Cuentos valencianos

Part 8

Chapter 84,032 wordsPublic domain

El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca y cubriéndose el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona haciendo gala de la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de Cuarte.

Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún carro, junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.

Iba a correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.

El bicho maldito no se inquietaba y seguía insultando. ¡A ver! Que se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la _tanda_ al suelo.

Y vaya si se atracó. Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa, encorvando su musculoso pecho con el impulso irresistible de una catapulta.

De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño _Bandullo_, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un costado, de abajo arriba, con tal fuerza, que casi lo levantó en el aire.

Cayó el chicuelo llevándose ambas manos al costado, a la desgarrada faja, que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante a un aplauso.

¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.

Los _Bandullos_ lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como dispuestos a cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.

Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor, de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aún no se había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y mala intención.

El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre la faja, fue llevado por sus hermanos a la tartana, que aguardaba cerca de la alquería desde que trajo por la mañana todo el _arreglo_ de la paella.

¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están en desgracia.

Y la tartana se alejó dando tumbos, que arrancaban al herido rugidos de dolor.

Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo lavó en la acequia y volvió a guardarlo con tanto cariño como si fuese un hijo.

El ribereño había crecido desmesuradamente a los ojos de todos aquellos emancipados que le rodeaban, y de regreso a Valencia, por la polvorienta carretera, se quitaban la palabra unos a otros para darle consejos.

A la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía a quien le hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus hermanos para enseñarle la obligación.

A quien debía mirar de lejos era a los _Bandullos_ que quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos, lo importante era pegar, y si no podían de frente, lo mismo les daba a traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.

Pero al valentón ribereño aún le duraba la excitación de la lucha y sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había venido a Valencia para pegarles a los _Bandullos_; donde estaba él no quería más guapos; ya había asegurado a uno; ahora que fuesen saliendo los otros y a todos los arreglaría.

Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y meterse todos en la ciudad amenazó con un par de guantadas al que intentara acompañarle.

Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos. Conque... ¡largo, y hasta la vista!

¡Qué hígado de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de relatar en cafetines y timbas la caída de los _Bandullos_, añadiendo con aire de importancia que habían presenciado la terrible _gabinetá_ de aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.

Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los _Bandullos_. No había más que verle a las once de la noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba a la Peña, a oír a su adorada novia la _Borriquera_.

¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le había dicho antes de recibir el golpe, a ella le cortaba la cara, y después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.

Aún le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le dominaba después de haber _hecho_ sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los _Bandullos_, uno a uno o todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo y el valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos.

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los _Bandullos_ la protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

--_Ben mòrt está._

Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del muerto, guardándose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver, esperando la llegada del juzgado, viose a la luz de algunos fósforos la cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y vidriosos y junto a la sien derecha una desolladura roja que aún manaba sangre.

Le habían cortado una oreja como a los toros muertos con arte.

III

El entierro fue una manifestación.

Aún quedaba sangre de valiente: la raza no iba a terminar tan pronto como muchos creían.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los matones de segunda fila y los aspirantes a la clase; morralla del mercado y del matadero que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo a pedir alguna peseta en los billares o timbas de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las orejas, hacía apartarse a los transeúntes, pensando en el gran golpe que se perdía la Guardia civil.

¡Qué magnífica redada podía echarse!

Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente, que lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en los entierros.

¿Era así como se mataba a los hombres? ¡Cobardes!... ¡_morrals_!... ¡y después querían los _Bandullos_ pasar por bravos! Santo y bueno que le hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara a cara, pues a esto están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote. ¡Morir a manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se sublevara contra los _Bandullos_. ¿Y lo de cortarle la oreja? _Ambusteros_, más que _ambusteros_. Eso está bien que se haga con uno a quien se mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo, pero... ¡vamos! cuando no hay de qué y solo tienen ciertas gentes motivo para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los _Bandullos_ camparían como únicos amos, y las personas decentes, que eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras y poder comer. ¡Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel león de la Ribera que se había propuesto acabar con los _Bandullos_!...

Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que no habían estrenado la _tea_ que llevaban cruzada sobre los riñones; los que no tenían aún categoría para vivir de la tremenda, pero que sentían por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un astro nuevo.

Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con un solo gesto, lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los húmedos terrones que caían sobre el ataúd.

¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró al sol, se lo habían de comer la tierra y los gusanos?... ¡_Retapones_! aquello partía el corazón.

La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí quedaba quien se acordaba de él.

Sonó un _glu-glu_ de líquido, cayendo sobre la rellena fosa. Los compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto, vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta, que parecía sudar la corrupción de la vida.

Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad del valor malogrado tiró de las _teas_ y uno por uno fueron trazando en el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que mascullaban terribles palabras mirando a lo alto, como si por el aire fueran a llegar volando los odiados _Bandullos_.

Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tornas... si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte a las personas decentes. ¡Lo juraban!

Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el cementerio, los _Bandullos_ entraban en el Hospital, graves, estirados, solemnes, como diplomáticos en importante misión.

El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al preguntar con mudo gesto a sus hermanos.

Debía saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.

Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la familia. El que atacase a los _Bandullos_ tenía pena a la vida. Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.

Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón asqueroso, cubierto de negros coágulos.

El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas sus brazos enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en las llagadas entrañas al incorporarse.

--_¡La orella!... ¡La orella d’eixe lladre!_

Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que dio al asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la oreja de Pepet para que no la devorase.

El _femater_

I

El primer día que a Nelet le enviaron solo a la ciudad, su inteligencia de chicuelo torpe adivinó vagamente que iba a entrar en un nuevo período de su vida.

Comenzaba a ser hombre. Su madre se quejaba al verle jugar a todas horas, sin servir para otra cosa, y el hecho de colgarle el capazo a la espalda enviándolo a Valencia a recoger estiércol equivalía a la sentencia de que en adelante tendría que ganarse el mendrugo negro y la cucharada de arroz, haciendo algo más que saltar acequias, cortar flautas en los verdes cañares o formar coronas de flores rojas y amarillas en los tupidos dompedros que adornaban la puerta de la barraca.

Las _cosas_ iban mal. El padre, cuando no trabajaba los cuatro terrones en arriendo, iba con el viejo carro a cargar vino en Utiel; las hermanas estaban en la fábrica de sedas, hilando capullo; la madre trabajaba como una bestia todo el día, y el pequeñín, que era el gandul de la familia, debía contribuir con sus diez años, aunque no fuera más que agarrándose a la espuerta, como otros de su edad, y aumentando aquel estercolero inmediato a la barraca, tesoro que fortalecía las entrañas de la tierra, vivificando su producción.

Salió de madrugada, cuando por entre las moreras y los olivos marcábase el día con resplandor de lejano incendio. En la espalda, sobre la burda camisa, bailoteaban al compás de la marcha el flotante rabo de su pañuelo anudado a las sienes y el capazo de esparto, que parecía una joroba. Aquel día estrenaba ropa; unos pantalones de pana de su padre, que podían ir solos por todos los caminos de la provincia sin riesgo de perderse, y que acortados por la tía Pascuala, se sostenían merced a un tirante cruzado a la bandolera.

Corrió un poco al pasar por frente al cementerio de Valencia, por antojársele que a aquella hora podían salir los muertos a tomar el fresco, y cuando se vio lejos de la fúnebre plazoleta de palmeras, moderó su paso hasta ser este un trotecillo menudo.

¡Pobre Nelet! Marchaba como un explorador de misterioso territorio hacia aquella ciudad que, bañada por los primeros rayos del sol, recortaba su rojiza crestería de tejados y torres sobre un fondo de blanquecino azul.

Dos o tres veces había estado allí, pero amparado por su madre, agarrado a sus faldas, con gran miedo a perderse. Recordaba con espanto la ruidosa batahola del Mercado y aquellos municipales de torvo ceño y cerdosos bigotes, terror de la gente menuda; pero a pesar de los espantables peligros, seguía adelante, con la firmeza del que marcha a la muerte cumpliendo su deber.

En la puerta de San Vicente se animó viendo caras amigas; _fematers_ de categoría superior, dueños de una jaca vieja para cargar el estiércol y sin otra fatiga que tirar del ramal gritando por las calles el famoso pregón: «_Ama, ¿hiá fem?_»

Uno de ellos era vecino del muchacho, y hasta se susurraba si andaba enamorado de una de sus hermanas, aunque no hacía más que dos años que estaba pensando en declarar su pasión, circunstancias que no impidieron que con pocas palabras diese un susto a Nelet.

De seguro que no llevaba licencia. ¿No sabía lo que era? Un papelote que había que sacar soltando dinero allá en el Repeso. Sin ella había que menear bien las piernas para huir de los municipales. Como le pillasen, flojas _patás_ le iban a soltar. Conque ¡ojo, _chiquet_!

Y fortalecido por tan consoladoras advertencias, el pobre chico entró en la ciudad, buscando los callejones más solitarios y tortuosos, mirando con codicia los humeantes rastros que dejaban los caballos sobre los adoquines, sin atreverse a meter en su espuerta tales riquezas por miedo de agacharse y sentir en el hombro la mano de un sayón con kepis.

Aquello forzosamente había de acabar mal.

