Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)
Chapter 3
Pues resultó que un día la hermosa Catherine, la hija del padre Barriez, marchó a buscar leña al bosque. Estaba muy contenta aquel día, pues se acababa de prometer al más guapo y mejor muchacho del lugar, y su matrimonio había quedado fijado para después de la cosecha. Se metió cantando en el bosque, hasta el sendero de los Tres Solitarios, sin pensar apenas en Barba Azul. Su haz de ramas secas estaba ya listo, y ella andaba ya dándose prisa para regresar a la casa de su padre cuando de pronto se encontró a Barba Azul delante de ella. La agarró, la subió delante de él a la grupa de su caballo y, al galope, regresó a su castillo.
La introdujo dentro de una preciosa habitación en la que había muebles de seda, oro y plata.
─ Todo esto será pertenencia tuya, Catherine ─le dijo─, ya que en tres días vas a ser mi esposa. Te tienes que preparar: he aquí los tejidos para hacerte los vestidos. No escatimes nada, porque quiero que estés muy hermosa el día de nuestra boda. Puedes ir a rezar a la capilla del castillo. Pero no intentes huir, porque eso sería inútil: el puente levadizo se halla levantado, las torres son altas y las fosas profundas. ¿Oyes los ladridos de un perro? Pues ten por seguro que te devoraría si pudiera atraparte. Además, están tan lejos de la casa de tu padre que en ocho horas no podrías llegar allí: morirías de fatiga o yo tendría tiempo de encontrarte y de matarte antes.
En vano suplicó la pobre niña que se le permitiera el regreso a la casa de su padre, junto a su prometido. Pero fue todo inútil: Barba Azul la dejó allí, tras anunciar que debía marchar lejos para buscar al sacerdote que tenía que unirles, al cual daría la muerte después.
Catherine se hallaba asustada, pues había oído decir bastantes veces que Barba Azul había tenido muchas mujeres y que a todas las había ido matando a los pocos días de la boda. Todo aquello era motivo de que llorase mucho, pues ya no volvería a ver al novio al que amaba tanto.
─ Voy a rezar ─dijo ella─ y a prepararme. Pero no para el matrimonio, sino para la muerte.
Marchó a la capilla, que estaba resplandeciente de luces. Estaban todas las velas encendidas. Y sintió gran sorpresa y temor al descubrir delante del altar tres piedras enormes, que eran en realidad tres tumbas.
Se arrodilló Catherine y comenzó su rezo, interrumpido por lágrimas y sollozos. De pronto escuchó una voz que decía:
─ ¡Pobre Catherine!
Enseguida una segunda voz dijo:
─ ¡Pobre Catherine!
Y una tercera voz repitió con gran tristeza:
─ ¡Pobre Catherine!
En el mismo instante, las piedras que cubrían las tres tumbas se levantaron.
─ Somos las tres mujeres que Barba Azul ha matado ya. Y la cuarta serás tú si no consigues la salvación.
─ Pero ¿cómo podré huir? ─dijo Catherine─; el puente colgante se halla levado, la torre es alta y las fosas son profundas, el perro me devoraría y el camino para llegar hasta la casa de mi padre es tan largo, tan largo, que no podría llegar ni en ocho horas.
─ Toma esta cuerda con la que Barba Azul me estranguló ─dijo la primera─, y deslízate con ella desde lo alto de la muralla.
─ Toma este veneno con el que Barba Azul me envenenó ─dijo la segunda─ y arrójaselo al perro, que lo engullirá y caerá muerto.
─ Toma este gran bastón con el que Barba Azul me apaleó ─dijo la tercera─ y apóyate sobre él cuando emprendas ese largo viaje.
Y luego añadieron las tres:
─ Date mucha prisa, porque Barba Azul te matará cuando regrese. ¡Buena suerte, Catherine! ¡Adiós!
Y volvieron las tres a entrar en sus tumbas.
Tomó Catherine el veneno, la cuerda y el bastón. En el patio arrojó el veneno al perro que se abalanzaba sobre ella. Se lo tragó y cayó fulminado. Entonces ató la cuerda y se deslizó desde lo alto de la muralla.
Cuando se halló en pleno campo, Catherine se echó a correr, tan impaciente estaba de alejarse del maldito castillo aquel. Pero muy pronto se sintió fatigada y se tuvo que apoyar sobre el bastón. Tras caminar largo tiempo logró entrar en la casa de su padre, que estaba lloraba en un rincón junto al fuego, ya que creía que su hija había sido devorada por los lobos.
