Part 9
¡Qué bien se estaba en la barraca! Ya había transcurrido tiempo, pero ella recordaba, con la vaguedad de comprensión de los primeros años, aquellas noches pasadas en el _estudi_, hundida en los mullidos colchones de hojas de maíz que cantaban al menor movimiento, defendida por el poderoso anillo de músculos que formaban los brazos de la nodriza, durmiéndose al calor de las voluminosas ubres, siempre repletas y firmes; después, el alegre despertar, cuando el sol se filtraba por las rendijas del ventanillo y piaban los gorriones en el techo de paja de la barraca, contestando a los cacareos y gruñidos de los habitantes del corral; el fuerte perfume del trigo, las frescas emanaciones de la hierba y las hortalizas, difundiéndose por el interior de la blanqueada vivienda, olores confundidos y arrullados por el vientecillo que, pasando por las filas de moreras y a través de la higuera, parecía hacer cantar a las temblonas hojas; y la vida bohemia, alegre y descuidada en los campos inmediatos, que recorrían con sus vacilantes piernas de dos años, sin atreverse a llegar a la revuelta del camino, lleno de barrizales y cruzado por los profundos surcos de las ruedas, pues su imaginación naciente había inventado que allí forzosamente debía terminar el mundo.
¿Y cuando el _pare_ llegaba de uno de aquellos largos viajes de carretero y al oír los cascabeles de los machos y el chirrido de las ruedas, salían todos al camino a recibirle con cruces de caña como si fueran a una procesión de las de Paiporta? ¿Y cuando a la orilla de la acequia, casi seca, se coronaban de dompedros, colgaban de su cintura largas hojas de caña y con el verde faldellín paseábanse gravemente imitando el paso de puntas de aquellas vírgenes y heroínas que salían en las cabalgatas del pueblo? ¿Y la vez que se pegaron por un higo? ¿Y cuando hartos de zanahorias teñíanse la cara de morado y se revolcaban por la rojiza tierra hasta parecer indios bravos, dejando como guiñapos las finas y bordadas ropas que enviaba el escribano?
¡Ah, Nelet! ¡Qué malo eras entonces!
Y la muchacha miraba por los balcones la estrecha calle, en la que vergonzosamente entraba un rayo de sol, y en su vaga mirada de pájaro enjaulado leíase el deseo de volar lejos, muy lejos, a aquellos campos donde la esperaban la vida libre y la adoración de toda una familia de infelices que la veneraban como procedente de una raza superior.
Pero el papá se oponía a que volviese a la barraca ni un solo día. Lo había dicho terminantemente: cada cosa a su tiempo, y ahora nada bueno podía aprender entre aquellos brutos.
Esta tenaz negativa recordaba a Nelet el momento en que se llevaron a la chica a Valencia; en que la robaron, sí señor, engañándola, diciendo que solo era para unos días y no tardaría en volver, mientras la pobrecita lloraba y él corría como un perrillo detrás de la tartana pidiendo con lamentos al cruel escribano que no le quitase a su Marieta.
¡_Rediel_! Si fuese ahora, que era ya casi un hombre y le plantaba una pedrada al más guapo...
Y en esto sonaban las diez, salían los escribientes con sus badanas repletas de autos camino del juzgado, y el principal al ver al _femateret_ torcía el ceño.
--¿Pero aún estás ahí? Tú acabarás mal; eres un vago. A la obligación, chiquillo.
Y el pequeño David, a pesar de aquellas pedradas certeras que le enorgullecían, temblaba ante el gigante con el terror que inspira al infeliz el hombre de justicia, y recogiendo su espuerta, salía cabizbajo, avergonzado, sin atreverse a mirar a Marieta... y hasta el día siguiente.
Algunas veces el recuerdo de la idílica existencia al aire libre perdía su encanto, y era Nelet quien envidiaba en la persona de su hermana todas las comodidades y esplendores de la vida de la ciudad.
¡Qué lujos! Los vestidillos de seda y terciopelo, los sombreros que parecían islas de flores, todos los regalos del papá que Marieta enseñaba con malsana coquetería, aturdían a Nelet, y como para él no había gradaciones sociales, como el mundo estaba dividido en gente del campo y _señorío_, la hija del escribano aparecía a sus ojos igual o superior a aquellas otras que había visto algunas veces en los carruajes de lujo.
