Jacques d’Amboise fue asesinado en Coutras.

(Durif, p. 246)

LIV.- La hospitalidad rechazada (Puy-de-Dôme y Cantal)

El Gour de Tazenat era en otros tiempos la localización de una ciudad. Jesús pasó por allí y pidió pan. Nadie quiso dárselo, a excepción de una mujer que amasaba su pasta. Y cuando ella estuvo cocida, le ofreció el pan. Jesús le dijo a la mujer que iba a castigar a los habitantes y le invitó a esconderse para evitar la muerte, pero que se cuidara de mirar detrás de ella. Jesús engulló la ciudad, pero la mujer quiso mirar y se convirtió en piedra.