Cuentos y diálogos

Chapter 10

Chapter 102,021 wordsPublic domain

GOPA.--¿Qué he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas de herirme, de emponzoñarme el corazón. Hace veinticinco siglos que gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su último casto beso, el de la noche en que se despidió de mí, estaba en lo íntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de Sidarta en todo este tiempo. ¿Conseguiría su propósito? me he preguntado a veces. ¿Lograría escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el _nirvana_? En el mundo de los espíritus me he encontrado con muchos espíritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tenía razones para disculparle. En Capilavastu, allá en el centro de la India, seis siglos antes de que viniese al mundo Nuestro Señor Jesucristo, nada sabíamos de Dios; no alcanzábamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno, infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas; dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana. ¿Qué mucho que con este ateismo por deficiencia, con este desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad sublime, imaginase su absurda aunque benévola doctrina? Pero en la culta Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han revelado, cuanto han especulado racionalmente los filósofos de Grecia sobre Dios personal, y cuanto nos han enseñado el Evangelio y la ciencia moderna, que de él dimana, es una mala vergüenza hacerse ateos, caer en la desesperación y retroceder al budismo. Imagina, pues, cuán hondo será mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenführer, acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamúni y a mi Bagavat, porque todos estos nombres te dábamos. Tú no caes en ello; pero no lo dudes: tú fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazón oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatán o un mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adiós para siempre. Para siempre acabaron ya nuestros amores.

(El espíritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de Carmela, que cae por tierra como exánime.)

AUTOR.--¿Qué es esto, amigo Seelenführer? ¿Es verdad o mentira? Si es burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son más pesadas aún.

SEELENFÜHRER (atolondrado).--¿Si habré sido yo el Buda? ¿Si estaré loco? ¿Si se burlará de mí esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla del suelo.) Está fría como el mármol. ¡Qué desmayo tan horrible! ¿Si estará muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti.

CARMELA (volviendo de su desmayo y levantándose.) ¡Ay, Jesús mío!

SEELENFÜHRER.--Muchacha, respóndeme con franqueza. ¿Te has estado burlando de mí? ¿Qué diabluras son las tuyas?

CARMELA.--¿Qué diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he caído redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de cardenales.

SEELENFÜHRER.--¿Y no recuerdas nada de lo que has dicho?

CARMELA.--Nada recuerdo. Déjeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso.

(Carmela se va.)

AUTOR.--Mi querido Doctor: yo no sé qué pensar de lo que acabo de ver y oír; pero, francamente, todos estos pesimismos, ateismos y espiritismos me parecen malsanos y disparatados.

SEELENFÜHRER.--Ya sabía yo que V. pensaba así V. es un metafísico superficial, burlón y escéptico, que no sabe lo que se pesca.--Usted es un descreído, anticuado en más de cien años; un discípulo de Voltaire.

AUTOR.--Seré lo que a V. se le antoje. Aunque no he tomado a Voltaire por maestro, Voltaire me divierte, y los pesimistas alemanes me aburren. Voltaire, a pesar del _Cándido_, no era un pesimista radical. Voltaire, en el fondo, era tan optimista como Leibnitz, de quien quiso burlarse. Fácil me sería demostrarlo, si no estuviese de priesa. Y en cuanto al descreimiento, digo que Voltaire jamás negó con seriedad las más altas y consoladoras verdades, de que son fundamento la existencia de Dios, su justicia, su providencia, y la libertad y responsabilidad del hombre. Me atrevo, por último, a dar por evidente que, si Voltaire hubiera previsto los abominables y desesperados sistemas de estos últimos tiempos, en vez de hacer la guerra al cristianismo, se hubiera hecho amigo de los Padres Jesuitas, hubiera oído una misa diaria, hubiera ayunado una vez por semana, y se hubiera confesado cada mes un par de veces.

SANTA

(EPISODIO DEL MAHABHARATA)

