Cuentos valencianos

Part 6

Chapter 64,028 wordsPublic domain

Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su madre; él a conquistar poco a poco el dominio de las ciencias eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría a ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las alamedas de Serranos, en cualquier banco compartido con las familias de los albañiles que hundían sus cucharas en la humeante cazuela de mediodía, Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el mercadillo de las flores, donde encontraba a Toneta atando los últimos ramos y a su madre ocupada en recontar la calderilla del día.

Tras estos agradables recuerdos que constituían toda su juventud, venía la separación lenta que la edad y la divergencia de aspiraciones habían efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no impunemente sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.

En la última parte de su carrera comenzó a sentir con vehemencia el fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba a formar parte de una institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las llaves del cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la Iglesia, las luchas de los papas con los reyes en el pasado y la influencia del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era ambicioso, no pensaba ir más allá de un modesto curato de misa y olla; pero le satisfacía que el hijo de unos miserables perteneciese con el tiempo a una clase tan poderosa, y mecido por tales ilusiones, se entregó de lleno a la vocación que iba a sacarle del subsuelo social.

Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet funciones de sacristán, y llegó a ser hombre sin sentir apenas el despertar de la virilidad en su vigorosa complexión.

Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le causaban horror, teniéndolas como tentaciones del _Malo_. La mujer era para él un mal necesario e imprescindible para el sostenimiento del mundo; _la bestia impúdica_ de que hablaban los Santos Padres.

La belleza era amenazante monstruosidad: temblaba ante ella poseído de repugnancia y sordo malestar, y solo se sentía tranquilo y confiado en presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su contemplación provocaba en el seminarista explosiones de indefinible cariño, y también participaba de este aquella otra criatura terrenal y grosera a la que él consideraba como hermana.

No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta resultaba para él una hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompañaba desde su infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que en aquel momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le parecía que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificábase con expresión celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada y su pañuelo de pájaros y flores, convertíase en cerúleo manto, lo mismo que en la otra, cuya belleza se ensalza con los más dulces nombres que ha producido idioma alguno...

Pero sintió a sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce somnolencia.

Era la _siñá_ Tona, la madre de la florista, que abandonando su asiento venía a hablar con el cura.

La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su amiga. Como buena cristiana sabía el respeto que se debe a un representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no podría menos que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad? Pues si lo había conocido tan pequeño... si era ella quien lo había llevado de pañales a la iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba a hacerle tales pamplinas a un chico a quien consideraba como hijo? Aparte de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se le quería de veras. Si no vivieran el _tío Bollo_ y la _siñá_ Tomasa, Toneta y ella eran capaces de irse con él como amas de llaves; pero ¡ay, hijo mío! no iba el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita por _Chimo el Moreno_, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada que decir, mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San Juan si era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba un hombre; el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra de unos pantalones, y como el _Moreno_ servía para el caso (siempre mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se casara.

Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su aprobación.

Bueno; pues a _eso_ se había acercado ella... ¿A qué? A decirle que Toneta quería que fuese él quien la casase. ¿Teniendo un capellán casi en la familia, para qué ir a buscarlo fuera de casa?

El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los casaría.

III

El día en que se casó Toneta, fue de los peores para el nuevo adjunto de la parroquia de Benimaclet.

Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojose en la sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le aquejase oculta dolencia.

El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible calor. Estaban en julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha, y con su ambiente de hoguera agrietaba la piel y excitaba los nervios.

Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado a todas las fatigas del campo!

Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido a celebrar la boda de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.

Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo; experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo que era suyo.

Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi a sus pies aquella linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan hermosa a Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los ojos cada vez que miraba al _Moreno_, que estaba soberbio con su traje nuevo y su _ringlot_ azul de larga esclavina.

Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez a Toneta. La hermana ideal, que en su imaginación casi se confundía con la figura azul que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.

Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca boca siempre sonriente, y que miraba a Toneta como esas imágenes de lindo rostro que bajo las vestiduras de oro solo guardan los tres puntales que sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que había algo más, y veía con los ojos de la imaginación el terrible enemigo con todas sus redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la carne, arma poderosa del _Malo_ con que abate las más fuertes virtudes.

Odiaba al _Moreno_, su compañero de la niñez. Era un buen muchacho, pero no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que estaba arrepentido de haber realizado la boda.

Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia que se revolvía en forma de murmuración.

Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena, aquella explosión de amor que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto molestaba menos al cura.

Se iría a casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva nupcial que estaba esperándole, pues la _siñá_ Tona se oponía a que se hiciera nada sin la presencia de su Visantet.

Y por más que se resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del que tantos recuerdos guardaba, y entre las faldas rameadas y coloridas como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el suelto manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de vida, fuesen los de un viejo achacoso.

Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué cariñosas solicitudes que le parecían crueles burlas! La _siñá_ Tona, en su alegría de madre, enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con motivo del matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel _estudi_ era el dormitorio de los novios y aquella cama sería la del matrimonio, con su colcha de azulada blancura y complicados arabescos, que a Toneta le habían costado todo un invierno de trabajo.

Bien estarían allí los novios. Qué blandura, ¿eh? Y la inocente vieja creía hacer una gracia obligando al cura a que tocase los mullidos colchones y apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de aquella habitación, que a la noche había de convertirse en caliente nido.

Y después seguían los tormentos, las intimidades fraternales, que resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del _Moreno_ que no se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre lo que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las mujeres chillaban como ratas y sofocadas de risa le llamaban ¡_pòrc_! y ¡_animal_!; y Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y redondos brazos, se aproximaba a él rozando su sotana con la epidermis fina y caliente, preguntándole qué pensaba de su casamiento y acompañando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que parecían registrarle hasta las entrañas.

¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si fuese un muerto que hablara; aquella mujer se atrevía a tratarle con un descuido que no osaría con el gañán más bestia de los que allí estaban: no era un hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le miraban con respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba su vista.

Bien pagaba los honores de su clase, la elevación sobre la miseria en que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente, el gran sacerdote, miraba con envidia a aquellos muchachotes cerriles con alpargatas y en mangas de camisa.

Hubiera querido ser temido, como ellos, a los que no osaban aproximarse mucho las mujeres por miedo a audaces pellizcos, y sobre todo no inspirar lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.

Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida estuvo al lado de los novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante, que parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza de la impunidad se revolvía libremente sin cuidado a empujar, o se inclinaba sobre él y al decirle insignificantes palabras le envolvía en su cálido aliento. Y después aquel Chimo con su salvaje ingenuidad, creyendo que tras la misa de por la mañana todo era ya legítimo, corroído por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo las manos bajo la mesa, mientras miraba a lo alto con la expresión inocente del que no ha roto un plato en su vida.

Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía enfermo. Oleadas de sangre caldeaban su rostro, parecíale que el viento seco y ardoroso que inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato dilatábase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel ambiente de pasión carnívora y brutal.

No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y apática estupidez; y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesanía labriega cuidaba de tener siempre lleno.

Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez ligera, algo semejante a la discreta alegría de sus meriendas de seminarista, cuando a los postres él y sus compañeros, con la más absoluta confianza en el porvenir, soñaban en ser papas o en eclipsar a Bossuet; pero lo que llegó para él fue una jaqueca insufrible, que doblaba su cabeza, como si sobre ella gravitase enorme mole y que le perforaba la frente con un tornillo sin fin.

Don Vicente estaba enfermo.

La misma _siñá_ Tona, reconociéndolo, le permitió, con harto dolor, que se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con la vista turbia y zumbándole los oídos, se encaminó a su casa, seguido de su alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante más en la boda.

No era nada; podía tranquilizarse: el maldito poniente y la agitación del día. No necesitaba más que dormir.

Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo, y sin quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con los brazos extendidos en su blanca cama de célibe, extinguiéndose inmediatamente los débiles destellos de su razón y sumiéndose en la lobreguez más absoluta.

IV

Poblose la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió que caía y caía como si aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo, hasta que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de pies a cabeza, y... despertó en su cama, tendido sobre el vientre, tal como se había arrojado en ella.

Lo primero que el cura pensó fue que había pasado mucho tiempo.

Era de noche. Por la abierta ventana veíase el cielo azul y diáfano, moteado por la inquieta luz de las estrellas.

Don Vicente experimentó la misma impresión de las damas de comedia que al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde estoy?»

Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del sueño, discurría con dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar cómo había llegado hasta allí.

De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la oscura vega, fue recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de que le rindiera el sueño.

¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un sacerdote joven que debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí, esta era la palabra, y había sido en presencia de los que casi eran sus feligreses. Lo que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron a tal abuso.

Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el peligro y protestaba contra la pasión que pretendía hacer presa en su carne virgen. ¡Qué vergüenza! Salido apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa atmósfera corruptora de las grandes ciudades, viviendo en el ambiente tranquilo y virtuoso de los campos, y próximo, sin embargo, a caer en los más repugnantes pecados. No; él resistiría a las seducciones del _Malo_; acallaría el espíritu tentador que para mortificante prueba se había rebelado dentro de él: afortunadamente, la torpe embriaguez con su sueño le había devuelto la calma.

Oyéronse a lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto a emprender la tarea diaria.

Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita, veíase la inmensa vega, que a la difusa luz de las estrellas marcaba sus masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba caldeada, y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los tostados campos.

Perfumes indefinibles había en aquel ambiente, que aspiraba con delicia el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del aire puro de los campos.

Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que tantas veces había visto a la luz del sol. Esta distracción infantil parecía volverle a los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos tropezaron con una débil mancha blanca, en la que creía adivinar la alquería de la _siñá_ Tona y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de fortaleza y de lucha!

Fue un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y la placidez: desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne, sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.

Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aún estuviera en la tarde anterior, admirando aquellos brazos morenos de sedoso y ardiente contacto, al par que recibía la fragancia de la carne, cuyo misterio acababa de revelársele.

Y en aquel momento, ¡oh _Malo_ tentador! el infeliz, mirando la oscura vega veía, no la blanca e indecisa alquería, sino el _estudi_ envuelto en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto había ensalzado la _siñá_ Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad y para él horrendo pecado, lo que jamás había de conocer y le atraía con la irresistible fuerza de lo prohibido.

La maldita imaginación ponía junto a sus ojos las tibias suavidades, los dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo animado por el espíritu de la rebelión; la virilidad que se vengaba de tantos años de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese a estallar a impulsos del deseo contenido y falto de escape.

Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en San Antonio, tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos repugnantes; pero allí no había espíritus malignos por parte alguna: lo único real que acompañaba a las evocadones de su imaginación, era la cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos misteriosos del campo que sonaban como besos.

Ellos, allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta oscuridad que había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las iniciaciones; él, solo, inaccesible a toda efusión, planta parásita en un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el eterno frío de aquella cama de célibe.

De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que le envolvía, calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose a ciegas en su lóbrega habitación.

No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios ardorosos aquel fresco beso que le había despertado de su desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión interna seguía, y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su ser producíale agudos dolores.

¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al sentir la glacial caricia en su abrasada piel.

Lentamente volvió a la ventana, calmado por la fría inmersión. Un sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba pronto a dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia mientras el ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula que trabajaba incesantemente y que con solo la voluntad había de anular, vivir como un cadáver en un mundo que desde el insecto al hombre rige todos sus actos por el amor parecíale el mayor de los sacrificios.

La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado. Cuando creía subir a envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces de fondo desconocido.

Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo misterio que acababa de revelarse y que el deber le obligaba a ignorar eternamente.

Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que continencias necesitaba esparcimientos y escapes para su plétora de vida!

Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre a la roca inconmovible de la fe jurada, indefenso y a merced de la pasión carnal que le devoraba las entrañas.

Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal sacerdote: el sexo, que había despertado en él para siempre como inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad; y en este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al desaliento e inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los ojos con las manos, lloró por los pecados que no había cometido y por aquel error que había de acompañarle hasta la tumba.

Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.

Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche marcando una faja de luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de montañas iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos las estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería, y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.

¡Magnífico despertar! Tal vez a aquella hora Toneta, recogiéndose el cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el ventanillo de su _estudi_ para que la aurora purificarse el ambiente de pasión y voluptuosidad.

El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.

Abajo en la cocina encontró a su madre que preparaba el desayuno, y la pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el cura le lanzó al pasar.

Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura, igual a la que él llevaba a la espalda cuando niño.

Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.

¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser considerado como un ser superior.

Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción, era para los infelices, para los que luchaban por la vida.

El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la frialdad, pensando que si sus manos, ahora consagradas, hubiesen seguido porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en aquella blanda cama del _estudi_ nupcial, viendo como Toneta, al aire sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa, se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la noche de bodas.

Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la iglesia con su gangueo de vieja comenzó a llamarle a la misa primera.

La corrección