Cuentos y diálogos

Chapter 8

Chapter 84,047 wordsPublic domain

ASCLEPIGENIA.--Yo sabré remediarle. No me meteré en discusiones ni en consejos, sino que, a modo de broma, haré que mañana le cojan dos esclavos antes de comer, le soplen en un baño y me le laven y frieguen con pasta de almendra, y me le froten con aromoso _diapasma_. Él mismo se sentirá mejor después, y tomará la costumbre de lavarse.

ATENAIS.--Pero, declárate con franqueza; a pesar de está Proclo tan viejo, tan estropeado y tan sucio, ¿le amas todavía?

ASCLEPIGENIA.--Le amo y le adoro. Se me figura que él es la última encarnación del maravilloso genio de Grecia. Amándole, se magnífica y ensalza todo mi ser, hasta considerarme yo misma como la ciencia, la poesía, la civilización griega personificada.

ATENAIS.--En efecto, Proclo es el príncipe de los filósofos. Tu padre Plutarco y mi padre Leoncio, notable filósofo también, le veneraban como superior a ellos. Comprendo, pues, que ames a Proclo.

ASCLEPIGENIA.--Una doncella tan sabia, educada con esmero en Atenas; una poetisa tan inspirada como tú, en quien veo renacer, en edad temprana, las altas prendas de Hipatia, no podía menos de comprender este amor mío que descuella sobre mis otros amores.

ATENAIS.--Es un dolor que no pueda ser el único.

ASCLEPIGENIA.--La culpa, hasta cierto punto, la tiene el pícaro misticismo. Por él nos separamos. Sin él hubiéramos vivido juntos, hubiéramos sido humanamente amantes y esposos, y ni yo hubiera caído, ni Proclo hubiera llegado a ser, con lamentable precocidad, y quedándose pobre, un vejestorio tan incapaz, y tan feo.

ATENAIS.--Tu propósito era difícil. No extraño que no hayas podido cumplirle. El temple de alma de la emperatriz Pulqueria es rarísimo.

ASCLEPIGENIA.--¿Qué temple de alma ni qué calabazas? Ella es emperatriz y no necesita de un Crematurgo.

ATENAIS.--¿Tiene acaso algún Eumorfo?

ASCLEPIGENIA.--¡Vaya si le tiene! Nadie lo ignora, menos tú, que estás en Babia, y Marciano, que hace la vista gorda.

ATENAIS.--¿Y quién es ese feliz mortal?

ASCLEPIGENIA.--El lindo y gracioso Paulino.

ATENAIS.--Pues no tiene mal gusto la santa.

(Aparece una sierva.)

SIERVA.--Señora, Crematurgo pide licencia para entrar.

ASCLEPIGENIA.--Que entre. (Vase la sierva.)

ATENAIS.--¿Me retiro?

ASCLEPIGENIA.--Retírate. (Vase Atenais.)

ESCENA X.

ASCLEPIGENIA, CREMATURGO, PROCLO Y EUMORFO. (Asclepigenia se pone de pié para recibirlos.)

ASCLEPIGENIA.-¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué significa venir los tres juntos a mi casa?

CREMATURGO.--Envidiable frescura te concedió el cielo. ¿Cómo, al vernos entrar juntos a los tres, no tiemblas, no te asustas, no te hundes avergonzada en el centro de la tierra?

EUMORFO.--Eso mismo repito yo. ¿Cómo no te hundes en el centro de la tierra?

CREMATURGO.--¡Inicua! Nos estabas engañando a todos.

EUMORFO.--Esto pasa de castaño oscuro. ¡Tres al mismo tiempo!

CREMATURGO.--¿Qué puedes alegar en tu defensa?

EUMORFO.--Con razón enmudeces.

ASCLEPIGENIA.--Yo no enmudezco ni con razón ni sin ella. A fin de probaros que la razón no me falta, os contaré una parábola, si tenéis calma para oírla.

