Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)

Chapter 2

Chapter 24,375 wordsPublic domain (Wikisource)

Regresaron los ladrones, hicieron caer todas las manzanas Calvi y el durmiente no se enteró de nada. A la mañana siguiente sufrió una buena regañina de su padre, quien le trató de mequetrefe y de tonto. Y a la noche envió a su segundo hijo a tumbarse en el huerto. El segundo hizo lo mismo que el primogénito, y se quedó tan profundamente dormido que los ladrones pudieron regresar y hacer provisión de peras cabrettaïres.

─ Es igual, dijo el tercero ─se llamaba Pierre, no os lo había dicho antes─. Estabais los dos dormidos como troncos. Esta noche es mi turno: vais a ver.

Tomó el fusil, pero no se llevó ninguna comida, y se dirigió al huerto. Cada hoja que el viento hacía caer, cada manzana que se precipitara contra el suelo, hacían que aguzara la oreja de Pierre, quien no quitaba el dedo de encima del gatillo, listo para disparar.

Hacía como tres horas que estaba allí, y empezaba ya a quedarse adormilado cuando escuchó que las manzanas caían de un árbol. Se levanto, se frotó los ojos, montó su fusil y, con mucho cuidado, se dirigió hacia el lugar en el que estaban los ladrones. Descubrió uno en lo alto de un manzano, le miró y ..... ¡pum! El hombre cayó igual que un saco: había muerto sin haber dicho ni mu.

Corrió Pierre al castillo. El tiro del fusil había despertado a todo el mundo. El señor se encontraba ya levantado.

─ ¡Papá ─dijo el muchacho─, acabo de matar a un hombre!

─ ¡Ay, desgraciado! ¿Pero qué es lo que has hecho? Van a meterte en la cárcel. Ahora solo puedes hacer una cosa: marcharte enseguida de aquí, antes de que se haga de día, y salir del país. Lo siento mucho por ti, hijo mío, ya que tú eres el más valiente de mis hijos. Pero antes de que te vayas voy a hacerte un regalo. He aquí un saco que conservo de mi padre. Me parece a mí que lo vas a necesitar más de una vez. Éste es un saco prodigioso: puedes obligar a que se meta en él, cuando tú quieras, a todo el que te moleste.

Abrazó Pierre a su padre y a sus hermanos y se marchó del país.

Anduvo y anduvo mucho tiempo, camina que caminarás. Tras anochecer, a la medianoche, se encontró en lo más profundo de un gran bosque. Se hallaba muy cansado. Encendió un fuego al pie de una hermosa, y se tendió sobre el musgo para dormir. Entonces escuchó que alguien se removía en lo alto del árbol. Abrió los ojos y vio que bajaba de la encina un hombre blanco como un cirio, y que tenía los ojos de fuego. Pierre le miró extrañado, pero no sintió ningún miedo. El hombre se arrimó al fuego como si quisiera calentarse. Le dijo Pierre:

─ Diga, camarada, ¿y quién sois vos?

─ Pues mi pobre señor, yo soy un ánima en pena. Ando muerta desde hace cinco años y en todo este tiempo he sufrido el martirio del purgatorio. Estoy haciendo penitencia por un crimen que he cometido en otro tiempo en este mundo. Os lo voy a contar. Hace diez años que tomé en la iglesia de la parroquia de A..., que no está lejos de aquí, un copón, un cáliz y una custodia. Los tres objetos los dejé enterrados, antes de morir, en un rincón del jardín de la rectoría, bajo una marca que se encuentra a la derecha del cenador. Tienen que estar todavía allí, y yo no podré entrar en el paraíso hasta el día en que esos objetos hayan sido devueltos a la iglesia. Joven, me haría usted un gran servicio si los desenterraseis y los entregaseis al rectorado de A...

─ Pues os doy mi palabra ─dijo Pierre─. Y lo haré enseguida.

