Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)
Chapter 6
XXX.- Los cuervos delatores (Puy-de-Dôme)
Era la víspera de San Miguel, y una de esas mañanas sombrías, tan habituales en estas montañas, que anuncian que la nieve está en el cielo: Per la Saint-Micham l'eivar i au cha.
Dos transeúntes que tenían bastante mala pinta iban caminando por la carretera que conduce de Champétières a Sauxillanges. Llegados a la encrucijada de un pequeño bosque que bordeaba el camino, quedaron distraídos por el graznido de algunos cuervos que se hallaban sobre unos árboles vecinos:
─ Mira ─dijo uno de ellos al otro, en voz baja y mirando alrededor de él con precaución─ qué cosa tan rara. Me parece que son los mismos cuervos que estaban aquí cuando matamos a aquel pillo vendedor de hilo, un día como éste y a una hora semejante. Menos mal que estas bestias miserables chillan, pero no hablan.
Un pastor que se hallaba cobijado detrás de una roca que le ocultaba de los dos escuchó aquellas palabras, y se apresuró a dar aviso a los hombres de la justicia.
Se dirigieron rápidamente a los dos forasteros, quienes, vencidos por la sorpresa y el temor, se contradijeron en sus respuestas y terminaron por confesar su crimen.
Hacía cerca de veinte años que había sido cometido aquel homicidio, que había causado gran sensación en el país, sin que se hubiese podido descubrir los autores, quienes fueron al final condenados a muerte y ejecutados.
(Abbé Grivel, p. 99)
XXXI.- Lo que pasa en el otro mundo (Puy-de-Dôme)
Dos amigos habían jurado entre ellos que lo compartirían todo en esta vida y en la otra.
Murió uno de ellos, y tres días después de su muerte se le apareció al que seguía todavía en este mundo.
─ ¿De qué parte vienes tú? ─le dijo el de aquí.
─ Del lado de Dios y de la amistad jurada.
─ Todo está pensado, nada está terminado.
Y el fantasma desapareció de pronto. Insistencias, oraciones para llamarle y para saber más cosas de él: todo fue inútil.
El superviviente se tuvo por advertido, y aprovechó el tiempo que la bondad de Dios le concedió todavía para poner sus cuentas en regla antes de su fin exacto e invariable.
(Abbé Grivel, p. 101)
XXXII.- La niña intrépida (Puy-de-Dôme)
En el bosque del Arbre de Puy-de-Dôme, sobre una cruz hecha en piedra, hay un pedestal sobre el que se halla una pequeña imagen que tiene la altura de un pie y que representa a un mujer que está en oración. He aquí la leyenda que se cuenta acerca de ella.
En las cercanías solían contarse historias de diablos y de ánimas en pena. Había allí una niña osada que se empeñó en decir que todo aquello no eran historias verdaderas, y que si fuera por ella, iría no importa dónde, tanto de día como de noche:
─ Apuesto vuestro lazo rojo a que no irás más que hasta la cruz.
─ De acuerdo ─respondió ella─, pues iré.
Se puso en camino, y los jóvenes la siguieron desde lejos. Pero el diablo al que ella había querido desafiar la violó, y al día siguiente fue encontrada en la actitud de la estatua.
Hay quienes creen que fue transformada en piedra, y que se la ve petrificada al pie de la cruz.
(Contado por el Dr. Paulin)
XXXIII.- La caza maldita (Cantal)
Sobre la cima elevada de los valles de Brezons y de Malbo se levanta una cruz que está en la encrucijada de dos caminos. Nuestros montañeses más osados no se atreverían a pasar por allí a la medianoche. ¡Ése es el lugar por el que en días y plazos que nadie conoce pasa el Cazador Mayor con su jauría y su cortejo infernal! ¡Desgraciado del viajero rezagado que se encuentre con su comitiva! Estará perdido, desaparecerá para siempre, y ningún resto suyo será encontrado si la providencia no le da tiempo para dedicar una oración al gran santo Hubert, si no encomienda su alma a nuestra buena señora, la Virgen bienhechora del Rocher de San Martín, y si refugiado detrás de alguna pared u otero, no se santigua devotamente ante la proximidad de la caza diabólica.