Al cabo de un mes se casó Catherine con su prometido. Fueron muy felices y tuvieron muchos hijos. No regresó jamás al bosque, pero se enteró de que, cuando Barba Azul entró en su casa, furioso por no encontrarla, ideó de qué manera seguir sus pasos para volver a llevarla a su castillo, hacerla sufrir mucho y matarla después.
Durante tres meses anduvo recorriendo los alrededores, buscándola por todas partes, aunque siempre en vano. Un día fue encontrado muerto justo en el lugar en el que se había tropezado con Catherine. Era un duende en forma de lobo el que lo había matado, fue lo que se dijo. Mucho tiempo después se oían aún rugidos y sollozos, por la noche, en el sendero de los Tres-Solitarios. Los habitantes del país evitaban pasar por allí después de caer el sol, en cuanto las gallinas se metían en el gallinero.
En el lugar en el que se encontraba el castillo de Barba Azul fueron vistos durante mucho tiempo unos espectros blancos, unas ánimas que eran, se decía, las de las mujeres y los sacerdotes que el malvado señor había asesinado.
Muchachitas, no os adentréis jamás demasiado en el bosque: acordaos de las desgracias de Catherine. También vosotras podríais encontraros allí a malvados Barba Azul, y entonces estaríais perdidas.
(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. II, p. 245)
VI.- Pipète (Cantal)
Había una vez un hombre y una mujer muy viejos que no eran muy ricos. Tenían dos hijos. Ellos admiraban al hijo mayor, -Antoine─ trabajando de criado y cuidaban al más joven, -Pipète─ en casa para ayudarles a trabajar.
Antoine no tenía suerte. Cuando hizo un negocio con su amo –un hombre cruel─ acordó que comería diariamente todo el pan que se pudiera untar con un huevo. Entró a su servicio en Saint-Jean y no debía terminar su período antes que el cucú cantara. El amo y el criado convinieron también, -acordaos bien de este acuerdo-, que el primero que tuviera que quejarse del otro, ese otro le arrancaría una tira de piel, larga como tres dedos a la altura de la parte baja del espinazo….
Al cabo de quince días, le patrón arañó la espalda del pobre Antoine y puso la piel desollada en la puerta. Cuando el pobre muchacho llegó a casa de su padre, Pipète le dijo:
─ Tú eres un tonto escacharrado, hermano. Déjame ir a ocupar tu lugar al lado de ese desollador y verás que en poco tiempo te traeré la piel de su espinazo para recomponer la tuya.
Y en efecto, Pipète fue a colocarse en el lugar de su hermano.
El primer día que Pipète pasó al lado de su amo, aquél le dijo: “He ahí un huevo, frótalo en el pan que te sea necesario para la comida de mediodía”. Pero el huevo estaba muy cocido y el pobre Pipète no pudo frotar más que un pedazo no más grande que la mano. Salió a trabajar. Estuvo hambriento todo el día y le parecía que la tarde no llegaba nunca.
Al día siguiente, Pipète dijo a su amo: “A mí no me gustan los huevos duros. Sólo me gustan crudos”. Le dio un huevo muy fresco; hizo un agujero, tomó una pluma de oca y lo untó en un gran trozo de pan.
“¡Eh!, le dijo el patrón, pero tú tomaste demasiado!
─ “Si tu no estás contento, replicó el otro, ¿no deberías mostrarme vuestro espinazo desnudo?”
─ “¡Oh!, sí, sí, yo estoy contento!...”
Pipète colocó el trozo de su carne picada en el centro de su torta de pan, puso todo en su hombro y se fue a los campos.
Cuando se iba:
─ Se dice, le dijo su amo, que vaya contigo esta perrita. Y no volverás a la casa hasta que este animal haya vuelto.
Cuando llegó al campo, Pipète comenzó a saborear la torta; comió un poco, le dio un trozo a la perra y comenzó a trabajar. Cuando llegaron las diez, Pipète se dio cuenta de que hacía mucho calor. “Esta pícara perra no va rápido, se dijo”. De pronto, una idea luminosa atravesó su cerebro: cogió la cola de la perra y la ató entre la reja y el mango del arado sujetándolo bien fuerte.
El pobre animal ladraba, como vosotros lo hubieseis hecho en su lugar. Al cabo de un momento, Pipète la liberó. Inútil deciros que no cojeaba al retomar el camino a la casa. Entonces Pipète desenganchó los bueyes y regresó a la casa de su amo. Cuando llegó todavía no habían dado las once.