─ Gracias ─respondió el ánima. Y desapareció como un relámpago.

Instantes después golpeaba Pierre la puerta de la rectoría de A... Eran las dos de la mañana. El sacerdote dormía. Al oír los golpes, se levantó y preguntó:

─ ¿Quién sois y qué es lo que pedís?

─ Señor sacerdote ─respondió Pierre─. Tomad una azada y un pico, y seguidme.

Desconfiaba el sacerdote, porque pensó: "Una azada y un pico ¡Diantre! Pues eso no me tranquiliza nada".

La sirvienta, que también se había levantado, tenía mucho miedo, agarraba al sacerdote de la sotana y le decía temblorosa: "Señor cura, no vaya allí, se lo ruego, que es un malhechor".

Y Pierre volvió a decir:

─ Señor cura, apresúrese usted, que es para librar un ánima del purgatorio.

A pesar de la sirvienta, que gritaba como si estuviera siendo despellejada, el sacerdote buscó una azada y un pico, abrió la puerta y se encontró con Pierre.

─ Sígame ─le dijo─. Por aquí.

Marcharon los dos hombres al jardín, y Pierre se puso a cavar en el lado que le había indicado el ánima. Al primer golpe de pico encontró el copón, al segundo golpe el cáliz, y al tercero la custodia.

Le entregó todo al cura, quien no pudo hacer memoria de todo aquello. En aquel instante, una estrella fugaz atravesó el cielo. “Es el alma del ladrón que sube hacia el paraíso”, pensó Pierre.

El cura no sabía cómo agradecer aquello al joven. Le hizo venir al presbiterio y le dijo lo siguiente:

─ Se le ve a usted tan valiente ─le dijo el sacerdote─, que debería usted rendir un gran servicio al país. Hay, no lejos de aquí, un castillo del que se ha adueñado el diablo. Ha expulsado a los propietarios y ahora, cada noche, todo el mundo escucha que alguien se queja de su desgracia. Si pudiera usted hacer partir al señor Ropotou de ese castillo, haríais un servicio al señor y a todo el mundo. Eso sí: tiene usted que saber que de todos los que han ido al castillo desde que Lucifer lo habita, no ha regresado ninguno. Así que ya sabéis lo peligroso que es el lugar.

─ Pues iré por allí ─dijo Pierre─, pero con una condición: que me dé usted una estola y el bastón de la cruz.

─ Si es solo eso, yo os lo entregaré con mucho gusto ─exclamó el cura.

Y pertrechado del saco milagroso, de la estrella y del bastón de la cruz, tomó Pierre el camino del castillo del diablo.

Eran las once cuando llegó: la puerta estaba abierta. Entró. Os contaré que en la cocina el fuego crepitaba, un pavo se tostaba en el asador, y que de los potes y las cacerolas que había al fuego salía un humo de inmejorable olor. En la casa no había persona alguna. Se sentó Pierre junto a una esquina del hogar, sobre el cofre de la sal, y allí se quedó. De repente, brrr, un diablo negro, feo y cornudo descendió por la chimenea y se encontró al lado del muchacho.

─ ¿Qué es lo que haces tú por aquí? ─le preguntó el cornudo.

─ Pardiez, ya ves, me estoy calentando. He entrado y no había nadie. He visto que se estaba cociendo esta comida encebollada, la he removido un poco y aliñado. Si es que he hecho mal, dímelo.

─ ¡Ah, pues no! Al contrario: ya que andas por aquí, vas a desayunar junto conmigo y mis camaradas.

En tanto que el diablo hablaba, un montón de diablillos, unos más negros que otros, descendían por la chimenea. Se alinearon alrededor de la mesa. Pierre se sentó con ellos. Los diablos comían como podían, pero Pierre no tocaba nada de nada. Había visto cómo el diablo viejo había espolvoreado en todo lo que él repartía un polvo blanco. A los diablillos se les fue poniendo un aire de enfado al ver que Pierre no comía nada.

