Cuentos y leyendas de la región de Auvernia (Francia)
Chapter 1
Les Littératures populaires des toutes les nationes Traditions, Légendes, Contes, Chansons, Proverbes, Devinettes, Superstitions
Autor: Paul Sébillot
Tomo XXXV: Literatura oral de Auvernia (Litterature orale de L’Auvergne) 1ª edición: París: J. Maisonneve, Libraire Éditeur; 1898. -----
Traducción de Pilar Díaz de Ancos -----
Prefacio
Auvernia tiene una situación geográfica que parece muy propia para la conservación de la literatura oral: hasta hace unos tiempos relativamente recientes ha estado bastante aislada; se halla poblada por un tipo de gente que, aunque ha emigrado mucho, al igual que los bretones, tienen un espíritu de regresar a su lugar de origen muy característica, y además no se mezcla mucho con las provincias vecinas. Si a eso se añade que, en las tardes del invierno, sobre todo en las áreas montañosas, se reúnen con frecuencia los habitantes de los pueblos, se convendrá en que existe un entorno bastante parecido al de la Bretaña, y que por ello se puede esperar que haya riquezas tradicionales casi tan considerables como las de allí.
Se han encontrado en Auvernia, en efecto, bastantes relatos legendarios, pero pocos cuentos propiamente dichos. Yo estoy convencido de que eso es porque estamos ante el trabajo de un solo investigador, y pienso que se debe hacer una encuesta continua: creo que sería verdaderamente fructífera.
Puedo dar una prueba fidedigna de ello porque es fruto de una experiencia personal: más de la mitad de los relatos de este tomo han sido recogidos en París entre personas procedentes de Auvernia.
Hacia 1883 me encontré con bastante frecuencia en el Diner Celtique con el Dr. Paulin, quien había nacido en los alrededores de Royat. Un día me dijo: “He leído sus Cuentos de la Alta Bretaña, y me han recordado los que se contaban en nuestra casa, en Puy-de-Dôme. No he tenido tiempo ni ocasión de escribirlos, pero le contaré algunos”.
Y fue así como, en un rincón del restaurante de Alençon, me contó, entre conversación y conversación, los cuatro relatos de la serie sobre seres sobrenaturales que figuran en esta recopilación, y muchos cuentos cómicos y legendarios.
Algunos años más tarde me encontré, en casa de unos amigos, con un hombre de letras que me dijo: “Tengo aquí a una persona que devora vuestros relatos y que se sentiría muy contento de veros. Esos relatos le han recordado los suyos de Cantal, su país de origen”.
Aquella persona era la señorita Antoinette Bon, que ejercía las funciones de secretaria en casa de mi amigo. Me la presentó y, al cabo de unos minutos de conversación, me di cuenta de que era una persona muy inteligente que amaba los cuentos; y que recordaba muy bien los que había oído en su infancia. Hice que me contara algunos, pero ella me respondió que debía pensar en ellos y escribir todos los que recordaba.
Algún tiempo después, ella misma me remitió un manuscrito bastante voluminoso que comprendía cuentos, leyendas y supersticiones. La señorita Bon, que relataba bien, se sentía menos satisfecha cuando escribía, por lo que consideré su escrito nada más que como una especie de resumen. Por eso le rogué que me los recitara de nuevo, y ella aceptó muy gustosa. Constaté que sus relatos eran de tono más vivo y popular que en la redacción que ella misma había hecho, la cual resultaba sin duda bastante más simple.
A raíz de aquello fue que publiqué sus cuentos en la Revue des Traditiones Populaires, los cuales forman el grupo más considerable y más popular de todos los que he recogido hasta aquí en Auvernia.
Por otro lado, los Vieillés auvergnates han aparecido en Aurillac, a partir de la fecha de 1887, en fascículos que han sido reunidos después en dos volúmenes; comenzada la labor por A. Bancharel, esta recopilación ha sido continuada por sus hijos. Su lectura es divertida, y el dialecto, hábilmente manejado, presta a los relatos una gran naturalidad, que contiene un cierto sabor a veces terrorífico. Merece tener presencia, desde ese punto de vista, en las bibliotecas de Auvernia, y de igual manera puede ser consultado por aquellos que se ocupan de las tradiciones de ese curioso país, y sobre todo de su particular espíritu.
