Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)
Chapter 5
De pronto, en un recoveco del agua, mostró saint Pierre al buen Dios una mujer cubierta de andrajos, tumbada sobre la arena, al sol. Era todavía joven, pero sus rasgos reflejaban el aburrimiento más profundo.
El buen Dios, a quien no se le ocultaba nada, se dio cuenta de que aquella mujer sentía desazón por su ociosidad. Como él es soberanamente bueno, sacó de su gran bolsillo un puñado de pulgas que las lanzó sobre la joven, mientras pronunciaba estas palabras:
─ Mujer, la ociosidad es la madre de todos los vicios. Ahora ya tienes con qué entretenerte.
Y desde aquel día tienen pulgas las mujeres, y cuando no tienen nada mejor que hacer, se divierten espulgándose.
(Paul le Blanc, Mélusine, t. II, col. 8)
X.- Las moscas de Puy (Haute-Loire)
El noble doctor Geruaise de Tilbury dijo que en la Galia había un país denominado Auvernia en el que está una ciudad que se llama Anice, o, con otro nombre, el Puy-en-Velay. Se encuentra allí una muy solemne iglesia de Notre-Dame y en la casa de los canónigos de aquella iglesia hay un refectorio que tiene concedida una gracia maravillosa, pues ninguna mosca entra allí. Y si por casualidad alguna se mete dentro, enseguida es obligada a huir de allí, ya que si no mejor le convendría morir.
(Leroux de Lincy, Introducción al Livre des Légendes p. 24, desde el "Secret de l'histoire naturelle")
XI.- Las rocas de Saint-Martin (Haute-Loire)
En la cresta de Saint-Quentin y de Malavas hay tres rocas sobre valles a las que se conoce como rocas de Saint-Martin. Están agrupadas más o menos como en un triángulo. En su cara superior existen cavidades bastante regulares que están talladas por la mano del hombre.
Si se les pregunta a los vecinos, unos responden que sus ancestros, en tiempos en que eran salvajes, cocinaban en aquellos vasos. Otros cuentan que san Martín, patrón de Rosières, subió un día a visitar la cima de la montaña. El recinto de las tres piedras se convirtió en lugar donde estuvo su ermita. La notable sinuosidad y las cavidades de la más grande no fueron otras que su vajilla: los llares, el caldero, la marmita, la cacerola, la escudilla.
Perseguido por un demonio, el santo escaló con su perro hasta el segundo pico de la roca, y allí dejó las marcas de sus pies y salvó de un salto un espacio inmenso. El lugar de Chaudette que alcanzó en la base del monte Tehouvin y cerca de las cuevas de los Sarrasins muestra sobre una roca dos marcas profundas: una, del pie de su caballo, y otra, de la pata del perro. Y, en testimonio de devoción, se lleva allí a los niños de corta edad que son muy enfermizos.
Desde allí, el santo, perseguido todavía por su obstinado enemigo, alcanzó de otro salto una segunda parte más vasta del valle y llegó a Rosières, donde, tras haber expulsado a los diablillos de los pueblos vecinos, murió en paz.
(Aymard, Sur les roches à bassin de la Haute Loire, Ann. de la Soc. d'A. du Puy, 1861, p. 341)
XII.- Saint Georges y el dragón (Haute-Loire)
Sobre una roca volcánica denominada Arca puntiaguda, no lejos de las rocas de San Martín, al borde de una parte muy lisa, se ven tres pequeñas cruces y dos flechas más marcadas. Los vecinos cuentan que una tremenda serpiente asolaba el país. Su cuerpo rodeaba con sus pliegues toda la montaña, desde el arroyo de Rodez, que corre por debajo de la colina.
Saint Georges, primer obispo del país, llegó subido sobre un vigoroso corcel, y a golpes de sable cortó encima de esta piedra el cuerpo del monstruo. La hendidura de la piedra y tres pequeñas cruces que se hallan cerca indican el lugar.
Unas incisiones profundas que hay allí son la señal de los golpes de sable. Parece, en cualquier caso, que la lucha no estuvo carente de peligro, pues se han encontrado en las inmediaciones los huesos del caballo, en el suelo del círculo de piedras.
(Aymard, t.c.)
XIII.- El salto de la doncella (Haute-Loire)
Antes de la Revolución eran mostradas las huellas de dos pies sobre una cornisa del pico, en la parte de arriba del llano y cerca de una capilla erigida en honor de saint Michel.