El rey de Anga, Lomapad glorioso, A un brahmán ofendió, no dando en premio De un sacrificio lo que dar debiera. Irritados entonces los brahmanes, Salieron todos de su reino: el humo Del holocausto al cielo no subía; Indra negaba la fecunda lluvia, Y la miseria al pueblo devoraba. Lomapad, consternado, saber quiso El parecer de los varones doctos, Y los llamó a consejo, y preguntoles Qué medio hallaban de aplacar la ira Del Dios que lanza el rayo y amontona En el cielo del agua los raudales. Mil sentencias se dieron; mas al cabo El más prudente de los sabios dijo: --Escucha ¡oh rey! mientras brahman no haya Que sacrificio en este suelo ofrezca, Indra no saciará la sed abriendo El líquido tesoro de las nubes. Los brahmanes, movidos del enojo, Al sacrificio no se prestan. Oye Para cumplir el venerando rito Cómo hallar sólo sacerdote puedes. En la fértil orilla del Kausiki, En lo esquivo y recóndito del bosque, Del trato humano lejos, su vivienda Vinfandák tiene, el hijo de Kasyapa, Brahman austero y penitente. Vive En el yermo con él su único hijo, El piadoso mancebo Risyaringa. No vio a más hombre que a su padre nunca; Sólo frutos silvestres, hierbas sólo Y licor sólo que entre rocas mana, Alimento le dieron y bebida. Tan inocente y puro es el mancebo, Que de lo qué es mujer no tiene idea. Manda, pues, rey, que una doncella hermosa Vaya al bosque, le hable, y con hechizos De amor, cautivo a la ciudad le traiga. No bien sus pies en tus sedientos campos La huella estampen, no lo dudes, Indra Dará propicio el suspirado riego. Así habló el sabio, y su atinado aviso Agradó mucho al rey. Dinero y honras Prometió Lomapad a la doncella Que hábil trajese al candoroso joven: Pero todas miraban con espanto De Vifandák la maldición horrible, Y exclamaban:--¡Oh príncipe! perdona; No llega a tal extremo nuestra audacia. En tanto, iban mostrándose tan fieras La sequía y el hambre, que perdieron Toda esperanza el rey y sus vasallos, Cuando Santa, del rey única hija, Virgen por su beldad maravillosa, Modestamente se acercó a su padre Y así le habló:--Si quieres, padre mío, Yo he de intentar que venga a nuestra tierra El joven que no vio seres humanos. Con gran contento el rey escuchó a Santa, Y al instante dispuso que una nave Se aprestara, de flores y verdura Cubierta por doquier, como retiro Feraz de bienhadados penitentes. Peregrinando en ella con su hija, Fue contra la corriente del Kausiki Hasta llegar al prado y a la selva, Mansión de Vifandák el solitario. Con discretos consejos de su padre Para tan ardua empresa apercibida, Santa desembarcó, y entró en la choza Do el mancebo por dicha estaba solo. --Dime, _muni_, le dijo, si te place La penitencia aquí. ¿Vives alegre En esta soledad? ¿Tienes en ella Abundancia de frutos y raíces? --Tengo, contestó el joven; mas ¿quién eres Que como llama refulgente luces? Bebe del agua mía: te suplico Que mis flores aceptes y mis frutos. --Allá en mi soledad, replicó Santa, Al otro lado de los altos montes, Nacen flores más bellas y olorosas, Son los frutos más dulces, y es más clara Y más salubre el agua de las fuentes. --¡Oh huésped celestial! dijo el mancebo; Algún ser superior eres sin duda. Yo me postro a tus plantas y te adoro Como adorar debemos a los dioses. --¡Ah, no! tú eres mejor, tú eres perfecto, Y adorarme no debes: yo rechazo La no fundada adoración: permite Que te dé paz como se da en mi patria. Cediendo en parte entonces al consejo Discreto de su padre, y al impulso Del corazón también, Santa la bella Al cuello del garzon echó los brazos, Y le dio un beso, y llena de sonrojo Huyó a la nave do su padre estaba. Volvió del bosque Vifandák en esto, Grave, terrible, penitente, todo Desde los pies a la cabeza hirsuto. --¡Hijo! exclamó, ¿por qué has holgado, hijo? Ni partiste la leña, ni atizaste El fuego, ni lavaste la vajilla, Ni la vaca cuidaste ni el becerro. Mudado me pareces. ¿En qué sueñas? ¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado? --Un peregrino, respondió el mancebo, Estuvo por aquí, de negros ojos Y sonrosada y blanca faz; en trenzas Los cabellos caían por su espalda; En sus labios brillaba la sonrisa; Gentil, gracioso, esbelto era su talle, Y en suave curva levantado el pecho. Como canta el _kokila_ en la alborada, Así su voz sonaba en mis oídos, Y a su andar un aroma yo sentía Como el del aura en grata primavera. No quiso de mis frutos, y no quiso Agua tampoco de mis fuentes: frutos Más sazonados me ofreció y bebida De más rico sabor, cuya promesa Bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego Con sus brazos mi cuello el peregrino, Inclinó hacia la suya mi cabeza, Tocó en mi boca con su amable boca, Hizo un susurro pequeñito y blando, Y por todo mi ser discurrió al punto Un estremecimiento delicioso. Por este peregrino en vivas ansias Me consumo; do vive vivir quiero; De que se ha ido el corazón me duele; Y a hacer la misma penitencia aspiro Que me enseñó, para endiosar el alma Más eficaz ¡oh padre! que las tuyas. Vifandák contestó:--No te confíes, Hijo, en belleza material; a veces Van los gigantes por el bosque errando, Y toman bellas formas, con intento De seducir a los varones píos Y perturbar su penitente vida. Para buscar a Santa salió entonces Vifandák, ciego de furor; y apenas Hubo salido, penetró de nuevo La linda moza con furtivos pasos. La vio el mancebo, trémulo de gozo; Corrió a ella y le dijo:--No te pares; Huyamos sin tardanza do tú vives; No nos halle mi padre cuando vuelva. Así Santa logró que Risyaringa La siguiese a la nave. Dio a los vientos La vela entonces Lomapad, y raudo Bajó por la corriente del Kausiki. No bien puso la planta el virtuoso Mancebo en tierra, cuando abierto el cielo Vertió torrentes de fecunda lluvia. El rey, viendo sus votos ya cumplidos, A Risyaringa desposó con Santa. Volvió, entre tanto, Vifandák del bosque A la choza, y al hijo fugitivo Buscó en balde doquier. Con saña cruda De Anga a la capital marchó en seguida Para lanzar su maldición tremenda. Con la fatiga a reposar parose En medio del camino, y miró en torno, Y vio praderas de abundantes pastos, Y ovejas mil y lucios corderillos Y pastores alegres.--¿Quién os hace Tan dichosos? les dijo, y respondieron: --El piadoso mancebo Risyaringa. Siguió su marcha Vifandák, y hallaba Paz, opulencia, dicha en todas partes, Y cada vez que de alguien inquiría De tanto bien la causa, mil encomios Escuchaba de nuevo de su hijo. Aduló con son grato las orejas Del austero varón tanta alabanza, Y se entibió su cólera fogosa. Llegó, por fin, a la ciudad, en donde Le colmó el rey de honores y mercedes; Vio feliz como un Dios al hijo amado; Vio tan gozosa a la gallarda nuera, Que como luz de amor resplandecía; Y en torno vio rebaños florecientes, Y amenos, verdes sotos, y el hartura Y el deleite por huertos y jardines. No pudo entonces maldecir: las manos Elevó hacia los cielos y bendijo.