─ ¿Por qué vienes tan pronto?, le dijo el amo.
─ ¿Pero no habíais dicho que volviera tan pronto lo hiciera la perra? le dijo el otro.
─ Sí, pero sin duda que le has hecho alguna fechoría.
─ Por supuesto que no, pero si no estás contento conmigo, no tienes más que enseñarme tu columna vertebral.
─ ¡Oh, sí, sí, yo estoy contento!....
El viejo comenzó a entender que debía estar ante un rufián que no tenía temor en sus ojos. Se dijo: “Hace falta que le encargue alguna cosa que no pueda hacer”. Entonces le pondré en la calle”. Llamó a su criado:
─ Ya que has venido más pronto de lo que yo querría, vas a llevar los bueyes al prado. Solo debes evitar abrir la puerta que lo cierra o hacer un agujero en la valla que lo rodea.
─ Comprendido, dijo el otro, y se fue con los bueyes.
Llegado a la puerta del prado, Pipète llamó a los bueyes los cortó en cuarenta trozos y, por encima de la puerta, los lanzó al interior del prado.
Entonces volvió a la casa del patrón que le preguntó cómo se había encargado de su tarea.
- Pues he hecho, absolutamente todo lo que me habéis dicho: los bueyes están en el prado y para meterlos no he abierto la puerta ni cortado la valla.
Extrañado, el propietario se fue al prado. Cuando vio el trabajo de Pipète sintió que se desmayaba. Regresó a casa tan furioso como cincuenta mil diablos:
- ¡Ah¡ Rufián, canalla… ¿Qué has hecho?
- Yo he hecho, dijo tranquilamente el muchacho, lo que me habéis pedido ¿no estáis satisfecho?
- ¡Por supuesto que no!
─ Vale, vale… entonces vete de mi vista.
Y diciendo esto Pipète sacó su cuchillo de la bolsa. Cuando el viejo vio esto respondió:
─ Sí, sí estoy satisfecho.
El amo, para librarse de una vez por todas de Pipète, encontró un medio que creía infalible.
Le envió a guardar los cerdos al bosque del diablo. De todos los hombres que habían estado en ese bosque, ninguno había regresado.
Pipète partió, contento como un recién casado, con los cerdos delante de él.
Encontró a una mujer que iba a vender un cesto lleno de quesos blancos.
- ¿Dónde vas joven?, le dijo ella
- Voy a guardar los cerdos en el bosque del diablo.
- ¡Oh pobre muchacho, no vayas allí; pues nadie ha regresado!
- Ya lo sé, pobre mujer, ya lo sé; sin embargo podría darme uno de sus quesos blancos. Os aseguro que yo me defenderé del diablo.
- Tened, tened muchacho, aquí va uno.
Colocó su queso blanco sobre el antebrazo izquierdo y se fue más lejos. Volvió a encontrarse con una mujer que iba a vender perdices vivas; e hizo que le diera uno, la puso en su bolsa y continuó su camino. Al poco tiempo encontró a una mujer que iba a tejer un lienzo; y consiguió que le diera una gran pelota de hilo. Vio un poco mas tarde a un cazador que conocía, y le pidió prestado su fusil, pólvora y balas. Llegó al fin al bosque del diablo. Mientras que los cerdos comían bellotas, -muy abundantes en ese bosque─ Pipète se subió a la cima de un árbol. Apenas se sentó allí cuando llegó Lucifer. Era un hombre grande vestido todo de rojo, con dos cuernos parecido a los de un toro de Salers sobre la frente. El preguntó a Pipète:
─ ¿Joven que haces aquí?
─ Pues ya ves, señor diablo, guardo los cerdos.
─ ¿Que es lo que tienes ahí sobre tu brazo izquierdo (era el queso blanco)?
─ Eso es uno de mis esputos.
─ Escupe un poco para verlo.
Pipète tomó su fusil y envió una bala contra la figura del diablo.
─ ¡Uf!, gritó Lucifer, vaya manera de escupir ya veo que debes ser muy fuerte. Desciende de ahí para que nos midamos.
Pipète bajó del árbol. El diablo tomó una piedra y la lanzó contra un árbol: la piedra se partió en mil trozos. Pipète hizo como que cogía una piedra, pero tomó su queso blanco y lo lanzó contra un árbol: el queso se hizo aún más astillas que la piedra del diablo.