Si, por el contrario, la buena Virgen del Rocher le toma bajo su protección, será testigo del más extraño espectáculo. La jauría, compuesta de un número infinito de perros, pasará frente a él, jadeante, con las bocas abiertas, aunque ningún aullido salga de sus fauces inflamadas. Los monteros de vestiduras escarlatas, con los ojos de fuego, embocando sus trompetas que no suenan. Y, por añadidura, el mismísimo Cazador Mayor, vestido también de escarlata, con su látigo en la mano, y precedido por todo su séquito de perros.
El juego de sus miembros deja oír un crujido seco y lúgubre; su pie golpeando la tierra devuelve un ruido extraño; y sus vestidos parecen no cubrir apenas sus huesos consumidos; se diría que su cabeza está hueca, y que el reflejo de sus ojos parece el efecto de un carbón ardiente.
(Deribier du Chatelet, T. I, P. 303)
XXXIV.- Las hadas
Las leyendas de Auvernia hablan de hadas locales que vivían en las grutas y que se reunían alrededor de los megalitos. Muchos lugares pasan por haber sido frecuentados por ellas. Pero el recuerdo que han dejado no es grato en general. Difieren en eso de las de la Alta Bretaña y gran parte de Francia. Parecen más bien emparentadas con la Groac'h de la Baja Bretaña, igual que con ciertas hadas de Berry.
A la altura de San Simon, no lejos de Aurillac, se distinguen dos pequeños montículos, bastante cerca el uno del otro, cubiertos los dos por altas hierbas. Antaño evitaban los pastores aquel lugar, porque creían que las hadas que se reunían allí podían arrojar sortilegios contra su manada. No era raro, en efecto, percibir por la mañana, muchos círculos dibujados sobre la hierba. Con frecuencia el césped, refrescado la víspera, se encontraba a una cierta distancia apilado y como pisoteado a la mañana siguiente: no hay duda de que todo aquello debía ser obra de las hadas, señal y rastro de sus pasos.
(Durif, p. 550)
El peñasco de las Hadas, cerca de Bourg-Lastic, fue llevado allí por las hadas en sus delantales, en una sola noche de hace muchísimo tiempo, y ellas lo dejaron allí muy resueltas.
Cuando el señor descendió de su castillo de Préchonnet, y vio aquella mole en medio de su hermoso trigal, montó en cólera y mandó a toda su gente que se levantase aquella gavilla de allí.
¡Igual le hubiera dado si hubiera querido desplazar el Puy-de-Dôme! El señor se obstinó: hizo trabajar el cañón, hizo excavar la mina. Pero lo único que pudo conseguir, a fuerza de tiempo y de esfuerzos, fue hacer una muesca en una de los cuadrados de la superficie. Las hadas volvieron, se echaron a reír y decidieron mantener la ranura como prueba de la impotencia del señor.
(Mme. Bayle-Mouillard, Tablettes historiques de Auvergne, t. II, p. 390)
XXXV.- El hada de Montravel (Puy-de-Dôme)
Las gargantas profundas que hay en la parte inferior de las ruinas del viejo castillo de Montravel estaban habitadas en otros tiempos por las hadas. Muchas de ellas se habían vuelto odiosas y terribles, por culpa de los robos y raptos de niños pequeños.
Una desdichada campesina a quien ellas acababan de raptar al suyo se hallaba en la más grande desolación. Un día en que estaba llorando a lágrima viva vio aparecer, cerca de la fuente a Blanche-Fleur, al hada bienhechora que todo el mundo amaba, porque era la única de entre las suyas a la que le gustaba hacer el bien.
Blanche-Fleur dijo a la desolada madre:
─ Pobrecilla madre, te compadezco, pero no vas a tener que llorar mucho tiempo. Coloca enseguida a la entrada de la caverna que se halla más cerca de la gran roca unos pequeños zuecos muy relucientes, de color amarillo ahumado, y esconde alguno a poca distancia para que haga su efecto en el momento que convenga.
Las indicaciones del hada bienhechora fueron enseguida obedecidas. Al cabo del tiempo salió un pequeño Jadou de la caverna, vio aquellos alegres y pequeños zuecos, los miró, quiso calzarlos en sus pies, pero se enredó, tropezó y cayó. Se acercó rápidamente y lo recogió. Se acercó al hada que estaba con la madre llorando al lado, y propuso el canje de los dos niños, lo que se efectuó de manera inmediata.