CREMATURGO.--Cuenta.

EUMORFO.--Te escucho.

ASCLEPIGENIA. (A Proclo, que ha estado y sigue silencioso desde que entró.) Y tú, ¿qué dices?

PROCLO.--Nada. Te escucho también.

ASCLEPIGENIA.--En el jardín de este palacio hay un rosal, que estaba casi seco y perdido por hallarse en terreno estéril.--¿Qué necesita? me dije yo al contemplarle.--Mantillo, me respondí. Es menester que de las sustancias corrompidas que en el mantillo hay absorba el rosal la savia vivificante que ha de dar lozanía, gala y primor a sus hojas y a sus flores. Cubrí, pues, con mantillo las raíces y el pié del rosal, y el rosal ha reverdecido y florecido como por encanto. La verdura de sus hojas es brillante: sus rosas son divinas. Los pétalos de estas rosas tienen el color encendido del alba: el centro parece cáliz de oro: en el cáliz hay miel. ¿Qué ser delicado, elegante, ligero, bonito, en armonía con la rosa, podrá tocar sus pétalos sin marchitarlos, y libar la miel del cáliz con la correspondiente suavidad y finura?--Una aérea, pintada y alegre mariposa, pensé yo. Y apenas lo hube pensado y deseado, acudió la mariposa más gentil y juguetona que he visto en mi vida; y revoloteando en torno de la rosa, se posó en su seno, sin ladear apenas el flexible tallo, y libó la miel del cáliz de oro. Noté, sin embargo, que esto no bastaba. De la rosa se desprendía exquisita fragancia, que iba disipándose por el ambiente y que el céfiro esparcía en sus alas. En la rosa había asimismo belleza extraordinaria, reflejo de la idea; perfección de formas, que encierra puros pensamientos artísticos. Esto sólo puede comprenderlo la inteligencia. Sólo el espíritu puede gozar de todo esto. Es así que la mariposa no tiene inteligencia, ni espíritu, ni siquiera olfato: luego al rosal le faltaba lo mejor. Sus prendas de más valía quedaban sin fin y sin propósito. Entonces vi claro que, si el mantillo y la mariposa eran indispensables para el rosal, eran más indispensables aún mente elevada, espíritu y conciencia, que le comprendiesen y admirasen. Aplicad ahora la parábola y reconoceréis mi justificación. Yo soy el rosal; tú, Crematurgo, eres el mantillo; tú Eumorfo, la mariposa; y Proclo es la nariz que aspira el aroma y la mente que estima la beldad y goza dignamente de ella. ¿Qué culpa adquiere el rosal de que nada sea completo en este bajo mundo? ¡Lástima es que no se logren mantillo, mariposa, narices y mente en un ser solo! Como el rosal requería todo esto y no se hallaba reunido, he tenido que buscarlo por separado.

CREMATURGO.--Pues yo no me avengo. No quiero ser mantillo y nada más. ¡Adiós, ingrata! (Vase.)

EUMORFO.--Tampoco me resigno yo a ser una mariposa ininteligente, sobre todo cuando por amor tuyo me había puesto ya a estudiar filosofía. ¡Adiós infame! (Vase.)

ESCENA XI.

ASCLEPIGENIA, PROCLO.

ASCLEPIGENIA.--Mantillo y mariposa me abandonan. ¿Me abandonarás tú también, Proclo mío?