Se olvidó de todo en una plazoleta, viendo cómo jugaban al toro un grupo de pelones de larga blusa y grueso bolsón de libros, retardando el momento de entrar en la escuela; pero de improviso sonó el grito de ¡_la ful_! anunciando la aparición de un municipal de los más feos, y todos se desbandaron al galope como tribu de salvajes sorprendida en lo mejor de sus misteriosos ritos.

Nelet huyó despavorido, pensando que en la maldita ciudad no se ganaba para sustos, la giba de esparto siempre sobre su espalda y atropellando en la desbocada carrera a una vieja que barría tranquilamente su portal.

No era floja la paliza que le soltarían en casa al verle de vuelta con el capazo vacío, y esta consideración fue lo que le dio valor. Llegaban hasta él los gritos de los otros _fematers_ en las inmediatas calles, agudos, insolentes, como cacareos de gallo, y tímidamente, temblando de que alguien le oyese, murmuró con voz que parecía el balido de un cordero: «_Ama, ¿hiá fem?_»

Y así recorrió un par de calles.

--Entra, chiquillo, entra.

Era una buena mujer que le hacía señas indicándole las barreduras que acababa de amontonar junto a una puerta. ¡Pero qué simpática resultaba aquella mujer! El regalo no era gran cosa; polvo, puntas de cigarro, mondaduras de patatas y hojas de col; el estiércol de una casa pobre. Nelet lo recogió todo con la satisfacción del aventurero que triunfa por primera vez, y siguió adelante mirando los balcones, los pisos superiores, que él llamaba _casas grandes_, donde se comía bien, y en las covachas de la cocina había para meter la mano y el codo.

Pero ¡_rediel_! (y se rascó la roja frente llena de arañazos) estaba perdiendo el tiempo. Había olvidado sus relaciones de la ciudad: la casa de Marieta, su hermana de leche, donde había estado algunas veces con su madre.

Y tras indecisiones y rodeos dio por fin con la calle sombría y solitaria cerca de los juzgados, y el caserón de húmedo patio en cuyo piso principal vivía don Esteban el escribano.

Aquella mañana era de desgracias.

En el patio estaba la portera, una bruja que le recibió escoba en mano, faltando poco para que le saludase con dos hisopazos en la cara.

Ella no quería marranos que le ensuciasen la escalera. Todos los inquilinos tenían su _femater_. ¡Largo, granuja! ¡Quién sabe si subiría con intención de robar algo!

Y el tímido labradorcillo, retrocediendo ante la iracunda bruja, protestaba con voz débil, repitiendo siempre la misma excusa. Era el hijo de la tía Pascuala, a la que todo Paiporta conocía, el ama de Marieta; ¿no era bastante?

Pero ni el nombre de la tía Pascuala ni el del mismo Espíritu Santo ablandaba a la portera y a su fiera escoba, y Nelet, retrocediendo, se vio en la calle y allí se quedó como un bobo frente a una pared vieja: arañando los sueltos yesones y espiando con el rabillo del ojo las evoluciones de la vieja. La vio sumirse en el cuchitril de la portería y cautelosamente entró en el portal, lo cruzó sin ser visto y subió por la escalera de antiguos azulejos, tirando tímidamente del borlón de estambre que colgaba ante la enorme y conventual puerta del primer piso.

No fue poco lo que se rio la criada, bravía moza de las montañas de Teruel, al abrir la puerta y encontrarse con aquel monigote panzudo que abultaba menos que su capazo.

¿Qué buscaba? Allí tenían quien se llevara el estiércol. Y Nelet, turbado por el buen humor de la _churra_ no sabía qué decir.

Pero de pronto se abrió para él el cielo. O lo que es lo mismo, vio asomar por detrás de la falda de la criada una cara morena, prolongada y huesosa, con los rebeldes pelillos estirados cruelmente hacia el cogote, los ojos grandes y negros, animados por una chispa de eterna curiosidad y el cuerpo zancudo y desgarbado por prematuro crecimiento.

La niña le reconoció en seguida: no en balde transcurren dos años durmiendo bajo el techo de la barraca y en la misma cama y se pasan los días junto a la acequia, tendidos sobre el vientre, con la cara teñida de zumo de zanahorias. Era Nelet, el hijo del ama.

Lo cogió de la mano con cierto aire de muchacho, propio del desgarbo con que llevaba las faldas, y los dos se dirigieron a la cocina seguidos por la sonriente _churra_, a quien la hacía gracia el aire tímido y enfurruñado del chiquillo.

II

Llegó a su barraca con la espuerta sin llenar, pero no pudo decir que le había ido mal en su primera expedición.