Mientras tanto, las malvadas compañeras de Blanche-Fleur no tardaron en descubrir que era ella quien había ideado la estratagema que acababa de ser utilizada. Así que, después de maltratarla, la despidieron sin misericordia.
La desterrada Blanche-Fleur deambuló por los alrededores, con los cabellos en desorden, su dulce y bella cara oscurecida por el dolor, llevando a su niño en sus brazos o sobre su espalda. No pedía ni aceptaba nada para sí misma, sino solamente para él. Y cuando era invitada a tomar algo de alimento, respondía con una expresión de melancólica ternura:
─ Lo que alimenta a mi niño, me alimenta a mí también.
Durante muchos días no se vio apenas al hada bienhechora. Pero he aquí que una mañana el ermitaño del bosque de Boutran, al caer la tarde, yendo a dar gracias al Señor a la montaña, vio de pronto a Blanche-Fleur arrastrarse con paso vacilante hasta sus pies llevando a su niño que, como ella, no tenía ya más que un soplo de vida.
─ Padre ─le dijo Blanche-Fleur─, el niño y la madre van a morir. Tú que eres el amigo de Dios y el depositario de su poder, puedes salvarnos para la vida verdadera. Te pedimos el bautismo.
De pronto le fallaron las fuerzas, y se desplomó con su preciosa carga. Con un esfuerzo supremo, encontró aún energía suficiente para levantar a su niño hacia la ermita y para decirle:
─ Si no puedes salvarme, salva al menos el fruto de mis entrañas.
Una fuente de agua viva corría por el lugar. El anciano pudo así bautizar a la madre y al hijo. Añadió después:
─ Madre feliz, vivirás siempre junto a tu hijo la misma vida, la vida eterna. Ya puedes decir de verdad: “el que alimenta a mi hijo, a mí me alimenta”. Blanche-Fleur y su joven y tierno enfermo estarán felices en el cielo.
Blanche-Fleur respondió con una sonrisa que se quedó sobre sus labios, en el instante mismo en que su vida se apagaba.
(Abbé Grivel, p. 371)
XXXVI.- Las hadas y los hombres (Puy-de Dôme)
En tiempos antiguos había hadas en gran número, y eran muy temidas en el Livradois. ¿Qué es lo que les llevaba a lanzar grandes gritos y a proferir amenazas horribles que erizaban los cabellos de la cabeza de quienes los oían? ¿Qué es lo que, en fin, les hacía destruir durante las noches más cortas todo lo que los trabajadores habían levantado con tanto esfuerzo durante los días más largos de la época de San Juan? ¡Y sus herramientas destrozadas, esparcidas como si fueran paja o cerillas!
¡Ah, ya sé! Es que rompiendo y revolviendo en todas aquellas rocas llegaban hasta las cavernas profundas en las que habitaban las hadas. Eran profanados, así, sus retiros misteriosos, violadas y devastadas sus moradas. Y, para colmo, se atentaba y se les quitaban muchos de los descendientes que ellas amaban como cualquiera los ama. No se les dejaba más que los ojos para llorar.
¡Era por eso que se echaban a llorar y a llorar de repente, desoladas y más desoladas! Una hermosa mañana raptaron a todos los recién nacidos cristianos de los alrededores. ¡Había que ver a las pobres madres! A todas sus quejas, a todas sus súplicas, respondieron ellas:
A la fuerza consiguieron que se aceptara el canje. Y dicho y hecho.
Cuando los niños cristianos se hallaban ya en los brazos de sus madres, que no se sentían del todo satisfechas, y cuando las hadas levantaban ya a los suyos para abrazarlos, ¡vaya rabia!, descubrieron sobre los labios de sus niños el sello bautismal. Al instante las manitas de aquellos niños señalaron la frente, el pecho, el hombro izquierdo y el derecho. Se les había hecho cristianos, sin duda, se les había “deshadado”. Y quienes antes del bautismo eran pequeños y feos monstruos eran ahora felices como ángeles.
Eso no está bien, pues en lugar de ser seducidos, las hadas los rechazaron sin piedad ninguna, y los colocaron sobre elevaciones, algunos en lo alto de rocas, otros sobre ramas de árboles. Luego se ocultaron ellas, dando agudos alaridos.
