Cuentos valencianos

Part 5

Chapter 54,028 wordsPublic domain

Pero en cambio, de día, aquello era gozar. Ninguno de sus ascensos le había producido tan profunda impresión como las monadas de su hijo. Cuando _Pilín_ contraía con una sonrisa su carita, marcando los adorables hoyuelos de sus carrillos, don Andrés lo conmovía todo con sus carcajadas de gigante bondadoso, y si el chiquitín lanzaba uno de sus rugidos de alegría, que parecían el grito de guerra de un apache, el respetable fiscal saltaba y chillaba como un loco. Y luego, ¡qué gusto aquello de sentirse en la barba las trémulas manecitas que tiraban tercamente de los pelos, y qué dulces estremecimientos se sentían al acariciar la cabezota peliblanca que latía por entre los huesos tiernos y mal unidos!...

Aquello era una borrachera de cariño, una idolatría molesta para las criadas, pues menudeaban las órdenes: «A ver, cierre usted pronto ese balcón, no se constipe el niño.» «Cuidado, muchacha, que puede caerse el señorito.»

En aquella casa no se vivía más que para ser esclavo del dicho señorito. Antes una mota de polvo en la mesa del despacho ponía furioso a don Andrés, y ahora los alguaciles, al recoger los autos, tropezaban con algún zapatito tamaño como cáscara de nuez, y hacían muecas ante ciertas manchas sospechosas en los respetables folios.

Porque eso sí; el monigote, alentado por la servidumbre de sus mayores, era un terrible anarquista, un demoledor de lo existente, que reía como un bandido cuando lograba ofender con el más atroz de los insultos a la justicia humana. No lo entraban en el despacho y lo ponían en la mesa sin que hiciera de las suyas, y mientras el padre, embobado y con la pluma en alto, le hablaba cual si pudiera entenderle, él sonreía hipócritamente, y mientras tanto, ¡zas! lanzaba por bajo una ruidosa protesta que inutilizaba algún escrito de conclusiones en que el papá amontonaba párrafos de estilo elevado, pidiendo garrote vil para cualquier enemigo de la sociedad. Y no había medio de enfadarse de veras. Ponía el grito en el cielo ante aquella ofensa irreparable que arrojaba _indeleble_ mancha sobre el ministerio fiscal, echaba del despacho a la madre y al hijo, acusándola a ella del atentado, pero a los pocos minutos ya estaba allí la señora riendo como siempre, con el _Pilín_ grotescamente disfrazado. Aquella cabeza de chorlito adoraba la boquita de viejo de su nene, decía que al reír tenía cierto aire de payaso y encontraba diversión enharinándole la carita con los polvos de su tocador y encasquetándole en la cabeza un cucurucho de papel, una caperuza de mágico prodigioso. No caía en sus manos pliego de papel de oficio que no le convirtiese en caperuza para _Pilín_, y era de ver el coro de carcajadas que estallaba en el despacho ante el puntiagudo cucurucho. Reía la madre su invención tantas veces repetida, acompañábala el fiscal con sus carcajadas ruidosas y hasta _Pilín_ lanzaba chillidos, muy satisfecho de su fachita grotesca.

Pero no eran todo alegrías para don Andrés. Felicitábanle muchas veces por sus triunfos de orador, por aquellos elogios de la prensa.

--¡Ah! sí... los periódicos --contestaba con distracción--. Hombre, a propósito. Esta mañana hablaban de la difteria. ¿Sabe usted los estragos que hace esa pícara? ¡Oh! ¡cosa tan terrible para los niños!

Lo decía de un modo que no daba lugar a dudas. ¡Ah! Si la tal difteria se personalizase, si se convirtiera en un ser de carne y hueso y la tuviera él en el banquillo de los acusados... no tendría frío con lo que la tiraría encima.

Y la terrible enfermedad debió ofenderse por los malos pensamientos de don Andrés, y un día, ¡cataplum! metiose por las puertas del principal y su primer anuncio fue apretarle la garganta a _Pilín_.

¡Gran Dios! Aquello fue una catástrofe que lo revolvió todo instantáneamente; algo semejante a la explosión de una bomba, al incendio de un buque, donde todos corren azorados por el peligro, sin saber qué hacer.

Vosotros, infelices, que vestidos de paño pardo arrastráis una cadena en Ceuta y se os abren las carnes al recordar las terribles palabras de aquel que os acusaba, hubierais sentido asombro al ver al hombre austero como la ley, inquebrantable como el castigo, indignado como la venganza, pálido ahora, nervioso, pasando las noches inclinado sobre una cuna, estremeciéndose ante una respiración ronca, asfixiada, ocultándose en los rincones para quitarse los lentes y pasarse las manos por los ojos, gritando con acento desesperado: «¡_Pilín_... hijo mío, no te mueras!»

