Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV
Part 4
Por el barrio en que habité está el cerebro, está la cabeza. Por algo, en el _argot_ parisiense, _sorbonne_ quiere decir cabeza. Allí está el órgano pensante, la juventud de las escuelas, las grises piedras que vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos cuantos meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan en el porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los maestros. Es el Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de Medicina, todas las escuelas y laboratorios y en donde se forman y se desarrollan los sabios, y aprenden a concretar sus sueños los artistas. Es el Panteón, son los museos.
Las cátedras de ese centro están en actividad. Profesores y alumnos siguen por el camino comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el ruido de la humanidad, se busca cómo penetrar el misterio de las cosas, cómo mejorar la existencia; la filosofía investiga, induce, deduce; la ciencia experimenta, analiza; se labora por el mejoramiento social, por el perfeccionamiento individual. De las cátedras se extiende un continuo río de ideas, de que benefician la industria, el comercio, la salud. Y los ojos de París están también allí, en el Observatorio, escudriñando la altura, fijos en los astros.
A un lado y otro se extienden los brazos. Es el París que trabaja, las extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar, los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son brazos robustos e inteligentes, y también terribles.
El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y el casino de las naciones.
Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese corazón quiere hablar se llama _Severine_, como se llamaba Luisa Michel. El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que, viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los pajaritos.
No hay que reir mucho de Margot si llora por el melodrama, y si viejas solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar el lado cómico de las Sociedades protectoras de animales. No debe ser ridiculizado ningún sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la naturaleza--paisajes, animales, flores o aguas--y las simpatías por las manifestaciones amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin anonadar nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía epicúrea, tengamos la pasión del universo, la tendencia a nuestra unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de los bosques o la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del espíritu que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni jaula, que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de esta Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad, amante de claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el amor de las rosas y de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es un medio de comunicación con lo Universal, con la divinidad. Maeterlinck, en el libro admirable que conocéis, ha oído la iniciada voz de Virgilio:
_Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus._ _Athereos dixere: Deum manque ire per omnes._ _Terrasque tractusque maris, extumque profundum._
Nada más conmovedor que la petición que, hace algún tiempo, dirigieron al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.
Sabido es que en ambas partes a los pájaros cantores, para que canten mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del divino Melesígenes, que también supo ser armonioso sin los suyos...
En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del instituto han intercedido por los ojos de los pajaritos.
Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas cosas, que hallan todo sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas a los que no se levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus rentas por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una buena perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé que en filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la crueldad. Pero esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los cuales iría yo a dar un abrazo al hombre que da de comer a los pajaritos...
PRIMAVERA APOLINEA
[imagen: Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad, juventud, mucha juventud: un poeta.]
I
Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud, mucha juventud: un poeta. Habla:
--Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres, puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso: ¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi íntima volición.
Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra me señaló un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a las agitaciones proletarias, y aun adolescente, me juzgué determinado a rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente audaces y rimé sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades, fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde iba, sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana, vibrantemente personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de ensueños y de ideas.
Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fuí a buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los pesebres. Creí--aurora irreflexiva--en la fuerza del odio, sin comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una como furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas. Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el gran rebaño». Yo lo soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades, mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito cristiano me inspiró en aquella hora y la estrofa que otras veces abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.
Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades. Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fué de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de la miseria. Y surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo, es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la penuria de los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fuí a buscar hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se encabritaba en veces,
¡bravo potro salvaje que no ha sentido espuelas de jinete!
No pude nunca comprender el rebajamiento de las voluntades, las villanías y miserias que manchan en ocasiones las más finas perlas. En ocasiones huía de la ciudad y hallaba en la inmensidad pampeana vuelos de poemas que se confundían con ansias íntimas. El ritmo universal se confundía con mi propio ritmo, con el correr de mi sangre y el hacer de mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las muchedumbres. Vivía cara a cara con la pobreza, pero en un ambiente de libertad, de libertad y de amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro de ilusiones y de ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento, de vacilaciones. Consagréme caballero de la rebeldía, pero sintiendo siempre las dificultades de todo tiempo. Llegué a comprender las fatalidades, de la injusticia, y mi simpatía fué a los grandes caídos, Satán, Caín, Judas. Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan ancha y larga, y vi más allá del mar el porvenir. Solicité los éxodos y ambicioné la vida heroica. El Océano fué una nueva revelación para mis alas mentales. El amor mismo fué animador de mis designios de conquista. En el viejo continente proseguí en mis anhelos libertarios. Tomé parte en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí los alaridos de la Bestia policéfala y creí en el mejoramiento de la humanidad por el sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las antiguas leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas amplias y sonantes. «La historia del viejo ombú despertó el alma de las tres razas que dormían en mí». Y el viento de Europa, el soplo árido, al mover mis largos cabellos, me infundió un nuevo y desconocido aliento.
Y luego fué como un despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia. Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del sufrir humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos, y, sobre todo, en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de claridad. Y que el sol, la fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se tienen con amar.
II
Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en una hora armoniosa en que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire de oro. El cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias de artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica, y con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.
Y salimos al hervor de París.
VISIONES PASADAS
[imagen: Una vaga tristeza flota en la costa extensa y solitaria...]
LA MAREA
Una vaga tristeza flota en la costa extensa y solitaria, cuando baja la marea. El agua de la bahía panameña se retira a largo trecho. Los muelles aparecen alzados sobre sus cien flacas piernas de madera. La playa está cubierta de un lodo betuminoso y salino, donde resaltan piedras deslavadas y aglomeradas conchas de ostras.
Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un costado, o con las quillas hundidas en el fango, parece que aguardan la creciente que ha de sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro semeja un largo y raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y apretada entre cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos rojos y oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.
Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus pangaschatas. A la orilla del mar, los pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado en un remo, un chileno robusto canta entre dientes una zamacueca. Empieza a oirse el apagado y suave rumor del agua que viene. Suena el aire a la sordina.
La primera barca que ha recibido la caricia de la ola, cabecea, se despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del movimiento. De allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la vela radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme tela gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y sus convulsivas agitaciones.
El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al paso de un río en la floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan solamente cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se deshace.
¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh, buen viento de la tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje, cuando alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas. Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro, risueño y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a pescar, todavía con la divina modorra de su poderoso y sutil opio. Y canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes, para los pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las velas, por el mar de la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como el inmenso y misterioso océano.
A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)
El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals. Vea usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás, en medio de la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una mujer valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas. Como ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos suyos, le sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a aquellos con que la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de Mayo. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor, infinitas veces, que el empuje de ese enorme y poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?
Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que allá abajo hay palmas y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de Bolívar, hace frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren! La soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos amables solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con Edda Pombo. ¡Qué envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
* * * * *
En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo permitan, heridas, ¡ay, por dolores hondos y flechas implacables!--iré, señora, a la Vía Láctea, a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del paraíso. Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un clavel, y en la
[imagen: Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa...]
enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo daré a una suave y pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la ofrecerán su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a su alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima, para que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás de esta blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
* * * * *
Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede en la vida. El alba, que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento; dichoso el monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda, ¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor? Cuando llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria, la flor que lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que allá abajo, sobre las rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus iris... El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
LA VIRGEN NEGRA (Havre).
En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman a este divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso de la Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar y el campo.
El zócalo de su estatua está vestido de verdura por una fresca invasión de enredaderas. La Virgen Negra es patrona de los marineros. Desde su trono de piedra muestra su niño Jesús al mar; y por ella, muchos hijos de pescadores ven llegar a la casa pobre, después de las tempestades, blancas barcas chorreando agua salada.
_¡María Stella!_ La estrella del mar tiene al Dios hijo en los brazos. ¡Orgullosa con su delfín, franceses! Esa reina de la Francia celeste, en su maternidad, es la que libra de los vientos y de las rocas vuestras barcas, y la que hace madurar vuestras uvas, que dan la
[imagen: En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher, se encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen.]
sangre y las danzas. Vosotros, campesinos de Orcher, marineros del Havre, sabéis hacer su fiesta con el canto de los campanarios, los cirios nuevos y las ofrendas florales.
Ella, que es estrella de la mañana, es también el faro, la estrella de la noche. Cuando el sol se va queda su sol sublime. _¡Stella Vespertina!_ Encarnada en el más duro de los metales, ha puesto en él su enternecimiento y su gracia. Así esa gran Virgen, formidable en su bronce, tiene el propio encanto, la misma humildad materna de las vírgenes delicadas de los lienzos y de las místicas esculturas policromas que están en los templos. De todas las manos que a ella se tienden bajo la tormenta, ¿cuál es la que no halla apoyo? Tú, que te hundes, no tienes en tus labios sino palabras de blasfemia y de desesperanza...
El milagro existe. El milagro lo cuentan pescadores canosos, domadores de vientos. El que no cree en el milagro, no ha rogado nunca en una inmensa desgracia, no ha tenido jamás el momento de pedir llorando, con el alma, un algo de su piedad y de su dulzura a la madre María. Ella tiene siempre la sonrisa en sus místicos labios. Ella tiene a cada instante el gesto de salvación, la mirada de aliento, lo que apacigua a Behemot, y lo que detiene a Leviathan.
Su hermosa cabeza imperial y maternal se mueve entoldada por un zodiaco de virtudes. La ola enorme del mar que ella tiene a sus pies, no hace su obra brutal si ella la mira. Cada bruma le reza, cada espuma le canta. El vago y fugitivo iris tiene siempre, para que ella pase, listo su puente. Las gaviotas vuelan alrededor de la media luna que ella pisa.
«Madre María--dice la golondrina--, ya volví de la tierra de Africa.»
«Madre María--dice la anciana abuela--, ¿nada malo ha pasado al grumete?»
«Madre María--dice una mariposa blanca--, la niña rubia que aguarda al novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»
Y en el campo cercano, más allá de las «villas», donde los árboles se ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que ama su fuerte buey y su caballo normando.
El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por la cosecha, por la felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la madre, escucha asimismo la plegaria del cultor.
Quizá tuviere alguna pequeñita predilección por las gentes de mar, porque... ¡pasan por tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y serenos, y cantan tan alegres canciones! Mas no, ella es la misma para todos.
Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las oraciones. ¿Son muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más? Crecen tanto como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales. Allí cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad, y el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.
LOS MISERABLES
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Viejos de largas barbas canas; hombres fuertes; hombres jóvenes.
LOS MISERABLES
_Los «gueux» franceses, los «tramps» yankis, los «atorrantes» argentinos._
El «Gueux».
Quien haya visto en ciertos paseos, en la _banlieue_, o bajo arboledas _hantées_, como dice el pequeño poema de Baudelaire, la figura grotescamente miserable de ciertos desheredados de la suerte, de ciertos malditos de la vida, de ciertos parias del arroyo, ¿no ha sentido al mismo tiempo la repugnancia y la lástima?
Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros de todas las formas imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y las narices rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes: hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus lugares preferidos.
¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan en ocultas covachas, o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un paseo público, junto a una estación de ferrocarril o en las gradas de un edificio.
La miseria es tan antigua como el hombre. En el cielo fabuloso de la Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un pordiosero del país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse con Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.
Las manifestaciones de la miseria son las que han cambiado con los tiempos y las costumbres.