Después de la comida dijo el maestro de los diablos:

─ Vamos a echar una partida de bolos. Vosotros ─dijo a los diablillos─, id a buscar los bolos.

Un minuto después, los diablillos trajeron consigo unos huesos de muertos en lugar de bolos y la cabeza de un cadáver en lugar de una bola. Pierre no sintió miedo, aunque no pudo dejar de estremecerse un poco. Entonces dijo:

─ ¡Diablo cornudo! ¡Métete dentro de mi saco prodigioso!

Y el viejo cornudo entró, vociferando, dentro del saco.

─ Ya ves, Lucifer ─dijo Pierre─ que eres mío. Solo te liberaré si juras firmando con tu sangre sobre un papel que no vas a regresar jamás a este castillo.

─ ¡Pues a mí no me hace ninguna gracia que firme eso! ─gritó uno.

Cogió entonces Pierre el bastón de la cruz y ¡pum! ¡pum!, la emprendió a golpes sobre el espinazo del diablo.

Todos los diablillos enfilaron hacia la chimenea.

─ ¿Vas a firmar?

─ No lo voy a hacer.

─ ¡Pues pum, pum y pum!... ¿Vas a firmar?

─ Sí, déjame que salga y deja de darme golpes.

En el momento en que asomó Ropotou del saco, le puso Pierre la estola al cuello, y le tuvo así atado como un ladrón. No veía el momento Ropotou de librarse de aquel collar bendito. Tanto que se dio buena prisa en hacerse un corte en un dedo y en poner su firma sobre el papel que le puso delante el muchacho. Cuando le fue devuelta la libertad, salió de allí sin decir ni mu y sin parecer tardanza alguna.

Pierre hizo un recorrido por todo el castillo para ver si había quedado por allí algún diablo, y como no encontró ninguno, regreso al presbiterio y le contó al cura todo lo que había sucedido. El cura le condujo entonces hasta la casa del propietario del castillo que acababa de abandonar el diablo.

Ya os podéis imaginar que el propietario no sabía de qué manera mostrar su gratitud hacia Pierre. Volvió a habitar el castillo del diablo, y allí se quedó el valeroso muchacho durante quince días.

Aquel hombre tenía una alegre hija de diecinueve años. Pierre se enamoró de la muchacha, y la muchacha se enamoró de Pierre. Hacían una pareja estupenda. Un día en que la joven se puso a hablar del matrimonio, el muchacho le respondió:

─ Escuchad, yo os amo con todo mi corazón, y sería muy feliz si pudiera casarme con vos. Pero tengo hecha la promesa de no dar mi nombre más que a la mujer que me haga sentir el miedo, y yo jamás he tenido miedo en mi vida.

─ Entonces, señor Pierre sin Miedo ─respondió la joven─, ¡vos desearíais que os hiciera sentir miedo! Lo intentaré.

Durante más de tres semanas estuvo la joven intentando de todas las maneras posibles hacer pasar miedo a aquel a quien su corazón amaba. En ningún momento desistió. Pero al final, desesperada, ideó una última treta.

Puso dentro de una artesa un centenar de palomas. Y le dijo a Pierre:

─ Ayúdame a levantar la tapa de esta artesa para que podamos amasar el pan.

Cuando Pierre levantó la tapa, todas las palomas a la vez tropezaron en su vuelo contra él.

─ ¡Ah! ¡Menudo susto, y menudo miedo que me ha hecho sentir! ─se dijo él.

Entonces la muchacha le saltó al cuello, le abrazó y le dijo:

─ Gracias a este susto vamos a poder casarnos. ¡Qué contenta que estoy!

Al cabo de quince días se celebró el matrimonio. Pierre sin Miedo y su mujer fueron muy felices, llegaron a muy viejos y tuvieron un pequeño tropel de hijos que jamás tuvo miedo ni del murciélago.