Ropotou tomó una nueva piedra y la lanzó al aire: y fue a caer a más de una milla de allí, pero se la vio caer.
Pipète tomó su perdiz como si fuera una piedra y la lanzó al aire: esta supuesta piedra llegó tan lejos que nadie la vio caer.
- Es igual, dijo Lucifer, tu eres aún más fuerte que yo. Veamos cuál de nosotros dos llevará el mayor fardo de madera.
El diablo tomó un inmenso paquete conteniendo al menos cinco o seis carretadas de madera.
- ¿No cogéis más que eso? Le pregunto irónicamente Pipète. Debéis verme a mí.
El vaquero ató la extremidad del hilo del ovillo que le había dado una de las buenas mujeres a uno de los árboles en uno de los bordes del bosque y desenrollando su hilo, se puso a dar una vuelta al bosque. Cuando el diablo vio aquello:
- Escucha, amigo mío, deja ahí toda esa madera por que veo que te llevarás todos mis árboles. Tú eres más fuerte que yo, lo he comprendido y está probado. Por esta razón, te dejo tranquilo. Puedes guardar tus cerdos sin problema.
El diablo, muy avergonzado, se fue con la cabeza baja. Pensad que era la primera vez en su vida que se encontraba con una persona más fuerte que él
Pipète, contento, ─como podéis imaginaros─ tomó sus cerdos, los llevó a una feria, los vendió todos y se embolsó el dinero.
Cuando llegó a casa de su amo, palideció al verle:
- ¿Cómo es que estás aquí?
- Sí, ¿eso os extraña?
- No, pero… ¿y los cerdos?
- Los cerdos, el diablo los cogió y me dijo que quería haceros pagar el daño que habían hecho en su bosque.
- ¡Oh, qué desgraciado soy!, dijo llorando el amo. Por tu culpa yo he perdido mis bueyes y mis cerdos.
- Si no estáis contento, le dijo, solo tenéis que poner el espinazo a mi lado. Ya he afilado mi cuchillo. Puedo aseguraros que lo haré rápido.
- Sí, sí, estoy contento.
Las mujeres siempre han tenido más malicia que los hombres. La ama de Pipète dijo a su marido:
- Voy a subir al ciruelo que está delante de casa; yo cantaré: “¡Coucou!... ¡coucou!..”, echarás las cuentas a ese maldito doméstico y le despedirás.
Un cuarto de hora después se oía: “¡Coucou!...¡coucou!...¡coucou!...¡coucou!...”
- Mira, dijo Pipète, ahí hay un cuco que canta un poco antes del mes de abril. Voy a ir a verle.
Salió de allí con su fusil. Habiéndose dado cuenta de que la que estaba sobre el ciruelo era la patrona que cantaba, apuntó y la mató.
Cuando el patrón vio eso, se puso rojo de cólera y de dolor.
- ¿No estáis contento?
- No, por supuesto que no.
- Bien, enseñadme vuestra espalda.
Y Pipète se llevó, desde al nuca hasta el coxis, una tira de piel larga como tres dedos.
(H.-M. Dommergues)
VII.- Touéno-Bouéno (Cantal)
Érase una vez… (cualquier narrador que se precie en nuestro país de Auvegne debe comenzar así), érase una vez que en el pueblo de Broque-Pou (no lejos de Aurillac había una mujer viuda, pobre y anciana, que vivía con su hijo en un cuartucho miserable. El hijo se llamaba Antoine, Touéno, Tonino, y era un muchacho de quince años que andaba todo el rato por las calles, con la cabeza baja como una oveja con bocio. No decía nunca nada a nadie. Era tan huraño que se hubiera dicho que pagaba por todo el mundo. Las comadres de la villa le habían puesto el apodo de Touéno-Bouéno, Tonino el Bueno, y su madre le decía a menudo:
─ Pareces un animal, ¡qué pena de muchacho!
Y riendo añadía:
─¡Nunca en tu vida serás capaz de atrapar al lobo por la cola!
Un día había estado Antoine en el bosque recogiendo hojas muertas. Se puso a llover. Para resguardarse se metió el muchacho bajo la cruz de un viejo tronco de árbol, y se quedó allí mucho tiempo. Pero en lugar de parar, la lluvia caía cada vez más fuerte. Después sintió Antoine en su refugio que el sol iba saliendo poco a poco. Ya estaba empezando a dormirse cuando un ruido parecido al de un perro rascando una puerta le despertó de golpe y le hizo sentir miedo.