Marieta le dominaba, le hacía pasar embobado las mañanas en aquella casa, obedeciéndola servilmente como allá en la barraca cuando era una chicuela llorona y rabiosilla.
Y transcurrió el tiempo, estrechándose cada vez más entre los dos hermanos aquel lazo de cariño creado en los albores de su vida por la existencia casi silvestre.
Nelet se hacía hombre. A los quince años era ya una vergüenza que entrase por las mañanas en la ciudad con su espuerta, como un chiquillo. Trabajaba los campos en arriendo, mientras el padre andaba por los caminos, y para recoger basura en Valencia contaba con el auxilio de un jaco viejo que el carretero había traspasado a su hijo como desecho.
El pobre animal, cabizbajo como un misántropo, con el flaco lomo martirizado por los serones llenos, pasaba las horas frente a la casa del escribano, mirando con sus ojos vidriosos y empañados a la vieja portera, que hacía media, mientras su joven amo andaba por arriba regañando amistosamente con la _churra_ o siguiendo como un siervo a la señorita.
Era ya todo un hombre, cortés y rumboso con las personas de su aprecio. Bien le pagaba a la criada los antiguos guisotes trasnochados. Nunca llegaba con las manos vacías, y del serón salían camino del primer piso el par de melones verdes y correosos, los pimientos inflamados y brillantes, las frescas lechugas con sus ocultos cogollos de ondulado marfil o las coles vistosas como flores de rizada blonda, dones que arrancaba directamente de sus terruños, y que al faltar en estos robaba tranquilamente en los campos del camino, con la imprudencia del chiquillo de huerta acostumbrado desde que andaba a gatas a atracarse de uvas y digerirlas ayudado por los pescozones de los guardas.
Y satisfecho con el agradecimiento que le mostraba la criada por sus obsequios, viendo siempre en Marieta a la rapazuela que en otros tiempos jugaba con él y le arañaba al más leve motivo, apenas si llegó a fijarse en la súbita transformación que iba operándose en la muchacha.
Redondeábase su cuerpo, aclarábase su tez en extremo morena; las agudas clavículas y la tirantez del cuello iban dulcificándose bajo la almohadilla de carne suave y fresca que parecía acolchar su cuerpo; las zancudas piernas, al engruesarse, poníanse en relación con el busto. Y como si hasta a la ropa se comunicase el milagro, las faldas parecían crecer un dedo cada día, como avergonzadas de que estuvieran por más tiempo al descubierto aquellas medias que amenazaban estallar con la expansión de la robustez juvenil.
Marieta no iba a ser una beldad; pero tenía la frescura de la juventud, vigor saludable y unos ojazos valencianos, negros, rasgados y con ese misterioso fulgor que revela el despertar del sexo.
Y como si la niña adivinase la proximidad de algo grave y decisivo que la privaría en adelante de tratar a su hermano como si aún anduviesen por los campos, hablaba a Nelet con seriedad, evitando los juegos de manos, las intimidades propias de una infancia sin malicia ni preocupaciones.
En fin, que un día, al entrar Nelet en la casa quedose asombrado, como si un fantasma le hubiese abierto la puerta.
Aquella no era Marieta; se la habían cambiado.
Era una muñeca con el pelo arrollado y puntiagudo sobre la nuca, conforme a la moda, y una horrible falda larga que la cubría los pies.
Parecía muy complacida de verse mujer, de haberse librado de la trenza suelta y la pierna al aire, signos de insignificancia infantil, pero a él le faltó poco para llorar, para protestar a gritos, como en aquella tarde que corría tras la tartana suplicando al feroz escribano que no le quitase la chiquita. Por segunda vez le arrebataban su Marieta.
Y después, ¡horror da recordarlo! aquella _churra_ despiadada parecía complacerse en su dolor haciéndole terribles advertencias.
El señor se lo había dicho y ella lo repetía por encontrarlo muy justo y para evitarse reprimendas. Cada cual debía ponerse en su lugar. En adelante nada de tuteos ni de Marietas, y mucho de señorita María, que era el nombre de la única dueña de la casa. ¿Qué dirían las amiguitas al ver a un _femater_ tratando tú por tú a la señorita? Conque ya lo sabía: el hermanazgo había terminado.
