Chapter 9
GOPA.--El fin a que caminamos es para los ojos de mi mente tenebroso como el abismo. Como en el abismo, hay en él algo que me seduce y que me atrae. No penetro, sin embargo, lo que puede ser este fin; pero los móviles que a él te llevan son generosos, admirables, dignos de tu alma. Sidarta mío, aun cuando fuese errada la dirección que llevas, es tan noble el impulso que por ella te ha lanzado, que, lo presiento con orgullo, las generaciones futuras por siglos y siglos habrán de bendecirte y ensalzarte como al más glorioso de los hombres. Mil tribus, naciones y pueblos seguirán tus huellas y aprenderán tu doctrina. Por mi amor de esposa, por el amor que tengo a nuestro hijo, quisiera oponerme a tu empresa y retenerte a mi lado; pero el amor de tu gloria, que reflejará en mí y en tu hijo, me mueve a no impedir tu partida, aunque el impedirla estuviera a mi alcance. Ve, pero llévame contigo. Déjame primero compartir tus trabajos y después tu triunfo.
SIDARTA.--No puede ser. Debo partir solo.
GOPA.--Mi corazón se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. ¿Y cuándo, bien mío, ha de ser tu partida?
SIDARTA.--En el instante, ¡oh hermosa nieta de Iksvacú! Estamos en la mitad de la noche. Mira al claro cielo. ¿Ves aquella luz que brilla en Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme. Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, están ganados y me dejarán partir. Queda en paz, ¡oh Gopa!
GOPA.--¡Oh señor del alma mía! Tu esclava gemirá abandonada por ti mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida, concede el último favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus labios.
(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le besa también. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.)
CUADRO II.
Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.
Es de día. La misma cámara del tálamo.
GOPA y PRATYAPATI.
PRATYAPATI.--Quiero decírtelo, aunque sea dura contigo. No; tú no le amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir.
GOPA.--Él es mi señor; yo, su sierva. No estaba en mi mano detenerle. Su voluntad es firme y superior a todos mis halagos; pero, aun pudiendo yo detenerle, no le hubiera detenido.
PRATYAPATI.--¿Por qué? ¿Acaso crees en su doctrina?
GOPA.--Yo creo en el impulso magnánimo que le mueve, y esto me basta: creo en su dulce compasión por todos los seres; en su amor a los hombres, a quienes mira como a hermanos, sin distinción de castas; y en su deseo vehemente de enseñarles el camino de la virtud y de la paz. Sólo no creo en una cosa de las más esenciales que él afirma; y si de esto dudo, o más bien, si esto niego, es por lo mucho que le amo. ¿Cómo he de creer yo en nuestra incurable miseria, en nuestro inconsolable dolor, y en que la actividad de la mente es don funesto, cuando, en el colmo de mi amargura, abandonada por él para siempre, todavía vale más el recuerdo de la dicha alcanzada y de la honra obtenida en ser suya que todo el pesar del abandono en que me deja? ¿Cómo he de creer que la vida es un mal, cuando veo y columbro la suya, que ha de ser fuente de tantos bienes? ¿Cómo he de apreciar en poco la vida, cuando el precio infinito de la vida de él bastará para el rescate del linaje humano? ¿Cómo he de llamarme infeliz y no bienhadada, si el fruto de su amor vive en nuestro hijo, si la gloria de su nombre me circundará de fulgores inmortales, y si el recuerdo de que ha sido mío, de que le he tenido a mis plantas, idolatrándome, embelesado en la contemplación de mi belleza, a par que lisonjea mi orgullo, es inagotable manantial de consuelo para mi alma?
PRATYAPATY.--No es hondo el dolor que tan fácilmente halla consuelo. No: tú no le amas.