Hay en esa colección una treintena de relatos cuyo trasfondo es popular; pero una lectura atenta lleva a constatar que un pequeño número pueden haber sido sacados de alguna fuente local, e incluso se debe poner alguna reserva acerca del calado, a veces muy conseguido, que los autores han añadido. Parece que muchos de estos relatos han sido adaptados de otras compilaciones diversas, y no tienen los rasgos más propios de Auvernia. Esa es la razón que me ha llevado a sacar de ellas solo algunos textos prestados, que considero de lectura agradable, de los que con un dialecto meridional son bastante familiares para degustar esta literatura semi-popular.
Se publicó en Aurillac, después de 1895, un diario titulado Lo Cobreto (La Musette) de l’Escolo oubergnate del Naut-Miejour, que aparece en números mensuales. La parte superior de cada número tiene un frontispicio que representa un auvernio en zuecos y tocando la gaita. Esta recopilación contiene proverbios, adivinanzas, retahílas y algunos cuentos. Los redactores tuvieron la idea ingeniosa de convocar un concurso de relatos legendarios: el premio se lo llevó un cuento de M. H. M. Dommergues, del que reproducimos la traducción; este mismo autor ha recogido después muchos cuentos, muy populares, llenos de sentimientos, siguiendo las mismas pautas.
En cuanto a las leyendas, la mayor parte de ellas las he recogido de dos libros que no habían sido escritos por folcloristas, y en los cuales se encuentran a veces como por azar.
La Auvernia propiamente dicha no ha desarrollado una recopilación de cuentos emblemática y en su propia lengua: se encuentran por todas partes, dispersos en los diferentes volúmenes cuyo detalle aparece en la Bibliografía de Auvernia y de Velay que en 1885 publicamos M. H. Gaidoz y yo.
La región de Velay ha tenido la suerte de haber sido explorada desde el punto de vista de las canciones por un hombre que estaba fascinado por la cultura popular en una época en que pocas personas en Francia se ocupaban del folclore. M. Smith ha dado a la Romania de 1870 a 1881 un gran número de canciones, de las que se puede decir que son modélicas en cuanto a fidelidad en la transcripción y al comentario inteligente que las acompaña.
Las melodías no han sido, desafortunadamente, anotadas; esa es la razón, tanto como la necesidad de reservar un lugar para ellas, que me ha empujado a hacer constar aquí alguna de ellas.
Este volumen no contiene ni proverbios propiamente dichos ni retahílas. De estas últimas han sido recogidas pocas; en cuanto a los proverbios, son bastante numerosos, dispersos igual que las canciones, y yo he hecho una selección que tuve la intención de publicar: pero el espacio era limitado. Me ha parecido que, puestos a escoger entre los proverbios de Auvernia y los dictados tópicos de esta provincia, era más interesante terminar el volumen por estos, al principio del cual yo puse algunas líneas y ruego me dispensen de hablar de ello aquí más extensamente.
Me sentiré encantado de que la lectura de este pequeño volumen, que ha sido compuesto por un autor extraño a la provincia, aliente la necesidad que hay de que se realice en Auvernia una encuesta seria, ahora que estamos todavía a tiempo, pues, desde hace ya algunos años este país se halla surcado en todos los sentidos por las vías de hierro, y pierde por ello cada vez más su originalidad. He tenido la fortuna de haber sido ayudado en mi trabajo por muchas personas de Auvernia , entre los que debo citar a M. de Doctor Pommerol y M. H. M. Dommergues, y a mi amigo Louis Farges, que ha puesto a mi disposición su biblioteca de Cantal.
Cuentos y relatos sobrenaturales
I.- Las ánimas en pena (Cantal)
Había una vez, hace mucho tiempo, una joven llamada Isabeau, que era muy desgraciada; había perdido a su madre, y su padre acababa de volverse a casar con una mujer llamada Séraphine, que era vieja y mala, tan mala que los habitantes del pueblo se apartaban de ella para no verla. Era la pobre Isabeau la que tenía que sufrir la malicia de su madrastra.
Isabeau había sido prometida por su madre a Pierre, un muchacho agraciado y dispuesto para el trabajo, que siempre se levantaba al primer canto del gallo.