PROCLO.--Confieso que mi alma está destrozada. Tal vez haría yo bien en huir de tu lado para siempre; pero hay una fuerza que me retiene cerca de ti. En balde he querido espiritualizar, santificar la civilización antigua, risueña y amante de la hermosura, pero liviana. No acierto, con todo, a divorciarme de ella. Soy de ella. Soy tuyo sin remedio. El vergonzoso y duro desengaño no mata el amor de mi corazón al derribar todo el edificio filosófico que con tanto afán y arrogancia había yo levantado. Se me figura que cae sobre mí el justo castigo de la soberbia del espíritu. El espíritu se apartó con desdén de la naturaleza; quiso elevarse por cima de la inteligencia y de la causa; pugnó por ir más allá del ser mismo; aspiró a confundirse con el principio inmutable de todo ser. La unión mística, de que tanto me he envanecido, fue sin duda ilusión malsana. El principio indefinible del ser, con el cual yo creía unirme, y del cual todo lo que se afirma es negando, era el no ser: era la nada. Mi supuesta identificación con él fue muerte egoísta. No fue la muerte generosa de aquel que, amando la vida, sabe darla por el triunfo de una noble idea; por su patria; por la felicidad del objeto amado. Mi prurito de perderme en el Uno, absorbente, impersonal, que todo lo tiene en sí y nada tiene, es la más monstruosa perversión del espíritu. Es no saber vivir y gozar en el seno de este vario y bello Universo. Es crear un misticismo contrario al amor. Mi misticismo reconcentra el alma: el amor la difunde. Apartado el espíritu de la naturaleza, ¿qué se puede esperar sino lo que veo y lamento ahora? O el delirio que toma la nada por el principio del ser, o la vileza, el rebajamiento, la impura grosería y el brutal apetito de goces materiales, triunfantes en la naturaleza, en la sociedad y en todo pensamiento, cuando el espíritu los abandona. En cambio, ¿qué vale el espíritu que se aparta del mundo real, creyendo adorar lo divino y adorándose a sí propio? Ni para resistir los golpes del infortunio más vulgar conserva brío suficiente. ¿Qué energía de voluntad me queda? Sólo soy capaz de vil y cobarde resignación o de morirme aquí de pena, como mujercilla nerviosa. ¡Qué vergüenza! No puedo más. ¡Ay de mí!

(Proclo cae desmayado en la silla-larga.)

ASCLEPIGENIA.--¡Atenais! ¡Atenais! ¡Acude! ¡Oh desgracia! Acude; trae un pomo de esencias. ¡Nos quedamos sin filosofía! Ya no hay filosofía posible. Ya no hay más que ciencias positivas y prosaicas. Mi filósofo se me muere. (Se inclina sobre él y le abraza con la mayor ternura.) Huele mal; pero... ¡es tan sabio! ¡es tan bueno!

ESCENA XII.

DICHOS, ATESTAIS.

(Atenais ayuda a Asclepigenia a cuidar a Proclo, aplicando un pomo de esencias a sus narices)

ATENAIS.--Cálmate. No es nada. Ya vuelve en sí.

ASCLEPIGENIA.--¡Buen susto me he llevado! ¡Pobrecito mío de mi alma! ¡Qué malo se me puso!

PROCLO. (Se levanta.)--Perdóname, amiga. Ha sido un momento de debilidad. (Reparando en Atenais.) ¿Quién es esta gallarda doncella?

ASCLEPIGENIA.--Es Atenais, hija de Leoncio.

PROCLO.--¡La hija de mi docto e ilustre amigo!... ¡El cielo te bendiga, Atenais!

ASCLEPIGENIA.--¿Me perdonas, Proclo?

PROCLO.--No hablemos más de lo pasado: olvidémoslo.

ASCLEPIGENIA.--¿Vivirás conmigo?

PROCLO.--No quiero ni puedo vivir ya sin ti. Tú serás el lucero que ilumine con su luz apacible la melancólica tarde de mi existencia. Estas blancas y suaves manos (las toma entre las suyas) cerrarán con amor mis párpados cuando se junten para dormir el último sueño.

ASCLEPIGENIA.--Contigo no echaré de menos ni la riqueza, ni la hermosura corporal... ¿Qué más hermosura, que más riqueza que el tesoro de tu alma? Si es menester, viviremos en la mayor estrecheza. Algo se me estropearán las manos de guisar y de remendarte la ropa. La elegancia, el esmero, el perfume de aristocrática distinción se desvanecerán casi por completo cuando vivamos míseramente. ¿Pero qué importa? ¿Yo poseeré tu alma y tú la mía?