GOPA.--Quien no ama ni entiende de amor eres tú, Pratyapati. Porque le amo, en el mismo dolor hallo consuelo, y no sólo consuelo, sino deleite y gloria. Y mientras el dolor es más intenso, es la dulzura más grata. Padecer por él, llorar por él, verse condenada por él a soledad horrible y a viudez prematura, es sacrificio santo que hago en aras de su amor y que encierra una virtud beatificante. Tú estás más prendada de su doctrina que de su persona. Yo adoro su persona, y en parte desecho su doctrina. Por amor suyo la desecho. No es funesto don la luz de mi inteligencia, ya que alumbra su imagen; no es funesto don mi memoria inmortal, ya que su recuerdo vive en ella. Abomino del reposo, de la extinción que él busca y desea, y prefiero un tormento sin fin, con tal de que viva en mí el rastro del amor que me tuvo. Bajo la presión de mis penas dará mi amor su más balsámico aroma, embriagándome el alma, como huelen mejor las hierbas y las flores de la selva cuando el villano al pasar las ofende y las pisa.
PRATYAPATY.--Perdóname, ¡oh enamorada mujer! Bien presumía yo que le amabas; pero quería medir la energía de tu amor. La he negado, para cerciorarme de ella, oyendo tus palabras. Todavía tienes que pasar por un amargo trance, y ansiaba yo conocer el brío que hay en ti para sufrirle.
GOPA.--Antes de su abandono, antes de que esta desgracia me hubiese herido el alma, la imaginación medrosa me fingía mayor la pena que iba a sobrevenir, y me menguaba los medios de consuelo. Ahora nada hay ya que me aterre. El bien que he gozado y perdido mitiga y aun endulza con sus dejos toda la amargura del mal presente. Mi corazón es cual vaso que ha contenido un licor oloroso y de sabor gratísimo. El licor se ha derramado, pero lo más sustancial y rico que en él había quedará para siempre en el fondo del vaso e incrustado en sus paredes interiores, y trocará en miel el acíbar que en él se ponga, y en bálsamo el veneno.
PRATYAPATY.--Me tranquilizo al notar que el amor que tienes a Sidarta te da energía para sufrirlo todo. Sabe, pues, que fue en vano que el Rey enviase en su persecución a sus más fieles servidores. No han podido dar con él. Sidarta se ha perdido en el seno de impenetrable y sombría floresta. Allí no es ya el príncipe Sidarta, sino el áspero penitente Sakiamúni. Su elegante traje le trocó por el traje de un mendigo. La negra y rizada cabellera que ceñía sus cándidas sienes, formando undosos y perfumados bucles, se la cortó él mismo, y te la envía como último presente. El escudero Chandac tiene el encargo de entregártela, y ya se adelanta a cumplirle, si le dejas penetrar hasta aquí.
(Gopa hace seña de que entre, y entra Chandac, trayendo en un plato de oro la cabellera de su tenor.)
GOPA (tomando en sus manos el plato de oro y colocándole sobre el tálamo.)--¡Cuántas veces, amados cabellos, cuando estabais aún prendidos en su cabeza, os besaron mis labios y os acariciaron mis manos! Ya estáis muertos y separados de él. Estáis muertos porque no tenéis memoria y no le recordáis. Yo también, separada de él como vosotros, arrancada de él como la flor de su tallo, carecería de vida, si mi vida no fuese su recuerdo.
PRATYAPATY.--¿Y por qué no también la esperanza de que volverás a verle?
GOPA.--Porque el recuerdo es verdadero y leal, y la esperanza falsa y engañosa; porque el recuerdo evoca para mí a Sidarta, enamorado, tierno, humano conmigo; todo él para mí, y toda yo para él; mientras que la esperanza me niega para siempre a Sidarta, y sólo me ofrece ahora a Sakiamúni, y más tarde, cuando Sakiamúni alcance su última victoria, a un ser incomprensible, más luminoso que los astros, y mayor en poder que los dioses, pero inferior a Sidarta, joven, hermoso y enamorado.
PRATYAPATI.--¡Pero Sidarta será el Buda libertador de los hombres!
GOPA.--Jamás el Buda valdrá para mí lo que Sidarta valía. Reniego de la libertad que el Buda me dé, y la trueco mil veces por la esclavitud con que Sidarta me esclavizaba. Doy la fría calma que la doctrina del Buda me proporcione por la agitación y la guerra amorosa que, con las caricias, los rendimientos, los celos, la ausencia y hasta los desdenes de Sidarta, me han perturbado y atormentado.