(H.M.Dommergues, Lo Cobreto, 7 septiembre 1895, texto solamente en dialecto)

III.- Los niños perdidos (Cantal)

Hace mucho tiempo había en el pueblo de Gargeac un hombre y una mujer que estaban casados. El marido se llamaba Jacques, y la mujer Toinon. Los dos eran muy avaros, aunque la que más lo era la mujer: era tan avara, tan avara, que habría partido un huevo en dos.

Tenían dos hijos, un muchacho y una muchacha que sufrían mucho a causa de la avaricia de sus padres; pero eran tan honestos, y se querían tanto, que jamás se les oía quejarse.

El muchacho tenía doce años y se llamaba Jean; y la niñita, un poco más joven que él, se llamaba Jeannette.

Jacques y Toinon opinaban que sus hijos les causaban demasiado gasto, y resolvieron que se perdiesen en el bosque. Dijo la madre a su marido:

─ Yo les conduciré al centro del bosque y les encargaré que recojan leña. Cuando más ocupados estén, les dejaré solos y de ese modo nos desembarazaremos de ellos, pues el lobo se los comerá en cuanto llegue la noche.

Llegó el día que habían fijado para ello, y la mujer dijo a Jean y a Jeannette que se levantaran: les condujo al bosque y les dijo que recogieran las ramas secas. Cuando les vio lo suficientemente ocupados, se escapó.

Cuando Jean y Jeannette descubrieron que estaban solos, se pusieron a llamar a su mamá. Pero cuando se dieron cuenta de que no les respondía, rompieron a llorar. Después probaron a encontrar el camino, pero no consiguieron salir del bosque.

Dijo Jeannette a su hermano:

─ Jean, súbete a lo alto del árbol. A lo mejor puedes ver alguna casa.

Trepó Jean a un árbol y, cuando llegó a la mitad, le gritó su hermana:

─ ¿No ves nada, hermanito?

─ No, hermanita, no veo más que las ramas del bosque.

─ Sube un poco más arriba. Puede que veas alguna casa.

Trepó Jean algunas ramas más.

─ ¿No ves nada, hermanito?

─ No, hermanita, no veo más que las ramas verdes del bosque.

─ Pues sube un poco más alto, que puede que veas alguna casa.

Subió Jean algo más, y no paró hasta la última rama.

─ ¿No ves nada, hermanito?

─ Si, hermanita, veo muy a lo lejos dos casas, la una blanca y la otra roja. ¿A cuál quieres que vayamos?

─ A la casa roja ─respondió Jeannette─, porque es la más bonita.

Bajó Jean de su árbol, y los dos niños se dirigieron hacia la casa roja. Llamaron a la puerta, y una mujer grande y fuerte como un hombre salió a abrirles.

─ ¿Quienes sois? ─les dijo.

─ Unos niños pequeños que nos hemos perdidos en el bosque y tenemos miedo del lobo.

─ Pues pasad ─les dijo ella─, que voy a esconderos por aquí. Pero cuidado con hacer ruido, que mi marido es un malvado y os comería.

Les escondió lo mejor que pudo. Llegó el diablo, que era el marido de la mujer, sintió el olor de cristiano y les descubrió. Se puso hasta a golpear a su mujer, por no haberle contado que había recogido a aquellos niños. Agarró a Jean de la mano y, viendo lo flaca que estaba, decidió que había que ponerlo a engordar, y que cuando estuviera lo suficientemente gordo sería el momento de despacharlo.

Le encerró en un pequeño establo, y a su hermanita, a la que convirtieron en pequeña sirvienta de la casa, le encargaron que llevase de comer a su hermanito. El diablo estaba demasiado gordo como para entrar en el establo en el que estaba Jean encerrado. Al cabo de varios días encargó a Jeannette que cortara la punta del dedo meñique de su hermano y que se lo llevara, para ver si estaba ya lo suficientemente gordo para ser comido. Jeannette tomó una rata, le cortó la cola y le llevó un trozo al diablo, asegurando que era el dedo de su hermano.