PROCLO.--No ha de ser así. No consentiré que se pierda o que se deteriore ni una chispa, ni un átomo de toda esa beldad que te dio naturaleza y que el arte ha completado y realzado. Yo ganaré riquezas para ti. Para ti tendré hermosura corporal y juventud lozana.

ASCLEPIGENIA.--No te alucines, Proclo. La juventud que se fue, no vuelve nunca. Venus Urania no te visitó sin motivo. En cuanto a la riqueza, doy por cierto que no ganarás jamás un óbolo con toda tu filosofía, a no ser que apeles al milagro.

PROCLO.--Pues bien; al milagro apelo. Ahora vas a ver quién yo soy. ¡Aquí te quiero, oh Teurgia! Para algo me has de servir. Hasta ahora, Asclepigenia idolatrada, has poseído en Eumorfo y en Crematurgo hermosura, juventud y riquezas, contingentes, limitadas y caducas. De hoy en adelante vas a poseer la juventud, la hermosura y la riqueza, en absoluto y para siempre. Guardad silencio religioso. Ya empieza el conjuro.

(Profundo silencio. Proclo, agitando su báculo, traza en le aire círculos y otras figuras mágicas, y murmura entre dientes palabras ininteligibles. Óyese música celestial, lenta y sumisa. En el centro del teatro se va cuajando una brillante y cándida nube, con arreboles de carmín, oro y nácar.)

ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.--¡Qué portento!

PROCLO.--Ocultos en esa nube tienes ya, a tus órdenes y para tu servicio, en reemplazo de Eumorfo y de Crematurgo, al flechero Apolo, al más elegante y bonito de los dioses, y al hijo de Jasión y de Céres, al ciego Pluto, dispensador de las riquezas. ¿Quieres que salgan con séquitos de musas, gracias, ninfas, y genios, o que salgan solos?

ASCLEPIGENIA.--Que salgan solos. Ya les iré pidiendo, en la sazón conveniente, todo aquello que se me ocurra.

PROCLO.--¡Apareced, dioses!

(Se abre la nube, y salen de ella, con mucha luz de Bengala, Pluto, cojo, ciego y alado, y Apolo, muy bizarro y airoso, con manto de púrpura, corona de laurel y lira en mano.)

PROCLO.--¿Qué más tienes que pedir?

ASCLEPIGENIA.--Nada. Yo me contentaba con tu amor.

PROCLO.--Recapacita, sin embargo, si algo te falta.

ASCLEPIGENIA.--Si no me motejases de sobrado pedigüeña y exigente, aún te pediría una cosa.

PROCLO.--¿Cuál?

ASCLEPIGENIA.--Que te laves.

PROCLO.--Me lavaré.

ATENAIS.--Ya eres dichosa. Posees ciencia, hermosura, juventud, riqueza y hasta aseo. Yo, desvalida y menesterosa, lejos de envidiarte, me regocijo.

PROCLO.--El cielo te premiará, generosa Atenais. Yo, que estoy ahora inspirado, leo en el porvenir tu egregio destino. El joven Teodosio, a quien educa muy bien su hermana Pulqueria, a fin de que brille en el trono imperial, se casará contigo. Así serás emperatriz de Oriente. Serás feliz y poderosa sin acudir a la magia; pero tendrás que hacerte cristiana. Por último, para que nuestra gloria y nuestra felicidad sean más estupendas y vividoras, después que pasen troce o catorce siglos, contando desde el día de la fecha, aparecerá en la risueña y fértil Bética, cuna de la dinastía reinante y patria de tu abuelo político el Gran Teodosio y de otra infinidad de personas eminentísimas, cierto escritor ingenioso y verídico, el cual ha de componer sobre los sucesos de esta noche un diálogo, donde trate de competir con el divino Platón en lo elevado y grave, y con el satírico Luciano en lo chistoso y alegre.