CUADRO III.
La escena es en la ciudad de Francfort sobre el Mein, 1866 años después de Cristo, y 2488 después de Buda.
Habitación del doctor Seelenführer. Es de noche. Una lámpara de petróleo ilumina la estancia, donde hay mucho librote.
El doctor SEELENFÜHRER y el AUTOR.
AUTOR.--Aseguro a V., mi querido doctor Seelenführer, que cada día estoy más encantado de haber contraído con usted estas relaciones amistosas. Oyendo a V. comprendo el movimiento intelectual de Alemania, en lo que tiene de más hondo, y por consiguiente el de toda Europa, porque (¿cómo no confesarlo?) Alemania es nuestro norte en ciencias y en filosofía, casi desde Leibnitz, y sobre todo desde Kant. Usted es un resumen vivo de cuanto ahora se sabe o se supone que se sabe: usted es un sabio a la última moda. Todo esto me divierte mucho, porque no puede V. figurarse lo aficionado que soy a la filosofía; pero confieso que hay dos cosillas que me afligen.
SEELENFÜHRER.--Dichoso V., a quien sólo afligen dos cosillas. ¡A mí me afligen y me desesperan todas!
AUTOR.--Pues justamente es ésa una de las cosillas que me afligen: el que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba más, en la filosofía alemana, era del optimismo. Desde el doctor Pangloss hasta hace poco (al menos yo así lo entendía) han venido siendo optimistas los grandes filósofos. El ser llorones se dejaba a los poetas exóticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera eran quejumbrosos y desesperados. En el más grande de todos, en Goethe, celebro yo con singular contentamiento cierta alegría reposada y majestuosa y cierta olímpica serenidad. Pero ¡amigo mío! ¡cómo ha cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofía de la desesperación. La poesía la precedió en este camino, el cual, seguido poéticamente, confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, ¿quién no hacía versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias y reniegos de las personas atildadas y cultas. Había uno perdido al juego la mesadita de 30 ó 40 duros que le enviaba su papá; había estudiado tan poco, que había salido suspenso y le habían dejado para el cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le había plantado y preferido a otro huésped; en cualquiera de estos casos, o de otros por el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate o genio en agraz, y comía luego con más apetito que nunca. El asunto es mil veces más serio en el día. La desesperación no se muestra en jaculatorias y raptos líricos, más o menos elegantes y poco metódicos, sino que se deduce de todo un sistema dialéctica y sabiamente construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el término del progreso no es la desesperación momentánea, poética y romántica de un poeta impresionable, sino la desesperación reducida a reglas y demostrada como una serie de teoremas de Geometría, convenga V. en que debemos maldecir el progreso. Aquí tiene V., pues, las dos cosillas que me afligen. Los dos artículos principales de mi fe filosófica quedan destruidos con la filosofía a la moda: la fe en el optimismo y la fe en el progreso. ¿No sería puerilidad ridícula alegar, como prueba del progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranvía, en vez de ir a pié o a caballo; el que los retratos en fotografía salen baratos; el que se teje con prontitud y primorosamente por medio de máquinas de vapor, y el que envíamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio del telégrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemático, pertinaz y dialéctico, desesperados y dados a todos los demonios?
SEELENFÜHRER.--¿Y por qué ha de ser puerilidad ridícula? ¿Quién, que penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la esencia? El telégrafo, el vapor, la fotografía, los cañones rayados son, pues, el progreso.
AUTOR.--Yo entendía, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofía era la bienaventuranza, y el término del progreso la perfección del hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el sentido más lato. Así, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia la bienaventuranza, cuando veo que, no sólo estamos desesperados, sino que es tonto probadísimo, hombre ajeno a la filosofía, acéfalo o microcéfalo insipiente, el que no se desespera.
SEELENFÜHRER.--Esa desesperación, hoy más vivamente sentida que en otras edades, es la prueba más clara del progreso. Cuando el viandante va acercándose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para acabarla pronto y descansar. Así el progreso, que va caballero en la humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto antes.
