Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)
Chapter 4
Igual que ellos, él suele marchar a vender la tela de acuerdo con las instrucciones que le da su madre (los Juanes Idiotas son casi siempre hijos de viudas) de no la entreguen a ningún charlatán; su tela debería venderla en la feria, pero él se la lleva y, cuando ve en una iglesia que hay unos santos que él confunde con personas de verdad, ofrece su tela a uno de ellos y se la vende porque no dice nada. Pero después, cuando no recibe su pago, golpea al santo en la cabeza y se encuentra allí un tesoro.
Jouon Nesci, o sea, Juan el Necio, que no hace más que hablar, va a visitar a unas mozas con su padrino, quien le había recomendado que dejase de comer cuando estuviera de pie. Al comienzo del almuerzo un perro roza el pie de Jean Nesci, quien cree que se trata de un aviso de que no debe comer absolutamente nada. Le entró el hambre a la mitad de la noche, y fue, siguiendo el consejo de su padrino, derecho adonde estaban las gachas. Se las comió y fue a contárselo a su padrino. Se equivocó de cama y, al ver a unas de las chicas, creyó que andaba enredada con su padrino y le lanzó las gachas.
Luego la aventura tiene una continuación que no he encontrado en otras de las versiones publicadas, excepto en alguna de la Alta Bretaña: su padrino le dijo que habría debido dejar embarazadas a las mozas antes de irse de allí. Regresó él y una de las chicas, en lugar de presentarle su mejilla, le enseñó sus nalgas.
Igual que sus parientes, Jouon Nesci quiso casarse y le sucedieron también muchas desventuras. Como se le dijo que debía echar los ojos a las mozas, el se tomó la cosa al pie de la letra y arrancó los ojos de sus cabras para lanzarlos sobre ellas.
Los episodios que siguen son menos corrientes que otros, y es por eso que los reproduzco aquí, después del texto cantalien de A. Bancharel.
Un día, la madre le dijo a Jean:
- Hijo, vete al pueblo y toma los bueyes y la carreta: cuando vuelvas tráete una buena carretada de heno. Tienes que traerme un puñado de agujas, y también la reja del arado que yo he encargado al herrero. Coloca las agujas en tu ojal y la reja en la carreta de heno.
Jean no tenía excesiva memoria: colocó las agujas en el heno y puso la reja en su ojal.
Imaginad las agujas que encontraría la madre, y el agujero que el arado había hecho en el ojal.
Otro día le dijo la madre de Jean: - Vete al mercado y cómprame un cabrito y una marmita; para que no se te quede atascado, sujeta el cabrito con una cuerda y pon la marmita en el extremo de un palo detrás de tu caballo.*
Nuestro muchacho se lió también: puso la marmita al borde de la cuerda y la llevó hasta la casa.
Cuando llegó, no tenía más que un cachivache. ¿Y qué había pasado con el cabrito? Estaba colocado en el palo detrás del caballo. La pobre bestia estaba reventada.
Jean Le Niais tenía un hermano más pequeño que él de unos cuatro o cinco años. Un día de feria, todo el mundo fue allí y dejó a Jean para cuidar la casa.
- Pero, yo me voy a aburrir, mamá!
- No, le dijo su madre, hace falta aplastar los piojos de tu hermano.
Entonces, Jean tomó un martillo y se puso a aplastar los piojos del pequeño. Y golpeó tan fuerte que aplastó la cabeza del pequeño, ¡el pobre!.
El viernes siguiente, la madre de Jean le dijo que no tenía que trabajar ese día y que había bien de ir a ver a la hija del señor Sistre.
Es necesario que rías mucho, mucho, le dijo su madre, ser muy gracioso; le harás gracia y le harás reír.
Ese día, en la casa del señor Sistre, tenía lugar el entierro de una tía que había muerto la víspera. Imaginaos que todo el mundo estaba muy triste, y que no había ganas de jugar. Jean, cuando estuvo dentro de la casa, se volvió de repente hacia las chicas y se puso a reír como un loco. Hacía ¡ji, ji, ja, ja! y les mostraba todos los dientes de su boca.
Cuando la señora Sistre llegó, tomó el palo de la escoba y la partió sobre el pobre tonto.
Jean se fue muy asustado. Había tenido un mal encuentro y era el momento de hacer el entierro de la tía. El ataúd se encontraba en el centro de la casa, recubierto de un sudario.
