Cuentos y crónicas Obras Completas Vol. XIV
Part 2
¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo? No lo sabría decir, puesto que ello fué bajo el imperio desconocido en que la ciencia anda a tientas; el tiempo en que el ensueño no existe, y mil años, según observaciones experimentales, pueden pasar en un segundo. Todo aquello había desaparecido, y, dándome cuenta del lugar en donde me encontraba, avancé siempre hacia el lado de las Tullerías. Avancé y me vi entre el jardín, y no dejé de pensar rapidísimamente cómo era que las puertas estaban aun abiertas. Siempre bajo la bruma pálida de aquellas nocturnas horas, seguí adelante. Saldré, me dije, por la primera puerta del lado de la calle Rivoli, que quizás esté también abierta... ¿Cómo no ha de estar abierta?... ¿Pero era o no era aquel jardín el de las Tullerías? Arboles, árboles de obscuros ramajes en medio del invierno... Tropecé al dar un paso con algo semejante a una piedra, y me llené, en medio de mi casi inconsciencia, de una sorpresa pavorosa, cuando escuché un ¡ay! semejante a una queja, parecido a una palabra entrecortada y ahogada; una voz que salía de aquello que mi pie había herido, y que era, no una piedra, sino una cabeza. Y alzando hacia el cielo la mirada vi la faz de la luna en el lugar en que antes la espada formidable, y allí estaban las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Y aquel jardín, que se extendía vasto cual una selva, me llenó del encanto grave que había en su recinto de prodigio. Y a través de velos de ahumado oro refulgía tristemente en lo alto la cabeza de la luna. Después me sentí como en una certeza de poema y de libro santo, y, como por un motivo incoherente, resonaban en la caja de mi cerebro las palabras: «¡Ultima hora! ¡Trípoli! ¡La toma de Pekín!» leídas en los diarios del día, Conforme con mis anhelos de lo divino, experimentando una inexpresable angustia, pensé: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Señor! ¡Padre nuestro...!»
Volví la vista y vi a un lado, en una claridad dulce y dorada, una forma de lira, y sobre la lira una cabeza igual a la del Orfeo de Gustave Moreau, del Luxemburgo. La faz expresaba pesadumbre, y alrededor había como un movimiento de seres, de los que se llaman animados porque almas se manifiestan por el movimiento, y de los que se llaman inanimados porque su movimiento es íntimo y latente. Y oí que decía, según me ayuda mi recuerdo, aquella cabeza: «¡Vendrá, vendrá el día de la concordia, y la lira será entonces consagrada en la pacificación!» Y cerca de la cabeza de Orfeo vi una rosa milagrosa, y una hierba marina, y que iba avanzando hacia ellas una tortuga de oro.
Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito, como el de un coro, de muchas voces. Y a la luz que os he dicho, vi que quien gritaba era un árbol, uno de los árboles coposos, lleno de cabezas por frutos, y pensé que era el árbol de que habla el libro sagrado de los musulmanes. Oí palabras en loor de la grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el árbol había sangre.
Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sino retroceder a la salida del jardín, y vi que por todas partes salían murmullos, voces, palabras de innumerables cabezas que se destacaban en la sombra como aureoladas, o que surgían entre los troncos de los árboles. Como acontece en los instantes dolorosos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que me pasaba era un sueño, para disminuir un tanto mi pavor. Y en tanto, pude _reconocer_ una temerosa y abominable cabeza asida por la mano blanca de un héroe, asida de su movible e infernal toisón de serpientes: la tantas veces maldecida cabeza de Medusa. Y de un brazo, como de carne de oro de mujer, pendía otra cabeza, una cabeza con barba ensortijada y oscura, y era la cabeza del guerrero Holofernes. Y la cabeza de Juan el Bautista; y luego, como viva, de una vida singular, la cabeza del Apostol que en Roma hiciera brotar el agua de la tierra; y otra cabeza que Rodrigo Díaz de Vivar arrojó, en la cena de la venganza, sobre la mesa de su padre.
Y otras que eran la del rey Carlos de Inglaterra y la de la reina María Estuardo... Y las cabezas aumentaban, en grupos, en amontonamientos macabros, y por el espacio pasaban relentes de sangre y de sepulcro; y eran las cabezas hirsutas de los dos mil halconeros de Bayaceto; y las de las odaliscas degolladas en los palacios de los reyes y potentados asiáticos; y las de los innumerables decapitados por su fe, por el odio, por la ley de los hombres; las de los decapitados de las hordas bárbaras, de las prisiones y de las torres reales, las de los Gengiskanes, Abdulhamides y Behanzines...