─ ¡Ah! ─dijo el diablo─, no está lo suficientemente gordo todavía.

Pasado algún tiempo, le encargó que cortase otro trozo del dedito, para saber si su Jean había engordado.

Por tercera vez pidió el diablo un trozo de dedo. Otra vez le dio Jeannette la cola de la rata. Entonces se dio cuenta el diablo del engaño. Metió la mano en el establo y tiró de la de Jean, y la encontró bastante gorda para ser comida. Preparó el caballete sobre el que pensaba desangrarle y se marchó a dar un paseo, tras encomendar a su mujer que vigilase a Jean y, sobre todo, a Jeannette, de la que desconfiaba.

La mujer del diablo se cansó y se echó a dormir. Jeannette fue a abrir la puerta del establo a los cerditos, pero hizo salir a Jean, e hizo ademán de no saber qué hacía falta para sujetarle sobre el asno.

─ ¡Bestia! ─le dijo la mujer del diablo─. ¡Así es como se hace!.

Y se subió ella al asno. Juan la sujetó y ató al instante y le cortó el cuello. Enseguida descubrieron el oro y la plata que guardaba el diablo y se escaparon con su caballo y su carro.

Cuando regresó el diablo, se encontró a su mujer atada sobre el asno y con la cabeza cortada al lado de ella. Marchó al establo de los cerdos y no pudo encontrar ni a Jean ni a Jeannette ni su caballo ni su carro.

Se puso a buscar a los dos niños, y encontró al poco tiempo a un labrador al que preguntó:

─ ¿Qué es lo que dice, señor? Si yo no hago más que trabajar.

─ Vale, vale, ¡bruto, animal!

¿Tú no has visto pasar, etc.?

─ No, señor.

Un poco más lejos encontró el diablo a un pastor que guardaba sus ovejas:

¿No habéis visto a Jean, Jeannette, etc.?

─ ¿Qué dice usted que mi perro no ladra bien? ¡Dzapo, Labri, Dzappe (Labri, ladra)!

El perro se puso a ladrar al diablo como si quisiera morderle.

─ Caray con el animal ─gritó el diablo─, yo no hablo con tu perro.

¿No has visto a Jean, Jeannette, etc.?

─ No, señor.

Entró el diablo en un pueblo, justo en el momento en que venía el capellán de tocar el ángelus.

¿No has visto tú por aquí a Jean, a Jeannette, etc.?

─ ¿Qué es lo que dice, señor? ¿Es que no he tocado bien las campanas?

El capellán entró en la iglesia y se puso a tocar a todo vuelo.

─ Imbécil ─le dijo el diablo─. ¿Quién te ha dicho nada de tus campanas?

¿No has visto por aquí a Jean, a Jeannette, etc.?

─ Pues no, señor.

El diablo marchó aún más lejos y llegó al borde de un río en el que estaban lavando unas mujeres.

¿No habéis visto por aquí a Jean, a Jeannette, etc.?

─ ¿Qué es lo que dice usted? ─preguntó una de las lavanderas─. ¿Qué no estoy dando golpes sobre la ropa del modo que se debe?

Y se puso a golpear sobre su piedra con fuerzas redobladas.

─ No, lavandera imbécil, lo que yo te pregunto es si has visto a Jean, a Jeannette, etc.

─ Pues sí, señor ─dijo una de las mujeres─, hemos visto pasar a un señor muy guapo y una señorita preciosa sobre un hermoso carruaje con dos caballos.

─ ¿Hacia qué lado?

─ Hacia el río.

Pero no había puente, así que el diablo se volvió loco de desesperación por no poder atravesarlo. Una de las lavanderas dijo a las otras:

─ Ése que anda por ahí es el diablo. Deberíamos hacerle una jugarreta.