La ruin Séraphine, para causarle dolor a su hijastra, despidió a Pierre y le prohibió volver por aquella casa. Isabeau y Pierre, que se querían mucho, tomaron la determinación de verse y quedaron detrás de la valla del jardín, después del Angelus de la tarde. Pero acababan de reunirse apenas cuando vieron a Séraphine armada con un bastón: huyeron, pero la madrastra alcanzó a la pobre Isabeau y le golpeó sin piedad.
Isabeau, magullada, llorando, temblando aún ante la perspectiva de ser más cruelmente golpeada si volvía a la casa, pasó por delante de ella. Caminó durante largo tiempo, sin fijarse demasiado en por dónde iba, y cuando por fin se dio cuenta, se encontró en el centro del gran páramo. Debilitada por el cansancio, se sentó al pie de una roca y se puso a llorar desconsoladamente. Luego empezó a dormirse poco a poco.
Cuando se despertó, la luna estaba en lo alto del cielo, las estrellas brillaban, e Isabeau se sintió invadida por el miedo, ella sola en mitad de aquella llanura tan desnuda y desierta. Tembló al oír el grito del búho, el pájaro de la desgracia, y se estremeció viendo las estrellas deslizarse en el cielo, pues las estrellas fugaces, le habían contado, eran las ánimas de los muertos que se dirigían al otro mundo.
De pronto le pareció oír a lo lejos, en medio del silencio de la noche, el reloj del pueblo tocando las doce campanadas de medianoche, y al momento vio que un matorral se movía y se agitaba ante ella. Lo primero que vio fue a un personaje muy pequeño, no más alto que un niño, que salía de debajo de una piedra; tenía una cabeza grande y una gran barba blanca que le caía hasta el suelo. Al poco rato le vino al encuentro una viejecita muy arrugada y que parecía tener más de cien años. Enseguida salieron otros seres semejantes de detrás de cada piedra, de cada matorral. Había miles, tantos como granos de mijo en un granero, y todos corrían y se movían de un lado a otro con vivacidad. Hasta que al fin todos prorrumpieron en cantos y bailes:
La joven hizo el intento de escapar, pero uno de aquellos personajillos la tomó por la mano mientras decía:
- ¡Aquí tenemos a Isabeau, que es hija de los hombres, y que va a bailar y cantar con nosotros!
-¡Sí, baila con nosotros, Isabeau, canta con nosotros! ─repitieron los otros.
- Pero ¿cómo queréis que baile con vosotros ─respondió la pobre muchacha─, si vosotros andáis siempre cantando la misma cosa?
- ¡Pues añade, añade tú algo, Isabeau! Tú puedes acabar con nuestros tormentos; nosotros somos ánimas en pena condenadas a bailar y a cantar desde la medianoche hasta el día, y así seguiremos hasta que seamos capaces de entonar un cántico de alabanza al Señor. Llevamos trabajando así desde hace más de cien años, y el único canto que hemos podido encontrar es el que acabas de oír.
Entonces todas aquellas ánimas pequeñas se pusieron a gritar aún más, con voz suplicante:
- ¡Añade algo tú, Isabeau, añade alto tú, añádelo!
La joven se puso a reflexionar un momento. Luego tomó la mano de una de aquellas ánimas en pena y se puso a cantar:
Entonces todas aquellas ánimas, llenas de alegría, se pusieron a bailar con más animación, repitiendo lo que Isabeau acababa de enseñarles.
Bailaron de aquel modo hasta el alba. Isabeau se hallaba agotada por el cansancio. Pero las ánimas, con sus vocecitas, le imploraron con insistencia:
- ¡Añade algo tú, añade algo más todavía, Isabeau!
- Hoy ya no ─respondió ella─, pero volveré antes de que el gallo haya cantado cuatro veces.
- Para compensarte el gran favor que nos has hecho, hazle al alma que parece la más vieja una petición: nosotras te daremos lo que desees.
- ¡Ah, pues qué bien! ─respondió Isabeau─. Mi madrastra no me permite encontrarme con mi prometido: dadme algún medio para que ella se aleje cuando yo esté con él.