Eran los pies de una muchachita de Puy que, tras haber sido calumniada por ciertos maledicentes vecinos, se precipitó desde allí hasta la planicie, trescientos pies por debajo. Salió dos veces indemne de aquella acción gracias a la protección de saint Michel. Pero la empujó el orgullo a una tercera tentativa, y entonces fue abandonada por su protector y pereció miserablemente.
(Memorias de la Société archéologique du Miái, t. I, p. 239, citadas como la relación manuscrita del Italien Medicis (XVIe siècle) por F. de Lanoye. Voyage aux volcans de la France central e, XV, Tour du Monde, t. XIV, 1866, nº 358, p. 299)
XIV.- El salto del diablo (Haute-Loire)
En las gargantas del río Loire dos oquedades se hallan unidas por un canal que hay en la cara superior de una roca que forma parte de las vastas rocas de escollos puntiagudos y como dentados que el pueblo llama “el castillo de los sarracenos”.
Se trata de un lugar siniestro y opresivo. Amigo de herejes, el demonio los visitaba frecuentemente. Un día se separaron, y el demonio intentando, contra su voluntad, atravesar el río Loire que le separaba del castillo, lanzó desde lo alto de una roca su corcel, que le precipitó al río.
¿Sería reflejo de esa leyenda, o tendrá alguna otra finalidad, la herradura que hay artísticamente grabada sobre otra roca que está situada al borde del río Loire, cinco metros por encima de su lecho?
El pueblo no desea explicar esta última huella: la llama la Herradura del Diablo.
(Aymard, t.c., p. 59)
XV.- El rosario de Santa Magdalena (Cantal)
Las dos partes de la “Chauds”, un lugar de la zona de Massiac, han recibido su nombre de dos personajes devotos que se retiraron una vez allí: san Víctor tenía una ermita sobre una, y santa Magdalena la tenía sobre la otra. Todavía hoy hay una capilla edificada en honor de ellos en cada parte.
Los dos anacoretas se tenían a la vista en sus devotos retiros, pero el río impedía la comunicación directa. Pero Santa Magdalena tenía grandes deseos de consultar a San Víctor sobre algunos asuntos divinos, así que pidió ese favor al cielo y, según la tradición, lo alcanzó de manera milagrosa.
Un día avanzó la santa por la cornisa de su elevación, con su rosario en la mano. Y tras llamar a San Víctor, se lo lanzó al aire. Al instante se alargó milagrosamente el rosario, cubrió toda la extensión que hay desde una montaña a la otra, y formó un puente que unió las dos cumbres.
El anacoreta y su santa vecina se acercaron entonces para entablar su piadoso coloquio. Y cada vez que Magdalena deseaba pedir algún consejo a san Víctor, utilizaba el mismo medio.
Pero, para evitar dar pie para ningún escándalo y para no sufrir ninguna caída, ella no tenía permitido ir hasta la morada de él, ni le autorizaba a él a llegarse hasta la morada de ella: los dos se encontraban a mitad de camino, sobre el puente y, mientras mantenían su conversación, quedaban expuestos a las miradas y por tanto también a la admiración de las gentes del vecindario.
(Legrand d'Aussy, Voyage en Auvergne)
XVI.- San Amable
Cuando san Amable era niño, sería en la misa del papa en Roma cuando, durante el oficio divino, se echó a reír. Después de la ceremonia le preguntó el Papa por qué. Le respondió San Amable:
─ Estaba yo en espíritu en Riom, que es la villa en la que nací, cuando he visto a un albañil que construía una casa y que se golpeó el dedo contra una piedra. Se llevó el dedo a la boca, y eso es lo que me ha hecho reír.
Le respondió el Papa:
─ Amable, eres tú más virtuoso y más santo que yo.
(Recogido por el Dr. Pommerol)
XVII.- San Pedro (Puy-de-Dôme)
San Pedro iba a una fiesta con Jesús. El camino era largo, y Pedro llevaba las provisiones dentro de una alforja. Marchaba detrás de su maestro. Sintió hambre, y viendo que Jesús marchaba sin detenerse, se puso él a comer solo.
Al cabo de cierto tiempo, le dijo Jesús:
─ Pedro, me da la impresión de que estás comiendo tú solo.