Y a Nelet, la silenciosa naturalidad con que Marieta, digo mal, la señorita María, escuchaba todo aquel cúmulo de absurdas recomendaciones, dolíale más que las palabras de la _churra_.
--Todo lo dicho --continuaba esta-- no era ni remotamente que se pretendiera cerrar al chico las puertas.
Ya sabía que lo consideraban como de casa, y que toda la cocina era para él. Pero cada cual en su sitio, ¿estamos?
No olvidando esto podía volver cuando quisiera.
III
Y volvió ¡_rediel_! ¿Pues no había de volver?
Ir a Valencia y no entrar en aquel caserón cerca de los Juzgados, era un hecho que por lo absurdo no había pensado nunca que pudiera ocurrir.
Y allí iba todas las mañanas, a sufrir, reconociéndose cada vez más distanciado de aquella a quien tenía que llamar la señorita.
¿Dónde estaba ya aquel afán por hablar de las cosas de la barraca?
Entraba Nelet en la casa con la confianza de siempre, pero notando en torno de él un ambiente de frialdad e indiferencia. Era el _femater_, y nada más.
Algunas veces intentó resucitar en María el entusiasmo por la pasada vida, hablándola del ama y de su familia que tanto la amaban, de aquella barraca en la que todos pensaban en ella; pero la joven oíale con cierto malestar, como si la causara repugnancia la rusticidad de los de allá.
¡Ah, pobre Nelet! Decididamente le habían cambiado su Marieta. En aquella adorable muñeca no había nada en que vibrase el recuerdo del pasado. Parecía que en su cabeza, al cubrirse con el peinado de mujer, se habían desvanecido todos los ensueños de poesía campestre.
Tenía el pobre muchacho que contentarse sosteniendo largas conversaciones con la _churra_ en aquella cocina a la que llegaba el tecleo monótono de la señorita, que estudiaba sus lecciones en el piano del salón. Aquellas escalas incoherentes y pesadas se le metían en el alma, conmoviéndole más que las melodías del órgano en la iglesia de Paiporta.
Y para colmo de sus penas, la criada no sabía hablar más que de don Aureliano, un personaje que preocupaba a Nelet y al que acabó por conocer deteniéndose un día en la puerta del despacho del escribano.
Era un jovencillo pálido, rubio, enclenque, con lentes de oro y ademanes nerviosos; un abogado recién salido de la Universidad, que se preparaba con la práctica para ser habilitado de don Esteban, ansioso de descanso, y que al fin acabaría por hacerse dueño del despacho.
¡Y que parase ahí! Esto no lo decía el pobre _femater_, pero lo pensaba con la confusión propia de su caletre. Aquel barbilindo, que tendría cinco o seis años más que él, era una espina que llevaba clavada en el corazón.
Deseoso de reconquistar el afecto de la señorita, multiplicaba sus obsequios con tanta rudeza como buena voluntad.
El jamelgo llegaba muchas veces a Valencia con los serones llenos de frutas o frescas hortalizas; los campos del camino temblaban al verle venir, temiendo su loca rapiña, su inmoderado afán de obsequiar, sin acordarse que hay dueños en el mundo ni guardas que pueden pegar una paliza; pero tanto sacrificio no merecía más que alguna automática sonrisa o un ¡gracias! como se da a cualquiera, y los regalos iban a la cocina, sin alcanzar otros elogios que los de la _churra_.
En cambio, sobre la mesa del comedor, o en el salón, sobre el piano, todas las mañanas veía el pobre Nelet ramos de flores frescas, recién traídas del Mercado, y que María aspiraba con pasión de mujer que despierta, como si en vez de perfume de jardines aspirase otro que llegaba más directamente a su corazón.
Eran regalos del tal don Aureliano, de aquel danzarín para quien resultaba ya estrecho el despacho, y que con la pluma tras la oreja y fingiendo mil pretextos, se metía hasta en la cocina solo por ver un instante a María y cruzar una sonrisa.
Y cómo se coloreaba el semblante de ella... ¡Cristo!