En las rocas de Morel y en las profundidades tan temidas de la Vaure es donde van a esconder su pena y su desgracia. Sin embargo, no desaparecieron del país hasta que comenzó a sonar el ángelus.
En cuanto a sus niños, tampoco duraron mucho tiempo huérfanos. Todo aquello fue muy bueno para la salud de sus almas y de sus cuerpos, y para que pudiesen vivir entre más cuidados. Las madres humanas los consideraron como niños de pecho que el cielo les había confiado, y los niños fueron para ellos como hermanos o hermanas. Con el tiempo llegó a haber incluso matrimonios entre ellos, y así se consumó la unión de las dos razas.
(Abbé Grivel, p. 121)
XXXVII.- El salto de la devota
Ése es el título que lleva una leyenda que A. Bancharel incluyó entre sus Veillées Auvergnales , t. I, p. 24.
Hela aquí resumida: la reina de las hadas ordena a sus súbditos que fueran a coger a una beata o una devota en el bosque donde ella está adormecida sobre sus trajes. Cuando se la llevan, la reina le propone que se despose con su hermano. Se niega la devota, y cuando el hada quiso tocarla con su puñal de oro, ella le opuso una cruz de plata que rompe el puñal.
El hada, irritada, la amenazó con lanzarla precipicio abajo si no se casaba con su hermano:
─ Cuando se muere en la fe, el buen Dios abre las puertas del paraíso ─respondió la beata.
Tocó a las hadas con su cruz y ellas se desvanecieron gritando. El traje, cuando quedó sin sujeción, cayó al fondo de la sima donde se estrelló la beata.
XXXVIII.- La danza de las hadas (Cantal)
Una tarde de verano, después de haber hecho danzar a la juventud de la boda al son de su gaita, Jacquillou (Jacques) el gaitero, con la cabeza un poco acalorada, apostó que iría a ver la danza de las hadas en los cuatro caminos del centro del bosque. Era valiente y muy fuerte, aquel Jacquillou, y jamás había creído que hubiese hadas.
La noche era clara, y nuestro gaitero partió con su gaita debajo del brazo. Dos o tres veces le pareció que alguna cosa le seguía. Era el miedo, sin duda. Pero tenía demasiado amor propio como para regresar.
De pronto, en cuanto llegó a los cuatro caminos, vio a una veintena de hadas que bailaban en círculo. Jacquillou sintió miedo, no se dio cuenta de que aquellas damiselas estaban pálidas y delgadas, ni de que, cuando se golpeaban en las manos se oía un ruido como el que llega de los huesos sin alimento.
El pobre Jacquillou se sintió trastornado. Le causaban admiración aquellas señoritas ligeras que estaban vestidas de blanco. Se creyó que estaba en el centro de una boda, tomó su gaita y rompió a tocar.
La música hizo huir a las hadas. Sin embargo, tres o cuatro se dieron la vuelta hasta donde estaba el músico y se pusieron a bailar. Pero al cabo de un momento cesaron de hacerlo, una de ellas se apoderó de su sombrero, y la otra le quitó su bufanda. La más hermosa tomó la roseta de lazo que Jacquillou llevaba en el ojal y se escapó.
Nuestro músico corrió detrás de ella, pero el hada era tan ligera que ni siquiera alcanzaba a tocar la tierra, aunque al final logró acercársele. Era una sombra, y no había medio de cogerla. Y cada vez que Jacquillou tenía ocasión de agarrarla entre sus brazos, ella se escapaba siempre.
Llegaron corriendo al borde de un precipicio, el Abismo de la marmita. Allí nuestro músico, al darse cuenta del peligro, se detuvo. Pero estaba tan enamorado del hada que a toda costa quería cogerla. Se abalanzó hacia ella y cayeron los dos en el precipicio. Retumbó en el bosque un ruido parecido al golpe de un cuerpo, y aquello fue todo.
A la mañana siguiente el pobre gaitero fue encontrado casi muerto, cubierto de sangre. Su gaita estaba a su lado, pero jamás pudieron encontrar la rosa ni el sombrero.
Aún respiraba Jacquillou. Tuvo tiempo de relatar lo que había pasado, pudo recibir la confesión, pedir perdón a Dios y morir.
(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. VI, p. 183).