ATENAIS.--Mucho me he de holgar si tus vaticinios se cumplen.

ASCLEPIGENIA.--Y yo también. Temo, sin embargo, que ese diálogo, que Proclo anuncia, sea una extravagancia sin amenidad y sin viveza, donde nosotros figuremos, no como seres reales, sino como personajes alegóricos: donde Proclo y yo representemos la antigua poesía sensual y corrompida y el antiguo saber agotado, desesperado y estéril, que para seguir viviendo juntos se entregan a brujerías y supersticiones.

ATENAIS.--Si esa alegoría puede tener alguna aplicación cuando el diálogo se escriba, tal vez interese el diálogo.

ASCLEPIGENIA.--Suceda lo que suceda, no debe importarnos mucho. Allá se las haya el autor. Nosotros cinco, mortales y dioses, vámonos al triclinio, donde tengo preparada una suculenta y bien condimentada cena.

MORTALES Y DIOSES.--Vámonos a cenar.

GOPA

DIÁLOGO FILOSÓFICO EN TRES CUADROS.

CUADRO I.

La escena es en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.

Interior del magnífico palacio del Príncipe Sidarta. Es de noche. Cámara del tálamo, iluminada por una lámpara de oro.

GOPA.--PRATYAPATI.

PRATYAPATI.--Los más vigilantes siervos del rey Sudonán rondan en torno de este palacio. Las puertas de la ciudad están defendidas. No se irá. Es menester que no se vaya. Sin él ¿qué será de nosotras? Con igual vehemencia le amamos, aunque de manera distinta. Yo le amo como si fuera mi hijo. Cuando, a poco de darle vida, murió BU madre Maya Devi, por encargo suyo quedó Sidarta a mi cuidado. No quisieron los dioses que ella viviese, para que no padeciera lo que nosotras padecemos hoy.

GOPA.--Inmenso dolor nos agobia. ¿Por qué anubla su hermosa frente irremediable tristeza? ¿Por qué desea abandonarnos? ¿Qué falta, qué mengua encuentra en mí? Yo le hubiera preferido a los dioses, como Damayanti prefirió a Nal. Mi ventura se cifra en obedecerle con humildad y en ser toda suya. ¡Ingrato! Su corazón insaciable no logra aquietarse en mi amor. Su noble cabeza jamás reposa tranquila sobre mi seno. Ya no me ama. Me juzga indigna de su cariño.

PRATYAPATI.--No te atormentes, ¡oh Gopa! Sidarta te ama. Para él eres tú el ser predilecto entre todos los seres. Pero de amor nace su pena. Amor es su martirio. Amor le devora, creando en su alma una piedad infinita, que no consiente ni deleite, ni goce, ni paz tan sólo. Todos los males de la vida pesan sobre su corazón, que abarca en su afecto la vida de los tres mundos. Amor, primogénito de la naturaleza, por una fatal expansión de su esencia divina, dio ser a cuanto vive; y con la vida nacieron el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Se diría que Sidarta es la encarnación, el avatar de Amor, que llora y lamenta haber creado la vida; que padece en sí cuanto todo ser que tiene vida padece, y que anhela retrotraer la vida a la nada para que el padecimiento acabe.

GOPA.--Efímera es la vida: el padecimiento que de ella nace debe de serlo también.

PRATYAPATI.--No, Gopa; la vida no tiene término. La muerte es cambio, no fin. Arrastrados en la perpetua corriente, mudamos de forma, pero no de esencia, la cual renace o reaparece siempre para el dolor. En este sentido, los dioses, los asuras y los hombres son igualmente inmortales.

GOPA.--¿Y no hay ningún dichoso?