Le propuso que se dejase cortar los cabellos para construir un puente sobre el que pasar el río. El diablo se dejó hacer y los cabellos resultaron ser tan largos que pudo hacerse un puente con ellos. Pero cuando le tuvieron sobre el centro del río, soltaron ellas los cabellos, el diablo hizo ¡bluf! en el agua y se ahogó.

Las lavanderas fueron a contar a Jean y a Jeannette, quienes habían regresado a la casa de sus padres, que el diablo se había ahogado.

Jean y Jeannette hicieron ricos a sus padres y todo el mundo acabó siendo feliz.

Hace falta comportarse bien con los padres, hasta en los casos en que ellos hayan sido malvados con los niños.

(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. II, p. 196)

IV.- El paraíso perdido

Había una vez, en una cabaña que estaba en mitad de un bosque enorme, un carbonero y una carbonera.

Eran los dos muy desgraciados: el año había sido malo, y los pobrecillos no habían acumulado el suficiente pan de torta.

Una noche, cuando hubieron terminado ya toda la jornada, marcharon a acostarse sin haber cenado. No os olvidéis de que él era un mocetón ni de que la mujer era una flor de belleza. Pero en aquel tiempo ni la belleza ni la gentileza servían para meter pan en la bolsa.

El rey de aquel país era un rey valeroso pero absolutamente infeliz. Pasó una tarde cerca de la cabaña y puso la oreja junto a la puerta para escuchar una voz que sollozaba.

─ ¡Qué desgraciados somos! ─suspiraba la pobre mujer─ ¡trabajamos como dos condenados y no nos alcanza para ganarnos la vida! ¡Cuando pienso en lo felices que podríamos ser! El primer hombre y la primera mujer que hubo no tenían nada que hacer... Estaban en el paraíso. Si aquella sinvergüenza de Eva no hubiese cogido la manzana de la desgracia, estaríamos como los reyes. ¡Ah! Mira que fue tonta aquella mujer. Si tu hombre te hubiera tenido satisfecha el día en que tú cometiste aquel error, seríamos nosotros ahora más felices.

Y la pobre carbonera se echó a llorar.

Golpeó el rey de repente.

─ ¿Quien anda por ahí? ─preguntó la mujer.

─ Yo

─ ¿Y quién es “yo”?

─ ¡El rey! ¡Abrid!

Así que la mujer levantó la barra de la puerta. No había asiento, pero tampoco quería el rey sentarse. Les dijo:

─ ¿Sois desgraciados los que estáis aquí?

─ Ay, señor rey, nosotros solamente nos estábamos quejando ─dijo la mujer─, porque en tres o cuatro meses yo tendré un niño. ¿Cómo haremos entonces? No veo otro futuro que el que se muera de hambre. ¡Pobrecito!

─ No, dijo el rey, eso no sucederá. Os voy a llevar a mi palacio para que seáis tan felices como Adán y Eva lo fueron en el paraíso. Para ello, solo os pido una cosa: que obedezcáis mis órdenes.

─ ¡Ah! Por supuesto, señor, haremos lo que usted siempre desee y jamás os decepcionaremos.

─ ¡Pues muy bien! Partamos ─dijo el príncipe─; cerrad bien la puerta y guardad la llave.

La mujer no tenía ninguna gana de regresar allí y no quería la llave; pero por agradar al rey cerró bien su puerta.

Entraron en el castillo del rey. Unos criados les vistieron de los pies a la cabeza con los más bonitos trajes, empolvaron los cabellos de la carbonera, la perfumaron, la acicalaron, y le hicieron un completo aseo al carbonero.

Cuando llegó la hora de la cena, entró el rey en la sala y les dijo:

─ ¡Observad bien esta sopera de oro que está en el centro de la mesa! ¡Os prohíbo abrirla! En lo que respecta a todo lo demás, haced lo que gustéis. Os lo entrego todo. Pero si abrís la sopera, estaréis perdidos, vosotros y vuestros hijos.