XXXIX.- El corro de las hadas (Cantal)
Una noche de sábado un muchacho llamado Irald pasaba cerca del Lago de las Hadas a las once. Desde un claro de luna vio, sobre una elevación, a seres aéreos. Pudo aproximarse hasta su danza sin que su presencia fuera detectada.
Pero de repente se detiene el corro, dos hadas rompen la cadena y le hacen una señal para que vaya a ocupar el lugar que le habían reservado. El muchacho se precipita hacia allí, pero aunque sus manos se unen a las de sus hermosas vecinas, una cosa como áspera y helada le agarra como atornillándolo, y un escalofrío penetra en su cuerpo. Entonces comienza una ronda infernal: Irald es metido en ella con una rapidez espantosa, sus fuerzas se van consumiendo dentro de aquel torbellino; al final se rinde y cae casi aturdido sobre aquel maldito suelo.
El corro continuaba su danza sin cesar. Dio la hora de la medianoche, la luna se ocultó todavía más. En aquel instante aquellas hermosas niñas desaparecieron, se metamorfosearon y él ya no vio más que esqueletos terroríficos cuyas huecas cabezas lanzaban llamas por los resquicios que tenían.
El cuerpo fétido de un niño muerto antes de recibir el bautismo es conducido hasta allí, y el odioso grupo se prepara para entregarse a un festín espantoso.
Se le ocurre la idea de encomendarse al gran santo Geraud. Cuando se persigna cunde de pronto el desorden dentro de la banda infernal.
Aquella de las hadas que a él le había parecido la más seductora se acerca, exhala sobre un cabeza un aliento en llamas, el fuego calcina sus cabellos y una mano ardiente imprime sobre su mejilla un estigma de reflejos ensangrentados.
Irald perdió el conocimiento y no pudo enterarse del final de aquella visión satánica. Cuando se despertó, la colina había retomado su aspecto acostumbrado, pero él conserva todavía aquellas señales.
(Deribier du Chatelet, t. IV, p. 365)
LX.- El castigo de las hadas
Las hadas de la Gruta de las hadas de Puy-de-Préchonnet vivían desde hace mucho tiempo felices en lo alto de su hospitalario monte.
Reinaban como soberanas sobre la comarca, a la que colmaban de dones y de favores. Eran queridas, bendecidas y adoradas. Presidían los nacimientos y las alianzas conyugales, y todo se hacía bajo sus auspicios: jamás se recurría en vano a sus varitas mágicas.
Pero en un instante quedaron perdidas. Humilladas de ver riendo a Préchonnet, dominado por el magnífico Puy-de-Dôme, osaron conspirar contra el monte gigantesco; se reunieron en asamblea y solicitaron a la naturaleza el esfuerzo de reducir la altura del uno, y de alzar a otro ensanchando sus laderas y levantando su cima hasta el nivel de las más altas montañas.
¡Deseo temerario! Quedaron metamorfoseadas en ratones (P. 192) calvos y condenadas a expiar sobre aquel mismo lugar su falta: la indiscreción de un deseo que sería disculpable si no hubiese sido dictado por el orgullo y la envidia.
(Abbé Cohadon, Tablettes historiques de l’Auvergne, t. II, p. 201)
XLI.- La partida de las Hadas (Puy-de-Dôme)
Las cavidades que se ven en la superficie de la Roche-aux-Fées en la Bourboule y cerca del Mont-Dore están atribuidos a las hadas. Las hadas, dice M. Lecoq, según las historias que cuentan las gentes del país, habitaban en otros tiempos la Bourboule y habían tomado el país bajo su protección; eran buenas, amables y habían realizado grandes servicios. Habían ocupado la roca a fin de dar una salida a las aguas que este dique retenía cautivas y que formaban el lago de la Bourboule. Gracias a esto, el valle llegó a ser cultivable; se llenó de bellas praderas y las aguas termales que perdían en el lago llegaron a hacerse visibles y fueron recogidas. Ellas enseñaron a los habitantes sus propiedades y se asegura que incluso tomaron baños.
Como otro de estos favores, ellas protegían los alrededores contra las incursiones de Aimerigot, que ocupaba en el siglo XIV el castillo de la Roche-Vendeix y que extendía por todas partes sus estragos.