PRATYAPATI.--Ninguno. La infelicidad es la primera condición de la vida.

GOPA.--¿Y por qué Amor creó la vida, y la infelicidad con ella?

PRATYAPATI.--Porque Amor no fue libre. Como del sol brotan los rayos, como el agua mana de la fuente, así de Amor brotó y manó la vida. Sólo movido de compasión sublime, en virtud de un esfuerzo superior a lo humano y a lo divino, recogiéndose en sí con abstracción portentosa, logrará Amor recoger también en sí la vida y darle quietud eterna.

GOPA.--Veo que piensas como Sidarta. Aplaudes, sin duda, su propósito, que yo no comprendo.

PRATYAPATI.--Hasta cierto punto pienso como él; pero su propósito es audaz, me parece irrealizable, y por audaz e irrealizable no le aplaudo. Si él estuviese llamado, como cree, a ser el libertador de los hombres, yo vería y haría con gusto cuantos sacrificios hay que hacer para lograrlo.

GOPA.--¡Oh Pratyapati! ¡Cuán encontrados sentimientos son los nuestros! Si tú le amas como madre, yo, como esposa, como mujer enamorada le amo. Este modo de amar es menos fuerte, por lo común, que el amor de madre. En el amor de madre hay mucho que nace de las entrañas y que allí se arraiga. Por eso, no ya las mujeres, sino las mismas fieras aman a sus hijuelos. La mujer enamorada de un hombre, cuando sólo le ama con el amor de las entrañas, no le ama más que le ama su madre; pero cuando le ama también con el amor del espíritu, le ama mil y mil veces más que la madre más amorosa; le idolatra; le mira como a un dios; tiene fe en él; le cree capaz de todo lo grande y de todo lo bueno; piensa que de la voluntad de él, que es ley para ella, han de nacer el milagro, el bien y la bienaventuranza para todos. No sé, no comprendo el propósito de Sidarta; pero sé y comprendo que será bueno su propósito, y que le logrará, si quiere. Si para que le logre he de hacer yo el mayor sacrificio, pronta estoy a hacerle.

PRATYAPATI.--¡Oh desventurada y débil mujer! ¿Qué mísera resignación es la tuya? Tú sola puedes detener al Príncipe con la deleitosa cadena de tu afecto; mas la veneración que el Príncipe te inspira te excita hasta a romper esa cadena. La violencia no bastará a retenerle; pero si tus blancos y suaves brazos le cautivan, ¿cómo te apartará de sí para ir a donde sueña que su vocación le está llamando? El Rey pone en ti su esperanza. No la defraudes. Reten a Sidarta con el hechizo de tu amor y de tu hermosura. No le dejes partir.... Siento pasos. Sidarta viene. No quiero que me halle aquí. Animo, ¡oh Gopa!

(Se va Pratyapati.)

GOPA.--Animo.... para detenerle no me falta; no le necesito. Para dejarle partir he menester de todo mi valor.

(Entra el Príncipe.)

SIDARTA (abrazando a Gopa)--¡Esposa mía!

GOPA.--Dime la verdad. ¿Me amas aún?

SIDARTA.--Te amo más que nunca.

GOPA.--¿Por qué, entonces, estás inquieto, triste y como desesperado? ¿Por qué no se aquieta en mí tu voluntad?

SIDARTA.--Si no te amase, mi voluntad no se aquietaría en ti, porque buscaría más alto objeto de su amor. Amándote, no se aquieta tampoco, porque teme perderte. En breve plazo nos separará el destino, y renaceremos bajo nuevas formas para no volver acaso a encontrarnos jamás. Y no nos separaremos en la plenitud de la hermosura y de la fuerza, jóvenes y robustos aún, sino tal vez marchitos por la vejez y sobrecargados de disgustos y enfermedades. Esto hará que el afecto que hoy nos tenemos se trueque en desvío y en horror, o dé origen a una piedad dolorosa. Pero aunque tú y yo ¡oh hija de Dandapani! lográsemos revestirnos de juventud perpetua y disfrutar perenne salud, viviendo unidos y enamorados siempre, nunca seríamos felices, como no fuésemos egoístas. El dolor de cuanto respira, el padecer de cuanto alienta, la muerte de cuanto vive y el espantoso espectáculo de la miseria humana acibararían nuestra ventura, o nos harían indignos de gozarla por la dureza de nuestros pechos sin compasión y por la sequedad de nuestros ojos sin lágrimas.