Pero por malos que seáis, no hubierais gozado con la caída del hombre inexorable, al verle después sombrío, reconcentrado, ante la misma cuna cubierta de flores blancas, pasando la mano temblorosa sobre la pálida frente de _Pilín_, helada con ese frío especial que sube por el brazo hasta el corazón, y mirando de vez en cuando al cielo con expresión desesperada, como si por allá arriba anduviese algún prófugo contra el que preparaba la más terrible de las acusaciones.

¡Pobre _Pilín_! ¿Qué has hecho? No más caperuzas; ya no te burlarás de la ley lanzando tu ruidosa protesta sobre la vindicta pública; tu eterna cuna será esa cajita blanca, coquetona, acolchada como una bombonera, que tu padre mira con ganas de deshacerla de una patada; ya no tendrás quien te acaricie la fina piel, quien besuquee la redonda faz con que escupías a la justicia; tu esclava está ahora mirando la pared con fijeza estúpida, abiertos los ojos como platos, con el asombro y el temor de una niña que ve romperse entre sus manos el más lindo juguete.

Bien emprendes tu viaje. Tu padre te coloca sobre el almohadillado de esa blanca barquilla que va a conducirte a lo desconocido; y partes indiferente, sin que te hagan estremecer las lágrimas que, resbalando tras unos lentes, caen sobre tu piel, ni te conmueven los alaridos de alguien que allá dentro da de cabeza contra las paredes.

En la calle suenan los cánticos de la parroquia; los señores del margen, escuadrón grave, estirado, de negra ropa y brillante sombrero, te ven pasar con la indiferencia del que está acostumbrado a sucesos más graves, y emprendes la marcha sobre los hombros de cuatro chicos reclutados en las porterías de la vecindad, que expresan su dolor hurgándose las narices con la mano que les queda libre.

Ya está lejos tu casa, los Estados donde imperabas como reyecillo absoluto; ahora solo te quedan la compasión oficial, los lamentos de buena educación, ese cortejo imponente y negro que te abandona en las afueras, satisfecho de haber cumplido con el compañero, charlando un rato de sus asuntos, mientras seguía tu blanco nido, y nosotros, los de última fila, los que veíamos un instante tu carita al subir la escalera, pensamos ahora con tristeza que no nos desvelará más tu nocturno lloriqueo.

¡Adiós, _Pilín_! Desapareces en un hueco de esa tétrica anaquelería, donde quedan almacenados y con rótulo los infinitos productos de la muerte. ¡Di adiós a todo! Al caliente salón donde te revolcabas panza arriba; a la mamá, loca en sus expansiones; al padre, que habrías hecho bailar de cabeza a tener tú gusto en ver de tal modo a un representante de la más cruel y respetable de las profesiones. Viniste para mostrar lo frágil de la comedia humana, para hacer ver que dentro de un acusador terrible hay siempre un hombre, y ahora, diablillo encantador, te vas satisfecho de tu triunfo. La noche que se acerca será tu madre; ¡adiós, tibias caricias! Tu piel de raso, tan adorada, ya no tendrá más besos que los del viento y la lluvia...

Por la noche entré en casa de mi vecino. La señora estaba adentro, en el salón, rodeada de sus amigas, ahogando con sus gemidos furiosos las frases hechas y los consuelos de encargo con que la abrumaban.

Él estaba en el despacho con la cabeza entre los puños, mirando fijamente con sus ojos de miope, enrojecidos y amoratados, un cucurucho de papel arrugado, la última caperuza de _Pilín_ arrojada casualmente sobre la mesa. El hueco del embudo era siniestro. Tenía la misma expresión de fúnebre vacío que se notaba en la casa, libre de aquel monigote que lo llenaba todo con sus gritos; hacía recordar la abultada cabeza peliblanca, la _bola de oro_, que la muerte se había tragado.

Me escuchó distraído; no tengo la seguridad de que llegara a enterarse de mis palabras. De pronto le vi extender su mano automáticamente y encasquetarse la caperuza en el cogote, como si sintiera horror al vacío que mostraba el cucurucho.

¡Qué grotesco era aquello! Las barbazas de apóstol, la mirada vaga y extraviada, y la puntiaguda caperuza por remate. Verdaderamente era ridículo... tan ridículo, que yo sentía un nudo en la garganta, y varias veces me froté los ojos para impedir que brotara algo.

Noche de bodas

I

Fue aquel jueves para Benimaclet un verdadero día de fiesta.

No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pueblo, un arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la cara sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un señor cura: por esto pocos fueron los que dejaron de asistir a la primera misa que cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la _siñá_ Pascuala y el tío Nèlo, conocido por el _Bollo_.