Toda la sangre moruna que el huertano tenía en su atezado cuerpo inflamábase ante aquel don Aureliano, que era casi de su edad y del que no le separaba más que su categoría de señorito.
Nelet, a los diez y seis años, comprendía ya el motivo de que los hombres se cieguen y vayan a presidio.
Lo único que le detenía era la certeza de que don Esteban, el terrible ogro, apreciaba a aquel pisaverde y le irritaría cuanto él hiciese en su daño.
Además se consolaba con la esperanza de que todas sus rabietas carecían de fundamento. Nada de extraño tenía que el abogadillo buscase a Marieta. ¡Era tan bonita y tan buena! Pero de seguro que ella no le hacía gran caso; Nelet tenía la certeza de esto y también de que la frialdad de su antigua hermana no pasaba de ser una mala racha, un caprichito como los que tenía de niña allá en la barraca, donde tanto le martirizaba con su mal genio.
¡Pues no faltaba más, que ella resultase una ingrata con tanto como la amaban allá en Paiporta, y él sobre todos!
Una mañana entró en la casa encontrando la puerta abierta. La _churra_ no estaba en la cocina. En el despacho leía don Esteban con la nariz casi pegada a unos autos y en el salón sonaba el monótono tecleo formando escalas cada vez más perezosas y desmayadas.
Entró con su paso cauteloso de morisco, que aún hacían más imperceptible las ligeras alpargatas, y al reflejarse su figura en un espejo como silenciosa aparición, María dio un grito de sorpresa y de miedo.
Allí estaba el maldito abogadillo de los lentes de oro, casi doblado sobre el piano, al lado de María, como si fuese a volver una hoja del cuaderno que ocupaba el atril, pero con la cabeza tan junta a la de la joven, que parecía querer devorarla.
¡_Rediel_!... ¿Para cuándo eran las bofetadas?
Y lo peor fue que María, aquella Marieta que un año antes le trataba a cachetes como traviesa y cariñosa hermana, aquella a la que nunca quiso comparar con su madre temiendo que esta resultase menos querida, le miró fijamente con un relampagueo de odio, y se puso en pie con el ademán de una señora bien segura de la sumisión de su siervo.
¿Qué buscaba allí? En la cocina tenía a la criada. ¿No podía estudiar tranquila un rato?
Nunca pudo recordar Nelet cómo salió del salón. Debió retroceder cabizbajo y vacilante, como una bestia herida. Le zumbaban los oídos, su cara quemaba, y pensando en aquel otro que se quedaba tranquilo y satisfecho junto al piano, repetíase mentalmente: «¡Dios mío, qué vergüenza!»
Estaba inmóvil en mitad del corredor que conducía al salón, con el rostro en la pared, como si quisiera incrustarlo en ella, cegar para siempre, y aun así todavía recibió el último latigazo, oyendo la vocecilla del de los lentes de oro:
--¡Moscón más pesado! Ese muchacho parece que me odie, que nos persiga como si sintiera celos.
--¡Qué idea! Es el hijo de mi nodriza: un infeliz, un bruto... pero con buen corazón.
Y tras breve pausa sonaron, amortiguados por los cortinajes, dos chasquidos leves y misteriosos, que los sintió Nelet como un par de puñaladas. Tal vez era el piano que crujía o la hoja del cuaderno que se doblaba; pero el pobre muchacho, después de un instintivo impulso de correr hacia el salón con los puños cerrados, huyó, dejando el capazo en la cocina como tarjeta de visita, y ya en la calle arreó su jaco, con los serones vacíos, camino de la barraca.
Por tercera vez le robaban su Marieta: ya era bastante.
Ahora solo tendría cariño para su madre; para aquellos terruños que apenas arañados correspondían a su caricia, cubriéndose con manto verde terciopelo y regalándole el pan.
No volvió más a Valencia: odiaba a la ciudad porque ella estaba allí.
Y como los _fematers_ no pagan contribución directa, nadie se enteró de que en el gremio había una baja.
En la puerta del cielo
CUENTO DE LA HUERTA
(_Traducido del valenciano_)
Sentado en el umbral de la puerta de la taberna, el tío _Beseròles_, de Alboraya, trazaba con su hoz rayas en el suelo, mirando de reojo a la gente de Valencia que en derredor de la mesilla de hojalata empinaba el porrón y metía mano al plato de morcillas en aceite.