GOPA.--Tus razones son tan poderosas para mí, que no sé cómo responder a ellas. Si algún engaño contienen, no seré yo quien te saque del engaño; caeré en él contigo. Es cierto: lo sé por experiencia propia: no hay dicha cumplida. Ni cuando tú, violentando la dulce modestia de tu condición y prestándote al capricho de mi padre, te presentaste a competir con mis pretendientes, y en la lucha, en la carrera, en disparar flechas y en esgrimir las demás armas, los venciste; ni cuando me revelaste que me amabas; ni cuando toda yo fui tuya; ni cuando sentí en mi seno agitarse viva tu imagen; ni cuando alimenté a nuestro hijo con la leche de mis pechos; ni cuando, sentado en mi regazo, aquel claro descendiente de Gotama respondió por vez primera a mi sonrisa con su sonrisa y atinó a pronunciar tu nombre y el mío; nunca dejaron de acibarar mi contento el temor de perder el bien que le causaba y la consideración de que nuestro contento y nuestro bien eran privilegio odioso, eran contravención de la ley que condenó a los hombres a general infortunio. Pero dime; si me amas, ¿nuestro infortunio no será mayor separándonos? ¿Por qué, pues, me huyes? Afirman que nos quieres abandonar a todos. ¿Qué propósito llevas? Porque el dolor sea general y necesario, ¿hemos de acrecentarle por nuestra voluntad, como lo acrecentarás si nos abandonas?

SIDARTA.--Bien sabes, hermosa nieta de Iksvacú, que por mi voluntad no se ha derramado jamás una sola lágrima. ¿Cómo había yo de darte voluntariamente el pesar más pequeño? Jamás me apartaría yo de tu lado, si esto me fuera lícito; pero no debo ocultártelo por más tiempo: un deber imperioso me impulsa a ir lejos de ti.

GOPA.--¿No te alucina, no te extravía ese deber?

SIDARTA.--No es posible que me alucine. Mi resolución no ha sido súbita, sino nacida de largas y profundas meditaciones. Yo quiero y puedo libertar a los hombres de la miseria, del dolor y de todos los males: mostrarles el camino de la redención, redimiéndome yo mismo. Mi inteligencia, abstrayéndose de todo, desdeñando los deleites ilusorios con que nos brinda el Universo, en la contemplación de sí propia, en el éxtasis, irá poco a poco alcanzando la suprema sabiduría, elevándose por cima de los dioses y de los asuras, adquiriendo un poder mágico que rompa la ley fatal del encadenamiento de las causas; y, por último, llegada al colmo de su brío, realizada toda la virtud de su esencia, se extinguirá para siempre, como se extingue la llama cuando da al mundo toda la luz y todo el calor que están en ella latentes. Mi vida será así ejemplo y dechado para los que aspiren, como yo, a salir de la esfera tempestuosa de la vida y de las mudanzas sin fin, y busquen la paz eterna. Obra fatal de Amor, efusión de su esencia divina fue este Universo tan lleno de dolor. Sean obra reflexiva de Amor el aniquilamiento, el silencio y el reposo que nos salven del tumulto y de la guerra. Limitación y mengua son el fundamento de nuestra vida como individuos. Rompamos el límite, completemos el ser para que no tenga mengua alguna, y entonces nuestra existencia sin límites, y entera, sin mengua ni falta, será como si no fuese.