Y se marchó el rey.

─ ¿Te has enterado bien? ─dijo el hombre a la mujer─; todo lo que hay aquí nos pertenece y podemos usarlo a nuestro gusto. Pero no hace falta que toquemos la sopera.

El servicio les era cambiado en cada comida, y se les ofrecía todo lo que pudieran desear. De manera que disponían siempre de más de los que precisaban. Jacques ─el carbonero se llamaba Jacques─ se lo comía todo con la mirada. Pero a la mujer había una cosa que le atormentaba: siempre tenía que estar viendo la sopera en el medio de todos los platos.

─ ¿Qué será lo que puede haber en la sopera?

─ Sea lo que sea ─dijo el hombre─, eso a ti no te importa.

Y la mujer permanecía en silencio.

Las mujeres son codiciosas, sobre todo cuando están gordas. La carbonera se fue volviendo triste, tan triste que daba pena. Decía que no a la sopa, a la comida, al buen vino. No comía nada de nada.

─ Mujer ─le dijo su Jacques─, si no comes, te vas a morir.

─ Pues es que yo prefiero morir a no saber. Yo…

─ ¡Pero desgraciada! ─decía el hombre─. ¡Entonces nos echarían de aquí!

─ No nos va a pasar nada, te lo digo yo. No descubriré más que una pequeña rendijita. Nadie nos va a ver.

Era cierto: se hallaban los dos completamente solos en aquel momento. Jacques levantó la tapa.

─ ¡Dios mío! ¿Que es lo que hay dentro?

─ ¿Qué es eso?

Un ratoncito, tan grande como un dedo meñique, que se escapó por el salón. El hombre y la mujer se arrojaron atropelladamente al suelo para intentar atrapar al animalito. Pero, de repente, una puerta se abrió, el ratón se escapó por ella y entró el rey. El hombre y la mujer se escondieron debajo de la mesa.

─ ¡Jacques, Jacques! ─gritó el rey.

Pero Jacques no se atrevía a salir de su escondrijo.

─ Vamos, sal de una vez ─gritó el rey─: tengo una cosa que decirte.

─ Ya lo sé ─respondió el hombre─: que el ratón se nos ha escapado.

─ Pues entonces, salid aquí ─le respondió el rey─. Vosotros erais los que habíais tratado a Adán y Eva de tontos. Pues vosotros dos sois más tontos aún. ¡Venga, venga, fuera, pareja de tontos!

Los guardias hicieron salir de allí a Jacques acompañado por la Jaquette, y los condujeron al bosque, hasta su cabaña.

Todavía están los dos por allí, desgraciados como dos piedras. Y sus hijos les dicen: "¡Pero mira que sois tontos, papá y mamá!".

Este cuento tiene una moraleja. No es conveniente que tomemos a burla lo que hizo nuestro abuelo. Puede ser que nosotros lo hagamos aún peor.

(A. Bancharel, Veillées auvergnates, p. 131 (1887) )

V.- Barba Azul (Cantal)

Había hace tiempo, en lo alto de las montañas de Auvernia, un castillo magnífico, que tenía unas torres grandes. No se podía acceder a él más que pasando sobre un puente colgante que al instante volvía a ser levado. Y se decía por el país que ninguno de los que allí entraban volvía a salir. Se le conocía como el Castillo Maldito.

Las gentes del país evitaban pasar por los alrededores, y temían igualmente encontrarse con el señor. Era éste un hombre muy malvado, muy grande y muy fuerte, y solo salía vestido de hierro y montado sobre un caballo negro. Tenía una barba grande, con reflejos azules, por lo que se le llamaba Barba Azul. Estaba siempre solo, y no se le había conocido nunca amigos.

Las mujeres, sobre todo, temían encontrársele, pues se decía que se llevaba a su castillo a todas aquellas que le gustaban, y que jamás se las volvía a ver.