─ No, Señor ─respondió él.
─ Mira a mis espaldas, Pedro. Siento que hay alguna cosa que me roza. Quítala de ahí.
Miró Pedro y se dio cuenta de que había un gran ojo bajo la nuca de Jesús. Comprendió entonces que había sido visto.
─ ¡Oh, Señor! ¡Qué ojo tan grande tenéis!
─ Pues ése es el que te ha visto comer las provisiones.
San Pedro, confuso, pidió perdón a Jesús.
Le dijo un día Jesús a San Pedro:
─ Estamos en el tiempo de la cosecha. ¿Y si conseguimos algo de trabajo y ganamos algo de dinero?
De modo que se pusieron los dos a ello. Eligió cada uno un campo de trigo para segar. Decía Jesús:
─ ¡Corta, ata, coloca (mete en la muela)!
Y el trigo suyo quedaba cortado, atado y dispuesto en la muela. Pero a San Pedro el trabajo no se le hacía cuando pronunciaba las mismas palabras.
Así que, al final del día, Jesús cobró una cierta suma de dinero, pero san Pedro no recibió más que golpes.
Vendía un día San Pedro un asno en la feria:
─ Compradme mi asno, decía, ¡no vale nada!
─ Pues no creo que vayas a venderlo en la vida ─le dijo Jesús─ si eres el primero en despreciarla.
─ ¿Pues qué es lo que puedo hacer? Yo sé bien que mi asno tiene malas cualidades, y si lo alabara estaría engañando a la gente.
─ No seas tonto: no hay nada de malo en eso. También a ti te engañaron cuando lo compraste.
(Recogido por el Dr. Pommerol)
XVIII.- La capilla de Orcival (Limagne)
El albañil encargado de los trabajos de la iglesia de Orcival no sabía muy bien en qué lugar establecer la planta y los cimientos. Andaba preguntándose, inquietamente, cuál sería el lado que la Virgen preferiría para manifestar con más esplendor su poder y su gloria.
Al final recibió una inspiración del cielo:
─ Sube ─le dijo una voz interior─, sube hasta aquella altura vecina, y lanza tu martillo hacia delante. Donde le veas caer, edificarás el santuario.
El martillo fue lanzado. Al instante fue tomado por un ángel que lo dejó caer al fondo del valle, justo sobre el emplazamiento actual de la cripta.
(F. Pommerol, Le Pèterinage d'Orcival, L'Homme, 1886, p. 624)
XIX.- La mula y los bueyes de Chamalières (Haute-Loire)
Chamalières es un pueblo de Velay situado a la orilla derecha del río Loire. Está construido en torno a una iglesia románica en la que servía un prior dependiente del abad del Monasterio. Una leyenda relata de este modo qué parte tuvieron los animales en la construcción de la iglesia.
En los tiempos en los que se estaba construyendo iban a buscar la piedra en una cantera de la montaña de Archiac. Una gran mula y unos bueyes blancos, uncidos a un carro, transportaban aquella piedra. Hacían el trayecto sin conductor. Subían ellos solos desde Chamalières hasta Archiac, y una vez que estaba la piedra cargada, bajaban sin guía de Archiac a Chamaliéres.
Estuvieron haciendo todo aquello hasta que la iglesia quedó acabada.
(V: Smith, Mélusine, t. I, c. 406)
XX.- Los bueyes de Auriol (Haute-Loire)
Cerca de la vieja torre de Auriol había, según se dice, un ermita en la que vivió y murió san Simón, quien fue enterrado al pie de la torre.
La posesión del cuerpo del santo despertó la codicia de los habitantes de Aurec, villa de las orillas del río Loire, que estaba separado por una montaña de Auriol. El señor de Aurec se propuso levantar el cuerpo del santo y hacerle transportar a su iglesia. Envió unos cuantos hombres y un carro tirado por fuertes bueyes. Los hombres abrieron la fosa, retiraron de allí el cuerpo y lo colocaron sobre el carro.
Cuando quedó todo dispuesto, se pusieron en marcha los bueyes. Marcharon sin dificultad mientras tuvieron a la vista la torre de Auriol. Pero se detuvieron en cuanto la perdieron de vista. Se les intentó animar con voces y con aguijones, y recibieron golpes. ¡Empeño inútil! Los bueyes se quedaron inmóviles, como si hubieran quedado petrificados. Comprendieron entonces que se negaban a transportar el cuerpo fuera del dominio que abarcaba la torre de Auriol, al pie de la cual había sido inhumado el santo.