Dije para mí: ¡Oh, mal triunfante! ¿Siempre seguirás sobre la faz de la tierra? ¿Y tú, París, cabeza del mundo, serás también cortada con hacha, arrancada de tu cuerpo inmenso?
Cual si hubiesen sido escuchadas mis interiores palabras, de un grupo en que se veía la cabeza de Luis XVI, la cabeza de la princesa de Lamballe, cabezas de nobles y cabezas de revolucionarios, cabezas de santos y cabezas de asesinos, avanzó una figura episcopal que llevaba en sus manos su cabeza, y la cabeza del mártir Dionisio, el de las Galias, exclamó:--¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar!
Y al lado del apostólico decapitado vi a la dama del hall del hotel, a la dama austriaca con el cuello desnudo; pero en el cual se veía como un galón rojo, una herida purpúrea, y María Antonieta, dijo:--¡Cristo ha de resucitar! Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, la cabeza de Holofernes, la cabeza de Juan y la de Pablo, el árbol de cabezas, el bosque de cabezas, la muchedumbre fabulosa de cabezas, en el hondo grito, clamó:
--«¡Cristo ha de resucitar! ¡Cristo ha de resucitar!...»
--Nunca es bueno dormir inmediatamente después de comer--concluyó mi buen amigo el doctor.
LA EXTRAÑA MUERTE DE FRAY PEDRO
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Ilustrísimo señor, a Fray Pedro lo henos encontrado muerto.
I
Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho tiempo, el amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el cementerio, me señaló una lápida, en que leí únicamente: _Hic iacet frater Petrus_.
--Este--me dijo--fué uno de los vencidos por el diablo.
--Por el viejo diablo que ya chochea--le dije.
--No--me contestó--; por el demonio moderno que se escuda con la Ciencia.--Y me narró el sucedido.
Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por el maligno espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso nervioso, pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas y el laboratorio, que le era permitido por los bienes que atraía a la comunidad. Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas. Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de conversación, a Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese otro fraile Schawartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre con el azufre.
Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones astrológicas y quiromáticas; ella le desviaba de la contemplación y del espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la curiosidad, que perdían a nuestros primeros padres. La oración misma era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso y febril. Como toda lectura le era concedida y tenía a su disposición la rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y a poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la ciencia constituye, en el principio, el alma de la Serpiente que ha de ser la esencial potencia del Antecristo, y que para el verdadero varón de fe, _initium sapientiæ est timor Domini_.
II
¡Oh, ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que ha hecho ciertos a los Celestinos! Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un celestial nimbo a algunos mínimos, de Dios queridos, entre los esplendores místicos y milagrosos de las hagiografías.
Los doctores explican y comentan altamente, cómo ante los ojos del Espíritu Santo las almas de amor son de mayor manera glorificadas que las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes _traux_ de sus Fisonomías de Santos, a esos beneméritos de la caridad, a esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu, bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos y sororales por la puras estrellas del firmamento. Joris Karl, el merecido beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura, en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de resplandores paradiasíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y al aplauso de las potestades de los cielos. Y Fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...
El, desde luego creía, creía con la fe de un indiscutible creyente. Mas el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no se daba cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo vedado y en lo arcano de universo era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.
III
Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de Fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán Röentgen, quien llegara a encontrar el modo de fotografiar a través de los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo X. Vió el facsimil de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la patente figura de objetos retratados entre cajas y bultos bien cerrados.
No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo que era un ansia de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en ello se contenía, punzaba sus anhelos...
¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto pensamiento, en que se mezclaban su teología y sus ciencias físicas...? ¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma imaginación?
En las horas litúrgicas de los rezos y de los cánticos, notábanlo todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de sangre, ya con la mirada como estática, fija en lo alto, o clavada en la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado omnitranscendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del Bien y del Mal. Y era mucho más que una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y raras ideas se agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría él por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos en su pobre laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar _las anheladas pruebas_, hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la sabiduría y en la convicción humanas... Él ofrecería más de lo que se ofreció a Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podría pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como podría permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las visiones de los éxtasis y en las manifestaciones de los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas?
¡Si en Lourdes hubiese habido un Kodak, durante el tiempo de las visiones de Bernardetta! ¡Si en el momento en que Jesús, o su Santa Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se aplicase convenientemente la cámara obscura...!
¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la religión! Así cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.
IV
Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina y a la oración, en su celda se presentó a su vista uno de los hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.
--Hermano, le dijo, os he oído decir que deseábais una de esas máquinas, como esas con que los sabios están maravillando al mundo. Os la he podido conseguir. Aquí la tenéis.
Y depositando el envoltorio en manos del asombrado Fray Pedro, desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que, debajo del hábito, se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo.
Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo, consagróse a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la Misa excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle, y todos le veían pasar extraño y misterioso y temían por la salud de su cuerpo y por la de su alma.
Y perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí mismo, en frutos, llaves, dentro de libros y demás cosas usuales. Hasta que un día...
O más bien una noche, el desventurado se atrevió, _por fin_, a realizar su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma. Salió veloz para su celda.
V
Al día siguiente, en la celda de Fray Pedro, se hallaba el Sr. Arzobispo delante del padre provincial.
--Ilustrísimo señor, decía éste; a Fray Pedro le hemos encontrando muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que le causaron daño.
--¿Ha visto su reverencia esto?--dijo su señoría ilustrísima, mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en sus divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.
[imagen: CRÓNICAS]
BAJO LAS LUCES DEL SOL NACIENTE
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Los cerezos florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul.
Era el país de oro y seda, y en el aire fino como de cristal volaban las cigüeñas, y se esponjaban los crisantemos del biombo. Los cerezos florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul. Una rana de madera labrada era igual a las ranas del pantano. Sobre la laca negra corría un arroyo dorado. Muñecas de carne, con la cabellera atravesada por alfileres áureos, hacían reverencias sonrientes, y gestos menudos. En las casas de papel, en la ignorancia feliz del pudor, se bañaban las niñas. Cortesanas ingenuas servían el té en tacitas de Liliput. En los «kimonos» historiados se envolvían cuerpos casi impúberes e inocentemente venales. Se hablaba de un viejo llamado Hokusai, que se llamaba a sí mismo «el loco del dibujo». Floreros raros se llenaban de flores extrañas ante los budhas risueños. Nobles daimios hacían lucir al sol curvos sables de largo puño. Los «netskes» y las máscaras reproducían faces joviales o aterrorizadas, caras de brujas o regordetas caras infantiles. Al amor de una naturaleza como de fantasía, se vivía una vida casi de sueño.
Artistas y artesanos realizaban labores extraordinarias, que llegaban a las naciones lejanas como de imperios de cuento. Se educaba la sonrisa y se inculcaba la afabilidad. Se conservaban con respeto las antiguas y sagradas tradiciones en el dulce ambiente de una existencia sencilla. Se desconocía el egoísmo y se practicaba la más perfecta y blanda cortesía. Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la imparcialidad a jueces ceremoniosos. Había un profundo concepto de la justicia y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad jerárquica, y el superior era bondadoso, y sumiso y sagaz el inferior. Bonzos sabios enseñaban la fuerza de las plegarias y la fe en las potencias ocultas. La paciencia y la tenacidad eran virtudes comunes; eran desconocidas, o raras, la doblez, la inquina, la traición. La poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable «saké» hacía cantar más tiernamente a las «samisén». Se tenían para el huésped los más amables «sayonaras». Se pasaban horas de miel y caricias, con sutiles amorosas que tenían nombres de piedras ricas, de pájaros lindos, de flores exquisitas. Gloriosos «samurayes» se vestían como grandes y metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias inauditas. Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y de la vida, de manera que detenían en un papel de seda el aletazo de una carpa, el salto de un tigre o el vuelo de una garza. Campesinos pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus agudos sombreros de floja paja. Se tenía el culto preciso de los antepasados y se sabía por seguro que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o budhistas, los hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban los consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los héroes de la acción o del pensamiento. Se predicaba y se sostenía firme el amor al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan grande del honor, que el suicidio en casos especiales formaba parte de las costumbres. Se tenía el temor de lo divino y desconocido, y se saludaba la memoria de los abuelos. Se amaba como en ninguna parte a los niños; como en ninguna parte se obedecía a la autoridad paternal, y ante las vasijas de calada madera había siempre, en tibores de prodigiosa porcelana, ramos floridos. El conjunto de principios que los letrados infundían al pueblo, se reducía a pocas palabras. Decían: «Hay un Dios superior. Tiene como atributos la inteligencia, el valor, el amor. Por la unidad de su espíritu y de su energía vital fueron creados el dios Takanu Musubi y la diosa Kanmi Musuti, que forman, con su padre, una augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron otros dioses, y, por último, los divinos antecesores de la familia imperial y de la raza humana: Yzanagi e Yzanami. El alma del hombre es, por tanto, origen divino e inmortal. Su cuerpo fué creado también por la energía divina; pero no contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del hombre es cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las siete virtudes que de ellas se derivan: la lealtad al emperador, la piedad filial, la castidad, la obediencia a los superiores, la sinceridad en la amistad, la bondad y la misericordia. El camino de la virtud es el de la felicidad. La ley de la causa y del efecto reina en el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal puede merecer el perdón, y aun el favor de Dios, si se arrepiente con sinceridad. A cada uno se le tomarán en cuenta sus acciones, y por ellas será recompensado o castigado en el mundo futuro». Los japoneses, pues, estaban en completo estado de barbarie.