- Toma esta sortija ─dijo el ánima─. Cuantas veces te la pongas en el dedo, tu madrastra se verá obligada a ir a contar sus coles, y tendrá que permanecer allí tanto tiempo como dispongas tú.
Isabeau tomó la sortija y regresó a la casa de su padre. Cuando llegó, el sol estaba ya muy alto. Por allí se encontró con Pierre, quien, en espera de poder hablarle, andaba merodeando alrededor de la finca.
Cuando les vio, la malvada Séraphine agarró su bastón y se dirigió a ellos con la intención de golpearles, pero Isabeau tomó la sortija e al momento tuvo la madrastra que dejar caer el bastón para dirigirse a grandes zancadas hacia su jardín, donde se puso a contar sus coles. Del jardín se fue al campo y, cuando hubo terminado, hubo de volver a empezar. Cuando regresó a casa se encontraba tan cansada que no pudo volver a pensar en golpear a Isabeau.
Al día siguiente fue Pierre a ver a su prometida, y ella envió otra vez a su madrastra a contar sus coles.
Isabeau hubiera deseado tener siempre a su novio junto a sí, y siempre le insistía para que se quedase más tiempo. Pero Pierre, que era de natural inconstante, se cansó pronto de tantas facilidades, y al tercer día le dijo a la joven:
- Pues es una pena que tengas que enviar a tu madrastra a contar coles. Ya no puedo venir a verte más. Hoy voy a ir a la fiesta con Miente, que es más divertida que tú y que no tiene los ojos colorados de tanto llorar. Adiós, Isabeau.
La pobre muchacha se llevó un buen disgusto.
- ¡Ay! Mi sortija para lo único que me ha servido es para perder a mi buen Pierre, a quien tanto quiero. Esta noche iré a devolvérsela a las ánimas en pena.
Cuando llegó la noche marchó de nuevo hacia el páramo y anduvo durante mucho tiempo en la oscuridad; su corazón latía con fuerza, y el menor ruido le hacía estremecerse.
Cuando llegó al lugar en el que se había dormido tres días antes era casi la media noche. De repente se le aparecieron las ánimas en pena, que la rodearon exclamando:
- ¡Anda! Aquí está Isabeau, que viene a bailar y a cantar con nosotras.
La tomaron de la mano y la metieron dentro de su círculo, mientras cantaban como la primera vez:
- ¡Pero no basta con eso! ─dijo Isabeau.
- ¡Añádele algo tú, añade algo más, Isabeau! ─exclamaron todas las ánimas. Entonces cantó la joven:
Y las pequeñas ánimas, embelesadas, se pusieron a bailar hasta que se hizo de día.
Al primer rayo del alba se detuvo el baile: la más vieja de las ánimas se acercó a Isabeau e, igual que la primera vez, le dijo:
- Tú nos has hecho un gran favor, Isabeau ─pide lo que quieras, que nosotros te lo concederemos.
- Pues quiero devolveros vuestra sortija ─dijo Isabeau─, porque me ha traído mucha desgracia y no me ha servido más que para perder a mi novio. Él prefiere a otra muchacha que encuentra más alegre que yo; y yo lo que quisiera es ser bella, muy bella, para que me ame siempre.
Entonces el ánima vieja se quitó del cuello un collar y se lo puso a la joven diciéndole:
- ¿Ves? Tú eres ahora más hermosa que el día: no hay ninguna hija de los hombres que pueda rivalizar contigo. Ahora bien: vas a ser feliz, y entonces puede ser que nos olvides; y sin ti nosotras seremos incapaces de terminar nuestro canto. Vuelve a vernos, Isabeau.
- Si él llega ─respondió la joven─, yo regresaré aquí antes de que el gallo cante cuatro veces.
Retomó Isabeau el camino de su pueblo. Pero se extravió y, cuando pasó al lado de una granja en la que andaban trillando el trigo, pidió a los trilladores que le mostraran el camino. Apenas la vieron cuando dejaron su trabajo y dejaron caer su rastrillo al suelo. Se precipitaron todos hacia donde estaba Isabeau, prorrumpiendo en gritos de admiración:
- ¡Oh, qué hermosa que es, qué hermosa que es!