Fueron obedecidas entonces las señales del santo de que no quería dejar el lugar en el que había reposado hasta entonces. El carro volvió sobre sus pasos, y los hombres del señor de Aurec volvieron a colocar el cuerpo en el lugar de donde lo habían sacado.
(V. Smith, Mélusine, t. I, c. 406)
XXI.- Las vacas milagrosas (Cantal)
Hace tiempo, los paisanos de Vèze contaban que seis vacas venían a escondidas a alimentar de leche a los obreros que construían la iglesia, ahora destruida, de Chanet.
(Durif, p. 22)
Mientras era construida la capilla de Kernascleden, una vaca proporcionaba milagrosamente leche y mantequilla a los obreros. La Virgen envió también una vaca semejante a los albañiles de su capilla de Lannelon, cerca de Montauban.
(Bouquet, Légendes de Morbihan, p. 148) (Semaine religieuse de Rennes, 26 septembre 1874)
XXII.- El puente del diablo (denominado por error: El salto del diablo) (Puy-de-Dôme)
Resultaba imposible construir un puente sobre el río Dore. Dijo el sacerdote al albañil:
─ Aunque necesites recurrir al diablo para que te ayude, hace falta que consigas construir el puente.
Se dirigió el albañil al diablo y le dijo:
─ ¿Qué es lo que pides por construir el puente?
─ El alma de la primera criatura que pase por allí.
─ ¡Pues asunto concluido!
El puente fue construido durante la noche siguiente, con la excepción de una piedra del parapeto que no pudo ser colocada antes de terminar el día.
Por la mañana vino el sacerdote en procesión, y su sacristán iba cargado con un saco en el que estaban encerrados un gato y un perro. El diablo se hallaba muy contento de poder hacerse con el alma de algún ser viviente. Entonces le dijo el cura a su sacristán:
─ Dale el saco.
Saltó el gato, y el perro fue detrás y le obligó a pasar al otro lado del puente. Dijo el cura al diablo:
─ Aquí tienes el alma de la criatura que solicitabas.
No pudo terminar el diablo el puente, y nunca ha podido ser colocada la piedra que falta.
(Recogido por el Dr. F. Pommerol)
XXIII.- La imagen milagrosa (Puy-de-Dôme)
La estatua de Notre-Dame de Layre es muy venerada en Ambert. Se cuenta que, para sustraerla de la profanación de los hugonotes, un devoto de María la cogió y la hizo tapiar detrás de un rincón de su casa, que estaba situada en el lugar de Layre.
Murió con su secreto, y no se pudo averiguar qué era lo que había pasado con la estatua, hasta que una inundación derribó el muro tras el que había sido escondida. Se precipitó sobre las aguas, y se quedó flotando un tiempo considerable, sin jamás alejarse de allí.
Cuando las aguas bajaron, fue colocada en un rincón de una casa, pero como ella hacía milagros, se la quiso transportar a la iglesia parroquial de Ambert. Ahora bien: fueron en vano todos los esfuerzos para levantarla, pues quienes habían sido designados para desplazarla y para transportarla se quedaron de pronto inmóviles, sin poder ni avanzar ni retroceder.
(Grivel, p. 329)
XXIV.- Las fuentes milagrosas
Los vecinos de Rapumégoux cuentan que, cuando fue transportado el cuerpo del conde Géraud desde Cézenne a Aurillac, los portadores dejaron que el ataúd descansase un instante sobre la tierra mientras iban a buscar agua en los alrededores, pues el calor era sofocante.
Como no la encontraron por ninguna parte, y puesto que iban apurados de tiempo, retomaron su carga para ponerse en camino.
Fue entonces cuando se mostró ante sus ojos una fuente de agua clara que acababa de manar debajo del ataúd del santo. Desde entonces no dejó ya nunca aquella fuente de fluir.
XXV.- El Ave del Paraíso (Puy-de Dôme)
Un religioso del convento de Chaumont vivía entregado a profundas meditaciones. Un día en que había ido a un bosque vecino, al que se denomina aún el Bosque de los Curas, que pertenecía al convento, para sumirse con menos distracción en sus habituales ejercicios de contemplación mística, contempló un pájaro cuyo plumaje era de belleza impactante, y cuyo canto era más encantador aún, que revoloteaba delante de él mientras iba de rama en rama.