Desde la plaza, inundada por el tibio sol de la primavera, en cuya atmósfera luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por la que escapaba el vaho de la multitud, parecía un trozo de negro cielo, en el que se destacaban como simétricas constelaciones los puntos luminosos de los cirios.

¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la madrina aquella señora de Valencia, de la que los _Bollos_ eran arrendatarios, la cual había costeado la carrera del chico.

En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos, y al humo de la cera uníase el perfume de la flores que formaban macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de las lámparas en apretados manojos.

Era antigua la amistad entre la familia de los _Bollos_ y la _siñá_ Tona y su hija, famosas floristas que tenían su puesto en el mercado de Valencia, y nada más natural que las dos mujeres hubiesen pasado a cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar dignamente la primera misa del hijo de la _siñá_ Pascuala.

Parecía que todas las flores de la vega habían huido para refugiarse allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba entre dos enormes pirámides de rosas y los santos ángeles del altar mayor aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de pétalos y hojas que, a la luz de los cirios, mostraban todas las notas de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguíneo hasta el suave tono del nácar.

Aquella muchedumbre que estrujándose olía a lana burda y sudor de salud, sentíase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas las horas de ceremonia.

Acostumbrados los más de ellos a recoger como oro los nauseabundos residuos de la ciudad, a revolver a cada instante en sus campos los estercoleros en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato estremecíase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, a las que se unía el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse con el incesante centelleo de aquel millar de estrellas rojas, y les causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los violines, la grave melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el coro, con acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor gloria del hijo del _Bollo_.

La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un palacio encantado que fuese suyo. Así, entre músicas, flores e incienso, debía estarse en el cielo, aunque un poco más anchos y sudando menos.

Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas vestiduras, moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas, y a quien el predicador dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los suyos, uno más que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer concebir incesantemente a sus cansadas entrañas.

Los más, le habían tirado de la oreja por ser mayores, otros, habían jugado con él a las chapas, y todos le habían visto ir a Valencia a recoger estiércol con el capazo a la espalda, o arañar con la azada esos pequeños campos de nuestra vega, que dan el sustento a toda una familia.

Por eso su gloria era la de todos; no había quien no creyese tener su parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar, en aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la invasión sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas nervudas y vellosas, más acostumbradas a manejar la azada que a tocar con delicadeza los servicios del altar.

También él en ciertos momentos paseaba su miraba con expresión de ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo, entre sus dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto nacer, oía conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia del sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con aquel acto entraba a formar parte de la milicia de la Iglesia.

Sí, era él: aquel día se emancipaba de la esclavitud del terruño, entraba en este mundo poderoso que no repara en orígenes: escala accesible a todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo de mendigos, al Vicario de Dios; tenía ante su vista un porvenir inmenso, y todo lo debía a sus protectores, a aquella buena señora obesa y sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y a su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario, había de llamar siempre el señorito.

Los peldaños del altar mayor que le elevaban algunos palmos sobre la muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como privilegio moral que había de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde origen. Los más generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde, aprovecharía su elevación para el bien; y envolvía en una mirada de inmenso cariño a todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas por el intenso vaho de la fiesta; su madrina, el tío _Bollo_ y la _siñá_ Pascuala, que gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y aquella Toneta, la florista, su compañera de infancia, excelente muchacha que erguía con asombro la soberbia cabeza de beldad rifeña, como si no pudiera acostumbrarse a la idea de que Visantet, aquel mozo al que trataba como un hermano, se había convertido en grave sacerdote con derecho a conocer sus pecadillos, a absolverla.

Continuaba la ceremonia. El nuevo cura agitado por la emoción, por la felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, seguía la celebración de la misa como un autómata, guiado muchas veces por sus compañeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su robusto cuerpo de atleta, y sostenido únicamente por el temor de que la debilidad le hiciera incurrir en algún sacrilegio.

Como si se moviera en las nieblas de un sueño, realizó todas las partes que quedaban del misterio de la misa: con insensibilidad que le asombraba, verificó aquella consumación en la que tantas veces había pensado emocionado, y después del _Tedeum_ cayó desvanecido en la poltrona, cerrados los ojos y sintiéndose sofocado por aquella antigua casulla codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia, y que tantas veces había mirado él siendo seminarista como el colmo de sus ambiciones.

Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido de agua agitada, le volvieron a la realidad.

La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la recepción final, y toda la compacta masa abalanzábase al altar mayor queriendo ver de cerca al nuevo cura.

La vida de superioridad y respetos comenzaba para él. La señora, a la que había servido tantas veces, besábale las manos con devoción y le llamaba don Vicente, deseándole muchas felicidades después de sus místicas bodas con la Iglesia.

El nuevo cura, a pesar de su estado, no pudo reprimir un sentimiento de orgullo y cerró los ojos como si le desvaneciera el primer homenaje.