Su madre le dijo:
- Cuando viste el ataúd, tenías que haber hecho como las hijas del señor Sistre: tenías que haber llorado un poco y esperar el momento de acompañarles a la iglesia.
Entonces Jean comprendió por qué se le había mandado a paseo de esa manera.
Un mes más tarde, su madre le dijo que volviera a ver al hijo mayor del señor Sistre y de poner cuidado en lo que hiciera.
Ese día, no había nadie muerto en la casa; por tanto, en el centro del lugar había un cuerpo recubierto con un gran mantel: se acababa de matar un cerdo. Hablando al respecto, os prometo que las hijas no lloraban; al contrario.
Jean llegó en ese momento, ¡el pobre!. Se puso a llorar con todas sus ganas, creyendo que había otro entierro. Y lloraba sin poder consolarse.
La señora Sistre, molesta, inquieta y colérica como una mujer cuando hace charcutería, tomó un tronco y empujó al pobre muchacho hasta el fondo del corral.
Eso no le dio más que coraje al pobre Jean para regresar otra vez. Cuando llegó a su casa, no podía más que decir: haba.
- Escucha, Jean, le dijo su madre. ¡Tú no tienes suerte! Hace falta encontrar a Meynèlo y te hará decir el secreto de la raíz de helecho.
La Meynèlo era una vieja bruja que merodeaba por la calle Saint-Jacques. Jean fue a verla. Le llevó un trozo de mantequilla, una docena de huevos, una madeja de lana, dos o tres libras de queso y una rebanada de tocino.
La Meynèlo le hizo explicarse bien. El muchacho le contó todo lo que había pasado entre él y las hijas del señor Sistre.
- Eso es el destino, amigo mío, el destino. Yo te echaré la suerte, pero debes hacer todo lo que yo te diga. Durante nueve días, debes levantarte pronto, no te arregles, sal en camisa al galope y no pares hasta que hayas encontrado nueve vallas. Después de esta carrera, regresa a la cama. Tu espíritu volverá al cabo de nuevo días. Entonces debes regresar aquí.
El pobre muchacho hizo este remedio y sintió efectivamente que eso le había espabilado. Llenó su cesta de tocino, de queso, de huevos y fue a ver a la Meynèlo. La bruja le dijo:
- El domingo irás a misa y te presentarás a la hija con mucha dulzura pues hace falta cada vez más dulzura. En cuanto a la madre de la chica, déjala tranquila debido al miedo que la has hecho pasar.
- ¡Dulzura! dijo Jean cuando se fue de allí. ¡Dulzura! ¿Qué es eso?
Y se fue a buscar un tendero:
- Véndeme dulzura, te lo ruego.
El tendero le dio tres o cuatro libras de mil y le dijo:
- En cuanto a dulzura, no hay nada mejor.
El muchacho puso la miel en un saco y se ató el saco a su cintura, sobre sus calzones.
Al día siguiente fue a la iglesia. Cuando la mujer se puso a su lado, Jean volvió la espalda y le dijo: ¡Esto es para ti! y le hizo el gesto de golpearse las caderas con las dos manos.
Cuando Troufouliaou se volvió, Jean se tocaba el ombligo y le decía: Esto no es para usted.
Este gesto se repitió tres veces. Al final, las dos mujeres tomaron su libro y sin esperar al fin de la misa, tomaron agua bendita y ¡zoup!, se fueron.
Como Jouon les seguía, la madre, encolerizada, buscaba en sus bolsillos para lanzarle alguna cosa. Encontró un paquete de nabas que había llevado para ofrecer al sacerdote y las lanzó a la frente del pobre muchacho. Y Troufouliaou le lanzó una rama de acebo que llevaba en la camisa.
(A. Bancharel, Veillées auvergnates, t. I, P. 234)
IX.- Escupe en tus manos (Puy-de-Dôme)
Había una vez unos hombres que construían un campanario y para bajar a los obreros se les colocaba en una pequeña cuba que estaba atada por cuerdas.
Un día que se bajaba así a uno de los albañiles, el que tenía la cuerda en lo alto gritó cuando la cubeta había llegado a la mitad de su camino:
- ¡Ehhhhh! La suelto, Piertou
- Escupe en tus manos, respondió Piertou.