La rodearon todos y se ofrecieron a conducirla hasta la casa de su padre. Uno le ofrecía su carreta, otro su asno, un tercero llevarla a cuestas. Pero las mujeres, cuando se dieron cuenta de lo que pasaba, se pusieron a amenazar a la joven, a mostrarle el puño, agitar sus escobas y sus rastrillos, tratándola de pelandusca y de descarada.
Retomó Isabeau su camino. Pero, a medida que iba avanzando, iba creciendo también el cortejo de varones admiradores que se iba encontrando por el camino. Se sentían atraídos hacia ella igual que el hierro es atraído por el imán. De aquella manera llegó a la plaza de su pueblo. Pierre la vio y se sintió invadido por la admiración.
Pese a lo molesto de la situación en que se hallaba, se puso Isabeau muy contenta. Pero la malvada Séraphine montó en cólera y se precipitó contra la joven con el ánimo de golpearla. En cuanto se acercó a ella vio aquel collar tan precioso que llevaba, se lo quitó y se lo puso al cuello. De repente, la pobre mujer, con su desagraciada figura arrugada y su cabeza temblorosa, se vio rodeada de todos los hombres que andaban por allí. Se precipitaron hacia ella para verla, la apretujaron y la zarandearon tanto que la malvada vieja, magullada y casi ahogada contra el brocal del pozo comunal, comprendió al final que el collar que llevaba era la causa de todos sus males, y arrancándoselo, lo lanzó a lo profundo del agua.
Al instante cesó el encanto y se dispersaron los hombres, riéndose y mofándose de la vieja que habían estado admirando hacía tan solo un instante. La muy malvada, de vuelta a la casa, hizo pagar a Isabeau todas las desgracias que acababan de acontecer y la cubrió de golpes. Y encima vino Pierre a reprochar a la joven que hubiese andado por ahí durante la noche y que hubiese vuelto con cientos de hombres.
- De ahora en adelante ─le dijo─ ya no pienso volver más, porque me marcho ahora mismo a ver a una joven que es más rica que tú.
Lloró Isabeau durante todo el día y toda la noche.
- Veo ─se dijo para sí misma─, que los dones que me han entregado las ánimas en pena no me han servido para nada bueno. ¿Por qué no les habré pedido que me diesen riquezas? Esta noche voy a volver a a implorarles.
Cuando se hizo de noche y todo el mundo estaba acostado, se dirigió ella por tercera vez al gran páramo, y las ánimas aparecieron al toque de la medianoche.
- Te escuchamos, Isabeau─ le dijeron. ¿Has podido continuar nuestro cántico? Canta, Isabeau, canta, cántalo ahora.
Y las pequeñas ánimas se pusieron a girar como torbellinos en torno a la joven mientras cantaban como la segunda vez:
Se detenían de tanto en tanto para decir:
- ¡Añade algo, añade algo, Isabeau! ¡Añádele algo más!
Caviló la joven durante un largo rato, y al final cantó:
Repitieron todas las ánimas este canto después de Isabeau. De repente cesaron de dar vueltas, prorrumpieron en gritos de alegría, liberaron su contento con bailes y saltos, y todos los matorrales pareció que se animaban en un estremecimiento de felicidad.
Y todos gritaban:
- ¡Gracias, Isabeau! ¡Nos has liberado! ¡Hemos rematado nuestro canto, y podemos ya disfrutar de la felicidad eterna. ¡Pide, pide, Isabeau! ¡Pide lo que tú quieras!
- Para tener el amor de mi Pierre ─dijo ella─, lo que desearía es riqueza.
- ¡Pues la tendrás, la tendrás! ─gritaron aquellas miles de pequeñas voces─. Vas a ser rica, muy rica, más que el rey.
Y una de aquellas pequeñas ánimas, mientras tocaba la mano de Isabeau, le dijo:
- ¡Márchate, hija de los hombres, que alguna de tus lágrimas se va a convertir hoy en una perla o en un diamante de incalculable valor!
Entonces el viejecito de la gran barba blanca se acercó, sujetando en la mano un objeto muy pequeño, una especie de modesto alfiler.
- Toma ─le dijo─, coge este alfiler: mientras se halle pinchado sobre tu corpiño, Pierre te amará con un amor constante. ¡Adiós, Isabeau!