Algo áspero y burdo oprimió sus manos. Eran las pobres zarpas del tío _Bollo_, cubiertas de escamas por el trabajo y la vejez. El cura vio inundadas en lágrimas, contraídas por conmovedora mueca, las cabezas arrugadas y cocidas al sol de sus pobres padres, que le contemplaban con la expresión del escultor devoto que, terminada la obra, se prosterna ante ella creyéndola de origen superior.

Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en que se confundía la dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las tres cabezas unidas agitábanse con rumor de besos y estertor de gemidos.

El impulso de la curiosa muchedumbre rompió el grupo conmovedor, y el cura quedó separado de los suyos, entregado por completo al público, que se empujaba por alcanzar las sagradas manos.

Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero rozaba con besos sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevándose en los labios agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.

Ahora sí que, agobiado por la presión de aquella multitud que se apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba a desmayarse de veras el nuevo cura.

Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba su vista y echaba atrás la cabeza, recibió en su diestra una sensación de frescura, difundiéndose por el torrente de su sangre.

Eran los rojos labios de la buena hermana, de Toneta, que rozaban su epidermis, mientras que sus negros ojos se clavaban en él con forzada gravedad, como si tras ellos culebrease la carcajada inocente de la compañera de juegos, protestando contra tanta ceremonia.

Junto a ella, arrogante y bien plantado como un Alcides, con la manta terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba otro compañero de la niñez, _Chimo el Moreno_, el gañán más bueno y más bruto de todo Benimaclet, protegiendo a la arrodillada muchacha con la gallardía celosa de un sultán y mirando en torno con sus ojillos marroquíes, que parecían decir: «¡A ver quién es el guapo que se atreve a empujarla!»

II

La comida dio que hablar en el pueblo.

Seis onzas, según cálculo de las más curiosas comadres, debió gastarse la buena de doña Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus arrendatarios.

Era una satisfacción ver en la casa más grande del pueblo aquella mesa interminable cubierta de cuanto Dios cría de bueno en el mundo, fuera del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba estaba en que al día siguiente saldría en letras de molde en los papeles de Valencia.

En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado parte en la ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de la mesa algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona, y los amigos de la familia junto con lo más _distinguido_ del pueblo, labradores acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la paella, hablaban del rey legítimo que está en Venecia y de lo perseguida que en estos tiempos de liberalismo se ve la religión.

Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino, se alegraba la gente y sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus compañeros de mesa, aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el alzacuello desabrochado, y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de satisfacción a la bendita señora.

El único que mostraba seriedad era el nuevo cura. No estaba triste: su gravedad era producto de ensimismamiento. Su imaginación huía desbocada por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida anterior.

La vida de todos los suyos, su elevación en aquel mismo lugar donde había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían recordar la época en que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba a recorrer los caminos, capazo a la espalda, siguiendo a los carros para arrojarse ávidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante que dejaban las bestias.

Aquella había sido su peor época, cuando tenía que gemir y alborotar horas enteras para que la pobre madre se decidiera a engañarle el hambre nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera previsión.

La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.

Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la _siñá_ Tona, aquel hermoso campo cercado de encañizadas en el que se cultivan las flores como si fuesen legumbres. Recordaba a Toneta, greñuda, tostada, traviesa como un chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras, y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte; ella a Valencia todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por doña Ramona, que, en vista de su afición a la lectura y de cierta viveza de ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria rural.

Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente todo su pasado.

¡Cómo amaba él a aquella buena hermana, que tantas veces le había fortalecido en los momentos de desaliento!

En invierno salía de su barraca casi al amanecer, camino del Seminario.

Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y clase había de devorar en las alamedas de Serranos: medio pan moreno con algo más que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el pecho a guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los textos latinos y teológicos, que bailoteaban a su espalda como movible joroba. Así equipado pasaba por frente al huerto de la _siñá_ Tona, aquella pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el mismo momento que se abría su puerta para dar paso a Toneta, fresca, recién lavada, con el peinado aceitoso y llevando con garbo las dos enormes cestas en que yacían revueltas las flores mezclando la humedad de sus pétalos.

Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía encenderse antes de que llegasen a la tierra los primeros rayos del sol.

¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las oscuras acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que por la parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de ruedas y relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres agachados, que a cada movimiento hacían brillar en el espacio el culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que con cestas a la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente y maternal ¡_bòn día_! a la linda pareja que formaban la florista garbosa y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento parecía escaparse por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que iba tomando un sacristanesco color de ala de mosca.

El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta, tenía ánimos para sufrir las largas clases, aquella inercia contra la que se revelaba su robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas explicaciones en cuyo laberinto penetraba a cabezadas.