El buen padre pensó que le sería fácil atraparle. Se puso entonces a perseguirle. Cuando parecía que estaba a punto de atraparlo, el rápido volátil se escurría de entre sus dedos. Cuando, por el contrario, el religioso se sentía desanimado y lleno de fatiga, el pájaro regresaba de repente al lado de él, desplegaba ante sus ojos toda la belleza de su plumaje, hacía oír su más atractivo canto, y el buen religioso recobraba el ánimo y redoblaba sus esfuerzos.
¿Pudo atrapar al pájaro que muchos han nombrado el Ave del Paraíso? ¿Hasta dónde llegó en su persecución? Nada de eso ha quedado reflejado en el relato que se me ha hecho.
Pasara lo que pasara, el padre Anselmo creyó que no había estado ausente más que unas cuantas horas, aunque no fue capaz de decir cuántas. Buscó el sol para orientarse, pero el sol no había cambiado de posición. Ahora bien: todo lo que le rodeaba ahora parecía diferente de lo que había antes. Allí donde existía un prado veía ahora grandes árboles, allí donde se recolectaban los mejores cereales del convento había ahora una pradera.
Tras haber buscado, perdido y vuelto a encontrar su camino, se dio prisa por regresar, y tocó en la puerta del monasterio, que se le había vuelto irreconocible. Al redoble de la campana acudió el padre portero.
─ ¿Es éste el convento de Chaumont?
─ Sin duda, reverendo.
─ ¿Y sois vos el portero?
─ Sí.
─ ¡Eso no es posible! ¿Y dónde está, entonces, el hermano Jérôme, que se encontraba ahí hace un instante? ¿Por qué no tenéis puesto la vestidura de nuestra orden?
─ ¿De qué Orden habláis?
─ De la Orden de San Benedicto de Cluny.
─ Nosotros no somos benedictinos.
─ ¿Cómo que no? ¡Somos, y yo soy, mínimos!
─ ¡Mínimos en el convento de Chaumont!
El Padre Anselmo se frota los ojos y cree ser el juguete de un sueño. Al cabo de un instante de silencio dice:
─ Déjeme hablar con Jean de Chalençon, mi prior, cuya habitación está al lado de la mía.
Por un momento creyó el hermano portero que se las estaba viendo con un hombre que no tenía uso de razón, y por pura compasión le dijo:
─ Pues escúcheme, que voy a avisar al superior.
Resultó que el superior se acercó por azar hasta el locutorio, y que el hermano Anselmo le dijo:
─ Salí de este convento hace apenas algunas horas para ir a pasearme, como es habitual, con el permiso de nuestro prior, por nuestro bosque. Y como si la vara de un encantador hubiera tocado los lugares y las personas, todo ha cambiado tanto que ya no reconozco nada. Hace solo unas cuantas horas he dejado aquí al venerable Jean de Chalençon, pero ahora no lo encuentro ni a él ni a los demás, y me dicen que vos sois el superior de esta casa.
El superior abrió los ojos y creyó, igual que el padre portero, que estaba en presencia de algún pobre insensato.
Entonces el padre Anselmo continuó el relato de lo que le había sucedido con tanto detalle y tanta fluidez, con tal acento de veracidad, que el superior fue recuperando por fin alguno de sus recuerdos, y empezó a recordar el nombre de Jean de Chalençon que estaba tantas veces repitiendo el padre Anselmo:
─ Era ése, en efecto, el nombre del último prior de los benedictinos de Chaumont. Pero hace más de doscientos años que aquel santo personaje murió, y justo después fue cuando este priorato quedó asignado a nuestra orden por una bula del Papa.
Continuó tras una pausa:
─ Recuerdo confusamente haber leído en los anales de la casa que un religioso benedictino, de nombre Anselmo, que vivía habitualmente entregado a las más elevadas contemplaciones, desapareció un día, y que se le buscó mucho para saber qué era lo que le había sucedido. Pero fue imposible descubrir ningún rastro suyo. ¿Este religioso sois, sin duda, vos?
El padre Anselmo bajó la cabeza. En vano intentó el prior retenerle. Salió a toda prisa y no le volvió a ver jamás.