El otro hizo lo que su camarada le decía; pero la pequeña cuba calló a tierra y el que estaba dentro resultó gravemente herido.
(Contado por el Dr.Paulin)
X.- El sastre y el lobo (Puy-de-Dôme)
Un sastre que regresaba de su trabajo cayó en una fosa cavada para atrapar lobos; en el fondo había un lobo que no le hizo daño.
El sastre se puso a gritar tan fuerte que uno vino a su rescate. Le lanzó una cuerda a la que se agarró, pero como era un hombre espabilado, se quitó su pantalón y en el momento en el que le subían hacia el agujero, lo lanzó al lobo.
Hizo bien, porque de pronto el lobo se lanzó encima y se puso a morderlos con sus dientes.
(Contado por el D.Paulin.)
XI.- No se debe trabajar en domingo (Cantal)
Había una vez un granjero muy rico que tenía muchos criados. Marguerite, su primera criada, era conocida en todo el país por su apego a su señor, y también por su poco respeto por la religión.
Un domingo ordenó el granjero a toda su gente que marcharan a trabajar en un campo que había en el centro del bosque, ya que era preciso extender sobre él el estiércol, y la tarea apremiaba. Los demás sirvientes dijeron que el domingo era un día de descanso que había que consagrar al Señor, pero Marguerite fue la única que se mostró dispuesta a obedecer a su señor. Éste, para animarla, le prometió una gran recompensa. Después, siguiendo las costumbres del país, se volvió a la plaza que había delante de la iglesia para charlar con sus amigos a la salida de la misa.
Mientras tanto, Marguerite se metió de lleno en la labor en el campo, que era muy grande. Tanto que se decía para sí: "Sin duda no voy a limpiar todo este estiércol hoy, porque hay demasiado. Pero haré todo lo que pueda, y mañana vendremos todos a rematar la tarea. Está verdaderamente mal que los otros sirvientes no hayan obedecido a su señor. Yo prefiero mejor obedecerle antes que ir a perder el tiempo en misa. Después de todo, ¿porqué pensar que hay un buen Dios?"
Se puso manos a la obra, y había removido tan solo unas pocas horquilladas de estiércol cuando vio salir del bosque a un hombre muy pequeño, pero que tenía la cabeza grande como una calabaza. Dio un silbido y, de repente, otros treinta enanos, más feos y más pequeños aún que el primero, acudieron con horquillas y se la emprendieron a extender por allí el estiércol.
Cuando estuvo todo extendido, le dijo el jefe de los enanos a Marguerite:
- ¡Adiós! No encontraremos esta noche a las diez en la granja. Acudiré a recibir mi recompensa.
Desapareció de repente, al igual que sus treinta compañeros.
La pobre Marguerite se sintió muy disgustada, porque pensaba que en todo aquello había algo que no era natural. Estaba a punto ya de volverse a la granja cuando escuchó un ruido detrás de ella. Se volvió y vio ante sí a una vieja arrugada que le dijo:
- Acabas de entregarte al diablo, mi pobre niña. Yo ando ahora por el purgatorio, en el que sufro desde hace mucho tiempo, porque trabajé un domingo en lugar de ir a misa. Puedo salvarte si puedes decirme el nombre del sexto día de la semana. Se me ha olvidado, y si lo supiera, dejaría de sufrir.
- Pues es el viernes ─respondió Marguerite.
- Gracias ─dijo la vieja─. Esta noche, cuando estés en la granja, guárdate bien de ceñir ninguna cuerda alrededor de ti. Cuando acuda el diablo, lánzale una cuba de paja antes de que pueda acercarse a ti.
La vieja desapareció y Marguerite entró en la granja. A las diez acudió al lugar donde debía encontrarse con el diablo, y éste acudió para atraparla. Pero ella le lanzó a la nariz una cuba de paja y el diablo hubo de escaparse entre maldiciones.
No quiso regresar Marguerite más veces al campo que había en medio del bosque. Se guardó mucho también, a partir de entonces, de trabajar en domingo. Y ya nunca dejó de asistir a misa, hasta el punto de que no volvió a ver más al diablo.
(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. III, p. 287)
XII.- La mujer avara (Puy-de-Dôme)
Había una vez una mujer que era tan avara que le parecían excesivos el pan que comía y el tiempo que perdía en decir sus oraciones. Era viuda, y algún tiempo después de la muerte de su marido tuvo lugar la ceremonia de las rogativas.