En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual conoció toda la barbarie que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte occidentales. Se supo que maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había conservado a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas, que estudian los clásicos chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los hornos las ricas obras de los alfareros de Satzuna. Un misterio legendario flotaba sobre la región nipona, tan extraña como las naciones orientales en que se mueven las magias de Sheherazada. El pueblo que, según la frase de Voltaire «jamás ha sido vencido», guardaba con admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y libraron la integridad del territorio.
Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto la seguridad del gobierno, y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben poemas en que se cantan la fidelidad y el amor en flor eternamente. Las danzarinas saben bailes de argumento, que regocijan discretamente a los espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los templos, y hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo que es el Shinthoismo. Shinto significa carácter en su sentido más elevado: valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad filial, amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por un principio, y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño, en la dulzura de la mujer. Es también conservador, saludable freno a las tendencias del espíritu nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor del pasado para precipitarse con ardor en las modernidades extranjeras. Es una religión transmitida en una impulsión hereditaria hacia el bien, en un puro instinto moral. Es, en una palabra, toda la vida emocional de la raza: El alma del Japón. Así, el renunciamiento a la propia satisfacción, hasta a la vida, por la común felicidad, el deber cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran características de esos singulares salvajes. Y en su sacro libro del Kodjiki aprendían ejemplos de tiempos remotos, como el siguiente: «El príncipe Mayoana, de edad de siete años solamente, después de haber matado al asesino de su padre, se había refugiado en casa del Gran Tsubura, y las multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran Tsubura se adelantó, y quitando sus armas de su cinto se prosternó ocho veces, y dijo: «La princesa Kará, mi hija, que tú te has dignado llamar hace poco, está a tus órdenes, y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz. Si humilde esclavo de tu grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no conservo la esperanza de vencer; al menos, puedo morir antes de abandonar a un príncipe que ha puesto en mí su confianza al penetrar en mi casa». Habiendo así hablado, volvió a tomar sus armas, y se lanzó de nuevo en el combate. Mas las fuerzas le abandonaron, y había agotado ya todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: «Ya no tenemos flechas, y nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir. ¿Qué nos resta que hacer?» «No nos queda nada que hacer», respondió el príncipe. «Ahora, quítame la vida.» Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo caer a sus pies su propia cabeza.»
Esas eran las lecturas de antaño, las que los ministros del culto comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así cada día en los corazones nuevos las antiguas virtudes. «La conciencia, dice Hearn, llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones morales. «Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas morales necesarias al hombre le son sugeridas por los dioses y son de la misma naturaleza instintiva que las que le obligan a comer cuando tiene hambre, y a beber cuando tiene sed. El, el sapiente Hirata: «Toda acción humana es la obra de un dios.» Y de nuevo Motoonori: «Haber comprendido que no hay ni camino que conocer, ni ruta que seguir, es seguramente haber comprendido el camino de los dioses.» Y otra vez Hirata: «Si tenéis deseos de practicar la verdadera virtud, aprended a tener temor de lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartéis nunca del camino recto.» Y luego: «La devoción a la memoria de los antepasados es el resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes para con ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus padres. Un hombre semejante está siempre fiel a su príncipe y a sus amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos.» Así pensaba el Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que, los hombres colorados, fueron a abrir a cañonazos.
Y a cañonazos se despertó a la vida y a la civilización de Occidente el Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.