Aimerigot había intentado muchas veces desalojarlas; pero las hadas habían desbaratado hasta entonces sus proyectos. Un día, sin embargo, en recuerdo de un suceso feliz ya no se cuenta, las hadas, separadas de su roca, cantaban bebiendo cerveza y comiendo una tortilla; Aimerigot, que les vio de lejos, les sorprendió; y tomó el lugar que estaba dividido en dos partes. El primero formaba el salón. Se veía allí una especie de canapé o de banco tallado en la roca, y también la base del tabique que separaba el salón de la cocina (y que estaba formada por el saliente de un filón de cuarzo). Las hadas, que estaban entonces en su cocina, no tuvieron tiempo de escapar con esos procedimientos que les eran conocidos y abandonaron definitivamente el país.
Ellas, sin embargo, quisieron dejarles un recuerdo de su estancia allí. La sartén y los vasos que utilizaban fueron dejadas por ellas como una huella en la roca. Y desaparecieron de la superficie.
Esas son las cavidades de las cuales nosotros hemos hablado, y que se llenan de agua después de las lluvias.
Hay cuatro o cinco de esas impresiones, lo que puede hacer suponer que esas damas eran esa cantidad.
(Bouillet, Statistique monumentale, p. 26)
XLII.- El Drac
El Drac era un espíritu, una especia de diablo que, en otros tiempos, recorría los campos durante la noche y se divertía causando problemas a los campesinos y sobre todo a los pastores, los boyeros y los vaqueros.
Cuando el Drac entraba en un establo donde los pastores y boyeros dormían tranquilamente en sus camas, tiraba suavemente de su manta, la rebozaba en el estiércol y la colocaba sobre los durmientes diciénoles: “¡Fuego, fuego, fuego!”.
Otras veces, el Drac trenzaba las crines y la cola de los caballos de tal manera que a la mañana siguiente ninguna persona era capaz de desenredarlas. En otras ocasiones, desataba las vacas y cuando los vaqueros oían caer las cadenas sobre el suelo del establo, se levantaban e iban a volver a atar a sus animales, pero apenas se volvían a acostar cuando: “¡Drinn!!, las cadenas volvían a caer de nuevo sobre el suelo. La broma duraba así toda la noche.
El Drac podía tomar todas las formas que deseara. Se convertía en hombre, mujer, árbol, cabra, etc, pero no podía transformarse en aguja. Le era imposible imitar el ojo.
Una tarde –hace más de ochenta años de eso- Guillaume de la Catoferro pasaba a lo largo del arroyo de los Narcisses, muy cerca del castillo de Calhac, cuando cayó la noche. Vio una oveja que balaba desesperadamente. Guillaume pensó, lógicamente, que era una oveja perdida. Corrió hacia ella, la agarró por la lana y, como parecía muy fatigada, la colocó sobre sus espaldas. Guillaume continuó de esta manera su camino. En el justo momento en que entraba en el sendero del Grand-Pré, debajo de una hilera de nogales, oyó entre los árboles una voz que gritaba: “¿Dónde estás?”. La oveja respondió de pronto: “Estoy aquí sobre la espalda de un loco.
Guillaume no era en absoluto cojo para dejar el animal en tierra y para salvarse al galope. Cuando salió pitando, oyó a la oveja que le decía: “Ah, ah, ah! como he disfrutado!”.
Habréis adivinado, seguramente, que la famosa oveja no era otro más que una de las numerosas transformaciones del Drac.
(H.M. Dommergues, Traducido de un estudio inédito en la lengua de Auvernia.
XLIII.- Un ovillo de hilo (Cantal)
Una vez, había una joven de la ciudad de Nessayre que se casaba. Un día, su novio vino a buscarla por la mañana para ir a hacer los encargos de la boda a Saint-Flour.
La joven partió muy feliz con su novio; estaba tan contenta y apresurada de comprar esas bonitas cosas, que olvidó hacer su oración.
Todo se le pasaba por delante: la cadena de oro, los pendientes, la alianza, los anillos les sentaban y le iban muy bien. Por la tarde, Jeanneton (ese era el nombre de la novia) tenía sus bolsillos llenos de joyas y llevaba tres grandes paquetes de bonitas telas. Yendo así, ella hablaba con su futuro marido, subiendo la colina; el terciopelo era negro, el delantal de seda hermoso y el vestido de merino verde.