La procesión se celebró por la noche, y duró dos horas por lo menos, ya que pasa por todos los pueblos y atraviesa bastantes campos en muchas parroquias. La mujer avara no deseaba perder aquel tiempo. En lugar de seguir a los demás, se volvió derecha a su campo con la intención de comenzar a trabajar en cuanto saliese el sol.
Como tuvo que pasar al lado de un lugar que se llamaba el Pré-Labbé, se topó con la procesión de los difuntos de la parroquia, que hacían también sus rogativas. Se arrodilló para dejarles pasar, y les vio desfilar delante de ella en sus sudarios blancos y cantando las letanías. La procesión aquella era la más bella de la parroquia, pues contaba con más muertos que vivos. Ella esperó a que pasasen y, cuando iba a reemprender su camino vio a un pobre difunto que seguía a los otros de lejos. Su mortaja estaba hecha toda jirones, y cada vez que pasaba cerca de una zarza o de una espina se dejaba un trozo.
Cuando llegó adonde estaba ella, reconoció a su marido.
- ¡Ah! Mi pobre hombre ─le dijo ella─, ¿qué haces tú yendo detrás de la procesión de los difuntos? ¿Quién te impide seguir a los otros?
- ¡Ay, desgraciada! ─le respondió él─. Tú eres la que me has amortajado con una tela tan usada que al menor roce se le arrancan los jirones. Los otros difuntos pasan con sus mortajas excelentes a través de las zarzas, y no se les desgarra nada porque su tela es fuerte. Pero yo me veo obligado a pasar mucho tiempo desenredándome, y por esa razón voy ahora a la cola de la procesión.
Hizo decir la viuda muchas misas por el reposo de su marido. Y todos aseguran que desde entonces se amortaja en aquel país con muy buenos lienzos a los muertos, para que puedan cumplir con la procesión de las rogativas sin dejar entre los zarzales jirones de su sudario.
(Paul Sébillot, Contes de provinces de France, p. 213. Relato recogido por el doctor Paulin)
XIII.- El féretro desplazado (Puy-de-Dôme)
Había una vez un hombre que regresaba a su lugar por la noche, al punto de la medianoche. Vio que en el camino había atravesados unos féretros, y como no podía pasar por ningún otro sitio, sintió gran turbación ante lo que convendría hacer.
Terminó por acercarse a uno de ellos, lo movió con precaución, y después lo puso en el lugar que ocupaba previamente. Cuando volvió a ponerse en camino, oyó una voz que le decía:
- Has hecho muy bien al actuar como lo actuado y al ser respetuoso. De otro modo, te hubiera ocurrido una gran desgracia.
(Contado por el Dr. Paulin)
XIV.- La misa de los muertos (Puy-de-Dôme)
Había una vez una viuda que fue, según la costumbre, a avisar a sus amigos y vecinos de la celebración de la misa del cabo del año de su marido.
Se acostó la vieja como de costumbre, pero se despertó en mitad de la noche. Era invierno, y la ceremonia debía tener lugar durante el siguiente corto día. Como no sabía qué hora era, se levantó y se puso a mirar por la ventana.
La iglesia se encontraba muy cerca de la casa. Y vio las ventanas iluminadas, como si las velas estuvieran ya encendidas para la misa. Se vistió a toda prisa sus ropas de duelo y para allá que se fue.
Entró en la iglesia, pero no reconoció a ninguna de las personas que estaban presentes. Igual que ella, muchos llevaban una vela encendida delante del rostros, como era costumbre. El cura dijo la misa de los muertos. Y cuando llegó al ofertorio, ella se dio cuenta de que no había llevado consigo ninguna moneda. Se quitó su anillo de boda y lo puso en el plato de las ofrendas, con la intención de reclamárselo al sacerdote al día siguiente y de reemplazarlo por una pieza de plata.
Cuando se marchaba después del Ite missa est, el oficiante y sus dos asistentes le acompañaron hasta la puerta. Ella no reconoció al sacerdote y, cuando se volvió, descubrió que la iglesia estaba vacía y sumida en la oscuridad.
No había amanecido todavía, así que se metió en la cama y se durmió.
Cuando se levantó por la mañana, era tarde. Los vecinos con los que se encontró le preguntaron por qué no había asistido a la misa del cabo del año de su marido.