Levantó la cabeza y vio encima de él, sobre la cruz del árbol, un animal velludo que bajaba poco a poco, con la cola por delante.
─ ¡Ey! Pero ─se dijo para sí nuestro buen hombre─, ¡si es el lobo!
Era el lobo, en efecto, que venía a resguardarse en el tronco viejo igual que había hecho Antoine.
Él bajaba… bajaba… Estaba a punto de llegar adonde estaba el niño, que no podía hacer nada para impedirlo. De repente le vino una idea a la cabeza. Había escuchado decir que el lobo no podía girar la cabeza ni doblar la columna vertebral para mirar detrás de él. Con gran rapidez agarró la cola del lobo y tiró del animal hacia él.
Y, por las buenas o por las malas, acabó Antoine llevando al lobo, agarrado de la cola, hasta su casa.
- ¡Mamá, tú me habías dicho que yo era demasiado tonto como para agarrar al lobo por la cola! ¿Le ves ahora?
- ¡Anda! ─dijo la madre─. Pues ya que le has atrapado, vamos a sacarle algún provecho. Tenemos allí la piel del carnero que se nos murió la semana pasada. Vamos a coserla sobre el cuerpo del lobo.
Tendrá el aspecto de un buen carnero y mañana le llevaremos a la feria.
Tal cual lo dijo, así lo hizo. A la mañana siguiente, Touéno-Bouéno llevó su lobo a una feria que se celebraba en los alrededores. Todos los que estaban en la explanada de la feria se quedaron admirados ante aquel precioso carnero, tan bueno y tan llamativo.
Tres hermanos lo compraron con la intención de tener en su majada un reproductor de aquella hermosa especie. Aquellos tres hermanos decidieron, de común acuerdo, que dispondrían del famoso carnero una noche cada uno.
Después de la feria, el carnero pasó toda la noche entre las ovejas del hermano mayor. Ya pueden imaginarse lo que pasó: que el lobo degolló todo el rebaño.
Cuando el hermano mayor abrió su majada por la mañana, estuvo apunto de caerse ante el espectáculo que tenía antes sus ojos. Pero tuvo buen cuidado de no contar su desventura a sus hermanos. A la tarde siguiente condujo el carnero adonde el mediano. En la majada del mediano pasó lo mismo que había sucedido la noche anterior en la casa del hermano mayor. El mediano, tan poco gentil como su hermano mayor, condujo el lobo adonde el más joven. Y sucedió la misma desgracia que había tenido lugar donde los otros.
El señor lobo destrozó así, en tres noches consecutivas, los tres rebaños de los hermanos. Los tres estaban furiosos, pero, ¿qué podían hacer? Tomaron las más simples de todas las decisiones, que fue la de devolver el animal a Touéno-Bouéno y administrarle de paso una tremenda paliza.
Subido a lo alto de un melocotonero del que recogía las frutas, Antoine vio llegar desde lejos a los compradores del lobo. Corrió a advertir a su madre:
- Mamá ─le dijo─, para librarnos de esos tengo una idea. Rápido: échate al suelo y hazte la muerta.
Cuando los tres hermanos entraron en la choza provistos de grandes y largas porras pudieron contemplar un raro espectáculo: una mujer se hallaba extendida sobre el suelo, y Antoine le soplaba con todas sus fuerzas dentro de las orejas con un vulgar silbato.
- ¿Qué haces, canalla? ─le preguntó el hermano mayor.
- ¿Qué qué hago? ¡Ay, mis pobres amigos! ¡Qué desgraciado soy! Mi madre, mi buena y cariñosa madre, acaba de morir. ¡Ah, Dios mío, qué va a ser de mí!
- ¿Y para qué le soplas de esa forma en las orejas?
- Pues es que esto que veis, este silbato, tiene el poder de resucitar a los muertos.
Los tres hermanos abrieron sus seis ojos como si fueran seis ventanas.
- Tomad ─les dijo Antoine─. Y mirad, ahora ella comienza a volver a vivir.
En efecto, la muerta se había puesto a mover los labios y los dedos, y al final entreabrió un poco los ojos.
Antoine silbó un poco más fuerte, y la resurrección quedó completada.
Una gran admiración reemplazó la cólera que habían sentido los hermanos. El mayor le dijo al muchacho mientras intentaba recuperar la calma:
- Escucha, tú eres un canalla y nos has vendido un lobo que ha devorado todas nuestras ovejas. Podríamos darte una buena tunda, pero si nos das ese silbato te dejaremos tranquilo.