AUTOR.--¿Y cuál es la posada a donde el progreso nos lleva?
SEELENFÜHRER.--Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la vida; a la extinción del egoísmo y al triunfo del amor, que es la muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegará a poder destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesará esta lucha incesante por la vida que traemos ahora, ya valiéndonos de la fuerza, ya de la astucia. ¡Cesará el dolor y se extinguirá el deseo! ¡Qué paz tan hermosa!
AUTOR.--Guárdesela V. para sí; que yo no la quiero.
SEELENFÜHRER.--Pues no hay otro remedio. Para todos vendrá. Es el único fin de nuestros males. La _idea_ de Hegel, después de llegar a su total desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones, se replegará sobre sí misma con toda la plenitud del ser, sin algo que la límite y determine, y será el no ser. La esencia de los krausistas se realizará toda, y la realización de la esencia será la nada. La _voluntad_ de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo ha sacado todo de sí, como representación y fantasmagoría, dará fin a la representación trágica de la vida, y lo volverá a encerrar todo en sí. Mientras llega este día dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted que los adelantamientos científicos sirven de mucho para hacerla menos intolerable.
AUTOR.--Póngame V. algún caso.
SEELENFÜHRER.--Pondré uno o dos de los más capitales, pero será menester cierta explicación previa.
AUTOR.--Pues dé V. la explicación.
SEELENFÜHRER.--Ya V. sabe que pasó la edad de la fe.
AUTOR.--Sea, pues V. lo asegura.
SEELENFÜHRER.--Los hombres, en esta edad de la razón, no pueden dejarse llevar para sus actos del temor ni de la esperanza de premios o de castigos ultramundanos. Los hombres son autonómicos. Ellos mismos se imponen las leyes que quieren, las derogan cuando gustan, y se absuelven cuando las infringen. No hay ser superior al hombre, que legisle y juzgue, salvo un fantasma que tal vez crea la conciencia y proyecta fuera de sí, agrandándole, como la figurilla pintada en el vidrio de una linterna mágica se agranda al proyectarse en la pared, a causa de la oscuridad. Traiga V. una luz clara, y la figura grande que había en la pared desaparece, y sólo queda la figura pequeña dentro de la linterna. Así la proyección del fantasma que había en nuestra mente, y que nos fingíamos en lo exterior, inmenso, infinito, se borra, se desvanece del todo, ante las claras luces del siglo en que vivimos.
AUTOR.--Enhorabuena. ¿Y qué?
SEELENFÜHRER.--Los hombres, pues, no tienen para sus actos sino dos móviles, o, mejor dicho, uno solo, que se bifurca: lo que los positivistas ramplones llaman la utilidad. La bifurcación consiste en que unos buscan la utilidad exclusiva de ellos, y otros, los menos, la utilidad de todos. Esto no implica mérito ni demérito en el hombre: todo está predeterminado: todo es fatal: todo es obra de esa voluntad inconsciente, de ese prurito que creó el mundo, y que se agita en nosotros y nos impulsa: a unos a la devoción, al sacrificio, negando al individuo por amor al todo; a otros al egoísmo, procurando la conservación, el deleite y el bienestar del individuo, a despecho y tal vez en perjuicio de la totalidad. Nace de aquí que no poca gente de la más ruda, menesterosa y fiera, alentada y capitaneada por espíritus inquietos, trate de subvertirlo todo por envidia o por codicia, en virtud de teorías que se llaman, por ejemplo, socialismo, comunismo y nihilismo. ¿Cuál es el mejor modo de evitar esto? Aquí de la sabiduría, ha dicho mi docto amigo Ernesto Renan; y ha discurrido un medio, que pronto ofrecerá a los sabios en un libro precioso. Consiste su medio en que los sabios se reúnan en corporación o cofradía; se comuniquen sus inventos sin que el público los trasluzca, volviendo a la época de las ciencias ocultas y de la magia; y, no bien chiste la plebe, se alborote o no los deje en paz, reciba su merecido, produciendo los sabios contra ella, ya un buen terremoto, ya una inundación o un diluvio, ya una epidemia, ya un par de volcanes en actividad, ya otra plaga por el estilo. Así llegará al cabo el gobierno de los sabios: todos los que no lo sean nos obedecerán y temblarán, y el mundo estará lo menos mal posible. Seguirá entre tanto progresando la ciencia, y no bien logremos poseerla del todo, acabaremos este drama del Universo y de la historia con un suicidio colosal, o mejor expresado, con un _totalicidio_ y aniquilamiento de cuanto existe. El otro caso de ventajas que ha de traernos la ciencia es el de dar una nueva religión a la plebe ignorante. La ciencia y la filosofía niegan a Dios; pero los que no son científicos ni filósofos es menester que le tengan. Esto nos conviene. La religión será, pues, nuestra misma filosofía, expuesta, no ya en términos dialécticos y con método, sino en imágenes, símbolos, alegorías y otras figuras retóricas, cada una de las cuales tomará consistencia en la fantasía del vulgo y será una persona divina, un ente mitológico, Dios en suma. Ya varios amigos míos andan por esta manera confeccionando la religión del porvenir. Difícil es la empresa; pero ¿qué no puede la ciencia novísima? Yo creo que acabará por salirse con la suya.