- Pero ─dijo ella─ si yo sí que he asistido. Y la prueba es que mi anillo de boda no lo tengo ya en mi dedo. En el momento del ofertorio, como no llevaba ninguna moneda, se lo di al oficiante que decía la misa en el altar de la Virgen.
Como sus vecinos insistieron en afirmar que no la había visto nadie dentro de la iglesia, ella fue adonde estaba el cura, quien le aseguro que no la había visto en la misa. Cuando buscaron la sortija en la iglesia, vieron que estaba incrustada en la piedra del altar en la que el sacerdote fantasma había dicho la misa.
(Doctor Paulin, en la Revue des Traditions populaires, t. I, p. 86)
XV.- Los niños del limbo (Puy-de-Dôme)
Un vendimiador se marchó un día de su casa para trabajar en su viña. Un poco antes del alba, cuando llegó a un sitio que se llamaba Fontmort, se vio rodeado por una multitud de niños, todos vestidos de blanco, que eran aún más pequeños que los niños que acaban de nacer, y que se apretujaban a su alrededor gritándole con sus vocecitas:
- ¡Ése no es el tuyo, ése es el mío! ¡Ése no es tu padrino, es el mío!
El vendimiador comprendió qué era lo que pedían los niños. Tomó agua de un riachuelo que corría por allí y la asperjó encima de todos, mientras decía:
- Soy el padrino de todos vosotros, niños míos.
En cuanto pronunció las palabras del bautismo, los niñitos desaparecieron gritando:
- ¡Muchas gracias, padrino! ¡Muchas gracias!
Eran los niños que salían cada noche de los limbos y que andan errantes sobre la tierra en espera de que algún cristiano quiera ser su padrino de bautismo, para que puedan entrar en el paraíso.
(Paul Sébillot, Contes des provinces de France, p. 194 - Relato hecho por el Dr. Paulin)
Leyendas
I.- Saint Jean y el trueno (Puy-de-Dôme)
Saint Jean le pidió un día a Dios permiso para ver al trueno.
- No puedo hacer eso ─respondió éste─, porque te morirías de miedo.
Replicó Saint Jean que él había vivido en el desierto, entre las bestias salvajes, y que ningún miedo le había hecho nunca temblar.
Cedió Dios a sus deseos y le mostró por fin lo que deseaba. Y Saint Jean quedó fulminado en ese mismo instante.
Tuvo la suerte de no morir. Pero durante toda su vida tuvo que ser tratado de epilepsia, que por ello se llama también el mal de Saint Jean.
(F. Pommerol, Le culte de Taranis, en L'Homme, 1887, p. 461)
II.- Saint Laurent y Bóreas (Cantal)
Se cuenta que Saint Laurent se encontró con Bóreas cubierto de harapos. Desposeído de sus altares, se volvía para el Norte.
El santo se puso a conversar con él e hicieron el camino juntos. Cuando llegaron a Puy-Saint-Laurent, le dijo el santo:
- Escúchame: voy a rezar en este oratorio.
Ya no salió de allí. Y Bóreas, que le esperaba siempre a la puerta, transformó su impaciencia en rugidos.
(F. de Lanoye, Tour du Monde, t. XIII, p. 66)
La capilla de Saint Laurent, que se halla situada al norte de la villa de Saint-Mamet, se encuentra muy elevada y, por ello, muy expuesta al cierzo.
He aquí cómo explica la leyenda la presencia continua del viento sobre aquella cumbre:
Un día paseaban juntos Saint Laurent y Bóreas. Eran buenos amigos, y se habían prometido no dejar de serlo jamás. Llegado al país del que hablamos, dijo el santo a su camarada:
- Voy a rezar en este oratorio, espérame.
No volvió a salir jamás, y Bóreas le sigue esperando siempre tras la puerta.
(Durif, Le Cantal, p. 268)
III.- El hombre que está en la luna (Puy-de-Dôme)
Un hombre trabajaba un domingo recogiendo zarzas; para castigarle, le transportó Dios hasta la luna, en la que se le ve con su carga de zarzas. Cumple allí su penitencia, a una temperatura extremadamente fría.
Se llama este hombre Bouétiou, es decir, compadre. Y cuando los niños piden alguna explicación de alguna cosa a la que no se les quiere responder, dicen:
─ ¡Co, co! ¿Qué, quién?