- Pues yo tengo este silbato en mucha estima ─dijo Touéno-Bouéno─, pero, bueno, si eso os agrada, pues os lo daré.
Una vez que el famoso silbato pasó a sus manos, los tres hermanos reemprendieron alegremente el camino a casa. Según iban caminando iban diciendo:
- Nuestras mujeres son malas, charlatanas, insoportables; para darles una buena lección las mataremos cuando lleguemos y luego las resucitaremos enseguida.
Matar a las parientas a golpe de hacha fue para ellos un gran placer. Pero es inútil decir que no consiguieron devolverles la vida cuando, casi al instante, se pusieron a soplar, cada vez más desesperadamente, el silbato de Touéno-Bouéno.
Se puede fácilmente imaginar la cólera y la desesperación de los tres hermanos. Una vez se sintieron agotados de soplar tan fuerte, comprendieron que el pilluelo les había tomado el pelo otra vez. Volaron más que corrieron a su casa, le dieron una buena paliza, le apedrearon y le metieron dentro de un saco. Cargaron el saco sobre sus espaldas y se dispusieron a ahogar al pícaro.
El río estaba lejos; hacía un calor asfixiante y Antoine pesaba más que un fardo de trigo. Los hermanos sintieron de pronto mucha sed. Habían visto una taberna al borde del camino y entraron allí para refrescarse, después de haber dejado el saco en la puerta, al lado de un banco de piedra. Encima de ese banco se hallaba sentado un mendigo. El mendigo oyó que Touéno-Bouéno gemía, se aproximó al saco y se dio cuenta de que dentro había un hombre.
- ¿Y por qué ─le dijo─ te han encerrado ahí adentro, muchacho?
- Pues sabéis, es porque quieren hacer de mí un obispo y yo no quiero.
- ¡Diablos! ─exclamó el pobre mendigo─, pues si el de obispo no es ningún mal oficio.
- Yo no digo que no lo sea ─replicó el astuto pillastre─, pero mi carácter no va con eso. Si por un casual quisiera usted la mitra, no tiene más que desatar rápidamente el saco y meterse en mi lugar.
- ¡Maldita sea! Pues yo quiero eso.
Touéno-Bouéno salió del saco y encerró al mendigo. A él fue a quien los tres hermanos lanzaron al agua.
A la mañana siguiente tuvo lugar el entierro de las tres pobres mujeres asesinadas. Al regreso del cementerio los tres hermanos se encontraron con Touéno-Bouéno, quien guiaba un magnífico rebaño de ovejas. No podían creer lo que veían sus ojos.
- Granuja ─dijeron enfadados─, ¿cómo es que ayer te ahogamos y te encontramos hoy aquí?
- Sí, y eso os resulta extraño, ¿no es así? ¿Es posible que no sepáis que debajo de este mundo hay otro mucho más bonito y más rico que éste? Pues mirad, al lanzarme al agua me habéis enviado a ese otro mundo. En ese país encantado hay una feria todos los días. Yo he caído justamente sobre el redil de las ovejas y ya veis que me he traído mi parte. Pero vosotros habéis sido muy torpes: si al lanzarme al agua me hubieseis lanzado justo encima del recinto de los caballos, habríais asegurado mi fortuna.
- ¿Y sabes bien dónde se encuentra exactamente el recinto de los caballos?
- ¿Qué si lo sé? ¡Pero si ya os he dicho qué es lo que he visto!
- ¡Ah, bueno! Pues si no quieres que nos venguemos de lo que hiciste a nuestras ovejas y a nuestras mujeres, lánzanos al agua justo encima de los caballos.
Touéno-Bouéno encerró a cada uno de los tres hombres dentro de un saco, los lanzó al agua y…. ellos andará aún por allí.
Ninguna persona se ha enterado nunca de sobre qué recinto exactamente cayeron.
(H.-M. Dommergues)
VIII.- Jouon Nesci
En Auvernia, como en todos los demás países, se cuentan ciertas aventuras cómicas acerca de un héroe ingenuo: su nombre es Jouon Nesci, o Juan el Necio. Sus aventuras tienen alguna relación con las bobadas que se atribuyen a sus parientes Jean Bête (Juan el Bestia), Jean le Diot (Juan el Idiota), Jean le Sot (Juan el Tonto).