AUTOR.--Y dígame V.: ¿se va ya entreviendo a cuál de las religiones positivas, existentes hasta hoy, se parecerá más la religión del porvenir?
SEELENFÜHRER.--Vaya si se entreve. Se parecerá, al budismo.
AUTOR.--Hombre, me alegro. Buen lazo de fraternidad, así que seamos budistas, vamos a tener con más de doscientos millones de ellos que hay en Asia y en Oceanía. Pero me alegro también por otra razón.
SEELENFÜHRER.--¿Por cuál?
AUTOR.--Porque estoy escribiendo un diálogo, donde Gopa, la mujer de Buda, es la heroína, y no sé cómo terminarle. Usted, que ya es casi budista, debe de tener vara alta con Gopa. ¿Podrá V. evocarla y hacer que yo hable con ella?
SEELENFÜHRER.--No hay nada más llano. Antes de todo, quiero que sepa V. que yo no soy un espiritista adocenado, sino el más ilustre de los espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe en que V. sea ilusión o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante nosotros después de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad o ilusión. Los puros materialistas son necios. Por medio de combinaciones y operaciones físicas y químicas de lo que llaman materia, y donde sólo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el espíritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, única cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. Así, pues, no hay fundamento alguno para negar que existan aún la mente y la voluntad individuales de Gopa, aunque los órganos que esta voluntad y esta mente se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta época dada, hayan desaparecido.
AUTOR.--De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las evoque.
SEELENFÜHRER.--Yo no trataba de convencer a V. Quería sólo justificarme de haber incurrido en contradicción. Por lo demás, V. se convencerá de mi poder nigromántico. Gopa aparecerá y hablará con V. ahora mismo. No en vano me apellidan Seelenführer, que equivale en griego a Psicopompo o conductor de almas, epíteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros hábiles taumaturgos de la antigüedad.
AUTOR.--Y dígame V., ¿por qué _medio_ se comunicará Gopa conmigo?
SEELENFÜHRER.--Por la perla de los _medios_. Mi _medio_ es una paisanita de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hallé, cinco años ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salían bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces está conmigo y se ha _mediatizado_, ejerciendo la _mediania_ de un modo que no tiene nada de _mediano_, y sí mucho de nuevo. Yo embargo magnéticamente su espíritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada, donde el espíritu evocado penetra, se infunde, y, valiéndose de los órganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula palabras con su boca.
AUTOR.--Amigo mío, estoy encantado de oírle. Linda invención la de V. Eso sí que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas y de la escritura después. Vea yo cuanto antes a Carmela.
SEELENFÜHRER.--Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido magnético.) Ya está Carmela dormida. Ahora evoquemos el espíritu de Gopa para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. ¡Gopa! ¡Gopa!
(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.)
GOPA.--¿Qué me quieres?
SEELENFÜHRER.--Que respondas a lo que este caballero te pregunte.