Todos los días abandonaba su casa con el propósito de trabajar en el campo, pero siempre hacía el demonio que encontrase algún amigo en la taberna del _Ratat_, y vaso va, copa viene, lanzaban las campanas el toque de mediodía si era de mañana o cerraba la noche, sin que él hubiese salido del pueblo.
Allí estaba en cuclillas, con la confianza de un parroquiano antiguo, buscando entablar conversación con los forasteros y esperando que le convidasen a un trago, con las demás atenciones que se usan entre personas finas.
Aparte de que le gustaba menos el trabajo que la visita a la taberna, el viejo era un hombre de mérito. ¡Lo que sabía aquel hombre, Señor!... ¿Y cuentos?... Por algo le llamaban _Beseròles_[1]; porque no caía en sus manos un trozo de periódico que no lo leyera de principio a fin, cantando las palabras letra por letra.
[1] _Abecedario_ en valenciano.
La gente lanzaba carcajadas oyendo sus cuentos, especialmente aquellos en los que figuraban capellanes y monjas; y el _Ratat_, detrás del mostrador, reía también, contento de ver que los parroquianos, para celebrar los relatos, le hacían abrir las espitas con frecuencia.
El tío _Beseròles_, agradeciendo un trago de la gente de Valencia, deseaba contar algo, y apenas oyó que uno nombraba a los frailes, se apresuró a decir:
--¡Esos sí que son listos!... ¡Quién se la dé a ellos!... Una vez un fraile engañó a San Pedro.
Y animado por la curiosa mirada de los forasteros, comenzó su cuento:
Era un fraile de aquí cerca, del convento de San Miguel de los Reyes, el padre Salvador, muy apreciado de todos por lo listo y campechano.
Yo no lo he conocido, pero mi abuelo aún se acordaba de haberlo visto cuando visitaba a su madre, y con las manos cruzadas sobre la panza esperaba el chocolate a la puerta de la barraca. ¡Qué hombre! Pesaba sus diez arrobas; cuando le hacían hábito nuevo entraba en él toda una pieza de paño; visitaba al día once o doce casas, tragándose en cada una sus dos onzas de chocolate, y cuando la madre de mi abuelo le preguntaba:
--¿Qué le gusta más, padre Salvador? ¿Unos huevecitos con patatas o unas longanizas de la conserva?
Él contestaba con una voz que parecía ronquido:
--Todo mezclado; todo mezclado.
Así estaba él de guapo y rozagante. Por allí donde pasaba parecía regalar su salud, y la prueba era que todos los chiquitines que nacían en este contorno presentaban sus mismos colores, su cara de luna llena y un morrillo que lo menos tenía tres libras de manteca.
Pero todo es malo en este mundo, pasar hambre o comer demasiado, y un día, al anochecer, el padre Salvador, viniendo de un hartazgo para solemnizar el bautizo de cierta criatura que tenía toda su estampa, ¡cataplum! dio un ronquido que puso en alarma a toda la comunidad y reventó como un odre, aunque sea mala comparación.
Ya tenemos a nuestro padre Salvador volando por el aire como un cohete, en busca del cielo, pues no tenía duda de que allí estaba el sitio de un fraile.
Llegó ante una gran puerta toda de oro, claveteada de perlas, como las que saca en las agujas de su peinado la hija del alcalde cuando es clavariesa de las fiestas de las solteras.
--¡Toc, toc, toc!...
--¿Quién es? --preguntó desde dentro una voz de viejo.
--Abra, señor San Pedro.
--¿Y quién eres tú?
--Soy el padre Salvador, del convento de San Miguel de los Reyes.
Se abrió un ventanillo y asomó la cabeza el bendito santo, pero soltando bufidos y lanzando centellas por sus ojos al través de las antiparras. Porque han de saber ustedes que el santo apóstol, como es tan viejo, está corto de vista.
--¡_Che_! ¡poca vergüenza! --gritó hecho una furia--. ¿A qué vienes aquí? ¡Me gusta tu confianza!... ¡Arre allá, poca honra, que aquí no está tu puesto!...