Aquella _churra_ le quería de veras, desde que supo que era nada menos que hermano de la señorita. Ella misma le llenó el capazo vaciando todo el basurero de la cocina, sin importarle lo que pudiera murmurar el _femater_ de la casa, un viejo que podía alegar los derechos adquiridos en once años. Nelet le desbancaba, y la buena muchacha, para afirmar su protección, le regaló con media cazuela de guisado de la noche anterior y una montaña de mendrugos que el chico iba tragándose con la calma de un rumiante, pensando que si duraba mucho la buena racha, iba a ponerse tan redondo y frescote como el cura de Paiporta.

Pues ¿y Marieta? Le miraba comer con alegría, como si fuera ella misma la que saboreaba el guisado con hambre atrasada. Hasta quiso que le dieran vino, y apenas le veía hacer un descanso, pasaba revista a todos los de allá, preguntando cómo estaba el ama, si tenía muchos animales, si el padre aún iba por los caminos, si vivía el _Negret_, aquel perrillo seco, almacén de pulgas que aullaba como un condenado apenas se acercaban a la barraca, y si la higuera, tan frondosa en verano, soltaba aquella lluvia de lagrimones negros y suaves que caían ¡_chap_! dulcemente en el suelo, despachurrando la miel y el perfume de sus entrañas rojas.

Y después tras el substancioso atracón, llegó para Nelet el momento de los asombros, viendo la colección de muñecas, los vestidos, los sombreros, todos los regalos con que el escribano obsequiaba a su hija. Bien se conocía que esta era única, que había quedado sin madre casi al nacer y que el viejo don Esteban no tenía otro cariño a que dedicar los buenos cuartos que arañaba en el juzgado.

Seguía a su Marieta por toda la casa, admirando las magnificencias que la chiquilla le mostraba con mal cubierta satisfacción de amor propio. El salón le anonadó con sus sillerías del primer tercio de siglo y sus adornos, que evocaban el recuerdo de las almonedas judiciales; pero su admiración trocose en espanto ante una puerta entornada. Allí dentro trabajaba el papá, con sus dos escribientes y se oía su voz campanuda: _Providencia que dicta el señor juez_... etc.

¡Cristo! aquello asustaba a Nelet más que los municipales, y emprendió la vuelta hacia la cocina.

En fin, que su primera visita le hizo experimentar la satisfacción del que se halla establecido y cuenta con clientela.

Entraba por las mañanas en la ciudad tomando al paso lo que buenamente encontraba en las calles, y recto a aquel caserón, donde se colaba como si fuese un inquilino.

La bruja de la portera se guardaba ahora su escoba y hasta le protegía, recomendándolo a las criadas de los otros pisos, y en el principal tenía a la _churra_, que siempre encontraba en los rincones de la despensa algo sobrante que antes era para los gatos y ahora se tragaba Nelet.

¡Qué mañanas aquellas! Llegaba cuando la casa estaba en el revoltijo del despertar. Los escribientes en el despacho se soplaban las manos preparándose a agarrar las plumas y ensuciar papel de oficio, la _churra_ por allá dentro levantaba camas, dando furiosas bofetadas a los colchones, y Marieta, de trapillo, con la cabeza espeluznada y una faldilla a media pierna, arañaba los pasillos con la escoba, para dar gusto al papá, que quería una chica _muy mujer de su casa_.

Y en el comedor encontraba a don Esteban, el terrible escribano, imagen para Nelet de la justicia, que puede pegar y meter en la cárcel, sentado ante humeante chocolate, con las gafas caladas para leer el periódico y murmurando automáticamente al entrar el muchacho:

--Hola, chiquillo, ¿cómo está la tía Pascuala?

Pero el terrible pasmarote no tardaba en aislarse en su despacho, para preparar lo que luego había de decir el señor juez sobre el papel sellado, y la casa parecía alegrarse con tal desaparición.

Sonaban risas en aquel ambiente denso de habitaciones cerradas, donde flotaba aún el calor del sueño y el polvo levantado por la limpieza. Los gatos jugueteaban en la cocina con la espuerta del _femateret_, mientras este se sentía feliz, ayudando a la _churra_ con su buena voluntad de bruto de carga o charlando con Marieta de cosas tan interesantes como eran las últimas y verídicas noticias de cuanto ocurría en Paiporta y sus alrededores.

¡Oh! A aquella chica le tiraba aún la miserable barraca y los terruños sobre los cuales se había dado cuenta por primera vez de que existía. Hablaba de la tía Pascuala con más entusiasmo que de su madre, a la que solo había visto en el oscuro retrato que estaba en el salón, figura melancólica que parecía presentir ante el pintor la llegada de la maternidad del brazo con la muerte.