─ Bouétiou din lo liudo. El compadre en la luna ─se les responde.
(Recogido por el Dr. F. Pommerol)
IV.- Los cabellos del diablo (Cantal)
Cuando Dios Padre creó nuestro condado de Auvernia, le dio permiso a Lucifer, que se había quedado calladito sin decir esta boca es mía y no puso objeción a aquellos planes, para fundar tres villas en la provincia.
El demonio se colocó sobre una roca por debajo de Roussy, arrancó uno de sus cabellos y lo lanzó al lado este. Al instante nació Laroquebrou. Otro cabello, lanzado al centro, creó Maurs. Y, por último, del tercero se formó Montsalvy.
La gente más chistosa añade que esta visita del diablo no puede ser puesta en duda, pues dejó un olor a quemado tan particular que la parroquia actual tomó el nombre de Roussy.
(Durif, p. 312)
V.- Por qué lleva el Jordán pepitas de oro (Cantal)
Un día Gerbert, que después fue Papa y que era un brujo muy hábil, quiso convencer de algunas cosas al deán de su monasterio. Y, tras preguntarle si quería ser testigo de un milagro, le condujo a la orilla del río.
Después de haber trazado innumerables círculos y pronunciado una sarta de palabras cabalísticas, golpeó Gerbert las aguas del Jordán con una varita que parecía que estaba en llamas.
De repente, las aguas, de azules y claras que estaban, se cambiaron en olas de oro. Tanto que por un instante corrió el oro como si hubiera grandes láminas en el agua entre las dos orillas.
El deán, espantado, se puso de rodillas, rezando a Dios para sus adentros, y el encanto cesó. Pero, después de aquel suceso, el Jordán ha llevado siempre pepitas preciosas, y la villa de allí ha tomado el nombre de Aurillac: Auri lacus.
(Durif, p. 166)
VI.- El lago vaciado (Puy-de-Dôme)
Repetidas veces he encontrado más de un Néstor de pueblo que me obligaba a sentarme a su lado para contarme que nuestra llanura no era antes otra cosa más que un gran lago, tan profundo que nuestras montañas bañaban sus cumbres en sus aguas; que se veían todavía no hace mucho marcas de anillas en las rocas graníticas sobre las cuales se levantan por un lado Cornillon, y por otro Clavelier y Montravel. Su función era la de que se amarrasen allí las barcas que hiciesen el servicio del lago.
De igual manera se decía también que habían sido hechas estallar, mediante minas cargadas de polvo, las gigantescas rocas de la Tour-Goyon; en el momento en que el lago fue vaciado se desencadenó un furioso torrente; sus aguas abundantes, que se hallaban en una posición más elevada, se precipitaron por la grieta que había quedado abierta, con un estrépito tal que se oyó tres leguas a la redonda. Todo quedó arrasado. A su paso, las olas socavaron fondos de abismos que lo engulleron todo y de los que se elevaron remolinos. Los abismos o grutas más profundos fueron en tiempos primitivos los de la Roche y Sampi.
(Abbé Grivel, Chroniques de Liuradois., p. 119)
VII.- El origen de los topos (Puy-de Dôme)
En los alrededores de Ambert se cuenta que, cuando Dios creó al hombre, se sintió tan satisfecho de su obra que se volvió hacia el diablo y le dijo:
─ Haz tú otro tanto.
El diablo se puso a la obra y trabajó por largo tiempo. Pero no pudo conseguir más que hacer un topo y darle unas patas que parecían manos pequeñas.
Como los topos son obra del diablo, muchos les matan de buena gana.
(Contado por el Dr. Paulin)
VIII.- El mono (Puy-de-Dôme)
Cuando Dios creó a Adán a partir del barro de la tierra, el diablo quiso imitar a Dios y hacer también su criatura: modeló también una forma humana con tierra y sopló sobre ella para animarla.
La forma tomó vida. Pero, en lugar de representar un hombre, aquello no quedó más que en un mono.
(Recogido por el Dr. Pommerol)
IX.- El origen de las pulgas (Haute-Loire)
Un día iba el buen Dios con saint Pierre hacia las gargantas del río Loire, entre Chamalières y Vorey. Iban contemplándolo todo en su paseo: los quehaceres del mundo y las dificultades para hacerlos bien.