(Grivel, p. 361-365)
XXVI.- Los tres mineros (Cantal)
Antiguamente, tres mineros, buenos padres y buenos cristianos, trabajaban en las minas de antimonio de Massiac. Antes de marchar al trabajo tenían la costumbre de decir su oración. Pero un día se olvidaron de rezar a Dios. Apenas habían comenzado su labor cuando un derrumbe súbito les sepultó vivos en la mina.
Recurrieron entonces a Dios y le enviaron una ferviente oración: un genio se les apareció entonces, tocó con el dedo su trozo de pan, derramó el aceite de su lámpara y desapareció.
El pan y el aceite les duraron siete años sin agotarse en absoluto, y el pan siguió siempre tan fresco como en el mismo momento en que bajaron los mineros a la mina. Se pusieron un día a pensar en la tierra que el sol alumbraba, y uno de ellos exclamó:
─ Si volviera a ver la luz del día, podría morir contento.
─ Y yo ─dijo el segundo─, sería feliz si pudiese volver a ver, aunque no fuera más que por un instante, a mis hijos y a mi mujer, y si pudiese encontrarme en la mesa en medio de ellos.
─ Pues yo ─dijo el tercero─ desearía regresar a la tierra de los vivos y quedarme a vivir un año con mi familia.
En el momento justo en que el último de los mineros expresó su deseo, la tierra que cegaba la entrada de las galerías desapareció de repente, y los tres compañeros pudieron salir.
El primero que alcanzó la luz miró un instante el campo y después murió.
El segundo marchó derecho a su casa y encontró allí a su mujer y a sus hijos; pero había cambiado de tal manera que ellos no le reconocieron al principio; se cortó su larga barba, se lavó la cara y fue entonces cuando, de repente, su mujer y sus hijos se echaron sobre él para abrazarle. Se sentó a la mesa, y al dar el último bocado a la cena, murió.
En cuanto al tercero, vivió un año más con su familia, y expiró cuando se cumplió el último minuto de aquel año.
(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. I, p. 1)
XXVII.- El hombre del precipicio
En Saint-Maurice-de-Lignon, en el fondo de un precipicio, un hombre lleno de pecados estaba encadenado por la voluntad de los sacerdotes. Un poder invencible le ataba a aquella espantosa morada. Se dice de él que era muy malvado. Pasaba su tiempo lanzando piedras contra el cielo.
Para impedir que los niños volvieran a hacer las cosas que hacían mal, las madres tenían la costumbre de decir:
─ Si vuelves a hacer eso, tendrás que habértelas con el hombre del precipicio.
(V: Smith, Mélusine, t. I, col. 405)
XXVIII.- La muerte anunciada (Cantal)
En la noche del 2 de noviembre, en el momento en que sonaba la campana de la medianoche, todos los espectros de los habitantes de la villa de Aurillac que deberían fallecer a lo largo del siguiente año atravesaban uno a uno el pórtico abacial de Saint-Géraud.
Marchaban lentamente mientras se dirigían hacia el cementerio. Allí les tomaba de la mano el esqueleto de la Muerte y, cada uno a su turno, les conducía bailando hasta la fosa en la que serían enterrados.
Se cuenta que un joven que había querido averiguar la verdad de todo aquello reconoció su propia imagen en uno de aquellos hombres, y que se desmayó de pavor. Cuando se levantó al día siguiente, estaba loco.
(Durif, p. 667)
XXIX.- El lindero desplazado (Puy-de-Dôme)
Había una vez una familia que había perdido a su padre, y toda las tardes se oía en el granero y por los alrededores un ruido de cadenas.
Fueron los niños a consultar al cura, que les dijo que se trataba de un ánima en pena, y que hacía falta, a la noche siguiente, ponerse a rezar.
Cuando estaban ya dispuestos para rezar, vieron aparecer a su padre completamente encadenado. Les mostró la puerta y salió: la gente que siguió sus pasos fue conducida hasta una viña que les había pertenecido. El fantasma se colocó al lado de un mojón, después desapareció, y al instante le volvieron a ver en otro lado.
Comprendieron entonces que el mojón había sido desplazado en vida por su padre, y que les estaba mostrando el lugar en el que era preciso volver a colocarle. Cuando lo hicieron, no escucharon ni vieron nada más.
(Contado en el "Dîner Celtique" por el Dr. Paulin)