El alba empezaba a asomar, y el grupo de pequeñas ánimas, mientras se desprendía suavemente del matorral, fue elevándose con lentitud hacia el cielo. Igual que una nube de la mañana, ascendió y desapareció en el azul blanquecino del cielo.
Regresó Isabeau a casa de su padre, triste por la partida de las ánimas en pena, pero feliz pensando en que volvería a estar con su Pierre.
Cuando entró en la casa, su madrastra se abalanzó sobre ella con los puños cerrados, y se puso a golpearla y a abrumarla con sus insultos. Lloró Isabeau, y sus lágrimas, transformadas en perlas y en diamantes, brillaron al sol. La malvada Séraphine, intentando reponerse de su sorpresa, loca, embriagada de alegría al contemplar todas aquellas riquezas, se puso a golpear con rabia a su pobre hijastra, sin dejar de gritar:
- ¡Llora, llora, desgraciada! ¡Llora, pero llora más fuerte aún!
Tomó, para recoger aquellas lágrimas tan preciosas, el cubo, el cazo, la artesa del pan, las escudillas de madera, el bote de sal, y todos los utensilios que podía acarrear: muy pronto estuvieron llenos de perlas y de diamantes maravillosos.
En aquel momento, Pierre, que pasaba por allí, se sintió atraído, a buen seguro que por el alfiler del amor constante que llevaba prendido la joven. Entró en la casa y, sin hacer ningún caso de las riquezas que iba pisando bajo los pies, no vio más que una cosa: cómo estaba siendo su prometida cruelmente golpeada por la madrastra. Lleno de indignación, se precipitó sobre ella, la agarró por la garganta y la mantuvo en vilo. Pero la vieja gritaba.
- ¡Golpéala, Pierre, golpéala más! ¡Es que llora perlas!
La mantuvo Pierre en vilo de aquel modo. Y la madrastra, loca de cólera de no poder golpear a su hijastra para seguir acumulando riquezas, en medio del sofoco cayó muerta de repente sobre el suelo.
Al cabo de pocas semanas se casó Pierre con Isabeau. Todo el mundo se dio cuenta de que parecían amarse mucho. Se convirtieron en los más ricos del país y tuvieron catorce hijos.
Pierre no quiso nunca aumentar su fortuna haciendo llorar a su mujer, a quien amó con amor constante hasta su muerte.
Las buenas mujeres, termina este cuento, añaden: “La madrastra de Isabeau era muy malvada. Nadie es capaz de reemplazar a una madre, hijos míos. Amad y quered a la vuestra”.
(Antoinette Bon, Revue des Traditions populaires, t. III, p. 381)
II.- Pierre sin miedo (Cantal)
Érase una vez un señor de los alrededores de Aurillac que tenía tres hijos. Los tres eran hombres hechos y derechos, tres auténticos hombretones.
El señor disponía de una muy buena hacienda, y dentro del recinto había un castillo, y alrededor del castillo un huerto como no se había visto nunca, con árboles de todo tipo: los perales cabrettaïres, los perales de agua, las manzanas Calvi, los melocotoneros de Reine-Claude y una multitud de árboles de otras buenas especies, que con solo ser nombrados hacen que la boca se vuelva agua.
Lo que yo voy a contar pasó en el otoño, entre Saint-Mathieu y Saint-Géraud. La fruta estaba madura, y una preciosa mañana el señor se dio cuenta de que alguien había entrado en su huerto durante la noche y le había quitado más de un saco de peras de agua. Se puso muy furioso, hizo venir a sus tres hijos y les dijo así:
─ La noche pasada hemos sufrido un robo de frutas. El que haya sido seguro que volverá esta noche. Es necesario que uno de vosotros acuda al huerto para saber quiénes son los bandidos que nos roban nuestras peras.
Cuando la noche llegó, el primogénito tomó su fusil cargado con balas, se llevó consigo una pierna de cordero y un par de botellas de vino, y se colocó en una esquina del huerto. No escuchó ningún ruido, y el rocío que caía le hacía temblar. Así que, para darse ánimos, se comió un trozo de pierna y descorchó las dos botellas de vino. El frío se le pasó enseguida, pero, como podéis imaginar, el sueño le atrapó y un poco más tarde era fácil escucharle dormido como un tronco.