--Vamos, señor San Pedro: abra, que se hace de noche. Usted siempre está de broma.
--¿Cómo de broma?... Si cojo una tranca, vas a ver lo que es bueno, descarado. ¿Crees acaso que no te conozco, demonio con capucha?
--Haga el favor, señor San Pedro: sea bueno para mí. Pecador y todo, ¿no tendrá un puestecito libre, aunque sea en la portería?
--¡Largo de aquí!... ¡miren qué prenda! Si te permitiera entrar, en un día te zamparías nuestra provisión de tortitas con miel, dejando en ayunas a los angelitos y los santos. Además, tenemos aquí no sé cuántas bienaventuradas que aún son de buen ver, y ¡valiente ocupación me caería a mi edad! ¡ir siempre detrás de ti, sin quitarte ojo!... Márchate al infierno o acuéstate al fresco en cualquier nube... Se acabó la conversación.
El santo cerró furiosamente el ventanillo, y el padre Salvador quedó en la oscuridad, oyendo a lo lejos los guitarros y las flautas de los angelitos, que aquella noche obsequiaban con _albaes_ a las santas más guapas.
Pasaban las horas, y nuestro fraile pensaba ya en tomar el camino del infierno, esperando que allí le recibirían mejor, cuando vio salir de entre dos nubes, aproximándose lentamente, una mujer tan grande y gorda como él, que caminaba balanceándose, empujando su tripa hinchada como un globo.
Era una monjita que había muerto de un cólico de confituras.
--Padre --dijo dulcemente al frailote, mirándolo con ojos tiernos--, ¿que no abren a estas horas?
--Aguarda; ahora entraremos.
¡Lo que discurría aquel hombre! En un momento acababa de inventar una de sus marrullerías.
Ya saben ustedes que los soldados que mueren en la guerra entran en el cielo sin obstáculo alguno. Si no lo sabían, ya lo saben. Los pobres entran tal como llegan; hasta con botas y espuelas, pues algún privilegio merece su desgracia.
--Échate las faldas a la cabeza --ordenó el fraile.
--¡Pero, padre mío! --contestó escandalizada la monjita.
--Haz lo que te digo y no seas tonta --gritó el padre Salvador con autoridad--. ¿Quieres disputar conmigo que tengo tantos estudios? ¿Qué sabes tú del modo de entrar en el cielo?
Obedeció la monja ruborizada y en la oscuridad comenzó a lucir una circunferencia enorme y blanca, como si hubiese aparecido la luna.
--Ahora aguántate firme.
Y de un salto el padre Salvador púsose a horcajadas sobre el lomo de su compañera.
--Padre... ¡que pesa mucho! --gemía sofocada la pobrecita.
--Aguanta y da saltitos: ahora mismo entramos.
San Pedro, que estaba recogiendo las llaves para irse a dormir, vio que tocaban en la puerta.
--¿Quién es?
--Un pobre soldado de caballería --contestó una voz triste--. Me acaban de matar peleando contra los infieles, enemigos de Dios, y aquí vengo sobre mi caballo.
--Pasa, pobrecito, pasa --dijo el santo abriendo media puerta.
Y vio en la sombra al soldado dando talonazos a su corcel, que no sabía estarse quieto. ¡Animal más nervioso!... Varias veces intentó el venerable portero buscarle la cabeza, pero fue imposible. Dando saltos le presentaba siempre la grupa, y al fin, el santo, temiendo que le soltara un par de coces, se apresuró a decir, acariciando con palmaditas aquellas ancas finas y gruesas:
--Pasa, soldadito; pasa adelante y veas de aquietar a esta bestia.
Y mientras el padre Salvador se colaba cielo adentro sobre la grupa de la monja, San Pedro cerró la puerta por aquella noche, murmurando con admiración:
--¡Rediós, y qué batalla están dando allá abajo! ¡Qué modo de pegar! A la pobre jaca no le han dejado... ni el rabo.
El establo de Eva
Siguiendo con mirada famélica el hervor del arroz en la paella, los segadores de la masía escuchaban al tío _Correchòla_, un vejete huesudo que enseñaba por la entreabierta camisa un matorral de pelos grises.